• Autobiografía
  • Conferencias
  • Cursos
  • Del «Trocadero»
  • Del oficio
  • Galería
  • Juegos de lenguaje
  • Lecturas
  • Libros

Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: fernandovasquezrodriguez

Contemplando a Tadzio

08 domingo Jun 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Del diario

≈ Deja un comentario

"Muerte en Venecia" de Luchino Visconti.

Aschenbach en «Muerte en Venecia» de Luchino Visconti.

Belleza…, la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa, ya perdida. Belleza que aún a la muerte se atreve a seducir, que aún puede volver la vista (la misma mirada pero desde otra visión) y despreciar la vida. Esquivarla –si se quiere– coquetamente. Belleza, la mano moribunda, inmoral, tratando de asir la eternidad. Belleza es una mascarada por abarcar en un único instante la totalidad del tiempo. Belleza no habita en la confianza, en el lugar seguro de lo deducible, no; ella se mantiene junto al mar, en la arena o en la noche, siempre moviéndose en el espacio de lo infinito, de lo inconmensurable.

Si alguien pregunta ¿dónde está la belleza? Yo –mostrándole algunos de mis poemas– le diré: “Toma, léelos y te darás cuenta de lo que no es la belleza”; y si insistiese en su pregunta, sólo podría darle un argumento más: “Belleza es tan cercano a muerte, a Dios… Cuando quieres tenerlos y, son tuyos, ya no puedes saber dónde hallar su presencia. Belleza es ansiedad de ver el envés de la vida, la espalda de las cosas, el dorso impenetrable de la sangre… Lo visible, lo que uno se atreve a mostrar como belleza: el poema, la escultura, la pintura: la obra, no recoge la esencia de lo bello, nunca ha podido. Lo que retiene la obra de arte es el apetito, el ansia furibunda de otear aquella ignorada pradera donde, según se dice o se intuye, viven las presencias angélicas, los héroes, la luz intermitente de una virgen y el sello tranquilo con que se impusieron las señales al mundo… Lo que retiene la obra de arte es lo que ella, por sí misma, nunca logrará ser. La belleza que se aposenta no existe, su ser es el movimiento; pero un ritmo tan perfecto que logra ser quietud. La belleza detiene el flujo de lo interior y lo exterior en su fluctuar, lo torna puro equilibrio, símbolo del símbolo”.

Mortalidad que, reconociéndose, se afianza en lo inmortal. Finitud que, contemplándose en el espejo, descubre la nostalgia o la reminiscencia del infinito. Muerte que, desde su corte brusco o inesperado –siempre venidero– se levanta insensata, proclamando resurrección. “¡Oh, Dios. Tú que nos has hecho para morir, ¿por qué nos inundaste la sed de eternidad, que hace al poeta?”, reclamaba Luis Cernuda. Belleza es un vaivén, un árbol majestuoso quejándose por no llegar al cielo…; lo bello es seducción de sacrificio, llamado que es destino, camino que es olvido. Bello es el viento en su presencia ausente, en su caricia sin mano, en su frescura impalpable. No, la belleza no está en lo determinado; si hay belleza, ella es ambigüedad. No es bella la mujer, no es bello el hombre; tan solo son hermosos. ¿Quién, entonces, en la vida retiene un soplo de lo bello? ¿Quién juega a mantener la monstruosa sensación de la belleza? Ese quien no se muestra y, si de veras existe, es una peligrosa unión, un contraste de labios rojos, manos largas y ojos tristes somnolientos a playa: el adolescente, la adolescencia. Sólo la juventud; sí, ahí, en el despertar indeciso, en la alegría que es ausencia de conocimiento; ahí, se reclina momentáneamente la belleza, se deja ver, pero no debe tocársele. La mano que roza la belleza, la caricia que se unta de lo bello, quema ardiendo la flor, destruye el espejismo: se conoce su engaño. Su verdad era efímera, su gesto era apariencia. Belleza no hay en las dimensiones conocidas ni en las realidades propuestas por la historia; belleza no se encarna en lo visible, en lo sensual; belleza siempre es límite… limitación del límite. Límite de lo humano que todavía no ha alcanzado más allá de sí mismo y, en esta dirección, límite también de lo inhumano, juego simbólico en el extremo límite terreno. Belleza: el juego en sí, el juego que el hombre juega con sus propios símbolos y así, simbolizando –lo único posible– escapar a la angustia de la soledad.

