• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Vida cotidiana

Despedida

05 domingo Jul 2026

Posted by Jairo Alberto Galindo C. in Homenajes

≈ Deja un comentario

Etiquetas

Autobiografía, Fechas especiales, Vida cotidiana

Despedida a Fernando Vásquez Rodríguez
(versión completa)

Penélope Rodríguez Sehk
Palabras leídas en la Parroquia de Cristo Rey Bogotá,

Julio 4 de 2026

Con profundo pesar me dirijo hoy, a ti, mi amigo del alma, mi compañero de muchas vidas, mi hermano y cómplice eterno. Te despediste de tu cuerpo el 30 de junio, pero en realidad te perdimos desde el pasado 6 de febrero, cuando aquel desafortunado evento acabó para siempre con el Fernando que conocimos y amamos por tanto tiempo. Lo que siguió después de esa oscura mañana fue un largo y penoso proceso, en el que día a día, mientras todos nos ilusionábamos con la promesa de tu regreso, tu parecías en cambio estar reuniendo las fuerzas necesarias para emprender el más difícil y definitivo de los viajes sin retorno.

La intensidad de tus días finales no fue distinta a la vehemencia con la que viviste tu vida entera, como si de algún modo hubieras presentido desde siempre que debías aprovechar cada segundo al máximo, pues tu existencia te iba a ser arrebatada prematuramente. Tus días fueron siempre largos y plenos, atiborrados de incesante actividad productiva. Tus noches fueron siempre cortas e inquietas. Mas que un momento para el descanso, las noches parecían intrusas que interrumpían tu lectura, tu escritura, tu creación constante. Sólo la enfermedad ocasional lograba detener tu ritmo febril. La enfermedad sobre la que tanto escribiste y a la que tanto cuestionaste y reclamaste por detenerte sin permiso. Y ahora, tristemente, y sin que tú ni ninguno de nosotros hubiera podido hacer nada para evitarlo, la muerte te ha detenido para siempre.

Es difícil decirte adiós, mi bello amigo. Tu presencia se siente aún muy fuerte en la vida de todos. Nos dejas con una acongojada sensación de orfandad, pero también con un legado de sabiduría y de experiencias compartidas que no desaparecerán con tu ausencia. Por el contrario, ese legado lo percibo ahora como mas denso, mas real; como si tu partida hiciera tus creaciones más reales y como si cada palabra escrita por ti cobrara ahora un significado mas sólido del que quizás hubiéramos captado en su momento. Ese legado será ahora el único lazo que tendremos para seguir conectados contigo, aunque ya no podamos disfrutar mas del sonido grave de tu voz, o la fuerza de tu abrazo, o tu cálido apretón de manos.

Cada uno de los aquí presentes conoció y, por lo tanto, extrañará una versión diferente de ti. Cada uno guardará memorias muy íntimas y personales de esos momentos compartidos contigo. Quizás, la gran mayoría de los que están aquí conservarán los recuerdos del Fernando escritor, el maestro y el trabajador incansable por la educación de las últimas décadas. Otros pocos como yo, tendremos la fortuna de recordarte de toda una vida. Te conocí cuando empezabas apenas a recorrer tus veintiún años, y a pesar de la corta edad, ya tu rostro de joven profesor reflejaba la madurez a la que prematuramente te había forzado la vida. Sin disculpas entraste a educar con mano firme una generación de estudiantes unos pocos años menores que tú, a inculcarles los valores del trabajo duro, el compromiso con la perfección y la intolerancia a la mediocridad y a la holgazanería. Te dedicaste a despertar nuestras mentes adormiladas, a empujar nuestros cerebros por fuera de la parsimoniosa zona de comodidad en la que el sistema educativo nos tenía aprisionados, pero sobretodo a quitarnos el miedo a tomar una postura sólida ya fuera esta política, religiosa, artística o de cualquier tipo. Se que esos valores y esos altos estándares éticos te acompañaron toda la vida y los defendiste en todos los ámbitos de tu quehacer profesional y de tu vida personal. Se que ellos te labraron amores y desamores, pero nunca los comprometiste por ninguna de las falsas adulaciones que podían prometer el poder, el prestigio, o la aprobación social.

Mi entrañable amigo, no tuviste tiempo de despedirte de nada ni de nadie. Todas las conversaciones y proyectos quedaron abiertos e inconclusos. Pero si estuvieras aquí, siendo tú el que nos dieras hoy el adiós definitivo a nosotros, quisiera imaginarte diciéndonos algo así cómo:

Queridos amigos, amigas, colegas, familiares, hermanos de vida: GRACIAS. Gracias por estar aquí hoy. Gracias por sacar un ratico en sus agitadas jornadas para despedirse de este servidor que, sin su voluntad, fue llamado a ocuparse ahora de otros menesteres lejos de aquí (o por lo menos eso quisiera creer, pues no imagino toda una eternidad llena de ocio. Esa sí sería para mí la idea del infierno).

Aunque la ocasión que nos ha convocado aquí parezca triste, es motivo de gran regocijo para mi espíritu sentirme acompañado de tantos rostros familiares y queridos por mí. La presencia de ustedes aquí me dice que sí. Que sí valió la pena. Que las numerosas horas que dediqué a mis amigos, a mis colegas, a mis estudiantes, a mis seres más queridos valieron la pena.

Me disculpo de antemano y profusamente por esta salida tan abrupta del escenario de la vida que no me dejó tiempo para despedirme de cada uno de ustedes como me hubiera gustado. Definitivamente, no somos los escritores del guión de nuestra existencia, aunque tercamente nos empecinemos en creer lo contrario. Al final, es todo un juego del azar, de la mala fortuna, de la mala hora. Los invito a no perder tiempo tratando de encontrar el sentido de lo que me pasó, pues como dirían los budistas, fue tan sólo una forma cruel del universo de recordarnos el carácter irremediable de nuestra impermanencia. Un día estamos y al otro día ya no estamos más. Es así de simple. Y está bien. Sigamos a los estoicos para quienes, como lo escribí en los aforismos en mi blog, “la muerte no debería preocuparnos: cuando vivos, apenas la imaginamos; ya muertos, no tenemos conciencia de ella”. Por mi parte, y siguiendo con mis amados aforismos, no quiero imaginar a la muerte como una figura aterrorizante sino como los brazos abiertos de los seres amados que nos precedieron. No como una partida sino como un reencuentro lleno de luz.

O, si se quiere, recordemos las palabras que Leon Tolstoi puso en boca de Iván Ilich en su lecho de muerte, un libro que, a propósito, y quizás de manera premonitoria, había terminado de releer justo antes del insuceso que hoy nos convoca. Como les decía, quizás Iván Ilich pueda ayudarnos a transitar por los vericuetos del sentido o el sinsentido de nuestro irremediable acabamiento físico. Veamos: En los últimos momentos de su vida, Iván Ilich reconoce que su sufrimiento físico, sus tormentosos dolores no son nada comparados con el sufrimiento moral que le causa pensar que su vida entera fue un error y que su muerte es la consecuencia de no haber vivido como debía. Pero, atrapado en estos juegos mentales, también le sucede que, pensar lo contrario, es decir, que su vida sí había sido buena le impedía rendirse a la muerte que ya sabía era inevitable. La solución a tal enredo le llega cuando deja de pensar en él y se permite sentir compasión por aquellos a los que está haciendo sufrir con su agonía, y decide entonces soltarse y soltarlos. Apaciguado, por fin, respira feliz y reflexiona: “¡Qué bien y que sencillo! — se dice. Y ¿el dolor? ¿Adonde ha ido? Y ¿la muerte? ¿Dónde está? Buscó el antiguo miedo a la muerte al que estaba tan acostumbrado, y no lo encontró. No había ningún miedo porque tampoco había muerte. En vez de muerte había luz, sólo luz. ¡Qué felicidad! Se acabó la muerte, se dijo, Ya no existe. Solo existe la luz.”

Y es hacia esa luz, mis amados compañeros de este viaje efímero que llamamos vida, hacia donde ahora me dirijo, agradeciéndoles de nuevo su presencia aquí y dejándolos con este otro aforismo sobre la gratitud, cómo un regalo de despedida: “Hay muchas formas de agradecer: unas palabras, una visita, un diálogo, un regalo. A veces musitando una oración; otras, rememorando un hecho; las más de las veces, entregando nuestro tiempo. Se puede agradecer con un gesto de respeto, con la prolongación de un ideal, con una obra o un monumento. Pero la manera más importante de agradecer es mantener una actitud de cuidado hacia la vida y de reconocimiento hacia los demás”.

Sepan que, aun desde mi silencio, he recibido con alegría todas sus muestras de gratitud en forma de plegarias y me las llevo conmigo, gozoso, a la eternidad.

Hasta nuestro próximo reencuentro mis queridos amigos y amigas. Gracias.

Gracias

Despedida de la Maestría en Docencia.(Fotograma de video, Mayo de 2018).

 

 

El vigía de la ventana (4)

21 domingo Jun 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Crónicas, Del diario

≈ Deja un comentario

Etiquetas

Covid-19, Pandemia, Vida cotidiana

Rafal Olbinski

Ilustración de Rafal Olbinski.

