Es aconsejable desconectarse unos días de los medios masivos de comunicación que, cada día, refunden información con opinión, creencias personales con noticias validadas. Los medios masivos, y muy especialmente la radio y la televisión, contribuyen a que nuestra mente pierda la capacidad de ver los matices y se encasille en apreciar la realidad sólo a partir de los opuestos. El afán de los medios por crear debate, por incendiar los ánimos, conlleva a aumentar nuestro estrés y a que asumamos, a veces sin darnos cuenta, posturas o discursos que rayan con el extremismo o la intransigencia.
Prevenirse de la ola de rumor negativo que crean y amplifican los medios masivos es una de las formas del cuidado de sí de nuestro tiempo. Desde luego, los medios buscan intervenir la opinión pública, influenciarla para que tome una u otra tendencia, pero en ese afán por captar audiencias, fácilmente calumnian, propagan falsas noticias, se ensañan con sus adversarios políticos y, lo que resulta más nocivo para el bienestar mental, amplifican lo nimio, sólo ven una cara del poliedro, reiteran sin cesar en las carencias o los errores de sus oponentes. Si nuestra mente no está atenta para sopesar los dos lados de la balanza, con facilidad caeremos en el pesimismo más rampante o nos sumaremos al coro pregonero de que “todo va mal”, y que “este es el peor mundo en que vivimos”.
No dejarse imponer en las conversaciones de la vida cotidiana la agenda de los medios me parece otro remedio efectivo para nuestra salud mental. Recuperar la riqueza de otros temas, sazonar nuestras charlas con colegas y amigos sobre experiencias de vida y eventos ejemplarizantes, tiene más provecho que andar repitiendo como loros los infundios de la clase política o los “editoriales” de las vedettes mediáticas. Traer a la charla en el trabajo, en los diferentes espacios de interrelación social, algo que se haya experimentado, visto o leído diferente a la agenda que trazan los noticieros o programas radiales, renueva la conversación, enriquece la socialización, multiplica los puntos de vista. Cuando nos volvemos monotemáticos y parecemos un perifoneo de lo mismo que pregonan los medios masivos, además de aburridos, perdemos flexibilidad cognitiva, hacemos más estrecho nuestro capital cultural y vamos asentándonos en el dogmatismo.
De otra parte, desintoxicarse de la dependencia de las redes sociales, de los mensajes continuos que destilan antipatía, animadversión, o abiertamente odio hacia alguien o algo evita que nuestra mente confunda verdad con creencia, emoción con realidad. Las redes sociales sacan el mejor provecho de nuestra parte emotiva, exacerban esa zona de las pasiones en la que, por lo general, la función analítica y el cedazo del discernimiento pasan a un segundo plano. Liberarse de estos focos de rumor y, especialmente, dejar de ser propagadores de esta información envenenada es vital si queremos liberarnos del afán de los prejuicios que nublan la comprensión y el buen juicio sobre los hechos o las personas.
En este mismo sentido, dimensionar bien lo que se publica en las redes sociales, en particular la información personal, es una manera de salvaguardar la intimidad. Contagiados por la ola de que “todo lo de una persona tiene que saberse”, especialmente el mundo privado de los afectos, se ha ido perdiendo esa zona sagrada de lo particular, esa reserva inviolable del fuero íntimo. Ponerle coto a lo que compartimos abiertamente de nuestra vida cotidiana, de las relaciones sentimentales que tenemos o de las peripecias de nuestra existencia, contribuye a mantener un control sobre nuestra privacidad, a la par que nos previene del uso indiscriminado que otras personas puedan hacer de una confesión, un cambio en nuestras elecciones afectivas o un momentáneo estado de ánimo. Distinguir y defender una frontera privada es una forma de ganar tranquilidad para nuestro espíritu.
Evitar o eludir, especialmente en los diálogos familiares, enfrascarse en discusiones que provienen de lo escuchado en los medios masivos o de algún mensaje visto en las redes sociales contribuye a que no volvamos los espacios de la fraternidad en campos de batalla para la intolerancia o el sectarismo ideológico o político. Lo peor que puede sucederles a las aguas refrescantes de la familia es que se contaminen con el discurso político del momento o con las consignas partidistas intolerantes y fanáticas. Si en algo valoramos las herencias morales cosechadas en la familia, lo que menos debiéramos legar son antipatías infundadas, resentimientos enquistados y aversiones por ideas contrarias a la nuestras. La mayoría de las veces el humor o el silencio resultan más provechosos que las acaloradas discusiones que fracturan los vínculos filiales y ponen a los padres o hermanos en el sitial de enemigos.