No es belleza lo que las obras buscan; es belleza lo que las obras niegan. Nada hay perfecto en la imperfección y sólo la imperfección sabe ir a lo perfecto. El barro quiere ser luz iridiscente, la luz tiempo vacío, el tiempo cuerpo, el cuerpo eternidad. No es belleza lo que el poema busca, es belleza lo que huye del poema. Toda obra de arte es imperfecta porque, de otra manera, sería divinidad o mera muerte; y la obra, se esfuerza por ser vida o afirmación de la vida. Así que, tiene que resignarse a la mutilación o lo incompleto. No es belleza lo que el poeta busca; es belleza lo que no es el poeta. Allí, la vida, la realidad manchada de costumbre; allá, lo bello, lo innombrable dispuesto a la sonrisa. Allí, la sensación, el vestigio primario de la esencia; allá, el espíritu, la resistencia imperturbable a ser naturaleza; allí y allá; allá y allí: la levantada insatisfacción, el abandono a lo imposible. No es belleza lo que la vida busca, es belleza lo que la vida ignora. Toda obra de arte repite el mismo movimiento de búsqueda, perpetúa el tintineo de husmear en la prohibición, en el misterio de lo santo. Hay tantas experiencias negadas al entendimiento. Toda obra de arte repite el grito salvador en medio de la peste, la blancura de un traje en medio de la podredumbre del abismo. Toda obra de arte baja como Dante a los infiernos y repite la aventura del sentido. Odisea, travesía, correría. ¿Dónde, dónde la belleza? Al final nunca habita, nunca vive al comienzo. ¿Dónde, dónde la belleza? En el esfuerzo, en el intento, en la paciencia del artesano, en la ignorada persistencia, en el golpeteo constante, en la obra; sí, en la obra de arte se encuentra la belleza, pero sólo sus vestigios. No es belleza lo que las obras tienen; es belleza de lo que las obras dan indicios y… de nuevo, la búsqueda: arte. La promesa: “Lo bello no es tan operante como prometedor”, decía Goethe, y son “solo pocos los que recuerdan lo sagrado que han contemplado”.

Belleza… la mano extendida, temblorosa, moribunda; la mano ligeramente temerosa, indecisa por la mirada ya borrosa… La mano del poeta John Keats: “Estoy convencido de que escribiría por puro anhelo y amor de lo bello, aun cuando el trabajo de mis noches apareciera quemado cada mañana y ningún ojo la llegara a contemplar”.

Sobre los libros

03 martes Jun 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Aforismos

≈ 6 comentarios

Ilustración de Quint Buchholz.

Ilustración de Quint Buchholz.

Hay libros que buscamos y, otros, que silenciosamente nos encuentran.

*

La entrega del libro a su lector es absoluta: si él quiere tomarlo, se ofrece sin reparos; si lo abandona, mantiene intacta su disposición inicial.

*

Si a un amante de los libros se le pierde un volumen, convertirá dicha pérdida en un caso policial: ¡Búsquenlo!, ¡Tiene que aparecer!

*

Ciertos libros son de engañosa seducción: recién uno lee entusiasmado las dos primeras páginas, rápidamente siente el deseo de abandonarlos.

*

Subrayar los libros es otra forma de tatuaje: cada marcación es una extensión de la identidad de nuestro espíritu.

*

Algunos libros siguen esperando al lector ideal, al príncipe azul que los despierte de su letargo silencioso.

*

Como ciertas parejas amorosas, existen libros que sólo al llegar al final sabemos si valió la pena el tiempo empleado en esa relación.

*

A veces nos sorprende un subrayado hecho por nosotros en un libro tiempo atrás. La explicación es sencilla: lo que consideramos importante depende de la experiencia acumulada.

*

Los diseñadores gráficos son los estilistas de los libros.

*

Las formas y colores de la portada son un desesperado llamado del contenido del libro para mostrarle al lector el encanto guardado en  su monótona textura interior.

*

El tipo de papel en el que se imprimen los libros es la piel de su contenido. Y aunque solo sirva de soporte lo cierto es que debe ser acariciado y olido por el lector apasionado. El tipo de papel define el modo de acariciar propuesto por cada libro.

*

El que guarda libros lo que anhela atesorar es el testimonio de cada encuentro.

*

El polvo es un lector asiduo de los libros. Un lector –si lo permite el tiempo– compenetrado hasta la médula.

*

La goma usada en los libros mal empastados está hecha del mismo material de los padres irresponsables.

*

El libro virtual confía en su presencia discontinua; el de papel, pega y cose discontinuidades.

*

El que regala un libro más que dar un objeto prefigura un gesto y una emoción futura.

*

La venta de libros usados es un azaroso mercado regido por la ley de desechar lo inútil o encontrar algún tesoro.

*

Ciertos libros tienen el don de la regeneración: entre más los leemos más cosas interesantes les encontramos.

*

Los libros que releemos son como cómplices amorosos de una aventura apasionada del pasado.

*

A veces pasa que dejamos de leer un libro no porque perdamos el interés, sino porque el calado de sus páginas resuena en la profundidad de nuestra vida. Por lo tanto, no es un asunto de apatía sino de íntima afectación.

*

El libro pide dos cosas para abrir sus misterios: atención concentrada y fértil imaginación.

*

Algunos libros nos impactan del tal manera que necesitamos recomendarlos como si fuéramos poseídos por un fervor contagioso.

*

Sorprende que determinados libros vayan pasando de padres a hijos como si fueran una especie de herencia inagotable.

*

Los libros sagrados exigen que los ojos del lector, además de leer signos, puedan leer misterios.

*

El libro es como un oráculo: depende de las preguntas que tengamos, así las respuestas.

*

El pasado tiene sus emisarios: los silenciosos libros.

*

En la medida en que nos adentramos en un libro fascinante empezamos a creer que ese libro fue escrito especialmente para nosotros.

*

¿Por qué será que así hayamos visitados cientos de veces la misma librería, terminamos encontrando algo que no habíamos visto o que estaba oculto en lo evidente?

