Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte

«Tarde de domingo en la isla de la Grande Jatte» de Georges Seurat.

                                                                                                                                                                                            Para Lucila Herrera

Todo comenzó con el homenaje que le hicieron a Nicolás. Era una idea de Alberto. Yo llegué a su casa con un ejemplar de aquella revista. Quería sorprender a “Colacho”.

Como siempre, me recibió con un gesto cordial y fraterno. Después del consabido abrazo pasamos a su caverna majestuosa. Se acomodó en su sillón preferido y como quien se dispone a un rito, se preparó para la tertulia. Esa noche de domingo no estaban ni Abelardo, ni Jorge. Solo él y yo.

—Mira lo que acaban de publicar, y tú eres el tema central de la revista.

Nicolás recibió de mis manos la publicación. La hojeó y se detuvo por unos momentos en una de las páginas centrales.

—Lo que hacen los amigos por uno —dijo para sí.

—Ya era justo ese reconocimiento —me apresuré a contestarle.

—Algunos homenajes nos enorgullecen y otros son pábulo para nuestra vergüenza.

Vi a Nicolás realmente interesado en la revista.

—Por fin la gente va a conocer tus aforismos.

—Ya sabes que no son aforismos. Me contento con que sean notas o escolios…

—Sin embargo, en su esencia, tienen la misma estructura: gran concisión en las ideas y una prosa cincelada.

—Pero yo pienso que son simplemente alusiones, comentarios a variados temas y asuntos que he leído.

—Sí, pero tú mismo has escrito que “sólo la alusión evoca presencias concretas”.

Nicolás me devolvió la revista y se centró en mis gestos.

—Son escritos sobre trivialidades, Hernando, trivialidades.

“Colacho” me miraba con atención. Apoyado en su bastón esperaba a que el silencio creara una escenografía para nuestras palabras.

—No estoy de acuerdo contigo. Yo creo que tus escolios son escritura concentrada.

—Concéntrica…

Ahora fui yo el que me detuve en los zapatos brillantes y el vestido impecable de mi amigo.

—Yo creo que tu escritura es filuda, y hay en esos concentrados de palabras tanto de sutileza como de ironía.

—Si algo he pretendido hacer es convertirme en un artesano de las palabras.

—De eso doy fe. Sé que tus escritos son el resultado de infinidad de correcciones. Que esos ojos cansados son una prueba de tus constantes tachaduras.

—“Solo es posible pulir las piedras duras y las almas recias”.

La respuesta de “Colacho” salió tan espontánea que por un momento no supe si era una frase casual o uno de sus textos ya publicados.

—Sabes, Hernando, llevo más de 25 años leyendo y pensando. Un cuarto de siglo puliendo y puliendo mis ideas. Mi aspiración es que “cada palabra estalle como una compacta carga de sentido”.

—Tus ideas son como acostumbras tener la punta de tus lápices, siempre afiladas.

—En eso estamos de acuerdo —corroboró Nicolás—: “el escritor que no ha torturados sus frases tortura al lector”.

Los amigos de Nicolás sabemos de su facilidad para el sarcasmo y el humor ágil y cortante. Así que, cuando se habla con él,  hay que tener la mente despierta.

—“Pacho” nos dijo la otra vez que cuando lee tus escolios siente que cada uno es como un “dardo en la conciencia”.

—Es que “Pacho” ha sido conmigo muy benigno. Hay almas como la suya que logran opacar los múltiples defectos de alguien para que realcen unas pocas virtudes.

Todos los amigos de Nicolás, que no somos muchos, consideramos que él es un ser excepcional. Analítico, agudo, lúcido. Un ejemplo vivo de los últimos intelectuales del mundo occidental.

—La verdad es que tú, Hernando, me has regalado, además de tu amistad, el ver en mi prosa aciertos y logros inmerecidos.

—Pero es verdad. Tú sabes que no es un elogio sin fundamento…

—¿Y cómo sigues de tu ojo? —me interrumpió Nicolás.

Esa era una manera elegante de “Colacho” para pasar a otro tema o evitar la entrada en un disenso infinito.

—Bien. Tú sabes que con la edad, uno va llenándose de prótesis y quejumbres.

A Nicolás le pareció divertida mi afirmación. Sonrió y súbitamente se levantó a buscar un libro en aquel  santuario de su biblioteca.

