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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2018

Profesor, anímese a escribir y publicar

25 sábado Ago 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Conferencias, INVESTIGACIÓN, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Aad Goudappel

Ilustración de Aad Goudappel.

Las ideas que siguen, además de referir un proceso personal con la escritura, quieren ser un estímulo para colegas docentes que desean publicar sus primeros textos, están en mora de consolidar su primer libro o se mantienen temerosos de entrar en relación con la producción escrita.

Aunque el tono sea autobiográfico, estas ideas están respaldadas por varias investigaciones sobre la escritura académica y un rastreo bibliográfico de muchos años. No son, pues, ideales utópicos, sino consejos salidos de la propia experiencia como autor y como editor independiente.

  1. INCORPORE EL HÁBITO DE ESCRIBIR

Una razón generalizada de la baja producción escrita de profesionales y educadores tiene que ver con el poco trato con la palabra escrita. Se escribe de manera esporádica y, en la mayoría de los casos, por una demanda externa o por una obligación institucional. No se cuenta con un hábito de escritura. Y al no tener “lubricada” esta herramienta, lo más seguro es la desidia o una multiplicada dificultad para estructurar un texto o atender las necesarias correcciones de un editor. Olvidamos que para lograr la destreza de escribir es necesario adquirir el hábito. Imponernos la disciplina de dedicar a un proyecto, a un ensayo, a un artículo, por lo menos dos horas todos los días.

  1. VINCULE LA DOCENCIA CON LA ESCRITURA

En buena parte de nuestras funciones en la universidad disociamos o no vinculamos dichas tareas. Investigamos una cosa, dictamos clases sobre otra y, si publicamos, lo hacemos sobre una temática diferente. Considero que si vinculamos, por ejemplo, la docencia con nuestra producción intelectual, seguramente encontraremos una vía propicia para aglutinar muchos de nuestros intereses. Pero, además, las tareas que pongamos, las investigaciones que dirijamos deberían no perder ese eje de nuestro interés. Resulta de igual modo provechoso convertir nuestros apuntes de clase en pequeños textos o en ensayos que sirvan de motivo para textos de mayor desarrollo.

  1. CUALIFIQUE LAS HERRAMIENTAS PARA ESCRIBIR

Proveerse de una buena caja de herramientas para escribir es fundamental. Como todo arte, la escritura demanda unos útiles específicos que le son idóneos y mediante los cuales logra cualificarse. Desde los diccionarios de dudas e incorrecciones del idioma, pasando por los diccionarios etimológicos o de uso del español, hasta los diccionarios ideológicos, contribuyen a afinar nuestra prosa o sacarnos de un impasse lingüístico que parece imposible de sortear. Los tesauros sobre determinado campo de conocimiento o un buen diccionario razonado de sinónimos son de gran ayuda cuando necesitamos precisar un concepto o darle variedad lexical a nuestros escritos.

  1. EMPIECE A PUBLICAR EN REVISTAS

Sin lugar a dudas, un primer escenario para hacer pública nuestras producciones son las revistas. Al enviar nuestros textos, ya sean de revisión bibliográfica o resultado de investigaciones, empezamos a reconocer lo particular de esas tipologías textuales, los requerimientos de cada publicación y a vivir la experiencia de ser leídos por pares de nuestro campo. Lanzarnos a publicar en revistas es una buena escuela para reconocernos y sopesar la calidad de nuestros escritos. Sobra decir que es clave ir encontrando esas publicaciones alineadas con nuestros intereses o esas otras en las que de manera estratégica deseamos participar. Y si hay tenacidad y apoyo, crear una revista. 

  1. PARTICIPE CON PONENCIAS EN EVENTOS

Otra excelente oportunidad para foguear nuestras producciones escritas es participar en foros, seminarios, encuentros o coloquios académicos. Vivir la experiencia de que nuestra ponencia sea aceptada y luego entrar en diálogo en paneles o mesas de trabajo con colegas sobre lo que hemos presentado es una fragua para ver la calidad de nuestros textos. Además de mantenernos actualizados es una ocasión para fortalecer las redes, los grupos de interés sobre determinada temática. Esta parece ser una buena recomendación para caldearnos en la escritura: al menos cada semestre escribir y presentar una ponencia en los variados eventos nacionales o internacionales.

