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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: Fernando Vásquez Rodríguez

Las lecciones de literatura preceptiva de Jesús María Ruano

21 domingo Jul 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Didáctica de la literatura, Jesús María Ruano, Textos escolares

Carátula de la decimatercera edición, editorial Voluntad, Bogotá, 1962.

Un tema que me ha interesado desde hace años es la enseñanza de la literatura. Como parte de esa pesquisa, he ido encontrando textos “clásicos” publicados a lo largo de varias décadas. Hoy deseo referirme a uno de ellos. Se trata de las Lecciones de literatura preceptiva del jesuita Jesús María Ruano, publicadas primero por el Colegio de San Bartolomé, hacia 1933 y luego, en sucesivas ediciones, por la Editorial Voluntad de Bogotá[1]. Si bien es un libro que recoge la tradición del arte de la Retórica, involucra de manera novedosa aspectos del método educativo de la Compañía de Jesús, sumados a una explícita organización didáctica tanto en sus contenidos como en el modo de enseñarlos. Adentrémonos, entonces, en las páginas del libro.

El texto de Jesús María Ruano empieza declarando su método: “amenidad y práctica”. Y en un párrafo de las páginas introductorias señala su principal propósito: “si el joven desde que comienza sus estudios literarios va viendo en cada lección las bellezas de la obra o parte literaria que se le trata de enseñar, y va entendiendo los preceptos teóricos antes de establecerlos, poco trabajo le costará levantar la carga de mandar a la memoria las definiciones, cualidades, reglas y ejemplos de la preceptiva literaria”[2]. Para ello se vale de una trilogía clásica del trabajo didáctico: “observar, entender y ejercitar”[3]. Es decir, los ejemplos o modelos literarios sirven a la observación que, a su vez, conducen al análisis intuitivo, para terminar en la práctica o producción de aquello mismo que pretende enseñarse. Esta propuesta didáctica, como ya lo dijimos y Ruano lo reconoce, responde en su esencia al método de la Ratio studiorum, tan importante en la formación de los jesuitas[4].

Si se observa con cuidado el índice se podrá notar que la obra se divide en dos grandes secciones: literatura preceptiva y géneros literarios. En la primera parte se incluyen, entre otras, lecciones sobre nociones previas de estética, las escuelas literarias, las cualidades del estilo, las figuras lógicas, patéticas, la metáfora y la alegoría, la invención. En la segunda, se abordan asuntos como la poesía, la versificación y la rima, las diversas clases de versos en castellano, la poesía lírica, la poesía bucólica, la poesía épica, la poesía dramática, la novela y el cuento, la poesía didáctica, la oratoria, el fondo y la forma en el discurso, la oratoria forense y académica, la oratoria sagrada, la didáctica literaria y la literatura periodística. Son más de 470 páginas, organizadas en sesenta y dos lecciones, las que emplea Ruano para desarrollar todo este material sobre la literatura.

Cada lección, por lo general, está construida de la siguiente manera: se presenta un ejemplo literario, se invita al análisis del mismo, se infiere una definición, para luego mencionar sus propiedades y características. La lección termina proponiendo algunos ejercicios prácticos e invitando a la reconstrucción sintética, organizada a partir de preguntas puntuales. En otros casos, los ejemplos no están al inicio, sino durante el desarrollo de la exposición o se ofrecen otros “modelos” dignos de estudiarse al cierre de la lección. Es notorio el esfuerzo de Ruano para indicarle al maestro actividades acordes al tema objeto de su interés, sugerirle aspectos motivacionales en el aula, al igual que ofrecerle libros de consulta o fuentes útiles al momento de guiar los ejercicios prácticos con sus estudiantes.

Hay un logro en la claridad expositiva y una voluntad didáctica que permite acceder con facilidad a los múltiples conocimientos y a los aspectos relacionados con la literatura. Ruano empieza siempre sus lecciones desde lo más general para luego pasar a “las variedades” de un género o una temática. Enumera cada parágrafo, prioriza las definiciones, muestra con cuidado las clasificaciones, es preciso en las distinciones y sabe dosificar la cantidad de información acorde al tipo de asunto. Evita los párrafos extensos, usa las bastardillas con el fin de destacar el vocabulario esencial de un tema o que está vinculado con el de otra lección, ilustra conceptos con abundantes fragmentos literarios, recupera en la “reconstrucción sintética” aquellas nociones que ha explicado y ejemplificado. Por más que el autor emplea un lenguaje especializado, no por ello deja de ser altamente comunicativo y, lo más importante, está adecuado al tipo de público para un texto escolar.

Lo más interesante de su método es que el ejemplo utilizado sirve de base para un análisis posterior en el que, de manera precisa, va mostrando al lector las características de aquello mismo que desea explicar o de las particularidades de un asunto. En consonancia con esta propuesta, Ruano pone al final de las lecciones, ejercicios prácticos (“serán los frecuentes análisis que se exigen en el cuerpo de la lección, aplicados a otras composiciones del mismo género”)[5], o “ejercicios analíticos” en los que el estudiante, con la orientación del profesor, puede emular lo que el texto le ha presentado de manera detallada. Para este último cometido ofrece un apartado titulado “otros modelos” literarios.

