«Eurídice se desvanece en el inframundo» de Enrico Scuri.

¿Por qué el gran cantor, el que tañendo la lira lograba apaciguar los ánimos o las fieras, a quien le obedecían las piedras, los árboles y las montañas, el mismo que logró hipnotizar a Plutón y Proserpina en el reino de las sombras, por qué ese encantador no pudo cumplir la prohibición de mirar hacia atrás? ¿Por qué Orfeo, el héroe hijo de las Musas, a sabiendas de su magia con la voz o la música, volteó su rostro y de esta manera perdió para siempre a su amada Eurídice? ¿Desconfianza?, ¿ansiedad?, ¿miedo?

Una primera posibilidad reside en la lógica del nivel emocional. Así uno sea un héroe reconocido, así haya vencido a las Sirenas, así haya mostrado experticia en un oficio, cuando tiene la posibilidad de “recuperar” lo más amado, seguramente sentirá en el corazón una desazón por llegar cuanto antes a la luz, por pasar el umbral del Hades. Las pasiones cuentan el tiempo y el espacio de una especial manera: los largos minutos con el ser amado parecen segundos y las cortas ausencias se asemejan a larguísimas distancias. No sabremos qué tanto fue el camino que recorrió Orfeo con Eurídice detrás. Estoy seguro de que no la llevaba de la mano, como la representan algunos pintores; porque si así hubiera sido, Orfeo no hubiera tenido la necesidad de volverse. Quizá la condición de Plutón contenía esa dicha envenenada: Eurídice iría con él, pero unos pasos atrás, como una presencia alada, como una sombra leve y difusa. Entonces, el amor de Orfeo, su deseo de tener de nuevo a la que por tan poco tiempo fue su esposa, lo hizo girar justo cuando ya estaba próximo al final del recorrido. Al no tener una evidencia del cuerpo de Eurídice, al no reconocer su calor o la suavidad de su piel, la pasión de Orfeo lo llevó a buscar esos indicios con la mirada. Por supuesto, lo que observó fue una mancha evanescente, un humo con algunos rasgos de su amada, pero que podría confundirse con el vapor de la cueva por donde estaba saliendo. El exceso de deseo lo llevó a quedarse sin nada entre las manos. Y sabemos que ya no fue posible volver a intentarlo, porque el can Cerbero “ya se sabía la melodía” y le obstruyó el paso a Orfeo en su tránsito al Hades.

Es importante subrayar que la muerte convierte los cuerpos en sombras. O por lo menos los dota de otra substancia diferente a la que conocemos los vivos. Y las pasiones amorosas, las que están gestadas y movidas por el deseo, necesitan tener evidencias: un roce, un olor, una piel. No le bastan solo los recuerdos. Orfeo perdió a Eurídice porque no supo convertirla en canto, porque se negó a transformar la vida del ser amado en melodía. Tal vez si hubiera sido ciego como Homero, le habría resultado más fácil transmutar a Eurídice en una leyenda. Pero él, acostumbrado a hacer mover a los árboles a su antojo, lo que en verdad quería era acariciar y besar cuanto antes el cuerpo terso del amor.

Cabe también otra interpretación: que Orfeo, yendo obediente delante de Eurídice, se haya vuelto porque escuchó o le pareció oír la voz de su amada. Sabido es que los habitantes del Hades, a pesar de su incorporeidad, pueden hablar, y ser escuchados en sueños o en ciertos espacios sagrados destinados como oráculos. Y si uno escucha un lamento, un corto murmullo del ser más querido, ¿cómo no va a mirar hacia atrás?, ¿cómo permanecer inmutable ante ese clamor venido de las sombras? Aunque también cabe otra hipótesis: que esa voz fuera una imaginación de Orfeo por la futura felicidad imaginada… o que hubiera confundido la tonalidad de la voz Eurídice con uno de los sonidos ululantes del inframundo. Mucho más, si él tenía oído de músico o era hábil intérprete del lenguaje de los pájaros. En este caso, Orfeo pierde a Eurídice porque sucumbió –siempre había sido así– a la encantadora cadencia de las palabras de su amor. Y si bien no hay textos que lo atestigüen, es plausible que Orfeo escuchara la voz de Eurídice como una modalidad de cítara o un tipo de flauta de pan.  Porque la voz de Eurídice era para Orfeo “música para sus oídos”. Y así como él usaba su cítara para apaciguar las fieras, ella –al hablarle–lograba serenar su corazón.

