Saúl era un lipemaníaco. Le venía a veces una tristeza profunda al final de la tarde, a la hora del sol de los venados. Le empezaba con una desazón. Si estaba sentado en una banqueta acompañando a Beatriz a lavar la loza, sentía la necesidad de cambiar de sitio y buscar una banca que estaba recostada en una de las paredes de la cocina. Mientras trataba de seguir en aquella posición el diálogo con la mujer, al momento estaba de pie, mirándola por la otra puerta, la que daba al guanábano que servía de gallinero.
—Pero, mijo, a usted como que le pican las hormigas —le decía Beatriz, sin levantar la cara del platón en que lavaba los platos semiocultos por la espuma del jabón.
Saúl sonreía, tratando de quedarse en ese solo sitio, pero de un momento a otro le daba como un ahogo que lo llevaba a volver a la banqueta.
—Biata, me regala tantica agua —pedía como si hubiera llegado de muy lejos, igual a cuando había cogida de piña y tenía que hacer tres o cuatro viajes seguidos a la carretera.
Beatriz buscaba una totuma y le acercaba a Saúl el líquido, con unas pepas de limón sobrenadando en la superficie. Esa agua algo le ayudaba a bajar aquella desazón por todo el cuerpo. A veces la lipemanía se le subía al corazón en forma de taquicardia. Saúl sentía que el corazón iba como más rápido y parecía salírsele del pecho. Entonces, lo mejor era poner un costal en el andén de cemento, al lado del patio, dejando que los golpes de brisa aliviaran ese malestar. Y cuando ninguno de esos remedios le ayudaba a mitigar ese estado de alteración interna, tomaba cualquiera de los caminos que salían o llegaban a la casa de los Rodríguez. A veces se dirigía hacia el norte, por el camino que llevaba a La Palma, desde donde contemplaba por unos minutos el sinuoso Magdalena; en otras ocasiones, buscaba una senda que conducía a uno de los potreros aledaños del lado oriental de la casa, para ver y escuchar los ruidosos jirigüelos sobre las cercas de alambre de púas. O echaba hacia arriba, como si fuera a hacer una de sus necesidades, pero en realidad tomaba el rumbo del charco, el nacimiento del cual se sacaba el agua para la alberca, para tomarse unos sorbos del cristalino líquido. En todo caso, tomara el camino que fuera, lo que lo tranquilizaba era caminar. Al andar sin un fin determinado, dejando que los pies eligieran su norte, el corazón se le iba calmando y ya no sentía tanta opresión como cuando estaba en la casa. Caminar y silbar, porque esa era otra medicina extraordinaria para apaciguar esa tristeza que asediaba en emboscada su tranquilidad. Le gustaba imitar el sonido de los pájaros, especialmente del toche, esa ave amarilla con alas y cola negras, que produce un canto festivo y como de música celestial. Tal vez Saúl silbando como los pájaros se sentía como ellos, libre, o lograba que la tristeza de su alma fuera escuchada por los árboles, por las piedras, por los aguacatales, los yucales o los pastizales… Quizá la naturaleza, en ese lenguaje de gorjeos y trinos, de silbidos con variedad de tonos, supiera, ella sí, darle cuenta del motivo o la causa de su penar, de su hondo abatimiento. “El que silba y canta sus penas espanta”, solía decirle Misael, cuando iban de cacería. A veces, Saúl empezaba silbando y terminaba tarareando o cantando una canción, como las interpretadas en aquellos años por Lucho Vásquez, y que se escuchaban en todos los transistores que los campesinos ponían amarrados de los guamos cuando había cosecha de café…
Aburrido me voy
me voy lejos de aquí
donde nadie pregunte
de lo que perdí…
No era que estuviera decepcionado por un amor, aún no, pero esa canción calaba hondo en su ser. Expresaba bien lo que sentía. Porque su lipemanía estribaba especialmente en eso, en querer irse de donde estuviera, en un afán por huir, por no lograr sentirse bien del todo en algún lugar, por una necesidad de estarse fugando. Tal vez fue esa tristeza la que lo llevó a pensar en volarse de la casa paterna, en buscar otras tierras, creyendo que lejos de las montañas de Capira encontraría la justa medicina para sus dolencias.