Pero, sin lugar a dudas, el mayor acierto de esta Preceptiva literaria es su declarado interés para que los estudiantes no solo conozcan las particularidades de la literatura, sino que “aprendan a escribir”. Si hay un término recurrente en esta obra es el de “composición”. Desde la lección V, en que se habla de las dotes del “artista literario”, pasando por todas aquellas dedicadas a las cualidades del estilo (lecciones VII a XII), hasta las que hablan de la “armonía, la práctica y la formación del estilo” (lecciones XXII a XXIV), Ruano tiene como principal interés que el aprendiz se apropie de los elementos del lenguaje literario como insumo para su propia producción escrita. Para ello emplea los “modelos” de autores y obras representativas que, al analizarlas, permiten descubrir las “minucias de la composición”. Además, Jesús María Ruano, desea que esos escritos de los alumnos logren ser de calidad, que tengan un referente estético notable. De allí, entonces, su preocupación por explicar con cuidado todos los recursos que dan “vida y movimiento al estilo”; me refiero a las figuras lógicas, a las figuras pintorescas o descriptivas o a las figuras patéticas. En este mismo sentido están presentadas las modalidades de los géneros literarios y las variadas lecciones dedicadas a las formas de la poesía lírica, épica y dramática, al igual que las lecciones sobre la novela y el cuento. Más allá de un afán enciclopedista, lo que mueve a Ruano es su deseo docente de que el estudiante vaya incorporando “estructuras”, “modelos”, “técnicas literarias”, que sirvan de referente y estímulo para sus composiciones escritas. Como un ejemplo típico de lo que vengo diciendo es la lección XXIV, centrada en la “práctica y formación del estilo”. En ella, Ruano afirma que antes de redactar hay que “pensar bien” para luego sí pasar a la etapa de la redacción; en este mismo espacio ofrece una variedad de ejercicios para “adquirir abundante léxico”, para “adquirir una palabra propia y más expresiva” y ejercicios para “la reproducción libre de un modelo”. Cierra esta lección explicando los “ejercicios superiores de estilo” en los que incluye el desarrollo de una idea concreta, la enumeración de los efectos de una causa o la descripción de impresiones personales[6].

A pesar de haber sido escrito hace noventa años, este libro sigue iluminando mis reflexiones y mi trabajo sobre didáctica de la literatura. A él acudo para “redescubrir” sus ejercicios prácticos; me orienta en aquello de la “dosificación” de los contenidos literarios, especialmente en una época en que la saturación de información no es buena consejera para el aprendizaje significativo; lo tengo de “repertorio de preguntas” cuando me urge evaluar determinada temática literaria; me sirve de “inspiración didáctica” al momento de producir textos con igual propósito. Como toda obra clásica, este libro continúa irradiando “relecturas” que suscitan el interés de los educadores, es fuente para la reapropiación de aprendizajes y fomenta la siempre valiosa tarea de apasionar a otros por el conocimiento de la literatura y el oficio artesanal de aprender a escribir.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] La edición que tendré como referencia es la decimotercera, de la Editorial Voluntad, Bogotá, 1962.  

[2] Op. cit., pág. 7.

[3] Op. Cit., pág. 9.

[4] “¿Qué otra cosa que análisis intuitivo son las prelecciones, síntesis retrospectivas, las repeticiones, y práctica de lo aprendido, las composiciones?”, op. cit., pág. 11.

[5] Op. cit., pág. 254.

[6] Op. cit., págs. 162 a 165.

Los sonetos de Tierra de promisión de José Eustasio Rivera

14 domingo Jul 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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José Eustasio Rivera, Lectura de poemas

Ilustración de Sergio Trujillo Magnenat para la edición de Tierra de Promisión que hizo la Imprenta Nacional de Colombia en 1955.

José Eustasio Rivera es el autor de la novela La Vorágine y un grupo de poemas agrupados bajo el título de Tierra de promisión. Rivera nació el 19 de febrero de 1888; fue hijo del hacendado huilense Eustasio y de Catalina Salas; quinto de una familia de once hijos… José Eustasio Rivera es el vagabundo de los vientos, el buscador de otra tierra prometida. Pero hoy deseo centrarme en el poeta, en el Rivera de Tierra de promisión. Dejaremos para otra ocasión el Rivera de La Vorágine, el novelista.

Tierra de promisión es “una colección parnasiana de sonetos tropicales”, afirma Andrés Holguín. El libro, publicado en 1921, está conformado por 55 sonetos en total, elegidos de los 168 poemas que hasta 1911 había escrito Rivera. Tierra de promisión: un primer soneto como prólogo, 18 más dedicados a la selva, 10 a la montaña y 26 a la llanura. Tierra de Promisión, libro en el que, según Rafael Maya, “el poeta y la naturaleza se desposan místicamente”.

José Eustasio Rivera es, en los poemas de Tierra de promisión, la imagen viva de una lucha. Los sonetos reflejan una dualidad: la visión del hombre de campo enfrentado a una forma literaria ajena. Expliquémonos. Rivera, el poeta, se escinde en cada soneto de Tierra de promisión. Lo parnasiano de la forma, el acabado, el pulimento, el cincel preciosista, choca con los temas propios de la selva, el río, de la llanura; con el mundo del trópico. Choque brutal; a veces, desacertado. En otras ocasiones, las menos, excepcional. Choque entre un espíritu sanguíneo, solar, selvático, terrígeno, y una “moda literaria”, un recurso retórico que, desde Francia, inundó la frágil conciencia de los poetas colombianos.

Resulta evidente captar esa lucha en un soneto como el que empieza: “Entre el eco iracundo de ladridos violentos”, que es el XII soneto de la primera parte de Tierra de promisión. Recordémoslo en su totalidad:

Entre el eco iracundo de ladridos violentos,

sobre un rastro de dantas va la ronca jauría,

por raudales trementes, por la chamba sombría,

revolcando los montes y mordiendo los vientos.

 

Son mis perros, veloces y de sangre sedientos,

que iniciando, furiosos, su carrera de un día,

pronto al sol alcanzaron en la azul serranía

y en las sombras hundieron los hocicos sangrientos.

 

Ya de noche, sacuden la maraña tupida;

dan medrosos aullidos; a la danta rendida

le devoran el vientre con titánica brega;

 

y al tornar, silenciosos por las breñas oscuras,

perfumando sus pieles, todo el monte les riega

una gran tufarada de piñuelas maduras.

El soneto comienza con una imagen sonora, una doble sonoridad: un ladrido de perros vuelto eco. Lo violento contrasta con lo iracundo. El alejandrino nos ubica de inmediato en una montaña. El segundo verso nos describe mejor la acción. Los perros van en busca de las dantas. Los perros cazadores. El calificativo que usa Rivera para la jauría es el de “ronca”, creando otro eco más. Es como si los perros llevaran dentro otra montaña. “Ronca” es un adjetivo exacto. Rivera es un conocedor de la fatigada voz del perro que persigue la presa. De pronto, al iniciar el tercer verso, Rivera deja la montaña y vuelve al palacio. Del matorral y la bejuquera, salta al mármol y la palestra. El adjetivo cambia: “tremente”. Los raudales son sacados del contexto: “Por raudales trementes, por la chamba sombría”. Pensemos, por un momento, en la asociación “chamba sombría”. He ahí un buen ejemplo de lo que vengo acotando. La “chamba” junto a “sombría”. La “chamba”, natural, agrícola, realista, al lado de “sombría”, romántica, palaciega, ideal. Este contraste crea un resalte, una discontinuidad, una irrupción. Enseguida, para cerrar el primer cuarteto, Rivera vuelve al tono inicial. “Revolcando los montes y mordiendo los vientos”. Otra vez la escena vuelve a su elemento. Los adjetivos recuperan su fuerza. Volvemos a la montaña y el eco de los ladridos se adentran aún más en la maleza. “Revolcar montes”, “morder los vientos”: otra cacería, la gran cacería de los elementos naturales.