Platón creía que la pérdida de Eurídice se debió a que Orfeo tuvo miedo de asumir la muerte para, como correspondía, estar con ella en el reino de las sombras. Según el filósofo, a Orfeo le faltó valor para “confundirse” con su amada, no logró que su amor lo llevara al suicidio o a compartir la condición sombría y evanescente de Eurídice. Esta otra respuesta me parece interesante en la medida en que invita a pensar en el cambio de perspectiva que debemos asumir si estamos interesados en “retener” lo más amado. Si seguimos pensando en las coordenadas de este mundo, poco aprenderemos de la geografía del más allá; no hay manera de recuperar de la misma forma aquello que ya hemos perdido. Al estar untada de la pátina del Hades, Eurídice adquiere otra materialidad que exige a quien desea poseerla asumir una nueva condición o dejar las ataduras del mundo de los vivos. El error de Orfeo, siguiendo esta vía de explicación, estriba en permanecer inalterable, en no sufrir ninguna modificación en su ser, en seguir idéntico a sí mismo, a sabiendas de que Eurídice era una persona completamente diferente, una otredad radicalmente distinta. Dicho de otro modo, Orfeo pierde a Eurídice porque es incapaz de asumir el amor en una dimensión distinta a la ya conocida, por su obcecación de conservar inalterable la pasión del amor, por no tener la valentía de asumir el cambio. Tal vez Plutón y Proserpina pusieron a prueba a Orfeo, haciéndole la promesa de que recuperaría a Eurídice si no miraba atrás, a ver si entendía en esa katábasis que recuperar a un ser amado muerto presupone la renuncia a los goces de su presencia, a asumir el dolor de la pérdida definitiva; pero, a la vez, a provocar en el alma una metamorfosis que permita transmutar el placer efímero de lo vivo en el goce atemporal de la rememoración.

Una posible respuesta adicional al gesto de Orfeo de voltear el rostro se halla en el temor de comprobar que Eurídice llegara “desfigurada” de aquella breve estadía en el inframundo. ¿Cómo podría soportar una mancha en la belleza de lo más amado?, ¿cómo convivir de nuevo con quien tiene los olores de la noche eterna?, ¿cómo amar de nuevo a quien nos acaricia con manos frías o nos observa con unos ojos sin mirada? Puede ser que el giro de Orfeo esté asociado a ese miedo a la corruptibilidad, a la zozobra agobiante de recuperar un cuerpo enfermo desde adentro, a descubrir una Eurídice débil y con las marcas en el rostro de quien ha caminado sobre tierras estériles, oscuras y plagadas de la más absoluta soledad. El gesto de Orfeo, entonces, fue apenas una mirada de precaución, de prevención en el sentido primero del término: de adelantarse a una posible desventura. Porque Orfeo en su caminata por el Hades había visto tal cantidad de cuerpos mutilados, de formas monstruosas y con expresiones tan horripilantes que así fuera, por unos segundos, pensó que su Eurídice, su bella amada, habría podido contagiarse de tales miasmas putrefactas o traer infectado todo el cuerpo por el veneno que la serpiente había inoculado en su pie. De allí su fugaz giro de cabeza. Podemos imaginar que lo que observó, como un destello, fue la desaparición de algo que, dadas las condiciones de claroscuro de aquel ambiente, se parecía mucho a su Eurídice. Una forma difusa en la que no podía saberse con claridad si estaba incólume de impurezas o si, por el contrario, apenas era un retazo amarillento de carne de lo que fuera una hermosa auloníade. Como se infiere de lo expuesto, la pérdida de Eurídice se debe a la suspicacia o al presentimiento de la futura tragedia. Hasta es posible afirmar que el giro de la mirada corresponde a un lance adivinatorio o a un sutil gesto profético que tenía Orfeo, a un don que mucho tiempo después se comprobará cuando las Ménades lo despedacen. Orfeo pierde a Eurídice porque adivina en el retorno de su amada no la felicidad tan esperada, sino la desdicha incipiente.

O puede ser que Orfeo perdiera a Eurídice porque no pudo comprender el tiempo de la esperanza, ese que proviene de la fe o la confianza en el Kairós, –el tiempo de la oportunidad– y no en el ansioso y afanado Cronos que siempre devora a sus hijos…