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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos anuales: 2020

José Asunción y el misterio del amor

18 martes Feb 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos, Del diario

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Misterio del amor

Los amantes Rene Magritte

«Los amantes» de René Magritte.

“El trabajo del artista consiste siempre en hacer que el misterio sea más profundo”
Francis Bacon

 

Cuando José Asunción empezó a indagar los misterios del amor tuvo una primera revelación en el cuerpo de su amada. En la redondez cálida de los senos de Laura, en sus caderas de abismo, en sus labios que parecían frutas próximas a reventar, en la negrura de sus honduras más íntimas, el poeta halló una primera explicación a eso que lo fascinaba y atraía de aquella mujer. Supo que el amor provenía del cuerpo, pero no acababa en él; que se nutría también de formas y gestos, de movimientos y destellos de luz. Todo eso sacó en claro José Asunción durante ese tiempo de andar observando y pensando en el amor que sentía por aquella mujer de blanca piel y encajes negros. Pero como era artista, no estaba del todo satisfecho con ese hallazgo. Y fue un poco más allá, precisamente cuando dejo de verla durante tres días: el secreto del amor procedía de que se acendraba más con el recuerdo, con la rememoración de esa presencia ausente, con aquella figura que tomaba la coloración de un fantasma. “El misterio del amor procede de la ausencia”, y sintió que esa era una conclusión notable, porque nadie puede tener a otro ser de manera permanente, porque siempre hay lejanías o distancias insalvables entre dos personas. Si bien se sentía satisfecho, su alma de artista no lo dejaba sentirse tranquilo, entonces quiso avanzar otros pasos en su pesquisa y descubrió que el misterio del amor estaba en la imaginación, porque gracias a ese recurso lo distante se volvía cercano y lo que no se satisfacía en la realidad lograba cumplirse con los poderes de la ensoñación. “Existe el misterio del amor porque además de retomar seres reales, los amalgama con las criaturas de la fantasía”.  Por eso es tan difícil saber, en una relación amorosa, cuánto le pertenece a alguien como atributos verdaderos, y cuánto es más adorno o decorado de quien lo considera digno de admiración. Varias tardes y muchas madrugadas ocuparon la mente del poeta. El misterio del amor no dejaba de preocuparlo. Una noche, después de tener un sueño apasionado con Laura, el artista agregó a sus conclusiones otra pista loable: el misterio del amor estriba en que puede desligarse del mundo de la vigilia para emerger, cual agua de profundos pozos, del paisaje de los sueños. Tal condición dual o al menos de órdenes diferentes de la conciencia, convertían al amor en un enigma todavía más difícil de desentrañar. El poeta quiso escribir unos versos sobre este asunto, pero tan solo consiguió perder una semana con sus noches y dejar varias hojas de un cuaderno empezadas con algunas líneas tachadas. El propio destino o su halo trágico lo llevó a tener una revelación de mayor profundidad: la muerte súbita de Laura lo enfrentó a su mayor descubrimiento. El supremo amor se convirtió en hondo dolor, los pretéritos suspiros de arrobamiento se transformaron en ayes desconsolados. José Asunción, justo después de dejar en el camposanto el cadáver de su amada, cuando ya salía del cementerio y se estremeció al mirar la forma alargada de los cipreses, en ese instante, tuvo la revelación más honda del misterio del amor. A pesar de sentir que su alma estaba hecha pedazos, apresuró el paso para llegar cuanto antes a su casa. En su mente tenía la respuesta al misterio del amor que por varios días lo había obsesionado. Se sentó en el escritorio. Por unos segundos evocó el rostro de Laura. Después, con su imaginación recorrió el sitio exacto donde quedaba su corazón. Con la mano derecha sacó del primer cajón del escritorio un revólver con cacha de nácar. “El misterio del amor es que es más fuerte que la muerte”. La decisión final de José Asunción estuvo acompañada por una sonrisa.

Tejer una historia personal

09 domingo Feb 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios

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Comentario de poemas, Gusano, Manuel Rojas Sepúlveda

Gusano de Manuel Rojas

El poema “Gusano” del escritor chileno Manuel Rojas Sepúlveda es una invitación a crear lo íntimo, a elaborar nuestro mundo, nuestras creencias, nuestros gustos y apetencias; a construir una cosmovisión, en sentido amplio. El autor nos invita con sus versos a tejer, como el gusano, una historia personal.