Este ejercicio de lectura puede continuar. El tono del siguiente cuarteto es descriptivo. Algunos adjetivos, ciertos colores, vienen como lugar común para ciertos sustantivos. En el primer terceto, los adjetivos llaman nuestra atención: “medrosos” y “titánica”. Dos calificaciones para los aullidos y para la brega. El mismo choque, la misma suerte. Los ladridos del inicio del poema son ahora “medrosos aullidos”. La fuerza expresiva cae ante la palabra hecha. Y la fuerza devastadora de los perros, ese revolcar de vientos y montes, cede ante lo titánico, otro lugar común. El último terceto conserva el mismo enfrentamiento, sobre todo al final:

“y al tornar, silenciosos por las breñas oscuras,

perfumando sus pieles, todo el monte les riega

una gran tufarada de piñuelas maduras”.

El último verso es más elaboración formal que parte integral del poema. Hasta las mismas breñas y el perfume parecen más un hechizo, un ensueño ideal que una escena de caza. La “tufarada”, las “piñuelas”, en lugar de resaltar a los perros, los hacen irreales, heroicos. Rivera ha sacrificado la dura naturaleza por la belleza formal de la apariencia. Valga el anterior ejemplo, para reiterar que José Eustasio Rivera en Tierra de Promisión, es un poeta escindido. El tema y los motivos están en franca lucha con la forma artística.

He hablado de dos fuerzas que se chocan en los poemas de Tierra de promisión. Podemos ver más de cerca este asunto. Por ejemplo, el soneto XIV de la tercera parte. La manera como Rivera cualifica un escarabajo es totalmente idealizada: “amatista de oriente solferino”, “antena de platino”, “flavo meteoro…” Los colores, las características, los detalles del escarabajo se pierden entre epítetos grandilocuentes, entre palabras clisé. La naturaleza en Rivera, al menos en los poemas de Tierra de promisión, es vista desde un prisma, desde un catalejo. La mirada de Rivera parece extranjera, como si el paisaje fuera contemplado por algún cronista español o portugués de la Conquista.

Rubí, carmesí, bruñido, azulino, argento, cetrino, ultramarino, cerulescente; nácar, zafiro; los celajes, lo sombrío, el azogue, las linfas, lo silente; lo fulgente; el himeneo, el epitalamio, la cornucopia, la púrpura, las pléyades… perínclito, ámbar, clámide, numen, fanal, ónix, flavo, granate… natura. Palabras, adjetivos, epítetos, que son constantes en los sonetos de Tierra de promisión; palabras clisé de una escuela literaria, de una forma de idealizar el mundo y la realidad.

Gualandayes, cigarras, potreros, chilacoas, vacadas, palmas; bogas, platanales, pajonales. Chambas, peñascos, ancas, ijares, crines, bejucos, bocachicos, pejes, pavones, coruntas; pepitas, frailejones, guacamayos; paujil, ardilla, guadua, loma, chonta… un bramido, el cementerio campesino, un búho silencioso, la altísima barranca, un relincho, un bambuco, el quejido de las ramas… Las otras palabras de Rivera. Los otros adjetivos, los otros colores, la otra forma de decir la naturaleza. El paisaje escueto, sin adornos. El paisaje cotidiano; humilde, pero propio.

Es al juntar estas dos fuerzas, precisamente, cuando los poemas de Tierra de promisión estallan. Por ejemplo: “la balsa que riela”, “el rubí de la escama”, “la gruta silente”, “el mustio pajonal”, “un tardo buey de elefantino paso”, “la bruñida arena”, “los olímpicos olores”, “los temblores de argento”, “las lanzas de nácar”, “el columbrar del buitre…”: choque de dos mundos, de dos visiones. Rivera es una expresión escindida: entre la barqueta y la canoa, entre el éter y el viento.

Sobra decir que, a veces, en algunos sonetos de Tierra de promisión, hay tercetos, sobre todo, que no sufren este enfrentamiento entre la palabra clisé y la palabra natural. Versos que se mantienen limpios, versos que nos dicen, de alguna manera, la fuerza lírica riveriana. Por ejemplo, aquellas líneas del soneto XXVI de la tercera parte, el primer terceto:

“junto al reflejo que la hoguera enciende,

están los bogas, con atento oído;

¡nadie escuchó lo que la noche entiende!”

Versos de pintor. Rivera, y eso lo podemos comprobar mejor en La Vorágine, es un impresionista. La luz y los fenómenos de la luz, en cuanto tocan el paisaje, lo obsesionan. La escena que recoge el anterior terceto es conocido: el reflejo de una hoguera y varios bogas atentos escuchando. Pero Rivera no va a decirnos lo que oían, no va revelarnos el misterio; prefiere trasladar la palabra a un campo mayor. Sólo la noche tiene oído para ciertas historias y, por supuesto, esas historias son las que únicamente sabe él, el poeta. Vayamos a otro soneto, el X de la segunda parte. Otra vez es el primer terceto:

“Mas no se sacia el alma con la visión del cielo:

cuando en la paz sin límites al cosmos interpelo,

lo que los astros callan mi corazón lo sabe”.

