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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2020

Relatos cortos

12 domingo Ene 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

≈ 8 comentarios

Escribir en la luna Gary Kelley

Ilustración de Gary Kelley.

Las vacaciones

Cuando el niño y sus padres llegaron huyendo de Capira, obligados por las amenazas del bandolerismo, les tocó vivir en una pieza que quedaba al fondo de un garaje, en el barrio Santander. La habitación era muy fría. La pobreza era durísima, tanto como el amor que los reunía al lado de una estufa de gasolina, de las que había que bombear. Para el niño era un encierro total. Porque como quedaba sobre una avenida, no podía salir ni al portón. Pero cuando llegaba diciembre, cuando el niño podía volver a la tierra de su infancia, era la absoluta felicidad. Porque en esas montañas volvía a ser totalmente libre, y no había portones, ni avenidas peligrosas. Solo el canto infinito de los pájaros y el sol y el viento, y el agua y las frutas, y las manos cariñosas de todos los familiares que celebraban cuanta picardía hiciera. Por eso, cuando volvía de esas vacaciones a la fría Bogotá, en los primeros días se soñaba volando. Que como un ave planeaba por encima de todas esas montañas y veía cada casa y cada camino. Partía de El Prado y de ahí se iba descolgando hacia La Laguna y pasaba por encima del Cerro Colorado y divisiva las palmeras y el sinuoso Magdalena, y veía con claridad la casa de puertas y ventanas naranja donde había estado los días anteriores. Era hermoso sentir el aire despeinando su cabello y, según moviera más o menos los brazos, ir más lento o más despacio. Aunque encerrado de nuevo en ese garaje, su imaginación se mantenía libre en aquellos sueños maravillosos.

La fanática

A ella le decían la fanática, cuando no, la loca.

Su presencia recordaba la vieja imagen de María Egipcíaca, pero su vicio no emanaba del cuerpo, sino de sus creencias. Era impura por ser creyente de otra fe, insana por tartamudear al decir el nombre de su dios. Ella, la fanática, lloraba a solas, pues queriendo una vez amar a sus semejantes —darles lo más suyo— recibió de ellos, como compensación, el aúllo o la sentencia farisea: ¡Quemadla!… ¡Nosotros tenemos la certeza y ella, la fanática, sólo posee el equívoco y la obstinación!… ¡Quemadla!, ¿qué puede importar otra bruja en la purificación de la hoguera!

Sin embargo, cuando la turba retornaba a sus casas, o cuando la ola del cuchicheo descansaba en el silencio —porque a veces, también a ella se la sancionaba con el indigno rumor anónimo—, cuando esto sucedía, cada uno de los “inquisitivos acusadores” meditaba… o imaginaba. Cada uno aceptaba en el fondo de su corazón que nadie está exento del camino de Damasco, que el fondo del alma es un misterio con muchos caminos de acceso, y que sin valentía la fe es un adorno parecido a los trajes usados por los actores de teatro.

Entre tanto, ella, la fanática, soñaba despierta.

Torta de manzana

El hombre estaba ansioso por ver a la mujer que amaba. Tomó un taxi para llegar cuanto antes a la cafetería en la que habían acordado verse. Se sentó y la imaginó llegar. Apenas la vio entrar se levantó de la mesa donde estaba ubicado y fue a su encuentro. La abrazó y buscó sus labios pero ella, tal vez porque no esperaba ese emotivo recibimiento, apenas respondió a aquel gesto de amor. Enseguida fueron a sentarse a la mesa. Pidieron una aromática de hierbabuena, limonaria y manzanilla y una torta de manzana para compartir. Aunque el diálogo fue cordial y amoroso, el hombre sintió que cada pedazo de esa torta era amargo o demasiado insulso. Pasada media hora, en la que la mujer no paraba de reír, dejaron el lugar y caminaron unas cuadras hasta el lugar del trabajo de ella. El hombre tomó el transporte público para llegar a su oficina. Aunque no sabía por qué, ese sabor amargo en su boca permaneció durante toda la tarde de ese jueves.

