"La envidia", según el grabador holandés Jacob Matham.

«La envidia», según el grabador holandés Jacob Matham.

El corazón del envidioso tiene las características de los dientes de los roedores: su rencor crece a medida en que va desgastándose.

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El que cultiva envidias cosecha recelos y almacena semillas de odio.

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La codicia del envidioso se consume, como las llamas, en su propio resentimiento.

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La envidia es un padecimiento: un anhelo que termina por doler en el propio cuerpo.

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Donde los demás ven aliados, los envidiosos perciben rivales.

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Schopenhauer consideraba que la envidia era un enemigo de nuestra felicidad. Eso es cierto. La envidia nos quita la posibilidad de disfrutar lo que tenemos por andar mirando en otros lo que nos falta.

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La envidia es el lado cortante de la admiración.

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La envidia es una forma de resentimiento. Una rabia contra los demás por una ofensa fraguada sólo en nuestra imaginación.

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La envidia es una forma de egoísmo. No toleramos que nadie más tenga o sea como nosotros.

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El envidioso es un esclavo de lo que apetece. Un servil dependiente de aquello que detesta.

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El envidioso sufre por exceso o por defecto. Algo le falta o algo le sobra. El envidioso padece la inconformidad caprichosa de los niños.

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El envidioso es un celoso obsesivo: Imagina rivales en todas partes.

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El espejo ha sido un objeto socorrido para simbolizar la envida. Quizá porque en el fondo el envidioso no sea sino un ser ensimismado luchando con su propio reflejo.

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La envidia es una variedad de la disnea: se vive suspirando permanentemente por lo que no se tiene.

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La envidia, como ciertos isópteros, va carcomiendo el alma. El corazón del envidioso termina hueco sin que él se dé cuenta.

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La envidia es un monstruo que anda dormido en nuestro interior. La ostentación y la vanagloria lo despiertan.

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La envidia tiene algo de fuerza demoníaca o posesión inexplicable que, a pesar la persona, se apodera de su voluntad y su pensamiento. Por algo María Zambrano la llamó “el mal sagrado”.

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El envidioso es un ladrón en potencia: sufre del deseo intenso de obtener lo ajeno.

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A Jesús no lo mataron por la expulsión de los vendedores del Templo sino por envidia. Muchos fariseos esperaban en el fondo de su corazón ser el Mesías.

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La envidia es una forma de autofagia. El envidioso termina devorándose a sí mismo.

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Los envidiosos concitan para propagar la animadversión o el descrédito hacia aquel que descuella, triunfa o sobresale. Así ha sido siempre: lo común envidia a lo excepcional.

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Cierta forma de envidia se siente en los dientes. Es como si el bien ajeno nos destemplara el alma.

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¿Por qué ese tiene lo que yo no tengo?, se pregunta enconado el envidioso. ¿Por qué me da pesar saberlo?, vuelve y se interroga entristecido.

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El envidioso padece de la vista. No puede ver a los demás sino con la mirada torcida de la malevolencia.

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Hay personas más inclinadas a la envidia. Aquellos que nunca están satisfechos ni con lo que son ni con lo que tienen.

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Las críticas del envidioso son dardos de una alta precisión. Obvio, parten de identificar en los demás aquellos asuntos que él no posee.

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La tarea del envidioso consiste en magnificar detalles o minimizar prestigios.

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El envidioso usa el “pero” como una forma de ver en las obras de su colega primero la mancha antes que el logro.

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Luzbel, que era soberbio, es un envidioso encarnizado. Y su mayor maldad es tentar al ser humano para que caiga al igual que él. Luzbel busca que el hombre pierda el paraíso de su terrena felicidad.

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La bala que el envidioso apunta sobre el envidiado tiene como diana su propia cabeza.

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La emulación nos obliga a ser mejores; la envidia nos lleva a sacar lo peor de sí. 

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El soberbio mira a los demás con desprecio; el envidioso lo hace con apasionada atención.

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Las injusticias que el envidioso argumenta son, en verdad, formas de expresar su resentimiento.

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El envidioso sufre porque nadie le reconoce lo que, según él, es un bien o un logro importante. Los demás –afirma– son ciegos para sus virtudes. Esa es la causa de su resentimiento.

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El envidioso es un astuto; sus actividades tienen un fin doble para hacer creer que no padece aquello que en su interior le corroe.

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El envidioso, por mirar torcidamente, no se percata  de las cualidades del envidiado. O si las mira, lo hace distorsionándolas. Todo envidioso sufre de miopía o astigmatismo.

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El envidioso trata de ocultar la envidia como el tímido su rubor. Y entre más niega su ojeriza por alguien más se evidencia su antipatía.

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Todo envidioso es un pesimista. La vida siempre le parece injusta y sus propios talentos despreciables.

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¿Y si Dios hubiera visto con buenos ojos las ofrendas de Caín? ¿Habría en el corazón de Abel lugar para la envidia? ¿O será que únicamente habita en los espíritus que son avaros en ofrendas y faltos de gratitud?