—Saúl tenía muy buena voz —recordaba Héctor—, cuando supo de la muerte del amigo de infancia.
Me voy lejos no más
aburrido me voy
no más quiero que digan
que no fue por temor…
Cantando esas canciones, silbándolas por pedazos, sin darse cuenta se iba alejando de la casa paterna y lo sabía, porque al darse vuelta para contemplar las montañas de El Cerro o de Lomalarga, veía abajo el humo y las tejas de zinc. Entonces, se acurrucaba o buscaba una piedra para sentarse y prendía un cigarrillo. La mirada de Saúl se detenía especialmente en las golondrinas que al cerrar del día empezaban a revolotear como desesperadas en el cielo. Murciélagos y golondrinas salían al tiempo, haciendo cabriolas en el aire, corriendo en direcciones zigzagueantes, abriendo con sus alas el inicio de la noche. Después de terminar el cigarrillo, a sabiendas de que su padre lo iba a regañar por estar perdiendo el tiempo, empezaba su retorno, pero con los ojos puestos en algún palo de leña seco que le sirviera de disculpa a su inexplicable salida. No era que ya no tuviera esa tristeza esparcida en el cuerpo, sino que al menos no lo atacaba con tanta violencia.
Con el palo seco al hombro, pasaba de largo por el lado izquierdo de la cocina nueva, e iba directo hasta el sitio donde se apilaba la leña para cocinar.
—¿Dónde andaba? —lo interpelaba Ulises—, que a esa hora estaba sentado en la mecedora, esperando la comida.
—Buscando leña —respondía Saúl, sin mirar hacia arriba.
—Leña es lo que hay —replicaba su padre—. Y luego, con voz autoritaria le decía: —Más bien póngase a hacer algo útil y pile maíz.
Saúl no respondía nada. Obediente iba hasta la habitación más al oriente de la cocina vieja y de allí sacaba la manija. Enseguida salía por atrás del pequeño cuarto e iba a buscar el pilón que estaba en el andén norte de aquella casa de bahareque. Dejaba metida en el pilón la manija y seguía de largo en busca de la otra cocina. La idea era no tener que pasar por delante de su padre.
—¿Hay maíz para pilar? —Le preguntaba a Beatriz.
—Sí, hay un poco, ahí adentro, está en un platón.
Saúl entraba a la cocina, pasaba al otro cuarto que servía de pequeña despensa de yucas, plátanos, verduras, granos y panela, y sacaba el platón de aluminio con el maíz amarillento brillante.
—¿Y para qué va a pilar maíz a estas horas? —preguntaba Beatriz.
—Toca —respondía Saúl—, mirando a Beatriz con ojos resignados.
—Ya voy a servir —le respondía Beatriz—, moviendo con un gancho de hierro uno de los aros de la cocina de leña.
