Maestro tutor

Permítanme, para empezar, recordar el sentido original de lo que es un tutor: aquel que mira, observa, contempla, y al mismo tiempo vigila, cuida, defiende y protege. La raíz indoeuropea tu-e, significa proteger, «prestar atención», y es también la fuente de términos como intuición, toldo o tutela. En todo caso, y es lo que me interesa subrayar, el término tutor apunta a una tarea de protección brotada de un cuidadoso trabajo de prestar atención, de mirada acuciosa sobre alguien.

Desde luego, este origen del tutor, estaba en sus orígenes muy asociado al cuidado o la protección del incapaz bien sea a nivel personal o legal; como quien dice, existía tal calidad de tutor porque un otro era menor de edad, huérfano, incapacitado o pródigo. Piénsese no más en la vieja máxima «Haber menester tutor», para referirse al cuidado que merecía el manirroto o malgastador de sus bienes. A esta tendencia de entender la tutoría, me gustaría resaltar otra no menos importante; me refiero al rodrigón, a ese «palo o caña que se pone al lado de una planta para sujetar a él su tallo mientras es tierno a fin de que no se tuerza o rompa». En este caso, el tutor sirve de puntal, de apoyo o soporte provisional, de sostén de algo o de alguien. Y cabría mencionar una tercera posibilidad de lectura, el tutor como orientador o consejero, como aquella persona capaz de guiar a otro, de ayudarlo en sus problemas de aprendizaje o en sus dificultades de desarrollo. 

Hechas estas primeras distinciones, aventurémonos a delinear algunos rasgos del tutor y sus respectivos riesgos, teniendo como telón de fondo los procesos de formación humana.

Primer rasgo: un tutor debe proteger pero sin ahogar el propio desarrollo de aquel a quien salvaguarda. Desde luego hay que servir de escudo, de sombra, de abrigo, pero cuidándonos de convertir nuestros brazos en un muro, en una cárcel. Proteger no es sinónimo de sobreprotección. Sombrear sí, pero respetando las leyes del propio crecimiento, de la propia particularidad de aquellos a quienes tutoriamos. Dicho de otra manera, que nuestro exceso de tolda no termine por secar la planta, que nuestra exceso de cuidado no le quite al joven ser su propio espacio de sol. O dicho a la manera de un proverbio poético: que en nuestro afán por podar la planta, no terminemos por cortar la rosa.

Segundo rasgo: un tutor debe aconsejar, disuadir, prevenir, pero sin erigirse como juez o regla única de moral. Sin lugar a dudas, gran parte del discurso de un tutor se basa en la advertencia, en el cuidado, en la prevención; quizá por estar un paso más adelante del tutoriado, de pronto por haber trasegado anteriormente los mismos caminos, el tutor puede señalar o indicar ciertos desvíos, ciertas pistas para lograr exitosamente salir de la aventura sin daños o perjuicios. Sin embargo, y esto quiero subrayarlo, el tutor no puede convertir su discurso en un parámetro de única verdad o canon indiscutible de moral. A veces los caminos que para uno fueron propicios no siempre son los mejores para sus tutoriados. Digamos, entonces, que los consejos del tutor son apenas indicaciones, puntos de referencia, hitos, mojones de comportamiento, que le pueden servir al novel caminante como faro o estrella polar en su propio viaje.

Tercer rasgo: un tutor debe servir de mediador pero sin convertirse en la voz del otro. Si bien es cierto que un tutor puede y debe, en mucho casos, intervenir, prestar su palabra para abrir ciertos espacios o facilitar ciertas relaciones a su pupilo, no debe olvidar que parte de su trabajo consiste en propiciar la palabra del que tutela, en incentivarla, en crearle escenarios para que el otro diga su palabra. Luego el proceso comunicativo que se sigue en una tutoría no es sólo el de escucha por parte del pupilo sobre lo que dice el tutor, sino un campo de conversación, en donde se favorezca el debate, el disenso, la discusión, para lograr en el pupilo la confianza y la fuerza suficientes para empuñar su propia voz.

Cuarto rasgo: un tutor debe convertirse en cómplice de su pupilo pero sin llegar a ser un alcahuete.  La relación de tutoría no es vertical, no es directiva; más bien, aspira a ser horizontal, fraterna, cercana. Precisamente, al romper con una proxémica lejana, el vínculo entre el tutor y su pupilo merece establecerse con cuidado. Hay que tener tacto para no distanciar tanto la relación sin que se logre la confianza o la intimidad, y al mismo tiempo hay que tener cuidado para no diluir la relación y convertirla en otra cosa. Entonces, un tutor no dice a todo sí; cuestiona, confronta, pone reparos; y, a la vez, refuerza, da ánimos, apoya proyectos. Cabe decir otra cosa: el tutor debe tener el sigilo y la discreción suficientes como para no traicionar la confianza de su tutoriado. Porque, y eso no debemos olvidarlo, es sobre esa fina tela de la confianza que se establece la relación tutor-turoriado. Hay en ese pacto de la mutua confianza elementos que se relacionan con el secreto de confesión o el sigilo profesional.

Quinto rasgo: un tutor debe ser zona de desarrollo para el otro pero sin descuidar el nivel particular de su tutoriado .  Es tarea del tutor llevar a su tutoriado a territorios lejanos, ultramarinos. El tutor vislumbra un horizonte de formación e invita a su pupilo a ir es pos de dicha tierra. El tutor se muestra, da fe, se erige a veces como ejemplo. Toma la delantera, apresura el paso, invita al pupilo a no desfallecer… Repitámoslo: el buen tutor es zona de desarrollo próximo para su tutoriado; le exige ir un poco más allá, tensa el desarrollo de su pupilo, pero sin quebrar el arco de su espíritu. De allí que sea tan importante en los procesos de tutoría tener diagnósticos finos de aquellos a quienes se pretende tutoriar; o la necesidad de ir estableciendo con nuestros pupilos un cuadro o un mapa de sus niveles de desarrollo, de sus puntos débiles y fuertes, de su historia personal. La tutoría siempre es particularizada, siempre se da a partir de la específica geografía de una persona. Con dicho soporte, el tutor ya puede tensar el arco y lanzar a su pupilo a inéditos escenarios para su desarrollo humano.

Sexto rasgo: un tutor es alguien que, aunque se sabe necesario, reconoce cuando debe desaparecer. Recordemos que toda tutoría es provisional. Ningún pupilo puede quedarse siempre en esa condición. Mejor aún, un mal tutor es el que crea absoluta dependencia, el que no propicia la salida, el crecimiento, la manumisión. Tutoriar, en últimas, es acompañar ese proceso de cómo alguien logra encontrarse consigo mismo. La tutoría es la protección que favorece el crecimiento de las alas de nuestros pupilos. Una hermosa tarea de  preparar a otros para su propia libertad.

(De mi libro Educar con maestría, Ediciones Unisalle, Bogotá, 2011, pp. 61-63)