Homero Manzi

Homero Manzi: «el poeta de las cosas que fueron».

 

LOCUTOR A: Hoy, con el ritmo del bandoneón, del fuelle, el olor a barrio, las caras pintorreteadas de minas y palastrunes, con el brillo de lunas y el humo y el calor particular de las noches del viejo Buenos Aires, vamos a acercarnos a la figura del poeta Homero Manzi.

LOCUTOR B: Homero Nicolás Manzioni, el poeta de las cosas que fueron, según lo definió Enrique Santos Discépolo.

LOCUTOR A: Manzi, nacido en 1907 en Añatuya, un primero de noviembre; sexto de ocho hijos, estudiante de derecho, profesor de secundaria; adaptador y guionista cinematográfico y, sobre todo, uno de los mayores poetas populares de la Argentina. Popular por su amor al terruño, por su lucha por lo tradicional, por su pasión por lo argentino, por su nostalgia al Buenos Aires de ayer.

LOCUTOR B: Influenciado por Evaristo Carriego –el mismo Carriego a quien Borges dedicó un estudio memorable– y José González Castillo, apoyado por la excepcional calidad de músicos como Aníbal Troilo, Sebastián Piana, Hugo Gutiérrez y Lucio Demare y lleno de las lunas garcialorcanas, Homero Manzi logró captar en sus obras el sentir y el pensar del hombre de Buenos Aires durante veinte años, de las décadas de 1930 a 1940.

LOCUTOR A: Pero, además, fiel a la poesía emocionada, de cuño cotidiano y de contenido social, Manzi enalteció una serie de personajes suburbanos como el viejo ciego, el organillero, la solterona, el mayoral del tranvía, el payador, el cochero, el marinero sin puerto donde anclar, o la cancionista del bulín: Malena.

LOCUTOR B: Y desde un tono descriptivo Manzi también se detuvo en los objetos del barrial, en el terraplén, en el farol, en la taza de café, en el pucho de cigarro, en la mesa y los espejos, en las calles y el tren. Todas estas cosas fueron enaltecidas por Manzi, convirtiéndolas en verdaderos poemas y no en simples letras de tangos o milongas.

LOCUTOR A: Homero Manzi, Cadícamo y Discépolo, melancolía del tango lento que acompaña la soledad; paisaje inspirado en los arrabales, hecho con la angustia del pasar del tiempo. Tango canción o pensamiento triste que se puede bailar.

 

LOCUTOR B: “Paisaje”, el vals que acabamos de escuchar, con música de Sebastián Piana, interpretado por la orquesta de Pedro Laurenz y cantado por Alberto Podesta, nos ubica de lleno en el mundo poético de Homero Manzi. “Paisaje” nos sitúa en una constante suya: el pasado o, lo que es lo mismo, el dolor de abril.

LOCUTOR A: Para Homero Manzi la vida verdadera es un paisaje lejano, colgado al frente del retrato de la amada –un retrato que por lo demás ella se ha llevado–. La vida verdadera es, o mejor fue, un paisaje con marco dorado –bella manera de decir un pasado heroico– y con tono otoñal; es decir, de la vida que entra en la vejez. La vida verdadera para Manzi es un paisaje perdido entre el tono velado, gris y brumoso del olvido, un paisaje que angustia y, ante el cual, no cabe más que llorar con la lluvia de abril, recordando los buenos años. Para Manzi el pasado es la primavera que se opone lastimosamente al otoño del pinar.

LOCUTOR B: De ahí la importancia de la memoria o del recuerdo para Homero Manzi. “La vida no pasa de ser un costalado de recuerdos”, dice Ernesto Arango, el malevo de Aire de tango de Manuel Mejía Vallejo. El olvido no existe para Manzi, no existe olvido para el tango. El olvido es una mala trampa del amor. Las cosas, los amores, no se van de uno; ellos, como recuerdo, lo bañan a uno en su orín, contagiándonos ese “ir buscando a ciegas olvido adentro”.

LOCUTOR A: Manzi creía en esa metafísica del tango, en ese empuñar en el aire cosas que se fueron. Manzi repetía con Gardel “te acordás hermanos qué tiempos aquellos…” y evocaba a Jorge Manrique para decirnos que, allá, en un tiempo remoto, tan remoto como nuestros años “cualquier tiempo pasado fue mejor”. José Gobello escribe que esta idealización del pasado, esta nostalgia, este retornar al dolor, es una actitud romántica. Y agrega: “si el tango es sentimental por esencia, forzosamente tiene que ser romántico porque lo romántico es, precisamente, la propensión a lo sentimental”.

LOCUTOR B: Desde luego, el romanticismo del tango brota del choque brutal con la realidad y no de la abstracción de la misma. Es la vida de carne y hueso, de sexo y puñal, la que se pone como costal de recuerdos; por eso mismo, la vida hay que sufrirla, para que se nos quede íntegra en la memoria, porque de otra manera la olvidaríamos y, sin recuerdos, no hay verdadera vida.