Manuel Rojas  nos sugiere hacer esa tarea sin soberbia, sin ostentosos orgullos; no hay que presumir de esa labor de rueca sobre nosotros mismos. Ni tampoco sentirnos altaneros de lo que somos o tenemos, ni de la profesión que nos ayuda a sobrevivir, y menos de la pasión íntima que alimenta nuestros sueños.  Nos forjamos nuestra vida con gran humildad, con la satisfacción que otorga el hacer esa tarea pacientemente, día a día, y con el suficiente valor como para considerarla importante, digna. No hay que hacer demasiada alharaca, ni jactarse de algunas virtudes o talentos. Nada de eso, nos insiste el poeta. Ante todo, se trata de ser o mostrarnos serenos para tejer sin aspavientos nuestra íntima personalidad.

Pero, además, el escritor insiste en que debemos –con un fervor de artesanos– ir engarzando hilos, experiencias, anhelos, relaciones, con mucha alegría, sumando sentimientos e ideas, pasiones y sueños esperanzadores. En lo posible hay que lograr que todas las hebras, todas las dimensiones de nuestro ser se entretejan de la mejor manera. Que no queden hilos sueltos o cuerdas sin amarrar. Nos corresponde ser tejedores acuciosos, agradecidos, satisfechos de nuestro humilde oficio, y de la obra que elaboramos.

El propósito de esta labor, de este segregar hilos constructores de un carácter, de un destino, de un nombre, de un camino personal, es lograr que al final de nuestra vida podamos sentirnos complacidos de haber construido una tienda lo suficientemente fuerte como para tendernos a su sombra a descansar. Somos tejedores de nuestro proyecto vital para llegar satisfechos, absolutamente desnudos, a la etapa final del recorrido empezado años atrás en nuestra cuna.

De alguna manera, somos tejedores de nuestra interioridad para dejar una primera condición oscura y rastrera; nos hacemos con hilos de seda otra morada más llena de color y leve consistencia. No nacemos con alas, más bien sin ellas; y poco a poco, con el tacto suficiente para hacer delgada la materia prima con que venimos al mundo, vamos elaborando una piel traslúcida y multicolor. Tejedores somos de nuestra propia condición; ese es nuestro reto mayor: ir con los años elaborando esa metamorfosis en la que un miserable gusano alcance, desde adentro, abrirse al mundo con sus vistosas alas.

Por todo ello, mayor cuidado merece la rueca de nuestra voluntad; sin esa herramienta hecha de empeño y disciplina, de constancia y espíritu paciente, nada lograremos al final de nuestra existencia. La rueca es el medio con el que adelgazamos la burda sustancia que nos encadena a lo inmediato, la que nos salva de la intemperie del conformismo y la que nos permite tejer un nuevo ropaje hecho con nuestras propias manos. Con ese instrumento humilde, con esa intención del ánimo, es que trenzamos los hilos de nuestra propia historia. De allí que el poeta trate a esa rueca como su confidente, porque si no dialogamos con nuestra voluntad, con la rueda hiladora de los propósitos, nuestra vida terminará como empezó, sin haberla transformado en un proyecto valioso o sin que hayamos tenido la oportunidad de entretejerla de un sentido trascendente.

Sobre las mariposas

02 domingo Feb 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Aforismos

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Christian Schloe

Ilustración de Christian Schloe.

La mariposa vuela a tientas, dando saltos o retrocediendo en imprevistos zigzags: con este movimiento, que no es en línea recta, busca alargar la brevedad de su vida.

*

Los vistosos colores de las mariposas dependen de la luz: su belleza necesita de un otro: proviene de los bondadosos ojos del sol.

*

Este es el consejo esencial de la mariposa: si quieres ser plenamente libre debes resguardarte un tiempo dentro de ti mismo. Las alas nacen después de un voluntario y silencioso encierro.

*

La mariposa liba el néctar de las flores. Su búsqueda de miel entre variados y coloridos jardines le contagia su amor por el arco iris.

*

Toda mariposa es, si se piensa bien, un símbolo de resurrección. A veces una enfermedad o una experiencia profundamente dolorosa son la crisálida para lograr renacer. Hay que pasar por esas sepulturas momentáneas para adquirir otra consistencia renovada.

