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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

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«Ars combinatoria» con ocho palabras

08 sábado Jun 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Pasatiempos

≈ 2 comentarios

Etiquetas

Ejercicios de escritura, Escritura creativa, Literatura potencial

Ilustración del mexicano Rogelio Naranjo.

Uno de los ejercicios más prolíficos para fomentar la creatividad lingüística es el “Ars combinatoria” o combinatoria de palabras. La actividad consiste en redactar diferentes textos (no demasiado extensos) con un número limitado de palabras, que sean coherentes, comunicativos e interesantes para un lector. Por supuesto, los términos dados no podrán usarse sino una vez en cada producto elaborado y sin cambiar su género, número o tiempo verbal. Sobra decir que, de acuerdo a la organización de cada texto, se permite el uso de algunos artículos, pronombres, preposiciones o verbos, al igual que los recursos de los signos de puntuación. Para que el ejercicio alcance los mejores resultados se necesita al menos elaborar cinco variables diferentes.

Con el fin de mostrar las minucias de esta “Ars combinatoria” voy a ir presentando paso a paso ejemplos de mi propia producción.

Las palabras definidas previamente son las siguientes: HIJO, CANOA, NOCHE, CORAZÓN, PADRE, LUNA, ISLA, PALMERAS.

Lo primero que puede hacerse (y esa es la alternativa que yo elijo) es usar fichas o recortes de cartulina en las que se escriben las palabras predefinidas, de tal manera que se asemejen a cartas de naipes. Después se barajan esas fichas de manera azarosa, rellenando los espacios con palabras que les otorguen sentido. Así que, si en la primera tanda de términos queda el siguiente orden: padre + palmeras + noche + hijo + canoa + corazón + isla + luna, podría improvisarse una secuencia discursiva de este tenor:

1

Un padre, al lado de unas palmeras, estaba preocupado porque ya empezaba la noche y su hijo no llegaba con la canoa. Su corazón rogaba para que volviera pronto a la isla guiado por la luz de la luna.

Esas mismas cartas, mezcladas de otra manera, pueden llevar a diversas organizaciones que, como en el caso anterior, incitan a la imaginación para tejer alternativas plasmadas en un texto coherente. El resultado obtenido, entonces, se asemejaría a esta configuración:

2

En la noche, cuando hay luna llena, dicen que un hijo necesita más de su padre. Porque al no verlo, su corazón se convierte en una isla sin palmeras, en una canoa a la deriva.

Por supuesto, lo vertebral en cualesquiera de las combinaciones es hallar una lógica que imante los términos sueltos o buscar puntos de unión entre las diferentes palabras. Para alcanzar resultados medianamente rápidos, lo mejor es moverse redactando textos no tan largos y, lo más importante, persistir en espolear a nuestra mente para que encuentre variantes al conjugar esos ocho términos propuestos. 

3

El hijo estaba perdido en una isla, vagando en la playa entre las palmeras. El padre lo encontró gracias a que en la noche la luna convierte todo corazón angustiado en una canoa.

Si se mantiene en alto por un tiempo considerable este reto combinatorio empiezan a aflorar otras posibilidades. Las palabras dejarán de ser utilizadas únicamente en su significado más denotado y comenzarán a mostrar su potencial connotativo. También aflorarán recursos como el de incorporar las voces de los posibles “personajes” incluidos en el listado de palabras o usar la antropomorfización para darle vida a los objetos inanimados. Sirvan de ilustración las alternativas siguientes:

4

“La luna tiene un corazón que parece una canoa”, eso le dice el padre al hijo mientras cae la noche y observan a lo lejos la sombra de una isla y sus palmeras.

5

En la vieja India un padre le dice a su hijo: “la luna es una canoa que subió a los cielos porque perdió su corazón. Y por eso lo busca cada noche en cada isla”.

6

En la playa de una isla volcánica una joven canoa les comentaba a las palmeras que andaba en busca de su padre. Ellas le contestaron que un hijo a la deriva más que indagar por su progenitor debía encontrar a su madre: “si escuchas con cuidado el palpitar duro de tu corazón y miras hacia arriba en la noche, tal vez tus respuestas las encuentres en la redonda luna”.

7

Como es bien sabido, el corazón de las palmeras es mágico. Por eso algunos nativos de la isla Kiriwina van de noche a hacerle unas pequeñas incisiones en el tronco para sacar una sustancia lechosa que guardan como algo preciado. Luego, en tiempo de luna llena, llevan a cabo el siguiente ritual: cerca a la playa, cada padre sube a su hijo joven sobre una canoa y comienza a embadurnarle todo el cuerpo con ese líquido. De esta manera lo prepara para que pueda engendrar la vida.

En esta exploración creativa es bueno evaluar la “reserva de lecturas literarias” que cada uno tenga o, si está en un espacio educativo, disponer momentos de estudio con los aprendices para leer obras literarias en detalle –analizando sus maneras particulares de composición– con el fin de tomarlas como ejemplo para emularlas en las propias producciones. Así se logrará descubrir, entre otras cosas, que se pueden incluir cortos diálogos entre las entidades que sirven de referencia o articularlas todas siguiendo la estructura teatral. Los referentes de la expresión literaria ofrecen a la imaginación otras vías novedosas de construcción textual e invitan a asumir las formas discursivas del mundo de la ficción.  Pongo como evidencia estos otros textos:

8

—Si tu corazón persiste en ser una isla —le decía el padre a su hijo—, nunca entenderás cómo la luna, en la noche, se transforma en una brillante canoa para enamorar a las esquivas palmeras.

9

—¿Por qué uno persigue al ser que ama? —le preguntó un joven hijo enamorado a su padre.

El viejo, que había estado por años náufrago en una isla, le respondió:

—Porque el corazón de la canoa, como está hecho de palmeras, no le queda otro destino que erguirse en la noche para alcanzar la luna.

10

—Hijo, guarda la canoa, ya es de noche.

—Padre, pero no hemos ido a la isla.

—Cuando haya luna.

—¿Y si mañana no podemos ver las palmeras?

—Las llevarás en tu corazón.

No cabe duda de que los recursos narrativos producen buena cosecha al elaborar las variantes textuales. Las ocho palabras, iluminadas por las formas o los recursos de la ficción, sufren variaciones sorprendentes. A veces, resulta útil darle a la combinatoria semántica la forma de un cuento; y, en otras ocasiones, es provechoso concebir microhistorias sobre algún aspecto de la compleja condición humana que lleven al lector a reflexionar o sorprenderse. En este caso es fundamental pensar bien la organización de la trama, es decir, la manera como se entrelazan los diversos elementos de la historia. Las variantes que vienen a continuación son una evidencia de lo dicho:

11

En una noche con luna el pequeño hijo le dijo al padre que quería ir a la isla con palmeras:

—¡Yo sé que tu corazón puede transformarse en una canoa!

El hombre conmovido lo levantó y lo puso sobre sus hombros.

—Ahora mueve tus brazos como estuvieras nadando— le indicó con ternura.

12

Un pescador devoto de la luna le pedía al astro que, cuando naciera su hijo, le pusiera en el pecho un corazón de luz.

—Para poderlo ver de noche en el mar, si se extravía.

Pero la súplica pareció no tener respuesta. Sin embargo, pasados los años, cuando el hombre salía a navegar en la oscuridad buscando peces cerca a la isla de abundantes palmeras, un niño observaba cómo, a pesar de la gran distancia, la canoa de su padre seguía brillando con fulgurante intensidad.

