Mi punto de partida es el de considerar el objeto como un signo. En esa medida, el objeto hace parte de ese enorme texto de la cultura. Recordemos que la Cultura está compuesta por objetos, prácticas, discursos e imaginarios. Los objetos, por lo mismo, participan de diversos tipos de convención, de procesos de significación y múltiples interpretaciones. Al considerar el objeto como un signo, lo que estamos diciendo –entre otras cosas–, es su capacidad relacional. El signo significa en cuanto se inscribe dentro de un proceso de construcción de lo social.

Al ser un signo, el objeto puede ser leído desde una sintáctica, una semántica y una pragmática. Una sintáctica del objeto muestra los elementos y las formas de combinación de los mismos; la gramática básica de que se dispone: punto, línea, plano; simetría, equilibrio; color, textura. Una sintáctica del objeto puede asociarse con una morfología del objeto. La semántica del objeto corresponde a los diversos o distintos niveles de significación. Puede hablarse de grados de «acepción» del objeto. Cuáles son los diversos significados –de acuerdo a qué cultura– que el diseñador  busca o propone en un objeto determinado. (La simbólica puede ser entendida como un nivel profundo y complejo de semantización del objeto). La pragmática está centrada en los diversos usos que el usuario da al objeto. La pragmática pone al objeto en el escenario de la vida cotidiana.

Dentro de la sintáctica y la semántica del objeto hay que darle mucha importancia a la retórica. A los diversos recursos de construcción que el diseñador emplea: por repetición de elementos, por supresión de elementos, por combinación de elementos, por traslación de elementos… El concepto de figura, desde esta perspectiva, cobra un nuevo brío. En el mismo sentido hay que trabajar los dos planos del signo-objeto: expresión y contenido. Y, en cada uno de esos planos, la forma y la sustancia. Como quien dice, la integración entre lo formal del objeto y lo material del mismo; entre los elementos de que se dispone y las posibles combinatorias que con ellos pueden hacerse.

Se puede elaborar, de manera experimental, una lectura del objeto desde las seis funciones del lenguaje propuestas por Ramon Jakobson: función referencial, denotativa (con respecto al contexto), función poética (referida al mensaje), función fáctica o para llamar la intención del interlocutor (orientada hacia el contacto), función emotiva o expresiva (propia del emisor), función metalingüística (propia del código) y función conativa (más centrada en el receptor).

Un último aspecto gira alrededor de una poética del objeto. Poética como poiesis, es decir, como proceso de creación o –para ser más ambiciosos–como proyección. Esta poética del objeto se conjuga con la pintura, la música, el cine y la literatura. Los trabajos de Kandinsky: Punto y línea sobre el plano, de Stravinsky: Poética musical y las Apostillas al Nombre de la Rosa de Umberto Eco, pueden servir de motivación. La poética tiene que ver con las lógicas de la creatividad y con las gramáticas de la fantasía y la invención.