El suicidio de Ayax

«El suicidio de Ayax», ánfora decorada por Exekias.

Primera lectura:

(Traducción de José Vara Donado, ediciones Cátedra, Madrid, 1985).

 

Por la envidia, Ayax termina enloquecido de ira y, con esa locura en su mente, ataca a las reses, carneros y perros del rebaño de sus aliados. Los acuchilla con saña creyendo que son sus contrincantes. Toma parte de ese ganado y lo lleva preso a su tienda. Uno de esos rehenes, supone él, es Ulises, su gran rival. Pero cuando desaparece la ira, cuando recupera su lucidez, Ayax siente la vergüenza más terrible. Se siente deshonrado, fracasado en su honor y en su valentía. Todo el valor mostrado en sus anteriores hazañas parece una mascarada frente al acto cometido con las bestias. Consternado por este incidente toma la decisión de matarse. Prepara la espada y se lanza sobre ella. Ni su esposa, ni el corifeo, logran evitar este suicidio. O si lo presintieron llegaron tarde para evitarlo.  El final de la tragedia es un alegato sobre si deben enterrar o no a este hombre. Afortunadamente Ulises logra tomar partido en favor de la preparación para la sepultura de su antiguo rival. Por varias afirmaciones de Ayax, se nota que es soberbio o que confía más en su valentía que en el favor de los dioses. Ese puede ser uno de los motivos por los cuales Atenea lo enloquece, haciéndole creer que son hombres y no reses las que apuñala con tanto odio. También es probable, como acontece con la manera de operar el destino, que la prevención de no salir de la tienda de guerra, de quedarse ese día resguardado en ella, haya sido un mensaje tardío.

Segunda lectura:

(Traducción de Julio Pallí Bonet, RBA, edición cedida por B.S.A., 1995).

 

Ayax tiene un conflicto: él, que era uno de los más valientes, el que había mostrado arrojo y valor en la guerra, ahora, después de haber acabado con el ganado botín de los argivos, era indigno de ese pasado glorioso. Se sabe deshonrado por ese acto. ¿Qué valiente guerrero haría tal hecho? , ¿y cómo responderle a su padre, a su pueblo, a su familia?. ¿cómo explicarles esos actos demenciales en que, con tal saña, había degollado y abierto en tajo a bueyes y corderos? La vergüenza de sus pensamientos lo lleva a tomar una decisión: hará creer, a su esposa, que va a enterrar su lanza, que el valiente e insolente guerrero dejará para siempre los ardores de la batalla; pero no es así. Lo que en verdad hace es disponer de la mejor manera la espada de Héctor, aquel regalo de su enconado enemigo, para luego lanzarse contra ella. Ese será, hecho paradójico, su último acto de valentía. Lo que sigue después, la disputa entre sus allegados y los generales por darle o no sepultura, no es lo más importante. Ayax buscó salvar esa deshonra usando su propia vida. Él es el nuevo corderillo, la víctima para el sacrificio. Y si en un acto de locura o de posesión divina terminó matando el ganado de los argivos, ahora, será su cuerpo el que ofrece en sacrificio.

Tercera lectura:

(Traducción de José María Lucas de Dios, Alianza, Madrid, 2013).

 

Bien parece que el destino es inevitable, o que los dioses, cuando no se los atiende, urgen desgracias para los mortales. Por culpa de su soberbia o su altanería, Ayax va a ser castigado. Esa súbita locura, mezcla de odio, envidia y rabia, esa falta de reflexión sobre sus acciones, es la que lo lleva a degollar el ganado de los argivos. Por culpa de su altanería Ayax termina desbocándose asesinando no a hombres, como él creía, sino a bestias indefensas. Esa es su culpa. El precio por esta falta a los dioses, por esta afrenta, es el deshonor, el escarnio, la risa de sus enemigos. Al bajarlo de ese pedestal de héroe, de aguerrido y lanzado combatiente, y ponerlo en el lugar de alguien que asesina a mansalva y se aprovecha de los indefensos guardianes de ganado, Atenea consigue el mayor castigo para Ayax. Por eso él fragua un modo de subsanar dicha deshonra. El suicidio es la salida a ese señalamiento de cobardía: al menos para clavar su propia espada en el cuerpo, se necesita valor, mucho valor. Hasta puede pensarse que este último acto, que no es de piedad o de sumisión y acato a las divinidades, de aceptación pasiva del destino, corresponde al carácter inquebrantable de Ayax: él no se doblega al designio de los dioses, es un ser que se vale por sí mismo. Su orgullo lo lleva a matarse; es una especie de retaliación, abiertamente desafiante a los que se burlan de su locura nocturna. Y así como levantaba la espada ensangrentada de carneros y bueyes inocentes, ahora, en el último acto de su vida, levanta la espada para ofrecerse en sacrificio. Ayax se transforma en parte del botín.

