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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2013

Cosas de valor

12 viernes Jul 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cuentos

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Ilustración del polaco Rafal Olbinski

Ilustración del polaco Rafal Olbinski

—Yo, en verdad, no creo en esto de los valores —dijo Karina, una enfermera de rostro duro y manos pequeñitas.

—Pues a mí sí me parece importante y necesario que el Hospital se preocupe por recordarnos cuáles son y su importancia para nuestro trabajo. Además…

—Pero Raquel, de qué sirve todo eso —interrumpió la enfermera—, si todos los días uno ve cómo sus mismos jefes incumplen esos valores.

Raquel guardó silencio por un momento. La joven cajera miró en los ojos de su compañera de transporte un destello de inconformidad.

—No digo que eso no pasa, pero no por ello hay que restarle importancia a promover y darle realce a los valores. Fíjate que en mi casa…

—Ah, no, mujer —volvió a interrumpirla Karina— una cosa es el Hospital y otra muy distinta la casa. Yo en mi casa sí les he ido inculcando a mis dos hijos ciertos valores…

—Pero, ¿por qué si estás de acuerdo en la importancia de los valores con tus hijos, te parece inútil hacerlo en nuestro trabajo?

—Pues, porque una cosa es la casa y otra el Hospital.

—Yo pienso distinto Karina. Para mí los valores uno los lleva a todas partes. Uno es honesto, por ejemplo, en su casa, en su trabajo, en cualquier sitio y en cualquier situación.

—No, yo lo que digo es que mucha gente habla de los valores pero ellos mismos no dan ejemplo…

—Eso es otra cosa —respondió Raquel, animada con la discusión—. Si uno no da ejemplo pues es muy difícil pregonar ciertos valores.

—Es que mujer —dijo Karina, un tanto agitada por el sobrepeso y por la emoción—, si te contara lo que me pasó la semana pasada con la jefe Domitila; todo un acto de irrespeto.

Raquel se acomodó mejor en el gastado asiento de la buseta.

—Cuenta —le dijo a Karina para animarla.

—Pues estaba yo terminando mi turno cuando llega esta señora y a grito tendido y delante de todos los que estaban allí me empezó a decir que era el colmo tener en el Hospital gente tan descuidada y tan irresponsable y que…

En ese momento el carro se detuvo abruptamente. Otra buseta había cerrado al vehículo donde iban las dos mujeres y, el chofer, ofendido, le lanzaba a todo pecho algunas groserías por la ventanilla como si fueran pedradas. Pasado el sacudón, las dos mujeres se acomodaron de nuevo en sus puestos.

—La gente si que es imprudente —dijo Raquel, mirando al conductor del otro vehículo que, como si no hubiera pasado nada, continuaba su marcha a toda prisa—. Pero, volviendo a lo nuestro, ¿y qué pasó con el regaño?

—Pues yo, ahí, sin saber bien por qué me estaba diciendo esas cosas y la gente mirándome… No, se me puso la cara roja de la vergüenza y de la rabia que me dio…

—Ay, amiga, párate, que por andar charlando nos pasamos. Mira, ahí está Compensar. Bájate, Karina, apúrate.

—Ya voy, ya voy… No seas intensa.

*

Cuando estaban mostrándole las carteras a los vigilantes, a la entrada del lugar en donde iba a realizarse el evento, Raquel se encontró con otro cajero.

—Hola, Miguel Ángel, qué bueno verte. Te pusiste la pinta, ¿no?

—Qué va, lo que pasa es que de vez en cuando hay que sacar el vestido del matrimonio.

—Mira —dijo Raquel mirando a Karina— te presento a un nuevo compañero, que hace muy poco se incorporó a la institución.

—Tanto gusto —dijo la enfermera, ofreciéndole la mano al muchacho de vivos ojos.

—Dizque es en el mismo sitio de la otra vez, cuando nos dieron el Código de ética —comentó Karina­, a la par que abría su pequeña cartera de cuero negro.

—Sí, eso me dijo mi padrino,  el día en que fue a llevarme la invitación.

—Y ¿cuál es tu padrino? —preguntó Karina.

—Pues Rubén Darío, un médico que es todo un caballero.

—¿Qué es eso de los padrinos? —preguntó el muchacho tímidamente.

—Pues es parte de una estrategia de un grupo que tiene el Hospital que se llama “Formador de Formadores” y que viene operando desde hace como cinco años o más, no sé bien. En todo caso, cada uno de ellos tiene a su cargo unos ahijados a los cuales les hacen llegar información de distinto tipo y se reúnen varias veces al mes para elaborar materiales y hacer campañas y colaborar con muchas cosas en las cuales el Hospital necesita involucrarnos a todos nosotros.

—Oiga y qué bonitas esas carteleras que hicieron el año pasado —dijo Karina como para contribuir con el diálogo.

