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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de etiqueta: Hábito de escribir

Imponerse un gusto

15 domingo Sep 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Estrategias de escritura, Hábito de escribir

Ilustración del neerlandés Rhonald Blommestijn

Ilustración del neerlandés Rhonald Blommestijn

Imponerse un gusto. Parece contradictorio, pero no lo es. La tarea que me he propuesto –y no es la primera vez– de escribir un ensayo todos los días sobre temas o asuntos relacionados con la poesía, a primera vista parece un objetivo agobiante. No siempre se encuentra un epígrafe motivador y no todos los días la escritura fluye naturalmente. Sin embargo, lo interesante de este encuentro diario con la escritura y con mi “plana” de tres páginas, es que va obligando a mi mente a tener una preocupación en vilo, a darle vueltas en la cabeza a un tópico, a buscar fuentes que apoyen mis planteamientos o, la mayoría de las veces, a enfilar mi imaginación y mi creatividad hacia una diana que ofrece su centro como si fuera una exquisita golosina.

Cuando hablo con colegas de mi trabajo, docentes investigadores, doctores de trayectoria en un campo determinado, siempre alegan o reclaman un tiempo en sus planes de trabajo para poder escribir. Eso en parte es cierto. Porque si no se tiene el hábito o la disciplina, así se dejen horas o días para ello el resultado seguirá siendo el mismo: nada. En otras oportunidades ya he escrito sobre el papel que cumple el cuerpo, cuando de escribir se trata. He comprobado que no basta con la buena voluntad o con el deseo de escribir; la escritura pasa por la mediación de un cuerpo y, en esa medida, hay que enfrentar la modorra, el cansancio, el desánimo o, como decían mis mayores, la “pura pereza”. Entonces, una manera de no alimentar frustraciones o de andar por la vida presentando proyectos fallidos, es ésta, la de “ejercitar” la mente con tres o cuatro hojas de escritura. No digo que sea fácil, no digo que se dé sin contratiempos; pero tampoco afirmo que sea una carga dolorosa o un cometido que vulnere nuestra alegría.

Yo creo que es todo lo contrario. Cuando termino, hacia las doce y media del día, después  de estar frente al computador desde las ocho de la mañana, y siento dentro de mi espíritu una alegría infinita, descubro que esa tarea autoimpuesta es una forma de felicidad. O, por la noche, a eso de las doce y media, en el momento en que puedo vencer el cansancio propio del trabajo en la universidad para cerrar el texto al que le faltaba el último párrafo o la precisión en un dato, compruebo que esto es lo que me gusta hacer, lo que me pone en comunión con mi esencia, la clave de mi proyecto vital. Entonces, me voy a la cama, satisfecho, feliz de haber cumplido una meta que, al iniciarla, se veía muy distante.

De otra parte, el escribir estas tres páginas, va generando en la maquinaria mental del escritor una especie de lubricante que aceita los pistones, las válvulas y todos los engranajes. No sé si es la mejor manera de decirlo, pero se escribe con mayor facilidad. Las ideas cuentan con una buena pista de desplazamiento y los argumentos parecen brotar a manos llenas. De pronto tal fluidez provenga de que, al escribir cotidianamente, se establece un vínculo con la escritura; se evita fracturar o romper la continuidad con determinado campo de reflexión. Estoy convencido cada vez más de que las obras de gran calado literario, esas que podríamos llamar clásicas, provienen de autores que lograron fusionar su vida con la dedicación completa a la escritura. Y no se trata de romanticismo, sino de eficacia escritural. Si uno tiene que, como me pasa muchas veces, romper la idea o el motivo que vengo desarrollando para ocuparme de otros asuntos muy diferentes, lo que obtengo al final es una desordenada o maltrecha composición. Y para suturar todas esas heridas, para alcanzar una hoja digna, tengo que emplear muchas horas después en la corrección y en la reestructura de la misma. El vínculo con la escritura, decía, afloja la mano, pone la mente despierta, focaliza nuestras preocupaciones y proyectos.

