Con mis manos tomo el diccionario, un diccionario etimológico. Mis manos discriminan, seleccionan las hojas, buscando la palabra mano. Me sorprende, ahora que las observo con cuidado,  ese gesto tan preciso con que pasan las hojas, la manera como se combinan la velocidad, la presión y cierta sutileza. Coloco el libro entre las piernas, a la par que mis manos abren sus hojas como preparándolo para mi lectura. Leo: «en latín manus: mano; del indoeuropeo man, mano. De la misma familia: amanuense, comandante, demandar, emancipar, encomendar, mampostería, manada, mancebo, mandar, manejar, manera, manifestar, maniobra, manipular, manso, manual, manufactura, manuscrito, recomendar…»  Mis manos toman el libro, lo cierran y lo vuelven a colocar en uno de los anaqueles de mi biblioteca.

Vuelvo a mi escritorio; me siento. Fijo mis ojos en la pantalla y mis manos empiezan a danzar sobre el teclado. Hago un alto para que mi pensamiento repase lo que he escrito; mis manos se detienen en actitud de acecho. Ellas también esperan. Reviso todos los verbos relacionados con mano. Noto como hay varios de ellos asociados con el poder o con la autoridad, como si en la mano se pudiera sintetizar el dominio, el dominus. Quizá porque la misma mano representa la fuerza, el puño, la agresión, la violencia; quizá porque la mano colocada encima de la cabeza del esclavo señalaba su libertad. Hago otra pausa y me dejo atrapar por el juego de las correspondencias de mi pensamiento. Recuerdo a Elías Canetti, Masa y poder. No resisto la tentación. Vuelvo a levantarme. Mis manos me siguen; las siento como guardianas de mi equilibrio, como finas herramientas de mi corporalidad…

Retorno a mi estudio. Mis manos vuelven a ofrecerme otra lectura. Página 207, dentro del capítulo dedicado a «Las entrañas del poder», selecciono, «La mano»: «la mano debe su nacimiento al vivir de los árboles. Su primera característica es la separación del pulgar: su vigoroso perfeccionamiento y el mayor espacio que media entre él y los otros dedos permite la utilización de aquello que alguna vez fue garra para asir bien las ramas. Desplazarse sobre los árboles en todas direcciones se hace fácil y natural; en los monos se ve el valor de las manos. Esta función más remota de la mano es conocida por todos y apenas podría ser puesta en duda.

Pero lo que no se considera suficientemente es la función diversa de las manos al trepar. Las dos manos no hacen, de ningún modo, lo mismo a un tiempo. Mientras una procura alcanzar una nueva rama, la otra sujeta la anterior. Este sujetar es de importancia cardinal; durante un desplazamiento rápido es lo único que impide caer. La mano, de la que pende todo el peso corporal, no debe bajo ninguna circunstancia soltar lo que sujeta. En ello manifiesta una gran tenacidad que, sin embargo, debe distinguirse bien del antiguo sujetar la presa. Porque apenas el otro brazo ha alcanzado la nueva rama, la anterior ha de ser soltada. Si esto no sucede de prisa, la criatura no puede, al trepar, avanzar mucho. Es, pues, el soltar como un relámpago, la nueva aptitud que se agrega a la mano; antes la presa nunca era soltada, sino bajo extrema coerción y muy en contra de toda costumbre y voluntad…» 

Dejo por un momento la lectura de Canetti. Prosa precisa y sugerente. Durante el tiempo en que he transcrito el texto mis manos han seguido un libreto: después de mucho ejercitarse ellas no necesitan de mis ojos para localizar una tecla, una letra. Digamos que mis manos, de tanto transitar sobre este plástico camino gris, han logrado la manumisión de mis ojos. En todo caso, la digresión por Canetti me ha servido como un refuerzo a esa primera relación de las manos con el poder. Quiero seguir desarrollando otra idea, pero las manos invisibles del texto de Canetti me han atrapado. Avanzo a la página 213: «La mano que recoge agua es el primer recipiente. Los dedos de ambas manos que se trenzan entre sí, forman la primera canasta. Aquí creo que nace la rica evolución de toda clase de trenzados, de juegos de hilos, hasta llegar al tejido…»

Una de mis manos se aleja del teclado, corre la manga de la  camisa y con un dedo deja libre el tablero de mi reloj. Las doce de la noche. Mañana tengo que estar a las cinco de la mañana en el Puente aéreo. Hago cálculos: al menos podré dormir unas cuatro horas. La mano derecha se aparta un poco del teclado y busca el mouse. Un ratón especialmente diseñado para ella. El índice hace sintonía con el cursor (ese otro dedo) y busca arriba, en archivo, el comando guardar. Hago otro gesto, doy un nuevo click y reconozco que esta tarea de escritura está medularmente soportada en los variados y finos gestos de mis manos. Manuscrito, manifiesto…amanuense.