*

Los coleccionistas de mariposas dejan entrever una paradoja: cuando el hombre quiere retener la belleza, solo puede atraparla matándola con un alfiler.

*

Mariposa: breve flor con alas divagando en pos de la eternidad.

*

La mariposa conoce bien el secreto de una auténtica aventura: abandonarse al viaje siguiendo la corriente intempestiva de los vientos.

*

Las mariposas son jardines móviles, flores iridiscentes con alas.

*

Las mariposas aprendieron que la travesía de la vida no va en camino recto, sino en cortos desvíos con altibajos permanentes.

*

La cesta de los entomólogos se parece al destino de los poetas: querer capturar la vida con rudimentarias palabras, y teniendo el suficiente tacto para no ir a estropear su frágil belleza.

*

Algunas mariposas se ocultan poniendo varios ojos atrás de sus coloridas alas. La naturaleza da lecciones estupendas: si queremos conservar el esplendor de las experiencias más hermosas de la vida, siempre deberemos ocultarlas a los depredadores de lo íntimo y secreto.

*

—Tus encantos, mi flor, me hacen perder las alas.

—Y los tuyos, mariposa, agotan la miel de mis entrañas.

*

La lengua de las mariposas es larguísima. Esto es así porque los goces más exquisitos no están en la superficie, sino en el fondo de las cosas. La miel se esconde de los espíritus triviales.

*

Las polillas son las suicidas del mundo de las mariposas. Pero son suicidas románticas: se matan abrazando aquello mismo que las seduce.

*

Los niños persiguen las mariposas y las aves: desde la infancia el hombre anda en pos de lo que se le escapa. Nacimos con brazos muy cortos para atrapar la eternidad.

*

Muchas mariposas poseen la facultad de mimetizarse. Es comprensible: siempre hay salvajes que no aprecian la vida con la placentera lentitud de los ojos, sino con las urgencias del estómago.

*

Si el gusano supiera que será mariposa, aceptaría gustoso su arrastrada condición. Así sucede con los espíritus ansiosos e impulsivos que, por su impaciencia, no permiten que las alas renazcan, poco a poco, de las espinas.

*

Las mariposas debieron originarse en los sueños del día de descanso del bíblico creador. Sólo así puede entenderse que lo leve y lo frágil cobraran vida con tan variado color. Las mariposas son el invento móvil de la suprema quietud.

*

Las mariposas, observadas por las aves de alto vuelo, son como niños torpes aprendiendo a caminar.

*

Las alas abiertas de las mariposas se asemejan a las hojas de un libro abierto. Unas se abren para viajar en el aire; otras, para dejar volar la imaginación.

*

Los que coleccionan mariposas son, en realidad, guardianes de los misterios de la finitud. Hay colores que son inmunes a la corrupción del tiempo.

*

Afirman unos, cuentan otros, que las mariposas hacían parte del jardín privado de Dios. Pero que por su soberbia, nacida de su excepcional belleza, fueron lanzadas desde el cielo a la humilde tierra. Y que por eso las vemos revoloteando en los jardines, como si recordaran o sintieran nostalgia de su antigua patria celeste.

*

Las mariposas cuando vuelan hacen como si aplaudieran con sus alas. La razón es comprensible: cada nuevo segundo es para ellas un evento de celebración en su corta existencia.

*

En la cultura japonesa, dos mariposas revoloteando, una alrededor de la otra, significan la felicidad conyugal. La lección, como todo simbolismo es indirecta: la plenitud del amor de pareja está en no dejar de danzar alrededor del otro ser, pero manteniendo la suficiente levedad para no entorpecer su propio vuelo.

*

Las pasiones en los seres humanos están gobernadas por el “efecto mariposa”. Un gesto extemporáneo, una palabra mal empleada, un olvido casual, un silencio inoportuno, traen consigo eventos impredecibles. Las cosas más banales, los “ínfimos detalles”, pueden desencadenar consecuencias descomunales.

*

“Almas volantes” llamaban los antiguos a las mariposas. Razón tenían: no sólo porque el hálito de la vida es alado, sino porque la esencia del espíritu pertenece al viento.