Mayo 1 de 2020

He visto, oído y vivido la repetición de acciones, de noticias y asuntos cotidianos que padecemos los confinados por el coronavirus. Al no tener el afuera –el espacio propio de la aventura–, todo se reduce a microescenarios que, si bien buscan crear un cambio en las comidas, en las tareas, en la rutina diaria, lo cierto es que agotan sus posibilidades después de por lo menos dos semanas. Los aislamientos obligatorios tienen ese peso en nuestro espíritu volátil y dinámico: repetir lo que hacemos, machacar como un eco lo ya hecho y conocido. He recordado lo que dice Cortázar en un cuento memorable: “Las costumbres son la cuota de ritmo que nos ayudan a vivir”. Sin embargo, estas otras rutinas de la cuarentena están privadas del aire de la novedad, de las iniciativas inéditas que brotan de las interacciones, de los problemas e inquietudes que trae consigo un trabajo, una ocupación afuera de nuestra casa. Pareciera que el número de posibilidades es menor en la medida en que agotamos o suprimimos los espacios en que nos movemos. La repetición de noticias, de un videojuego, de hablar con familiares, de navegar en internet, va convirtiendo al enclaustrado en un ser proclive al hastío o a una ataraxia que, para nada, es un propósito espiritual o de alcances metafísicos. Es probable, como sucede en mi caso, que el contacto con la lectura y la escritura, sean modos diversos de hacer lo mismo; aunque me hace falta visitar las librerías, recorrer las calles de mi barrio, dejarme habitar por las voces y las gentes que transitan y pueblan mi ciudad. La repetición condensa el tiempo, lo constriñe hasta el punto de verle su rostro –siempre escurridizo– en el minutero del reloj o en el cronómetro que aparece arriba en la programación de la televisión por cable. Se padece en el espíritu la gravedad del tiempo lento. Ese hastío va corroyendo el ánimo y pone al cuerpo en una condición de “abandono” que, si no se tiene la voluntad lo suficientemente ejercitada, puede llevarlo a la desesperación o a una inercia en la que da lo mismo hacer o no hacer cualquier cosa. Estar obligado a repetirse es una forma de castigo; como bien nos lo enseñó el mito de Sísifo; y es de igual modo, una prueba de fuego a la libertad del ser humano. Rememoro los trabajos forzados, las rutinas inapelables de las cárceles, las draconianas rutinas militares y me digo que la ansiedad por salir de la cuarentena, el deseo para que se reactive la economía, la esperanza de que circule lo más pronto el transporte aéreo, todo eso, no son más que indicios de no querer seguir haciendo lo mismo, una fuerza interna que anhela cambiar, de llenarse de vicisitudes y peripecias para así darle matices, tonalidades, variaciones melódicas a la monotonía de la existencia. Las repeticiones obligadas, como escribió Albert Camus, “vacían de sentido las expresiones del corazón”.

Mayo 2 de 2020

Que los campeonatos de fútbol hay que posponerlos hasta julio, que las pruebas ciclísticas tendrán que realizarse después de medio año, que los restaurantes a lo mejor podrán abrir sus establecimientos a los comensales no antes de agosto, que los juegos olímpicos de Tokio se realizarán en el 2021… La cuarenta, su acecho invisible, ha puesto de moda el verbo “posponer” junto con una cadena de términos semejantes: “aplazar”, “retrasar”, “relegar”, “retardar”. Congresos nacionales o internacionales aspiran a realizarse dos o tres meses adelante, las aerolíneas piden y sueñan empezar a operar por lo menos en un mes, los centros comerciales confían en abrir sus almacenes apenas termine la cuarentena (el 11 de mayo) y poder así, aminorar sus pérdidas y dinamizar la economía. La misma fecha del término del aislamiento ha ido postergándose cada quince días, convirtiendo cada fecha límite en inicio para otro período de encerramiento, dependiendo de cómo avance el número de contagios, de cómo crece o se aplane la curva, de si se cuenta con las suficientes unidades de cuidado intensivo. Esta pandemia ha roto los cronogramas, las agendas, la certeza de los horarios o la detallada administración del tiempo. El verbo prever se lo escucha asociado preferiblemente a la dimensión de la salud y para el acopio de alimentos. Todo lo demás, se conjuga con el calificativo del “después”, con el condicionante de la subordinación, con la justificación de estar “supeditado” a la evolución de la pandemia. Este virus ha obligado, tanto a personas como a entidades, a alterar las prioridades, a cambiar la escala de las preferencias. Lo fijo se ha vuelto provisional, lo determinado o programado con anticipación se ha convertido en un “tal vez”, un “quizá”, un “de pronto”. La pandemia alarga el tiempo, lo vuelve gelatinoso, se regodea en las demoras, vive plena en los retrasos. Aunque no quisiéramos, nuestras decisiones y proyectos los estamos ajustando con el rasero de lo “indefinido”. Y lo indefinido es un modo de “suspensión”, una herida de Medusa a nuestras actividades cotidianas. Nos hemos quedado con el presente, sacando del cuarto de San Alejo el pasado, y añorando que la estatua detenida del futuro recobre el fluir de la vida.

Mayo 3 de 2020

Uno supondría que, frente a la amenaza de una pandemia, con tantas víctimas en el mundo, el deseo de matar pasara a un segundo plano. Pero no es así. Al menos en Colombia durante esta semana se han seguido asesinando líderes sociales, en un sistemático proceso de extinción de aquellas personas que defienden los derechos humanos o, por convicción, se oponen a que la ambición del narcotráfico inunde de sangre sus campos. Como siempre, son difusos los móviles o los posibles asesinos y, como siempre, todo entrará en una exhaustiva investigación. Pero más allá de la falta de protección real a estos líderes del Cauca, lo que me llama la atención es cómo el temor frente a un virus es menor que el deseo de venganza; el miedo a contagiarse cede su paso a provocar otro miedo social: el de la intimidación. Porque no se trata de asesinatos a escondidas o hechos con el favor de la oscuridad. Se hacen a plena luz y frente a la familia de la víctima. Supongo que si los criminales usan tapabocas, no es tanto para protegerse del covid-19, sino para evitar el reconocimiento público. A veces el odio es más fuerte que el miedo a la infección; o de pronto, las infecciones más terribles, las que nunca tienen vacuna, son esas que brotan del resentimiento, del fanatismo o de la ambición ciega por el dinero. O también es posible que a los grupos armados ilegales les parezca poca cosa 16 asesinatos, con tal de tener el control de un territorio. Y aún cabe otra posibilidad: que la ilegalidad, por andar siempre por fuera de la ley, se considere inmune al coronavirus, como se han burlado las endebles políticas protectoras del Estado o de los estamentos que deben velar por la seguridad de todo ciudadano.

Mayo 4 de 2020

De cara a la apertura paulatina de la economía, y como una manera de aprender a convivir con el coronavirus, la recomendación de los altos mandatarios o de las cabezas directivas del gobierno es la de “reinventar”. Reinventar las formas de producir y de hacer circular los productos; reinventar las maneras de trabajar; reinventar la estructura misma de concebir y funcionar una empresa. Comprendo que la invitación es apenas la indicada para estos momentos de incertidumbre y de lucha por mantener un empleo; me parece más que atinado pedirles a pequeños empresarios y a gerentes de la gran industria que se autogestionen y rediseñen estas nuevas maneras de funcionamiento. Por supuesto, esa petición para que sea “sistémica” requiere que otros estamentos tanto del sector administrativo del Estado como del sector bancario –para poner sólo dos casos– también se reinventen, so pena de que lo que se idee innovadoramente en un campo no termine detenido o castigado por otro. Casi siempre la lógica de la burocracia y del control va en contravía de lo innovador y creativo; es más, muchos proyectos no logran su realización o sus resultados, no tanto por la concepción novedosa o su creatividad, sino porque aquellos estamentos que los evalúan, lo hacen con formatos que están gestados desde lo ya establecido, desde un statu quo validado y reconocido por un grupo de “expertos”. Esto es lo que hace que la innovación sea riesgosa, que implique un liderazgo a prueba del rechazo, y que en la mayoría de las ocasiones se haga por medios divergentes, en los márgenes, más con la tenacidad y la iniciativa individual que con el beneplácito de la mayoría. Reinventar, por lo demás, presupone no un acto de chispa, sino de investigación, de una reserva de capital para cubrir el “fracaso”, los prototipos que no funcionan, el experimento que no resulta. Reinventar, en este sentido, es una actividad costosa. De otra parte, cualquier reinvención presupone un cambio de percepción en los usuarios, en el público, en los futuros beneficiados o potenciales compradores. Recuérdese no más la reinvención de la máquina de escribir por un procesador de texto. Recalco lo anterior para darle al mandato a “reinventar” su justa proporción o alcance: ni suponer que eso es un acto creativo de una sola rueda del engranaje social, ni obviar el riesgo que trae consigo. Y tal vez, si fuéramos más audaces y responsables con nuestra historia, la gran “reinvención” que deberíamos hacer todos, gobernantes y gobernados, es concebir otra forma de construir sociedad, con menos inequidades, con una mejor calidad de vida para la mayoría de las personas, con justicia social y participación efectiva en la toma de decisiones. Eso sí sería una “reinvención” estructural y no un mero afán por salir de los efectos de una pandemia.

Mayo 5 de 2020

Como era de esperarse, el presidente ha anunciado hoy el alargue de la cuarentena hasta el próximo 25 de mayo. Lo nuevo es que se seguirá ampliando, gradualmente, la apertura económica a otros sectores como el de fabricación de muebles, automóviles y prendas de vestir, eso sí, siguiendo “estrictos protocolos” y de acuerdo a los lineamientos de los acaldes. De igual modo, desde esa fecha, podrán abrir sus establecimientos las librerías, papelerías, los centros de diagnóstico automotor y las lavanderías a domicilio. Este nuevo tiempo de confinamiento fue respaldado, una vez más, por expertos epidemiólogos y según un detallado análisis de riesgo presentado por el Ministro de Salud. Además, los niños desde 6 años hasta jóvenes de 17 podrán salir a los parques, durante media hora, tres veces a la semana, a “tomar el sol”. La frase motivo de este día, tanto para ampliar más la apertura de la economía como para alargar el confinamiento, ha sido la de “vigilancia epidemiológica”. Es decir, una toma de decisiones amparada en datos, frecuencias, estadísticas diversas. Esa parece ser la “nueva normalidad” a la que tendremos que familiarizarnos este mes y los que siguen, por lo menos durante este año. Una normalidad fluctuante, inestable, porque dependerá de qué tanto suba o baje un porcentaje, y de cómo se combinan diferentes variables como el número de infectados, el número de pruebas y el número de camas con respiradores en los hospitales. La nueva normalidad tiene una consistencia de estira y encoje, porque si se sobrepasan los porcentajes previstos, seguramente tendremos que volver a encerrarnos si es que, en verdad, queremos cuidar la vida. Y como sucede siempre con los argumentos basados en estadísticas, se usan las tablas y los diagramas de barras, como argumento suficiente para convencernos de que la conclusión tomada es la correcta. Aunque el verdadero telón de fondo de todos estos guarismos y curvas estadísticas es controlar, con un eje de coordenadas, lo que continúa invisible y amenazante en el ambiente: el miedo. Ese siempre ha sido un deseo de los guarismos, el de poder delimitar o nominar lo que parece gaseoso o inasible; el de prefigurar o atrapar el incierto futuro. “El miedo no es bueno para el futuro”, afirmó  el gerente de la Fundación Santafé; en consecuencia, hay que tratar de dominarlo saliendo a trabajar con esta nueva “normalidad” y teniendo como escudo el cálculo y las probabilidades que podemos hacer en el presente.

