Poema de Sergio Mondragón

Resulta interesante asociar el oficio del poeta con el del velador. Con alguien que cuida, vigila y avizora. Un trabajo en el que se combinan la vigilia y el deseo de proteger a los otros. El poeta, así entendido, además de alertar e inspeccionar las variadas acciones de los hombres, está preparado igualmente para mantenerse despierto mientras ellos duermen. Y cada poema, cada obra de su trasnocho, cumple la función de campana o farol para que los insomnes se orienten en la neblina, o de pito preventivo que marca su ronda para alejar a posibles ladrones, enemigos de nuestros sueños.

El compromiso de velador consiste, entre otras cosas, en estar alerta y llamar la atención; dar gritos, lanzar su voz o prender las alarmas. El poeta, de igual manera, con sus versos busca ponernos en guardia por algo que olvidamos, por eso que dejamos de hacer, por algún adormecimiento que está inundando nuestro espíritu o nuestro entendimiento. No se duerman, dice el poeta. Manténganse despiertos y alertas. Así, como nos invitaba, Huidobro en Altazor: «cuidado aviador con las estrellas / cuidado con la aurora / Que el aeronauta no sea el auricida / Nunca un cielo tuvo tantos caminos como éste / ni fue tan peligroso…»; o como nos imprecaba Nazim Hikmet, para que dejáramos nuestra apatía o nuestro desgano existencial y nos comprometiéramos con la propia vida y la de los demás: «Has de tomar tan en serio el vivir / que a los setenta años, por ejemplo, / si fuera necesario plantarías olivos / sin pensar que algún día serían para tus hijos…» El poeta hace sonar las sirenas acompasadas de sus versos; nos insta a tener cerca la caja de los primeros auxilios, los indispensables útiles para mantenernos vivos. Nos invita a hacer una pausa en nuestra carrera vital, así como nos lo propone Mario Benedetti: «De vez en cuando hay que hacer / una pausa / contemplarse a sí mismo / sin la fruición cotidiana / examinar el pasado / rubro por rubro / etapa por etapa / baldosa por baldosa / y no llorarse las mentiras / sino cantarse las verdades».

El poeta, en cuanto velador, también es un vigía. Oteador de las cosas lejanas, de aquellos asuntos o situaciones que nos esperan: la enfermedad, la muerte, el desamor, el sufrimiento… Muchas de esas realidades, por las que pasaremos, son avizoradas por el poeta de manera aguda. La vista de los veladores es de gran alcance. Creo que la poesía nos prepara para lo que viene, nos da un adelanto de aquello con lo que nos vamos a encontrar. Tengo a la mano un poema de Eduardo Cote Lamus, el gran vigía de las tierras de la muerte: «Saca tu dolor de lo profundo / y vuelve la mirada hacia las quillas / porque se acerca la cosecha de los barcos…». Y aunque sea valiosa la mirada del velador para percatarnos de las cosas cotidianas, su verdadera tarea es otear en lejanía lo que nuestra corta vista no alcanza a divisar. Quizá los poemas sean eso: una cofa —para ser precisos con los marineros— donde se sube el poeta para entregarnos el reporte de lo que se divisa en el horizonte, de lo que está apenas despuntando en la distancia. Puede ser un puerto, otro barco, o la esperada tierra. ¿No era acaso eso, lo que había visto Baudelaire?: «Cada islote que anuncia por la noche el vigía / es siempre ese Eldorado que prometió el Destino; / mas la Imaginación, que prepara su orgía, / sólo ve un arrecife cuando apunta la aurora».

De igual modo, el poeta es un centinela de valores. Un guardián, un cuidador de lo más importante para una persona o una comunidad. Puede, inclusive, ser un celador de sí mismo. Hay tantos poemas centrados en este punto: «La canción regia» de Rilke, que inicia: «Debes con dignidad soportar la vida, / tan sólo lo mezquino la hace pequeña…»; o aquel poema cincelado en nuestra memoria infantil, «Si una espina me hiere» de Amado Nervo: «!Si una espina me hiere, me aparto de la espina, /… pero no la aborrezco!» El poeta, guardián de la tradición —parafraseando a Elías Canetti—, hace las veces de conciencia de los hombres; les advierte con sus versos del poquísimo tiempo que dedican a cultivarse o de la superficial manera de comprender la vida. Pero no lo hace como un moralista inquisidor sino investido de las virtudes del ángel de la guarda: coloca sus poemas a la manera de advertencias, son avisos alados, son llamamientos dichos con suavidad y sin querer convertirse en una enfática regla o un código de conducta: «No conviene volver una y otra vez sobre lo mismo. / No conviene que te encierres en tu sordo, desgastado canto / y, otra vez, derrotándote, hagas de ti tu propio enemigo», era la advertencia del poeta colombiano Elkin Restrepo; «Quizá debamos aprender que lo imperfecto / es otra forma de la perfección: / la forma que la perfección asume /para poder amarla», era la sugerencia de Roberto Juarroz.

Y de todas las actividades del velador, hay una en especial que me parece reveladora, aquella de atisbar. El poeta, en esta oportunidad, se deja llevar por indicios minúsculos, por señales inadvertidas y, de allí, saca conclusiones o hace reflexiones sorprendentes. Pienso en este sentido en un poeta norteamericano, Ted Kooser, que de un detalle nimio saca inferencias sobre el tiempo. El poema se titula, precisamente, «Una visión fugaz de la eternidad», y en la traducción de Hilario Barrero, dice: «Ahora mismo / un gorrión se posó / en la rama de un pino / justo frente / a la ventana de mi alcoba / y un soplo / de polen amarillo / desapareció en el aire». Qué más insustancial o baladí que un pájaro en una rama, pero lo que el velador hace es, precisamente, percatarse de un indicio sutil como el polen que desaparece cuando el ave de manera súbita sobre ella se posa. Más que el pájaro, que sería lo obvio para ver, el poeta atisba la fugaz desaparición del polvo de una flor. Es como si en ese momento, en el polen del pino, estuviera presenciando todo un universo evanescente. Atisbar, es observar discretamente, entrever entre las sombras significados inesperados. Sirva en esta misma orientación otro ejemplo, un poema exquisito de Jorge Carrera Andrade, «Epitafio de un caracol de tierra»: «Pasaste tu vida / guardando la bóveda / de tu propia cripta». El poeta observa con atención que en el caso del caracol, la casa de nácar que cargaba a sus espaldas para su protección es también su tumba. Ahí está la mirada perspicaz del poeta.

Los poetas ven en la oscuridad como los gatos; son «buitres de lo divino», dice el mexicano Sergio Mondragón, porque auscultan los muladares que nadie quiere ver, atienden la carroña que todos desean alejar, se fijan en las ánimas que deambulan en la noche… El trabajo de centinela del poeta —la atalaya de sus versos— es un desvelo para descubrirnos, un celo para no descuidarnos, una custodia para mantener intacto el fuego interior que nos ha sido dado.