Los tres trabajadores traspasaron la puerta de vidrio, siguieron hacia el occidente del edificio y por un minuto se fijaron en los tableros electrónicos que anunciaban la programación de esa tarde.

—Caminen que yo me acuerdo dónde es —dijo Raquel.

—Y cómo hago yo para saber quién es mi padrino? —preguntó el joven cajero, empezando a descender por los escalones que daban al sótano.

—Eso espérate uno días o háblate con Patricia, la de Recursos Humanos.

*

En tanto se aproximaban al auditorio fueron varios los conocidos y conocidas con que se encontraron Karina y Raquel. Un abrazo allí, un estrechón de manos allá, fueron llevándolas hasta un pequeño corrillo que estaba departiendo al pie de un dispensador de café. El joven cajero las seguía, tratando de grabar en su memoria esa avalancha de nombres y rostros hasta ahora desconocidos.

—Se vino con la pinta —le dijo burlonamente Karina a una promotora que también llevaba muchos años en el Hospital.

—Pues, como una nunca sabe si lo van a premiar. Hay que venir pre-ve-ni-da…

La risa de varios de los integrantes del grupo retumbó en al amplio pasillo.

—Ojalá trajeran, como la otra vez, unos mariachis para que vuelvan a cantar “Mujeres divinas”…

—Yo no creo  —terció el jefe de urgencias—. Según entiendo hoy venimos es al cierre de la campaña “Poner al día nuestros valores”; esa campaña que se hizo el año pasado.

—Sí, así es. Eso fue también lo que me comentó Rubén Darío, mi padrino —agregó Raquel al comentario del médico jefe.

—A mí me parece que eso es perder el tiempo —dijo un conductor, después de tomar un sorbo de café.

—Eso venía yo diciéndole a Raquel —replicó Karina, contenta de encontrarse a otro que compartiera sus opiniones—. Después, con actitud pontifical agregó: “Mientras que los que mandan no cambien pues todo esto es pura paja”.

—Pero no es sólo cuestión de los que mandan —dijo Federico, el encargado de la oficina de sistemas—. También nos toca, a cada uno de nosotros, ayudar a que esos valores se cumplan o como leí en uno de los boletines, que se “encarnen” en nosotros.

—Pero, ¿y qué?, Uno lee esas cosas, pero la gente sigue igual. No cambia —volvió a arremeter Karina.

—Aunque hay otras personas que toda esa campaña si les ayudó a cambiar en algo —replicó Merceditas, una señora bonachona de servicios generales—. Me parece que fue por algo que leyó en una de las carteleras o por uno de los volantes que nos dieron, en fin, en todo caso la jefe nuestra cambió del cielo a la tierra….

—Pero eso es la excepción —replicó Karina—. El resto de la gente sigue igual.

—En mi caso, —dijo un funcionario de archivo— a mí todo ese material que nos iban dando cada mes me sirvió cantidades para charlar con mi mujer y mis hijos.

—A mí también —dijo una de las secretarias—. Yo tengo todo el material metido en una carpeta, y hasta le ha servido a una de mis hijas como consulta para las tareas que les ponen en colegio sobre este tema de los valores.

—Yo lo único que guardo es el llavero. Ah, y la alcancía… y la camiseta…

—No, mijo, usted ya parece un sanandresito.

—A mí lo que se me quedó —dijo Raquel—, fueron frases como esa de que “el hombre honrado no teme ni a la luz ni a la oscuridad”.

—O qué tal esa otra —agregó el médico jefe— que pusieron en una cartelera con una ilustración de un hombre con un cuerpo de niño: “Una conducta irresponsable es una conducta inmadura”.

—O aquella que decía —volvió a intervenir Raquel—: “Dios mira las manos limpias, no las llenas”.

—Debe ser por la poca memoria que tengo —interrumpió Karina— pero yo no me acuerdo de ninguna de esas dichosas frases.

—Lo que pasa es que usted, mujer —le replicó Raquel, con cierta picardía— no se acuerda si no de lo que le conviene.

Otra vez el estruendo de las risas se esparció por el amplio pasillo. Un hombre con una chaqueta verde y azul se acercó al corrillo para invitar a los participantes a entrar al salón.

—Sigan, por favor, que ya vamos a comenzar.        

            * 

Al entrar al auditorio Raquel y Karina se separaron. El joven cajero se mantuvo al lado de Raquel un tanto desconcertado por la majestuosidad del salón. Raquel vio a una amiga que la invitaba a sentarse a su lado.

—Vengan aquí —gritó la mujer de rostro alegre y cabello ensortijado.

—Hola, Inesita, qué milagro —dijo Raquel—. ¿Hace rato llegaste?

—No, apenas unos minutos.

—Que bien. Mira, te presento a Miguel Ángel, un cajero que acaba de entrar al Hospital.

—Tanto gusto —dijo sonriendo Inés.