Enfermo menor

Las manos ligeramente temblorosas. La cara sucia por la barba y un color amarillento en el rostro. Enfermo. El cabello desordenado por la furia de las sábanas, sudoroso y con el olor de las fiebres irreconocibles en la madrugada. Los ojos como resignados y la voz ahogada, débil, infantil. “¡Qué va, esta es una enfermedad menor”, decía para sí el poeta, mientras trataba de ponerse de pie dejando de lado una borrachera muy particular y un cansancio inaudito. “Una enfermedad menor es una enfermedad que no alcanza a hundirnos en la incertidumbre de la finitud pero que tampoco logra ponernos en el optimismo del pasará pronto”. Con la mano derecha acercó un vaso con jugo de tomate que estaba en la mesa de noche, tapado con un platico de losa; ahí, estaba el vaso, rosado y repleto de espuma. Tomó algunos sorbos, tragando de paso una de las tantas pastillas que días atrás el médico le había recetado. Blancas pastillas en las cuales se deposita la esperanza, el milagro; blancas pastillas, drogas no prohibidas, drogas buenas; blancas pastillas tan similares, tan parecidas pero tan distintas; blancas pastillas de tres veces al día o de una cada doce horas; pastillitas que son como oraciones condensadas, como plegarias de niño esperando el regalo salud del Niño Dios; pastillitas blancas que nos alejan la muerte, eso dicen. Volvió el vaso al lugar inicial, retornando también a sus cavilaciones de postrado: “Una enfermedad menor es algo que duele poco, aunque podría doler más —si uno no se cuida—; una enfermedad menor es una expectativa”.

El poeta trató de levantarse otra vez de su lecho de enfermo menor, pero un mareo lo hizo detenerse, “Lázaro, levántate, levántate”. Una mosca iba y venía en zigzagueantes movimientos, como midiendo el cuarto; subía y bajaba, se alzaba, descendía; planeaba pero nunca se estrellaba; otra mosca se juntó a la danza cómica y otra más, y a esas tres otras más, mucho más grandes y de colores más vistosos. “Las moscas me visitan, no es lo mejor, pero al menos tengo compañía. Debe ser algún desvarío, algún efecto secundario de esta droga que me pone tembloroso”. El pecho se le apretaba como un puño, como una mano que se cerrara alrededor de una fruta madura, exprimiéndole el aire, “La pechuguera nos hace recordar el sitio del corazón”. Se acomodó mejor en la cama, maltratada por tantas horas de peso acumulado, y quiso conciliar —conciliar a quién con qué— el sueño. “Si no puedo salir a la brisa o a la calle, a la luz del sol, vengo siendo como un vampiro; más sin embargo, la noche con su frío también es mi enemigo. Soy un vampiro, pero negado a su elemento… qué va, soy un enfermo menor”. El poeta se sintió triste o, mejor, se le veía triste. La saliva se abría paso hacia su garganta a empujones, con trabajo; la tos, entonces, brotaba ligera, seca pero con firmeza y, a la par que salía, hería su garganta, empezando otra vez este ciclo estertórico. “Aire, aire es lo que necesito…”. Aire, aire: cuando uno salía de la casa paterna, bien abajo, cerca a la quebrada, digo, cuando uno subía a la casa de Doña Josefina que quedaba arriba en la cúspide, cuando uno trepaba sudoroso, arreando mulas, subiendo, trepando, montaña arriba, cuando llegaba a esa casa con tejas de zinc, entonces uno lo sentía, ¡ah!, fresco, limpio, necesario. Aire, aire: bocanada de viento refrescante, invisibles ondas de esperado descanso… ¡Ah!

Un nuevo trío de fábulas

05 domingo Ene 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Fábulas

≈ 12 comentarios

Low Bros

Ilustración de Low Bros.

El erizo y el amor

Que no te pase a ti, lector, lo que sucedió con el erizo; quien teniendo el milagro del amor entre sus manos, por aferrarse a una forma de ser, lo alejó para siempre de su lado.

Un erizo soñaba con alcanzar el amor. Un amor intenso, sincero y apasionado. Quizá por el clamor de su corazón, en un mes de verano su anhelo apareció. Era una ardilla de cuerpo escultural, aunque saltona y muy inquieta. El erizo sintió que ella era lo que por tantos años había esperado. Con palabras y gestos, con frecuentes paseos se fueron enamorando hasta la locura. La relación era perfecta. El único inconveniente aparecía cuando ella quería abrazarlo. El deseo por acercarse al erizo era una constante herida para la ardilla. Lo mismo acontecía al querer él demostrarle su amor a ella: terminaba puyándola y dejándole clavadas infinitas muestras dolorosas de su afecto. Debido a esto prefirieron amarse desde lejos, pero con el otro sufrimiento de nunca poder estar juntos.