Mayo 7 de 2020

Una encuesta realizada entre el 8 y 20 de abril, con 3549 personas, mayores de 18 años, y realizada por Profamilia con el apoyo del Imperial College de Londres, mostró, entre otros resultados, que un 34% dice no resistir la situación de la pandemia, un 34%, afirmó que la sufren, y un 40 % dijo que la aceptan. La encuesta corresponde al “Estudio de solidaridad sobre la respuesta social a las necesidades de distanciamiento social para contener el covid-19 en Colombia”. El 75% manifestó que el coronavirus ha afectado su condición mental, manifestada en ansiedad (54%), cansancio (53%), nerviosismo (46%) o rabia (34%). Y otras encuestas similares, hechas por ejemplo por el Observatorio de Políticas públicas de ICESI, concluyeron que además de la ansiedad, a la depresión se sumaba un alto nivel de preocupación por la salud de los seres queridos (84%) más que por la propia salud (16%). Me detengo a pensar en estos resultados y dimensiono el lado menos evidente de esta pandemia; no los signos exteriores como la fiebre o la tos seca, sino esos síntomas de la interioridad que a veces nos parecen menos preocupantes pero, que si uno lo analiza con cuidado, resquebrajan desde adentro nuestro ser. Porque la ansiedad, demos por caso, acumula sus heridas poco a poco, a veces sin parecer nada preocupante o anidándose al lado de nuestras almohadas para no dejarnos dormir bien o para atiborrarnos de pesadillas agotadoras. La ansiedad azuza la imaginación en su lado más negativo, puya en la mente el derrotismo, el fatalismo, el destino infausto o el callejón sin salida de la mala suerte. Y esta misma ansiedad, al ir tomando posesión de nuestro pensamiento, se revierte sobre el cuerpo para ulcerarlo, trastocarle los ciclos de alimentación o poner en corto circuito a nuestro sistema nervioso. La ansiedad puede ser una explicación a la violencia intrafamiliar o al mal genio que está al acecho por cualquier nimiedad. Creo que, y esa parece ser una buena medida “no para favorecer la apertura de la economía”, el contar con fundaciones u organizaciones dispuestas a atender estas dolencias del alma en lo que lo más importante es “poder hablar” y “poder ser escuchados”. En esa vía está la Fundación Santo Domingo y Profamilia con la plataforma “Porque quiero estar bien”, cuyo eslogan ya es en sí mismo una salida a estos problemas: “Te escuchamos, te acompañamos, te ayudamos”. Esa parece ser la vacuna; a la ansiedad se la controla o se la derrota así: hablando con sinceridad de lo que nos agobia, recibiendo la escucha atenta de otro ser humano, sintiendo la comprensión y la compañía –así sea con tapabocas y a un metro– de quienes reciben nuestra desazón o nuestro miedo. La ansiedad se cura no callando, no aguantando, no autoengañándonos, no pareciendo solitarios héroes mudos y embravecidos. Esta enfermedad del alma requiere un genuino reconocimiento de nuestras flaquezas y debilidades, y la apertura a dejarnos ayudar, sin que por ello sintamos que somos endebles o incapaces de sortear una amenaza como el covid-19.

Mayo 8 de 2020

Durante toda la pandemia se ha hablado, por parte del gobierno o de diferentes ministros, del término “pedagógico” para referirse a un video, al modo de presentar una medida de salud pública o a un comportamiento esperado por parte de la comunidad. Aunque, en un primer momento, uno podría llegar a pensar que pedagógico se confunde con didáctico, lo cierto es que se asemeja a cualquier producto audiovisual que explica o informa sobre determinado asunto. A veces hace las veces de “recomendaciones” o de “pautas de conducta”; en otras ocasiones sirve este apelativo para presentar una “información”, comunicar una “prescripción” o señalar algunas “advertencias” derivadas del mismo confinamiento obligatorio. Tal banalización del término no contribuye mucho a que la gente común y corriente entienda qué es lo que en realidad hacemos los maestros y menos a que noten la diferencia entre lo que dice un mandatario y, luego, lo que muestra como ilustración “pedagógica”. Buena parte de las piezas usadas por el alto gobierno son información audiovisual, pero muy lejanas de la transformación de un contenido para que sea claro, secuencial, enfocado a un determinado público, convergente en el uso de diferentes medios de comunicación, selectivo en el lenguaje utilizado y acorde a un propósito específico de aprendizaje. Las mismas gráficas empleadas son un decorado, pero sin el sentido de servir de orientación o de ofrecer una traducción más comprensible de lo dicho. Si se olvida que lo pedagógico, en sentido amplio, y lo didáctico en lo específico, tienen como fin traducir o convertir determinada información en un producto asimilable por otra persona, se caerá en un generalismo que más que ayudar a aclarar, lo que hace es confundir. Bien lo dijo hoy la alcaldesa Claudia López el finalizar su presentación sobre las nuevas medidas para Bogotá, a partir del próximo lunes 11 de mayo: “una cosa es anunciar y otra cosa es comprender”. Precisamente la labor de un educador consiste en eso: transformar un contenido en unidades asimilables, hacer transferencia de lo erudito y abstracto a lo sencillo y concreto, ponerse en el lugar del que aprende para secuenciar, dosificar y adaptar determinado conocimiento. Tal vez por ese uso errado de “pedagogía” es que las políticas públicas ni logran impactar, ni ser asumidas o acatadas en su real magnitud.

Mayo 10 de 2020

Una celebración del día de la madre sin abrazos físicos, sin besos en directo. En cambio aumentaron las videollamadas, los mensajes en whatsapp, los correos electrónicos. Tampoco se olvidaron las serenatas, solo que en esta ocasión debieron hacerse mirando la pantalla de un celular o de un computador. Estos hechos me evocaron la época de las oficinas de Telecom en los pueblos, de las operadoras, de los pequeños locutorios a donde le pasaban a uno la llamada y, desde allí, como si fuera un acto mágico, escuchábamos a los seres queridos lejanos, a esos que desde hacía mucho tiempo no oíamos o de los que no teníamos noticia alguna. Eran pocos minutos, a veces con sonidos interrumpidos, pero bastaban para alegrar a alguien o darle un poco de tranquilidad afectiva a nuestro corazón. El coronavirus ha replanteado, al menos por un tiempo, la manifestación de nuestros afectos: si estamos con los seres más queridos, nos toca tratarlos a distancia, sin tocarlos, sin traspasar la barrera de un metro; y si no estamos compartiendo la casa con ellos, lo mejor entonces es no ir a visitarlos, alejarlos más de lo que ya están. Perdida la fuerza del contacto, esa intransferible sensación de abrazar otro cuerpo, nos hemos visto obligados a poner nuestra voz y nuestras palabras escritas como única forma de rubricar esos vínculos de la sangre. Hay algo de trato fantasmal: disuelto el cuerpo del ser amado, se asemeja más a una ausencia cargada aún con los atributos de la imagen; es una especie de “aparición” que conservamos como “visión” tutelar o como un “espíritu”. Sabemos que están vivos, pero al mantenerlos alejados de nosotros, les otorga un tinte de “desaparecidos” o de pertenecer al álbum de los seres más queridos de quienes conservamos solamente las “instantáneas” de sus recuerdos. Yendo un poco más lejos: el coronavirus ha puesto en cuarentena no solo nuestros cuerpos físicos, sino que ha ido evaporando las manifestaciones de los afectos interpersonales. La sociedad líquida, de la que hablara Zigmunt Bauman, dio paso a la sociedad evanescente.

Mayo 11 de 2020

En varias entrevistas de los telenoticieros de este miércoles se les preguntó a trabajadores que retornaban hoy a sus labores sobre cuál era su sentimiento o cuál era su opinión sobre este retorno al mundo laboral. Las repuestas subrayan el entusiasmo y la alegría de volver a sentirse activos, con fuerzas para conseguir lo necesario para vivir y contentos de conservar su empleo. A pesar de un cierto temor, el hecho de sabernos útiles, de hacer parte del mundo productivo y, sobre todo, de tener la evidencia de no estar vacantes, hace que el trabajo sea visto como algo fundamental. Pienso que el ser humano, a pesar de su fantasía de “vivir sin hacer nada”, requiere este insumo de la actividad, de la labor, de constatar que con sus manos y su esfuerzo puede conseguir los recursos económicos para satisfacer sus necesidades básicas. Este hecho, de no depender exclusivamente de la caridad o la beneficencia pública, convierte al trabajo en un medio para afianzar la dignidad y, muy especialmente, en un recurso que apalanca la libertad de las personas. Para ponerlo en otras palabras, el trabajo le quita al ser humano la penosa carga de la incertidumbre y reafirma al padre o la madre cabeza de hogar en su rol de cuidador responsable. Así sea poco o mucho lo que se gane, el trabajo crea una especie de “certeza” en medio de la inestable situación propiciada por el coronavirus. Más allá de recibir un mercado o un dinero del Estado, más allá de las campañas de solidaridad para que los más empobrecidos logren sortear la cuarentena, el volver al trabajo es una especie de liberación de cadenas, de poner en los propios brazos la confianza de que el presente no depende del capricho de otros o de la suerte, que siempre es incierta y muchas veces injusta. Es posible que esta sobrevaloración del trabajo corresponda, como tantas otras cosas en la vida, a su amenaza de pérdida o a ese súbito distanciamiento ocasionado por el covid-19; pero, más allá de la eventualidad, lo que nos muestra este hecho de retornar al taller, al mostrador, a la fábrica, a la obra en construcción, es que el trabajo además de ser la forma como conseguimos recursos para la sobrevivencia, le devuelve a los seres humanos un fuero de autonomía y un sentido de proyecto, un lugar de existencia a partir del cual hallar un reconocimiento social y la posibilidad de sentirse parte de la gestación o elaboración de algo. Porque si uno tiene un trabajo organiza el inestable futuro y quita de su mente el triste y angustiante fantasma del vagabundeo permanente.