Saúl salía del cuarto con el platón de maíz y empezaba su tarea. Cada vez que levantaba la manija, brillante ya por el uso, y veía cómo una de las puntas del utensilio, la más aguda, se metía entre los granos, haciendo que varios de ellos salieran disparados del pilón, pensaba en que todos los oficios que Ulises lo ponía a hacer eran otra forma de castigarlo. Castigos sin rejo ni ramas de juanajuana, castigos sin lágrimas, pero con el mismo efecto sobre su corazón. Mentalmente, en silencio, a la par que alzaba y descargaba con sus brazos la manija, empezaba a tararear la canción que lo había acompañado durante un buen trecho de esa tarde…
Aburrido me voy…
pues mi amor no duró
no duró tan siquiera
lo que dura una flor…
También los accesos de lipomanía lo impulsaban a buscar los más altos miradores. Cuando esto sucedía, tomaba el camino de la tía Dioselina, haciendo un desvío antes de llegar a la casa de ella, y subía hasta la cima del Cerro Colorado. Allá arriba, se acercaba a un despeñadero que daba hacia La Laguna y allí, de pie, se extasiaba mirando la hilera de montañas y las copas de los árboles. El viento, con sus ráfagas, le mitigaba un tanto esa “moridera”. O cuando la angustia se le engarzaba en el corazón como si fueran las garras de un gavilán, buscaba un barretón y tomaba la salida hacia la mata de guadua, la que llevaba a La Peña, en el pie de las montañas de Capira, al lado de la quebrada de Aguas Claras. Pasaba raudo entre cafetales, quitaba broches de cercas, atravesaba potreros y bien abajo divisaba una enorme roca que era como la entrada a esa platanera y esos yucales que su padre tenía en los límites orientales de la finca, y en los que a veces se sembraba maíz y, en otras ocasiones, piña. Saúl no entraba de una vez en esa parcela, sino que, bordeando la gigantesca roca, apoyándose en bejucos y ramas, trepaba hasta ella y, arriba, se quedaba de pie observando el blanquear de los yarumos y el sonido lejano de las cascadas en la quebrada. Miraba hacia abajo y la atracción del vacío lo llevaba a poner sus pies justo al borde, creando la sensación de que volaba, más cuando el viento que soplaba fuerte en aquella cañada, venía desde las planicies del Tolima, con el calor de Cambao y el olor a frutas de Armero. En esa posición se quedaba un buen tiempo, oyendo el sonido de las guacharacas, el ulular de las hojas de plátano y el canto siempre vivaz de los azulejos en los iguás y gualandayes que se alzaban como murallas protectoras de esa pequeña sementera. Esos miradores le ayudaban a mermar la intensidad de su tristeza. Los riscos de La Peña hacían las veces de los abrazos de su madre Eufrosina, y el aire le soliviaba la pesadez de su existencia.
Al rato bajaba de la gran piedra y sin mucho entusiasmo, con el barretón, sacaba algunas yucas, escudriñaba las papayas maduras y entre la hojarasca se fijaba si había algún racimo de plátanos ya jecho. Metía eso en un costal y empezaba su retorno a casa. Cuando ya estaba cerca, en el centro de la mata de guadua, descargaba el recado, ponía al lado el barretón, y se quedaba otro tiempo escuchando el crujir de aquellas cañas que entonaban un canto triste. Esos chirridos de las guaduas al ser abanicadas por el viento eran un símbolo de su propio dolor, un paisaje amplificado de su infinito sufrimiento. Saúl sabía desde siempre que ese lugar era el escenario perfecto para dar fin al destino de su existencia.
(Capítulo de mi novela inédita Saul Cadena).

Luis Carlos Villamil Jiménez dijo:
Apreciado Fernando:
Gracias por compartir con nosotros otro interesante capítulo de tu novela. Hoy el escenario es hermoso, diverso y profundo. Por un lado, describes el paisaje campesino, el ruido de las guacharacas, el canto de los azulejos, el blanquear de los yarumos y el sonido lejano de la cascada y por el otro, la penosa enfermedad del alma de Saúl que solo el viento a veces moderaba.
Pude sentir los pasos finales de Saúl cargando su alma enferma y hablando con la naturaleza sobre su mal; sintiendo la moridera mitigada a veces por su entorno natural pleno de sonidos agoreros como del crujir de las guaduas, o el ulular de las hojas de plátano mecidas por el viento. Tal vez, Saúl no le temía a la muerte porque era su destino, pero si a la moridera porque caminaba con ella. Pude imaginar el dolor profundo tanto de Beatriz como de Héctor.
Un abrazo, Maestro.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario. Coincido contigo: el denotante más fuerte para la decisión final de Saúl fue la «moridera» que andaba con él como su sombra.