13

El encorvado padre, agobiado por la edad y la pena, visitó a la quiromántica del pueblo.

—Aquí veo una canoa —dijo la mujer, observando la mano del anciano.

—Debe ser mi hijo que regresa.

—Miro también una isla y unas palmeras.

—Es allí donde estaba cautivo durante mucho tiempo por una hechicera.

—Noto acá las ramas de un árbol añoso.

—Ese es mi corazón.

—Vaya tranquilo, parece que los vientos son favorables.

El hombre, apoyándose en su bastón, salió a la calle. Estaba feliz. La noche parecía menos oscura por la luz rutilante de la luna.

14

La profesora mandaba a dibujar un paisaje marino.

—Pueden incluir una isla, unas palmeras y, por supuesto, una canoa.

Los niños obedecieron con prontitud.

—¿De día o de noche? —preguntó el más pequeño del grupo.

—Como tú quieras, corazón.

—¿Puedo pintarle una luna? —interrumpió una niña pecosa.

—Seguro que te quedará muy bonito.

Después de pasar por los pupitres observando lo que hacían sus estudiantes, la maestra seguía dando otras indicaciones:

—Agreguen unas personas, para que no parezca deshabitado el lugar. Y otras que vayan en la embarcación.

—¡Yo voy a poner a un padre con su hijo! —exclamó un chiquitín de ojos vivaces.

—Eso está muy bien —repuso la mujer.

Terminado el ejercicio, la profesora los revisó, uno a uno, y luego les dijo a sus alumnos:

—Ustedes son unos artistas. Vamos con estas obras a realizar una galería maravillosa.

—Sí —gritaron todos, aplaudiendo con sus pequeñas manos untadas de colores.

15

Según relató uno de los testigos, aunque ya era un rumor sabido en toda la isla, el hijo había asesinado a su padre la noche anterior.

—Estaban tomándose unos tragos en el bar “Las Palmeras” y, de un momento a otro, empezaron a discutir acaloradamente. Después de eso, salieron a la calle a pelear y el joven sacó un cuchillo y le dio una puñalada.

El inspector Luna, se mantenía atento a la confesión del pescador.

—¿Sabe usted el motivo?

—Según entiendo fue por la herencia de la canoa del viejo. En lugar de dejársela al muchacho, el hombre se la regaló a un hermano.

—¿Conoce usted al joven?

—Un poco. Pero parece que no tiene corazón.

El investigador dejó de interrogar al hombre y lo acompañó hasta la salida de la comisaría. Enseguida se dirigió a la pequeña celda. Lo que vio lo dejó atónito y conmovido: el parricida estaba arrodillado al centro de la pieza moviendo rítmicamente los brazos a lado y lado de su torso, como si empuñara un remo al impulsar un pesado navío.

—¡El sí era mi papá!, ¡el sí era mi papá! —musitaba una y otra vez.

Ahora bien, si se cuenta con algún conocimiento de las formas poéticas, o al menos se desea explorar en el mundo lírico, los mismos ocho términos adquieren nuevo brío creativo y despliegan un horizonte inusitado para elaborar otras mezclas semánticas. Lo importante acá no es tanto la perfección métrica del texto resultante, sino lograr rítmicamente articular las ocho palabras predeterminadas. Valga como ejemplo esta tonada:

16

Un padre cantaba así

esta tonada a su hijo:

si el corazón está fijo,

en continuo frenesí,

mirando siempre a la luna

arriba de las palmeras,

y si la palabra “es una”

reemplaza a la de “cualquiera”,

es que el amor te visita

y una isla ya no eres,

que se acabaron tus cuitas

al conocer las mujeres.

Tu canoa toma pronto

y hacia la noche navega,

pues debes de ser un tonto

si, teniéndolo, se aleja.

Como puede verse, los resultados más altos del “Ars combinatoria” aparecen cuando más variaciones se intentan con el mismo número de palabras. El reto de entrever soluciones distintas a un problema de combinatoria semántica incentiva el ingenio, obliga al pensamiento a buscar otros caminos, multiplica la aparición de alternativas. Y aunque parezca que esos términos predeterminados coartan o constriñen la creatividad, lo cierto es todo lo contrario. Así lo demostraron los integrantes del grupo Oulipo o de la llamada “literatura potencial” y así lo entrevió Ígor Stravinski al hablar de la composición musical: “mi libertad será tanto más grande y profunda cuanto más estrechamente limite mi campo de actuación y me imponga más obstáculos. Lo que me libra de una traba me quita una fuerza. Cuanto más se obliga uno, mejor se libera de las cadenas que traban el espíritu”.

Ojos de venado, pionías y un encantamiento

26 domingo May 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Novelas

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Una de las aventuras que Saúl emprendía con su primo, el que venía de Bogotá para vacaciones de fin de año, consistía en buscar ojos de venado.

Salían de la casa del tío Israel, pasaban la enramada, zigzagueaban entre los cafetales, cruzaban agachándose por una cerca de alambre de púas, bajaban por un camino entre pastizales y, antes de llegar a un pequeño ojo de agua, veían un bejuco enredado entre un matarratón, que exhibía unas vainas de un color café oscuro con pelusas urticantes. Saúl, entonces, cortaba con la peinilla una rama de un arbusto cercano, le quitaba las hojas, y formaba una especie de gancho. Armado con esa herramienta atraía hacía sí el bejuco hasta hacer que los frutos más secos quedaran próximos para golpearlos con el plan del machete. Unas semillas negras, brillantes, salían para todos lados del pastizal. Ahí empezaba la labor del primo, quien mirando aquí y allá, iba recolectando esas semillas, echándolas en el hueco de su sombrero. Lo riesgoso de esta tarea consistía en recoger esas semillas sin picarse con las pelusas del bejuco; pero en la mayoría de los casos, cuando el primo se agachaba a recogerlas terminaba cayéndole en el cuello un “cisco” que irritaba la piel, al igual que se propagaba en los brazos desnudos o en la cara. Saúl se reía cuando veía la desesperación del primo, rascándose todo el cuerpo, acción que se acrecentaba por el caliente sol. Una vez llenado el hueco del sombrero volvían a tomar rumbo a la casa, hablando de las virtudes del ojo de venado.

—Beatriz dice, que si uno guarda un ojo de buey en el bolsillo no le entra ningún maleficio —explicaba Saúl—, aprovechándose de su experticia para mostrar que no se había contaminado con aquella pelusa. —Sobre todo sirve para el mal de envidia.

El primo iba detrás de Saúl, sosteniendo con una mano el sombrero que contenían las brillantes pepas y, con la otra, rascándose el cuello.

—Mi mamá dice que es santo remedio para los orzuelos…

Al entrar en la zona del cafetal, protegidos por guamos y guácimos enormes, los dos muchachos sintieron un clima refrescante. Saúl divisó unas naranjas maduras y se desvió un poco del camino para bajarlas. De un salto alcanzó las primeras ramas del tronco y de allí trepo rápido hasta el gajo donde estaba la pareja de frutas redondas. Estirándose con gran agilidad las alcanzó con una mano y, desde allí, las fue lanzando una a una al primo, quien desde cuando vio a Saúl subir al árbol, descargó el sombrero y estaba presuroso a recibirlas. A los pocos segundos el hombre mayor ya estaba con el más joven, pidiéndole una de las naranjas para empezar a pelarla. La molestia de la picazón fue desplazada por los jugosos y dulces cascos de la fruta.