Veinte sugerencias para mantener o mejorar la comunicación en familia

07 domingo Jun 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

≈ Deja un comentario

Etiquetas

Comunicación en familia, Cuidado de los otros, Vida cotidiana

Pintar mi familia

El confinamiento obligatorio, por causa del coronavirus, ha hecho que los miembros de la familia estén juntos durante tres meses consecutivos. Si bien ha sido una oportunidad para el reencuentro y la renovación de vínculos afectivos, también este confinamiento ha generado dificultades en el trato, la convivencia y, muy particularmente, en el modo de comunicarse los padres con sus hijos. Tomando como eje esta situación propongo el siguiente repertorio de sugerencias, recomendaciones o pistas con el propósito de que en algo ayuden a mitigar o prevenir los problemas de comunicación en familia.

1. Tenga presente la edad de sus hijos cuando trate de comunicarse con ellos: adapte el tipo de lenguaje, dosifique el mensaje, busque el mejor momento y, especialmente, fíjese si esa persona está en disposición de recibirlo.

2. Cuídese en generalizar, no estereotipe un comportamiento o una actitud de sus hijos. Si algo no le gusta o le molesta, descríbalo, sin hacer juicios o sacar conclusiones generalizadoras.

3. Proteja, pero sin ahogar el propio desarrollo de aquel a quien desea salvaguardar.

4. Sea cómplice de sus hijos, pero no alcahueta de sus faltas.

5. No se desanime si lo que usted le comunica a sus hijos parece no tener un resultado inmediato. Recuerde que la comunicación es un proceso; requiere que los mensajes se asienten, maduren. Pero no por ello, deje de persistir en una consigna, un valor, una forma de ser o comportarse.

6. Cuando sienta que no sabe cómo entender a sus hijos, especialmente si están entrando en la adolescencia, mire su propio álbum familiar y recuerde cómo era usted en esa época. Reflexione sobre las modas que usaba, sobre sus travesuras, sobre el ansia de exploración que lo embargaba… Hecho todo esto, vuelva a observar a sus hijos y trate de comprender.

7. Cambie los imperativos o las oraciones cortantes de mandato, por frases como: “me gustaría que hicieras tal cosa…”, “preferiría que no fueras a tal sitio”. Emplee todos los recursos de la comunicación asertiva; es decir, de esa comunicación que no es ni agresiva, ni pasiva…

8. Reconozca el punto de vista de la otra persona, ponga en sus palabras lo que su interlocutor le dice a ver si usted ha entendido bien lo que ha querido comunicarle. Nada obstruye más la comunicación que los sobreentendidos o lo dado por hecho.

9. No amenace. Los mensajes de este tipo lo que hacen es aumentar el silencio o la resistencia de su interlocutor. El que mucho amenaza va perdiendo, poco a poco, la autoridad.

10. Escuche con atención y con actitud empática a sus hijos. Tenga voluntad de contención. No pase a defenderse. Escuchar en silencio es una buena manera de generar simpatía.

11. Converse con su pareja sobre las actitudes o los comportamientos que desaprueba de sus hijos. Analice los puntos de vista de cada uno y, hecho un consenso, asuma una postura comunicativa común. No emplee frases como: “Hable con su mamá, a ver qué dice”, “le voy a decir a su papá”… Es mejor expresarse así: “con su papá hemos acordado que…”, “Con tu mamá consideramos que…”

12. Cuando acompañe a sus hijos en tareas o labores escolares, no asuma la actitud del que lo sabe todo. Muéstrele mejor a su hijo el gusto por aprender. No descalifique; hable más bien de que “nadie nació aprendido”. Tampoco se desespere y, opte más bien, por darle al error un valor positivo. Porque si al error se le suma el enfado, lo que se produce es el miedo. Y el temor no es la mejor motivación para aprender.

13. Trate por todos los medios de ser afable con sus hijos. Tenga presente que un gesto amigable rinde más beneficios que un rostro malhumorado y distante. Si tenemos una comunicación no verbal afable, seguramente propiciaremos la comunicación verbal de nuestros hijos.

14. No discuta con sus hijos en el mismo espacio donde ellos hacen las tareas. Cambie de lugar para que sea otra la postura y otras las condiciones del diálogo.

15. No saque conclusiones apresuradas de los rumores que escuche sobre sus hijos. Sea prudente. Indague. Contraste diversas opiniones, antes de tomar una decisión sobre ellos.

16. Hable menos, regañe menos; testimonie con sus actitudes lo que proclama con sus palabras. El ejemplo es la comunicación encarnada.

17. No haga juicios apresurados ni desestime, frente a sus hijos, la labor que hacen los docentes. Si tiene dudas, consulte con ellos. Si es necesario, pida su ayuda. Usted, como padre o madre, sabe algunas cosas, pero los profesionales de la enseñanza son los maestros.

18. Use el espacio del comedor o de la sala para promover la conversación. Emplee la comunicación informal para crear o fortalecer la confianza. Idéese rituales o juegos con este mismo fin. El apoyo a sus hijos no es únicamente para el mundo escolar.

19. Todo encierro va alterando las emociones, cambiando el estado de ánimo de las personas, en particular si son niños o jóvenes. No le dé tanta trascendencia a pequeños impases cotidianos. Use el humor. Entienda que a los más pequeños se los ha obligado a asumir actitudes y comportamientos de los mayores de edad. Un poco de flexibilidad en el espíritu ayuda mucho a mermar la resonancia de los problemas en la comunicación en familia.

20. Y en tiempos de crisis, o de una situación como esta pandemia, procure usar frases de comunicación que sean más optimistas que pesimistas. Más esperanzadoras que alimentadoras de la catástrofe. Revise las expresiones frecuentes que usa en su habla cotidiana: ¿son propositivas, alentadoras, vivificantes? Sus hijos oirán y verán en usted, por su modo de hablar, un ejemplo de cómo se puede enfrentar lo difícil, lo inusitado y la ansiedad que produce la incertidumbre.

 

Diccionario del coronavirus

24 domingo May 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

≈ 6 comentarios

Etiquetas

Covid-19, Diccionarios creativos, Estrategias de escritura, Pandemia, Vida cotidiana

Christoph Niemann

Ilustración de Christoph Niemann, para New Yorker.

A dos metros: medida de advertencia en espacios públicos, como si cada persona fuera un vehículo que cargara gases inflamables.

Abrazo: antiguo gesto de afecto que, en tiempos de pandemia, es una expresión de peligro o amenaza para quien amamos.

Adulto mayor: persona a la que no le puede dar el sol.

Aeropuerto: los puertos anhelados por el coronavirus.

Aislamiento preventivo: modo práctico de burlar al covid-19.

Alerta amarilla: los de tu barrio pueden estar infectados / El miedo en la distancia.

Alerta naranja: el contagiado está muy cerca de tu casa / La vecindad del temor.

Ayuda humanitaria: solidaridad de muchos que, por culpa de la corrupción, termina beneficiando a unos pocos.

Banca rota: forma de volar de algunas aerolíneas, en época de cuarentena.

Beso: contacto íntimo y anhelado pero imposible con tapabocas y a un metro de distancia.

Bolsonaro: representante de quienes confunden una pandemia con “una gripita”.

Calle: utopía del confinado.

Casa: Fortaleza en las primeras semanas y cárcel después de quince días / Lugar familiar del que, al mismo tiempo, no podemos y deseamos salir.

Cerco epidemiológico: encerramiento dentro del confinamiento / Aislamiento al cuadrado / Compromiso ciudadano en cuidados intensivos.

Cierre de fronteras: medida gubernamental que responde a una lógica oriental infalible: si el covid-19 vino de China, una muralla china bastará para detenerlo.

Codo: La nueva mano del confinado.

Comparendo: sanción disciplinar para indicarle al ciudadano que no lo pilló el virus pero sí la policía / “La ley con multa, entra”.

Confinamiento: vacaciones obligadas sin sol, sin mar y sin paseos.

Contención: el coronavirus extranjero.

Coronavirus: insignia que nadie desea ceñir sobre su cabeza / ¡Viva el rey!,  el infectado puede morir.

Covid-19: aunque la Real Academia de la Lengua diga que es femenino, lo cierto es que este virus ataca también a lo masculino / Virus transgénero / Enfermedad infecciosa con recuerdos de movimiento insurgente colombiano, pero con síntomas parecidos: “¿decaimiento, falta de energía?”.

Crédito blando: nuestro interés es diferirte los intereses.

Crisis: efectos económicos secundarios de la pandemia que se agudizan en la medida en que aumentan los días de cuarentena.

Cuarentena: medida preventiva que antes se imponía en los barcos y, ahora, en las ciudades. Pero en uno u otro espacio, los infectados están rodeados por un mar de incertidumbre.

Cultura ciudadana: lo que se espera que todos cumplan, pero que cada uno tiende a no hacer.