—Y qué, ¿cómo van tus cosas?

—No, mija, con un problemita que tengo en la oficina, que ni para qué te cuento.

—Cuenta no más que, como dice la canción, las penas que se cuentan si no quitan el dolor, por lo menos lo alivian.

—Pues sucede que tengo una compañera que es muy chismosa y muy intrigante y me ha metido en unos líos que ni te imaginas…

—Pero, ¿ya hablaste con ella?

—No. Yo creo que no vale la pena…

—Pero, Inesita, usted sabe que si uno no lo hace, pues la cosa va a seguir así quién sabe hasta cuándo.

—Sí, Raquelita, yo lo sé. Pero temo que en lugar de arreglar las cosas, terminemos agarrándonos.

—Sea como sea, si uno no exige dignidad y buen trato, pues ¿quién más se lo va a garantizar?

—Hasta de pronto, ¿no?

—Mira Inesita, y te lo digo porque a mí ya me pasó con un compañero…

—Ah, sí, mija. Porque también hay hombres que son más chismosos que las mujeres….

—Bueno, tuve que hablar con el hombrecito y decirle frente a frente, bien tranquila, las cosas que me estaban molestando y cómo sus comentarios me estaban perjudicando en el trabajo…

—¿Y quién es?

—No, mija, te cuento el milagro pero no el santo. En todo caso, después de esa charla el tipo cambió y ahora estamos bien, aunque no es que seamos como se dice, amigos del alma.

—Es que Raquel, yo temo que si le digo alguna cosa, lleguemos a un conflicto mayor.

—No, Inesita. Y si es que las cosas se complican, por lo menos la otra persona ya sabe lo que a usted le molesta. A veces la gente no actúa de mala fe, sino que por descuido o ignorancia termina embarrándola.

—Ahora que me lo dices, Raquelita, sabes que eso fue lo que me pasó con mi chinita, la mayor.

—¿Con Dayli?

—Sí, mija. Tú sabías que yo tenía la sospecha de que ella andaba metida en cosas raras…

—Pero, ¿estabas segura?

—No. Por eso no había hablado con ella. Hasta que hace unos días me animé y le comenté mis temores y ella reaccionó bien y me explicó que los tatuajes eran pura loquera momentánea, que no tenía nada de que preocuparme.

—Es que cuando uno es joven, mujer, hace unas cosas que nadie entiende. Pero fíjate, bastó con sincerarse con la china y el asunto mejoró.

—Eso es cierto. ¿Y sabes qué fue lo que me animó a hablar con mi muchacha? Una de las cosas que leí en unos de los boletines que nos daban el año pasado.

—El ¿“Avivar”?

—Sí. En uno de esos boletines decían que si uno no es sincero, si deja que se le emponzoñe el alma, pues termina por volver su trabajo o su familia un lugar invivible.

—Sí, recuerdo ese boletín. Uno de color amarillito. Ahí, si mal no estoy, decía que sin la sinceridad es muy difícil lograr la confianza.

La voz de uno de los presentadores sonó fuerte en el auditorio.

—Bueno, mija —dijo Raquel— pongámonos juiciosas y miremos a ver qué nos tiene preparado hoy el grupo “Formador de Formadores”.

—Oye, mujer —replicó Inesita, con una risa espléndida—. Ese par de presentadores ya pueden pedir trabajo en Caracol.

—Sí, señora. Y es puro talento nacional… Hecho y fabricado en Bosa city.

            *

Después de compartir la copa de vino y de charlar con amigos y amigas que hacía tiempo no veían, Raquel y Karina volvieron a reunirse para esperar juntas el transporte que las llevaría hasta sus respectivas residencias. Ya eran como las nueve y media de la noche.

—¿Cómo te pareció la velada —dijo Raquel, después de abrirse paso entre varios pasajeros que colmaban el pequeño espacio de la buseta.

—Pues salió como bonito, sobre todo las ocurrencias de los presentadores y el reconocimiento a las personas que nosotros elegimos como dignos representantes de los valores de nuestro Hospital.

—No, y qué tal lo de la cartilla que nos dieron. Bien bonita les quedó.

—Sí, aunque quien debería leerla de cabo a rabo no vino hoy al evento.

—Tú y tus ironías —continuó hablando Raquel, contenta de ver cómo justo al lado suyo quedaba un puesto libre.

—Siéntate, mujer, que tú con esos tacones debes estar muerta.

—Pues sabes que sí. Cosa que se te agradece.

Karina se acomodó en el puesto vacante y comenzó a hojear la cartilla que minutos antes había recibido.

—No leas así, que es malo para los ojos.

—¡Qué va! Puro cuento.

—Cuento el que nos leyó Fernando…

—Oye, lo noté como acabadito.

—Sí, es que según me contaron le dio el Helicobacter pylori….