LOCUTOR A: Y hay otro vals, “Desde el alma”, con música de Rosita Melo y con letra de Homero Manzi y Víctor Piuma Vélez, que refleja perfectamente lo dicho hasta ahora: Manzi es un alma que se niega a olvidar, un alma que llora lo perdido y llama lo que murió. Homero Manzi o el deseo de volver a la antigua ilusión, Francisco Canaro, su orquesta, y la voz de Nelly Omar.

 

LOCUTOR B: Para Homero Manzi, el pasado –la “triste ceniza del recuerdo” – es “nada más que ceniza, nada más”; por eso la palabra “adiós” posee tanta importancia para él. “Adiós es el misterio que siembra el tren”. Adiós es el instante definitivo, es el momento en que se divide en dos la historia de un hombre: adiós es la forma como el tiempo nos muestra su rostro. Entonces, ante la angustia y el dolor de la pérdida o la ausencia, Manzi propone una salida al corazón: eternizar los recuerdos, aunque sea “triste vivir en ellos”, aunque “cause tanto escuchar ese rumor”. El adiós, por lo mismo, se vuelve definitorio y, gracias a ese recurso, Manzi logra definir y aclarar el presente. El adiós es el amor que pasó por ser cobarde, y vive eternamente sólo entre sueños.

LOCUTOR A: Desde este punto de vista, el adiós se asocia irremediablemente con la mujer. “Las sombras son tus ojos, las flores son tu piel, me siguen los recuerdos, me duele tanto ayer”, dice el tango. Los recuerdos de la mujer son una ausencia que se alarga y que tiene gusto a fruta amarga, a castigo y soledad. La mujer, para Manzi, es un punto de referencia en el tiempo; cierto, pero distante. En otras palabras, la amada es un retrato que no se cuelga en el muro, es una voz de sombra, es una pena de bandoneón. La mujer, para Manzi, tiene ojos oscuros como el olvido y tiene labios apretados como el rencor. Lo que cuenta de la mujer es la herida de su traición o las cartas con promesa de amor eterno; por eso el tango habla de hombres solos y es para hombres solitarios.

LOCUTOR B: La amada, que deberíamos llamar mina, la querida del lunfardo, la percanta o la paica, se asemeja al barrio; o mejor, ella forma parte de él. Todo barrio por lo mismo es un romance. Un romance que ya pasó. El barrio es luna y misterio, callejas lejanas, viejos amigos y, por supuesto, es también Juana –la rubia–, la que tanto se amó o enseñó a amar. El barrio, el pedazo de barrio con sus noches, es la otra piedra de toque de la poesía de Homero Manzi. Barrio que, como las otras cosas que venimos anotando, es visto desde el recuerdo.

LOCUTOR A: Al barrio se lo evoca porque al regresar a él ya no están las cosas donde estaban, ya no están los amigos donde siempre bebían… “¿Dónde está mi barrio, mi cuna maleva, dónde la guarida, refugio de ayer? … El asfalto de una manotada ha borrado la vieja barriada que nos vio nacer”. Cuando se vuelve al barrio, cuando se quiere ir del presente al pasado, nos hallamos con que él ha sido destruido o remodelado y su calor y colorido ya no nos pertenece. Manzi recoge en sus poemas, según afirma Juan José Sebreli, la nostalgia del que retorna y recuerda, en medio de la fiesta en que ahora vive el barrio de la infancia, el antiguo patio del conventillo, aquella vieja casa de vecindad o de inquilinato.

LOCUTOR B: Escuchemos, entonces, a Roberto Goyeneche, interpretando “Barrio de tango”, música de Aníbal Troilo y letra de Homero Manzi.

 

LOCUTOR A: El barrio en Manzi es el dolor de no saber olvidar, es una elegía. Y, hablando de esta suma de mujer y barrio, corroídos y conservados por la sal del recuerdo, hay un poema canción compuesto en 1948 por Manzi y Aníbal Troilo: “Sur”. En esta composición Manzi retrata la amargura del sueño que murió, al decir de José Gobello.

LOCUTOR B: “Sur” puede parecer reaccionario, desde el punto de vista social, ya que en él se prefiere la esquina del herrero a la esquina del taller de mecánica; ya que en él se opta por el barro y la pampa en lugar de la urbanización. Sin embargo, “Sur” podría interpretarse mejor como una vuelta amarga al barrio Nueva Pompeya en 1922 o 1932, cuando era una suma de lagunales rellenos con tierra, cuando el farolito plateando el barrio iluminaba un organito que molía un tango, según escribe González Castillo.

LOCUTOR A: Y Manzi –nos reitera José Gobello– no canta únicamente al barrio, canta a su alma, canta a sus emociones; se canta a sí mismo.  No canta a Nueva Pompeya, sino a su juventud que transcurrió en ese barrio. Pompeya es el decorado de la historia; el protagonista, Manzi. O parafraseando a Borges, el barrio crea a Manzi y es recreado por él.