  1. HALLE UN “NICHO” INTELECTUAL

No es recomendable la dispersión académica si queremos consolidar algún proyecto de escritura. Lo aconsejable es hallar esos “nichos” intelectuales hacia los que convergen muchas de nuestras actividades o que imantan nuestros estudios y nuestras investigaciones. Sólo profundizando en ese tópico es como lograremos “decir algo medianamente original” o hacer algún aporte con nuestra producción académica. Este eje, por lo demás, va proveyendo cierta seguridad o confianza al escribir porque otorga un dominio disciplinar y un aval bibliográfico que crea un escenario de respaldo a nuestra propia voz. El “nicho” hace que siempre tengamos un proyecto de escritura en curso.

  1. COMPILE LA PRODUCCIÓN DISPERSA

Por ser la escritura un oficio artesanal, los libros voluminosos no salen de un momento a otro. Más bien son el resultado de años de trabajo en los cuales sus partes van sufriendo un proceso de maduración, selección y reorganización. En este sentido, el libro empieza en la compilación, en agrupaciones temáticas, en tejer una red de relaciones que conviertan las partes heterogéneas en una unidad con significado autónomo. El libro se va haciendo pedazo a pedazo, capítulo a capítulo. Por eso es importante revisar si lo que tenemos disperso puede ir tomando la forma de libro; o si lo que hemos ido haciendo de manera discontinua deja indicios para convertirse en una obra.

  1. TENGA EN MENTE UN PROYECTO EDITORIAL

Cuando en verdad se tiene un vínculo con la escritura, siempre hay un proyecto editorial en curso, un libro en ciernes. A veces ese proyecto es de largo aliento y requiere muchos años para lograr terminarlo; en otros casos, el producto en cuestión puede necesitar semanas o meses. Pero lo importante, es que las demandas del quehacer cotidiano no desdibujen o posterguen interminablemente una meta de escritura.  Entonces, para no sucumbir a la inclemente lógica de lo urgente hay que concebir un plan, unas fechas, un itinerario de posibles avances. Aquí habría que dar un consejo esencial, sobre todo para los que hasta ahora se lanzan a este propósito: no se trata de tener el tiempo ideal para dedicarse de lleno a escribir, sino de ir poco a poco, hora tras hora, avanzando en dicho objetivo. Y cuando ya se logre finiquitar una obra, durante ese proceso hay que ir recolectando las semillas del nuevo libro.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA

  • Fernando Vásquez Rodríguez, Escritores en su tinta. Consejos y técnicas de los escritores expertos, Kimpres, Bogotá, 2008.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Pregúntele al ensayista, Kimpres, Bogotá, 2007.
  • Fernando Vásquez Rodríguez, Las claves del ensayo, Kimpres, Bogotá, 2016.
  • Fernando Burgos (editor), Los escritores y la creación en Hispanoamérica, Castalia, Madrid, 2004.
  • Daniel Cassany, Describir el escribir, Paidós, Barcelona, 1989.
  • María Teresa Serafini, Cómo se escribe, Paidós, Barcelona, 1994.

A ver, señora enfermedad, la escucho…

20 lunes Ago 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Cuidado de sí, Enfermedad, Escucha activa

Ilustración de Isidro R. Esquivel

Ilustración de Isidro Antonio Reyes Esquivel.