Curva: línea cuyo punto más alto lleva a la cuarentena y su aplanamiento a la calle.

Depresión: estado psíquico caracterizado por una tristeza profunda de no poder salir y un aburrimiento de hacer siempre lo mismo / manifestación interna del coronavirus cuando obstruye no los pulmones, sino el espíritu.

Desinfección: nueva actitud de bienvenida en la que en lugar de ofrecer los brazos y las manos, se emplea como gesto de acogida un atomizador.

Disciplina: autohigiene social / La prueba más difícil para quienes se sienten sanos o invulnerables a la pandemia.

Distancia social: la proxémica administrada por el miedo al contagio.

Domicilios: activación económica en bicicleta.

Educación virtual: el maestro enseñando a estudiantes y a padres de familia durante veinticuatro horas.

Elementos de bioseguridad: implementos que excepcionalmente usaban los astronautas, pero que en tiempo de pandemia utilizan hasta los mensajeros domiciliarios.

Epidemiólogo: especialista llamado a la sala de ministros –solo en tiempos de pandemia– para servir de justificación a los gobernantes, si las decisiones tomadas por éstos salen mal o tienen consecuencias adversas.

Estadística: disciplina que se ocupa de la recogida, obtención y tratamiento de datos para justificar a los gobernantes cuando deben tomar medidas impopulares.

Fiebre: signo de alerta que antes, solo se tomaba en los hospitales, pero que ahora detectan con una pistola infrarroja para entrar a cualquier lugar público.

Fiesta en cuarentena: Alegría de unos pocos, para perjuicio de muchos / Darle salida a los piernas por un exceso de encierro de la cabeza / Nueva danza de la muerte / Obedecer con los pies a lo que desobedece la cabeza.

Gel antibacterial: guantes líquidos y olorosos. / Lavamanos portátil.

Gutícula: pequeño medio de transporte preferido por el coronavirus.

Hagan caso: recomendación de un sobreviviente del covid-19 que estuvo a punto de morir.

Indisciplina: ¡pero si el rey soy yo! / Inobservancia de las normas de prevención social para jugar a las escondidas con el covid-19

Infectado: un coronado por el destino o por la falta de cuidado.

IRA: sigla de la infección respiratoria aguda que, por su sorpresiva y silenciosa forma de atacar, parece un grupo terrorista.

Jabón: el virus del coronavirus.

López Obrador: ejemplo de los mandatarios que consideran tres mil infectados diarios por el coronavirus como una cifra optimista.

Lugares públicos: fincas de recreo del coronavirus.

Mano: extensión del brazo que sirve, principalmente, para lavarla con jabón cada dos horas.

Mechudo: corte de pelo en tiempos de confinamiento.

Médico: profesional de la salud a quien se le rinden aplausos al inicio de la pandemia, pero al que después se lo amenaza para que abandone el edificio donde vive / Persona que el infectado quiere cerca cuando está enfermo, pero desea lejos cuando no lo está.

Melancolía: estado del espíritu caracterizado por un aumento de la ansiedad a causa de la incertidumbre y una baja de defensas por falta de alegría.

Mercar: odisea en solitario contra el virus para lograr sobrevivir.

Mitigación: el coronavirus vernáculo.

Monitoreo: vigilancia al virus, pero más a la desobediencia de los ciudadanos.

Multitud: el correveidile del coronavirus.

Normalidad: situación o estado ideal ansiado por los confinados que, con las rutinarias medidas de protección y el interminable seguimiento de protocolos, terminará pareciéndose a la anormalidad.

Noticias falsas: manera como la pandemia infecta primero la mente que el cuerpo / Forma como se comunican los “ídolos de la caverna” con los “ídolos de la tribu” / Entrega al inmediatismo del rumor por pereza a indagar la verdad.

Pandemia: infección que copió la ambición expansionista del capitalismo global.

Pedagogía: muletilla empleada por algunos gobernantes para mostrar que la política sabe muy poco de educación / Término al cual acuden algunos gobernantes para suavizar el autoritarismo.

Personal de la salud: primera línea de batalla sin suficientes armas defensivas contra la pandemia /  Infantería que sale a luchar cuerpo a cuerpo todos los días, a sabiendas del fuego cruzado del coronavirus.

Pico: cumbre temida pero esperada por los no infectados / Premio de montaña, fuera de categoría, de la propagación de la pandemia.

Pistola infrarroja: el nuevo revólver de los vigilantes para defenderse de la facinerosa pandemia.

Prorrogar: verbo de uso obligado por culpa del coronavirus.

Protocolo: detallado instructivo de convivencia pacífica con el covid-19.

Quédate en casa: mandato materno del ayer que hoy es norma gubernamental.

Reapertura económica: segunda línea de defensa ante el avance continuado del coronavirus que, como se sabe, opera mejor desde la trinchera.

Recuperado: la pandemia en el estado del relato.

Redes sociales: medio de contagio que exacerba la ansiedad de los confinados y multiplica el alarmismo peor que la pandemia.

Reinventarse: consecuencia económica del covid-19 que consiste en tratar de hacer lo mismo pero con computador / Volver a los empleados mensajeros.

Repeticiones: estrategia de los programas deportivos de fútbol que consiste en convertir el pasado en noticia de actualidad.

Tapabocas: prenda de vestir para que el coronavirus no nos reconozca.

Teletrabajo: modalidad laboral que consiste en que el empleado, además de las labores propias de su oficio, paga en lugar del empleador la luz, el arriendo, el teléfono y las horas interminables de internet / La casa hogareña vuelta oficina / Empleado sin horario fijo de trabajo.

Toque de queda: el último recurso “pedagógico” de los alcaldes.

Transporte público: medio de locomoción para el contagio / Medio de locomoción para ir de la casa al trabajo y del trabajo al contagio.

Trapo rojo: pieza de tela o de otro material para exhibir el hambre o clamar ayuda humanitaria.

Trump: ejemplo de los políticos que presumen de médicos y culpan a los contagiados del covid-19 por no inyectarse desinfectante para limpiar sus pulmones.

UCI: mazmorra temida por los infectados.

Urgencias: lugares de los hospitales que, en tiempos del coronavirus, hay que demorarse el mayor tiempo posible antes de acudir a ellos.

Vacuna: el elíxir de la larga vida de los infectados.

Ventana: abertura elevada sobre el suelo para que entren las calles que no podemos recorrer.

Ventilador: tercer pulmón del infectado.

Videoconferencia: contigo, pero sin ti.

Zoom: servicio de videoconferencia –que la pandemia volvió habitual–mediante el cual se habla en público, estando solo.

El vigía de la ventana (3)

03 domingo May 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Crónicas, Del diario

≈ 2 comentarios

Etiquetas

Covid-19, Pandemia, Vida cotidiana

Niña mirando por la ventana Edward Münch

«Niña mirando por la ventana» de Edward Münch.

Abril 19 de 2020

Después de un mes de cuarentena podemos comprobar un rasgo de la condición humana: su capacidad para adaptarse a nuevas situaciones de vida. Quizá ahí esté la clave de nuestra permanencia en este mundo y lo que ha posibilitado la invención, el descubrimiento, la ciencia. Analizo lo que ha venido pasando y aventuro una analogía con los estadios de duelo o de muerte, descritos por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross: primero, la negación al hecho, eso de que “a mí no me va a afectar”, o que acaecerá en países lejanos del nuestro; después la cólera o la incomodidad al saber que no se tomaron las medidas de cierre de fronteras a tiempo, que  no tenemos el suficiente número de camas disponibles,  que debemos asumir un encierro en nuestras viviendas; enseguida, la etapa del regateo, de los plazos que se van reanudando, de las excepciones que aspiran a multiplicarse para continuar con la vida cotidiana como se la traía hasta ahora; en unos días posteriores se entra en la depresión, en la tristeza y aumenta el miedo. Tantos encierro, tanta incertidumbre junta, conlleva a que baje el optimismo y se múltiple la angustia y la ansiedad; finalmente, entramos en la aceptación del hecho, de que el covid-19 no va a desaparecer en una semana y en la certeza de que debemos seguir viviendo a pesar de esta amenaza a nuestra salud y a mermar o entorpecer el dinamismo de la economía. Entonces, es casi seguro, comenzaremos a volver habitual lo que nos parece excepcional, convertiremos un práctica diaria el usar tapabocas, estaremos atentos a conservar la distancia social, planearemos de otra forma el comprar alimentos y, aunque nos suene inhumano, tendremos menos horror por el número de contagiados que seguramente aumentarán en los hospitales o en nuestras casas. Así, seguramente, esperaremos la vacuna, o nuestros propios organismos desarrollarán unos mecanismos de defensa que nos posibiliten el encuentro, las relaciones humanas, el ir a trabajar o adelantar proyectos de todo tipo, y una entusiasta afirmación cotidiana por continuar viviendo.

Abril 20 de 2020

Los deportes masivos están en crisis. En particular el fútbol que, como se sabe, es uno de abigarradas multitudes. En las noticias se anuncia que los campeonatos locales o internaciones se han cancelado y que, dependiendo la evolución del coronavirus, se tendrá que jugar a puerta cerrada. Podríamos aprovechar esta eventualidad para reflexionar sobre el deporte y las masas, un tema que apasionó a Elías Canetti. Porque, ¿qué aportan las masas, el público en vivo a un deporte, como el fútbol? Muchas cosas: la emoción, la tensión, el fragor de la contienda, el corazón hecho grito de cada hincha. Por eso, si se piensa en hacer certámenes sin público, se descubrirá que la entretención y gusto por este deporte no es tanto apreciar la técnica o el virtuosismo de los jugadores, sino otra cosa: la interrelación entre unos que actúan y otros que los apoyan; entre individuos que corren y patean, saltan y tratan de meter un balón en un arco, y un  grupo amplio de espectadores que toman partido por esa contienda. Tal vez haya deportes que por su esencia individual sea posible desarrollarlos en salones cerrados y con poquísimas personas observándolos; pero los deportes colectivos, esos basados en la fuerza, en el roce, en la gambeta, en el cuerpo a cuerpo con un oponente, perderán gran parte de su esencia. Y no lo digo solo por los aficionados, sino por los mismos futbolistas, quienes perderán la motivación de una tribuna, el apoyo emocional que provoca oír rugir a un colectivo de personas vitorear el nombre de su equipo, el coro de una masa que aviva el entusiasmo cuando decae el ánimo o se está padeciendo una derrota. A lo mejor, tendremos que hacer un ajuste emocional: de sentir y participar con los mismos hinchas en la disputa por un balón a verlos en diferido y en solitario desde nuestras casas. Quizá, recordando las ideas de Roger Caillois quien escribió un libro sobre Los juegos y los hombres, asistiremos a un desplazamiento: de un deporte de agon, o de lucha, a uno de mimicry, o de simulacro; algo así como dejar de ir en grupo a los estadios, para pasar a conformarnos con la pequeña y estática contienda de un futbolín.