*

El que convive entre muchos libros habita en un plácido inquilinato compuesto por personas de distinta época, lengua y condición pero extrañamente pertenecientes a una misma familia.

*

Los libros, para que suelten sus mensajes, debemos hacerlos sonar y resonar en nuestra cabeza.

El liderazgo y la política

25 domingo May 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 12 comentarios

Ilustración de Quino.

Ilustración de Quino.

El escenario político que estamos viviendo en Colombia, la facilidad con que se calumnia o se busca desacreditar a un oponente, la imprudencia en el decir y en el actuar, me ha hecho reflexionar sobre el sentido del liderazgo. Pero no solo del de los políticos sino de todos aquellos que tienen la responsabilidad de orientar, guiar o servir de referentes a un grupo de personas.

Creo que el actual momento histórico está signado por líderes que buscan únicamente sacar provecho personal pero negándose a aceptar las responsabilidades de dicho rol o misión. Es tal la avaricia de poder, de dinero, que se actúa maquiavélicamente sacrificando cualquier cosa con tal de alcanzar los fines. Nada parece importar o servir de límite: ni los valores, ni los principios, ni la vergüenza. Muy por el contrario, se acude a cuanta estratagema haya –desde las más burdas hasta calculadas y sofisticadas intrigas– para hacer creer que el beneficio propio es una necesidad o una prioridad de la mayoría.

Este tipo de líderes (si es que este apelativo puede aplicárseles con propiedad), muy cercanos a las formas de ser del tunante o el comerciante sin escrúpulos, hoy cuentan con nuevos medios de comunicación y con conglomerados económicos que amplifican –sin saberlo o sabiéndolo– sus ideas, sus voces, sus discursos a cada hora. La idea de fondo es saturar a la opinión pública de unas consignas lo suficientemente altisonantes y emocionales como para ensordecer el análisis o adormecer la indagación sobre los propósitos que las animan o los intereses que encubren. Estos líderes, por lo mismo, acuden a estrategias de medios y estrategias de mercadeo. Así, como si se tratara de vender un detergente o un producto de consumo. Bien podríamos decir que estos líderes más que representar o abogar por otros, se venden a sí mismos. Y lo que debería ser servicio se convierte en beneficio; y lo que es proyecto social se convierte en negocio de unos pocos.

Precisamente, y de esto participan los políticos actuales, es la poca o nula relación con un programa, un plan, una agenda de gobierno. La minucia y alcance de los proyectos, los grandes propósitos nacionales, quedan sepultados por el eslogan incendiario, la consigna insustancial o una banalidad de declaraciones magnificadas por la imagen de la televisión o las redes sociales. Lo que cuenta, en consecuencia, es el rumor, el chisme farandulero, la última declaración repetida una y mil veces por los “seguidores”. Y al presentarse así, por ser aceptados de esta manera, a estos líderes en el futuro no puede confrontárseles o pedírseles cuentas por un programa de gobierno o un proyecto. Refundido el plan o la ruta de navegación, pueden al final sacar cualquier disculpa o dejarnos varados en cualquier lugar. Al igual que con los ídolos del momento, semejantes a los artículos de consumo, lo que le queda al gran público, a la sociedad, es cambiar de producto o asumir un escepticismo conformista.

Sin embargo, deberíamos recordarles a los líderes de nuestra época algunos asuntos que han olvidado o que astutamente anhelan que los ciudadanos o la sociedad ignoren o no les den la suficiente importancia.

Lo primero es que el liderazgo genuino conlleva múltiples responsabilidades: con los contemporáneos pero, especialmente, con las nuevas generaciones. El líder verdadero es capaz de interpretar una herencia del pasado y vislumbrar los escenarios del porvenir. No es un funcionario del presente. Su labor consiste, precisamente, en tejer los logros de sus antecesores con las rutas por las que sus sucesores podrán transitar en el mañana. El líder retoma y entrega; recoge y da en herencia. Por eso, ¿qué se puede esperar de unos dirigentes que desconocen con sus actuaciones, con sus palabras, el efecto que tienen en los más jóvenes?, ¿qué tipo de políticos son aquellos que por favorecer un interés personal mandan al traste la institucionalidad o que desconocen las leyes constituidas?

Otro rasgo del liderazgo está en la “zona de referencialidad” que irradia, en el “campo de réplica” que produce. El líder, insisto, es emulado. En consecuencia, la prudencia parece ser su mejor consejera. Prudencia en lo que dice, en cómo actúa; prudencia en lo que hace, en las actividades en que participa; prudencia en sus pasiones y en sus afectos; prudencia en lo que escribe o lo que firma. Por ser un “objeto de mirada” el líder necesita dar ejemplo de manera continua; y su vida privada se convierte en una extensión de su vida pública. Eso era lo que los griegos antiguos llamaban areté; esa “excelencia” reconocida por sus semejantes; esa virtud regulada por el deshonor, el descrédito o la vergüenza.