A ver, señora enfermedad, ¿qué es lo que desea decirme con su carraspera en mi garganta por más de un mes? ¿Por qué esa insistencia suya en negarme la voz o hincharme la laringe hasta el punto de dolerme pasar los alimentos? ¿Cuál es su tarea al querer impacientarme u obligarme a resguardarme del viento o de las calles que me encanta caminar? Dígame, sincérese conmigo, no tenga escrúpulos en contarme por qué se ha instalado en mi voz, poniendo como una larva tóxica el germen del silencio. No tema confesarme sus intenciones o, si eso le parece demasiado descarnado para sus propósitos, por lo menos deme un adelanto de sus más inmediatas aspiraciones. Porque, para hablarle en confianza, si es para enseñarme el valor de saber callar eso ya lo vengo haciendo desde hace años, cuando me impuse el cuidado de la palabra; o si su intento es que aprenda a no guardarme las cosas, a no tragarme lo que me molesta o me indigna, pues he de decirle que tal lección la he convertido en estandarte de mis relaciones interpersonales: ni aún en situaciones difíciles o adversas he optado por asumir actitudes maquiavélicas o que falsifiquen lo que soy. Y donde voy o participo procuro, con prudencia, no ser un agachado en mis principios ni un servil de designios ajenos. Entonces, señora enfermedad, creo que por ahí no está su verdadera presencia en mi laringe. ¿O es que el haberse instalado ahí, atenazándome las cuerdas vocales, es para prohibirme hablar en público y no tener la alegría de ser maestro? Si es eso. Le confieso que usted es un ser inclemente, nada compasivo. Porque eso sí es tocar el corazón de una pasión que me colma y llena mi espíritu de servicio. Pero, me pregunto, ¿para qué prohibirme a mis alumnos, a mi grupo de aprendices? ¿Será para anunciarme una de las posibles consecuencias de ya no estar en la universidad? No obstante, y usted me conoce, siempre hallaré recursos y espacios para seguir mi labor de maestro; eso es algo que está en mi sangre y que me acompañará hasta el final de mis días. Aunque debo manifestarle, que eso de condenarme al asilo en mi propia casa y no poder reencontrarme con mis estudiantes al inicio de este semestre, fue una afrenta demasiado dolorosa. En todo caso, tampoco creo que usted, señora enfermedad, se haya instalado en mi garganta por eso. Sabe que llegué a pensar que su intención era prohibirme hablar, compartir, dialogar; una actividad que disfruto y valoro en gran medida. Quitarme, por decirlo así, el trato frente a frente con los amigos y los seres que amo y aprecio tener cerca. Tal vez ahí usted supuso mal, porque ellos han estado cuidándome, a pesar de mi mutismo o mi limitado lenguaje de señas. Además, hay comunicaciones hondas, íntimas, que son supremamente efectivas para compartir esencias, vínculos profundos. Por eso, tampoco considero que ese sea su propósito mayor. ¿O será que ese inquilinato suyo –porque confío que pronto desaloje esa habitación de mi cuerpo– es más bien una forma de ponerme en trance para descubrir los beneficios de la paciencia? ¿Será que su larga permanencia apunta a demoler al hombre de acción y hacerle descubrir la lenta disposición de aquello que no obedece a su voluntad? ¿Es esa, señora enfermedad, su misión? Dígame. ¿Es la paciencia lo que está por detrás del ardor y la hinchazón de mi laringe? ¿Procede usted así, de manera indirecta? Es decir, ¿aunque aparece en un lugar físico lo que anhela es educarme en un espacio psicológico? ¿Así es su modo de proceder? Porque si esa es su meta, debo compartirle que ese sí se ha sido un duro aprendizaje, una lección abiertamente enfocada a demoler un bastión de mi carácter. Reconozco y acepto mi impaciencia cuando las cosas no obedecen a las riendas de mis intenciones. Me desespero, me desacomodo, y la ansiedad se me irriga como un virus letal. Si ese fue su móvil, ha sido una experiencia dura como la piedra. Lo que no sé, es si usted, señora enfermedad, quiere llevar ese aprendizaje hasta los límites cercanos al estoicismo o al temple de los anacoretas del desierto. ¿Me puede al menos decir si ese es su fin más secreto? De ser así, déjeme expresarle mis agradecimientos… Acepto que debo aumentar el umbral de mi calma, ampliar en mi espíritu el cultivo del padecimiento y descubrir el don de la imperturbabilidad. Sé que no será fácil, aunque la lectura del libro de Job y el testimonio vivo de mi madre, pueden ser ejemplos de primer orden… ¿Es ese su único propósito? ¿O hay otro objetivo de esos nada fácil de confesar? ¿Será que anhela que yo, hombre cumplido y celoso de mis compromisos, descubra el sentido de postergar o renunciar? ¿Es esa otra de sus intenciones? Hábleme, explíqueme. Si ese es su cometido, este es otro asunto que hiere un aspecto vital de mi ser. Seguramente usted conoce que soy un hombre de proyectos, de tareas asumidas con gran responsabilidad. Hay una disciplina y compromiso que impregnan muchas cosas de mi vida. Entonces, si su finalidad es formarme en esta dimensión del dimitir, del desistir, del prescindir o el dejar, pues tendré que reorganizar la agenda interior y replantear otra manera más gratuita e incierta de enfrentar mi existencia. ¿Eso quiere, señora enfermedad? ¿Anhela mostrarme los beneficios del desapego? ¿Es usted heredera de alguna tradición budista? ¿O es que quiere irme preparando desde estos sesenta y tres años para otros desapegos que va trayendo la vejez? ¿De eso se trata? ¿Quiere darme usted una clase de cómo empezar a vivir esa última etapa del ciclo vital? ¿O todo esto que le he dicho es una mera exageración, producto de mis dolencias y de las noches en que no he podido dormir? Ayúdeme a entender. ¿Puede comunicarme sus genuinos deseos? Créame, señora enfermedad, que tengo toda mi atención puesta en sus revelaciones. Soy solo oídos…