—Este naranjo y aquel otro —señaló Saúl mirando hacia la izquierda— los sembró el abuelo Eliseo.

Concluido el banquete, los dos muchachos retomaron la marcha. Cuando ya estaban a pocos metros de la casa, Desquite y Mariposo salieron a recibirlos. Saúl les acarició las orejas, y les pasó la mano por el lomo. El primo puso el sombrero en una de las esquinas de la alberca y fue a bañarse las manos en un lavadero.

—No se moje las manos, caluroso —le gritó Beatriz— al verlo camino hacia el lugar donde estaba rebosante de agua la pileta de cemento.

El hijo de Marujita le hizo caso. Justo en ese momento ya Saúl estaba sentado en una de las esquinas del patio de cemento, invitándolo a terminar la aventura con las pepas de ojos de venado.

En juego consistía en raspar los ojos de buey o de venado contra el sardinel del patio, frotarlos rápido y con buena presión, hasta que se pusieran calientes y, luego, tratar de “quemar” al compañero de juego. Saúl siempre ganaba porque tenía los brazos más largos y contaba con más fuerza para apartar las manos del primo citadino. En esto duraban un buen tiempo hasta que Saúl proponía otra búsqueda: la de recoger pionías, esas pepitas rojas con una mancha negra en uno de sus lados, las mismas que en una manilla le pusieron al primo cuando estaba muy niño para que no lo fueran a ojear.

Para encontrar aquellas pepas rojas y negras la ruta era diferente: salían por el camino principal, pasaban por el charco viejo –siempre protegido por palmichas– y allí, de vez en cuando, se detenían porque a Saúl le gustaba buscar en el centro de aquella planta de enormes hojas en forma de abanico, el cogollo, la deliciosa nacuma, para ofrecérsela al compañero de odisea, como un manjar tierno y blanco. Enseguida coronaban una pequeña pendiente hasta un plan cubierto por un alto hobo y debajo de su fronda amarillenta observaban el horno de barro en el que abuela Hermelinda hacia las mantecadas más esponjosas de la región y en el que asaba, para las fiestas decembrinas, un pavo relleno.

Seguían de largo, mirando si había guamas o si las mandarinas de color naranja resplandecían entre el paisaje de verdes oscuros como el aguacate y de verdes claros como el limón. Descendían otra vez observando mirlas, cardenales y azulejos que compartían por turnos un racimo de plátanos maduros, entre cantos y saltos festivos. Y aunque los dos llevaban su cauchera, era otra su misión en ese día. Esquivaban una parte del camino que siempre estaba encharcada y de la que en otras ocasiones sacaban arcilla para hacer candelabros, y más adelante, de otro salto, llegaban a un cruce de caminos, de los muchos que había en Capira: una vía llevaba al camino real y la otra era el desvío hacia la casa de Diosita y Julio delgado.

Por este último camino, arisco, pendiente, cubierto en gran parte por capotes, hojianchos, sangregaos y guácimos engalanados con una lama que parecía ser su segunda piel, iban poco a poco, siguiendo la forma del meandro del camino hecho de tierra morada, piedras negruzcas, polvo amarillento y múltiples cascajos. Después de avanzar un buen trecho, cuando ya la loma se hacía más penosa, al término de ese trayecto, divisaban un cultivo de yuca. Era allí, sirviendo de cerca viva, donde se encontraba el árbol de chocho que producía aquellas pepas que el primo recolectaba para llevarlas como regalo a sus compañeros de colegio cuando volvía de las vacaciones a la capital.

Durante ese trayecto lo que primaba era la conversación, interrumpida por momentos de silencio. Saúl le recordaba al primo nombres e historias que el más joven conocía pero que la voz del mayor les daba nuevo brillo o era una manera de ponerlo al día, después de que la familia de Maruja y Custodio tuvieron que irse de un momento a otro por culpa de “Sangrenegra”. El primo, en cambio, le refería a Saúl cosas que aprendía en el colegio, que encontraba en los libros que leía o sucesos acaecidos en la fábrica de jabones López, en la que su padre era el celador y almacenista.

—Con “Ruso”, por la noche, yo agüeito los ratones…

“Ruso” era el perro compañero del primo, negro y con dos manchas café encima de los ojos.

—En la fábrica de jabón hay una escopeta de aire y con unos diábolos plateados… yo no fallo.

Saúl tomaba una hojita de un árbol cercano y se la metía en la boca. Esa era otra de sus mañas: rumiar hojas.

—¿Qué son los diábolos?

—Son como perdigones pequeñitos, parecen dardos con punta afilada.

Todo lo que fueran armas de fuego eran de gran interés para Saúl, a pesar de que su papá no lo dejara usar la capsulera tanto como quisiera. Y por ese motivo el que alcahueteaba su curiosidad era Misael “Guarinaque”. Pero el compañero de la abuela no tenía sino una escopeta de fisto, de esas que había que tacar con una varilla y ponerle fulminante.

El primo dejaba de compartir esa anécdota y cambiaba por otra, vivida en el Colegio San Gregorio Magno, donde venía adelantando sus estudios de primaria.

 —Este año me gané un concurso en la feria de ciencias en la Semana Cultural del colegio, porque adorné un salón con dibujos de volcanes de toda Colombia. Como el Azufral, el Puracé, el Galeras de Pasto o el nevado del Ruiz, que arrasó a Armero hace muchos siglos.

Saúl escuchaba al primo, de grandes ojos y cejas tupidas, contarle lo que vivía en esa ciudad lejana, pero no por ello dejaba de atender la búsqueda de gajos con vainas secas en las que se escondían las pionías. Y usaba siempre una muletilla para mantener la charla, un dicho que a la par que confirmaba lo que escuchaba, le agrega algo de asombro:

—Qué cosas, ¿verdad?

Y un poco para compensar su falta de libros o el no haber estudiado sino tres años de primaria, empezaba a relatarle al primo historias cortas de la región, de personas, de los caminos y montañas de Capira:

—Allí abajo, cerquita a esa bonga que usted ve, un espantajo asustó a Ulises, hace como dos meses.

El primo dejaba lo que estaba haciendo y con mucha atención seguía el hilo del relato, apoyándose en una contestación repleta de curiosidad:

—Y qué, ¿qué pasó…?

—Pues resulta que él venía de El Boquerón —prosiguió Saúl mirando hacia el lugar que le servía de escenario a su historia— de llevar una carga de piña para su hermano Israel, y se le hizo tarde, porque ya eran como las cinco y media o seis cuando pasó por donde Misia Josefina. Venía montando el macho rucio, despacio, tranquilo. Cuando ya pasó la Horqueta de los Caminos y justo después de dejar atrás la lomita de Los Zambranos, escuchó que se desprendía de un tachuelo gigante que había al lado izquierdo por donde venía, el ruido de un aleteo descomunal, como si una guala gigantesca hubiera pasado por encima de él y fuera a posarse en la bonga ubicada en la Zanja del Peñón. Y que el macho se espantó, lo botó al piso y salió a toda mecha para la casa…

La historia hablaba de la cotidianidad y de referentes conocidos por el primo. No era que le parecieran extrañas aquellas cosas, porque de niño había escuchado otras semejantes en La Laguna, como la del Pollo de Viento que le contó su madre. Pero al oírlas relatadas por Saúl recuperaban esa lozanía que tienen las leyendas cuando se narran vivas en el contexto que las nutre y le sirven de reafirmación. Eran otras historias, pero con la misma savia de estas tierras sin luz eléctrica, con largas noches estrelladas y repletas de zanjones y tupidas montañas.