La tercera condición de un genuino líder está asociada a las cualidades del servicio, de interesarse por las necesidades de sus semejantes. Aunque parezca obvio decirlo, no hay liderazgo sin altruismo, sin una sensibilidad social o una preocupación por subsanar una injusticia, propiciar condiciones más equitativas o luchar por un futuro más favorable para todos. Si un líder pierde este interés por el prójimo; si solo escucha al sanedrín más próximo, irá perdiendo su razón de ser, su esencia. Aquí es oportuno señalar la diferencia entre servicio y demagogia; la preocupación auténtica del favor oportunista. Un líder no es un salvador ni un dispensador de prebendas. Su tarea es más estructural, menos casuística. Y por eso necesita de un equipo, de un grupo de convencidos que compartan ese mismo horizonte de construir condiciones favorables para la mayoría; un equipo ocupado de lo importante para una sociedad y no de las urgencias de unos pocos; un equipo para diseñar escenarios, utopías, en las que puedan realizarse de mejor manera los seres humanos de su tiempo y aquellos otros que están por nacer.

Una cuarta cualidad de los líderes auténticos podría centrarse en poseer un temperamento o una disposición para asumir los cambios. Para saber cuándo la obcecación debe ceder su lugar a la tolerancia, y cuándo las convicciones rayan con el fanatismo. Los líderes genuinos pueden flexibilizar sus ideas sin quebrarse; pueden reconocer puntos de vista diferentes sin ver en cada contrincante un enemigo peligroso; son plurales, abiertos, hábiles en fomentar la participación y el disenso. Quizá la mayor tentación de un líder esté en ese anhelo de perpetuar una creencia o volver determinada ideología en un dogma irrefutable. Los autoritarismos, las dictaduras y los totalitarismos son ejemplos de esta negación al cambio y a las variadas formas de manifestarse la condición humana. Digámoslo en voz alta: los líderes auténticos se renuevan sin perder su esencia, aceptan las contradicciones sin que por ello renuncien a sus fundamentales propósitos.

Pero, entre todas las posibles cualidades, sin lugar a dudas es la integralidad la que más debe regir las acciones de un líder. Sin honradez y rectitud es imposible mantener la condición de dirigente. Esta integralidad –tan determinante en un político– es lo que genera confianza y la que rubrica adhesiones sinceras. Gracias a esta cualidad la verdad se convierte en una bandera cotidiana y la honestidad en una línea de conducta. Sin integralidad no hay transparencia y sin integralidad se pierde la autoridad y el respeto de los demás. Por supuesto, para ser íntegro es indispensable tener un temple moral a toda prueba y unos valores que sirvan de guardianes en cualquier toma de decisiones. De allí por qué, para ser un auténtico líder no sea suficiente con presentar credenciales de un eficaz administrador; también es indispensable o definitivo el haber cultivado a lo largo de la vida unas virtudes y haber mantenido encendida la luz de ciertos principios éticos.

Decía al inicio que la motivación principal de estas reflexiones sobre el liderazgo ha sido la desalentadora política colombiana actual. Me he sentido ultrajado como ciudadano y especialmente como educador. Ojalá las cualidades de los líderes auténticos arriba esbozadas les sirvan de recordación a los actuales dirigentes pero, muy especialmente, sean una advertencia o consejo para las nuevas generaciones que anhelan adentrarse en el camino sinuoso de la política. 

Los conectores lógicos

21 miércoles May 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 18 comentarios

Buena parte de los problemas de la escritura académica, llámense ensayos, informes o artículos, están referidos a la falta de cohesión y coherencia entre las ideas. Los escritos que presentan los estudiantes se asemejan a piezas fragmentadas de un cuadro que difícilmente logramos configurar. Son pedazos de escritura, trozos sin ilación, guijarros construidos sin tener en mente algún pegamento o alguna bisagra lingüística. Precisamente, y para responder a esa falencia, es que tenemos a la mano los conectores. Esas palabras o grupo de palabras que sirven para engarzar, suturar, reunir, coser o imbricar las ideas. Los conectores, que cumplen muchas funciones (subrayar, deducir, contrastar, ejemplificar, dar continuidad, señalar una secuencia, presentar una semejanza…), son además una herramienta de pensamiento que bien vale la pena detenernos a analizar.

Empecemos por observar que las ideas necesitan de coyunturas o puentes que les permitan unirse en un todo continuo. Esas coyunturas a veces son la misma puntuación. Pero, en la mayoría de los casos, y sobre todo cuando no se tiene la suficiente experiencia en esto del saber puntuar, ese enlace lo cumplen cabalmente los conectores. Estas partículas vienen siendo como dendritas que permiten la fusión, el vínculo, la relación entre las ideas. Luego no se trata de aplicarlas mecánicamente o de ponerlas como parches en medio de nuestros escritos. Más bien se trata de ver en ellas los alcances y las posibilidades, su campo de irradiación y el tipo de atracción que generan. Insisto en ello porque nos olvidamos de una cosa: la escritura en esencia es un tarea de ir subordinando las ideas o de hallar una filiación entre ellas; la escritura –y más esa que podemos agrupar bajo el nombre de géneros argumentativos– es un ejercicio lógico del pensamiento, una concreción de operaciones en las que se mezclan la inducción, la deducción, el análisis y la voluntad de persuasión retórica.

