Alfredo Molano

Alfredo Molano Bravo: «Escuchar es una manera olvidada de mirar».

He estado leyendo con asiduidad durante estos días a Alfredo Molano Bravo[1]. Es el mejor homenaje que se le puede hacer a este sociólogo, escritor, e insigne lector crítico de nuestro país, fallecido el 31 de octubre de este año. A la par que he degustado sus crónicas, sus relatos de viajes a la Colombia profunda, he ido entresacando la manera particular de elaborar sus relatos o, si se prefiere, su método para abordar la realidad social o hacer investigación.  

Lo primero que hay que destacar, y en eso el mismo Molano insistió en varios de sus artículos o en entrevistas, es el valor de la historia oral para recoger información más viva, más genuina de las personas. Precisamente, en un texto titulado “Reflexiones sobre historia oral”[2] el sociólogo hablaba del aspecto emocional que provoca una conversación, del tono exquisito que atraviesa la oralidad y de cómo se pierde al tratar de trasvasarlo en los formatos “acartonados y secos” validados por la academia. Y que toda su propuesta de dar a conocer lo que vio y conversó con colonos, desplazados, campesinos, mineros, desterrados, guerrilleros, paramilitares, cultivadores de coca, militares, a lo largo de caminos y ríos, de montañas y llanuras, toda esa oralidad terminó concretándose en relatos que buscaban recuperar el “tono” del diálogo. Afirmaba Molano: “la gente habla lindo, solo que uno no está acostumbrada a oírla porque uno habla un lenguaje similar. Las modalidades de expresión del lenguaje campesino, incluidos arcaísmos, son bellísimos, la forma en la que encadenan las ideas, la forma en cómo hacen los párrafos, la puntuación, se convierte en una fuente literaria”[3]. De allí que en sus crónicas abunden los giros coloquiales, los apodos, las reiteraciones emocionadas, los símiles anclados en el contexto, es decir, el habla cotidiana y circulante.

Por lo demás, en ese mismo artículo el sociólogo bogotano señalaba que su mayor alegría, provenía cuando los mismos informantes leían aquellos textos y lograban reconocerse. “Después de recoger la información, después de elaborar las historias, uno lleva el texto a las comunidades y ellas se sorprenden inmediatamente de mirarse ahí, en ese espejo”. Y agregaba: “Creo que las historias de vida o las historias locales son un espejo en donde las comunidades se miran”. Es decir, los relatos elaborados por el investigador, para cumplir su función social, debían volver a las personas que sirvieron de base; en ese objetivo de posibilitar una “conciencia sobre sí” residía “el resultado final más importante de las historias orales”.

Desde luego, valorar las historias de vida es de igual modo ofrecer relevancia a la escucha, al oír con atención a los informantes. Molano consideraba que “el camino para comprender no era estudiar a la gente, sino escucharla”[4]. Ese escuchar, que parece fácil en un comienzo, resulta una de las cosas más difíciles de lograr debido a “el que trata de escribir no oye porque está aturdido de juicios y prejuicios, que son justamente la materia que debe ser borrada para llegar al hueso”[5]. En varias oportunidades el sociólogo reiteró esa dificultad del investigador social: “Escuchar a otra persona es una disciplina difícil en la medida en que uno no está escuchando sino que está objetando lo que la otra persona dice. En una historia con la gente, en una entrevista, es necesario abrirse realmente sin consideraciones, sin consideraciones sobre uno, abrirse a lo que la otra persona está diciendo sin objetarla, aceptar sin prejuicios, sin críticas, sin distancias lo que la otra persona va diciendo y ése es un ejercicio difícil, porque nosotros queremos poner sobre lo que oímos, lo que decimos y eso implica sacrificios, implica también formación, capacitación y ejercitación en ese arte de escuchar”[6]. La escucha atenta, empática, es una de las claves del trabajo de Alfredo Molano. Si se oye al otro con “solidaridad humana”, si se mira a los informantes en “igualdad de planos”, seguramente será más fácil liberarse de “prejuicios y sanciones condenatorias o alabanzas rendidas”[7].