La escritura como terapia

12 domingo Ago 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ilustración de Aad Goudappel.

La escritura es una herramienta poderosa para el reconocimiento. A través de ella, mediante sus signos –que operan como espejos– podemos ir dentro de nosotros, indagar en nuestro interior, bucear en zonas poco frecuentadas. Este papel de la escritura hace parte del cuidado de sí y, durante mucho tiempo, fue un recurso de hombres sabios. Pero, ¿cuál es la manera de alcanzar tal cometido?, ¿cómo logra la escritura este efecto en nuestra persona?

El procedimiento es, en apariencia, sencillo: la escritura permite objetivar el pensamiento, volverlo cosa visible, palpable. Así que, al escribir podemos darle fisonomía a lo inmaterial de nuestras ideas, al evanescente fluir de nuestra conciencia. Ya detenido y hecho cosa observable, nos queda fácil identificar lo que de otra manera seguiría difuso o inasible. Al volver sobre lo escrito tenemos la oportunidad de reconocer, valorar, enjuiciar, sopesar lo allí expresado. La escritura, entonces, sirve de traductor al lenguaje cifrado de nuestro interior. Esos signos hacen las veces de intérpretes a esas zonas incógnitas de nuestro psiquismo.

Esta mediación estratégica de la escritura es la más usada por las llamadas terapias narrativas. Cuando el interesado o afectado escribe una carta o hace su autobiografía, por ejemplo, lo que busca con ello es hallar reiteraciones, vacíos, adjetivaciones particulares, saltos o continuidades en su propia historia. Como se sabe, vivimos en un presente instantáneo en el cual es difícil apreciar el recorrido o el itinerario de una existencia. Pero, al apreciar lo vivido en las líneas de la escritura, logramos comprender los intersticios, las constancias; esos hitos significativos o los cambios de rumbo en el mapa de una vida. La escritura da extensión a lo vivido como casual o momentáneo. Por eso estas terapias hablan de que mediante estos ejercicios la persona logra hallar un sentido a su vida, tejer las coordenadas para ubicar el origen de un miedo, un trauma o una dolencia en el alma. Al hallar ese horizonte será más fácil aceptar un defecto, un vicio, una culpa y, en consecuencia, poder iniciar un proceso de cura o sanación interior.

En esta misma perspectiva resulta muy útil la escritura para revelar el rostro de nuestros miedos más profundos. Al escribir nombramos lo que a solas y en silencio no nos atrevemos a pronunciar. Poner en grafías lo que tememos o nos fractura el espíritu es un poderoso antídoto contra aquellos monstruos acrecentados por nuestras angustias y ansiedades. Escribir sobre lo que tememos es poder darle fisonomía a lo que nos paraliza; es tener la oportunidad de enfrentar “cara a cara” lo desconocido o sin forma definida. La escritura apuntala, define, delimita, otorga rasgos y señales a todas esas criaturas que amenazan nuestra tranquilidad o que, por muchas razones, nos negamos a aceptar como parte de nuestros haberes personales. Podría decirse que la escritura nos ayuda a reconciliarnos con esos otros rostros que también somos, pero que negamos o eludimos o queremos condenarlos a un exilio anónimo y secreto.