—Ah, el bicho ese que produce la gastritis…

—Sí señora. Pero me sentí identificada con el cuento que nos leyó.

—A mí él, me parece como chévere. La otra vez que estuve en la reinducción me dijo algo sobre mi escudo que me llegó al alma.

 —Bueno, por fin ves algo bueno en alguien.

 —No, Raquel, lo que pasa es que tú, como quieres tanto al Hospital eres ciega para ver las fallas que tiene.

 —Yo no digo que seamos perfectos o que no necesitemos mejorar en muchas cosas. Lo que pasa Karina es que tú eres muy negativista….

 —Realista, mijita, realista…

 —No sé. A mí me parece que si uno tiene una actitud o un espíritu negativo ante la vida o ante los demás, pues todo le parece malo o triste.

 —Ay, Raquelita, tú eres una romántica y sentimental.

—A lo mejor así sea. Pero yo guardo en mi corazón un consejo de mi mamá, ojalá Dios la tenga en la gloria, que me decía: “Es mejor encender una vela que culpar a la oscuridad”.

Las dos amigas guardaron silencio. Después de unos minutos, Karina volvió a abrir la cartilla. Miró la tercera página: “Los valores no se pueden imponer. Más bien se trata de ir asimilándolos como un buen alimento. De allí la fuerza que tienen los hábitos, particularmente familiares, para ir martillando en nuestra mente o en nuestra conciencia el ser honrados, responsables, solidarios o sinceros…”

La enfermera levantó la mirada y se detuvo a observar los edificios lejanos. Pensó en su familia y en sus hijos. Se acordó de los consejos de su madre fallecida hacía menos de un año. Volvió a la lectura de la cartilla: “Los valores son señales o pistas para iluminar el propio camino y el caminar de otros”.

La corrupción a la picota

08 lunes Jul 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración del polaco Pawel Kuczynski

Ilustración del polaco Pawel Kuczynski

Es de suponer que a lo largo de las épocas y en variadas naciones siempre ha habido personas corruptas. Eso no debería sorprendernos. Pero lo que vivimos en nuestra época, y muy particularmente en nuestro país, es la desvergüenza ante tales actos inmorales o dignos de repudio.

El corrupto se campea con su falta. Es un presuntuoso de su pecado. Soberbio, saca el pecho, enorgullecido de su venalidad. Ni por un momento muestra culpa o sonrojo. Ni recato ni decencia parecen ser posturas por él conocidas. Más bien asume la sonrisa del que sabe que sus acciones van a quedar, tarde que temprano, en la más flagrante impunidad.

Porque esa es, precisamente, una de las claves del enaltecimiento del corrupto: la fragilidad de la justicia o, lo que es más grave, su complicidad con él. Al desmoronarse ese símbolo guardián de la rectitud, de la honradez  o la probidad, pues ni siquiera el temor al castigo cabe en la mente del corrupto. Por el contrario, lo que más favorece al envilecido es que la justicia se muestre parcializada, irregular y poco eficaz.

Pero detrás de ese escenario de derecho lo que está en el corazón del corrupto es su total egoísmo: sólo el propio beneficio es lo que cuenta. A cualquier precio. Lo público ha sido negado o es una especie de botín al cual hay que saquear a como dé lugar y en el menor tiempo posible. El beneficio personal es el motor del corrupto. Y si a ello se suma la astucia, y una moral tunante traída por el narcotráfico, se produce una forma de pensar y de actuar regida por la arbitrariedad, la desfachatez, cuando no el cinismo o el descaro ostentoso.

Es probable también que en estas personas corruptas haya faltado el troquel axiológico de la familia, o que la escuela no haya sido cuidadosa en reforzar aquellas normas de conducta. Hasta cabe pensar en la pérdida espiritual de cierta observancia a mandatos religiosos. Todo eso es posible. Pero es el mismo contexto el que mayor favorece tal proliferación de corruptos. Lo que pueden apreciar las nuevas generaciones es cómo alguien, de pronto, adquiere enormes capitales, se da “la buena vida” y pone en entredicho el valor del trabajo honrado, la idea del esfuerzo continuo y honesto, y el respeto permanente a la ley.

A todo lo anterior habría que agregar la complacencia silenciosa de la sociedad que parece ignorar –por temor o modorra ética– estos hechos. La ausencia de indignidad y censura pública a la corrupción hace que la misma sociedad se convierta en cómplice. De alguna manera, y eso puede evidenciarse en la programación televisiva, lo que vivimos es lo propio de la sociedad del espectáculo, en la que el chisme farandulero, la idolatría al consumo y la banalización de la existencia, son el nuevo decálogo que rigen los comportamientos de las personas.

