El jueves volví, después de varios años, a “Pescocentro”, uno de mis restaurantes preferidos en Bucaramanga. “Pescocentro” lleva más de treinta años ofreciendo a sus comensales pescados y mariscos, además de unos “perfectos” patacones y una ensalada de aguacate “fascinante”. No hay plato malo en “Pescocentro”. Gerardo Ochoa, el dueño chef, un barramejo enamorado de su oficio, me volvió a atender con su diálogo cordial y su cuidadoso menú del día.

Gerardo y «El secreto del pez», obra de Jorge Mantilla Caballero

Pero lo que más me llamó la atención esta vez, fue un letrero que encontré a la entrada del negocio, un letrero puesto a la manera de un aviso o un edicto. El texto, según me contó Gerardo, lo escribió el abogado bumangués Eduardo Pilonieta como una protesta al hurto de unas cucharas y unos tenedores en el mencionado restaurante. El chef quiso cambiar y mejorar la cubertería para darle un detalle de calidad y elegancia a su restaurante. “En una semana ya habían desaparecido por lo menos 17 cucharas y 12 tenedores”, me confesó Gerardo, desconsolado. “Me quedé con seis juegos de cubiertos, sólo para clientes especiales”, agregó, mostrándome los preciosos objetos. Le pregunté si tenía una copia del escrito y subió al segundo piso a buscármela.

Comparto enseguida el texto en mención como un homenaje a este amigo cocinero, a su excelente comida, y una manera de sumarme a su denuncia. El escrito deberíamos enviarlo a nuestros amigos y conocidos, formando una cadena de reflexión sobre la necesidad de tomarnos en serio (particularmente en nuestro país) la virtud de la honradez. Celebro, entonces, esta lección de ética gastronómica.

Los robos inútiles

Eduardo Pilonieta Pinilla

Decir que la honradez no es una de las virtudes de muchos colombianos no es cosa diferente a llover sobre mojado solo que a veces la naturaleza de los robos, para solo hablar de ellos, raya en el absurdo por la razón de la sin razón.

Un prestigioso restaurante de la ciudad, como una atención a su distinguida clientela, adquirió una cubertería que sin ser lujosísima, sí era mejor que la simple común a la que estábamos acostumbrados.

Pues bien, lo que se pensó sería una ganancia para el servicio, terminó siendo una pérdida para la empresa pues los comensales, todos ellos con capacidad de pago suficiente, empezaron a robarse especialmente las cucharas, por su bonito diseño.

La empresa del cuento se enfrentó al dilema de servir a la mesa con inventario de cubertería y levantar el servicio verificando el mismo o cambiar de nuevo a la vieja cubertería, optando por esto último ante lo difícil de la situación.

No deja de ser desafortunado que las muchas personas de bien que acuden a sitios como el de esta historia, deban sacrificarse por aquellos desadaptados que ven en el robo una costumbre, así lo hurtado no les sirva para gran cosa, todo porque nos cuesta trabajo aún entender el concepto de propiedad privada.

Triste resulta que para entrar a los lugares públicos haya necesidad de poner detectores para que no se roben las cosas y así los parroquianos honrados podamos darnos el gusto de aprovechar un óptimo servicio, libre de prevenciones.

Robar por robar parece ser una cultura generalizada en este país y tan ladrón es aquél que defrauda al Estado o roba un Banco, como el que por gracioso se roba una pequeñez en un sitio público, como si eso fuera una gran cosa.

Lo más graves es que haya quien celebre estas picardías como si fuera una avivatada de alguien a quien solo le cabe el título de ladrón, porque insistimos en esto, lo es tanto quien se roba un tenedor como el que atraca a un ciudadano.

Poco avanza un país en donde sus gentes se comportan así.