Bodegón con accesorios de caza del pintor holandés Willem van Aelst

«Bodegón con accesorios de caza» del pintor holandés Willem van Aelst

El que describe  es, en verdad, un miniaturista. Pero no por reproducir a escala una realidad sino por su prolija exactitud.

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Describir es pintar con palabras. Allí, un objeto: los sustantivos; allá, un ambiente: el adverbio. Al fondo, un colorido: los adjetivos.

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Cuando alguien nos dice que describamos algo con “lujo de detalles” lo que nos advierte es de no caer en lo superfluo y más bien que lo hagamos con desmedida y deslumbrante minuciosidad.

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El escritor de descripciones es un policía de la realidad: “¡A ver, objeto, muéstreme sus signos de identidad!”.

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Hay descripciones que son cuadros impresionistas: de tanto amor por el detalle se va perdiendo la preocupación por el conjunto.

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El que describe hace las mismas preguntas de un detective criminalista: ¿Cómo es?, ¿dónde está ubicado?, ¿qué señales particulares tiene?, ¿cómo es su color?, ¿presenta signos de maltrato o violencia?

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Quien describe un objeto lo convierte en un personaje dramático. Lo dibuja para ser representado. El que describe objetos redacta pequeñas obras de teatro.

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Hay dos escuelas en el arte de la descripción: los de estilo deductivo y los seguidores del movimiento inductivo. O bien se va del conjunto a los detalles o se comienza en los detalles hasta dar cuenta del conjunto.

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Observar primero, seleccionar luego, organizar después: esta es la fórmula de las buenas descripciones.

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La retórica ha previsto una gama de posibilidades para la descripción: etopeya, si se describen la virtudes de una persona; prosopografía, si es un recuento de los rasgos físicos de un personaje. Pero es la hipotiposis ―esa que da los pormenores precisos― la única que puede usarse como evidencia en un proceso judicial.

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“Quiero que me des la evidencia de una ausencia”, dice el lector al autor de descripciones. El escritor le responde: “Seré fidedigno, pero necesito de ti que leas con viva imaginación”.

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Los objetos esconden en sus rasgos evidentes la verdadera fisonomía de su esencia. Describirlos es develar el envés de lo tangible y manifiesto.

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El científico hace descripciones buscando exactitudes; el literato, anhela comunicar además una emoción.

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El que hace una descripción aspira a que su obra sea como el testimonio fidedigno de un testigo presencial.

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Los objetos van perdiendo la riqueza de sus minucias en la misma medida en que se tornan cotidianos. Al describirlos recuperan, de alguna manera, su valía y su novedad.

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Los adverbios son para el que describe lo que la perspectiva para el pintor: un útil para el manejo de distancias.

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La hipotiposis es una forma del sistema Braille. Se trata de convertir lo abstracto de las cosas en un lenguaje legible a los sentidos.

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La descriptiva de los geómetras confirma que los objetos tienen más de una cara. El que los describe, en consecuencia, debería hacer suyo este vocabulario: vista inferior, posterior, lateral, frontal o alzado, superior o planta.

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Los maestros de la descripción japonesa han seguido siempre estos dos principios: precisión en los pormenores y una intensa claridad.

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No basta con enumerar las partes de un objeto. Lo importante en una descripción es presentar los detalles en una unidad articulada. Las buenas descripciones siguen este principio gestáltico: el todo es más que la suma de las partes.

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A quien hace una descripción se le exige caracterizar los pormenores y distinguir con claridad las cualidades. En este sentido, se asemeja al naturalista que descubre una nueva especie.

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La descripción puede ir desde el inventario hasta el retrato. El que describe, entonces, se mueve en la gama que empieza en el reseñar y calificar y se extiende hasta el explicar y representar.

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El que describe pinta o representa. Cuando describe: delinea, figura, traza; cuando representa: compone, personifica, testimonia.

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El lexicógrafo es un maestro de la descripción. Pero sus definiciones, que consisten en determinar los límites de una palabra, deben por regla omitir las emociones y la subjetividad.

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El escritor experto sabe que la descripción es una aliada de la narración; y que el detenimiento momentáneo al que somete a la acción es una de las estrategias favoritas para aumentar la intriga en el relato.

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Nuestra pobreza de vocablos para describir las cosas ―y la dificultad para lograrlo― amerita recordar los consejos del gran poeta Lucrecio: “pasa en vela las noches, buscando las palabras y los versos para inundar la mente del lector de una brillante luz con la que él pueda escudriñar hasta el fondo de las cosas más ocultas”.

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Un fenomenólogo es un filósofo de la descripción. Su labor consiste en purificar los hechos o los objetos hasta dejarlos en su pura esencia.

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Los seres humanos van donde el pintor a que les haga su retrato; las cosas, posan ante él para obtener su más precisa naturaleza muerta.