Eso sí era aluminio

“Eso sí era aluminio. Contramarcado. No producía herrumbre, ni nada”.

Algunos objetos guardados y queridos por mi madre, especialmente de la cocina, me han hecho volver a pensar en el significado de las cosas y de cuán honda resulta su relación con las personas. Los párrafos que siguen son un intento por darle extensión y nombre a ese vínculo.

Un primer aspecto de los objetos es su relación profunda con quien los usa. En las cosas se ven las marcas o la impronta de nuestro gusto, de nuestro carácter, de un “estilo” particular. Ellas adquieren, por decirlo así, la señal de un temperamento o de una forma de ser. Y aunque haya objetos semejantes en el mercado, cada uno de ellos va adquiriendo los rasgos de quien lo posee. Bien sea por su protección o su abandono, bien por el maltrato o el cuidado, los objetos reciben de su poseedor una seña de identidad.

En este mismo sentido, los objetos se convierten en una extensión de las personas. Son la prolongación de una forma de vivir o de una manera de pensar. Ellos hacen las veces de emisarios de un individuo; representan, en cierto sentido, la imagen de una personalidad. Bien sea por el costo, el diseño, la marca, el color o cualquier otro rasgo físico, los objetos logran ser emisarios de seres humanos que tienen o desean tener dichas características. En algunos casos, basta saber que determinados objetos están en un lugar para inferir la presencia de un individuo; son las evidencias mudas de un ausente.

De allí que conservar determinados objetos sea tan importante; por eso también, al cambiar de domicilio, trasteamos esas cosas con nosotros, como si fueran miembros insensibles de nuestra familia. Los llevamos como otra parentela que reclama un lugar, un espacio para cumplir su servicio u ofrecer su presencia estética. Desde luego, esto es así porque esas cosas están untadas de afectividad, de recuerdos, de memoria. Yo conservo, por ejemplo, la navaja con que mi padre me cortó el ombligo cuando nací; y también mi Cartilla Charry en la que aprendí mis primeras letras. Aunque pueden parecer objetos nada costosos económicamente hablando, sí son demasiado valiosos en mi capital personal. Perderlos sería como dejar mutilada una parte de mi propia historia.

La barbera

«De usted, hijo, no pueden decir que fue cortado con la misma tijera».

Es evidente: los objetos tienen una carga simbólica tanto más fuerte cuanto comportan zonas de nuestra sensibilidad, de nuestro mundo emocional. Es esa dimensión afectiva la que cubre a los objetos de una pátina especial, de un sentido “sagrado” que les da el toque diferenciador o adquirir otra fisonomía que bien pudiéramos llamar, siguiendo a Walter Benjamín, un “aura”. Un halo destellante que convierte a la más humilde artesanía en una reliquia de valor incalculable. Mi madre guarda, como un tesoro, la pequeña olleta de aluminio en la que me hacía mis primeros teteros, y conserva intacto el último sombrero Barbisio que usó mi padre, envuelto en una bolsa plástica. La fuerza simbólica de esas cosas está asociada a un relato que las justifica y las enaltece. Tocar esos objetos es, al mismo tiempo, despertar la memoria de quien los conserva. La evocación, entonces, es el brillo de las cosas, lo que las convierte en objetos “fulgurantes”, “únicos”, “invaluables”.

Aunque resulte una obviedad, los objetos se van desgastando como las personas. El polvo, la intemperie, la humedad, el óxido, todo eso corroe su naturaleza, su esencia. Hay polillas y comején, hay herrumbre y pérdida del barniz. El tiempo asedia las cosas hasta volverlas polvo o hacerlas inservibles. El abandono, el descuido, la muerte misma, llevan las cosas al deterioro, la fractura, el destrozo o la desmorona total. Ellas, como los mismos hombres, están expuestas a las vicisitudes de quienes las poseen o sometidas a los accidentes inherentes a la materia. Son afectados por el entorno y por la más peligrosa de todas las herrumbres: el olvido. Pero aun así, y basta mirar lo que sucede con las ruinas o con los anticuarios, los objetos se resisten a sucumbir cabalmente al paso de los siglos. Recuperan o resucitan, mostrando orgullosos esas heridas, enaltecidos de su pérdida de lustre. Los objetos, al convertirse en antigüedades, ofrecen salidas al inexorable corroer de las horas y los días.

Habría que señalar que los objetos industrializados del mundo de hoy, a diferencia de los hechos en décadas anteriores, están hechos para desaparecer, para durar muy poco. Son cosas con fecha de vencimiento próximo. Pareciera que el mensaje subyacente es que no debemos apegarnos a ellas, que están hechas para servir de manera limitada y, después, deben engrosar el basto muladar o el cementerio de las cosas inservibles o pasadas de moda. Por eso, los materiales con que están elaboradas son de baja calidad, deleznables, de consistencia endeble o abiertamente desechables. Su esencia es pasajera y su objetivo satisfacer las necesidades inmediatas. Se parecen mucho a la época a la que pertenecen: encantada por la novedad, efímera, desdeñosa de las tradiciones y las costumbres, empeñada por lo homogéneo y seriado. 

Cierro estas reflexiones sobre los objetos recordando cómo ellos constituyen o hacen parte de la cultura. Son creación, elaboración de la mano y la inteligencia del hombre. Son tan humildes como complejos en su estructura o su diseño; tienen infinidad de usos y responden a las variadas necesidades de los seres humanos a lo largo de su historia. Prestan sus favores a distintos oficios y profesiones; ofrecen bienestar, ayudan a la sobrevivencia, potencian la innovación, multiplican las interrelaciones entre los hombres y los pueblos, permiten una experiencia estética. Muchos de esos objetos los vamos desgastando con el uso, otros nos sirven durante nuestra travesía vital y otros más lograrán pervivirnos. Varios de ellos quedarán como legado y unos más andarán nómadas, de cuarto en cuarto, perdidos de la mano que los cuidó a lo largo de una existencia.