Por supuesto que el motivo no es original. Un hombre contemplando las estrellas, el cielo infinito. Es la misma escena cantada muchas veces por Dante Alighieri; también es el motivo de uno de los mejores poemas de Ole Sarvig, el poeta danés de “Noche de vela”:

“Estoy plantado solo en esta noche

bajo las estrellas…”

Sí, no es un motivo original. La actitud del hombre levantando sus ojos a las alturas, es tan antigua como la pregunta por el misterio. Motivo romántico, motivo universal. Lo que nos llama la atención en estos versos de Rivera, es el tono de insatisfacción, esa sed no cumplida. El cielo es poca cosa para los ojos. Quizá sea poca cosa también para nuestras palabras. El cielo es un silencio, una paz sin límites, un silencio interpretable sólo con otro sentido: lo infinito, “que en la pupila cabe”, y sólo puede ser escuchado desde el corazón; el arcano huye a la razón. Tomemos un caso más. De nuevo el primer terceto del soneto XXV de la tercera parte de Tierra de promisión:

“Me borrará la noche. Mañana otro celaje;

¿y quién cuando yo muera consolará el paisaje?

¿por qué todas las tardes me duele esta emoción?”

Romántico, sin duda. Pero qué magistral esa entrada del terceto: “Me borrará la noche”. Son las mismas palabras que, años después, Jorge Luis Borges colocará en la boca de un suicida. Es indudable que la poesía, como escribiera el mismo ciego bibliotecario, es la historia sin fin de unas cuantas metáforas. Pero sigamos. A una noche sigue otro amanecer. Rivera se interroga, se define. Las dos imprecaciones, más personal la primera, más común la segunda, parecen ser un epitafio riveriano. De ese segundo alejandrino nos conmueve aquel “consolará”. Rivera se desnuda. Quizá no fue un cantor de la naturaleza, sino su guardián. Más que la voz paterna, intentó ser abrazo de madre, regazo lírico.

En Tierra de promisión, en los poemas de José Eustasio Rivera, encontramos algunas imágenes sorprendentes, precisas. Son escasas, en verdad, pero cuando aparecen son de primera magnitud. Empecemos con el III soneto de la primera parte. Rivera nos describe un caimán:

“El caimán cuya rugosa espalda

parece cordillera en miniatura”.

La comparación es certera. Rivera ha bajado la mirada. Ha puesto sus ojos a la par de la hierba. Entonces, descubre que la piel del caimán, que su rugosa espalda es otra cordillera, una segunda tierra, otra forma de las rocas. Y ese calificativo de “miniatura” nos impacta aún más. Sabemos que las cordilleras son inmensas, esa es una primera memoria que, al oponérsele desde lo diminuto, hace que la piel del caimán deje en nuestra imaginación un fogonazo, un asombro revelador.

Miremos ahora el soneto IV de la segunda parte. Al final del segundo cuarteto Rivera nos dice:

“y en los lanudos frailejones flota

como harapos dispersos, la neblina”.

He aquí otro logro lírico. Preciso el adjetivo para el frailejón, exacto por su textura que le confiere liviandad, ligereza que va a verse engrandecida por la neblina. Rivera la pinta de harapos dispersos. Lo etéreo se hace sólido. Pareciera acá que el poeta José Eustasio Rivera y el pintor El Greco se emparentaran en el manejo de la atmósfera. La neblina: un harapo que, cuando flota, se dispersa. Los harapos, la ropa vieja; los harapos, materia que de tanto usarse se divide, se propaga. Dos tipos de ropaje: la de los frailejones y la de la brisa.

Un acierto más de Rivera se encuentra en el III soneto de la segunda parte de Tierra de promisión. Un soneto que, por cierto, figura en muchos de los textos escolares y en varias antologías. El soneto de los caballos y el llano. Un soneto “galopante” que logra su mayor acierto en los dos últimos tercetos.

“Atropellados, por la pampa suelta,

los raudos potros, en febril disputa,

hacen silbar sobre la sorda ruta

los huracanes en su crin revuelta.

 

Atrás dejando la llanura envuelta

en polvo, alargan la cerviz enjuta,

y a su carrera retumbante y bruta,

cimbran los pindos y la palma esbelta.

 

“Ya cuando cruzan el austral peñasco,

vibra un relincho por las altas rocas

entonces paran el triunfante casco,

 

resoplan, roncos, ante el sol violento,

y alzando en grupo las cabezas locas

oyen llegar el retrasado viento”.

El efecto es único. Los caballos, su carrera, son más rápidos, más ágiles que el mismo viento. Además, los caballos paran sus cascos para escuchar; el logro es doble. No es que el viento llegue como brisa, como aire; es más una voz, una palabra. El impacto verbal y visual aparece ante nosotros. La imagen es para el oído y para el ojo. Y, Rivera, para enardecer aún más nuestros sentidos, decora la escena con un sol violento. Es, pues, un logro lírico enceguecedor, deslumbrante.

Aciertos similares hallamos en el soneto VI de la tercera parte, en el que otro caballo, un potro semental, se lanza al trote y “tiende la crin para que el viento flote”. La imagen es plástica. La crin se tiende, como una sábana, sólo para que el viento pueda expandirse. No es el viento sobre la crin, sino la crin para el viento.

O aquella otra imagen del soneto XVII de la tercera parte de Tierra de promisión, referida a unas vacas compasivas que, “haciendo mistéricas rogativas, / se echan por calentar las sepulturas”. Rivera nos muestra por ausencia el tópico de la losa fría de los románticos. Para él cuenta más el calor de la vacada que el aterido lugar de las sepulturas. El cementerio se convierte en pastada, la muerte se torna vida.

Precisamente, más adelante, en el soneto XXIV, Rivera recurre otra vez a la vacada, pero ahora para descubrirnos el trote del ganado, para crear un eco especial: “y al trote desigual de la vacada / suena la seca amarillez del pasto”. Un verso excepcional. Es el color lo que repica, es la sequedad de un color lo que nos permite descubrir el paso del ganado. El color como eco: maravilloso.

Rivera, en Tierra de promisión, es un poeta de relámpagos líricos excepcionales. De pronto, en medio de la inmensidad de versos parnasianos, se eleva la voz nativa, se levanta la palabra del hombre campesino, la palabra que sabe que el caimán lleva sobre su espalda una montaña en miniatura.

