Ilustración de Craig Frazier

Ilustración de Craig Frazier

Mi gusto por la lectura de poesía –y esto es algo que he ido validando con el tiempo– me ha dado una serie de beneficios que bien vale la pena detallar ahora. Espero que al hacerlo contagie a los lectores de las bondades de leer poesía o por lo menos despierte su curiosidad académica.

El primero de los beneficios es el de haberme familiarizado con un tipo de lenguaje, que en sí mismo es un ejemplo de concisión, precisión y voluntad estética. Y no hablo de entrar en relación con palabras bonitas o extrañas, sino de haber tenido la oportunidad de acceder a un abanico de posibilidades semánticas, de ampliar el repertorio de referencia para nombrar el complejo mundo y la diversa manera de ser y actuar de los seres humanos. La poesía me ha vuelto sensible a las variaciones de significado o a las sutilezas en la elección de un término. Desde luego, a esa familiaridad se ha unido cierta conciencia auditiva para descubrir el ritmo de cada una de las palabras y la melodía armoniosa que se produce al ponerlas en relación con otras. Tal conciencia auditiva del lenguaje es la que me ha vuelto más sensible o más alerta cuando escribo para evitar, en lo posible, las cacofonías o las redundancias innecesarias. De igual modo, esta conciencia del ritmo propio de las palabras me ha llevado a tener en cuenta al momento de escribir  –y no hablo de versos– el combinar o entrelazar períodos largos con otros más cortos con el fin de mantener atento al lector o guiar sus ojos a partir de la seducción del oído. La poesía, en este caso, ha ampliado mi capital lingüístico a la par que me ha desarrollado una sensibilidad por la materialidad de las palabras, por su fisonomía, su peso y sus potencialidades rítmicas.

Un segundo beneficio del asiduo trato con la poesía ha sido el de desarrollar en mí cierta fineza en la percepción, cierta sutileza en el modo de ver y percibir el mundo y las personas. Considero que la poesía es otra cartilla a partir de la cual uno aprende a deletrear el universo en una clave no inmediata o funcional. Más bien lo que la poesía hace es dotarnos de un mirador en el que la contemplación, la meditación, el ensimismamiento son lo fundamental. Es como estar dotados para ver el envés de las cosas, para avizorar lo que nadie aprecia o para despertar a las conciencias cómodas o despreocupadas. La poesía ha aumentado mis sentidos, los ha exacerbado o puesto en actitud de acecho. En este sentido, ni lo que me pasa o le pasa a los demás, me es del todo indiferente. La poesía me ha vuelto sensible a asuntos que para la mayoría resultan anodinos o que no logran despertar el interés de la sociedad de consumo o de los medios masivos de comunicación. Eso también lo he ratificado a diario. De cara a la banalización del vivir, de la insensibilidad social o la  ceguera para el universo, la poesía opone sus llamados de alerta, sus rememoraciones, sus ojos de luz para mirar lo que parece ya visto. Y como siempre sucede con esto de los atributos, dicha sensibilidad me ha producido momentos y situaciones de regocijo al igual que determinadas angustias o aflicciones de hondo calado íntimo. Pero lo importante de esta segunda bondad de la poesía es el haber dotado a mis sentidos y a mi entendimiento de curiosidad, de asombro ante lo que a diario vivo, y de suspicacia e intuición sobre aquello que apenas entreveo o imagino.       

Agregaría otro beneficio. La lectura de poesía me ha ayudado enormemente a entender problemas, hechos o peripecias de la condición humana. Por ella, por sus versos, me ha sido más fácil comprender qué es eso del amor, la soledad, la muerte o el misterio. Pienso que la poesía se asemeja mucho a un oráculo al cual le formulamos nuestras dudas existenciales más acuciantes o los dilemas vertebrales de nuestro espíritu, y al leer esos versos cada quien trata de encontrar las claves que necesita para comprender algo pasado o vislumbra opciones de un evento futuro. Al menos en mi caso, he tenido a la poesía como mentora de aquellos interrogantes que han sacudido mi pensamiento o han puesto mis pasiones en la cuerda floja de una decisión. La poesía me ha servido de carta de navegación o se ha abierto como un cielo nocturno para guiarme con el titilar de algunas estrellas. Y como todo oráculo, la poesía lo ha hecho con un lenguaje cifrado, metafórico, analógico. Un lenguaje que está repleto de poros, de intersticios, para que cada quien interprete los mensajes según su necesidad o su urgencia vital. Esa forma de aconsejar sugiriendo, de enseñanza indirecta, de ambigüedad que invita al discernimiento es otro de los beneficios que me ha prodigado la lectura frecuente de poesía.

Hagamos un alto y dejemos que sea la voz de la poesía la que muestre sus propias virtudes. Como dije en un escrito anterior, el objetivo principal de transcribir estos poemas –de una fuerte resonancia en mi vida– es la de participar o comunicar a los lectores una pasión que, como lo he expuesto, puede traer con los años excelentes beneficios. 

Enriqueta Ochoa

Enriqueta Ochoa: «Todo hombre está hecho de puertas y ventanas…»

Retomemos esta vez a Enriqueta Ochoa, la poeta mexicana nacida en 1928 y fallecida en el 2008. De su obra tengo una preferencia por poemas como “Retorno de Electra”, “Avispero”, “Hay días”, “Se distraía el viento”… Pero he seleccionado un poema de su libro Los himnos del ciego (1968): “El hombre”. Enriqueta Ochoa: “Yo quiero decir lo más entrañablemente mío, que en todos los casos es de los demás”.

EL HOMBRE
 
                                   Para Wenceslao Rodríguez
 
 
¿Qué ha visto el hombre?
Nada.
Ciego y desnudo llegó,
desnudo y ciego se irá
del polvo al polvo.
Un gesto de ternura podría salvar al mundo,
pero el hombre jamás bajó los ojos
a ese pozo de luz.
 
―Llorarás, le dijeron,
mas no es fácil llorar.
Llorar es desprenderse,
irse en ríos de uno,
y el hombre sólo sabe
devorar y perderse.
 
No conoce más muros
que los que cercan su ciudad en sombras
y hasta allí ha bajado a envejecer,
a morir en sí mismo,
a sepultarse testarudo,
mientras la soledad circula por su cuerpo
como el viento por una casa en ruinas.
Yo insisto,
un gesto de ternura podría… De pronto,
me irrito, tiemblo, río, me quebranto.
Yo soy el hombre.