—¿Y qué sucedió? —interpeló el primo, lubricando la lengua de Saúl.

—Pues, que él se levantó, y como no llevaba la linterna en esa ocasión, trató de recordar y seguir por el camino que se sabía de memoria; pero que el ruidajo del ave posada arriba de una bejuquera que no dejaba ver la copa de la bonga, lo hizo dudar y no sabía cómo encontrar la senda tantas veces transitada por sus pies. Unas veces andaba por entre los cafetales que quedaban en la parte derecha del camino, o tomaba hacia arriba, metiéndose entre las matas de un cultivo de piña del tío Antonio, o sin saber la razón desembocaba en una cachaquera que estaba en sentido contrario de su meta. Y que por más que lo intentaba no salía del mismo sitio, pero lo que sí escuchaba era el batir de esas alas enormes que retumbaban como un eco infinito en los socavones de las inmensas rocas que servían de canal a la quebrada.

El primo se quedaba embebido en el relato. Saúl hablaba y gesticulaba, apoyándose con los brazos para dar mayor énfasis a su historia. Y aunque los dos estaban retirados de la Zanja del Peñón, sí lograba apreciar desde esa altura la copa de la bonga, los cientos de bejucos adheridos a sus ramas, chamizos, hojas secas, que conformaban entre el ramaje una especie de nido descomunal. Siguiendo con la mirada hacia arriba se veían samanes, yarumos, guácimos, y uno que otro chicalá, con sus flores de amarillo encendido; y hacía abajo, se apreciaba una arboleda no tan tupida, ni tan alta, pero igualmente entretejida de troncos irregulares, ramas multiformes y hojas que se mecían según el capricho del viento. El cafetal se veía diáfano, con las flores blancas que anunciaban el inicio de una futura cosecha.

—¿Y al final qué pasó? —preguntó el primo—, espantando un abejón que pasó zumbando por su cara.

—Pues, que nada que salía de ese sitio, y en esa oscuridad, el pobre terminó con heridas en los brazos, en las piernas, y hasta botó el sombrero en un hoyo de la quebrada. Lo que lo salvó fue la llegada de Beatriz que, al ver llegar el macho sin Ulises, sospechó que algo le había sucedido y, cogiendo una linterna, se vino conmigo y los perros a ver por qué no llegaba, si eran casi las siete de la noche. Los perros empezaron a ladrar cuando llegamos a la Zanja del Peñón, entonces Beatriz alumbró para distintas direcciones, hasta que vio a su marido agarrado de las raíces externas de la bonga, luchando para salir de una cocha de barro.

—¡Ulises! —le gritó Biata—, alumbrándole la cara con la linterna.

Por un instante el primo vio la cara asombrada del tío, delineada por el círculo de luz de la linterna.

—La voz de Beatriz —prosiguió Saúl— devolvió a mi papá a la realidad. Parecía que estaba borracho, pero él nunca tomaba trago, a no ser que Jorge Ayala lo invitara a un “Caballo blanco”.

—Biata, me perdí del camino —dijo, entre apenado y sorprendido de vernos llegar.

Los perros se mantuvieron a distancia, ladrando de manera extraña, como dicen que laten los perros del cazador errante.  Beatriz lo ayudó a salir del lodazal y Ulises se puso a salvo, limpiándose con las manos las pelusas y los restos de chamizos que estaban adheridos a la ropa. Daba tristeza verlo repleto de cadillos, con las botas embarradas, el cabello desordenado y la peinilla a medio apretar.

—Alumbre arriba a ver qué joda es la que aletea —atinó a decir Ulises.

Pero la potencia de la linterna no daba para llegar a esa altura y las ramas y los bejucos no permitían pasar del primer tendido de hojarasca.

—Ni Beatriz ni yo oímos el aleteo que decía escuchar Ulises —aclaró Saúl—. Pero mi papá seguía mirando hacia arriba de la gruesa bonga a ver si encontraba la causa de su desconcierto.

—Eso debe ser un encantamiento —fue la conclusión de Beatriz.

Al escuchar esa palabra, el primo rememoró todas las historias de espantos que abundaban en Capira, y le pareció que el cuento del perro negro con ojos rojos que arrastró a Juan Cabuya por todo el plan de La Laguna hasta bien adentro del Desagüe, en una semana santa, era más que cierta.

—Los tres volvimos a la casa en silencio. Los perros nos seguían detrás, gañendo, como si la oscuridad les estuviera pegando una fuetera —terminó de relatar Saúl—, retomando la tarea de traer hacía sí los bejucos de los que pendían las cápsulas con pionías.

Las pepas más rojas que negras estaban metidas en una vaina como la de las alverjas. Así que tocaba extraerlas con cuidado, porque al igual que con los ojos de venado, su envoltura tenía pelusas picantes. Lo mejor era cortar el bejuco y destripar esa envoltura vinotinto con los pies, o buscar con cuidado las que una vez el cartucho había hecho explosión, estaban desperdigadas por el suelo. Cinco o seis pionías contenían cada cápsula y fueron infinidad las vainas que los dos muchachos rompieron hasta que llenaron la mitad de una bolsa de tela, de rayas verticales azules y blancas, la misma que usaba Ulises para ir a mercar al Piñal. Satisfechos de su labor, Saúl y el primo repetían el camino de vuelta o se internaban por la parte de arriba del cafetal, siguiendo la cerca de alambre que dividía las posesiones de Ulises de las de su media hermana Dioselina.

Saúl sabía y conocía que por esa ruta era fácil encontrar varios palos de guayabo y en ellos siempre había esas deliciosas frutas redondas u ovaladas de colores amarillos por fuera y rosas por dentro, que parecían estar esperándolos desde las pasadas vacaciones. Treparse a bajar guayabas era otra aventura, de entre las muchas que parecían ofrecer la vereda campesina. Y todavía les quedaba toda la tarde, a no ser que Ulises mandara a Saúl a hacer algún oficio o lo convidara de urgencia hasta Caracolí para traer al hombro un costalado de maíz.

—Ahorita vuelvo —le decía Saúl al primo— esgrimiendo una sonrisa que se parecía mucho al gesto secreto de la complicidad.

El muchacho se quedaba contando las pionías, acompañando a Beatriz, quien, desde las cuatro de la tarde, empezaba a hacer la comida. Pero si bien la tía le ampliaba los relatos escuchados en la mañana o le daba más información sobre el ojo de venado o las peonías, lo que deseaba el hijo de Marujita era que llegara pronto Saúl, para jugar tute o caída libre o quedarse bien tarde mirando los luceros, tendidos en un costal en el patio de la casa de Israel, o  conversar en la pequeña alcoba dormitorio, hasta que la luz de la esperma se extinguiera y no fuera posible jugar con las sombras extrañas que las piernas desnudas, de cada quien o en pareja, formaban en la pared.

(Capítulo de mi novela inédita Saúl Cadena).

Textos académicos, aprendizaje y docencia universitaria

19 domingo May 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de André Letria.

