"El joyero" del pintor francés Guillaume Seignac.

«El joyero» del pintor francés Guillaume Seignac.

Tanta necesidad de ti, de tus socorridas y calurosas manos. Tanto afán por compartir tus ingeniosas maneras de aproximarte al mundo y a las personas. Porque hay algo mágico en tu forma de proceder, una alquimia de andar siempre recreando lo que miras o tocas;  y de tanto estar a tu lado, como que se me ha pegado ese anhelo de pintar de nuevo las estrellas o de delinear otra vez el corazón de las personas. Digamos que por vivir muchos años a tu lado, ya tengo otra perspectiva de los seres, las cosas, la existencia. Tus ojos hacen parte ya de mis ojos y mi sensibilidad está atada a tu exacerbado cuerpo de signos. Ya no te considero extranjera o, mejor, deseo no ser un extraño ante tu presencia. Aunque, a veces me asalta el temor de no ser digno de tus exigencias o tus demandas de tiempo. Porque he descubierto que parte de tu esencia es la de ser una fiera salvaje, de esas que acechan a su presa, y que la derriban cuando ella menos lo espera. Y así no te vea, ansío que estés vigilándome entre el alto pasto de las sabanas tropicales. En esas ocasiones me gusta saberme un cervatillo para tu olfato de sedienta leona. Eso es lo que anhelo. Pero también he comprobado que te gusta mimetizarte y hacerme creer que desapareciste de mi campo de visión; yo sé que estás por ahí, confundida en el paisaje, pero lo único que veo es la blancura del papel o la sequedad de mis ideas. Me parece que ese es uno de tus juegos predilectos: el de embaucarme con tus silencios y tu piel manchada. Te diviertes viéndome dar tumbos e ir de un lado a otro en pos de algún indicio o huella de tu caminar invisible. Ahora yo me parezco al torpe cazador que no sabe seguir un rastro de baba o que le son incomprensibles los vestigios que tus pies de gacela han dejado entre las piedras o el sinuoso viajar de una corriente de agua. Muy en tu interior te sonríes de mi torpeza para oliscar el aire y adivinar tu recorrido. Como el olfato me es esquivo, puedes andar desnuda y sudorosa, en plena libertad. Creo que si no fuera por tu compasión me dejarías divagar en esta selva de cosas no dichas y mundos impensados. No obstante, y ese es también parte de tu hechizo, cuando me ves agotado y desorientado, empiezas a hacerte visible o le das a mi inteligencia las luces suficientes para ver tus pies de animal escurridizo en medio de la penumbra. He dicho inteligencia, pero lo que exiges a toda prueba es imaginación. Si no convoco a esas fuerzas hechas de rizomas y raíces múltiples, si me obstino en ver las cosas como son y no como podrían ser, lo más seguro es que vuelva a enceguecerme en tu búsqueda. Es la imaginación el lente o el filtro que permite develar tu forma intermitente, tu presencia ambigua y resbaladiza. De igual modo sé que reclamas, antes de hacerte tangible, que yo haga libaciones o que pronuncie las oraciones a la diosa de la memoria. Sin esas plegarias mis ruegos quedarían en el vagabundeo. Precisamente, ahora, cuando te invoco una vez más, a la par que rezo, acompaño esas palabras con la ventura del ritmo: “¡Oh, tú, diosa benigna, diosa de los creadores, deja que tus voces infinitas resuenen en mis oídos; convierte el pasado en un canto interminable y haz que cada nombre tenga la dureza del mármol. Oh, tú diosa de bondad, diosa del pulso firme, dale la llave a mi mente para que en todo laberinto de palabras encuentre la salida y pueda descifrar los mensajes escondidos en la oscuridad del silencio…” Así que, protegido por esa oración a Mnemosine, ya percibo la levedad en mis manos y evidencio un puente entre mi cerebro y mis dedos. Y apareces en todo tu esplendor. Veo tus saltos y tu fugacidad. Hasta puedo percatarme de tus escarceos y gambetas. Mi cuerpo va a tu encuentro. Ya no me siento cazador ni presa. Te reconozco compañera de viaje, cómplice de empresas fantásticas, brazo solidario en medio de la soledad. Dentro de mí reina la felicidad o una alegría inexplicable. Tú lo sabes porque aumentas los platos en la mesa y me ofreces nuevas bebidas, deleitosas, exóticas, embriagadoras. Y yo me veo como un sibarita apurando cada licor y degustando cada bocado de alimento. Ya no sé qué tomar primero o cuál es el alimento más sabroso. Tus ojos de compañera se dedican a mirarme por atrás de mis pensamientos; por momentos te confundo con mis ojos. Tu cercanía es tanta que ya no puedo verte afuera; eres parte de mí, me habitas. ¡Escritura!