*

Dante sabía que los seres humanos somos larvas destinadas a transformarnos en mariposas. De allí que en la geografía escatológica cristiana sea indispensable pasar un tiempo encerrado en una isla. Todo purgatorio tiene forma de crisálida.

*

La oruga de la mariposa enfrenta su final con estoicismo: colgada de un gancho comienza a fabricar con hilos de seda su sudario hasta quedar convertida en una rígida momia. Así suspendida, disfruta en silencio el sueño de otra vida regida por el vaivén del viento.

*

Es sabida la relación simbiótica entre las mariposas y las hormigas. Esa alianza tiene una razón de fondo: la belleza siempre ha necesitado del apoyo del trabajo continuo.

*

Quien anhela alcanzar la belleza de la mariposa contenida en sus alas, descubre al tocarla que es polvo nada más. Igual pasa con las bellas ilusiones que, así de pronto, se deshacen incoloras entre nuestras manos.

*

¿Qué es una mariposa? Una paleta microscópica de colores con que la luz pinta sus deslumbrantes y llamativos lienzos.

Simbiosis entre la imagen y el relato

28 martes Ene 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cuentos

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Denise Hilton Campbell

Ilustración de Denise Hilton Campbell.

Lectora entusiasta

Carmenza era una entusiasta lectora. Desde muy pequeña, aún antes de empezar a leer, ya sus ojos devoraban las imágenes de cuanto libro o revista caía en sus manos. Más tarde tuvo la fortuna de tener como iniciadora a su profesora Beatriz; esta maestra le enseñó que el secreto de la lectura estaba en la suprema concentración. Desde esa época, Carmenza pasaba gran parte de su tiempo embebida en la lectura. Cultivó ese gusto con devoción y maestría a lo largo de sus años. Y cuando se ponía a leer, era tal su atención o su fascinación, que asombraba a sus interlocutores con desprevenidos comentarios:

—Hoy pude liberar un pájaro rojo de su encierro de página.

Algunos de sus familiares le atribuían a Carmenza dones especiales y, otros, los más realistas, decían en secreto que ella se había enloquecido de tanto leer. Pero tales opiniones a ella no le importaban. Todos los días dedicaba bien una mañana o una tarde completas a adentrarse en su mundo de palabras e imágenes.

—Los pájaros no emiten sino mensajes de alegría.

Desde el día en que murió su madre empezó a usar un luto riguroso. El negro fue su color preferido. Cuando los más cercanos le reclamaban que ya habían pasado muchos años  para continuar vistiendo tan triste atuendo, ella les contestaba que eso no era cierto, porque sus prendas se llenaban del colorido de las páginas que leía.

—¿No ven acaso que mi vestido es de hermosos diseños floridos?—decía, exhibiéndolo con orgullo.

La gente guardaba silencio en señal de respeto, aunque en su interior pensaba que el sufrimiento por la pérdida de Doña Helena, tocaba las puertas de la alucinación. Tal vez por ello dejaron de obsequiarle libros para su cumpleaños o para las fiestas navideñas. Pero Carmenza no necesitaba de nuevos libros: se refugiaba en los pocos que conformaban su biblioteca. Era una devota de la relectura.

—Debajo de cada palabra hay otras y, más abajo de ellas, se encuentran otras con significados ocultos.

Carmenza daba esas explicaciones sin que nadie se las pidiera. A solas hablaba o conversaba como si alguien estuviera al frente de ella:

—Las ilustraciones no tienen consonantes, se comunican con solo vocales…

Los que sí la entendían o disfrutaban de sus ocurrencias eran los niños de la escuela donde trabaja como maestra. Las clases de Carmenza eran una fiesta, en particular las sesiones de lectura que ocupaban gran parte del tiempo. Los estudiantes hacían un círculo alrededor de ella, contagiándole con su interés y curiosidad un entusiasmo que irradiaba un calor especial.

­—Las golondrinas van de aquí para allá porque buscan el amor verdadero…

Carmenza no se casó, ni tuvo hijos. Vivió en la casa de su madre hasta que una falla en el corazón la dejó reclinada en su sillón predilecto de lectura. Fue un sábado, por la tarde. Sus hermanos la encontraron con un gesto de tranquilidad, como si durmiera. Entre sus manos, permanecía aún abierto un libro sobre la vida de las mariposas.

