Ilustración de Alberto Breccia.

José, con una barba larga y espesa de un color casi níveo, despertó de su sueño en la eternidad. Todo era a causa de alguien que, a muchos kilómetros de su natal Perdriel, estaba limpiando con esmero un ejemplar de la primera edición de su obra más querida, la que lo había ocupado por tantos años.

Miró hacia abajo de su mundo –no supo bien si con sus ojos o con su pensamiento– y vio cómo esa persona se esforzaba, con papel de lija, para que el amarillento lomo de las hojas del libro recuperara la lozanía del papel original. Observó que luego, con la ternura de una madre con su propio hijo, lo limpiaba con una crema para aminorar la suciedad en las solapas y en el lomo del volumen de cubiertas azules.

Súbitamente tuvo el recuerdo del rostro de Estrada cuando le entregó los originales de sus versos. Reconoció las manos flacas de aquel editor que confiaba en él, a pesar de que su estilo no era lo común en ese tiempo.

—Quinientos ejemplares, para empezar —había puntualizado—, poniendo en las últimas palabras un acento muy rosarino, como si preguntara o dejara una inquietud en el interlocutor.

Enseguida vio al hombre, terminada la limpieza, echarle un líquido blanco al lomo desprendido del libro y, acto seguido, apretarlo con las dos manos para que el pegamento hiciera efecto. En esa posición y con el fuerte sol que entraba por una claraboya de la casa, lo consideró un ser caritativo, como si fuera la aparición de un ángel, y por su empeño dedujo que también debía ser un escritor.

Se acarició la barba mentalmente, porque entonces comprobó que no tenía manos, y comenzó a pergeñar unas líneas, semejantes a esas que hacía cuando la pampa era su paisaje cotidiano. Se maravilló de cómo los versos le salían sin esfuerzo, con una fluidez parecida al agua que tanto le encantaba oír cuando se sentía cansado de su trabajo:

Yo quisiera agradecer

a esas manos tan prolijas

que con goma y buenas lijas

supieron recuperarme

y a poco lograron darme

vida nueva a mi valija.

 

Porque en aquella maleta

que escribí en un encierro

bien vale su desentierro

pa que el tiempo y la polilla

no acaben con la semilla

de mi gaucho el Martin Fierro.

Sintió nostalgia de no tener un papel a la mano, de no contar con una pluma. Pero prefirió no angustiarse. Volvió a repetir sus sextillas y hasta hizo unas sutiles correcciones a esas líneas en su pensamiento. Retornó a mirar hacia abajo y se sumó a la alegría del hombre quien, satisfecho de su labor, había cogido el libro para conducirlo hasta uno de los anaqueles de su biblioteca. Enseguida, rememorando al sufrido gaucho de sus querencias, se le ocurrieron unos consejos. Se sintió feliz de no haber perdido la inspiración a pesar de su interminable edad…

Es bueno que el hombre guarde

y conserve en su memoria

lo que ha sido y es su historia

pa no dejar que el olvido

vuelva todo tan perdido

como excremento o escoria.

 

Porque si nada guardamos

la vida que ha sido hermosa

será igual a cualquier cosa

y las personas que amamos

o los hechos que forjamos

se hundirán en nuestra fosa.

 

Limpien todos cada día

sus recuerdos más preciados

no dejen que sean ajados

por la lerda ingratitud

mejor pulan –y es virtud–

las hojas de su pasado.