Vi a Nicolás ir hacia la esquina de la sala. Era, en verdad, muy alto. Después volvió a acomodarse en su trono de cuero.

—Este es un autor que tú y yo queremos —afirmó— mostrándome la portada del libro.

—¡La Bruyère! —dijimos al unísono.

Al tiempo que buscaba la frase que le interesaba, Nicolás empezó a confesar sus gustos literarios.

—Este libro lo he leído y releído que casi adivino lo que viene en la página siguiente.

—No hay duda de ello.

Aunque el texto que había buscado estaba escrito en francés, el prefirió al leerme los textos, hacer la traducción del original.

—Mira este que tengo subrayado —me advirtió—, antes de leerlo con su voz solemne:

—“Si la vida es miserable, resulta penosa soportarla; si es dichosa, es horrible perderla. En ambos casos es lo mismo”.

O este otro —continuó diciendo Nicolás— que es una miniatura de perfección:

—“La modestia es al mérito lo que las sombras a las figuras de un cuadro: les da fuerza y relieve”.

Hay un aforismo de La Bruyère que me ha parecido excepcional. A lo mejor coincidimos —dije en un momento en que “Colacho” guardó silencio, mientras buscaba otra cita.

Nicolás levantó los ojos y me observó expectante. Ese tipo de retos era de los que más le fascinaban a su afortunada memoria.

—¿Cuál?—preguntó.

—“La gloria de ciertos hombres es escribir bien, y de otros, no escribir en absoluto”.

—Ah, sí —replicó Nicolás, casi de manera inmediata. Luego repitió:

—“La gloria y el mérito de ciertos hombres es escribir bien, y de otros, no escribir en absoluto”.

Al corregir mi frase, Nicolás mostraba su profundo conocimiento del autor y, además, el tacto para rectificar a sus amigos.

Largo tiempo estuvimos conversando y trayendo a la memoria las frases cinceladas de La Bruyère. Acordamos que un autor de máximas debería tener el mismo espíritu de él: ser un crítico incisivo de su época. “Colacho” insistió en que un aforista, según esta escuela, necesitaba ser un profundo observador de las pasiones y las costumbres de la gente.

—Tú dices que no escribes aforismos pero te has nutrido de grandes aforistas.

—Es probable. Las mayores influencias son aquellas que uno mismo desconoce.

Ahora fui yo el que sentí una alegría al tener en mis manos la posibilidad de enrumbar este juego de preferencias literarias.

—Chamfort, ¿te gusta? —le pregunté.

—“Celebridad: la ventaja de ser conocido por quienes no te conocen”.

—¿Y la Rochefoucauld?

Nicolás se mantenía echado hacia atrás en su silla, como un patriarca embelesado en sus recuerdos.

—“Los vicios entran en la composición de las virtudes como los venenos en la composición de los remedios”.

Para no quedarme atrás hablé de mi preferencia por Lichtenberg, aquel alemán que hacía aforismos tan bellos como fea era su figura:

—“El primer paso a la sabiduría: criticarlo todo; el último, soportarlo todo”.

“Colacho” dejó su postura hierática y, como tantas veces lo hacía, puso en alto relieve una idea aparentemente secundaria:

—Hay un aforismo de Lichtenberg que me parece un consejo para la prosa sentenciosa. Yo lo he analizado con atención y esmero.

El contrapunto cambió de ángulo. Mis sentidos estaban en alerta:

—“Si la agudeza es un lente de aumento, el ingenio lo es de la disminución”.

Y sin que le hubiera preguntado, “Colacho” mismo me respondió el porqué de su preferencia por ese aforismo:

—La perspicacia nos ayuda a descubrir en el débil sus fortalezas, y el humor a ver en la grandeza sus debilidades.

La charla se centró enseguida en los mecanismos usados por estos escritores al elaborar sus pequeños textos. Nicolás dijo que las paradojas y los contrastes hacían notar realidades inadvertidas. Yo agregué que la ironía ayudaba a que las personas cayeran en la cuenta de cosas que por su torpeza o vanagloria dejaban pasar por alto. También llegamos al acuerdo de que los autores de aforismos tenían desarrollado un pensamiento relacional, poético, ya que con sus imágenes y metáforas revelaban lo que los conceptos apenas podían enunciar.

—Y todos sin excepción —dije con tono lapidario— se sienten sinceramente preocupados por el uso cuidadoso y preciso de cada palabra. De allí que se sientan obligados a corregir una y otra vez los términos y el tono de sus frases.

