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«La soberbia», según el grabador holandés Jacob Matham.

El espejo en el que se mira el soberbio es cóncavo y convexo a la vez: aumenta los rasgos propios y minimiza los ajenos. En cualquier caso, es un efecto de deformación de la imagen.

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Existe una falsa y rebuscada humildad que se parece mucho a la soberbia.

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Aunque la gente atribuye la soberbia a un efecto de la visión, lo cierto es que parece más una dolencia del oído. El soberbio no escucha a los demás. Sufre de hipoacusia social.

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Es fácil que el exceso de conocimiento lleve a la soberbia. Sin embargo, sólo el reconocimiento de lo mucho que se ignora es lo que conduce a la sabiduría.

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El soberbio sufre de una envidia congénita: los demás siempre son vistos como una amenaza, de allí que sea el descrédito y la murmuración la forma predilecta de relacionarse con sus semejantes.

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La soberbia colectiva a veces es franca indolencia o genuina indiferencia.

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Luzbel no sintió envidia de Dios sino de los hombres. No soportaba que hubiera otras criaturas tan bellas como él. Su caída es un símbolo de la negación a la confraternidad.

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Los vistosos ojos de las plumas del pavo real no miran a nadie. Las exhibiciones de vanidad son los ojos fijos de la soberbia.

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Observa por un tiempo a determinada persona y fíjate si tiene por costumbre criticar a los colegas o si usa frecuentemente más la primera persona que el plural. Mira también si da muestras de constante ingratitud. Si estas cosas hace,  y, si además, anda vociferando frases de continuo resentimiento por alguien, lo más seguro es que hallaste a un soberbio.

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Al soberbio le cuesta mucho comunicarse con los demás: es caprichoso y de rabietas permanentes. En este sentido, su nivel emocional permanece en el estado de egocentrismo de los niños.

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Esta es la paradoja del soberbio: no soporta la humillación en carne propia pero le gusta infligirla en los demás. Sufre con lo mismo que goza.

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Soberbia: exceso que refleja una exigüidad.

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¿Cuál es la mejor manera de combatir a un soberbio? La risa. El humor es el mejor disolvente de la vanidad y la vanagloria.

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Al soberbio le cuesta aceptar que pueda aprender de otro. Su espíritu siente que recibir cualquier instrucción es un acto de sometimiento. El soberbio, sin saberlo, padece un severo complejo de inferioridad.

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A Luzbel le gusta ofrecer seducciones envenenadas a los ingenuos y crédulos. El rumor es la manzana tentadora de la soberbia.

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La soberbia es buena si hace que nuestro orgullo enfrente con altivez las dificultades; es un defecto, si convierte nuestra autoestima en vanidad.

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Envanecerse es estar ahuecado o elevado. La soberbia es como tener demasiado aire en el cuerpo. Ínfulas, es eso: suponer que cualquier cinta de trapo en la cabeza es una corona.

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El humilde, a diferencia del soberbio, no es altanero porque ha comprobado en carne propia que la pobreza obliga a la modestia. En la sencillez encuentra el humilde su mayor alabanza.

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Al sentirse por encima, como indica la etimología, el soberbio anda en las nubes. Pero, de igual modo, la naturaleza enseña que no hay ascenso sin precipitaciones.

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De todos los sinónimos empleados para identificar la soberbia, tales como ufanía, jactancia o inmodestia, hay uno que es el más ilustrativo: hinchazón. El soberbio padece el aumento del tamaño de su yo por una causa patológica.

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La soberbia es el envés de la intolerancia.

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Por ser el soberbio un ser insuflado de vanidad, de vez en cuando hay que usar el alfiler de la verdad para bajarle los humos.

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La juventud y ciertas mujeres de excesiva belleza son soberbias porque confunden los dones del presente con una posesión para la eternidad.

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Témele a las alabanzas del soberbio: esos elogios son siempre una proyección de sus más íntimos deseos.

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El soberbio cree saberse perfecto. De allí que no pueda ver sino manchas e imperfecciones en sus congéneres.

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El exceso de poder, de belleza, de saber o de dinero, incita a la soberbia a mostrar su traje ostentoso. Sin embargo, bien valdría la pena gritarle al soberbio lo mismo que dijo el niño del cuento de Andersen al ver el traje nuevo del emperador: “¡Pero si está desnudo!”.