"Caín", del pintor alemán Lovis Corinth.

«Caín», del pintor alemán Lovis Corinth.

El odio no es más que carencia de imaginación.
 Graham Greene

Además del lastre que trae consigo el odio, además de minimizarnos la grandeza de nuestro corazón, el odiar a alguien nos evidencia también nuestra pobreza de espíritu. Quien odia reduce la riqueza y la pluralidad de otro ser humano a unas cuantas características físicas, a unas determinadas palabras o a unas contadas ideas. El odio, por lo mismo, es una mirada simplista sobre los demás. Una pasión que estrecha nuestro entendimiento y restringe nuestra convivencia.

Analicemos nuestra tesis. El odio nos hace esclavos de aquello que despreciamos. Dependemos de él. Y aunque buscamos por todos los medios hacerle daño a esa otra persona, lo cierto es que nos convertimos en sus criados. Tan pendientes estamos de cada acto, de cada palabra dicha por aquel ser objeto de nuestro odio, que condenamos nuestra propia vida a estar encadenada a una vida ajena. Cuando se odia siempre se va a la zaga, siempre se está servilmente detrás de nuestro prójimo. Por eso mismo, el odiar es una manera de mermar o acotar nuestra libertad; cuando esa pasión nos atraviesa perdemos nuestra mirada de águila y asumimos la enceguecida condición de los topos. Aunque nuestro fin es castigar o dañar a un semejante, las lesiones que provoca el odio terminan por herirnos a nosotros mismos.

De otra parte, muchos de nuestros odios tienden a volverse algo repetitivo. Siempre volvemos a la misma frase desagradable, siempre buscamos provocar la misma zancadilla, siempre nos ocupamos de elaborar las mismas estratagemas para “desaparecer” al otro, así sea simbólicamente. Cuando se odia, el tiempo se nos vuelve circular. No se sale del mismo comportamiento. Por eso se habla del odio “encarnizado”, porque en ese caso no hacemos más que redundar en la misma conducta para agredir a alguien, porque no hay variación en ese empeño exterminador, porque asumimos como ritmo vital la monotonía de la animadversión.

Como puede verse, son más las desventuras que trae el odiar que los beneficios. Tal vez deberíamos tomar como consigna en nuestra existencia superar nuestros odios. Obligarnos a no depender eternamente de una ofensa, de una antipatía, de alguna agresión. Ponernos como tarea no quedar prendidos a “eso que tanto dolor nos produjo o que tantas desventuras nos provocó”. Tratar, en lo posible, de desprendernos de esa rémora que a bien tiene enredársenos entre pecho y espalda: cortarla –ojalá de raíz– y dejarla caer por su propio peso en el fondo de su rencor. Tenemos que ser capaces de perdonar. Aprender a dejar atrás, sin remordimientos, el insulto, el perjuicio, la fechoría, el golpe más brutal. Si así actuamos, más fácilmente recuperaremos nuestra salud física y moral, y hasta podremos curar también a aquel que pretende dañarnos.

Un esfuerzo por comprender la naturaleza humana puede sernos muy útil en esto de rebasar o adelantarnos a las furias del odio. Hay personas que actúan negativamente sobre nosotros porque tienen miedo o porque algún rasgo de nuestro ser los amenaza o los pone en evidencia; hay seres humanos que desean fracturar algún espacio profesional nuestro porque lo que hacemos es justo lo que ellos más desearían; hay colegas que se esconden para clavarnos el puñal por la espalda porque no soportan de frente la claridad de nuestra alma. Si se mira con cuidado a cada persona que enfila sus baterías para rompernos el espíritu o para magullarnos el cuerpo, siempre descubriremos algo que explica sus actuaciones o algún motivo no siempre evidente. Entonces, al comprender la causa de ese odio hacia nosotros, bien porque no compartimos una misma ideología o porque tenemos una forma diferente de ser, cuando eso hagamos, lograremos develar sin sufrimientos el trasfondo elemental que da pie a la canallada o la malignidad.

Todo odio nos arrastra hacia el abismo de la destrucción. El odio es el otro nombre de la desolación, porque cuando odiamos queremos que nuestros hermanos desaparezcan. De allí que el odiar vaya en contra de la continuidad de la vida. Y si uno se obstina en odiar, poco a poco se va quedando solo, se va aniquilando hasta la médula, se va despedazando en una horrenda carnicería. El odio es una forma de autofagia. Una imperfección que debemos corregir a toda costa, si es que anhelamos ser constructores de vida y no propagadores de muerte.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 149-152).