También la escritura diaria, como sucede con los afectos, va reclamando atención y miramiento. Se va volviendo una necesidad. Cuando se llega a este punto, el hábito de escribir ya hace parte de nuestra carne, se ha interiorizado y pide alimento como otras partes de nuestro organismo. Y por ser una pasión obsesiva, siempre reclama más y más. En todo caso, al volverse una necesidad el escribir, reorganiza la vida cotidiana del escritor. Cambia su agenda en la oficina, dispone de otra manera los tiempos familiares, cancela citas innecesarias, se escapa cuando puede a las librerías, extiende hasta donde sea posible el presupuesto para adquirir algunos libros… Todas las otras cosas, diferentes al querer escribir, se vuelven ancilares, son como satélites atraídos por la fuerza de tal necesidad. Creo que por eso muchos escritores, a no ser que cuenten con el amor comprensivo de su familia o con la complicidad de quien los ama, se enclaustran o vuelven su soledad, una fortaleza inexpugnable. La necesidad de escribir es absorbente y celosa, y produce más angustia cuanto menos se puede satisfacer sus demandas.

Cada escritor, supongo, se inventa maneras o descubre fórmulas para que la tarea cotidiana le resulte más llevadera. He comprobado, al cumplir juiciosamente todo este mes de enero con mi tarea autoimpuesta, que un buen recurso para no empezar de cero el nuevo día o el inicio de la noche, es consignar previamente la cita, el epígrafe motivo de mi reflexión. Aunque parece poca cosa, lo cierto es que esa frase, ese poema, opera como un ojo vigilante, como un radar o como un haz de luz que lanza sus rayos a todo momento. Ya sea en el trabajo de la oficina, cuando se va en un transporte público, o cuando se está compartiendo un alimento. Aún en los sueños, sigue irradiando su mensaje cautivante. Puesto de otra forma: ese pequeño texto opera como un imán que atrae o atrapa ideas, autores, recuerdos, relaciones, juegos de palabras, inventivas. Ese epígrafe o consigna, puesta arriba de mis textos, es ya una escritura preliminar, un asomo de la escritura latente. Por supuesto, esta era una de las técnicas de Hemingway, que luego García Márquez y Vargas Llosa han considerado una de sus mejores aliadas para saltar el vado de la hoja en blanco.

Y de otro lado está el punto de la extensión de los escritos. Eso hace parte de las reglas internas del gusto impuesto. Tres páginas. Un término, un límite… En algunos casos ese tope hace las veces de brazo extendido que reclama una párrafo más, otras líneas de esfuerzo para coronar o llegar a la cima de un texto estructurado, completo; en otras ocasiones, el cumplir esa medida, es más bien un llamado al orden, a no irse por las ramas, a centrarse en  el asunto.  Los linderos también están relacionados con el tipo de género asumido como reto. Para que la tarea se cumpla a cabalidad, es un ensayo lo que debe estar terminado al final de cada día. No es mero ejercicio de expresión o desbordada mezcla de impresiones. El límite textual dictamina que se trata de proponer una tesis, en el primer párrafo por supuesto, y de irla soportando con argumentos a lo largo de esas 1250 palabras. Da gusto ver, al ir concluyendo hoy esta faena, cómo lo que escribí en el primer párrafo hacia las cinco de la tarde ya parece lejano en relación con esta última línea terminada, en este momento, a las siete de la noche.

La mano del que escribe

24 sábado Nov 2012

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

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Elías Canetti, Hábito de escribir, Masa y poder

Con mis manos tomo el diccionario, un diccionario etimológico. Mis manos discriminan, seleccionan las hojas, buscando la palabra mano. Me sorprende, ahora que las observo con cuidado,  ese gesto tan preciso con que pasan las hojas, la manera como se combinan la velocidad, la presión y cierta sutileza. Coloco el libro entre las piernas, a la par que mis manos abren sus hojas como preparándolo para mi lectura. Leo: «en latín manus: mano; del indoeuropeo man, mano. De la misma familia: amanuense, comandante, demandar, emancipar, encomendar, mampostería, manada, mancebo, mandar, manejar, manera, manifestar, maniobra, manipular, manso, manual, manufactura, manuscrito, recomendar…»  Mis manos toman el libro, lo cierran y lo vuelven a colocar en uno de los anaqueles de mi biblioteca.

