Ilustración de István Orosz.

En la 30ª Conferencia general de la UNESCO, realizada en París el 26 de octubre de 1999, se proclamó el 21 de marzo como día mundial de la poesía. Y en este año, la directora de tal organismo, Audrey Azoulay, ha subrayado que “como forma de expresión íntima que permite abrirse a los demás, la poesía enriquece el diálogo que cataliza todo proceso humano y es más necesaria que nunca en tiempos turbulentos”. Haciendo eco a dicha celebración podemos en esta oportunidad reflexionar un poco sobre los beneficios de la poesía para el desarrollo sensible de las personas, su utilidad expresiva en la plasticidad del pensamiento y su relevancia en el cultivo de la interioridad.

Comenzaré explicando por qué considero que la lectura frecuente de poemas contribuye a desarrollar la sensibilidad. Como es bien sabido, la sociedad en la que vivimos, además de su vertiginosa y utilitaria manera de comportarse, poco a poco va adormeciendo nuestra capacidad para “impresionarnos” o conmovernos por lo que acaece a nuestro alrededor. Frente a ese amodorramiento sensible, los poemas hacen las veces de chispazos que producen un despertar, una inquietud, un sobrecogimiento. Al leer esos destellos verbales se rompe el letargo de nuestra emotividad. La poesía, en cuanto testimonio decantado de otras vidas, nos exacerba los sentidos, aumenta el umbral de nuestra sensibilidad y, al hacerlo, nos dota de una piel más permeable a las vicisitudes de la existencia humana. Tanto propias como ajenas. La forma depurada de los poemas nos comunica los pormenores de la alegría, la soledad, el sufrimiento; al igual que el sentido esencial de la solidaridad, el perdón, la ternura. Ese despertar de los sentidos, que trae la lectura continuada de poemas, renueva nuestra capacidad sensible para dejarnos invadir por las maravillas de la naturaleza, el milagro de la vida o la fascinación por el misterio que habita en las fronteras de la trascendencia.

Otro tanto podría decirse de la altísima desatención en nuestra época al modo como los seres humanos inician, enfrentan y desarrollan sus sentimientos, sus afectos, su dimensión emocional. Eso queda a la suerte de cada quien o dependiendo de la oferta de la sociedad de consumo o de la estereotipada cartilla de la publicidad y las redes sociales. El resultado es un simplismo tanto en la concepción como en el ideal de las relaciones afectivas que repercute en la incapacidad para vivirlas intensamente o en una renuncia a apropiarlas en su justo valor. Ni se sabe muy bien cómo evolucionan los sentimientos, sus variaciones y conflictos, ni se cuentan con referentes que ayuden a fortalecer lo que se experimenta entre ignorancias y clisés masificadores. Precisamente, en tal “vacío formativo” es que la poesía ofrece pistas orientadoras sobre tales eventos emocionales, sobre sus manifestaciones y reticencias, sobre sus plenitudes y altibajos. La lectura frecuente de poemas es un buen repertorio experiencial para sopesar el impulso emocional con la idealización de los afectos, un abanico de testimonios vívidos para comprender la ambigüedad de los sentimientos y un susurro de advertencia cuando se entra en la obcecada turbulencia de las pasiones. 

Valga señalar ahora, un segundo campo de utilidad: la lectura asidua de poemas contribuye a darle plasticidad al pensamiento. El sedimento analógico, que es una de las piedras angulares de este tipo de expresión, hace que nuestra mente incorpore la riqueza de los símiles y metáforas, logrando con ello romper los esquematismos de un “único modo de ver o decir”. Con el lenguaje de la poesía nuestras operaciones cognitivas aprenden la potencialidad de las relaciones, descubren puntos de unión entre realidades irreconciliables y acceden a las fuentes de un manantial inagotable para la expresión creativa e innovadora. La lectura asidua de poemas va creando en nuestra mente un “banco de imágenes” que tendremos a la mano cuando deseemos expresar asuntos profundos de nuestro ser, cuando tengamos que darle carne a emociones que nos sobrecogen, cuando queramos emitir mensajes que realmente lleguen al corazón de nuestros interlocutores. La poesía hace maleable la dureza conceptual, multiplica los miradores de nuestra percepción, nos hace más diversos y plurales en la manera de comunicarnos.

Si algo aporta la lectura frecuente de poesía es liberarnos de una lenguaje hegemónico o estereotipado. La poesía diluye “los lugares comunes”, las “fórmulas estandarizadas”, para mostrarnos los diversos matices de la realidad, de las pasiones humanas, de la complejidad de la existencia en todos sus niveles. En esto participa de la función primordial de todo arte: ayudarnos a recuperar el asombro y la lucidez para ver con otros ojos a las personas y al mundo que vivimos. Y no es que la poesía sea importante porque diga “cosas bonitas”, sino porque expresa, con delicada precisión, aspectos profundos o inadvertidos de algo que sentimos, percibimos o nos acontece. Este lenguaje nos invita a no olvidar asuntos que por la premura y las demandas del momento empiezan a desaparecer de nuestras prioridades, terminan siendo invisibilizados o, lo más grave, se banalizan hasta el punto de hacerles perder su esencia. El lenguaje de la poesía, en esta dimensión, nos restituye la admiración, el deslumbramiento o la primicia de estar vivos, de compartir con otros nuestros sueños, de comprender nuestra finitud a la par que nuestra capacidad para soñar y esperanzarnos.

Y ni qué decir de los beneficios que aporta el trato frecuente con la poesía para el cultivo de sí, para el conocimiento y talla de nuestra interioridad. Muchos poemas hacen el papel de espejos para reconocernos, especialmente en aquellos aspectos que aceptamos con dificultad, al igual que sirven para adentrarnos en zonas abisales de nuestra conciencia. La poesía nos ha mostrado sendas posibles de ir hacia el insondable territorio de nuestra personalidad, dejando en los versos indicios que parecen lecciones breves de sabiduría. Pero no sólo esto; de igual modo, la poesía ha respondido preguntas fundamentales sobre el sentido de la existencia o se ha atrevido a formular otras que con algún temor no nos atrevemos a decir en voz alta. Leyendo esos poemas, habitándolos desde la relectura y la meditación, la poesía va dotando el alma o el espíritu de claves para descifrar su esencia y del sentido que tiene una vida finita en el vasto e infinito universo.

Contar con un buen número de poemas en nuestra memoria, haber encontrado la afinidad con el mundo lírico de uno o varios poetas, apropiar el hábito de leer poesía con regularidad, todo ello contribuye a no descuidar la esencia dinámica de nuestro ser. La poesía sirve de refugio cuando las tribulaciones nos asedian; aporta consuelo cuando la soledad o la desesperanza nos hieren el corazón; y mantiene encendida la dimensión contemplativa, justo cuando todo parece estar condenado al inmediatismo utilitario y la voracidad del consumo. La poesía abre rutas de sentido en la inexperta juventud, afianza opciones de vida en la edad adulta y es compañera invaluable en la ensimismada travesía de la vejez.