Cuarta Lectura:

(Traducción de Fernando Segundo Briera Salvatierra, Ediciones EDAF, Madrid, 2008).

 

Ayax es inflexible, tan duro es su carácter como el escudo de siete cueros de buey que le servía de defensa en la guerra. Ayax es obstinado, terco, seguro de sus decisiones hasta la obcecación. Por eso no necesita de la ayuda de los dioses. Ayax no duda, y, si comete un error, lo hace convencido de que está agrediendo realmente a sus enemigos; de allí el afán de abrirles el vientre y humillarlos con el castigo del látigo hasta morir. Ayax tiene una voluntad heroica, ciclópea; no escucha consejos ni razones; por el contrario, pide que su mujer guarde silencio. Ayax escucha tan solo a sus propios pensamientos; se ensimisma, se guarda; allí, en la soledad de su tienda, a partir de su falta o su error, urde en consecuencia un plan para salvaguardar su honra mancillada. Una vez más, esas cavilaciones nacen de su mente; no hay oráculos ni lectura de indicios agoreros. Ayax es incapaz de pedir ayuda y menos solicitar clemencia o perdón. No es un ser que vuelva atrás para reconvenir o subsanar lo hecho. Ayax solo mira hacia adelante; es un hombre de acción suprema: un guerrero heroico. Matarse, en consecuencia, corresponde a su temperamento: es una decisión irrevocable, directa, definitiva. Lo trágico de su existencia precisamente está ahí, en esa incapacidad para dudar, para contemplar la posibilidad de diversas alternativas y sopesar las consecuencias de tomar una u otra opción. Ayax no es astuto como Ulises; Ayax representa la ética de la fuerza, de la valentía suprema.  Ayax tiene dentro de su corazón la impronta de los valientes absolutos, esa disposición de la voluntad –cuando todo falla o se avecina la derrota– para asumir el propio sacrificio. Ayax vivió hasta el final el destino de ser un soldado cabal en cuerpo y alma.

Quinta lectura:

(Traducción de Julián Motta Salas, Banco de la República, Bogotá, 1958).

 

Los suicidas, por tener alma trágica, son demasiado sensibles al deshonor, a la humillación, a la burla, al señalamiento social. La risa sarcástica, el rumor negativo, el dedo acusador, todas estas cosas pesan demasiado en su conciencia. Los suicidas, en este sentido, sobredimensionan sus mismas acciones o las acciones de los demás. Ayax, por ejemplo, no soportó la injusticia en el resultado del sorteo de las armas de Aquiles: él sabía que era el más aguerrido, el más valiente y, por ende, debía ser acreedor a dichos objetos de guerra. Al no obtener las armas, se produce en él una decepción infinita. Este hecho lo agobia hasta la locura. No encuentra explicaciones justas a esta decisión o siente que el jurado ha sido comprado o está abiertamente contra él. Y más tarde, cuando recapacita sobre las acciones realizadas por sus manos en ese acto de locura, cuando cae en la cuenta de su error, Ayax sobredimensiona esos hechos: ¿por qué actuó así?, ¿cómo logró asesinar a todo ese ganado?, ¿cómo no se dio cuenta de que estaba matando a bestias y no a hombres? Sin embargo, más allá de entender o aceptar esa falla y seguir adelante con su vida, de comprender lo realizado y achacarlo a la enceguecida cólera, Ayax se obsesiona con este acontecimiento, lo amplifica hasta convertirlo en un acto bochornoso, inaceptable, intolerable. Los suicidas como él, sus almas altamente sensibles, transforman lo casual u ocasional en un acto de resonancia eterna. No hay forma de que sanen las heridas recibidas o producidas, no hay razones que ayuden a curar su espíritu y su mente. Un gesto, una palabra, una situación que para muchas personas resulta accidental, en el caso de los suicidas se convierte en un hecho esencial. Sus almas poseen, para su desgracia, un umbral de valoración altísimo, un rasero de encumbradas resonancias. El conflicto se acentúa porque las otras personas banalizan lo que ellos magnifican. Los suicidas sufren esa incomprensión del afuera, de los parientes, de las personas más cercanas; por eso se encierran, se ensimisman, se aíslan. El límite de ese estado intolerable, esa escisión entre su percepción excesiva y la inadvertencia de los demás, conduce inexorablemente a poner fin a su existencia.