Genio de la lámpara Mark Summers

Ilustración de Mark Summers.

La lámpara de los deseos

Para nadie es un secreto que en las lámparas de bronce, si uno sabe frotarlas con delicadeza y pronunciando la oración adecuada, está escondido un genio capaz de cumplir nuestros deseos más acuciantes. La manera rítmica de acariciar el metal y el conjuro siempre dicho con voz cadenciosa y firme  —asunto que requiere mucha práctica— es lo que ha vuelto escasa la aparición o la presencia de tales seres mágicos.

Pero mi tío Adelmo, tan fascinado desde siempre por las antigüedades, me contó en secreto que por casualidad había encontrado en un anticuario una de dichas lámparas. Y que fue limpiándola como empezó a sentir en ese objeto una fuerza escondida, algo inusitado que clamaba por salir. Después, indagando aquí y allá, visitó a un amigo de esos que leen el tabaco y la mano y pueden descubrir en la confluencia de los astros ciertas claves del destino humano, y él le habló de la oración para despertar a los genios dormidos. Mi tío no le creyó del todo, pero aun así, conservó el papelito en que su amigo le había escrito dicho rezo. Ya en su casa, recordando la forma como había tomado y acariciado la lámpara la última ocasión, leyó en voz la tal fórmula. Me dijo que tuvo que intentarlo varias veces, antes de que la entonación y la altura de su voz coincidieran con la del movimiento acompasado de su mano. Pero que con varios días de ensayo y con una fe cercana a la locura, una tarde logró que el genio saliera de su encierro de siglos.

—No se imagina el susto, sobrino —me contó—. Me espanté tanto que solté la lámpara y me caí del mueble en el que estaba sentado.

Adelmo me confesó que el genio en realidad era enorme, alto, corpulento, con turbante y una capa que más parecía una alfombra persa. Cuando salió de la lámpara toda la habitación se llenó de humo perfumado, parecido al incienso, pero con oleadas de canela o clavos de olor. La figura del genio apenas cabía en la habitación. De pie miró a mi tío —eso siguió refiriéndome— y luego, con una voz que parecía más bien el lamento de un náufrago pronunció algo indescifrable.

MI tío no se atrevió a contestar nada. Pero recordó, según las historias relatadas por su mamá Hermelinda y escuchadas cuando niño, que los genios podían cumplirle a quienes lo liberaran tres deseos, sólo tres. En medio de la confusión, Adelmo expuso su primera aspiración, expresada con una voz débil y temerosa.

—Que no me enferme de nada…

Dice mi tío que el genio ni se inmutó. Lo seguía mirando con un gesto de agradecimiento, con los brazos cruzados, y sin poder quitarse de la cara esa expresión de ser una criatura venida de muy lejos. Adelmo pensó que el genio no lo había escuchado bien y quiso repetir su deseo, pero se abstuvo de hacerlo, porque a lo mejor esa figura descomunal tomaba sus palabras como un segundo requerimiento. Guardó silencio. Pero al ver que sentía su cuerpo con más jovialidad, supuso que ya se estaba cumpliendo lo que había solicitado. Animado por estos indicios, lanzó su segundo deseo, esta vez dicho con voz fuerte, para que se escuchara con toda claridad:

—Que encuentre el amor…

Al escuchar tal deseo —según el testimonio de mi tío— al genio le brillaron más sus ojos azul verdosos. Mas no dio muestras de hacer nada diferente a los gestos de júbilo desde cuando salió de la lámpara. Lo que sí agregó a su postura fue pasar, en varias oportunidades, el índice y el pulgar de su mano derecha por el bigote de pelo muy negro. A Adelmo le pareció sentir una alegría en su corazón y, antes de cualquier cosa, lanzó su tercer deseo. En esta ocasión, sus palabras salieron con un tono tan coloquial, que parecía hablarle a un amigo de mucho tiempo:

—Que nunca me falte dinero…

Mi tío afirma que al terminar de decir su tercer deseo, el genio mostró — aunque no estaba del todo seguro— la incipiente mueca de una sonrisa. Adelmo permaneció a la expectativa. Creyó que el genio iba a sacar de sus bolsillos monedas de oro o piedras preciosas, pero nada pasó. El portentoso ser continuó mostrando su rostro agradecido y volvió a exclamar unos sonidos entrecortados, sacados de una voz gutural, pegajosa en su balbucir enigmático.