—Ya lo decía Joubert: “no hay corrección sino corrigiendo” —remató Nicolás, imitando la entonación de mi voz.

La presencia de Emilia interrumpió nuestro diálogo. Venía con dos tazas de café en una bandeja de plata. Mientras tomábamos el tinto la esposa de Nicolás nos acompañó. Hablamos de nuestros hijos, de su salud y de otros asuntos de la vida nacional. Apenas terminamos la bebida, se despidió de mí y, con absoluta discreción, nos dejó solos en esa tertulia dominical. Ya eran como las diez de la noche.

—Sabes que no hemos hablado suficientemente de Joubert, un autor cuya prosa me parece digna de emulación —comentó Nicolás, volviendo a retomar el tema.

—Ah, sí… el que andaba obsesionado por meter todo un libro en una página…

—Y toda una página en una frase, y esa frase en una palabra…

—Recuerdo ahora un aforismo que bien pudiera formar parte de mi poética puntillista –afirmó Nicolás con picardía.

—“No es mi frase la que pulo, sino mi idea. Me detengo hasta que la gota de luz que he menester se haya formado y caiga de mi pluma”.

Aproveché el apunte de “Colacho” para buscar la respuesta a una inquietud que desde hacía tiempo tenía sobre su estilo.

—A propósito, yo sigo sin entender por qué dices que tu prosa es de un estilo puntillista.

—Porque es necesario alejarse a cierta distancia para entender mejor lo que deseo comunicar. Sin ese alejamiento no se verán sino manchas de palabras.

—Ese distanciamiento es tanto como la reflexión necesaria sobre cada pequeño texto…

Nicolás asintió con la cabeza.

—Yo trato de escribir con ideas puras; es decir, busco reducir a su esencia los temas. Me interesa alcanzar “la máxima densidad verbal sólo con palabras simples”.

—Y es la inteligencia del lector la que puede completar o ver la figura oculta —interrumpí— Y por eso tu prosa es fragmentaria.

—Así parece —respondió “Colacho”, retomando la influencia de Joubert. 

—Otro pensamiento que me gusta citar de él es aquél que dice: “lo que es verdadero a la luz de la lámpara no siempre lo es a la luz del sol”.

Cuando Nicolás dejaba suelta la esclusa de su prodigiosa memoria era un festín de erudición. Él lo sabía y, aunque gozaba trayendo citas y autores diversos, de pronto paraba de hablar y se ponía en la actitud de quien espera una participación de su contertulio.

—Siglos antes de Baudelaire, ya Joubert había presentido la poesía moderna —dije­—. Luego corroboré mi argumento: “los buenos versos son aquellos que se exhalan como sonidos o perfumes”.

Nicolás se sintió aliviado por mi participación. Mi comentario le sirvió para levantarse y volver a tomar en sus manos la revista que le había llevado. Revisó otra vez los diversos artículos y se detuvo en mi contribución de dos páginas.

—Gracias de nuevo, por tus palabras en esta publicación. Me encantó el título que le diste.

—Me hubiera gustado hacer mucho más. Lo que sucedió es que Alberto me pidió sobre el tiempo esa nota.

“Colacho” cerró la revista y observó la contraportada. Repasó mentalmente cada una de las personas reseñadas en el sumario.

—Ahora que mis escritos se han publicado, espero no haber incurrido en algo que señalé en uno de mis escolios

—¿En qué?

—En no haber proferido trivialidades pomposamente.

—Yo creo que será todo lo contrario ­—respondí enfático—. Tus escritos serán una escuela del pensar y una lección permanente de la escritura pacientemente tallada.

—Ay, Hernando, “todo defecto es amable si es defecto de quien amamos”.

Dado que ya iba a ser la medianoche decidimos poner punto final a nuestra conversación. Aunque tratándose de Nicolás toda tertulia termina en puntos suspensivos. “Colacho” me acompañó hasta la puerta de su casa. Traspasé el enrejado de la mansión y caminé unos pasos hacia el norte en busca de mi automóvil. Un viento frío me hizo cerrar hasta el cuello la solapa de mi abrigo. En mi memoria seguía reverberando un escolio que cuando lo leí, de inmediato lo volví parte de mis principios literarios: “escribir bien consiste en describir una curva mediante el menor número de tangentes”.