"La esperanza" del pintor inglés George Frederick Watts.

«La esperanza» del pintor inglés George Frederick Watts.

De las bondades de estas fiestas navideñas la más valiosa es, sin lugar a dudas, la esperanza. Nuestro espíritu recupera su capacidad de renovación, su inquebrantable condición de sobreponerse a las dificultades. Todo nuestro ser toma nuevos bríos; y en cada uno de nuestros actos se percibe un aliento remozado. La esperanza trae consigo la confianza y una certidumbre especial en las posibilidades infinitas de la vida. La alegría de la navidad aleja las desilusiones y diluye la desconfianza.

Son muchas las manifestaciones de la esperanza que abundan en estos días. En principio, están los saludos, las dedicatorias en los regalos, los mensajes electrónicos, las consignas de cierre de labores en las empresas. Cada persona desea a los demás, felicidad y prosperidad; la insistencia es  para que todo vaya mejor: la salud, los negocios, las relaciones, el devenir de la existencia. Por decirlo de otra forma, la esperanza es el papel moneda usado en la época decembrina. Es como si al hacerlo se creara una fuerza premonitoria hacia lo positivo, una energía en la que lo factible se muestra cercano para su logro o realización.

Una segunda característica de la esperanza, típica de nuestra humanidad, es la de mantener imperecederos nuestros sueños, nuestras ilusiones más preciadas. Quien se esperanza no deja morir sus utopías, mantiene viva la fe en determinados anhelos. Las personas esperanzadas, por lo mismo, son más luchadoras, menos proclives al derrotismo y la inacción quejumbrosa. Los esperanzados pertenecen al bando de los emprendedores, de los que tienen en su corazón y en su mente una falencia por superar, una meta para conquistar, un proyecto que los insta a mirar el porvenir con ánimo y convicción a toda prueba. Los seres esperanzados tienen dentro de sí el fuego inextinguible de la motivación.   

La esperanza subraya, además, el aspecto mejorable de las situaciones por las que pasamos o de las actuaciones que realizamos. Los que están enfermos se esperanzan en su mejoría; los que han sufrido un revés de la fortuna se esperanzan en que dicha fatalidad se repare con el tiempo; los que han cometido un error o provocado una falta esperan repararla o resarcirla. En esta perspectiva, la esperanza es un remedio efectivo contra la predestinación o los determinismos paralizantes. No hay cosas ya fijadas de antemano, parece decirnos la esperanza. Los seres humanos contamos con libertad y podemos hacer que la porfía de nuestra voluntad se imponga a las condiciones más aciagas y desfavorables.

Y cuando estamos esperanzados siempre encontraremos aliados para nuestros sueños, siempre hallaremos cómplices para esos proyectos extraordinarios. Si es la esperanza nuestro santo y seña muchos serán los amigos que hallemos en el transcurrir de nuestra vida. A veces, la presencia y fuerza de los vientos favorables depende de qué tanto velamen posee el barco de nuestra esperanza. Los auxilios, los mecenazgos, los apoyos incondicionales, dependen –en gran medida– de la envergadura de nuestra esperanza. Si es vigorosa, si tiene rápida capacidad de reposición, si no claudica en su búsqueda de horizontes, seguramente seremos depositarios de las manifestaciones de la gratuidad y habrá en el cielo una estrella refulgente que ilumine nuestro camino. 

Cerremos estas consideraciones  afirmando que la navidad rubrica la virtud de la esperanza. No pasemos por alto las señales de este beneficio. Dejemos que la favorabilidad habite en nuestro interior, y roguemos para que ese estado de ánimo se mantenga incandescente durante mucho tiempo.