Adelmo estuvo contemplando al genio largos minutos hasta que la figura descomunal empezó a empequeñecerse, a perder su forma, y hacerse tan delgadito para lograr entrar de nuevo en el pequeño orificio de la lámpara. Y así como apareció ante los ojos de mi tío, de esa misma forma despareció.

Mi tío me confesó que conservaba la lámpara, guardada en una cómoda detrás de unos candelabros de siete brazos, pero que nunca volvió a limpiarla o a intentar convocar al genio con el conjuro de su amigo. Y antes de que yo lo interpelara por sus motivos, soltó una frase que fue suficiente para terminar nuestra conversación:

—Yo creo, sobrino, que el deseo más importante para cualquier ser, humano o no, es el de tener libertad—. Luego hizo una pausa, y agregó: —así sea por un corto tiempo.

Sentarse a conversar

20 lunes Ene 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Dialogando

Hablar con otros, reunirnos para tal fin, es una de las actividades más valiosas para reforzar los vínculos sociales. Mediante ese rito se afirma la amistad, se afianzan los lazos del afecto y se comparten las vicisitudes de la existencia. Conversamos para enterarnos de lo que acaece más allá de nuestras fronteras, para conocer las interpretaciones que otras personas tienen de los acontecimientos más actuales, para adentrarnos en las particularidades de la historia de nuestros semejantes. El diálogo fue y sigue siendo el medio como los seres humanos se consolidan como pareja, como familia, como comunidad.

Por supuesto, dialogar presupone una valoración significativa de la persona con quien deseamos encontrarnos. De por sí, la conversación le otorga o le devuelve a nuestro interlocutor una importancia que lo hace digno de interés. Por eso sacamos tiempo para estar con él o con ella, para disponer nuestra atención y nuestro gusto, para dejar que el ovillo de la comunicación se desenrede poco a poco. Y si bien tenemos una necesidad de expresarnos, de confesar una pena o compartir una alegría, lo que hace más valiosa la conversación es que alguien esté dispuesto a escucharnos. Sin la escucha empática la conversación pierde su médula, su esencia. Tal vez ahí esté la clave de la secundaria importancia que tiene la conversación en nuestros días: nadie quiere en verdad escuchar a los demás.

Habría que recordar, como un hecho histórico, la relevancia de la conversación en pasados siglos. Piénsese no más, en los salones literarios, en la abundancia de los cafés, en las tertulias o en las veladas familiares. Y si se asistía a esos lugares era porque se tenía la necesidad y la convicción de que la experiencia propia o ajena necesitaba aprenderse y refrendarse; que si bien existían fuentes escritas o conocimientos disciplinares, hacía falta el filtro de la oralidad para convertirlos  en asimilable sabiduría. Era hablando con los demás como la vida reclamaba para la existencia individual una anécdota, un apunte digno de recordación, una peripecia llena de ejemplaridad. En aquellos salones o en esos sitios en los que el café o un buen vino sazonaban la palabra, los contertulios leían, debatían, festejaban, hacían actos públicos de contrición o dejaban fluir el aforismo crítico o la sátira picante. Era una práctica gobernada no por una agenda preestablecida, sino acomodada al ritmo propio de la duración; es decir, a un tiempo interior elástico y proclive a disfrutar los placeres de la ocasión.

Desde luego, si había esos sitios de encuentro para conversar, si asistir al ágora privada era un programa estimulante, se necesitaba a la par desarrollar el habla, fortalecer el pensamiento argumentado, darle a la locuacidad y el buen uso del lenguaje una trascendencia tanto académica como social. Hablar bien, saber elegir las palabras adecuadas, tener una amplia y variada reserva lexical, eran condiciones básicas para ser un excelente contertulio. Por eso la prensa de esos años tenía articulistas y editorialistas que con sus escritos constituían tácitamente una escuela del buen conversar. De igual modo, los centros educativos propiciaban, como uno de sus objetivos fundamentales, el que sus estudiantes tuvieran una expresión oral fluida y coherente; se retomaban lecciones de la retórica clásica y se aprendían modelos de las figuras literarias para darle color y fuerza a la expresión. Todo esto convergía en un gusto por reunirse con el familiar, el vecino o el colega a intercambiar ideas, discutir pareceres y enriquecer experiencias.