Pero vayamos al método empleado por este sociólogo colombiano. Si uno mira la tabla de contenido de la mayoría de sus libros, por lo general hechos con la colaboración de otros investigadores, nota que los apartados son nombres o apodos de personas: “Ángela”, “Osiris”, “Chispas, el cabo”, “Mauricio”, “La Gata”, “El Chimbilá”, Nasianceno Parra”, “El arriero”, “Pelusa”, “El muñeco”, “Adelfa”, “Gesualdo de Maturín”, “Demetrio”, “La Doña”… Cada uno de estos testimonios son condensaciones o relatos-tipo de varias historias de vida que, como él mismo lo explicaba, compartían experiencias de vida semejantes: “todo personaje es fragmentario y por lo tanto de alguna manera complementario de otro que ha vivido experiencias históricas similares”[8]. En consecuencia, el trabajo de escritura de Molano es esencialmente una labor de “ensamblaje” de esas diferentes voces a partir de un testimonio que tenga la suficiente fuerza narrativa como para convocar historias análogas. El sociólogo ha explicado el paso a paso de su manera de escribir esas crónicas: “leer, leer mucho, empaparme desordenadamente de los testimonios; seleccionar personas que como las cebollas, tuvieran muchas capas y como la nuez, escondieran la semilla; entrevistas con cuerpo que permitieran enlazar otras historias y, sobre todo, personajes que sirvieran para contarlas. Era como vestir un cuerpo desnudo o ponerle carne, piel, ojos a un esqueleto. Su trayectoria no era modificada, era textual, digamos, y a través de su propio relato agregábamos –yo y él– fragmentos de otras historias como si nos las hubieran contado”[9]. Así que, por ejemplo, en el testimonio de Sofía Espinosa[10] se conjuga no sólo la vivencia de una mujer que vivió en carne propia los bombardeos de El Pato, sino de todos aquellos que han estado en la mitad de una guerra, de los campesinos que por causa de diferentes violencias han tenido que soportar la humillación, el desarraigo y el asesinato de sus seres queridos.

Claro está que este oficio de ensamblar diversos testimonios tenía para Molano un papel político o ético fundamental: se trataba de editar aquellas voces que han sido “distorsionadas, falsificadas o ignoradas” bien por la arrogancia de los poderosos o por los gobernantes insensibles a las demandas de los más humildes, para que hicieran parte de la sociedad colombiana, para que entraran a participar de una agenda gubernamental o por lo menos de una mirada solidaria e incluyente. A la par que las crónicas dejaban oír a esos otros seres de frontera, también Molano buscaba que los pudiéramos ver. Este sociólogo, discípulo de Estanislao Zuleta, creía que dichos coterráneos “no podían seguir viviendo en la zozobra, en la parálisis, en la oscuridad del miedo”, y que “la historia de la gente anónima es tan vigorosa, tan tractiva como la historia de los héroes”[11].

De otra parte, en varios de los libros de Alfredo Molano se incluyen mapas que sirven de escenografía a las voces. Más que un decorado, ayudan a dar una idea del territorio habitado. De igual modo, se incluyen fotografías[12] que son otros indicios de lo que se quiere traer a la memoria. Gracias a esas imágenes el lector puede darse una idea de lo que es un sitio como “Pïñalito” o conocer el rostro del “Mico” Fernández[13]. Las crónicas, por lo mismo, “articulan entrevistas, historias de vida, fragmentos de conversaciones”, fotografías y mapas de la región objeto de interés. Y como el sociólogo buscaba en el estilo de los relatos conservar el tono de la oralidad, en varios de los libros se incorpora un glosario de localismos, para entender que cuando el informante habla de “mariscar” se refiere a cazar, que las “voladoras” son las lanchas rápidas y que la “macoca” es una escopeta de fabricación artesanal. Hay una intención en el estilo de las crónicas de Alfredo Molano por conservar el ritmo y la cadencia oral de los campesinos; se nota en la forma de puntuar y en ese gusto por incorporar las “metáforas crudas” que dan agilidad al relato, y lo tiñen de colorido y viveza. Por eso las crónicas no son en realidad textos yuxtapuestos, sino una forma de contar en la que se “busca los adentros de las gentes en sus afueras, en sus padecimientos, su valor, sus ilusiones”[14]; son una “recreación literaria dentro de una tonalidad percibida”.

