Ilustración de Javier Jaén

«Afinar». Ilustración de Javier Jaén.

Los lectores críticos son hijos de Descartes: dudan. Y los mejores, dudan metódicamente.

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Siendo fieles a la etimología, el lector crítico separa, diferencia, discrimina. Un lector crítico es un experto en el uso del colador, los filtros y los cedazos.

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Los lectores críticos experimentados conocen que el sentido literal es la pista falsa que deja el significado después de tramar un texto.

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Los lectores críticos exhuman sentidos implícitos, tácitos, enterrados. Algo tienen, entonces, de arqueólogos o de antropólogos forenses.

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El lector crítico asume los textos con brío e intensidad extrema. Pregunta, hace conjeturas, busca relaciones aquí y allá. Es decir, disfruta a plenitud el hiperactivismo del significado.

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El lector crítico debe tener, como Jano, dos caras: una para ver el texto y, otra, para entrever los contextos.

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El lector crítico visitó al oráculo, y éste, ante la pregunta de aquél sobre cuál era la clave para desentrañar un texto, le contestó: “Profundiza… profundiza”.

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Los lectores críticos, que conservan en su alma algo del espíritu infantil, saben que los textos siempre dejan migas de pan a lo largo de sus páginas, pero escondidas entre la hojarasca de palabras. La moraleja es obvia: leer críticamente es descubrir el camino oculto a partir de unas pocas moronas de significado.

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Cuando un texto es llevado al tribunal de la lectura crítica, el lector pregunta como un fiscal acusador: “¿Tiene respaldo para esas aseveraciones?”, “¿no hay intereses personales que sesguen sus planteamientos?”, “¿qué tan válidos y fiables son sus testigos?”

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El lector crítico es un paleógrafo de palimpsestos: raspa el sentido literal de la superficie de los textos para encontrar el sentido encubierto debajo de esa escritura.

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La pericia de un lector crítico depende del grueso de los agujeros que use para cernir la información.

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Los medios masivos de información –tan plegados hoy a los intereses económicos– hacen montajes cotidianos de la realidad. La tarea del lector crítico, en consecuencia, es recuperar aquellas escenas inéditas que fueron censuradas u omitidas por el editor. Mostrar ese “detrás de cámaras” es lo propio de la lectura crítica.

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El lector crítico tiene mucho de eremita, porque se aparta de la opinión de la masa; y también de profeta, ya que sus anuncios riñen con la credibilidad de la mayoría.

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El lector crítico no busca los textos para obtener algunas respuestas, sino para hacerles bastantes preguntas.

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Una persona, cuando somete su tradición a la lectura crítica, cambia al menos su forma de pensar; si son varias, constituyen un movimiento renovador: y si son demasiadas, transforman radicalmente una sociedad.

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¿Por qué el poder teme tanto a los lectores críticos? Porque ellos pueden propagar la clarividencia en un mundo cegado por el conformismo y la credulidad.

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Aunque el lector crítico centra su atención en un texto, su mirada abarca otras páginas adjuntas. Los libros retomados por un lector crítico desdoblan sus hojas para enlazarse con otros textos.

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En el mundo de la velocidad y la inmediatez poco interés suscita la lectura crítica. Este tipo de lectura, como la concebía Nietzsche, es para espíritus rumiantes.

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El trabajo de un lector crítico es un oficio artesanal de muchísimo cuidado: separar por capas sucesivas, depurar por destilación, separar por peso y tamaño, entretejer hilillos sueltos.

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Puede que no sean muchos los títulos académicos de un lector crítico; es posible que sus conocimientos no sean los más eruditos; pero una cosa sí debe saber bien: las leyes de la lógica.

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El humor sigue siendo la forma más sutil de la lectura crítica. Es tan fino el escalpelo del humorismo que apenas sentimos sus heridas.

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Lector crítico: eterno insatisfecho del sentido común.

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Lo que la publicidad proclama como necesidad, el lector crítico lo considera un ardid de comerciante.

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Los lectores críticos conocen que debajo de cada palabra de un escrito se proyectan las creencias del autor. En esta perspectiva, son las sombras del significado el objetivo de su develamiento.

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“Nada está suelto”, dice el lector crítico; “todo está relacionado”, vuelve y exclama, mientras busca entre la maraña de palabras lazos de semejanza o hebras de filiación. “Todo texto es un tejido”, repite, continuando con su tarea de hilandero de significados.

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Algunos lectores críticos infieren que para llegar a la esencia de los textos hay que bucear entre corrientes encontradas o excavar en los yacimientos subterráneos del contenido.

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Relectura: estrategia irremplazable de los lectores críticos.

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Lector crítico chef: el que coge grumos de información, por lo general apelmazados, los pasa por el cedazo del análisis, con el fin de eliminar impurezas y quedarse con la esencia de un mensaje.

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Los lectores críticos tienen un ojo de águila y otro de pescado. Con el primero detectan los detalles; con el segundo, perciben el paisaje en su conjunto. Esta especial bifocalidad es la que los convierte en sagaces escudriñadores de los textos.

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De todas las letras del abecedario de los lectores críticos, cinco son las más importantes: la S de “sospechar”; la A de “analizar”, la C de “contextualizar”, la D de “deducir” y la T de “tomar conciencia”.