…

El presidente, una vez más desde la sala del Consejo de Ministros, anunció que la cuarentena se prolongará otros quince días. Hasta el 11 de mayo estaremos en aislamiento preventivo obligatorio. A pesar de que se ha podido mermar un poco el avance del coronavirus, “no podemos bajar la guardia”, “relajarnos” o “cantar victoria”. Se mantendrá cerrado el aeropuerto y no habrá transporte intermunicipal, salvo para el acarreo de alimentos. El cambio es que se empezará a activar la economía en dos sectores: el de la construcción y la industria manufacturera. Eso sí, y en esto se insistió a lo largo de la hora de transmisión, con las medidas de bioseguridad más estrictas, como son el tapabocas, el baño continuado de manos, la distancia social, los turnos escalonados en los sitios de trabajo y una contratación especial de servicio de transporte para estos trabajadores. Se dijo también, que se podrá hacer deporte al aire libre, conservando condiciones de distanciamiento. Casi todas las nuevas medidas estuvieron acompañadas de la preparación, construcción o seguimiento de protocolos. Como bien se sabe, un protocolo es un conjunto de reglas o normas para guiar una acción o regular una práctica. Es una forma de homogenizar la acción, de interiorizar instrucciones y de unificar ciertos procedimientos. Así que, si en nuestra idiosincrasia tropical lo corriente es no leer el manual de instrucciones, ahora tocará –gracias al covid-19– no solo conocerlo, sino aprender a cumplirlo. Seguramente no será fácil, porque eso demanda disciplina, persistencia, y una regulación colectiva que generará discusiones y “molestias” cuando alguien imponga obedecerlas. Los protocolos direccionan, estandarizan y permiten un control; serán habituales las listas de chequeo, el monitoreo permanente y una reeducación de la conducta. Los protocolos son un modo de mermar los comportamientos individuales y lograr unas pautas homogéneas de las personas en las actividades y los procesos. Como se adivina, los protocolos son un recurso para mermar la improvisación, el azar y los caprichos personales de cara a la amenaza de la pandemia; es un modo de combatir lo incierto a partir de una concreción administrativa de “hacer todos lo mismo”.

Abril 22 de 2020

Escucho por la radio una entrevista a la alcaldesa Claudia López sobre sus declaraciones de no permitir la activación de los trabajos de manufactura el próximo lunes 27, entre otras cosas porque no están los protocolos terminados. El periodista le pregunta si esa medida fue consultada con el presidente y, ella, le responde que sí. El periodista insiste en que si eso ha sido así, por qué entran en contradicción las medidas del alto mandatario con las de ella o si es que sus argumentos no son tenidos en cuenta. La alcaldesa le responde que no va a entrar en esas confrontaciones y menos ahora cuando de lo que se trata es de un problema que pone en juego la vida de las personas. Enseguida agrega que hay una diferencia entre promulgar decretos y otra, bien distinta, ejecutarlos. Y que para el caso del coronavirus, habría que mirar si esas medidas pueden aplicarse homogéneamente a todos los municipios o de manera idéntica para todos los departamentos. Insiste en que hay que basarse en datos y ver cómo evoluciona la pandemia en cada caso. En síntesis, que Bogotá —por tener más de ocho millones de habitantes y por tener el más alto número de contagiados, casi mil cuatrocientos— no puede ser lo mismo que Medellín o Quibdó. Las respuestas de la alcaldesa me dan pie para traer a cuento la tensión que ha habido, durante siglos, entre lo local y lo nacional, o entre lo nacional y lo internacional, o entre el centralismo y el federalismo. Y si, es suficiente, para un país tan grande como Colombia, en el que hay regiones claramente diferenciadas, sirven medidas que pretendan uniformar procedimientos, resolver problemas o ejecutar normas administrativas. Para todos es evidente que las grandes ciudades requieren protocolos distintos al sector campesino, y que no puede ser igual reactivar la vida cotidiana en un pueblo de un millón de habitantes a otro que quintuplica esa población. De allí que los protocolos, tema que se ha vuelto “tendencia” en estos días, deban consultar los contextos, enfocar las acciones, incluir las particularidades o excepciones, contemplar las contingencias específicas. Tal vez el afán por salir de la pandemia, por retornar a la vida como antes, nos hace perder esta capacidad de foco y diferenciación de las realidades. Porque sí es cierto que legislar o promulgar una norma de alcance nacional —amparada en favorecer a la mayoría—, resulta difícil de aplicar o cumplir cuando ya llega a las regiones o a los municipios de la denominada “Colombia profunda”. Pueda ser que este covid-19 nos ayude a comprender que si no se consulta y se legisla teniendo en cuenta las necesidades y condiciones de lo local, los decretos y buenas iniciativas centralistas quedarán en el limbo de la ineficacia, el incumplimiento o la improvisación.

…

Poner a pelear a los dirigentes, esa ha sido una de las formas como el periodismo, especialmente radial y televisivo, busca material para llenar sus espacios. Y si bien estamos viviendo una pandemia, si afrontamos una emergencia sanitaria, los periodistas persisten en buscar “el puntico”, “la frase”, el “comentario” de un dirigente para ponerlo en contrapunteo con otro que, por lo general, forma parte de una filiación política diferente. A veces se disfraza esta práctica cizañera de los periodistas con “buscar la verdad” o, lo que es más grave, “ayudar a la opinión pública”, pero lo que en realidad muestra este afán de “encender la pelea”, es dejar de analizar un problema para pasar al campo de mover las pasiones de las personas. Hay algo de tinte “amarillista” en estas maneras de “informar” y mucha, pero muchísima, falta de prudencia en un oficio que, más en épocas de incertidumbre, angustia y temor como las actuales, necesitan que los expertos en comunicación sopesen la lengua, aquilaten sus emociones, dimensionen el alcance social de iniciar o propagar una u otra polémica. Los mismos políticos deberían dejar de hablar echando puyas, de estar arengando a los desinformados, de prestarse a una disputa momentánea y novelera en la que lo menos importante es el bien común, sino reforzar la vanagloria de determinados periodistas o contribuir a mantener un alto índice de audiencia en algún medio masivo de comunicación. Ante la duda  y la indeterminación provocadas por coronavirus es fundamental la mesura, el análisis, la contención de las opiniones gratuitas. Ese tendría que ser, también,  uno de los reaprendizajes para los que dirigen o tienen bajo su orientación un noticiero radial o un telenoticiero: comprender que el periodismo es, esencialmente, una profesión de servicio público.

Abril 23 de 2020

Desde hace días, en las ventanas de algunas casas o edificios se ha puesto un trapo rojo, indicando que ahí reside un necesitado de ayuda humanitaria o alguien que requiere alimento. Esos trapos rojos son como banderas que denuncian el hambre, que gritan a los pocos transeúntes o a las entidades de servicio social una ayuda para enfrentar el aislamiento provocado por la pandemia del coronavirus. En muchos de esos casos, se trata de inmigrantes venezolanos; en otros, de personas solas o que sobreviven mediante el “rebusque” cotidiano, o miembros de ese amplio grupo de trabajadores de la economía informal. El trapo rojo sirve de señal de advertencia, pero también de signo de contagio: aquí está un damnificado, aquí habita un individuo que soporta la pobreza extrema, aquí hay un ser humano que solicita con urgencia la colaboración y la solidaridad de sus semejantes. Si bien los contagiados son aislados en habitaciones o lugares especiales, estos que exhiben sin vergüenza el trapo rojo en sus ventanas, son otras víctimas del covid-19; ellos también padecen un contagio: el del abandono, el desarraigo o la miseria. Hay tantas formas invisibles de infección social, tantos estigmas ocultos que, debido a esta pandemia, salen a relucir, como pequeñas manchas coloradas en medio del gris de la ciudad. Pero ya no se trata de exponer la bayetilla roja para anunciar un producto, como era la costumbre de los carniceros, sino de izar una prenda de este color, exhibirla al público, para que la pasiva compasión o las buenas intenciones de la gente se transformen en alimento, en ayuda real que contribuya a seguir viviendo.

