"Las Gracias" de Sandro Botticelli

«Las Gracias» de Sandro Botticelli

Todo nuestro descontento por aquello
de lo que carecemos
procede de nuestra falta de gratitud
por lo que tenemos.
 
Daniel Defoe
 

Por andar preocupados o afligidos, debido a las muchas cosas que nos faltan o de las cuales carecemos, vamos perdiendo de vista las variadas riquezas con que contamos y que comportan en sí mismas un valor inigualable. Quizá el disgusto por nuestras privaciones nos hace invisible la alegría de nuestras cotidianas posesiones. 

Tan preocupados andamos por conseguir algún objeto o determinada cosa, tan llenos de envidia por el éxito de nuestros amigos o por la prosperidad de otros semejantes, tan deprimidos por la amargura andamos, que terminamos por desconocer o menospreciar a aquellos seres cercanos, esos objetos familiares o esas situaciones corrientes que están al lado de nosotros semejando esos perros viejos tan fieles como pacientes. Por asumir esa actitud de descontento con lo que tenemos o de decepción permanente con lo que el destino nos pone frente a la cara, convertimos buena parte de nuestros días en larguísimas horas para la lamentación o en una retahíla amarga para maldecir nuestra suerte. No sólo nos negamos a disfrutar de la abundancia que hay en lo habitual o lo frecuente, sino que, además, nos emponzoñamos el espíritu con ese veneno mortal del resentimiento. 

En este orden de ideas, bien vale la pena cambiar de actitud o de mirador. Más que posturas de lamentación, lo que necesitamos son gestos de reconocimiento. Caer en la cuenta de las muchas cosas que la vida o las personas nos dan o nos ofrecen. Agradecerles a ellas –o si se quiere, a esas divinidades objeto de nuestra veneración– el poder levantarnos cada día, el contar con alguien a nuestro lado, el disponer en nuestra mesa de un poco de pan, el sentirnos aún útiles o necesarios. Cuánto debemos tener presente para dar las gracias: el sólo hecho de estar vivos, la lucidez que aún nos acompaña para dar cuenta de nuestros actos, un lugar para trabajar, un cielo azul con un sol esplendoroso, una página de algún libro digna de recordación. Cómo no sentirnos satisfechos con esos regalos de nuestra existencia que, por ser tan cotidianos, ya no nos parecen una riqueza: el poder conciliar el sueño, así sea por unas horas; el hablar con alguien en quien confiamos; el tener la compañía de una familia; el sabernos protegidos por un techo, así sea reducido y humilde. Nunca acabaremos de saldar cuentas de gratitud con la blanda cama que soporta y reanima cada noche nuestros cansados huesos, con el saco raído que mantiene nuestro calor y nos protege del frío o con los zapatos viejos que cuidan con su cuero gastado la salud de nuestros pies aventureros. 

Claro está que debemos soñar y ambicionar, por supuesto que no podemos claudicar a algunos de nuestros ideales o nuestras apetencias. No afirmamos aquí que debe ser el conformismo nuestra guía o nuestro propósito fundamental. Desde luego que una persona sin aspiraciones está mutilada como ser humano. Es de nuestro ser cultivar también los sueños y los imposibles. Sin embargo, no por ello debemos dejar de lado o descuidar a las personas o a los eventos que tenemos bien cerca, los espacios o las bondades que la vida misma nos regala todos los días. Si bien es cierto que no debemos perder la capacidad para mirar el cielo y sus estrellas, tampoco debemos dejar de agradecer a la tierra que nos sostiene y al aire que nos ayuda a limpiar nuestra sangre. Se trata de poner nuestro espíritu en situación de gratitud: reconocer en cada segundo su herencia de eternidad y en cada experiencia la certeza de que estamos vivos. 

Seamos agradecidos. Miremos a nuestro alrededor y celebremos los milagros que florecen diariamente en nuestra existencia. Cantemos esas evidencias y sintámonos plenos de tener alguien que nos ame, un otro que pueda ofrecernos su ayuda, un nombre frente al anonimato descomunal de este tiempo. Demos las gracias por nuestra salud que, aunque a veces parece frágil, sigue siendo la mayor de nuestras riquezas. De igual modo, agradezcamos a esas figuras angélicas que contribuyen invisiblemente para que nuestros pasos se mantengan por el buen camino. Gracias debemos dar a manos llenas: porque aun viviendo la mayor de las miserias o la más desoladora crisis, siempre habrá en nosotros un motivo capaz de restituirnos la fe y la esperanza. Seamos agradecidos y así podremos retribuir al universo, en alguna proporción, la generosa y única oportunidad de participar de la vida.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, pp. 165-168).