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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Viajes

Pasajero pasillo

02 viernes Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario, Semiótica

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Viajes, Vida cotidiana

Leo en la revista “In” de LAN, de octubre de 2012, la Carta de bienvenida firmada por Ignacio Cueto Plaza, titulada “¿Ventana o pasillo?”, y me parecen llamativas las diferencias que el autor plantea entre una y otra elección. Aquí está el texto:

A partir de lo leído, yo me considero un pasajero pasillo. Y aunque comparto muchos de los motivos expuestos por el directivo de LAN Airlines, deseo subrayar algunas razones para elegir este tipo de asiento.

Primero, porque me parece más rápida la evacuación, porque no dependo de la voluntad de otros a la hora de decidir salir al pequeño pasillo del avión. En el caso de la ventana uno siempre depende del temperamento, la educación o el capricho de los otros pasajeros. El estar cerca al pasillo nos evita pedir permiso, molestar al vecino. El pasajero pasillo es, de alguna forma, más solitario. No quiere causar molestias a otros. Es un viajero más autónomo.

Segundo, porque ser pasajero de pasillo es como sentirse menos constreñido por la estructura del avión. Aunque se tenga al lado una ventana, es la misma razón por la que no me gusta dormir hacia el rincón o de cara a la pared de la alcoba. Al pasajero pasillo no le agrada estar limitado u oprimido. O, para ponerlo en otros términos, el que se sienta en un pasillo tiene una profunda necesidad de libertad, de más espacio para moverse.

Debo confesar que en mi juventud  y recién empezaba a viajar en avión, me gustaba más ubicarme en la ventana. Ahora, con el tiempo y el título de pasajero frecuente, pues me he convertido en un amante del pasillo. Quizá porque la edad nos va llevando a preocuparnos menos en observar para afuera y más en mirar hacia adentro de nosotros mismos. Esa es una posible explicación. O puede ser que de tanto ver se comienza en verdad a mirar.

Tercero, el pasajero pasillo tiene un sentido de alerta o de previsión mayor que el pasajero ventana. He notado que muchas personas buscan la ventana porque desean dormir o “desconectarse” por unos minutos u horas del entorno. Al pasajero pasillo, en cambio, le gusta mantener ese vínculo con lo que lo rodea; no desea apartarse completamente de la realidad. Puede que en esta predilección haya motivos inconscientes relacionados con “saberse seguro” o que sea una forma de expresar el realismo por encima de ensoñaciones momentáneas. En todo caso, el que se sienta cerca al pasillo es porque confía en que ese camino lo comunique más rápidamente con la salida. Quizá el encierro propio del avión sea lo que lleve a elegir una u otra opción: el que se ubica en la ventana  es porque ha dado por descontado la pérdida en el laberinto; los que se sientan en el pasillo es porque confían en que el hilo de Ariadna los saque de ese dédalo de aluminio. Los pasajeros pasillo tienen en su alma el espíritu de Teseo.

Ética gastronómica

27 sábado Oct 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

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Viajes, Vida cotidiana

El jueves volví, después de varios años, a “Pescocentro”, uno de mis restaurantes preferidos en Bucaramanga. “Pescocentro” lleva más de treinta años ofreciendo a sus comensales pescados y mariscos, además de unos “perfectos” patacones y una ensalada de aguacate “fascinante”. No hay plato malo en “Pescocentro”. Gerardo Ochoa, el dueño chef, un barramejo enamorado de su oficio, me volvió a atender con su diálogo cordial y su cuidadoso menú del día.

Gerardo y «El secreto del pez», obra de Jorge Mantilla Caballero

Pero lo que más me llamó la atención esta vez, fue un letrero que encontré a la entrada del negocio, un letrero puesto a la manera de un aviso o un edicto. El texto, según me contó Gerardo, lo escribió el abogado bumangués Eduardo Pilonieta como una protesta al hurto de unas cucharas y unos tenedores en el mencionado restaurante. El chef quiso cambiar y mejorar la cubertería para darle un detalle de calidad y elegancia a su restaurante. “En una semana ya habían desaparecido por lo menos 17 cucharas y 12 tenedores”, me confesó Gerardo, desconsolado. “Me quedé con seis juegos de cubiertos, sólo para clientes especiales”, agregó, mostrándome los preciosos objetos. Le pregunté si tenía una copia del escrito y subió al segundo piso a buscármela.

Comparto enseguida el texto en mención como un homenaje a este amigo cocinero, a su excelente comida, y una manera de sumarme a su denuncia. El escrito deberíamos enviarlo a nuestros amigos y conocidos, formando una cadena de reflexión sobre la necesidad de tomarnos en serio (particularmente en nuestro país) la virtud de la honradez. Celebro, entonces, esta lección de ética gastronómica.

Los robos inútiles

Eduardo Pilonieta Pinilla

Decir que la honradez no es una de las virtudes de muchos colombianos no es cosa diferente a llover sobre mojado solo que a veces la naturaleza de los robos, para solo hablar de ellos, raya en el absurdo por la razón de la sin razón.

Un prestigioso restaurante de la ciudad, como una atención a su distinguida clientela, adquirió una cubertería que sin ser lujosísima, sí era mejor que la simple común a la que estábamos acostumbrados.

Pues bien, lo que se pensó sería una ganancia para el servicio, terminó siendo una pérdida para la empresa pues los comensales, todos ellos con capacidad de pago suficiente, empezaron a robarse especialmente las cucharas, por su bonito diseño.

La empresa del cuento se enfrentó al dilema de servir a la mesa con inventario de cubertería y levantar el servicio verificando el mismo o cambiar de nuevo a la vieja cubertería, optando por esto último ante lo difícil de la situación.

No deja de ser desafortunado que las muchas personas de bien que acuden a sitios como el de esta historia, deban sacrificarse por aquellos desadaptados que ven en el robo una costumbre, así lo hurtado no les sirva para gran cosa, todo porque nos cuesta trabajo aún entender el concepto de propiedad privada.

Triste resulta que para entrar a los lugares públicos haya necesidad de poner detectores para que no se roben las cosas y así los parroquianos honrados podamos darnos el gusto de aprovechar un óptimo servicio, libre de prevenciones.

Robar por robar parece ser una cultura generalizada en este país y tan ladrón es aquél que defrauda al Estado o roba un Banco, como el que por gracioso se roba una pequeñez en un sitio público, como si eso fuera una gran cosa.

Lo más graves es que haya quien celebre estas picardías como si fuera una avivatada de alguien a quien solo le cabe el título de ladrón, porque insistimos en esto, lo es tanto quien se roba un tenedor como el que atraca a un ciudadano.

Poco avanza un país en donde sus gentes se comportan así.

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