Veamos, sólo para ilustrar lo que llevamos dicho, dos conectores de uso frecuente: “como puede verse” y “ya he señalado que…” El primero, es un ejemplo clásico de los conectores de ilustración o de inferencia: si hemos presentado una idea, por decir en un párrafo, y luego la hemos soportado con algún argumento que la ratifica, el conector que continúa el escrito podía ser éste; es decir, que el párrafo anterior sirve de ejemplo a lo dicho o es una prueba a lo planteado. “Como puede verse” invita al pensamiento del que lee a corroborar cómo la exposición de motivos lleva a esa conclusión o, en el otro sentido, a que el lector aprecie de manera muy visual tal elaboración conceptual. “Como puede verse” subraya el paso de una idea a otra en términos de que es algo evidente, o que sirve para graficar un asunto que se venía exponiendo. En el segundo caso, “ya he señalado que…” es un conector de recapitulación o de énfasis. Cuando usamos este conector de lo que se trata es de mostrarle al lector que antes, en alguna parte de nuestro escrito, hemos presentado o dado cuenta de ciertos motivos o razones, y que por lo mismo no se va a insistir en ello o que no es necesario volver a reiterarlo; pero también es posible usarlo para recalcar o hacer cierto subrayado en determinado punto. “Ya he señalado que” es un llamado para que el lector vuelva atrás y revise lo que venimos diciendo o, en la otra vía, para que no olvide nuestro planteamiento y lo mantenga presente sin perder su atención.

Tomemos ahora dos conectores más: “Desde este punto de vista” y “Contrario a lo anterior”. El primer ejemplo es un conector espacial y de enfoque: lo que decimos con él, cuando lo empleamos, es que la elección de nuestra disquisición va por un derrotero determinado, que asumimos un sendero a sabiendas de que hay otros; es decir, que tomamos una específica postura frente a la tesis o la idea que nos ocupa. El segundo ejemplo es un conector de contraste o antítesis: lo usamos para tomar distancia de lo dicho o lo expuesto, para asumir una postura distinta o para evidenciarle al que nos lee que lo dicho ahora es muy diferente a lo que se había expresado con anterioridad. “Desde este punto de vista” es un conector útil para mostrar opciones; “contrario a lo anterior” es un conector valioso para demostrar una anteposición o una antinomia. Dos conectores y dos finalidades: recalcar una orientación precisa; patentizar una disparidad.

Podemos detenernos en otra pareja de conectores, con el fin de corroborar su importancia y utilidad en el proceso de pensamiento del que venimos hablando. Pasemos revista, pues, a una última pareja: “Hay más todavía…”, un conector que sirve para adicionar, al igual que para hacer una transición; y “De ahí se infiere que…”, un conector típicamente deductivo o que nos permite concluir un razonamiento. Si miramos en detalle el primer conector, “Hay más todavía…”, inmediatamente nos damos cuenta de que al emplearlo estamos señalando un deseo de acopiar otras razones o argumentos, de agregar a lo expuesto otros asuntos igualmente importantes o significativos; y si lo ubicamos al inicio de un nuevo párrafo no sólo brindará beneficios de adición sino que nos permitirá darle a lo anteriormente escrito una continuidad o facilitar el paso fluido entre las ideas. El segundo ejemplo propuesto, “De ahí se infiere que…”, es de esos conectores potentes para hacer avanzar toda una línea argumentativa; o puede ser un conector síntesis, para mostrar el resultado final de una cadena lógica en el desarrollo o exposición de una idea. Cuando lo usamos es para mostrar una fase conclusiva en nuestro razonamiento, o también puede emplearse como estocada final a cierto planteamiento con el que hemos venido lidiando a lo largo de nuestro texto.

Lo que hasta aquí hemos expuesto puede servir para que los aprendices de escritores conozcan, busquen, guarden y sopesen el valor de los conectores lógicos. Y si he afirmado que gracias a ellos se logra la cohesión y la coherencia es porque, de alguna manera, los conectores van cosiendo o pegando las ideas. En una dimensión hacen el papel de hilo que enlaza o amarra; en otra, de cola que une o compacta. Los conectores pueden colaborarle al escritor novato como una reserva de dispositivos lingüísticos capaces de zurcir o soldar, ligar o aglutinar las ideas. Desde luego, dependiendo de la necesidad o del tipo de relación que se desea exponer, será el uso de los conectores. Porque ni todos sirven para lo mismo ni todos se pueden usar indiscriminadamente. Lo importante es no perder de vista que del uso adecuado de esas partículas dependerá que el lector siga de cerca o comparta una inferencia, observe con cuidado una distinción o comprenda mejor nuestros planteamientos a partir de una analogía o semejanza. Por lo mismo hay que pensar en los conectores para saber cuándo son pertinentes en nuestro texto o cuándo rompen o fracturan el curso normal de un argumento. Dependiendo de ese discernimiento previo y de la oportunidad en su uso, así rendirán sus mejores dividendos en la consistencia de nuestros escritos.

