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«Mujer leyendo» de Pablo Picasso.

En algunos de mis libros y en materiales didácticos para cursos y seminarios sobre prácticas de lectura he propuesto trabajar con ideas-fuerza. Dada la potencialidad de este recurso, me ha parecido bien, en esta ocasión, explicar detalladamente de qué se trata y mostrar sus bondades en un proceso de comprensión lectora o para la crítica de textos escritos.

Lo primero que debemos recordar y evaluar es una práctica de lectura –muy utilizada en los colegios– que aboga por encontrar en un texto tanto las ideas principales como las ideas secundarias. Y si bien esto se puede lograr después de haber leído y releído todo un texto, no resulta fácil identificar cuál es una u otra a medida que se va leyendo. Esa es, precisamente, la mayor debilidad de este modo de ir desentrañando los textos. De otra parte, es obvio que, para saber discriminar las ideas principales de las secundarias, se requiere cierta perspicacia o por lo menos una experiencia validada en tal modo de abordar un documento escrito.

Para responder a este modo habitual de comprender los textos es que nace la apuesta por las ideas-fuerza. Es decir, de reconocer en lo que vamos leyendo ideas (no palabras) que nos llaman la atención, ya sea porque nos identificamos con sus planteamientos, porque nos generan inquietudes o porque estamos en desacuerdo con lo que allí se enuncia. En este sentido, las ideas fuerza son una modalidad del subrayado, pero sin determinar una jerarquía estructural o captar una organización de subordinación. Se trata más bien de ir adentrándonos en el texto subrayando apartados con sentido completo que interpelan nuestro ojo lector, ponen en movimiento nuestro pensamiento, nos invitan a reflexionar o conmueven nuestra sensibilidad. Precisamente por eso tienen el calificativo de “fuerza”, porque rompen la pasividad mecánica del ojo, y exigen recuperar el dinamismo del entendimiento, la participación activa del lector con el texto. Son ideas-fuerza porque nos inducen a interactuar con ellas, a responder de alguna manera, a superar la condición de pasivos leedores.

Si bien estas ideas-fuerza pueden identificarse con un color, la experiencia nos va ayudando a entender que usar varias tonalidades tiene más potencialidades en un proceso de comprensión lectora. Lo importante es que logremos darle un relieve a la superficie plana del texto. Sabemos que el territorio de los textos no es uniforme: a la par que uno va leyendo se encuentra con diferentes cosas, hay ideas que se reiteran, otras que se mutan, se derivan o se entrecruzan. Entonces, poco a poco se necesitan colores diferentes para atrapar las metamorfosis de las ideas. Advierto que este modo de subrayar ideas-fuerza con dos o más colores, es algo que se va adquiriendo en la medida que trabajamos con los textos, en que dejamos de ser espectadores de una información, y nos convertimos en receptores antagonistas de un mensaje.

Una bondad de esta estrategia de lectura, y que resulta muy valiosa en la formación de lectores, es la de permitir expresar las marcas significativas entrevistas por determinada persona; es decir, cada quien subraya las ideas fuerza que estén más cercanas a su historia personal, a su mundo intelectual, a su radio de interés. No hay un repertorio de ideas ya establecidas a las cuales deberían llegar todos los lectores. Cada quien irá repujando apartados del texto que luego, en el diálogo con los compañeros de clase o a partir de las ideas fuerza destacadas por el profesor, podrá descubrir si son coincidentes, divergentes o discrepantes de la mayoría. Desde esta perspectiva, las ideas-fuerza favorecen el diálogo, el debate, el foro, y todas las llamadas “hablas plurales”. Más que buscar la unanimidad, las ideas-fuerza anhelan que la conversación en clase se movilice desde las propias marcas, desde un lugar personal que dice “este apartado es importante para mí”, y luego, en la exposición compartida, se sabrán las razones de tal selección textual. Seguramente, sobre varias de esas ideas habrá puntos en común, pero en otras, se podrá notar cómo la perspicacia en ver los detalles, la atención vigilante y la exposición frecuente a los textos ofrecerá subrayados no por todos vistos o considerados relevantes.

Por supuesto que al tener las ideas-fuerza ubicadas, al contar con esa evidencia, se podrán hacer diferentes ordenaciones y jerarquías: desde el simple listado (que dará pie a constatar las reiteraciones del autor) hasta los racimos asociativos o los mapas de ideas. Ahora sí, mediante el análisis de dichas ideas-fuerza –que provienen del texto en su totalidad– se sabrá cuáles son ideas realmente vertebrales y cuáles secundarias o no tan sustanciales. Las ideas-fuerza, en esta perspectiva, son un grupo de frases subrayadas por el lector que, al mirarlas en conjunto, permiten valorar o tener elementos confiables de juicio crítico sobre el contenido de un texto.

Las ideas-fuerza pueden servir de dispositivo didáctico para que el docente inicie la entrada a un texto, desmontando párrafo a párrafo con sus estudiantes la comprensión del mismo; contribuyen a mostrar colectivamente la riqueza de significados, las complejidades de la interpretación.  De igual modo, las ideas fuerza son muy útiles en el “trabajo previo de lectura” para luego, en pequeños grupos de una clase, compartirse, discutirse, o generar acuerdos enfocados a presentarse en una plenaria. Otro tanto cabe decir del uso de las ideas-fuerza para el trabajo de “reconstrucción sintética” al cerrar una temática o el abordaje de un documento. Bien sea como actividad preliminar, como “subrayados personales” para la discusión o como producto de una sesión de aula, las ideas-fuerza ofrecen prolíficos resultados.

De igual manera, emplear el recurso de las ideas-fuerza resulta provechoso para otra estrategia –esta vez de escritura– que he venido promoviendo y desarrollando durante varios años. Me refiero al uso del contrapunto. En este caso, las ideas-fuerza hacen las veces de motivo o detonante para provocar la amplificación, la disminución, la réplica, la transposición, la derivación, el contraste o el análisis. Las ideas-fuerza sirven de germen, de acicate, para que el lector de un paso más allá y se atreva a escribir algo sobre lo que acaba de subrayar en un texto. Las ideas-fuerza merman el miedo o la incertidumbre a no saber por dónde o sobre qué escribir, especialmente cuando se trata de elaborar documentos expositivos o argumentativos. Por el contrario, con un repertorio de ideas-fuerza será más fácil entrar en interlocución con un texto y, desde esas piedras de toque, hallar la chispa para redactar un comentario o un ensayo.

Como puede colegirse de lo dicho, la estrategia de lectura de las ideas-fuerza posibilita adentrarse en la médula de los textos. Invita a mantener un trato activo con aquello que leemos y a aprender a foguearnos con ideas ajenas. Pero, sobre todo, son un antídoto contra esas prácticas de lectura superficiales que terminan en la opinión gratuita y en la divagación sin referencias ancladas a determinado documento.