De igual manera, la escritura permite desahogar, vaciar o expresar estados emocionales molestos o tóxicos. Opera como un proceso de catarsis, de purgación, de limpieza espiritual. En este caso, escribir obedece más a las lógicas de la escritura automática de los surrealistas o de los flujos de conciencia de la novela moderna. No hay cortapisas ni prescriptivas; la idea es dejar salir lo que nos acucia o nos duele adentro; darle total apertura a la escritura para gritar o reclamar, imprecar o maldecir; abrir las esclusas del alma para que vocifere, se queje, así sea en forma desorganizada o con las reiteraciones de un lamento. Escribir de esta forma es contribuir al desahogo, a usar otro tipo de lágrimas para purificar el corazón atormentado. Lo fundamental en estas ocasiones es olvidarse por completo de la corrección idiomática o de las normas gramaticales, y sintonizar con las urgencias de nuestros afectos, sentimientos y pasiones. Escribir, en consecuencia, es un medio de liberación, de exorcismo o de desbloqueo a todo aquello que atenaza, constriñe u obstruye el espíritu.

Hay en buena parte de estos usos de la escritura como terapia una apuesta por conferirle a las marcas de esas grafías el portar huellas de nuestro inconsciente. Es decir, el escribir da indicios de otra dimensión de nuestro ser, no siempre legible por nuestra razón. A través de los signos de la escritura podemos, como detectives, hilar las pistas de una identidad, la laberíntica construcción de una forma de ser, actuar y pensar. De allí que, cuando escribimos, comunicamos mucho más de lo que creemos; también expresamos –como si fuera un aserrín– cosas diversas y contradictorias, asuntos que si logran tejerse adecuadamente, pueden entrever o revelar una parte esencial de nosotros. Y aunque no se detecte o se ubique cabalmente su significado, lo cierto es que con el tiempo o con el suficiente autoexamen lograrán darnos un mapa bastante cercano del territorio que somos.

Por todo lo dicho, es aconsejable de vez en vez empuñar la escritura no tanto para crear mundos fantásticos o ficticios, sino para explorar en los mares hondos de nuestra interioridad. A lo mejor, escribiendo, tendremos la oportunidad de desentrañar nuestro iceberg personal y, al mismo tiempo, comprender la causa de esas dolencias que tanto pueblan nuestro espíritu de preocupación y sufrimiento.

Escuchar la enfermedad

05 domingo Ago 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ilustración de Kathia Recio

Ilustración de Kathia Recio.

Dicen los curanderos indígenas que, cuando tenemos una enfermedad, debemos escucharla, entender lo que nos anuncia o quiere manifestarnos. Y más tratándose de aquellas dolencias que se nos vuelven crónicas o que se niegan a dejar nuestro organismo. Escuchar la enfermedad, afirman estos chamanes, es una forma de ayudar a sanarnos.

Dicho consejo, que parece fácil de hacer, resulta bien difícil de cumplir cuando una enfermedad nos aqueja. Nuestro deseo más inmediato es procurar la mejoría en el menor tiempo posible. Anhelamos que nuestra salud vuelva a cierto estado de normalidad o semejante a como lo teníamos antes de aquella dolencia. Ese es nuestro afán: recuperarnos. De allí que busquemos con ansias al médico o facultativo que nos de la receta, el medicamento preciso para tales molestias. Después, cuando ingerimos o nos aplicamos los fármacos confiamos en que hagan su efecto lo más pronto posible. Pero, en determinados casos, las cosas no mejoran o la enfermedad persiste. Cuando esto acaece, la angustia se multiplica y a la desazón interior se suman la ruptura con la cotidianidad, la merma en el trabajo, el giro brusco de rumbo en nuestro mapa existencial.