…

A un médico en el norte de Bogotá le dejaron escrito a la entrada de su apartamento un mensaje amenazante: “Doctor si no se va matamos a su esposa e hijos”; y en Buenos Aires, para solo mencionar otro ejemplo, a la viuda de un enfermero que murió por coronavirus, los vecinos le han dicho que si no se va, le van a quemar su vivienda, para que no “infecte el barrio”. Son muchos los profesionales de la salud que han sido objeto de discriminación, señalamiento o agresión verbal por ser ellos, precisamente, los que tienen un mayor contacto con los enfermos de la pandemia. Y lo que manifiestan estos “afectados” es su tristeza al no entender la reacción de la gente, cuando su riesgoso ejercicio está en servir a la comunidad. “Somos los más conscientes de cumplir todas las medidas de protección, y más cuando pensamos en cuidar a nuestra familia”, dicen. “Seríamos las personas menos peligrosas para un contagio”. Estos hechos, claramente reprochables, pueden ser el resultado de la intolerancia con el “diferente”, con el “distinto”, con las personas que desestabilizan una moral mayoritaria, contravienen una ideología, o rompen la “tranquilidad” de un orden de cosas establecidas. Porque parecidos mensajes se les envían a los líderes comunitarios, a aquellos que no pertenecen al mismo partido político, o a los “sospechosos” de promulgar ideas extrañas o contrarias a las de la mayoría. Por supuesto, al estar confinados, eventos como el del médico o la viuda del enfermero nos parecen dignos de rechazo. Pero en países como el nuestro, en el que nos cuesta convivir con el “diferente”, se han vuelto costumbre estas manifestaciones del chantaje, del “boleteo”, de la intimidación excluyente y anónima. Somos intolerantes hasta el delirio: “váyase de aquí” ha sido el mensaje que hemos usado desde hace muchos siglos para evitar el contagio no solo de enfermedades físicas, sino de esas otras infecciones que se propagan en nuestra cabeza y en el mundo afectivo de nuestras pasiones.

…

Si no hay fútbol en directo, ¿qué hacen los canales nacionales o de tevecable para remediarlo? ¿A qué han acudido? Al pasado, a las repeticiones de “partidos históricos”. Recordar, rememorar, volver a ver el ayer. Los largos confinamientos, los encierros obligados, al mermar la acción de nuestras manos o nuestros pies, conducen toda la atención al ejercicio de la memoria. Al estar confinados, enclaustrados en nuestras casas, al no tener la libertad de movernos en el campo de la vida cotidiana, lo que renace o se aviva es el pasado. Este ha sido el recurso de los hombres cuando ya no están ni pueden ser protagonistas de fascinantes aventuras: acudir al recuerdo de pretéritas odiseas para mantener el fluir de la vida. El aislamiento, la inacción, crean unas condiciones ideales para que la conciencia del tiempo deje de ser el de la prisa, el de “en directo”, y se vuelva un lento reencuentro con lo ya vivido. La evocación de hechos significativos, el reencuentro con eventos cargados de alta valoración, es el modo como los seres humanos rompen la monotonía de hacer siempre lo mismo para estar a sus anchas en los paisajes de la recordación. Los territorios del pasado son mucho más amplios que los linderos del presente. El aficionado, mirando en una pantalla la repetición de una final de fútbol de hace varios años, busca en el recuento del ayer un remedio contra su tristeza de hoy. De allí la importancia del relato, de la historia, como medios para recuperar lo perdido y, a la vez, un modo de seguir cultivando la imaginación, la capacidad de mantener intacto el heroísmo, cuando las fuerzas decaen o están debilitadas por una cuarentena interminable.

…

El presidente quiere meter en cintura a los bancos para que atiendan los clamores de las medianas empresas, de los comerciantes que no saben cómo pagar su nómina, de los ciudadanos que esperan con prontitud los ansiados préstamos. Es un llamado de atención tardío, porque el gobierno, y no sólo éste, siempre han mostrado una actitud cómplice y alcahueta con todos los costos e intereses que estas entidades multiplican sin consideración a sus clientes. Los congresistas claman, con gestos demagógicos de solidaridad, que los bancos tengan tasas más bajas, acordes a la situación especial que ha traído el coronavirus. Pero la respuesta de los directivos de estas entidades, en general, es la de que “los bancos no están para arriesgar”; o si hacen algunos desembolsos, los intereses no se apiadan de la “crisis” de los necesitados. Basta mirar un ejemplo personal: llega a mi correo el recibo de una tarjeta de crédito, incluyendo arriba, en fondo rojo, un aviso de cobranza, explicando en detalle de cuántos son los intereses, según dure en pagar, so pena de ser “reportado mi comportamiento negativo a las Centrales de Riesgo”. El recibo señala, así me haya tardado dos semanas en pagar –por estar cumpliendo el confinamiento–, que debo hacer el pago de manera “inmediata”. Hay demasiada falsedad en esos mensajes bancarios que llegan al whatsapp o al correo diciendo, “queremos que te cuides, quédate en casa… tu banco ha creado diferentes alivios de pago”; porque tarde que temprano, su veredicto será una factura con un término implacable de vencimiento. Con pandemia o sin pandemia, así difieran tu deuda a doce meses, llegará el extracto con el monto que debes pagar y, debajo, la respectiva suma de dinero, correspondiente a la ampliación de tu deuda. La usura no ha tenido ni tiene corazón. Por eso es que los bancos en el último año reportaron ganancias por más de once billones de pesos.

Abril 24 de 2020

La Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría han sumado esfuerzos para controlar que los dineros de apoyo destinados a aliviar la crisis desatada por el coronavirus no terminen desviándose de su propósito original. Porque lo que denuncian estos estamentos de control es que hay “irregularidades en la contratación” y “usos indebidos del dinero público”. Gobernadores, alcaldes y otros funcionarios, amparados en la crisis sanitaria, han sacado otra vez cuantiosos porcentajes para su beneficio. Hasta al Ministro de agricultura se le ha abierto investigación por la “asignación de créditos blandos que terminaron en las manos de los grandes agroindustriales y no beneficiando a los pequeños productores del campo”. Uno podría pensar que dadas las circunstancias desfavorables en que estamos hoy, ocasionadas por el coronavirus, haría que estos inescrupulosos no tocaran estos dineros. Pero ya se advierte que hay por lo menos 38 casos de flagrante corrupción. Lejos queda la solidaridad, invisible el hambre y la suerte de trabajadores humildes, cuando reaparece una práctica inveterada y de uso corriente en políticos y funcionarios regionales. Más que optimizar una ayuda económica o buscar la mejor manera de subsanar las inequidades sociales, lo que hacen estos corruptos es darse mañas para adulterar documentos, desviar el fin de unos recursos, amangualarse con otros inescrupulosos para inflar unos gastos o falsificar unos resultados. Todo lo que tenga el epíteto de público en lugar de producir un deseo de salvaguarda y control permanente, parece más un campo de rapiña, de desgreño, de terreno de nadie sin ninguna protección. Así tratan las oficinas, el mobiliario, el transporte, los servicios: si saben que son públicos, ya es razón suficiente para romperlos, hurtarlos o dejarlos a la intemperie. Compruebo en esa relación con lo público no la actitud de respeto hacia lo que es un bien común, sino la astucia bárbara del saqueo y el vandalismo.

Abril 25 de 2020

Después de cuarenta días salí a la calle a tomar el sol. La alegría de caminar se sumaba a la grata sensación de recibir la brisa. Vi muy poca gente en la calle cubiertos con tapabocas y uno que otro local comercial abierto. Mis pasos parecían descubrir de nuevo las casas conocidas, los sitios familiares, las calles tantas veces recorridas por mis pies. Una conmoción de libertad le insuflaba a mis pasos energía, como si reclamaran para ellos el alimento ansiado, la cuota de agua esperada al concluir una larga travesía. Es emocionante y grato sentir la tibieza del sol en la espalda, tener otro paisaje en el horizonte, sabernos libres de ir por cualquier avenida, recuperar el movimiento corporal en toda su plenitud. Imagino la falta del parque, de los juegos de locomoción, del césped  y los árboles, que tendrán los niños en esta etapa del confinamiento. No son suficientes las entretenciones o los videojuegos, no basta con el “playStation”; resulta indispensable también correr, saltar con la mascota, poder tirar y recoger una pelota. Pero lo que más me ha entusiasmado de esta corta salida es el hecho de “estirar las piernas”, de andar varias cuadras sin la obstrucción de las rejas en las ventanas de mi casa. Al menos para mí, caminar es un bálsamo para aliviar mis cuitas, el mejor ambiente para meditar, la escuela cotidiana donde aprecio el trasegar de la realidad. Esto ha sido lo más difícil del encierro obligatorio: privarme de recorrer las calles de mi querida ciudad de Bogotá, renunciar a esos caminos grises que de tanto marcarlos con mis huellas, conforman un mapa de mi propia historia. He recordado el relato bíblico del diluvio durante cuarenta días y cuarenta noches y el encierro de Noé en el arca, y pienso que la caminata que he realizado esta mañana es semejante al segundo vuelo de la paloma en el vasto azul y su regreso con una ramita de olivo verde.