Buena parte de la cotidianidad universitaria consiste en leer textos académicos que, como mostraré más adelante, tienen unas particularidades y unas intenciones formativas determinadas. Dejar de enfrentar a los estudiantes a este tipo documentos porque nos “les gustan” o porque les parecen “dispendiosos” es una postura docente que en nada beneficia el desarrollo de las capacidades cognitivas superiores de sus aprendices, como tampoco le hace justicia a un trabajo de calidad de las instituciones universitarias. Miremos, con algún detalle, las razones que sustentan mi tesis.

1

Al leer textos académicos aprendemos un “lenguaje particular”, “especializado”, distinto al sentido común o al habla circulante. Ser estudiante de educación superior es proveerse de ese nuevo lenguaje, conocer sus modos específicos de significación, descubrir el orden discursivo como se expone un tema o se sustenta una tesis. La lectura de textos académicos, por lo mismo, supone un esfuerzo cognitivo para aprender una serie de definiciones precisas y un vocabulario determinado sobre diferentes temas, asuntos o problemas. Si no se aprende la especificidad de ese lenguaje será muy pobre o insuficiente la lectura de textos académicos.

2

Los textos académicos, en gran medida, desarrollan sus planteamientos a partir de distinciones. Tal esfuerzo lógico del pensamiento es el que ha permitido diferenciar los campos del saber y responder a la complejidad del mundo y de la existencia humana. Conocer y apropiar tales distinciones contribuye a superar un modo de saber centrado en nociones generalistas, que tiende a refundirlo todo en términos clichés y a estereotipar la realidad con los filtros de lo sobrentendido y dado por hecho. Hacer ver y enseñar este tipo de distinciones es una de las claves de las buenas prácticas de lectura crítica orientadas por los docentes universitarios.

3

Los textos académicos privilegian y salvaguardan la voz de unos autores. No es asunto menor distinguir y conservar en la memoria los nombres de quienes producen los textos académicos, especialmente aquellos que se consideran “clásicos” en una profesión o que han hecho una contribución de gran aliento en un campo disciplinar. Conocer esos nombres, darles densidad histórica, es tanto como obtener los referentes fundacionales de una carrera o un oficio; en esta perspectiva, darle valor y relevancia a los autores de los textos que se leen en clase es una forma de contrarrestar la banalización de los contenidos curriculares expresada en frases como “lo que dice en las fotocopias”. Insistir en el reconocimiento de estos autores es vincular las profesiones con su aparición en la historia y su rol en la dinámica social de la producción de saber.

4

Los textos académicos se centran casi siempre en “obras esenciales”, “indispensables” o “fundamentales” de una disciplina o profesión porque ellas son las que dan sentido y consistencia teórica a la tradición de un oficio. Dicho repertorio de obras, que el docente ha seleccionado con sumo esmero y buena secuencialidad didáctica, hace parte del “plan lector obligatorio” que cualquier aprendiz necesita estudiar a fondo a lo largo de su programa de estudios. Dar cuenta de esas obras, leerlas en profundidad, es una de las condiciones de egreso o una de las capacidades intelectuales de cualquier profesional de calidad.

5

La dificultad de ciertos textos académicos presupone el desarrollo de habilidades cognitivas como el análisis, la inferencia, la deducción, la comparación, que son consustanciales a la educación superior. Los textos académicos piden, por su misma estructura y confección, abordarse de otra manera a la simple hojeada o las lecturas de “picar un poco de aquí y de allá”. Para sacarle todo el jugo al contenido de estos textos es necesario ejercitar, de manera previa o a la par que se los lee, unas operaciones formales de pensamiento que entrañan el razonamiento lógico, la argumentación, la explicación pormenorizada y la reconstrucción comprensiva. El trabajo intencionado en estas habilidades cognitivas, con suficientes ejercicios en clase, es una labor vertebral de los docentes universitarios.

6

Los textos académicos presentan una relación con otros textos que se hace evidente en las citas y las notas a pie de página. Si algo distintivo tienen las prácticas de lectura universitaria es que los textos siempre se trabajan mirando los intertextos. La letra menuda, las referencias a otros libros o a otros autores, ya no son información insustancial o datos secundarios, sino pistas del proceso mental o investigativo llevado a cabo por el autor, evidencias de las obras que le sirvieron de guía o hitos clave de su fundamentación expositiva. Profundizar en dichas filiaciones bibliográficas, seguir el itinerario de tales fuentes, ayuda a que los estudiantes entiendan el vínculo que tiene el conocimiento presente con el saber acumulado del pasado y los habilite o anime para aportar en la producción intelectual del porvenir.

7

La lectura de textos académicos supone un desglose explicativo de sus partes a la par que una reconstrucción comprensiva de su macroestructura. Tan importante son los detalles como la visión de conjunto de una obra; así que, habrá que desarrollar la paciencia y el ojo avizor del estudiante para que pueda meterse en el fondo de un párrafo, de una idea, de una línea, o el significado cabal de un término; como también, tendrá que enseñarse la toma de distancia de un documento para lograr apreciar de qué manera esos pequeños elementos configuran o dan sentido al conjunto. La dinámica entre explicar y comprender un texto es una habilidad que debe hacer parte de las competencias profesionales de cualquier estudiante universitario.

8

No se puede profundizar en el significado de los textos académicos sin la práctica de la relectura. Cuando se relee, a partir de indicaciones precisas y estratégicas del docente, se descubre que el texto tiene diferentes capas o estratos de significado; que en una mole textual pueden percibirse franjas de información en la superficie, pero también advertirse otras zonas más ocultas. Por supuesto, dependiendo del grado de relectura se tendrán diferentes niveles de comprensión. Al releer se logra profundizar en el contenido, establecer relaciones, percatarse de pormenores inadvertidos en una primera y única lectura, hacer aflorar sentidos ocultos, aquilatar la figura del conjunto con la individualidad de las partes. Una docencia centrada en el aprendizaje ideará formas para lograr este cometido.

9

El uso focalizado de las preguntas por parte del docente es uno de los recursos privilegiados para ahondar en los textos académicos. Pero no en la perspectiva de evaluar o lograr un control de la lectura, sino para abrir nuevas ventanas al texto, para ofrecerle al estudiante unos lentes diferentes a sus ojos. El uso de preguntas –pensadas a la par que se diseñan otro tipo de actividades– focalizan el acceso a un documento, reorganizan la información, ofrecen indicios para ligar aspectos desperdigados, amplían determinados asuntos. El diseño de estas preguntas, al inicio, durante o después de la clase, articulan las fases o los momentos de la planeación didáctica.

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Una apropiación mayor de los textos académicos se logra mediante la producción de textos escritos derivados de su lectura. Además de propiciar el análisis y la síntesis, estos textos contribuyen a favorecer el pensamiento crítico. La solicitud de escritos argumentativos, como el ensayo, permite que el estudiante aprenda a identificar y ubicar una tesis, sepa usar los argumentos que la soportan y logre darles coherencia y consistencia a sus ideas mediante el empleo adecuado de conectores lógicos. La selección de la tipología textual –ya sea comentario, reseña, ensayo–, como los ejemplos de referencia y las rúbricas correspondientes, necesitan pensarse en relación con el tipo de texto académico que el docente haya seleccionado.

11

El uso de textos académicos por parte del profesor demanda una preparación tanto del contenido como de la manera en que hay que enseñar a leer este tipo de documentos. Las estrategias de enseñanza previstas, el paso a paso de una secuencia de aprendizaje, las habilidades para discriminar información, las actividades en clase o los productos esperados, todo ello presupone buenos conocimientos de didáctica específica. Además de los contenidos, los maestros tenemos la responsabilidad de enseñar cómo se componen esta modalidad de textos, cómo exponen y argumentan, cómo construyen ideologías, creencias, discursos morales, estéticos o científicos.