Tal vez en estas situaciones es cuando empezamos a preguntarnos qué significa la dolencia que padecemos. ¿Cuál es su sentido? Desde luego, algunas de esas dolencias son el fruto del camino recorrido, de un acumulado vital que solo ante una enfermedad cobra su alcance. El paso de los años va trayendo el “desgaste” o la merma en diferentes partes de nuestro organismo. Las dolencias, entonces, lo que hacen es mostrarnos que ya no tenemos el mismo poder de recuperación y que los cuidados deben multiplicarse. La enfermedad porta en sus signos el mensaje de la fragilidad. Es como un anuncio de que para seguir en pie requerimos de prótesis o ayudas farmacológicas. Algo ya hace falta, algo hay que compensar, algo merece apoyo externo. El cuerpo ya no se basta a sí mismo. Lo sistémico de nuestro organismo padece una avería, un malestar, una interferencia, en algunos casos severa. Enfermarse, en consecuencia, es entender –a veces resistiéndonos– la esencia de nuestro ser físico, la fisonomía de su funcionamiento, el engranaje de sus partes.

Este punto es, precisamente, el debate entre dos enfoques de la medicina: uno que se esfuerza en atender la parte afectada, que se enfoca en una zona; y otra tendencia, que trata de ver la enfermedad en relación con la totalidad del organismo. La primera opción, poco mira el contexto o la historia personal del enfermo; la segunda, se esfuerza por detectar el tipo de sistema para, desde allí, comprender la particularidad. Las llamadas medicinas alternativas se basan en eso, en ver la enfermedad como parte de un sistema y en recuperar las funciones de la totalidad del organismo para que pueda sanarse integralmente. Estas dos formas de entender y practicar la medicina podían traslaparse a otros aspectos de nuestra vida: a veces, frente a un problema, solo nos centramos en un hecho, pero sin atender el conjunto de circunstancias que lo ocasionan. Perdemos el paisaje de nuestras acciones y nos quedamos anclados en algo eventual o circunstancial. Olvidamos –muchas veces con terquedad– que terminamos viviendo determinados eventos porque son el resultado de acciones u omisiones hechas a lo largo de nuestra historia. Y así parezcan inexplicables en el presente, son comprensibles si los miramos en el itinerario de una existencia.

Pero, volvamos a nuestro asunto. La enfermedad, decía, puede servirnos de motivo para autoanalizarnos o reconocernos: ¿qué tanto de nuestro tiempo, por ejemplo, dedicamos a nosotros mismos, a nuestro cuidado?, ¿a qué costo de nuestro bienestar mantenemos una labor o persistimos en una tarea?, ¿cuánto somos capaces de porfiar en asuntos estériles o carentes de salida?, ¿por qué perdemos de vista el sistema preventivo sobre nuestro cuerpo y nuestra alma?, ¿qué hemos aplazado, no dicho, guardado o mantenido como una herida abierta? Todos estos interrogantes pueden surgir a la par de nuestro obligado reposo. Porque esa parece ser la primera enseñanza de la enfermedad: reposar, estar en calma, obligar a la mente y al cuerpo a detenerse, a “elaborar” lo que a diario pasa sin ser asimilado o comprendido. En consecuencia, al devolvernos al lecho, a la actividad interior, las dolencias nos obligan a reflexionar, a ensimismarnos, a recuperar un tiempo para el discernimiento. Repasamos, reordenamos, ponemos en retrospectiva y prospectiva nuestro proyecto vital; hacemos balances, entrevemos errores, reestablecemos prioridades. Todo eso trae consigo el encierro obligado o las largas noches de vigilia.

Las enfermedades, en particular las que se vuelven crónicas, también traen consigo el aprendizaje de la paciencia. Nuestra voluntad o nuestro empeño no son suficientes para combatirlas; lo indicado es dejar que el cuerpo se vaya recuperando poco a poco, en un proceso en que la mente –siempre diligente y veloz– no alcanza a comprender. Aquí es la tortuga la que enseña a la liebre: ir despacio, descubrir mínimas mejoras, aceptar que muchos días parecen idénticos en cierto estado de salud, pero por debajo de lo evidente el cuerpo está reorganizando sus placas tectónicas, su funcionamiento maravilloso. No se lo puede forzar, apenas contribuir con algunos medicamentos. La paciencia, tan socorrida y promulgada por nuestros mayores, es una forma de pasividad activa, una disposición interior sujeta a otra dinámica diferente a la efectividad y la rapidez. Entonces, la enfermedad nos lleva a comportarnos desde las lógicas de la lentitud, a ponernos a tono con la pausada manera como el organismo procura mantener el equilibrio de la vida.

