Teseo y el Minotauro Antoine-Louis Barye

«Teseo y el Minotauro» de Antoine-Louis Barye.

Decía Joseph Campbell que “lo que aprendemos en nuestras escuelas no es la sabiduría de la vida. Aprendemos tecnologías, recibimos información. Entre el profesorado existe hoy una inquietante negativa a enseñar a los alumnos los valores de la vida relacionados con las asignaturas”. Este señalamiento de Campbell es de suma importancia para nosotros los educadores. Porque no basta hoy con transmitir los contenidos propios de las asignaturas; necesitamos dotarlos de algo más: relacionar esos conocimientos con la experiencia de los que aprenden, pintarlos con esa pátina vinculante e incluyente. Y los mitos pueden ser una estrategia poderosa para los maestros en tanto aportan, como afirmaba Campbell: “sabiduría sobre la vida”; y además, es admisible que sirvan de ejemplo, de ilustración y guía para los más jóvenes o los más inexpertos. Precisamente Campbell mencionaba que de las cuatro funciones que tenía el mito, a saber: la función mística, la dimensión cosmológica, la dimensión sociológica y la dimensión pedagógica, esta última era la más prioritaria para nuestro tiempo. Una función centrada en “enseñar cómo vivir una vida humana bajo cualquier circunstancia”. En esta perspectiva, los relatos de los mitos sirven de jugosa referencia para ese largo aprendizaje que es todo proceso de desarrollo humano y, en esa medida, son favorables para propiciar una educación más orientada hacia la sabiduría que hacía el conocimiento. Una educación preocupada por suscitar eventos claves de formación y no sólo saturar de información a los estudiantes.

De allí por qué, como escribió Karl Kerényi, los maestros y maestras necesitamos “tener oído para la mitología” y, para ello –antes que nada–, debemos sumergirnos en ella. Ir a ese profundo mar del mito, ese mar que es el reino de las zonas profundas de lo humano. Tenemos que permitirnos aceptar explicaciones que no son necesariamente racionalistas; hay que dejar un espacio en nuestro corazón para el misterio, para la trascendencia o, si se prefiere, para lo sagrado. Hecho ese viaje hacia el mito que, por supuesto, es también revelación de nosotros mismos, entonces sí podemos compartir esas riquezas o esos tesoros con nuestros alumnos. Vuelvo a Kerényi: La mitología es una “meditación profunda que nos conduce al núcleo vivo de nuestra esencia total”. Entonces, no es sólo el esqueleto de un relato lo que se testimonia en los mitos, sino la carne viva de una experiencia humana.

Hay que insistir en ello: un mito es más que un relato. Lo que en verdad hace el mito es abrirnos nuevas dimensiones de lo real, ampliarnos el espectro de nuestra existencia, mostrarnos lugares inéditos de nuestra personalidad. El mito hace más dúctil nuestra mente, más liviana nuestra condición finita; más amplio el espacio de nuestro pecho; y al producir en nosotros –y especialmente en los más pequeños– esas transformaciones, nos prepara para aquello que no podemos ver pero que podemos presentir y, sobre todo, nos capacita para entrar en relación con esas otras dimensiones alcanzables solamente a partir de lo mágico o lo milagroso. El mito aporta, parafraseando a Ítalo Calvino, nuevos niveles de realidad al mundo conocido.

Claro está que esa fascinación de los mitos proviene también de la forma como se nos manifiestan: a partir de narraciones. El relato del mito congrega al oyente o al lector. Lo hace partícipe de las peripecias del héroe o de los ambientes en donde se desarrolla la historia. En este sentido, el mito liga de manera sugestiva la emoción y el afecto, las pasiones y los sentimientos. Hay en la narración mítica abundancia de preguntas y dilemas, de encuentros y conflictos, de búsqueda permanente y de asombro ante lo desconocido. El relato del mito retoma como motivos todos esos asuntos con los que tiene que habérselas cualquier ser humano en el trasegar de su vida: encontrar el amor, enfrentar un miedo, sortear una dificultad, atreverse a llevar a feliz término una meta. Además, el relato mítico está cifrado en símbolos; y los símbolos, lo sabemos, vinculan lo diurno y lo nocturno de nuestra personalidad. Esos símbolos, que son la carne, los huesos y los nervios del mito, ayudan a enriquecer los avatares propios de lo particular con la memoria de lo colectivo. Como puede verse, no es un conocimiento meramente intelectual, sino una sabiduría encarnada. Allí hay una cantera de posibilidades  formativas para los educadores.

Y otro asunto muy valioso para un educador: el mito potencia y desarrolla la imaginación. Los recursos narrativos que usa para relatarse, los motivos y argumentos de que se vale, la plasticidad de las imágenes que emplea, pueden ―de alguna manera― darle extensión y maleabilidad al pensamiento de nuestros estudiantes. El mito amplía los horizontes tanto de lo que consideramos verdadero como de eso otro que llamamos lo posible. El mito expande las fronteras de lo creíble y, en esa perspectiva, abre un espacio para la ensoñación, la utopía o, siendo categóricos, nos habilita para la ficción más plena.

Volvamos al inicio, acompañados por la voz sabia de Mircea Eliade: “el mito es siempre un precedente y un ejemplo no sólo de las acciones del hombre, sino también de las relaciones con su propia condición”. En tanto precedente ya es en potencia un educar mediado por el relato; ya es un modo de enseñar, abierto a la libre interpretación de quien lo lee o lo escucha. El mito, al situarse como ejemplo, abre una gama riquísima de posibilidades para que las nuevas generaciones empalmen la tradición con el porvenir; y esa función ejemplarizante es la que imprime dinamismo a la herencia cultural, la misma que facilita la apropiación de determinados valores y el despliegue portentoso de nuestro fabular. No cabe duda: los mitos merecen toda la atención de los formadores porque además de ser un modo de educar entretenido y cercano a la experiencia, van troquelando zonas profundas de la conciencia humana definitivas al momento de enfrentar la vida. Esa sabiduría consustancial a los mitos es la que no podemos perder de vista, especialmente en estas épocas en donde todo parece carecer de sentido.

Bibliografía mínima

Joseph Campbell en diálogo con Bill Moyers, El poder del mito, Emecé, Buenos Aires, 1999.

C.J. Jung y Karl Kerényi, Introducción a la esencia de la mitología. El mito del niño divino y los misterios eleusinos, Siruela, Madrid, 2003.

Mircea Eliade, Mito y realidad, Guadarrama, Barcelona, 1981.

Jospeh Campbell, Los mitos. Su impacto en el mundo actual, Kairós, Barcelona, 2001.

Lluís Duch, Mito, interpretación y cultura. Aproximación a la logomítica, Herder, Barcelona, 1998.

G. S. Kirk, El mito. Su significado y funciones en la Antigüedad y otras culturas, Paidós, Barcelona, 1985.

(De mi libro: La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 271-271).