Vistas así las cosas, y más allá de echar mano de la nostalgia o de asumir posturas apocalípticas, lo que esta corrupción generalizada nos demanda es, en primera medida, mantenernos alertas y críticos frente a cualquier actividad “torcida”, ser incorruptibles de cara a los que pregonan el “todo vale” o el “todo el mundo lo hace”, mostrarnos inflexibles o acuciosos para quitar sin excepciones el apoyo electoral a esos dirigentes que han ido desprestigiando con sus actuaciones a la política. Podríamos decir que allí toda la sociedad puede ser menos encubridora y compinche de la corrupción. Pero, a la par, es urgente que los núcleos familiares y los espacios educativos no claudiquen en señalar o poner en alto la importancia de tener y defender unos principios, y de aquilatar los intereses particulares con esos otros que provienen de las necesidades de lo público. Tenemos que enseñar, sin descanso, el ir cultivando unos valores como si formaran parte de nuestra estructura ósea o los cuidáramos igual que atesoramos el mayor de los capitales.

Los medios de comunicación, lejos de ocultar o ser secuaces mudos de la corrupción, ayudarían enormemente a este propósito. La tarea de denuncia, de “sacar a la luz” el prevaricato o el cohecho que se pavonean en la penumbra, contribuiría a que al menos vuelva a instaurarse la vergüenza como un regulador de los funcionarios o políticos de oficio. Otro tanto podría servir el apoyo de las redes sociales –y así lo hemos comprobado– al cumplir el papel de vehículos de inconformismo de la opinión pública. La presión de estos nuevos medios de comunicación pueden, así sea civilmente, inhibir futuros comportamientos venales o tachados de inmoralidad. No hay que desistir o transigir en este propósito. Así seamos calificados de idealistas, ingenuos o de soñadores de pasadas épocas.

La corrupción, decíamos al inicio, anda desbocada y altanera en estos tiempos. Bien merece que la sometamos a un examen meticuloso, que develemos sus puntos débiles, que corramos la voz de sus crímenes impunes. Ojalá así logremos, si no provocar su retraimiento o vacilación, al menos poder llevarla a la picota para gritarle su descrédito y su desprestigio.

Entre amigas

06 sábado Jul 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cuentos

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Para Shalila

 

—A mí, personalmente, poco me gustan las uñas afiladas y menos si alguien me las pinta de azul. Lo detesto, en verdad…

—Yo creo que te quedan muy bien. Sobre todo que te contrastan con esos ojos amarillos y ese pico rojizo.

—Sí, pero no me permiten acicalarme el pelo como yo quisiera.

—¿Y qué te impide acariciar tu reluciente y retorcida cabellera?

—Pues, temo hacerle daño a mis cuidadas serpientes. Herirlas con mis punzantes patas.

—A mí me parece que ese azul en tus espuelas te da personalidad. Y mirándote objetivamente hasta te otorga mucha distinción.

—Es posible. Pero no va bien con el color de las plumas de mi cola. ¿No me vas a decir que mi bello color mostaza hace juego con dicho azul?

—Pues de lejos no desentona. Además, debes tener presente el verde ocre que tienes en cada una de tus tenazas y el rojo bermellón de tus agallas.

—No lo había pensado. Hasta tienes razón. Pero, en todo caso, no me gusta que me pinten las uñas sin mi consentimiento. Es cosa de autenticidad. Es como si a alguien se le ocurriera afeitarme los largos pelos que tengo en mis orejas.

—Ah, no, eso si es una belleza. Cada pelo de esos te afina la mirada y le da más carácter a tu rostro. Hay una simetría exquisita entre el largo de tus pelos y el pabellón enorme de tus orejas.

—Lo que digo. No me gusta que me anden pintarrajeando con cualquier color. Eso me denigra. Hasta me hace sacar mi lengua gelatinosa y con el calor que está haciendo se me multiplica la baba y hasta yo misma me siento quemarme con el veneno de mi saliva.

—Creo que estás muy negativa. Yo te veo muy bien. Y no me parece que un cambio en el color de tus uñas sea motivo para deprimirte o molestarte. Fíjate en mí. Aunque a veces se me multiplican los ojos o se me caen algunos dientes, lo cierto es que me gustan tales variaciones. Tú sabes que adoro los cambios y las metamorfosis.

—Sin duda. Pero al menos tú tienes unas aletas y unas escamas plateadas que van muy bien con tus cascos negros.

—Todo es cuestión de gustos. Mis cascos hendidos son una bendición. Aunque a veces lo que me estorba es el largo de mis cuernos. Ayer, por ejemplo, duré más de una hora para marcharme del bosque. Por más que me esforzaba por salir, más me enredaba.

—Eso me pasa a mí cuando duermo. Ninguna de mis serpientes encuentra la postura más adecuada, y terminan desvelándome. Y aunque todos dicen que el color de mis ojos transpira ferocidad, lo cierto es que es a causa del insomnio. Pura falta de sueño.

