Dos mujeres corriendo en la playa, de Pablo Picasso.

«Dos mujeres corriendo en la playa», de Pablo Picasso.

Uno de los deseos más recurrentes en navidad y año nuevo es el de alcanzar mucha felicidad. Este mensaje se presenta como una consigna esperanzadora o como un sortilegio para evitar la tristeza o la desventura. Lo que se anhela a familiares y amigos es que la dicha o el bienestar sean las hadas protectoras de este tiempo. Vale la pena, por lo mismo, meditar un poco sobre el significado profundo de augurar a otros la felicidad.

De base hay que advertir que la felicidad no es la misma para todas las personas. Algunos individuos requieren demasiadas cosas o bienes para sentirse felices; a otros les basta con poco, con lo fundamental para sobrevivir. También existen los seres humanos eternamente insatisfechos o los que logran entrever la felicidad en situaciones cotidianas o nada excepcionales. Lo importante de tal diversidad es señalar la relación que hay entre la felicidad y el proyecto de vida que se tenga. Ese vínculo es determinante a la hora de saber qué tan poca o cuantiosa es nuestra felicidad.

Dicho lo anterior, podemos ahora afirmar que los días decembrinos crean condiciones apropiadas para que abunde la felicidad: contamos con más tiempo para estar con los seres queridos, poseemos ocio de sobra para utilizar como queramos nuestra libertad, hay un dinero extra para darnos algunos placeres o comprar cosas que nos gustan. Además, hay un clima favorable en las interrelaciones humanas para compartir en familia, departir con amigos y celebrar con colegas o vecinos de la comunidad. Todo ello dispone el mejor escenario para que podamos tener momentos o situaciones de felicidad. Ya depende de cada uno cómo aprovecha tales oportunidades y cómo sabe sacarles el mejor júbilo posible.

El otro aspecto, mucho más relevante a mi parecer, estriba en que la navidad es una época especial para dar felicidad a un semejante. Y no me refiero a entregar beneficios materiales sino a proveer regalos inmateriales como la compañía, el cariño sincero, la solidaridad esperada o la palabra reconfortante y animosa. La navidad, desde esta perspectiva, deja abiertas las puertas para que emerjan de nosotros la caridad, el altruismo, la prodigalidad. Mediante esas acciones veremos el rostro feliz del necesitado, la sonrisa optimista del postrado en un lecho, la gratitud festiva del desamparado o el solitario. Esa otra felicidad –propia del dar o darnos– es evidente en los ojos o las manos de nuestro prójimo y produce tanto o más regocijo que aquella otra proveniente del recibir.

Hay que agregar otra cosa: la navidad nos permite degustar mejor el sentido de la vida. Logramos, por ejemplo, descubrir la felicidad sencilla y esencial de estar con otro, de caminar largas calles a su lado; la satisfacción de estar en familia, de compartir un alimento o programar una pequeña aventura. Percibimos como un milagro el sabernos amados y descubrimos el valor profundo de un rito, de una tradición, de un símbolo. Bastan pocas cosas, las esenciales, para ser felices. Ese es otro mensaje que la navidad nos recuerda y que a veces olvidamos por estar demasiado ocupados o subsumidos en una cultura enfocada principalmente en la adquisición de bienes.  

Si la felicidad, como pensaban los antiguos filósofos, era el fin supremo al que deberían aspirar los seres humanos, aprovechemos estas fechas navideñas para reivindicarnos con las satisfacciones sencillas, el goce de tener un hogar, la fortuna de gozar de buena salud. Hagamos que la felicidad no sea una meta ilusoria e imposible de cumplir, sino más bien una forma realista y cotidiana de degustar la travesía por la existencia.