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Ciertos poemas nos cautivan desde la primera vez que los leemos. A veces porque hallamos en ellos, de manera concentrada y con estilo sutil, una clave para entender determinado matiz de la existencia y, en otras ocasiones, porque señalan con aguda reflexión situaciones futuras a las que, de alguna forma, estaremos abocados. Este tipo de poemas cobran más sentido a medida que pasan los años o se hacen más “legibles” cuando se los mira con el lente sereno de la sabiduría de vivir. Uno de esos poemas es “Cuando estés vieja” del irlandés William Butler Yeats. Miremos en detalle el texto.

La primera estrofa parte de un hecho que es, al mismo tiempo, un anuncio premonitorio: la llegada de la vejez. Pero la mujer a la que alude el poema está en actitud “somnolienta”, al lado del fuego, y tiene en sus manos un libro. Es una persona en estado de lentitud, de “mirada suave” y que, sin afanes, va leyendo. Desde ese gesto cansino “y sin prisa” la vieja recupera sus vivencias de otros días; evoca y sueña, a la vez.

Eso es, precisamente, lo que nos expresa Yeats en la segunda estrofa del poema. La mujer recuerda a todos sus “amantes” que le prodigaron “momentos de dicha” y que amaron su belleza “con amor falso o verdadero”. Tales reflexiones sólo aparecen cuando puede mirar hacia atrás con tranquilidad y sin estar asediada por el arrebato de las pasiones. La mujer repasa sus días como si fueran las hojas de un libro, hace un balance y se detiene en un hombre que, además de contemplar su belleza, supo “amar en ella su alma peregrina y las tristezas de su rostro voluble”. Ese hombre, porque parece que es único: “amó los dolores de su rostro cambiante” o, “amó las aflicciones de su cambiante cara”. Ese alguien logró amar lo mudable, lo que en ella era peregrino o iba de tránsito; lo que no era solo exaltación de la alegría, sino también cambio y sufrimiento. La rememoración de la anciana, con relación a sus amantes, la lleva a distinguir entre aquellos que se extasiaron con su belleza exterior y otro que se detuvo a escudriñar dentro de ella. Quizá allí esté la clave de lo que diferencia a los amores falsos de los amores verdaderos.

Terminado ese momento de evocación, la anciana se refugia en el calor de los leños y descubre, no sin cierta tristeza, que el Amor –ahora escrito con mayúsculas– ya no está con ella, que “huyó sobre las montañas”, que “escondió su rostro entre una multitud de estrellas”. Y si bien alcanzamos a sentir un tono melancólico por las experiencias amorosas del ayer, lo que me parece loable es que esta anciana logró conocer y tener vivo dentro de su pecho aquel astro fulgurante. Ella fue amada, así ahora no lo sea. Lo que amortigua la ausencia del amor en su vejez es que, en otro tiempo, experimentó el saberse amada y de modo especial por una persona que entrevió las vicisitudes de su alma. No llega al final de sus días sin la evidencia de ese Amor que por momentos lo tuvo radiante entre sus manos.

Este poema me sigue cautivando, a la par que me ofrece pistas de comprensión sobre los afectos pasados por el tamiz del tiempo. Sabemos que nuestra existencia es pasajera, y entendemos que en ese periplo hallaremos personas que nos amen. Pero únicamente al llegar a viejos sabremos cuáles de esos amores fueron falsos o sinceros, cuáles se quedaron en el borde de lo que somos y cuáles penetraron hasta la médula de nuestro ser. Eso de una parte. El otro asunto es de mayor trascendencia: el Amor se nos da como un regalo, es algo que se aposenta por un tiempo en nuestra alma y luego vuelve a su patria estelar. También él es peregrino. Por momentos nos incendia y nos nutre a incendios abrasadores; en otros, es silencio o sequía extrema. Desde la atalaya de la vejez se puede apreciar mejor el itinerario de esa estela de alboradas y de ocasos.

Cabe agregar algo más: el conjunto del poema es una especie de dedicatoria para alguien que, seguramente, fue el motivo de ese amor genuino y “sincero” al que se alude en la tercera línea de la segunda estrofa.  Aquel hombre, que bien puede ser el mismo poeta, tiene la esperanza de que sea la vejez de esa mujer la que le revele, a la manera de un testamento, la persona que amó su peregrina alma. Y aún más: el libro que Yeats confía que ella tenga en sus arrugadas manos sea el mismo que incluya los versos que le ha escrito. Así descubrirá –al igual que nosotros– que, si bien padece la ausencia de amor en el presente, le queda la certeza nostálgica de ese amor verdadero que tuvo en el pasado.