—Eso no es nada. Tú sabes que yo no puedo alimentarme sino de lombrices podridas. Las otras, me descomponen el estómago. Y no sé cómo, me comí una de esas lombrices muy frescas, y estuve varios días vomitando y con un dolor de cabeza que no sabía qué hacer. Con decirte que estuve tentada a darme un baño de lodo, a sumergirme entre la laguna azufrada que queda arriba de la montaña donde vivo.

—Cuánto lo siento. Son cosas que pasan. Algo parecido me pasó a mí cuando me intoxiqué con esas ratas de alcantarilla. Yo creo que los residuos de jabón fueron los que me produjeron esa alergia. Imagínate. ¡Con hongos en las tenazas! ¡Un desastre!

—Lo lamento. Lo mejor, cuando pasan esas casualidades, es no prestarles tanta importancia.

—Hasta razón tienes. Pero no deja una de pensar en ello, especialmente cuando la picazón te persigue por todas partes.

—Hay que tener paciencia. Además, una persona con ese caparazón, no tiene nada que temer.

—Eso es lo que tú crees. Personas como tú son las que no tienen de qué preocuparse. Ya quisiera yo contar con esos colmillos; ya quisiera yo tener ese venenoso hocico…

El poema es una identidad orgánica

28 viernes Jun 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Seonna Hong

Ilustración de Seonna Hong

«Un poema es una entidad vital mucho más orgánica que un  ser orgánico en la naturaleza. A un animal se le amputa un miembro y sigue viviendo. A un vegetal se le corta una rama y sigue viviendo. Pero si a un poema se le amputa un verso, una palabra, una letra, un signo ortográfico, muere…»
César Vallejo

Nada hay tan importante para un poeta como contar con un buen editor de sus poemas. Un editor que respete no sólo el contenido de los textos, sino los espacios por él previstos, la estructura del texto, las  marcas de creación que le dan identidad y sentido a la obra. Y otra cosa: un editor que no suprima los epígrafes, y que cumpla –como si fueran órdenes militares– las bastardillas, las mayúsculas estipuladas por el escritor. Todo eso es definitivo al momento de publicar un libro de poesía.

Analicemos, para empezar, el tema de la estructura de un poema. ¿Por qué un autor decide organizarlo en dos o más estrofas?, ¿por qué lo divide de esa manera? No es cuestión secundaria o un capricho menor del poeta. En el caso de la poesía, la forma y el contenido, sí que establecen una pareja indisoluble. El poeta piensa no sólo en el significado de las palabras, sino también en el espacio que ocupan dentro de la página; además del ritmo entre las palabras cuenta el otro ritmo proveniente del ojo. Hay sentidos ocultos, ambiguos, sutiles, que se pierden si no se respetan las indicaciones del autor. Muchas veces las editoriales, para ahorrar papel o para unificar el estilo gráfico de una colección, hacen caso omiso al texto original en el que una línea del poema estaba distribuida en toda una página como una cascada, o a aquella palabra solitaria, puesta entre signos de admiración, que debía resaltar en mayúsculas al final del poema como si fuera un estrella solitaria en medio de una noche blanca. Si no se cumplieran esas indicaciones qué hubiera sido de la poesía de Mallarmé, especialmente de su obra «Un golpe de dados no abolirá el azar», en la que el tamaño de las letras, el lugar que ocupan dentro de la página, la jerarquía, son parte constitutiva y esencial del poema.

Creo que un ejemplo ilustrativo de lo que vengo diciendo es el referido a las ediciones de los poemas de Emily Dickinson. Hay editores que respetan los guiones largos, previstos por la autora estadounidense; otros los omiten, «como una consideración al lector»; y otros más, los suplantan por comas, suponiendo que cumplen la misma función. Pero si uno mira los textos originales de Dickinson, puede observar que allí están presentes, como una marca de estilo, los ya famosos guiones largos. Son genuinas rayas, como los que se usan en la escritura dramática, o como los que emplean los narradores para señalar el turno de voz de un personaje. Son guiones largos o, para ser precisos, rayas. Hacen las veces no de incisos, sino de presentar la irrupción de otra voz que hace polifonía con el texto que le sirve de soporte. Recuerdo que Lorenzo Oliván, uno de los traductores contemporáneos de la Dickinson, reconoce –así los haya omitido en su versión– que esos guiones son «la respiración del poema y, por ahí, su música profunda». Entonces, si se omiten o cambian esas rayas, estamos ante otra cosa diferente a la concebida por la poeta.