No quisiera dejar en el tintero otra característica notoria de los sonetos de Tierra de promisión. Es un detalle de la forma, de la arquitectura de los sonetos. En todos ellos, en los 55, se usa como recurso inicial la disyunción “y”. Rivera escribe, por ejemplo:

“y en hondo murmullo de mi audaz oleaje” (…)

“y peinando en los vientos el sonoro plumaje” (…)

“y unos indios desnudos, con curiosa cautela” (…)

“y al sentir mis caricias apremiantes, se afana” (…)

En todos los sonetos hay por lo menos un verso con este tipo de construcción. La “y”, como inicio, puede ser utilizada de dos maneras: como presupuesto, como condición, como hipótesis. Este sería un primer sentido:

“y al gemir de dos ranas como finos violines” (…)

“y a la par que escudriña, malicioso, el paisaje” (…)

La construcción hace las veces de una invitación, es como un presupuesto de suspenso: algo viene. Es la primera parte de un silogismo, la premisa inicial.

“y hacia allá, mientras siente despertar los sinsontes” (…)

Una segunda forma de utilizar ese “y” es emplearlo como conclusión, como resultado. Ahora el verso no es suspenso, sino desenlace, síntesis:

“y la luna prolonga mi silueta en el río” (…)

“y los hombros me muerde con salvaje crueldad” (…)

“y la montaña púber huele a virginidad” (…)

El recurso, en este caso, es usado como telón, como punto final de un enunciado anterior. Responde a la lógica de “dado que”: “resulta que”. Rivera, entonces, sucumbe ante la forma hecha.

“y elevó, con gran ruido, mis dos alas al cielo” (…)

“y se duermen los montes… y se apaga la luz” (…)

No quiero decir que esta particularidad del verso sea exclusiva de Rivera, no. De pronto es inherente a la forma soneto; pero, en Tierra de promisión es un recurso demasiado visible, una estructura sintáctica recurrente.

“y cuando ágil avanza y en la sombra se interna,

al chispear de dos ojos, suena horrendo zarpazo

y un rugido sacude la sagrada caverna”.

Dejemos de lado estas particularidades expresivas y elijamos un poema de Rivera para guardar en nuestra memoria. En mi caso, después de leer y releer los 55 poemas de Tierra de promisión, me quedo con el XII de la tercera parte. Es un soneto que a mi entender se libera del vestuario parisino y asume la desnudez de lo auténtico. Un soneto, además, escrito en endecasílabos y que, por lo mismo, resulta más natural, menos formalista. Este soneto preludia las hojas de Aurelio Arturo, el viento de Eduardo Cote Lamus. Un soneto, en suma, compuesto para expandir los pulmones, para ensanchar el espíritu.

“Hay una brisa de inefable ruido,

que al bajar de la fértil serranía,

por anunciarme su llegada, envía

gratos perfumes de maizal florido.

 

Disuelta sobre el llano estremecido,

cual un extraño espíritu, me espía;

y aunque mis ojos no la ven, podría

reconocerla entre el palmar mi oído.

 

Como un suspiro de la selva ausente,

por disipar mis íntimas congojas,

despeinando mi sien, besa mi frente;

 

y a su blanda caricia femenina,

tiembla de placidez, como las hojas,

mi ser en la frescura matutina”.

Si se mira con atención, el eje del poema es la brisa, la brisa que baja, como perfume, para disolverse en el llano; la brisa invisible, el suspiro de la selva; la brisa que después toma el cuerpo de la música y espía. La brisa, primero nos acecha, luego viene hacia nosotros y nos despeina, nos besa y, al besarnos, deja entrever su ser: la brisa es una mujer que, al acariciarnos, nos hace temblar. Mujer brisa, maizal florido, frescura matinal. Rivera ha buscado y elegido las palabras precisas. Los versos, en esta ocasión, dejan de ser palabras para transformarse en viento, un viento blando. La brisa es el respiro de la selva, el aire de otro ser que siempre nos espía, que siempre nos vigila, porque detesta ver la congoja en nuestra frente. El aire de otro ser que desdibuja nuestro sufrimiento.

Cierro estas aproximaciones críticas a Tierra de promisión señalando que son poemas de luz, de color; poemas impresionistas. José Eustasio Rivera es el “poeta de las sensaciones” ha escrito Luis Carlos Herrera. Tierra de promisión es un cuerpo de sonetos que, como afirma David Suárez Torres, “preparan el camino hacia la novela”, sonetos puente para llegar a La Vorágine.

La complicidad con la luna

07 domingo Jul 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Novelas

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«Ranchos del barranco» del uruguayo José Cuneo.

Esa noche, como tantas otras, el sueño huía de su cuerpo. Saúl sentía que el calor se intensificaba en cada parte de su piel. Aún en calzoncillos, acostado en la cama, sin ninguna sábana cubriéndolo, le era imposible conciliar el sueño. Se incorporó y puso los pies desnudos en el cemento. Esa era una maña que tenía: confiaba en que el frío del piso le regulara el calor en su cuerpo; pero la estratagema no le sirvió de nada. Miró por la ventana del cuarto y alcanzó a divisar en medio de la noche una luna grande, completa, radiante. Se puso de pie, buscó la camisa, y abrió con discreción la puerta de la alcoba. Dio unos pasos hacia el oriente, siguiendo el reducido andén de la casa y fue a toparse con los perros que salieron a encontrarlo moviendo la cola. Saúl les acarició la cabeza. Contempló abajo el tejado de zinc de la casa del tío Antonio, donde seguramente estarían durmiendo Ulises y Beatriz, al igual que la tía Purificación, observó el techo de paja de la cocina y el palo de guanábano que servía de dormidero para las gallinas y los gallos. Todo estaba en silencio. Apenas se escuchaba el croar de las ranas hacia el lado del charco y los grillos con su canto incesante.

Saúl se sentó, poniendo la espalda en la pared de la casa. Inconscientemente usó uno de los costales de los perros como cojín para sus nalgas. Los animales, se acomodaron al lado de él, dispuestos a continuar su sueño. Saúl se concentró en la luna, que a esa hora estaba bien arriba de las montañas de Lomalarga y teñía de una luz plateada los cafetales, los árboles y las piedras de los caminos. Buscó en el bolsillo de la camisa una cajetilla de cigarrillos. Ahí, al lado, también estaban los fósforos. Prendió un cigarrillo y sintió que el humo o la brisa le aligeraban el bochorno o esa sensación de encierro que minutos antes lo tenía desesperado. Chupo fuerte el cigarrillo y exhaló poco a poco el humo. Miró la luna y se extasió con su luz y con su silenciosa manera de cubrirlo todo. Aunque no sabía por qué, la luna tenía la propiedad de tranquilizarlo o de ofrecerle una compañía que lo llevaba a hablar consigo mismo, a decirse cosas que pensaba o que le atenazaban el corazón.