Sería necio afirmar que cuando estamos enfermos no ansiamos mejorar. Siempre existe la esperanza de volver a estar bien o, por lo menos, no con el mismo nivel de las dolencias que nos aquejan. Ese es nuestro deseo. O para decirlo de otra manera: ponemos nuestra esperanza en recuperar las fuerzas, el ritmo de nuestra cotidianidad. Ese posible es el que nos mantiene el espíritu más alto que nuestros achaques, el ánimo para persistir o seguir en un tratamiento o una terapia. La esperanza, como en tantas otras cosas, hace que nos levantemos entusiastas o con la alegría suficiente para nos resignarnos a estar tendidos en la cama o desalentados para no hacer nada. La esperanza es un fármaco del alma, una medicina que nos prodigamos nosotros mismos, para no flaquear y mantenernos resistentes, al igual que el árbol en una borrasca. Esta dimensión emocional de la esperanza, tan poco reparada en ocasiones por los médicos actuales, es la que mejor ayuda a mantener el equilibro cuando la desazón o la tristeza por los dolores físicos quieren postrarnos o derribar nuestro optimismo.

Escuchar lo que nos dice o susurra la enfermedad es, en suma, un ejercicio de conciencia, un antídoto contra el desasosiego y la angustia y una oportunidad para convertir nuestras flaquezas y quebrantos en parte constitutiva de nuestro ser. Más que un tiempo de negación y reproches, la enfermedad debe servirnos para reconciliarnos con nuestras debilidades y con la urgencia de estar necesitados de manos y brazos que nos cuiden.

Regalo de luz

29 domingo Jul 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Del diario

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Autobiografía, Imagen fundacional