Lo mismo puede decirse de los puntos suspensivos que una editorial decide omitir o, más grave aún, cambiarlos por lacónicos puntos aparte; o del empleo de ciertas comillas  –las angulares dobles o latinas– que el despistado diseñador decidió unificar por las comillas inglesas. O los ajustes de buena voluntad que hacen los correctores, entrometiendo una coma donde había un vacío o resucitando unas mayúsculas porque, según las reglas de la gramática, así debe hacerse al  empezar una nueva línea. O el caso de aquellas antologías en donde no se dice de dónde se tomaron los poemas o qué edición se tuvo como referente. Todos estos descuidos editoriales atentan contra la identidad y el ser mismo del poema. La causa de esta sensibilidad tiene directa relación con el cuidado extremo que el poeta pone en cada verso, en la armonía interior que le da vida, en los detalles tipográficos que hacen las veces de secretos encubiertos. En consecuencia, la piel del poema es delicada, propensa a deteriorarse y muy sensible al toque de las manos ajenas. Tal vez por eso mismo, el poema también exige cuando va a salir a luz un tipo de papel especial, una fuente de letra y un tamaño cuidadosamente seleccionado, y una encuadernación digna de su sensible condición.

De otra parte, está el asunto de las traducciones. Es clarísima la dificultad de volcar un poema a otro idioma; cada palabra –además del ritmo que la habita o de la música que produce al juntarse con otras– es imposible trocarla por otra de un idioma distinto. Por eso los traductores de poesía prefieren hablar de versiones; porque en verdad es eso lo que hacen: verter a una lengua, aquella otra que desean apropiar. Esas versiones son aproximaciones, perífrasis al sentido primero de la lengua original. Otros optan por presentar una «traducción literal» creyendo que el poema es sólo un asunto de palabras.  Lo mejor, por todas estas dificultades, es conseguir ediciones bilingües, donde el lector pueda cotejar, así no sea experto en ese idioma ajeno, el ritmo, la estructura, la magia de un término que se hace más poderoso en un verso precisamente porque no tiene equivalencias perfectas en otra lengua. Y ojalá buscar que los traductores sean poetas; pues parece que ellos son los mejores intérpretes de las claves de otro hermano del oficio.

A propósito de lo que escribía César Vallejo, y que sirve de motivo para este escrito, valdría la pena revisar los poemas que circulan en la web. Es frecuente ver y comprobar cómo se transcriben de cualquier manera, se «suben» tal y como a cada cibernauta le parece. Y si el lector de poesía no tiene la paciencia o la curiosidad por cotejar esos textos con ediciones críticas, se puede quedar con un remedo o una figura incompleta del texto original. Ojalá algún día, así como los viejos linotipistas, tengamos «correctores de estilo» en la web, ocupados en corregir, enmendar, aclarar, todos esos poemas náufragos que a su modo cada quien encama en sus blogs o que desfilan en sitios virtuales promocionados como ayudas escolares infalibles. Y no por consideración al autor o por un respeto académico, sino porque el poema es un «organismo» que pierde su esencia si se lo mutila, o se convierte en un monstruo cuando le agregan partes ajenas a su constitución originaria.

Esa sombra llamada poesía

21 viernes Jun 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Poética
 ¡Qué es poesía? preguntas.
Hago luz y —discreta
y sorprendida— huye
La poesía: ¡esa sombra! 
 
Rogelio Echavarría

Son variadas y muy personales las definiciones de la poesía. Pero la que ofrece el antioqueño Rogelio Echavarría me parece digna de explorar en los párrafos que siguen. No sólo por la sutileza empleada sino porque vincula a la poesía con las capas subconscientes de nuestro psiquismo.

Empecemos: la sombra no tiene en sí misma existencia. Recuerdo una vieja adivinanza: «Con ser ninguno mi ser, / muchas varas en un día / suelo menguar o crecer, / mas no me puedo mover / si no tengo compañía». Igual pasa con la poesía, su ser depende de las palabras que el poeta emplea. Esta condición subsidiaria de la sombra está directamente relacionada con el modo en que el poeta comunica su mensaje: si busca proyectar algún conocimiento o determinada sabiduría, va al sesgo, enfocando las palabras no directo a los ojos –sin encandelillar al lector– sino trazando diagonales, ubicando el haz de luz de sus versos en posición oblicua. El poeta usa un ángulo especial para mirar las cosas, las personas o la vida. De lo contrario, si enfocara la existencia perpendicularmente –usando esos rayos inclementes–, el resultado sería pobre: mínima presencia o desaparición de la sombra. El cenit, anula la poesía; el nadir, la exacerba y la hace crecer. 

He hablado de la proyección. Al igual que en los juegos de las sombras chinas –esas que son más interesantes cuando se hacen con la luz de una vela– el poema proyecta poesía. Es en la habilidad para elegir la disposición de los dedos y las manos –las palabras– como mejor se logran las figuras en la pantalla de la pared-página que nos sirve de escenario. La destreza del poeta para conseguir la figura de la poesía está en saber colocar o combinar las palabras. No hay que llamarse a equívocos: si uno mira las manos desnudas, las palabras escuetas, no verá gran cosa; porque lo importante de esas palabras-dedos es lo que proyectan, lo que van silueteando en nuestra mente o en nuestra sensibilidad. Y cuando algunas sombras no las reconozcamos de inmediato, es necesario afinar nuestra imaginación para adivinarlas en su difusa presencia.