Contrario a esas épocas, nuestro exceso de individualismo, nuestro ideal adolescente de la “burbuja” existencial, el desprecio por lo público, todo ello ha hecho que sea el encierro, el espejismo solipsista, la egolatría fanática, los que han convertido la práctica de la conversación en un evento esporádico o poco llamativo. Hay demasiada agresión en el ambiente, demasiada desconfianza con el vecino, demasiada soberbia proveniente de los guetos ideológicos, como para tomarse un tiempo, largo y lento, a sentarse a escuchar la confesión del extraño, del forastero, de esos otros que tienen opiniones diferentes a la nuestra. Y como estamos llenos de ruido, como pasamos todo el tiempo conectados a algún dispositivo tecnológico, tampoco sabemos cómo escuchar, padecemos de una sordera para saber descifrar, en el escueto relato de una persona, los clamores de ayuda de otra vida. De allí la poca importancia que tiene para estas nuevas generaciones conservar el tejido social o sean apáticos para contribuir en la rehechura de los vínculos de toda índole. Se nos está olvidando sentarnos a conversar; por eso abunda la ofensa grosera, la calumnia insidiosa, el odio que busca acabar con la vida de nuestros conciudadanos. Porque hemos ido olvidando la plural riqueza del diálogo nos hemos ido acostumbrando al monólogo asesino de las armas.

Puede creerse que chatear o intercambiar mensajes por whatsapp sea un substituto de la conversación cara a cara; pero no considero que sea así. El diálogo genuino presupone cierto contacto, una atención permanente a los gestos y los sobreentendidos, a las pausas intencionadas, a los intersticios que la conversación va dejando en la medida en que avanza y, sin los cuales, resultaría imposible intercambiar opiniones con sentido. Eso de una parte. Además, el diálogo obliga a una compenetración con el interlocutor que nos invita a dejar de lado artefactos distractores u otro tipo de actividad. Si uno se sienta a conversar es porque estima que ese hecho es el fin mismo de encontrarse; no es un pretexto mientras se hace otra cosa o un modo de entretenimiento marginal. De allí que el diálogo en directo, el que posee ese calor de las relaciones interpersonales vivas y cambiantes por el fragor de los afectos, nos invite a escuchar a otro ser con total interés, a sabiendas de que lo dicho no podrá ser repetido o asimilado de igual manera en el futuro. La conversación reclama para sí el sello del acontecimiento; en consecuencia, no podemos perdernos ningún detalle de dicho evento, ni pasar inadvertidos los gestos y las palabras de la persona que está al lado o al frente nuestro. Dialogar es, en últimas, una práctica de dignificación del interlocutor, del ser humano con el que compartimos nuestra mesa.

Resulta prioritario, en este mundo de la rapidez mecánica y el egoísmo individualista, dedicar horas y espacios a esta práctica de la conversación. Pero no me refiero a almuerzos de trabajo o a mesas de negocios, sino a recuperar el sentido del diálogo fraterno, de la conversación con que se acendraba la crianza, se ahondaba comprensiblemente en los laberintos del corazón, y se establecían puentes para que los saberes de la tradición dejaran en los espíritus jóvenes improntas de valores civiles o virtudes morales. Si conversáramos más, entenderíamos que los mayores problemas de nuestra existencia, si se comparten en la mesa familiar, en un bar o en una cafetería, resultan más llevaderos; que las desavenencias o los conflictos tienen vías solución cuando se tiene la voluntad de solucionarnos; y que la sabiduría de vivir no es otra cosa que el recuento de muchas conversaciones guardadas en nuestra memoria.

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«El hombre se vierte en el ritmo, cifra de su temporalidad; el ritmo a su vez, se declara en la imagen; y la imagen vuelve al hombre apenas unos labios repiten el poema…»

 

Celebrando la Vida

 

Su Señora Madre Maria Catalina Rodríguez de Vásquez, su esposa Margarita María Ríos González y demás familiares agradecen a sus amigos y allegados la asistencia a la misa de exequias realizada en la Parroquia Cristo Rey (Calle 98 # 18a-23) el día sábado 4 de julio de 2026.

 

 

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