Vuelvo a mi escritorio; me siento. Fijo mis ojos en la pantalla y mis manos empiezan a danzar sobre el teclado. Hago un alto para que mi pensamiento repase lo que he escrito; mis manos se detienen en actitud de acecho. Ellas también esperan. Reviso todos los verbos relacionados con mano. Noto como hay varios de ellos asociados con el poder o con la autoridad, como si en la mano se pudiera sintetizar el dominio, el dominus. Quizá porque la misma mano representa la fuerza, el puño, la agresión, la violencia; quizá porque la mano colocada encima de la cabeza del esclavo señalaba su libertad. Hago otra pausa y me dejo atrapar por el juego de las correspondencias de mi pensamiento. Recuerdo a Elías Canetti, Masa y poder. No resisto la tentación. Vuelvo a levantarme. Mis manos me siguen; las siento como guardianas de mi equilibrio, como finas herramientas de mi corporalidad…

Retorno a mi estudio. Mis manos vuelven a ofrecerme otra lectura. Página 207, dentro del capítulo dedicado a «Las entrañas del poder», selecciono, «La mano»: «la mano debe su nacimiento al vivir de los árboles. Su primera característica es la separación del pulgar: su vigoroso perfeccionamiento y el mayor espacio que media entre él y los otros dedos permite la utilización de aquello que alguna vez fue garra para asir bien las ramas. Desplazarse sobre los árboles en todas direcciones se hace fácil y natural; en los monos se ve el valor de las manos. Esta función más remota de la mano es conocida por todos y apenas podría ser puesta en duda.

Pero lo que no se considera suficientemente es la función diversa de las manos al trepar. Las dos manos no hacen, de ningún modo, lo mismo a un tiempo. Mientras una procura alcanzar una nueva rama, la otra sujeta la anterior. Este sujetar es de importancia cardinal; durante un desplazamiento rápido es lo único que impide caer. La mano, de la que pende todo el peso corporal, no debe bajo ninguna circunstancia soltar lo que sujeta. En ello manifiesta una gran tenacidad que, sin embargo, debe distinguirse bien del antiguo sujetar la presa. Porque apenas el otro brazo ha alcanzado la nueva rama, la anterior ha de ser soltada. Si esto no sucede de prisa, la criatura no puede, al trepar, avanzar mucho. Es, pues, el soltar como un relámpago, la nueva aptitud que se agrega a la mano; antes la presa nunca era soltada, sino bajo extrema coerción y muy en contra de toda costumbre y voluntad…» 

Dejo por un momento la lectura de Canetti. Prosa precisa y sugerente. Durante el tiempo en que he transcrito el texto mis manos han seguido un libreto: después de mucho ejercitarse ellas no necesitan de mis ojos para localizar una tecla, una letra. Digamos que mis manos, de tanto transitar sobre este plástico camino gris, han logrado la manumisión de mis ojos. En todo caso, la digresión por Canetti me ha servido como un refuerzo a esa primera relación de las manos con el poder. Quiero seguir desarrollando otra idea, pero las manos invisibles del texto de Canetti me han atrapado. Avanzo a la página 213: «La mano que recoge agua es el primer recipiente. Los dedos de ambas manos que se trenzan entre sí, forman la primera canasta. Aquí creo que nace la rica evolución de toda clase de trenzados, de juegos de hilos, hasta llegar al tejido…»

Una de mis manos se aleja del teclado, corre la manga de la  camisa y con un dedo deja libre el tablero de mi reloj. Las doce de la noche. Mañana tengo que estar a las cinco de la mañana en el Puente aéreo. Hago cálculos: al menos podré dormir unas cuatro horas. La mano derecha se aparta un poco del teclado y busca el mouse. Un ratón especialmente diseñado para ella. El índice hace sintonía con el cursor (ese otro dedo) y busca arriba, en archivo, el comando guardar. Hago otro gesto, doy un nuevo click y reconozco que esta tarea de escritura está medularmente soportada en los variados y finos gestos de mis manos. Manuscrito, manifiesto…amanuense.

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