Él no sabía bien desde cuándo empezó a tener esa complicidad con la luna. Lo cierto es que esa noche, como otras muchas de desvelos, al mirar ese astro su alma tuvo una especie de revelación. Porque la luna estaba sola, como él; porque la luna se ocultaba en el día, como él; porque la luna era muda en su tránsito, como él; porque la luna, su luz, era triste, como él… Eso meditaba Saúl, mientras volvía a chupar el “Pielroja” que, si bien era amargo como su destino, en esta ocasión le supo menos acre. “Desquite”, uno de los perros, levantó las orejas al escuchar el ulular de un currucú por el lado de la mata de guadua. La mirada de Saúl se detuvo en el gallinero. Ninguna gallina, ni los tres gallos, pronunciaban un sonido. Los palomos permanecían igual. Era la noche, la alta noche. Solamente la luna se mantenía despierta, irrigando de luz tenue el paisaje, tocando las puertas de las veredas con sus nudillos leves y amarillos. Saúl pensó que la luna era lúgubre, tal vez contagiado por el canto lastimero del currucú. Lúgubre era la luna, ella en su redondez de vigía, era como un centinela de la muerte, una invitación a encontrarse con esas zonas oscuras de uno mismo, con esos abismos del alma. Algo negativo debía tener la luna, porque desde niño había escuchado que no se podían capar a los marranos en cuarto creciente, o si no se les enconaba la herida, se les engusanaba; y algún poder debía tener ese astro silente porque cuando había luna nueva a Sagrario, la tía muda, se le multiplicaban las dolencias en su cabeza y empezaba a patalear y lanzar gritos que parecían romper todas las montañas de Capira; y por eso decían en la región que se tenía que cortar la madera en menguante y el cabello de las mujeres cuando hubiera luna llena… Todo eso pensaba Saúl, mirando a la luna. Y tal vez por esas cosas, o para saber sortear esos maleficios de la luna, Ulises no dejaba de consultar el almanaque Bristol.

El tiempo parecía ir muy lento.  Sául no sabía bien cuántos minutos llevaba allí sentado contemplando la redondez fascinante de la luna, a lo mejor ya había pasado un cuarto de hora, pero le era indiferente el transcurrir del tiempo. Su memoria le trajo algo de alegría al recordar cómo le gustaba caminar de noche cuando había luna llena, como la que en ese momento se alzaba imponente y lejana. Era como si una gran linterna le sirviera de guía, pero con una luz tenue, fría, una gran luz parecida a la que emitía la “Coleman” que usaban en la casa cuando había cogidas de café y tenían que seguir de largo descerezando esas pepas rojas, dándole vueltas a una rueda de color verde oscuro que las iba convirtiendo en babosos granos apergaminados. Vino a su mente las varias veces que cogió el camino real de noche para ir a verse con Carmen, abajo, en el cacao de monte, cuando ella y él andaban atorados por el deseo, cuando ella lo esperaba con un vestido de flores sin nada debajo, como si también anduviera presa de un calor imposible de aplacar. Y Carmen era como la luna, porque se dejaba amar sin decir nada, ni aun cuando alcanzaba su mayor goce; Carmen abría su cuerpo como si fuera un largo tallo de bore, esos rizomas que tanto gustan a los marranos y que, a pesar de todos los colmillos hambrientos, pueden mantenerse en pie, así tengan corroídas sus raíces. Todo eso recordaba Saúl a la par que le daba una última chupada al cigarrillo que, antes de ir hasta sus labios, acumulaba la ceniza en un equilibrio misterioso. Volteó el rostro y contempló un árbol de marañón: con tres cogollos en leche caliente, durante una semana, había logrado Beatriz quitarle una pechuguera que se obstinaba en apretarle el pecho. La luz de la luna destacaba apartes de la hojarasca del pequeño arbusto, resaltando los frutos rojizos en la parte más carnosa. Saúl recordó las semillas de ese árbol y las asoció con la postura de los fetos, contraídos sobre sí, volcados sobre su vientre, resguardando o doliéndose de un mal impronunciable. ¡Qué bueno sería que los tres cogollos de marañón sirvieran para eliminar su pesadumbre!, ¡que Beatriz tuviera el remedio para espantarle esa desazón en el corazón, y bastara con tomar unos sorbos antes de acostarse! “Tolismán”, el otro perro, se rascó con una pata las orejas. Saúl alzó la vista hasta un clavellino que estaba hacia arriba de la cocina y descubrió, después de buscarla unos segundos, a “Rebeca”, la lora con la que le gustaba platicar mientras desayunaba. Ella también dormía. “Patojito real, ¿quiere cacao?”. 

 

(Capítulo de mi novela inédita Saúl Cadena).

La certeza nostálgica del amor verdadero, según Yeats

24 lunes Jun 2024

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Comentario de poemas, William Butler Yeats

Ciertos poemas nos cautivan desde la primera vez que los leemos. A veces porque hallamos en ellos, de manera concentrada y con estilo sutil, una clave para entender determinado matiz de la existencia y, en otras ocasiones, porque señalan con aguda reflexión situaciones futuras a las que, de alguna forma, estaremos abocados. Este tipo de poemas cobran más sentido a medida que pasan los años o se hacen más “legibles” cuando se los mira con el lente sereno de la sabiduría de vivir. Uno de esos poemas es “Cuando estés vieja” del irlandés William Butler Yeats. Miremos en detalle el texto.

La primera estrofa parte de un hecho que es, al mismo tiempo, un anuncio premonitorio: la llegada de la vejez. Pero la mujer a la que alude el poema está en actitud “somnolienta”, al lado del fuego, y tiene en sus manos un libro. Es una persona en estado de lentitud, de “mirada suave” y que, sin afanes, va leyendo. Desde ese gesto cansino “y sin prisa” la vieja recupera sus vivencias de otros días; evoca y sueña, a la vez.