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De la historia bíblica de Saúl y David podemos aprender una cosa: el envidioso confía en que algún filisteo mate al envidiado. Y, otra más: si se quiere ofender a un envidioso lo mejor es contestarle como David respondió a los oficiales de Saúl, “yo no soy más que un hombre común y corriente”.

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En el paraíso de la amistad ronda ocultándose la serpiente de la envidia.

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La envidia es una tentación que, al morderla, conduce al éxodo.

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Hay envidias que llevan a la emulación y, otras, a la animadversión. Todo es cuestión de simpatía o de miedo ante el semejante.

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La envidia es una forma de masoquismo moral.

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“La envidia es una herida en el alma”, dijo Sócrates. Una herida incurable, habría que agregar.

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La envidia, para aniquilar a su presa, lanza primero su perro de caza preferido: la calumnia.

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Antes se usaba la palabra “livor” para definir a la envidia; seguramente por la relación de la cara del envidioso con el color morado propio de los muertos.

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Existe un vínculo entre la envidia y la codicia. En ambos casos se trata de un irrefrenable deseo por poseer los bienes ajenos.

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La prosperidad ajena aguijonea a la envidia como la espuela a la cabalgadura.

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El padecimiento de la envidia no tiene convalecencia. Por el contrario, es una enfermedad que tiende siempre a empeorar.

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La envidia es un sentimiento que, después de un tiempo, ya es una posesión.

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Parte del éxito del envidioso es que el envidiado nunca sabe de sus intenciones. Simulación y silencio forman parte del camuflaje de la envidia.

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El envidioso siente que si emula a alguien se humilla. Cree que todo amor conlleva a la esclavitud.

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La ingratitud y la desconfianza son los heraldos de la envidia.

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Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana, simbolizaba a la envidia con una lima sobre un yunque: exacta alegoría de una pasión que a la par que desbasta va al mismo tiempo desgastándose.

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El infierno del envidioso consiste no sólo en su tristeza eterna sino en su envenenada soledad.

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El codicioso desea tener los bienes del prójimo; el envidioso, anhela su ser.

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Escribe San Basilio que la envidia es parecida a un buitre: huele los defectos y las fallas del envidiado, nunca la grandeza de sus obras. La envidia ulcera lo vivo.

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La envidia es un veneno que se irriga más rápidamente y surte su mayor efecto cuanto más el envidiado aumenta sus bienes o multiplica sus logros.

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De todas las hijas que Santo Tomás atribuía a la envidia, las más poderosas son la murmuración y la detracción. Y lo son porque tienen pies ligeros y ofrecen placer con facilidad.

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Los cristianos oponen a la envidia la caridad. Interesante manera de entrever que en el máximo bienestar del prójimo siempre hay una zona de carencia. Se es caritativo porque el otro algo necesita.

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Existe un remedio casero contra la envidia: alegrarse con el triunfo de los amigos. Desde luego, hay que macerar lentamente el egoísmo con el agua cristalina de la confianza.

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Bien vale la pena recordar la personificación de la envidia propuesta por los renacentistas: es una mujer vieja, flaca y sucia, que se alimenta de víboras, devora su propio corazón y lleva como soporte una vara de espino. ¿Podría imaginarse mayor sufrimiento?

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El envidioso solo ríe cuando ve que el envidiado cae en desgracia.

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Las enmiendas del envidioso tienen la misma consistencia de la Hidra: apenas se corta un remordimiento reaparecen dos nuevas murmuraciones.

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La envidia es una bestia de caza: anda al acecho oliscando espíritus afortunados.

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El sol del éxito proyecta siempre una sombra: la envidia.

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En el escudo de armas del envidioso puede leerse esta divisa: “Calumnia, calumnia , que algo queda”.

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La reina del cuento de Blancanieves es un buen ejemplo de la obsesiva preocupación de la envidia: “Espejito, espejito que me ves, la más bella de todo el reino, dime, ¿quién es?”.

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La virtud tiene una compañera silenciosa: la envidia.

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De los tres perros feroces de que hablara Lutero (ingratitud, soberbia y envidia) el más peligroso es el último porque este perro persigue sus presas aún después de muerta la víctima.

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Los que afirman que la envidia es un principio del igualitarismo dejan de lado el valor de la meritocracia. El talento, lo sabemos, es más aristocrático que populista.

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Los espacios cerrados o amurallados son más proclives a la envidia. La cercanía y la constante familiaridad traen consigo la mutua observación. En los pueblos y los conventos el murmurar atenúa el aburrimiento.

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Al gran simulador, que es todo envidioso, lo peor que le puede pasar es que se descubra su malquerencia por alguien. La envidia, entonces, se transforma en descrédito.

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Desconocer las cualidades del hermano o reconocerlas. Ese es el dilema del envidioso.

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“La envidia ve el mar pero no las rocas”, dice un proverbio ruso. Eso pasa con el envidioso: supone que los bienes del vecino se lograron sin esfuerzo o que el talento del colega no conllevó ninguna disciplina. El envidioso desea los beneficios pero evitándose toda fatiga.

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Es un grado muy sutil el que va de la admiración a la envidia. Todo depende de la sensibilidad del espíritu y la consistencia del carácter.