Agregaría que una manera fácil de empezar a familiarizarse con ellos, es ensayar en un mismo texto, utilizar diversos tipos de conectores. Ver qué pasa si incluimos uno u otro; meditar sobre los alcances y las implicaciones de una de esas partículas en el curso de un párrafo o en el desarrollo de un texto completo. Cuándo la inclusión de un conector desvirtúa lo dicho y cuándo, esas contadas palabras, pueden ofrecer una ganancia o un alcance mayor al que originalmente nos proponíamos. Ese puede ser un buen ejercicio para sopesar el alcance de estos marcadores textuales. Porque al ver en la práctica cómo un conector da continuidad a las ideas o cómo desvía o desvirtúa el encuentro entre las mismas, muy seguramente empezaremos a tomarlos en cuenta a la hora de escribir. Hasta cobraríamos conciencia de la necesidad de tener un repertorio de ellos a la mano; los atesoraríamos como preseas articuladoras o los convertiríamos en motivo de reflexión cotidiana. En este sentido, y es algo que recomiendo a los aprendices de escritura, deberíamos hacer un primer listado de ellos, plastificarlo, y ponerlo al lado de donde regularmente escribimos, para que nos sirvan de caja de primeros auxilios cuando no sabemos cómo juntar las ideas. Pasado un tiempo, cuando ya hayamos incorporado varios de ellos en nuestra mente y, por ende, en nuestros textos, podremos hacer otra lista diferente que servirá de nuevo como un equipo de asesores oportunos en esta no siempre fácil tarea de escribir cohesionada y de forma coherente.

Tensiones en el cuidado de la palabra

15 jueves May 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

≈ 10 comentarios

Etiquetas

Cuidado de sí, Cuidar a otros

Ilustración de Vlasta-Zabransky.

Ilustración de Vlasta-Zabransky.

Comencemos diciendo que la palabra, en sí misma, es consustancial al hombre. Como nos lo enseñara Octavio Paz, “La palabra es el hombre mismo. Estamos hechos de palabras. Ellas son nuestra única realidad o, al menos, el único testimonio de nuestra realidad”. Pero esa palabra, tan de nosotros, tan humana, está llena de permanentes contradicciones: bien sea por escasez o por exceso; bien porque no sabemos cuándo decirla o porque abusamos de ella. La palabra, ese pan o esa moneda con que nos nutrimos y alimentamos nuestra cotidianidad, vive en permanente oscilación: o es en sus fines, donde no tenemos el suficiente tacto para enunciarla, o nos falta la prudencia necesaria para decirla en el momento oportuno; o es en el deseo de someter a otro, en lugar de volverla un medio para ofrecer autonomía; la retenemos o no la dejamos fluir, porque pensamos que así, represada, es más poderosa, con mayor autoridad o por lo menos más importante. Qué tensiones las que vivimos con esta nuestra palabra: cuánto nos arrepentimos de algunas palabras dichas y cuánto nos pesa el no haber dicho a tiempo otras palabras definitivas para alguien o para algo. Fijémonos, no más, en cómo nos esforzamos algunas veces por tomar la palabra, casi exigida con violencia, y otras, quizás las menos, cómo propiciamos espacios para dar la palabra, para servirla como un banquete al apetito de otros. Por momentos nos aferramos a algunas de ellas, como tabla de salvación, como amuletos sagrados, pero luego esas mismas palabras se nos tornan en cárcel, en grilletes dogmáticos que nos acorralan hasta el mutismo o la sumisión total. A veces nuestra palabra propicia la esperanza y, a veces también, fractura la posibilidad de utopía. Con todo esto quiero subrayar apenas que el ejercicio de la palabra, y más tratándose del cuidado de la misma, se mantiene en un peligroso lugar funambulario; es desde ese deseo por mantener el equilibrio sobre la cuerda floja, o desde la mesura del pensamiento del mediodía del que hablara Albert Camus, donde deseo presentar alguna tensiones que gravitan el uso de la palabra.

Primera tensión: urgencia de hablar/necesidad de callar

Una de las primeras tensiones de la palabra es aquella que se presenta entre hablar y callar. Detengámonos un poco en dicha tensión. De un lado, y en determinadas ocasiones, es urgente por no decir prioritario hablar. La palabra, en ese caso, no puede guardarse so pena de que el otro –objeto de nuestro cuidado– quede en el desamparo, la ignorancia o el inminente peligro. Decir la palabra, entonces, es clave para prevenir el error más craso. Digamos que la palabra no puede guardarse porque, en ese caso, sería un descuido o mala fe en nuestro actuar. Pero, al mismo tiempo, ese hablar de la palabra se ve en permanente tensión con el callar. A veces el cuidado de la palabra consiste, precisamente, en no decir todo lo que pensamos o todo lo que queremos. Cuidar al otro significa prever qué tanto daño o heridas pueden causarle nuestras palabras. Y no se trata de parecer estratégicos o de ser hipócritas con el otro; más bien es porque pensamos en los resultados de nuestras palabras, en el impacto que pueden causar o en el efecto que pueden desencadenar que nos cuidamos de hablar más de lo debido, o de contarlo todo, o de dar un nombre propio o señalar un defecto. Aquí, por cuidar al otro, nos contenemos, editamos, ponemos entre paréntesis, matizamos nuestra palabra.

Como puede verse, la tensión está entre saber elegir cuándo debemos hablar y cuándo debemos callar. Igual daño podemos producir con una u otra acción. Queriendo buscar una cosa con nuestras palabras, podemos terminar en provocar otra muy contraria en nuestro interlocutor. Y aunque a veces, como lo dice el mensaje bíblico, “La verdad nos hace libres”, pienso también  en el consejo de Don Quijote a Sancho, en la segunda parte de la clásica obra: “enfrena la lengua; considera y rumia la palabra antes de que salga de tu boca”. Una tensión, por lo demás, que era precepto monástico: “Hay ocasiones en que no debe decirse nada, y otras en que hay que decir algo; pero ninguna en que haya de decirse todo”; una tensión hecha tradición en refranes y sentencias: “Luego que has soltado la palabra, ésta te domina. Pero mientras no la has soltado eres su dominador”; “si juzgamos somos aborrecibles; si callamos, causamos sospecha”. 