Y si nos es tan necesario consumir la información del día a día, lo más aconsejable es no volverse un seguidor acéfalo de la misma emisora, del mismo canal televisivo, de un único periódico o revista. Buscar fuentes alternativas de información resulta en nuestros días una manera de salvaguardar el espíritu crítico y mantener una toma de distancia frente a los hechos o las personas para tener el mejor juicio posible. No hay que olvidar que la oralidad es fugaz, agonística, divagante; como tampoco hay que perder de vista que detrás de los conglomerados informativos hay intereses económicos y líneas de negocio en que importa poco “la objetividad y el respeto por la audiencia”. Aprender a variar de canal, a aquilatar la oralidad con la escritura, a leer entre líneas, a sospechar de lo que parece la opinión mayoritaria, son remedios caseros que afianzan y mantienen el criterio de indagar y pensar por cuenta propia.
Lo que no puede convertirse en un vicio es mantenerse conectado desde la mañana hasta la noche a los telediarios o a los radionoticieros, o gastando cantidad de tiempo todos los días replicando mensajes en las redes sociales para azuzar la inquina o contribuyendo a la perversa mendacidad. Estos hábitos terminan por debilitar nuestra capacidad de análisis, nos hacen proclives a la manipulación y a una candidez que se parece mucho a la credulidad. Saber desintoxicarse de estos hábitos, aprender a dosificar el consumo de medios, tener la suficiente contención para abstenernos de injuriar u ofender en las redes sociales puede liberarnos de la ceguera sectaria y de la obcecación que conduce a las violencias de todo tipo. Es urgente romper estos hábitos de información circulante, estos patrones de opinión pública, si queremos mantener nuestro bienestar psicológico que, como se sabe, es un baluarte de nuestra salud general.


Pingback: Higiene mediática y salud mental – Chuy Arandas
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario.
LUIS CARLOS VILLAMIL JIMÉNEZ dijo:
Susceptibles y resistentes
La epidemia (desinformación) se propaga rápidamente entre la población susceptible, conformada por quienes “opinan de oídas” o consumen información sin analizar, confrontar ni validar. Son en general hábiles opinadores en tertulias y reuniones sociales, donde transmiten la desinformación incrementando así la población afectada.
Como en toda epidemia hay grupos de individuos indemnes o resistentes, aquellos que cuentan con las defensas (anticuerpos) adquiridos a través del debate, el análisis y la validación de la información. Ellos son los lectores críticos, representan un elemento central para la prevención y el control de la epidemia.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario.
LUIS CARLOS VILLAMIL JIMÉNEZ dijo:
Algo más sobre la epidemia de desinformación.
Los medios tienen un papel importante en la desinformación epidémica. De acuerdo con T Adorno, el consumidor desprevenido (lector superficial) de los medios de comunicación, confía en lo que lee u oye, sin evaluar el grado de infección que le pretenden transmitir, ni la tendencia política de los comunicadores o de los patrocinadores de los medios. Ellos logran normalizar o convertir en verdad lo que afirman (a veces opiniones infectadas) y en falso, lo divergente u opuesto. La sociedad tiende así a dividir las opiniones en “normales” y “patológicas”. Las opiniones que se desvían de la norma son vistas como demenciales o extremas, mientras que las opiniones “dominantes”, son aceptadas como verdad sin cuestionamiento dando inicio a la epidemia de desinformación.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario.
Libardo Enrique Pérez Díaz dijo:
Gracias Fercho por tan encarnada, urgente y sináptica invitación.
Volvamos a la genuina y co-estructurante conversación!
Con aprecio, Libardo.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Libardo, gracias por tu comentario. Me sumo a tu iniciativa.
LUIS CARLOS VILLAMIL JIMÉNEZ dijo:
Apreciado Fernando: Esta semana presentas el análisis de lo que se puede llamar una epidemia grave de desinformación, influenciada por los medios de comunicación que buscan homogenizar y manipular las opiniones de las personas, generando, como lo dice Theodor Adorno, una “demencia” en la sociedad. La temporada preelectoral agudizará y ampliará la epidemia. Bienvenido tu consejo, desconectémonos unos días de los medios de comunicación.
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Estimado Luis Carlos, gracias por tu comentario,
Karen Shoreed Molano Mosquera dijo:
Precisamente estoy en ese proceso de desintoxicación mediático y la verdad lo recomiendo!!!
Fernando Vásquez Rodríguez dijo:
Karen, gracias por tu comentario.