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La lectura de textos académicos de alguna extensión tiene como fin preparar a los estudiantes para seguir con atención el planteamiento y desarrollo de ideas complejas. Condenar a los estudiantes universitarios a que únicamente lean textos demasiado fáciles o de corta extensión, ser complacientes con esa pereza cognitiva que los acostumbra a “deme todo masticado”, es alcahuetear una baja condición intelectual y una frívola banalidad en las ideas. Una educación en lo superior, y más en nuestro tiempo, conlleva al dominio de estructuras de pensamiento múltiples y variadas como el discernimiento ante dilemas morales, el análisis para la toma de decisiones o la búsqueda de alternativas para la resolución de un problema.

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Gran parte de los textos académicos, aunque están circunscritos a un campo disciplinar, permiten el diálogo interdisciplinario. Una genuina educación universitaria aboga por el diálogo de saberes. En esta perspectiva, los textos académicos seleccionados por un docente, además de proveer nuevos conocimientos y habilidades intelectuales, no deben perder de vista el objetivo primordial de la educación universitaria: propiciar la formación humanística, desarrollar la formación integral de todas las dimensiones de la persona, incentivar la reflexión crítica propositiva y preparar a los futuros egresados para la ciudadanía responsable y la comprensión transformadora de su entorno.

Jorge Velosa: juglar y cronista musical de la vereda

11 sábado May 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Comentario de canciones, Comentario de libros, Música carranguera

Ediciones Monigote publicó recientemente Historiando mi cantar. Un viaje por la carranga (Monigote, Bogotá, 2024) de Jorge Velosa Ruiz. Se trata de un cancionero autobiográfico en el que, además de incluir las letras de 147 de sus canciones, se narra el origen o los pormenores de la composición de tal repertorio musical. A lo largo de más de 400 páginas, organizadas en cuatro jornadas, y escritas en una prosa confesional, cercana y amena, el “Carranguero mayor” nos comparte anécdotas de su vida enriquecidas con reflexiones sobre el entorno campesino, la descripción del paisaje cundiboyacense y la constante alusión a coplas populares que, como bien lo reitera en sus páginas, “es la biblioteca del saber popular”.

La obra, en general, es un homenaje al entorno y la persona del campesino. A sus cuitas y alegrías, a sus experiencias afectivas y a las vicisitudes cotidianas que abarcan desde el ahorcamiento de una vaca (“La Pirinola”) hasta eventos propios de una vereda (“El parlante de mi pueblo”, “La Dioselina”). Velosa elogia ese mundo campesino (“Canto a mi vereda”, “Buenos días, campesino”, “Yo también soy un boyaco”), retoma su habla y su sabiduría (“Las siete yerbas”, “Los consejos de mi taita”), recoge la idiosincrasia de sus personajes (“El saceño”, “El raquireño”), recrea las características notorias del mundo familiar (“La tía Carmela”). Esta celebración del mundo campesino es, de igual modo, un reconocimiento a sus orígenes, porque, según él, “todos llevamos un campesino adentro, sean nuestros taitas, nuestros abuelos o tatarabuelos, como también llevamos una vereda adentro”. Tal elogio múltiple a la “patria chica”, al pueblo, a ese ámbito cultural y humano de la ruralidad puede sintetizarse muy bien en el merengue joropeado “El rey pobre”.

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Esta canción afirma que al campesino le basta su pedazo de tierra, que su ranchito, por humilde que sea, es como su castillo. Lo importante para él es tener libres sus ojos para mirar el horizonte y contemplar ese reino pintado de verde y de azul. Esto es para el campesino su mayor orgullo, su verdadera riqueza. No necesita de oropeles ni lujosas vestimentas; le basta “la cara del sol” y sus herramientas cotidianas: una piedra de amolar puede ser un trono y un azadón un magnífico cetro. El entorno natural es guardia y compañía, los árboles, los pájaros y los animales cercanos hacen las veces de escudos y de criados, de pajes y consejeros. No son necesarias demasiadas cosas para sentirse rey. Así parezca un sueño, el campesino sabe que su pequeña parcela es un reinado magnífico. ¿Quién puede negarle la ilusión de que su ruana sin cardar sea también una vistosa capa palaciega?

Jorge Velosa, como lo testimonia en su libro, es un caminante. Caminando descansa su espíritu y al caminar se extasía con el paisaje; cuando camina recoge información y en ese continuo caminar va nutriéndose de historias. Y “entre paso y paso” van saliendo sus canciones o, por lo menos, un borrador de las mismas. Por eso es un cronista, un etnógrafo, que está atento o es sensible a un giro en una conversación, a la confesión de un paisano, al diálogo fortuito con un desconocido, a las peripecias de amigos y familiares. Esas cosas, primero las consigna en su libreta y, después, en un viaje de regreso de alguna presentación o en la soledad de su casa, las somete al “trapiche creativo”, les impregna un ritmo o pide la colaboración de otro carranguero como Delio Torres Ariza, para “sacarle el zumo de la canción”. El caminante escucha y consigna; al caminante le quedan “sonando y resonando” anécdotas y nombres, al caminante le gusta “juglar con la memoria”. De esta manera nacieron canciones como “La Cucharita”, “La china que yo tenía”, “El regreso de la china”, “El bajacocos”, “El tinterillo”, “La mula de don Roberto”, “Mocoqueco”, “Por fin se van a casar”, “Soldadito de la patria” y muchas más. El carranguero cronista es el que convierte un hecho aparentemente banal, como la pérdida de una cucharita de hueso, en una historia interpelativa y llena de trascendencia, especialmente para aquellos que hemos sentido en carne propia el robo de algún objeto muy querido.

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Otro semillero de buena parte de las canciones de Jorge Velosa reside en su infancia campesina; en los recuerdos de aquella edad en la que empezó a delinear el mapa de su identidad. Por eso hay canciones dedicadas a los juegos de la niñez, a los animales domésticos, a los alimentos y la sazón de la madre, a las travesuras de escuela o las fiestas patronales. “Viví mi infancia en el campo –dice Velosa en la presentación del libro–. En la escuela primaria, en los quehaceres de la finca y en el goce jugarreto y travesuril con mis amigos que tallaron para siempre en mis adentros las viandas del entorno campesino”. Y por tener ese abrevadero, el autor declara que “llegó al canto para espantar los espantos de mis noches veredales infantiles, cuando por quedarme oyendo las historias y las coplas de la obrerada en la casa del campo, se me hacía tarde para regresar a dormir a la casa del pueblo”. Considero que una canción magnífica para ilustrar lo que vengo diciendo es “El caramelito rojo”.

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El merengue cuenta y tiene la magia de evocar esos tiempos en los que uno de niño campesino esperaba con ansias el “presente dulce” que traía el padre cuando volvía de la ciudad. La canción hace que la boca se nos haga agua con aquellas remembranzas, con el color emocionante de esos pequeños regalos que podían ser dulces u obleas, roscones o liberales, pero especialmente el sabor de un caramelito “que era distinto al de los otros”, una golosina que disfrutábamos con frenesí y que al acabarse se convertía en esperanza y petición para un nuevo viaje de nuestro querido padre. El merengue exalta esos sabores de infancia que son tan fuertes como para impregnar de por vida las papilas afectivas de nuestra memoria.