Segunda tensión: dar riendas a la lengua/morderse la lengua

Cambiemos de mirador y observemos con juicio otra tensión. Me refiero a esa que se presenta entre el exceso y el defecto en el uso o empleo de nuestra palabra. Sabemos por experiencia que la “charlatanería”, la sordera voluntaria de que hablara Plutarco,  es uno de los puntos ciegos de la palabra. Cuando se habla en demasía, cuando no se tiene el cuidado suficiente para decantar y elegir los términos adecuados, cuando se habla por hablar o se carga  nuestra palabra de ampulosidad,  lo que sucede es que el otro ya no la escucha, o se satura de tal modo que ya no oye nada o pierde el interés. La palabra excesiva termina por volverse contra sí misma. La verborrea se torna en autofagia discursiva. Por eso los charlatanes, según Plutarco, “queriendo ser amados, son odiados; queriendo hacer favores, importunan; creyendo ser admirados, son objeto de burla; sin ganar nada gastan, ofenden a sus amigos, aprovechan a sus enemigos, se arruinan a sí mismos”. Sin embargo, desde la otra orilla, la merma o la poca competencia lexical, un defecto en la palabra también puede acarrear el descuido o la imprecisión en lo que tratamos de decir. A veces, por no contar con la palabra adecuada, usamos otras que pueden ser vagas o imprecisas. El laconismo no es garantía de eficacia comunicativa. Por momentos puede traer una consecuencia desastrosa: que el otro no sepa en verdad qué le queríamos decir o a dónde era que apuntaba nuestra palabra. Hasta cabe la mala interpretación o el malentendido más rampante. Una merma en nuestra palabra puede llevar a que nuestro interlocutor se pierda entre los variados sentidos de nuestra selva lingüística.

Entonces, si de un lado debemos tener presente el no excedernos, la retórica vacía, o la palabra vana, de otro necesitamos superar el monosilabismo esquemático o cierta flojera en nuestra habla. La tensión es evidente: por exceso o por defecto en nuestras palabras podemos perder a nuestro interlocutor. De allí que el cuidado sobre lo que decimos oscile entre la verborrea y el mutismo; entre decir más de la cuenta, y decir poco o casi nada. Entre “mordernos la lengua”, o dar riendas a la lengua.

Tercera tensión: decir la palabra con verdad/engañar con la palabra

Una tensión más que deseo presentar es aquella que se da entre la verdad y la mentira. Cuántas veces, lo sabemos por experiencia, al querer usar nuestra palabra para cuidar a otro –llámese alumno, hijo o amigo–, cuántas de esas palabras que consideramos verdaderas, son, en últimas, una mascarada de otro propósito. Intentar hablar con la verdad, y más cuando nuestro fin tiene pretensiones de cuidado, parece lo más necesario, lo más vertebral de nuestro discurso. Recuerdo ahora el largo estudio de Michel Foucault sobre la parrhesia, sobre esa cierta manera de decir, sobre esa ética de la palabra basada en  “la apertura del corazón y la necesidad de que ambos interlocutores no se oculten nada de lo que piensan y hablen francamente”. Anhelo de hablar con la palabra verdadera. Pero también es cierto que la verdad requiere, como lo pensara el mismo Foucault una lexis, un cierto orden del discurso, determinada retórica que posibilite creer esa verdad. Y la retórica, en tanto técnica del discurso de la palabra, puede, cuando no la mayor de las veces, confluir en un mar de mentiras. Por eso la tensión, porque con las mismas palabras que pretendemos cuidar a otro, con las mismas palabras que pretendemos decirle una verdad, con esas mismas palabras, disponemos el escenario del engaño. Y dependiendo de la disposición de esas palabras, de la elección de las mismas, así será su efecto. Por eso Foucault consideraba que “la parrehesia (el hablar claro, la libertad) era exactamente la antiadulación”. Y la meta final de la parrhesia no es hacer que el interpelado siga dependiendo de quién le habla, cosa que sí sucede con la adulación; “el objetivo de la parrhesia es actuar de tal modo que el interpelado esté, en un momento dado, en una situación en la que ya no necesite del discurso del otro”.

Reiteremos esta tensión, dándole la voz a Pedro Salinas: “las palabras poseen doble potencia: una letal, y otra vivificante. Un secreto poder de muerte, parejo con otro poder de vida; que contienen, inseparables, dos realidades contrarias: la verdad y la mentira y por eso ofrecen a los hombres, lo mismo la ocasión de engañar que la de aclarar, igual la capacidad de confundir y extraviar, que la de iluminar y encaminar”.