Abril 26 de 2020

Según el gobierno, después de haber hablado de manera genérica de que mañana se reactivarían los sectores de la construcción y la manufactura, ahora advirtió que esto iba a darse de manera gradual y progresiva. “El gobierno abre la puerta, pero son los alcaldes los que abren la llave de la gradualidad”, afirmó el ministro de comercio, industria y turismo. A veces la premura o la presión de grupos económicos, hace que los gobernantes anuncien medidas que luego, cuando ya se van a llevar a la práctica, muestran la necesidad de mayor tiempo para su implementación o alcanzar a preparar una logística minuciosa. Tan es así que los protocolos sanitarios hasta hace pocos días se están difundiendo y muchas empresas tienen dudas sobre qué es lo correcto y cómo deben proceder para evitar propagar el coronavirus. En algunos departamentos se va a pedir el Pasaporte sanitario y, en otros, los industriales deberán inscribirse en un portal virtual, llenar unos requisitos y esperar la aprobación de las alcaldías para saber que pueden empezar a funcionar. Por todos los medios de información se habla sin cesar de seguir los protocolos pero, poco se piensa en que esto demanda la adquisición de unos hábitos que, como se sabe, no son fáciles de interiorizar. Advierten que debe respetarse la distancia social, que todo el mundo debe salir con tapabocas, que se puede trotar a ciertas horas y únicamente en el radio de un kilómetro del sitio de residencia, que los sitios de trabajo deben contar con gel antibacterial suficiente, varias estaciones para lavarse las manos, que los puestos de trabajo deben estar por lo menos a dos metros de distancia, que debe tomarse la temperatura de los empleados antes y después de terminar labores, que apenas se llegue de trabajar hay que quitarse la ropa, ponerla en un sitio especial para desinfectarla, y cambiarse por otra que no vaya a estar contaminada. Esta es una situación difícil y generadora de alto temor, con un doble filo igual de cortante, porque como dijo un obrero de la construcción: “Me da miedo salir a la calle, pero tengo que trabajar”. Como sea, todo este afán por la reapertura económica tiene una buena cuota de riesgo; no se sabrá sino hasta dentro de unos quince días o más, cuántos infectados nuevos hay, cuántos contagios se producen por los insensatos que no siguen los protocolos, o por todos los empresarios que le hacen “pequeñas trampas” a las normas o las “adaptan” de tal manera con tal de no cumplir la ley. Tal vez esta prisa por volver a la “normalidad” sea, precisamente, una forma de no entender la medula de lo que está pasando. Porque para nada es normal andar con tapabocas, guantes, lavándose las manos cada dos horas, aplicándose antibacterial, alejados de las personas con que trabajamos, sospechando del colega que atraviesa la frontera del escritorio, imposibilitados para la movilidad, yendo como encarcelados de la prisión al lugar de trabajo y del sitio de trabajo a las cuatro paredes de nuestro confinamiento. Por eso los protocolos son documentos sacados de afán, por eso son más las preguntas que los procedimientos claros. Al querer retornar a una realidad que no puede ser la misma, hacemos el simulacro de retornar a ella, pero con los imaginarios de un pasado convertido en costumbre. Esta actitud se asemeja, según me contó un amigo maestro, a la niña de un colegio que, todas las mañanas, se levanta, se baña, se pone su uniforme y se sienta en la mesa del comedor a tomar clases virtuales por un computador. Pasará un buen tiempo, quizá años, para que esta “anormalidad” nos parezca “normal” o, una vez se tenga la vacuna, podamos recuperar los hábitos y costumbres que ya nos eran familiares y no necesitaban de ningún protocolo policivo para llevarlas a cabo.

Abril 27 de 2020

Salí a pagar un recibo al banco y noté un número de ciclas mayor que el de estos últimos días, un tanto más de vehículos y varias personas esperando a la entrada de locales de venta de materiales de construcción. Algunas de ellas con los tapabocas puestos y otros con ellos en el cuello o haciendo las veces de balaca. En el banco está señalizada, mediante cintas, la distancia dentro del establecimiento pero, afuera, es una vigilante la que regula el distanciamiento obligatorio. No obstante, observé a un grupo hablando en corrillo. No todos los que caminan siguen las instrucciones de protección. En varias de las droguería del sector aparecen letreros escritos a mano en los se anuncia: “Sí hay antibacterial”, “Sí hay guantes”, “Sí hay alcohol”, Sí hay tapabocas”. Y si hace un mes esos avisos dentro de los locales anunciaban que no había ninguno de estos productos, ahora es todo lo contrario. Vi busetas azules del servicio público con personas sentadas una detrás de otra y camiones descargando alimentos. Pregunté el costo de una caja de guantes de nitrilo y me dijeron que valía cuarenta mil pesos (antes el precio no sobrepasaba los veinte mil). En un supermercado se informa en una cartelera escrita con marcador azul que las personas deben usar guantes para manipular los alimentos y si no lo hacen será “bajo su propio riesgo”. Los pequeños locales de comida, anuncian que ofrecen “almuerzo ejecutivo” a domicilio; se mencionan los teléfonos de contacto. Si bien las personas en la calle evitan andar juntas, miré a las afueras de las cafeterías a pequeños grupos de dos o tres individuos compartiendo un tinto con el tapabocas abajo. Los recicladores siguen esculcando las basuras sin ningún instrumento de protección. Algunas peluquerías y centros de belleza tienen sus puertas a medio abrir, como si estuvieran prestos a cerrarlas apenas aparezca la policía. Casi todas las tiendas han puesto sus mostradores como otra barrera para el público o atienden separados por rejas de hierro. El pico y género se cumple parcialmente. Una buena parte de los dueños o vendedores de establecimientos de comidas o de otros productos están a la expectativa, mirando a la calle, detallando a los pocos transeúntes que pasan, con una actitud de desconsuelo o de súplica para que se detengan a comprarles. Describo todo esto para captar el ambiente que se respira en un barrio popular de estrato tres, en el último día de la primera cuarentena (se sabe que la segunda fase llegará hasta el 11 de mayo) y la expectativa del reinicio “gradual” y “progresivo” de dos sectores, el de la construcción y el de las manufacturas que, por ahora, están inscribiéndose en las plataformas de la alcaldía, adjuntando los protocolos en que muestren cómo van a cumplir las normas de bioseguridad, y después de todo este proceso, obtener la aprobación para su funcionamiento.

Abril 28 de 2020

El presidente insistió hoy, en su hora habitual por la televisión, en la disciplina individual y colectiva, para ser más estrictos con los protocolos y las medidas del confinamiento obligatorio. Y a pesar de que ciertos gobernadores dicen que “todo va muy bien”, lo cierto es que en ciudades como Cartagena y Santa Martha los alcaldes han tenido que hacer uso del toque de queda para “obligar” a las personas a cumplir el aislamiento. Más de 200.000 comparendos en todo el país ha impuesto la policía por violar la cuarentena, y la mayoría de los infractores son jóvenes. Poco vale el pico y cédula, el pico y género, el pico y NIT; los “ciudadanos” salen el día que no es, abren el negocio sin tener medidas de bioseguridad, se reúnen en fiestas sin atender la distancia social, les resulta insoportable resguardarse en su casa… Pienso que esta es la consecuencia de tener morales todavía reguladas por la heteronomía, por la figura del policía, y poco, muy poco, articuladas desde la autonomía. Eso de una parte, pero además, la disciplina requiere un desarrollo personal, una educación de la voluntad que nos “obligue” desde adentro, sin esperar la aprobación ajena o el “regaño” de una figura de autoridad. Disciplinarse tiene mucho que ver con la formación del carácter y, en eso, cuenta enormemente la crianza y la escuela primaria. Disciplinarse en ponerle brida a los caprichos, pulir nuestros arrebatos, someter nuestros instintos inmediatistas al acatamiento de las convenciones y pactos de convivencia. La disciplina está asociada a los hábitos y éstos a una conciencia profunda del cuidado de sí y de los demás. Disciplinarse, más que una tortura o un sacrificio, es adquirir la conciencia del esfuerzo para alcanzar cualquier logro, es poner el empeño y la persistencia para alcanzar metas de largo aliento, es saber gobernar nuestras pasiones con el propósito de conservar la propia vida y la de los demás. El que se disciplina, a pesar de la amenaza actual del coronavirus, mantiene un cuidado permanente de su cuerpo, y por eso convierte el ejercicio físico en una práctica diaria; sopesa el alcance de sus acciones y, en esa proporción, mide el grado de sus responsabilidades; logra cultivar una afición, un arte, así la cotidianidad lo agobie con obligaciones labores; aprende a planear sus actividades y sus gastos, porque tiene sentido de la previsión y de la dosificación de sus fuerzas. Creo que la disciplina, con el tiempo, se transforma en una forma de prudencia que alimenta nuestra sabiduría. Ojalá logremos en algún tiempo futuro, como personas, como comunidad, no necesitar de comparendos para ser disciplinados y acatar la ley; que hallamos superado una moral regulada por el miedo, a otra, más serena, de ser “obedientes” o “responsables” por  convicción  y por un profundo discernimiento de los límites de nuestra libertad.

Abril 29 de 2020

La ministra de Educación informó hoy que, para ayudar a estudiantes y maestros durante esta pandemia, habrá televisión educativa las 24 horas. A partir del 4 de mayo, se emitirá “Mi señal” por la televisión y la radio pública y los canales regionales, además de la televisión digital terrestre. De igual manera, se ha previsto otra estrategia para acompañar a los docentes: “Conectados con el aprendizaje”, que tiene como objetivo mostrar guías y videos que contribuyan al conocimiento y manejo de herramientas digitales. Me llama la atención, en tiempos del coronavirus, la revaloración de la radio educativa y televisión educativa, después de que por muchos años los canales y emisoras los han despreciado o subordinado de las parrillas de programación. Ha sido tal el entreguismo al “rating” y a la mera entretención que, resulta “extraño” este descubrimiento de una de las funciones esenciales de los medios masivos de comunicación: educar. Por lo demás, a veces estas medidas descubren, al momento de ponerse en práctica, que hay regiones, que no a todas personas les llega la señal, que este es un país de cordilleras, y que si de veras se desea llegar a los estudiantes de nuestros pueblos más lejanos, la radio sigue siendo una de las mejores las alternativas. Recuerdo la apuesta de Radio Sutatenza, en la década de los 60, para educar a los campesinos, al igual que los programas derivados de la comunicación para el desarrollo, que respondían a una televisión educativa, con sentida preocupación social. Y es una lástima que el centralismo de la programación televisiva, considere ahora sí, que son importantes los canales regionales, pues son ellos los que en realidad conocen y llegan a las veredas más alejadas de la capital. Ojalá estas iniciativas de recuperar la radio y la televisión para enseñar o ayudar a los maestros, recuerde o aprenda ciertos principios de ese entonces: que los actores no son meros receptores, sino protagonistas de la misma programación; que un medio no es igual a sus mediaciones; y que la apuesta de todas esas iniciativas de educación popular tenían como norte ayudar desarrollar el pensamiento crítico, recuperar las voces de los silenciados y, como nos lo enseñó Paulo Freire, orientar la pedagogía hacia acciones liberadoras, no solo personales, sino colectivas.

← Entradas anteriores

Entradas recientes

  • Despedida
  • Legado
  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Legado
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 999 suscriptores

Mensaje Importante

«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

 

Celebrando la Vida

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.

 

 

Le invitamos a dejar su mensaje en la publicación «Legado», con el que haremos un homenaje a nuestro Maestros de maestros.

×

Cargando comentarios...