Como buen cronista que es, Jorge Velosa describe el micromundo campesino no con los términos generales del turista, sino con las palabras precisas y apropiadas de un residente conocedor del territorio. La geografía deja de ser un espacio indefinido para adquirir los nombres propios de una localidad, un pueblo, una vereda, un caserío: Tausabita, Velandia, Cucunubá, Villa de Leyva, Zipaquirá, Iguaque, Ráquira, El Tesoro, Puente Nacional, Chocontá, Jesús María, Morro Caliente, La Virgen, Ubaté… Del mismo modo están los sustantivos adecuados para señalar un oficio, los ingredientes de un plato o la zoología de un lugar. En el bambuco carranguero “Canto a mi vereda”, por ejemplo, Velosa menciona los apellidos de los habitantes de una vereda, dice cuáles son los nombres frecuentes de mujer, al igual que distingue las aves, los árboles, los cultivos y otras particularidades propias de lugares como Ticha, Quintoque, San Isidro, San Cayetano o San Miguel de Sema. En el cancionero abundan los arrayanes, los guayacanes, “el trigo, el maicito, la papa”, y desfilan también las mirlas y azulejos, los marranos y las ovejas, las vacas y los burros, los gallos y las gallinas. Precisamente de ese ojo afinado es que nació una rumba ronda infantil, “La gallinita mellicera”. Velosa relata que fue en una visita a una casa de campo cuando “apuntó el ojo hacia un viejo horno de leña, y vio una gallina saraviada culequiando y muy mama de una camada de pollitos, nueve para ser exactos”. Recuerda que le comentó al dueño de casa algo así como “nueve huevos para nueve pollitos”, pero que su anfitrión lo había corregido de inmediato diciéndole que no eran nueve, sino ocho huevos porque “uno había sido un señor huevo de dos yemas”. Esa fue la anécdota que más tarde “la imaginación se encargó de redondearla” y, mezclada con el juego de las onomatopeyas, colaboraron a componer una canción excepcional.

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Son abundantes las historias cantadas, los sucesos musicalmente narrados que desfilan a lo largo del cancionero. Puede ser el caso contado en “El bajacocos” que nace de lo que le sucedió a Delio, el requintista de los Hermanos Torres, quien por congraciarse con una muchacha que le gustaba y satisfacer su antojo de comer coco, terminó intentando subirse a una palmera con el triste final de venirse abajo “como vara de cuete reventado”. O la historia de “El cuchumbí” en la que se relatan los pormenores de un paseo de olla a un riachuelo llamado Meche y del encuentro de Velosa de un hueso mágico de cuchumbí o perro de monte. Y en esa misma línea narrativa nacen canciones como “La pobre María” (una historia de maltrato de pareja), “La Pirinola” (la historia de una vaca resabiada “se que malogró en una horqueta”), “El tinterillo” (la historia de un problema de linderos) o “La mula de don Roberto”. Podemos detenernos un tanto en este último merengue hermanado con un son paisa para ver las entrañas de la historia: el personaje que sirve de motivo es Don Roberto, un guachetuno dueño de una finca cerca al cruce de caminos llamado La Virgen y que trabajaba conduciendo “una carriolita para cargar leche y hortalizas”. Pero algún avispado logró endulzarle el oído para que “dejara de tener vacas y huerta, porque lo que estaba dando plata eran las tractomulas”. Así que don Roberto vendió su finca y se encartó son esa “supertusa de veintipico de llantas”. La canción cuenta toda la serie de desgracias que tuvo que enfrentar, “hasta que lo perdió todo”. Velosa ha dicho que “el camino de la historia es como el caudal de un río que tiene varios afluentes, o como un acorde musical compuesto de varias notas. Se nutre de distintos recuerdos, vivencias y sonoridades”.

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Una temática transversal de las canciones de Jorge Velosa es el amor, ya sea propio o ajeno. Desde un tema clásico de la música carranguera como “Julia, Julia, Julia” hasta obras como “Es por tu amor”, el maestro raquireño describe las emociones, los avatares de este sentimiento que es contradictorio e inexplicable (“El amor es una vaina”), que nos hace profundamente felices (“Volvió la venezolana”) o nos abate el alma hasta la desesperación (La china que yo tenía”, “La coscojina”). Velosa le canta al amor ilusionado (“El cielo dice que sí”), a los cambios en el amor (“No me escribes, no me llamas”), a sus inesperadas maneras de aparecer o desaparecer (“Donde te encuentres”, “El corazón remitente”), recalca las citas, los encuentros y desencuentros, unas veces poniéndole un acento humorístico (“La cojita del Tesoro”, “El pitico”) y, en otras ocasiones, dándole voz a la nostalgia (“Ingrata cara de gata”, “Te digo adiós”). El sentimiento del amor, su certeza o su ilusión, está en muchas letras de Jorge Velosa. Pero hay una canción dedicada al amor lejano, al amor imposible, ese que desde tiempos inmemoriales ha dado pie a la expresión del más puro romanticismo. Se trata de la rumba corrida “Qué mujer más bella ella” en la que el Carranguero mayor muestra sus altas capacidades líricas: “¡Qué mujer más bella ella, / y más cuando está en el río!, / cuando las aguas le aplanchan/ los pliegues de su vestío”.

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Historiando mi cantar recoge también otra faceta de Jorge Velosa, la de folklorista del habla de la gente campesina, de los cantos, de las coplas y adivinanzas, de toda una tradición oral anclada en los romances españoles con sus respectivas adaptaciones y mantenidas por la voz de los mayores, por los taitas o los abuelos. En este sentido, Velosa sigue la tradición de los juglares recogiendo una copla allí, un relato más allá, agregando algo a lo escuchado y volviendo a recrear lo que personajes veredales como Milciades Buitrago, “Don Milcio”, recitaba al “son de un buen piquete con guarapo templado”. Tal es el caso del romance “El Jirinaldo”, adaptado al tono y el “cantadito” de estas tierras cundiboyacenses.

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Pero son las coplas las que más abundan, a veces como detonante de una canción, como ejemplos de la memoria colectiva, o como mínimas lecciones rítmicas sobre al arte de vivir. “Dígame señor coplero”, “La rumba coja”, “El testamento del armadillo”, se inscriben en esta perspectiva. Velosa afirma que las coplas “son los adobes con los que se construyen casi todas las canciones populares, a punta de estrofas y estribillos”; y que él, “se fue encariñando con ellas, que las fue conociendo en sus formas, en lo que dicen y en cómo lo dicen, en sus parecidos y en sus diferencias”, hasta que ellas mismas le fueron “enseñando sus secretos” para hacer otras semejantes: “Esto dijo el armadillo / pensando en nuestra nación: la paz sin educación / es queso sin bocadillo”. El juglar siente y presiente que “varias coplas alguna vez formaron parte de un texto más amplio, un viejo y enorme árbol del que apenas sobrevive una hoja o una mera ramita coplera que se puede sembrar para darle vida nueva al árbol, al estilo de uno en su parcela espiritual”. En el cancionero hay coplas ingeniosas, picantes, cojas; y hay coplas festivas, convertidas en un merengue arriado, listas para iniciar el baile: “Las diabluras”.