Eso es, precisamente, lo que nos expresa Yeats en la segunda estrofa del poema. La mujer recuerda a todos sus “amantes” que le prodigaron “momentos de dicha” y que amaron su belleza “con amor falso o verdadero”. Tales reflexiones sólo aparecen cuando puede mirar hacia atrás con tranquilidad y sin estar asediada por el arrebato de las pasiones. La mujer repasa sus días como si fueran las hojas de un libro, hace un balance y se detiene en un hombre que, además de contemplar su belleza, supo “amar en ella su alma peregrina y las tristezas de su rostro voluble”. Ese hombre, porque parece que es único: “amó los dolores de su rostro cambiante” o, “amó las aflicciones de su cambiante cara”. Ese alguien logró amar lo mudable, lo que en ella era peregrino o iba de tránsito; lo que no era solo exaltación de la alegría, sino también cambio y sufrimiento. La rememoración de la anciana, con relación a sus amantes, la lleva a distinguir entre aquellos que se extasiaron con su belleza exterior y otro que se detuvo a escudriñar dentro de ella. Quizá allí esté la clave de lo que diferencia a los amores falsos de los amores verdaderos.

Terminado ese momento de evocación, la anciana se refugia en el calor de los leños y descubre, no sin cierta tristeza, que el Amor –ahora escrito con mayúsculas– ya no está con ella, que “huyó sobre las montañas”, que “escondió su rostro entre una multitud de estrellas”. Y si bien alcanzamos a sentir un tono melancólico por las experiencias amorosas del ayer, lo que me parece loable es que esta anciana logró conocer y tener vivo dentro de su pecho aquel astro fulgurante. Ella fue amada, así ahora no lo sea. Lo que amortigua la ausencia del amor en su vejez es que, en otro tiempo, experimentó el saberse amada y de modo especial por una persona que entrevió las vicisitudes de su alma. No llega al final de sus días sin la evidencia de ese Amor que por momentos lo tuvo radiante entre sus manos.

Este poema me sigue cautivando, a la par que me ofrece pistas de comprensión sobre los afectos pasados por el tamiz del tiempo. Sabemos que nuestra existencia es pasajera, y entendemos que en ese periplo hallaremos personas que nos amen. Pero únicamente al llegar a viejos sabremos cuáles de esos amores fueron falsos o sinceros, cuáles se quedaron en el borde de lo que somos y cuáles penetraron hasta la médula de nuestro ser. Eso de una parte. El otro asunto es de mayor trascendencia: el Amor se nos da como un regalo, es algo que se aposenta por un tiempo en nuestra alma y luego vuelve a su patria estelar. También él es peregrino. Por momentos nos incendia y nos nutre a incendios abrasadores; en otros, es silencio o sequía extrema. Desde la atalaya de la vejez se puede apreciar mejor el itinerario de esa estela de alboradas y de ocasos.

Cabe agregar algo más: el conjunto del poema es una especie de dedicatoria para alguien que, seguramente, fue el motivo de ese amor genuino y “sincero” al que se alude en la tercera línea de la segunda estrofa.  Aquel hombre, que bien puede ser el mismo poeta, tiene la esperanza de que sea la vejez de esa mujer la que le revele, a la manera de un testamento, la persona que amó su peregrina alma. Y aún más: el libro que Yeats confía que ella tenga en sus arrugadas manos sea el mismo que incluya los versos que le ha escrito. Así descubrirá –al igual que nosotros– que, si bien padece la ausencia de amor en el presente, le queda la certeza nostálgica de ese amor verdadero que tuvo en el pasado.

El protocolo: una ayuda didáctica para ordenar las acciones al redactar diversas formas discursivas

16 domingo Jun 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Formas discursivas, Redacción de protocolos, Tipologías textuales

Ilustración de Jean-Manuel Duvivier.

Una de las causas de mayor peso en los bajos resultados de los productos de escritura solicitados en la Universidad es la falta de indicaciones claras y precisas por parte de los profesores. Se cree erróneamente que esas “habilidades” ya se han desarrollado en la educación media o que brotan de manera espontánea apenas los estudiantes pisan las aulas de una institución superior. Como una manera de responder a esta debilidad de enseñanza es que se han concebido guías, secuencias, protocolos y otras ayudas didácticas acordes a las particularidades de diferentes tipologías textuales. Concentrémonos, en los párrafos siguientes, a perfilar y mostrar las ventajas de trabajar con protocolos.

Un protocolo de escritura es una ayuda didáctica centrada en describir y mostrar ordenadamente las acciones necesarias que un estudiante necesita realizar para lograr un producto escritural de calidad. Dicho de otra manera, los protocolos indican qué hay que hacer y cómo hay que hacerlo. En este sentido, son instrumentos asociados a la planeación, a la regulación de las prácticas de aprendizaje y, por supuesto, a una focalización de las intencionalidades formativas. Subrayemos, entonces, que los protocolos a la par que describen, instruyen; y al mismo tiempo que relacionan en detalle los pasos para realizar determinada tarea, también establecen un orden de prioridad.

Decía que los protocolos ordenan la acción o, si se quiere ser más estrictos, ofrecen la secuencia de acciones indispensables para lograr con calidad determinado procedimiento o, en el caso de la escritura, determinado producto. Tal intención reguladora obedece a mermar la incertidumbre que tienen los aprendices en cualquier tarea u oficio. Son pautas fiables redactadas con el fin de evitar cometer errores en una práctica, contar con las mejores alternativas ante un problema o disponer de un saber confiable al momento de la toma de decisiones. Los protocolos son, en sí mismos, rutas acertadas para sortear los imprevistos y llegar en el menor tiempo posible a las metas esperadas.