LOCUTOR B: Oigamos a Eduardo Rivero interpretando “Sur”, ese tango de Aníbal Troilo y Homero Manzi; un tango que de alguna manera evoca al “Barrio pobre” de Jiménez y Belvedere, el barrio reliquia del pasado, el barrio que esconde en sus portones el amor… Barrio arena que la vida se llevó.

 

LOCUTOR A: Hemos dicho que para Homero Manzi todo retorna al recuerdo, todo se abisma en el pasado o, si se quiere, que los recuerdos persiguen al pasado. Hemos dicho también que la mujer en Manzi se asemeja al sueño más querido y, por ser así, es el sueño que más nos hiere, el que nos duele más. De otra parte, hemos anotado que la nostalgia por el barrio viejo, con su último organito, hace de la poesía de Manzi una criatura abandonada que cruza de pronto el barro de algún callejón. Digamos algo ahora sobre la manera como Homero Manzi construye sus poemas.

LOCUTOR B: Manzi es un maestro de la metáfora y lo es, precisamente, por cumplir a cabalidad la petición de Lautréamont, aquella de poner en comunión las realidades más distantes. Manzi reúne en un solo verso lo más orillero con lo más celeste, lo más arrabalero con los más cristalino. Manzi aproxima lo insólito creando a su paso versos como “la lluvia sutil que llora el tiempo” o “sobre el mármol helado, migas de medialuna” o “la sombra que es más fuerte que la muerte” o aquel otro, poéticamente lunfardo: “el trago de licor que obliga a recordar si el alma está en orsái”.

LOCUTOR A: Manzi vincula, por ejemplo, las cartas de la amada con las palomas, pero asociándolas en el huir del campanario. Manzi escribe: “hecho pedazos se nos muere en los brazos… el ayer”; habla de los “pasos apagados”, del “destino de percal” o de “la angustia de novia ausente” o de “los sapos redoblando en la laguna”. Manzi construye versos únicos, dada la súbita carga de las palabras encontradas: “en aquella noche larga maduró la fruta amarga de esta enorme soledad”.

LOCUTOR B: Y aunque no faltó quien le asignara el propósito de intelectualizar el tango y le reprocharan el tono garcialorcano de sus versos, Manzi, según opinión de José Gobello, logró desasirse de la realidad sobrevolando las cosas y descubriendo entre ellas relaciones ocultas y sutiles. Luego, tomó su costal y cargando en él sombras y recuerdos entonó tangos y milongas: “yuyos amargos de arrabal, pieles oscuras, voces de sangre”.

LOCUTOR A: Enumeraciones y descripciones precisas hicieron de Homero Manzi el poeta genuino y espontáneo del Buenos Aires de 1940. Un poeta que no quiso escribir meramente en lunfardo porque sabía que por más que se escondan las penas salen sin llamarlas, cumplidas como el sol y la muerte. Precisamente, sobre este exilio voluntario en la manera de escribir, Manzi en un poema titulado “Treinta años”, firmado en noviembre de 1937, le decía a su mujer:

“Volví a la convivencia de la barriada burda

Dejé perder la gloria de mi destino grande

Tomé la calle angosta y le canté a la luna

Y la gente del barrio se detuvo a escucharme”.

 

LOCUTOR B: De otra parte, sabemos que Homero Manzi aguardaba su muerte. Dicen que el tango es un entrenamiento para la muerte, y ésta le llegó un 3 de mayo de 1951. Tenía entonces 44 años el poeta de Añatuya. En el sanatorio donde esperaba la muerte Manzi escribió varios poemas, entre otros “Discepolín”, dictada por teléfono a Aníbal Troilo y convertido luego en un tango sin par. Y, además, escribió otro poema magistral, premonitorio si se prefiere. Manzi lo tituló “Definiciones para esperar mi muerte”. Este poema resume perfectamente lo que fue el poeta y su mundo. Retomando las palabras de Manuel Mejía Vallejo, este poema cierra el recorrido de un hombre de tango, de esa clase de hombres que comprenden que sólo hace falta morir para haber vivido una vida completa.

 

LOCUTOR A: Hasta aquí este homenaje a Homero Manzi, al poeta de las cosas que fueron. Manzi, un poeta que conocía el sabor de las palabras, su campo de sonidos; un compositor que al pensar de Osvaldo Rossler, realzó el suburbio e ideó nuevas criaturas para el tango.

MURMULLAR BIBLIOGRÁFICO

Fernando Assuncao: El tango y sus circunstancias (1820-1920), Buenos Aires: Emecé editores, 1974.

Horario Ferrer: El libro del tango, Buenos Aires: editorial Galerna, 1977.

José Gobello: Conversando tangos, Buenos Aires: A. Peña Lillo editor, 1976.

Manuel Mejía Vallejo: Aire de tango, Bogotá: Plaza & Janés, 1979.

Osvaldo Rossler: Buenos Aires dos por cuatro, Buenos Aires: Editorial Losada, 1967.

Juan José Sebreli: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación, Buenos Aires: Siglo XX, 1979.