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De igual modo, el folklorista Jorge Velosa juega con el lenguaje, con los ritmos y las palabras. “Lero, lero, candelero”, “Mocoqueco”, “El chirimóyilo y la guayábula”, “La rumba de los animales”, son canciones en las que el goce por la misma materialidad lingüística, por sus repeticiones o variaciones, producen gran fascinación en los más pequeños. Elijamos una de esas canciones, inspiradas en el canto amoroso de los chirlovirlos, chilongos, jaquecos o chirlomirlos, y dejemos que Velosa nos sirva de traductor del lenguaje de los pájaros: “El chichirochío”.

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Por supuesto, Historiando mi cantar es un testimonio y una celebración a la música carranguera, a un género musical que al decir de Velosa es “canto, pregón y sueño, pensamiento, palabra y obra; un amor cotidiano con la vida y sus querencias, y un compromiso con el arte popular”. El juglar ha escrito que la carranguería es un “pacto por la alegría” hecho con “los cuatro palitos”; es decir, con el tiple, el requinto, la guitarra y la guacharaca. Y con esos instrumentos Velosa ha compuesto merengues en todas sus variantes (joropeado, bambuqueado, reposado, chiguano, cañanguero, juguetón, rajaleño, asureñado, arriado, abuitragado) o rumbas de diverso ritmo (ligera, corrida, amarrada, pregonada) al igual que torbellinos reinosos, bambucos fiesteros, rondas y otra suerte de fusiones como la mererrumba, la guabirrumba, el bamburengue sureño o el merengue rap. Esos cuatro palitos le han permitido enaltecer y pregonar, relatar y celebrar, jugar e invitar al baile. Precisamente en el merengue arriado “La carranga es libertad” Jorge Velosa pasa revista a las emociones que produce esta música, resalta sus beneficios, muestra sus diversas manifestaciones y anuncia que es un medio gozoso “de sacudirse de los trajines”, una expresión “que es chispazo y también lamento”, “una lengua que camina, que vive y deja vivir”.

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Hallazgos en la Feria del libro

05 domingo May 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, LECTURA, Libros

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Comentario de libros, Libros ilustrados, Libros-álbum, Recomendaciones de libros

De mi pasada visita a la Feria del libro de Bogotá (del 17 de abril al 2 de mayo), durante varios días y en pausadas caminatas, encontré algunos textos que me gustaría compartir y comentar con las personas lectoras de este blog. Empezaré por el libro álbum que es uno de mis campos de interés y por considerarlo un “artefacto cultural” que ya no tiene como único público a los niños y niñas, sino que involucra a todo tipo de lectores, enfocándose creativamente a reflexionar u ofrecer alternativas sobre variedad de temáticas.

Ojalá pudiera decirte

El primer libro álbum es Ojalá pudiera decirte (Tramuntana, Girona, 2023), con textos del profesor francés Jean-François Sénéchal e ilustraciones de la japonesa Chiaki Okada. El eje de la obra es la pérdida de un ser querido (la abuela) y el modo de presentar el asunto es a través de una carta. El contrapunteo entre el texto y la imagen permiten vivir o revivir los acontecimientos, los lugares, los eventos compartidos con alguien que “se ha ido”. La carta empieza recordando los últimos días con aquella persona especial, cuando ya estaba en su cama “tan cansada y tan ausente”; luego se extasía, evocando los momentos mágicos, extraordinarios, inolvidables con aquella cómplice de aventuras; y avanza hasta la noticia de la muerte de la abuela. El libro álbum nos muestra que esas pérdidas llegan de pronto, son como la herida que produce “el rayo al caer sobre el gran roble” pero, con el pasar de los días, ese dolor “se va curando”; porque a pesar de que la destinataria no pueda leer la carta, siempre podemos mantenerla en el recuerdo y decirle que la seguimos queriendo.

El señor Nadie

Un segundo libro álbum es El señor Nadie de Joanna Concejo (Diego Pun ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 2023). Esta obra presenta a un señor anónimo, común y corriente, que vive solo y a quien ningun vecino le presta interés. Este señor a quienes los niños “le tenían miedo y lo encontraban feo y viejo” se dedica en el día a mirar por la ventana, leer el periódico, hacer su colada, lavar los platos y regar una planta. Este señor se llama Nadie. Sin embargo, el señor que aparentemente no hacía nada, cuando “el vecindario empezaba a dormirse, entonces encendía la luz de la cocina y se ponía a trabajar”. ¿Y en qué consistía su oficio?: fabricaba estrellas, “estrellas verdaderas”. Las hacía por encargo y la Noche era su mayor cliente. Al otro día las enviaba por correo y volvía a su rutina gris, invisible. Pero, aunque todo parecía ser lo mismo, “nada era igual que antes”. Este libro álbum muestra, de manera alegórica, cómo personas anónimas o poco reconocidas, realizan en sus escondidos cuartos tareas de gran trascendencia, aunque inadvertidas para los demás. Los Nadies pasan indiferentes ante la mirada rutinaria de la gente, pero su labor silenciosa contribuye a apreciar y reelaborar la riqueza de la vida. Los Nadies parecen ser personas menores en los barrios “donde normalmente el cielo es de color cemento”; sin embargo, esos seres son los que conocen la receta para “reponer las estrellas que ya no brillan muy bien”.

El manual de dibujo definitivo

Otro de mis hallazgos, que se acerca más a un libro ilustrado, es El manual de dibujo definitivo del granollerense Enric Lax (Ekaré, Barcelona, 2023). La obra toma como pretexto dibujar animales y cosas, pero la manera de resolver tales asuntos resulta no solo divertida, sino que en cada caso ofrece soluciones ingeniosas o abiertamente lúdicas. Sirva de ejemplo el paso a paso para dibujar un elefante:

Lo interesante del libro es que convierte la tarea de dibujar en algo sencillo o en una labor en la que se cambia el esperado dominio de una técnica sofisticada por el recurso espontáneo de la creatividad. En muchas ocasiones el punto inicial de una nueva figura corresponde al logro final de un dibujo anterior, bien sea quitándole elementos o reajustando los existentes. En otras ocasiones, basta cambiar de posición algo ya realizado, darle un giro, para descubrir sus nuevas potencialidades gráficas. Hacia el final de la obra se muestran diversas alternativas fallidas sobre el dibujo de una gorra, pero que, en lugar de ser desechadas o menospreciadas como errores, sirven de antídoto a la frustración porque, “dibujar es como ir en bicicleta, silbar o hacer una tortilla… ¡Nunca sale a la primera!”. He aquí otra de las lecciones de este imaginativo manual:

Lo que nos hace humanos

Para cerrar quiero destacar un libro ilustrado del lingüista brasileño Victor D.O. Santos, enriquecido por las imágenes de la italiana Anna Forlati: Lo que nos hace humanos (La maleta ediciones- UNESCO, Asturias, 2023). Se trata de una obra en la que, a manera de enigma progresivo, se va indagando en algo que “ha existido desde hace mucho tiempo”, que “está en todas partes”, que “puede ser suave como un gatito o implacable como el invierno en Alaska” y que “puede conectarnos con el pasado, al presente y el futuro”. Ese invento, “que nos hace humanos” es el lenguaje. La obra advierte que tal invento puede desaparecer y con él toda una cultura y, por ello, debemos documentar cada idioma existente a través de la escritura, que “es una de las mejores maneras de preservar su pasado y garantizar su futuro”. Un libro ilustrado que se inscribe muy bien en uno de los objetivos de la UNESCO del valor de los idiomas y, en especial, en su proclama del Decenio internacional de las lenguas indígenas (2022-2032).

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