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Un rayo de luz entra por el resquicio de la ventana. Esplendoroso. El sol ha querido esta mañana darme ese regalo. La luz ha seguido rauda, inmediata, por encima de mi cama, tocó la esquina de un armario de madera y fue a estrellarse contra una pared de cemento. Allí se quedó mirándome y se mantuvo maravillado, supongo, del brillo de mis ojos. Luego se alejó por donde vino, despacio, muy lentamente, dejando tras de sí una estela amarillenta. Me quedé un tiempo en el lecho contemplando la magia de la luz, la fuerza de la vida, el regalo astral de ese día. Después me puse de rodillas sobre el lecho, abrí una de las hojas de la ventana y miré hacia las montañas. Aún quedaban rezagos de neblina en la parte más honda de la serranía, pero los grandes árboles ya habían dispuesto sus ramas para el canto de los pájaros. Una algarabía maravillosa entró también a mi habitación; gorjeos, trinos, melodías, decoraron parte de las vigas y se miraron en un espejo que había sobre la mesa. El sonido hizo que mi corazón se pusiera a tono con mi mente. También las gallinas sintieron sobre sus plumas los rayos del sol y comenzaron a bajar de un guanábano que les servía de dormitorio. Los gallos fueron los únicos que prolongaron con su canto el mensaje del sol: su quiquiriquí repetido convirtió el mensaje previsto para los ojos en un anuncio para los oídos. Este es un misterio de estas aves de cresta roja: transforman los rayos de luz en ondas de sonido. Por eso son símbolos de resurrección, porque logran mudar la materia de las cosas. Por eso están encima de las torres y por eso son buen augurio en momentos en que los hombres andan a tientas en las noches de su espíritu. Quiquiriquí… Mis ojos fueron más lejos, delinearon las montañas de otra vereda, subieron hasta el cielo que esa mañana estaba azul, muy diáfano en su textura, y volvieron a bajar hasta un sembrado de maíz y tomaron, imaginariamente, el camino real hasta llegar a la casa de don Manuelito y, de allí, bajaron hasta la zanja del Peñón y de un salto entraron por la puerta donde yo estaba arrodillado. Mis ojos me vieron la espalda sin que me diera cuenta. Fue por unos segundos. Porque al sentir mis propios ojos mirándome me di cuenta enseguida que debía voltearme para no quedarme ciego. Ese reencuentro fue un choque de luz iridiscente. Me senté en el lecho y puse mis pies en el cemento frío. Debajo de la cama seguía la noche. Allí la luz no había querido entrar o de manera esquiva ignoró mis zapatos y unas chanclas tendidas sobre una piel de venado. Quizá los venados muertos son un antídoto contra la luz, vaya uno a saber. El frío del cemento me devolvió la conciencia de que estaba de vacaciones, en la casa de mi niñez. Así que, sin pensarlo dos veces, a pie limpio abrí la puerta y salí a recibir con todo el cuerpo la luz del sol, el trinar de los pájaros y el canto de los gallos. Pero fueron las manos de mi tía las que me recibieron con un saludo de bienvenida, de buenos días, de si durmió bien, de si descansó, todo eso aromatizado con un pocillo de café oloroso a viejos recuerdos y nombres maravillosos: Caracolí, La Guásima, La Peña, Aguas Claras, Lomalarga… Vi un asiento naranja y allí me ubiqué. Los perros, siempre innumerables, fueron a juntarse a mi lado, moviendo la cola o poniendo sus hocicos como una mano húmeda. El humo de la cocina dio una pequeña vuelta y vino a saludarme de manera rápida antes de que la brisa mañanera lo alejara de mi lado. El humo y la brisa siempre han tenido sus rencillas en estas tierras hermosas, en estos parajes donde transcurrió mi niñez. Mi infancia más querida. En todo caso, mientras estaba sentado volví a mirar hacia las montañas y vi las palmeras y los grandes peñascos y divisé, o quizá lo soñé, que iban subiendo varias recuas de mulas y dos hombres, con sombrero, las iban arriando con un sonido seco y potente: ¡mula!, ¡mula! Gritaban. Y las bestias avanzaban con su carga de piña, porque eran piñas las que llevaban, de eso me di cuenta de inmediato, porque aunque el camino real estaba distante, era tal el aroma de esas frutas, que embargaba todo el bosque. O fue porque en ese momento mi tía me acercaba en un plato dos rodajas de piña: ¡coma, mijo! Cómo huelen las piñas en la mañana, justo después de que una peinilla tres canales les quita su cáscara de ojos y las deja desnudas para que puedan servirse en rodajas, así limpias en su propio jugo… Las manos tomaron una de las rodajas de piña pero los ojos volvieron al camino real a ver si seguía la romería de mulas… Pero ya estaban llegando bien arriba de la Señora Josefina, y no quedaban sino el reguero de boñiga de las mulas y el aserrín de los gritos de aquellos arrieros venidos del fondo de las montañas… Ahora los pavos y las gallinas, los palomos, los marranos entraron al concierto de sonidos. Mi tía trató de conjurarlos llamándolos a desayunar: ¡tico, tico, tico…! , les entonaba, a la par que sacaba de una totuma manotadas de maíz, esparciendo ese alimento como si fuera una lluvia amarilla… Plumas, gruñidos, zumbidos, bullicio, todo eso se desataba a los pies de mi tía, que ese día, como otros tantos, tenía un vestido lleno de flores. Los pasos largos de mi tío hacía tiempo habían llegado de despertar el rocío de los potreros y ahora, después de ordeñar, le entregaba una totuma con leche espumosa a su mujer, que estaba dándole vida con sus manos a las arepas y los plátanos, a la carne frita y el chocolate caliente, en medio del crepitar de la leña y el incesante zureo de los palomos… ¡Qué maravilla observar esas escenas tan sencillas y, a la vez, tan pletóricas de fuerza vital, de plenitud campesina! Creo que me quedaba extasiado contemplando estos paisajes del amanecer largos minutos, tantas veces como días tenían mis vacaciones. Porque ir a Capira y ver amanecer era sentir de nuevo la vida renacer a manos llenas, porque era una forma de recibir la libertad en mi pecho y llenarme de una alegría capaz de convertir el encierro citadino en cosa baladí. Allí, en esos momentos, observando y escuchando de nuevo cómo se gestaba el génesis de la vida, yo me sentía, aunque todavía muy pequeño, un gigante, un héroe poseedor de esos misterios. Un ser dotado de leyendas, poseedor de un mito que aún hoy, después de más de 60 años, sigue intacto en mi mente y rebosante de luz en mi corazón. 

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