Sirva, entonces, esta lectura y relectura de Aguas arriba, de Rebusque mayor, de Desterrados, de Ahí les dejo esos fierros, de Del Otro lado, de Trochas y fusiles, de Espaldas mojadas…, como un homenaje a uno de los sociólogos más agudos de nuestro país, a un ser humano solidario con los campesinos y desplazados, a un intelectual comprometido socialmente y a un escritor que convirtió el reclamo de justicia de “personas anónimas y corrientes” en un motivo para elaborar sus crónicas.

Notas y referencias

[1] Durante más de quince días he disfrutado libros como Desterrados, Random House, Bogotá, 2019; Rebusque Mayor, Random House, Bogotá, 2017; Ahí les dejo esos fierros, Random House, Bogotá. 2018; Aguas arriba. #Entre la coca y el oro, Random House, Bogotá, 2017; Trochas y fusiles, Random House, Bogotá, 2017; Los años del tropel, Random House, Bogotá, 2017; Del otro lado, Aguilar, Bogotá, 2011; Espaldas mojadas. Historias de maquinas, coyotes y adunas, El Áncora-Panamericana, Bogotá, 2005; Del LLano llano, Random House, Bogotá, 2016; Asi mismo. Relatos, Los cuatro elementos, Bogotá, 1993.

[2] Publicado en la Gaceta de Colcultura, N° 7, 1990.

[3] Entrevista con Valeria Fuenmayor en El Heraldo, 11 de mayo de 2017.

[4] En “Desde el exilio” del libro Desterrados, Random House, Bogotá, 2019, p. 14.

[5] Palabras de Alfredo Molano al recibir el premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, Vida y obra, en 2016.

[6] De “Mi historia de vida con las historias de vida” en el libro Los usos de la historia de vida en Ciencias sociales I, Lucero Zamudio, Thierry Lulle y Pilar Vargas (coordinadores), Anthropos, Madrid, 1998, pp. 105-106.

[7] Léase “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, en Revista Anthropos, N° 230, 2011, Barcelona, pp. 101-106.

[8] En “la gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob.cit., p. 104.

[9] Puede ampliarse esta técnica en “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob. cit. pp. 104-106.

[10] “El Testimonio de Sofía Espinosa”, Cinep, Bogotá, 1980, pp. 7-35. Publicado después con el título de “Los bombardeos de El Pato” en Los años del Tropel, Random House, Bogotá, 2017, pp. 246-281.

[11] De “Mi historia de vida con las historia de vida”, ob. cit. p. 109.

[12] En el libro Del otro lado se incluye un mapa de la frontera Colombia-Ecuador, en Trochas y fusiles hay varios más del recorrido de las columnas guerrilleras, de regiones de influencia, de desplazamientos de los grupos insurgentes. En Espaldas mojadas, se muestra el mapa de la frontera entre México y Estados Unidos, y en Yo le digo una de las cosas…, que es un libro en el que se recogen testimonios de la Reserva de la Macarena, se incluyen cartografías que cumplen la función de ser estudios histórico descriptivos.

[13] Consúltese “La colonización: voces y caminos” en Yo le digo una de las cosas…La colonización de la Reserva de la Macarena, Corporación Araracuara, Fondo FEN, Editorial Folio, Bogotá, s.f.

[14] Del discurso de Alfredo Molano al recibir el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.