Los protocolos nacen, precisamente, del saber de los expertos en una disciplina, profesión u oficio, condensando esa experiencia acumulada en líneas de acción. Los protocolos son el resultado del consenso de un grupo de especialistas sobre determinado campo (convocados para tal fin o a partir de lo que hayan escrito), que se proponen –de manera clara, secuencial y detallada–, fijar las pautas esenciales para realizar actividades de uso frecuente. Este conjunto de pautas (en ciertos casos regladas) sirven de referente para una comunidad profesional o, si nos enfocamos en el campo de la educación universitaria, son un “documento modelo” para fijar ciertas pautas de enseñanza con determinados logros de aprendizaje. Los protocolos, en su esencia, aspiran a ofrecer la mejor forma de llevar a cabo una actividad, en situaciones concretas, y optimizando los recursos disponibles.

La elaboración de protocolos es una tarea lenta, meditada y con una intencionalidad ilustrativa o reguladora. Porque seleccionar los mejores ejemplos para realizar determinado producto o actividad, prever los ejercicios parciales o las fases para llegar a una meta precisa, secuenciar las acciones en un tiempo establecido, conocer la información más pertinente para un asunto específico, no es algo que se realice espontáneamente o a la ligera. Aquí se requiere, por el contrario, una experiencia validada y una reflexión continua sobre la propia práctica que permita valorar, frente a un problema o procedimiento, qué es lo esencial y qué lo secundario, al igual que poder diferenciar de forma oportuna cuáles son las acciones básicas que necesitan atenderse de manera prioritaria y cuáles pueden dejarse para un segundo momento. Es evidente, entonces, que quienes redactan un protocolo conocen de primera mano la complejidad de aquello mismo que detallan, ordenan y prescriben didácticamente.

Pero, además, los protocolos contribuyen a “tener o compartir un lenguaje común” sobre la manera de realizar una actividad o desarrollar una técnica. No hay que estar inventándose cada día aquellos procedimientos que por la misma reincidencia y el saber acumulado ya tienen un paso a paso conocido y con óptimos resultados. Este punto es fundamental en la enseñanza de la escritura porque los docentes, quizá por desconocimiento en las minucias de las tipologías textuales, confunden diversas formas discursivas o dan indicaciones tan generales que terminan desorientando a los estudiantes. Tampoco ayuda mucho que cada educador exija la producción de una forma discursiva de alguna tipología textual, llámese ensayo, reseña o comentario, sin ofrecer indicaciones o instrucciones detalladas y secuenciales de lo que debe hacerse para conseguir los objetivos previstos. Esa deuda didáctica sobre las particularidades y las maneras de elaborar diferentes formas discursivas es la que pretende subsanar el uso de protocolos. 

Hay que insistir en algo: los protocolos se elaboran porque existe el deseo de acompañar intencionadamente al estudiante en la consecución de una tarea o un producto académico. En este sentido, su construcción minuciosa responde a no dejar de lado u olvidar asuntos que, por la prisa o el descuido, pueden tener consecuencias negativas en el resultado final. Las operaciones descritas con gran detalle, los consejos y recomendaciones puntuales, las pequeñas actividades y su forma secuencial de encadenarse, todo ello contribuye a evitar la desmotivación o la pérdida de foco en una actividad académica. Y dado que el escribir no es una competencia que se desarrolle naturalmente, con mayor razón el empleo de los protocolos sirve de “mentoría reglada” a quienes se les dificulta redactar determinado tipo de forma discursiva o a aquellos otros que esperan de manera mágica que les llegue la inspiración para comenzar a escribir.

No sobra resaltar, y más tratándose de instituciones educativas, una bondad de los protocolos que resulta muy sensible para los estudiantes, me refiero al aspecto de la evaluación formativa. Por estar centrados en facilitar y ayudar al logro de determinadas metas, por detallar las acciones mostrando los posibles errores y la forma de solucionarlos, por hacer explícito el cómo realizar secuencialmente una tarea, los protocolos se inscriben en una evaluación que permite al aprendiz ir autoevaluándose y regulando su propio aprendizaje. Ya no se trata, entonces, de “imponer un trabajo” y esperar a ver “con qué sale el estudiante”, sino de orientarlo para que logre los mejores resultados posibles, de que tenga a la mano un recurso escrito en el que se le detalle, desde el principio hasta el final, cómo llevar a cabo dicha actividad. Por lo demás, al hacer explícitos los saberes y las habilidades esperadas, los protocolos se convierten en un buen instrumento de “chequeo” en el que el estudiante puede constatar, al aplicarlo, dónde hay suficiencias y dónde debilidades. Y si de su apropiación para redactar un texto se puede dar una nota, lo importante es que, gracias a ese material didáctico de apoyo, se logró en realidad contribuir a un genuino aprendizaje.

Por supuesto, los protocolos pueden sufrir ajustes o modificaciones dependiendo de los contextos o, debido a las condiciones de tiempo y número de personas, incluir asuntos que no estaban contemplados en su estructura básica. Hasta resulta aconsejable revisarlos con alguna periodicidad. Sin embargo, lo importante es que sean socializados y acatados por aquellos que tienen una misma responsabilidad o atienden eventos semejantes. Piénsese en la importancia de los protocolos en el área médica, en la gestión pública, en la intervención psicológica o en la informática. Si no se acatan dichas pautas, toda eventualidad se convierte en una catástrofe, se aumenta la improvisación en procedimientos ya estandarizados y resulta imposible la comunicación fluida y certera entre pares o colegas. Algo similar habría que decir en el sector de la docencia: si no se atienden determinados protocolos, si no se comparten en un área, un programa o una Facultad, cada profesor hará las cosas “como mejor le parece”, pero olvidándose de las intencionalidades formativas que subyacen a un currículo o a un perfil de egreso. Por eso, utilizar y seguir conjuntamente determinados protocolos, y más cuando se trata de enseñar a escribir, es una manera de realizar planificación colegiada, de establecer consensos sobre la conveniencia de ubicar una u otra forma discursiva en determinado curso, ciclo o semestre; de entender, en últimas, el rol esencial del acompañamiento en cualquier acción docente.

Cierro estas reflexiones sobre el protocolo señalando que el aprendizaje de la escritura –como labor artesanal que es– presupone el conocimiento y dominio de unos útiles de apoyo, de unas herramientas cognitivas y procedimentales en las que sean visibles sus técnicas de composición y sus modos de estructurarse. En esta perspectiva, los protocolos no sólo contribuyen a hacer más cercana la relación con el acto de escribir, sino que develan los pormenores o artilugios de esta tecnología de la mente.

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