Cuarta tensión: oportunidad para decir / impertinencia al hablar

El tiempo del cuidado de la palabra se mueve entre la oportunidad y la impertinencia. Hablemos primero del tiempo de la oportunidad. Kairós, llamaban los griegos a ese tiempo que, a diferencia del Cronos, no era consecutivo o medido por los relojes, sino un tiempo amarrado a ciertas circunstancias o a cierta disposición del interlocutor. El Kairós es un tiempo del “depende”, de qué tan rápido podemos leer las condiciones de receptividad de aquellas personas a las que deseamos decirles nuestra palabra. Foucault decía que “lo que definía esencialmente las reglas de la parrhesia era el Kairós, la ocasión, que es exactamente la situación recíproca de los individuos y el momento que se escoge para decir esa verdad”. Y el Kairós tiene que ver con ciertas reglas de prudencia, con ciertas condiciones para elegir el mejor momento, la forma más adecuada, determinadas circunstancias, la medida y la mejor manera posible de decir la palabra. El Kairós es “el tiempo de la sazón, del instante oportuno, el tiempo de episodios que tienen un comienzo, un nudo y un final, el tiempo humano y vivo de las intenciones y fines”. De otro lado, está la palabra dicha a destiempo, cuando no toca, cuando no es afortunado enunciarla. Es la palabra propia del necio, del que no es prudente, del atrevido o insensato que sin saber leer los intersticios del momento, suelta a quemarropa su palabra, sin consultar las condiciones y la disposición del que las recibe. A veces, bajo el disfraz de la franqueza, disparamos nuestra palabra para todos lados y de cualquier manera, desconociendo los ritmos particulares, las historias individuales, los mundos personales.

Luego el cuidado de la palabra se debate en esa tensión de ofrecerse o darse en el momento justo, cuando la coyuntura lo amerita, cuando la ocasión parece propicia. En esto del cuidado de la palabra sí que es cierto que se cumple aquello de que todo tiene su tiempo y sazón. Caso contrario, nuestra palabra será inoportuna, improcedente cuando no impertinente. Por lo mismo, nuestra tarea cotidiana consiste en tratar de acertar en el tiempo, el lugar y la circunstancia para que nuestra palabra sea de buen recibo, y no sea rechazada por haber sido dicha de forma improcedente, indiscreta o de manera indelicada.

Referencias

Octavio Paz, El arco y la lira, Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

Albert Camus, El Hombre rebelde, Losada, Buenos Aires, 1953.

Quevedo, Sentencias, Temas de hoy, Madrid, 1995.

Plutarco, Obras Morales y de costumbres (Moralia), Tomo VII, Gredos, Madrid, 1995.

Michel Foucault, La Hermenéutica del sujeto (Curso en el Collage de France: 1981-1982), Fondo de Cultura Económica, México, 2002.

Pedro Salinas, La responsabilidad del escritor, Seix Barral, Barcelona, 1961.

Elliott Jaques, La forma del tiempo, Paidós, Buenos Aires, 1984.

 

← Entradas anteriores
Entradas recientes →

Entradas recientes

  • Las caídas de Altazor de Vicente Huidobro
  • Simplismo de lo político en las campañas presidenciales
  • Los poetas premios Nobel hablan de su oficio
  • Un libro sobre la urgencia y relevancia de la escucha
  • La visita de la señora Soledad

Categorías

  • Aforismos
  • Alegorías
  • Apólogos
  • APRENDER A ESCRIBIR
  • Cartas
  • Comentarios
  • Conferencias
  • Crónicas
  • Cuentos
  • Del diario
  • Diálogos
  • Ensayos
  • Entrevistas
  • Fábulas
  • Homenajes
  • INVESTIGACIÓN
  • LECTURA
  • Libretos
  • Libros
  • Novelas
  • OFICIO DOCENTE
  • Pasatiempos
  • Poemas
  • Reseñas
  • Semiótica
  • Soliloquios

Archivos

  • 2026
  • 2025
  • 2024
  • 2023
  • 2022
  • 2021
  • 2020
  • 2019
  • 2018
  • 2017
  • 2016
  • 2015
  • 2014
  • 2013
  • 2012

Enlaces

  • "Citizen semiotic: aproximaciones a una poética del espacio"
  • "Navegar en el río con saber de marinero"
  • "El significado preciso"
  • "Didáctica del ensayo"
  • "Tensiones en el cuidado de la palabra"
  • "La escritura y su utilidad en la docencia"
  • "Avatares. Analogías en búsqueda de la comprensión del ser maestro"
  • ADQUIRIR MIS LIBROS
  • "!El lobo!, !viene el lobo!: alcances de la narrativa en la educación"
  • "Elementos para una lectura del libro álbum"
  • "La didáctica de la oralidad"
  • "El oficio de escribir visto desde adentro"
  • “De lectores, leedores y otras consideraciones sobre las prácticas de lectura en la educación superior”
  • "El libreto de radio: una artesanía recuperable"
  • "Las premisas de Frankenstein: 30 fragmentos para entender la posmodernidad"
  • "La semiótica: una ciencia explicativa para comprender los signos de la cultura"
  • "La semiosis-hermenéutica una propuesta de crítica literaria".
  • "Entre líneas: la mirada del escritor"

Suscríbete al blog por correo electrónico

Introduce tu correo electrónico para suscribirte a este blog y recibir avisos de nuevas entradas.

Únete a otros 1.005 suscriptores

 

Cargando comentarios...