Agreguemos que al buscar la poesía ver la esencia y no los accidentes de las cosas, por interesarle al poeta los asuntos que tocan lo medular de la existencia, por estas razones, la poesía deja de lado los asuntos circunstanciales o banales, y condensa  todo en una sombra, una silueta en la que ya no puede distinguirse la forma de una uña, el color de una camisa, el largo de las pestañas. La sombra unifica la vida y las  cosas en sus figuras esenciales. La sombra anula lo secundario para quedarse únicamente con las manchas propias de la básico y fundamental. Tal manejo de la luz corresponde a que la poesía, como la sombra, prefiere las totalidades a los fragmentos. Quizá porque, como en el antiguo Egipto, tiene un vínculo directo más que con el cuerpo, con el alma del hombre. Y por eso la leyenda de que si un hombre le vendía el alma al diablo perdía su sombra; y por eso también las creencias de algunos pueblos indígenas, recogidas por James Frazer, en las que relataban como podía herirse o capturarse el alma de alguien con tan solo clavarle una lanza a su sombra.

Aún hay más por decir. Es por la poesía que podemos darnos cuenta de la consistencia y la textura del mundo y de la vida. La sombra da «relieve», perspectiva. Jung, ese poeta de nuestro psiquismo, afirmaba que «la forma viva necesita una sombra profunda para que aparezca plásticamente». La sombra de la poesía le da plasticidad al ser; precisamente, para que no seamos tan superficiales, para que nos apreciemos más allá de una sola dimensión. Pero no sólo eso, la sombra –volviendo a Jung– «contiene generalmente valores necesitados por la conciencia, pero que existen en una forma que hace difícil integrarlos en nuestra vida». En este sentido, la poesía contribuye a que podamos incorporar o enfrentar esos valores. La sombra de la poesía facilita una comunicación con las sombras de nuestra naturaleza profunda. Y por proceder de esa manera, por presentarse como penumbra, es que el poema puede acceder a los rincones más oscuros de la interioridad humana. Las sombras comunican a las sombras.

De otra parte, hay poetas solares y lunares. Aquellos que alumbran con sus palabras de abundante claridad y los que tenuemente iluminan el mundo. Son los lectores los que se sentirán más cómodos o incómodos con el tipo de luz ofrecida por el poeta. La clave de esta diferencia es percatarnos de que la sombra de la poesía proyectada en el día –más contundente, más destacada– difiere de la luz nocturna –más difusa, más vaporosa–. Los poetas románticos, demos por caso José Asunción Silva, son poetas lunares; los poetas expresionistas, digamos Hölderlin, son poetas del sol. Los primeros dibujan a la poesía con aguadas, acuarelas, carboncillos y sanguinas; los segundos, con afilados lápices o plumas finísimas. Y por iluminar de esta diferente manera, así también la sombra que proyectan con sus versos: los románticos provocan sombras largas, larguísimas; los expresionistas, sombras cortas, súbitos contrastes. Hay poetas que prefieren la luz natural, con sus rayos paralelos, y otros que optan mejor por proveerse su propia luz: una luz artificial de rayos radiales. Por supuesto, la posición, la cantidad y la calidad de la luz de sus palabras o sus versos, influyen en la sombra-poesía lograda. El exceso o el defecto de luz, la lejanía o cercanía del foco luminoso influyen en la naturaleza de la sombra: de contraste, de silueta, difuminada, con tonos degradados.

Puede parecer una paradoja: la poesía depende de la luz pero se revela en las sombras. Y más aún: demasiada luz no deja ver la sombra que la poesía quiere mostrar o ha descubierto. Porque eso también hay que decirlo: las sombras que proyecta la poesía no son permanentes; aparecen y desaparecen, se dan en un momento y, pasado un tiempo, no podemos recuperarlas. Esa es la razón por la que Rogelio Echavarría califica a la poesía de huidiza. Como si súbitamente la luz de las palabras la atrapara y ella, por su mismo pudor o discreción, se quedara por unos segundos quieta, momificada hasta ser pura mancha, totalmente sorprendida; pero luego, recuperada de la sorpresa, escapara a esconderse de nuevo entre las tinieblas. Salta a la vista que la pericia del poeta es poder detener con sus versos, así sea fugazmente, el ser de la poesía. Fijarla con sus palabras para que arroje una sombra. Aunque pensándolo mejor, la poesía sabe que el juego con el poeta es un placer interminable; y por eso le canta en las sombras una canción que parece una adivinanza: «nunca podrás alcanzarme / aunque corras tras de mí / Y aunque quieras separarte / siempre iré junto a ti».

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