Imagen1

El zángano y la abeja vivaz

El zángano, echado en su cama, veía a varias abejas pasar a buscar polen en las flores del jardín. Aunque todo era agitación en la colmena, él no tenía ganas de levantarse. En esa postura, adormilado, apenas abría los ojos para ver a sus hermanas revolotear de aquí para allá.

Una de las abejas, la más vivaz, hastiada de ver aquella actitud, se detuvo cerca de él y lo increpó de esta manera:

—¿Cansado de descansar?

El zángano abrió uno de los ojos y no dijo nada.

—¡Dichoso tú que puedes darte estos lujos! Deberías al menos, ya que eres más grande, salir a defendernos de las avispas.

El zángano se hizo el desentendido y fingió dormir.

—¡Eres el colmo de la desvergüenza!

La abeja, molesta, dejó al zángano y corrió detrás de sus compañeras.

El zángano, al ver que la abeja ya había desparecido, se levantó y caminó un poco hacia la salida de la colmena. Vio unos girasoles a poca distancia, pero sintió que las fuerzas no le iban a alcanzar para llegar hasta ellos. Prefirió regresar a su celda. Arrullado por el sopor de la colmena volvió a recostarse en su lecho.

La abeja vivaz, después de su recorrido, lo interrumpió una vez más:

—¡Qué desfachatez la tuya —le gritó.

El zángano intuyó que la recriminación iba para largo y prefirió guardar silencio.

—Aprende de nosotras. Al menos gánate tu propio alimento. Es una injusticia que las más pequeñas tengamos que alimentarte.

—¡Eres un desconsiderado… eso eres!

La abeja siguió presurosa hasta bien adentro de la colmena. El zángano tuvo por un momento algún cargo de conciencia, pero enseguida halló una disculpa: “Bien poco ayudarían mis brazos a las miles de extremidades de tantas obreras”.

Varias abejas llegaron con un plato de miel y lo dejaron en una pequeña mesa. El zángano, con parsimonia, se dispuso a tomar el almuerzo. Después de ingerir la deliciosa merienda, sintió la necesidad de tomar una siesta. El sueño que tuvo lo despertó sobresaltado. En su pesadilla vio a la reina de la colmena llamarlo a su presencia, diciéndole de forma imperativa:

—¡Tienes un trabajo! Prepárate. ¡Será tu única y final tarea!

Ilustración de Grandville

Ilustración de Grandville.

La leona muy titulada y los cambios en la selva

Recién murió el león viejo, el consejo de la selva recomendó a una leona muy titulada para ese cargo. “Nada de lo que hizo mi antecesor vale la pena”, fue lo primero que dijo en la toma de posesión de su mandado. “Aquí las cosas van a cambiar”, afirmó enfática al terminar su arenga. Y así fue. Lo primero que hizo la monarca fue provocar cambios drásticos en la dieta de los animales; por ejemplo, los felinos debían ser vegetarianos y los vegetarianos, carnívoros. De igual modo, ordenó que varios animales que eran nocturnos deberían empezar a ser diurnos y aquellos que llevaban su vida de día debían empezar a llevarla de noche. Fueron muchas las disposiciones, todas ellas anunciadas con estruendosa pompa. Lo cierto es que, después de unos meses, las cosas no iban bien en la selva. La confusión era mayúscula, además de una desazón y una incertidumbre agobiante. El tigre, por ejemplo, ya no sabía si debía cazar a la gacela y ésta, a su vez, no entendía cómo atrapar al felino. Hubo varios búhos que perdieron la razón por causa de la vigilia extrema y se supo de varias águilas que se quebraron sus alas al querer volar en la oscuridad. A pesar de que la leona se mostró amenazante, los animales en coro pidieron a gritos su renuncia. Después de largas reuniones del consejo de la selva, un león con mayor experiencia y no tantos títulos, substituyó a la déspota leona. Frente al grupo nutrido de asistentes a la ceremonia, el nuevo mandatario empezó su alocución con una frase que era, en sí misma, su plan de gobierno: “No es bueno cambiar todo al mismo tiempo, como tampoco no cambiar nada en mucho tiempo”.

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