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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: fernandovasquezrodriguez

Un ensayo en una página

12 lunes May 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Por supuesto, en el primer párrafo tiene que estar de manera explícita la tesis. Ni tan escueta ni tan ampulosa. Debe ser clara, sugerente, ojalá llamativa para el lector. Recuerde que el primer párrafo da el tono del ensayo, es la clave a partir de la cual va a desarrollarse el escrito. Tres líneas pueden ser suficientes para esta tarea.

El segundo párrafo –al menos en esta oportunidad– da inicio a la argumentación. Aquí es donde el ensayista lanza su primer argumento para apuntalar o darle fuerza a su tesis. Podríamos empezar, entonces, con un argumento de autoridad. Es el momento para echar mano de la bibliografía o de las fuentes que hemos consultado y que pueden avalar la tesis. Es aconsejable no presentar lacónicamente la cita sino ofrecerle un escenario de entrada y una apropiación o un vínculo con lo medular de nuestro ensayo. Los argumentos de autoridad deben referenciarse a pie de página (o siguiendo otra norma de citación acordada por el docente o por la revista en la que deseamos publicar nuestro ensayo).

El tercer párrafo podría acudir a otro tipo de argumento: por ejemplo, uno por analogía. Buscaremos, en consecuencia, una relación que nos permita reforzar la tesis, un campo de realidad similar a partir del cual lo que venimos argumentando logre otro nivel de comprensión. Vale la pena decir que esta analogía debe estar amarrada a la tesis objeto de nuestro ensayo y debe articularse con el párrafo anterior. No es un apartado suelto o sin ilación. Por ende, el uso de los conectores lógicos es fundamental.

Llegamos así a nuestro cuarto párrafo. Por ser el último, necesita ser tan contundente como el primero. En este caso lo que haremos es rubricar, ampliar o proyectar la tesis de nuestro ensayo. No es un resumen. Se parece más a una refrendación o una visión integral de nuestra línea argumentativa. Con este párrafo el lector debe quedar convencido de lo que le presentamos al inicio del ensayo. A veces, el último párrafo abre lo dicho hacia nuevas dimensiones o prefigura el nacimiento de otro escrito.

Dos recomendaciones adicionales pueden ser de utilidad para lograr un ensayo de calidad en una página. Lo primero, es pensar bastante las ideas con las cuales se teje el escrito. Nada de palabrería gratuita, nada de verborrea inútil. Recuerde que lo medular del ensayo estriba en el aquilatamiento de las ideas. Lo segundo, es atender con detalle a la coherencia entre los diversos párrafos; estar atentos para que no queden desvertebrados o desconectados de la tesis. Por lo mismo, hay que leer varias veces el pequeño texto para que sea una genuina filigrana de escritura.

Escribir una página parece un reto menor pero, tratándose del ensayo, se convierte en un excelente motivo para comprobar qué tanto somos capaces de levantar una tesis y mantenerla argumentativamente en vilo a lo largo de cuatro párrafos.

Asedios a «Crónica de una muerte anunciada»

09 viernes May 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Tullio Pericoli.

Ilustración de Tullio Pericoli.

Si Santiago Nasar hubiera sido prevenido a tiempo, seguramente habría prestado poca importancia a la noticia y habría continuado su recorrido hacia la casa de Margot… es más, si hubiera hecho caso a Nahir Miguel de llevar la escopeta, con toda seguridad, se le habría encasquetado a la hora de dispararla; pero si por simple casualidad hubiera portado su 357 mágnum, muy seguramente habría olvidado las balas blindadas. Cualquier circunstancia salvadora estaba vedada para Santiago Nasar. Él ya estaba muerto y “los muertos –al decir de Pedro Vicario– no disparan”.

Esta es la primera impresión que queda después de leer Crónica de una muerte anunciada. El sabor del destino llena nuestro paladar. Gabriel García Márquez construye a través de la narración la más compleja trama de lo inevitable. Y es el mismo autor quien al lado de María Alejandrina Cervantes reafirma esta ferocidad del hado de Santiago Nasar, “que le había cobrado 20 años de dicha no sólo con la muerte, sino además con el descuartizamiento del cuerpo, y con su perdición y exterminio”.

LA ABSURDA FATALIDAD

Si entendemos por destino lo que Spengler consideraba como “lo que no se puede eludir” y si agregamos lo dicho por Scheler de que ese destino, “es independiente del querer y del deseo, así como del acontecimiento objetivo real”, la muerte de Santiago Nasar es la posibilidad del absurdo. Gabriel García Márquez aproxima esta suma de casualidades hasta el punto de convertirlas en circunstancias literarias. Es la misma reiteración que hace el instructor del sumario –que por algo será conocedor de Nietzsche–, al verse envuelto en tan intrincado como inexplicable suceso: “nunca le pareció legítimo que la vida se sirviera de tantas casualidades prohibidas a la literatura, para que se cumpliera sin tropiezos una muerte tan anunciada”.

Otra situación que debemos tener en cuenta al hablar del destino es la explicación “a posteriori” de los acontecimientos. Una vez ocurridos los hechos se brinda alguna explicación de los mismos, pero cuando esa respuesta es imposible de dar, la intervención de la idea de destino se hace inevitable. Por eso, cada uno de los familiares y conocidos de Santiago Nasar lo vieron de una determinada manera el día de su muerte, y sólo en ese día. Divina Flor no sintió susto al sentir las caricias cotidianas de Santiago sino “unas horribles ganas de llorar”; Clotilde Armenta al verlo vestido de pontifical le pareció “un fantasma”; Cristo Bedoya notó “una insistencia rara” de Margot al invitar a desayunar a Santiago Nasar, a pesar de ser una costumbre familiar.

Los acontecimientos narrados se tornan grandiosos, misteriosos, desconcertantes, tan sólo al cumplirse el asesinato. De otra manera, no habrían tenido ninguna trascendencia. Todo el pueblo sabía de la muerte de Santiago Nasar, pero ninguno logró avisarle porque como bien lo escribiera el juez instructor en el folio 382: “la fatalidad nos hace invisibles”. Otro tanto sucedió con Plácida Linero que aunque era la mejor intérprete de los sueños, ese día se equivocó en el vaticinio y anunció a su hijo que “todos los sueños con pájaros son de buena salud”.

Un segundo aspecto que compromete la idea de destino es la no explicación causal de los fenómenos. Podríamos decir que en Crónica de una muerte anunciada, el asesinato de Santiago Nasar es una profecía que debe cumplirse aun a costa del no entendimiento de la misma. De ahí la reacción de Santiago ante los asesinos que “no fue de pánico, sino que fue más bien el desconcierto de la inocencia”. Entre la respuesta sentenciosa de Ángela Vicario dada a sus hermanos y el asesinato de Santiago Nasar, existe lo aleatorio. Ese espacio pertenece a lo fortuito, pero al mismo tiempo, está determinado por una fuerza superior que hace del “honor una acción que no espera”. Y como “la honra es el amor” y “los asuntos de honor son estancos sagrados a los cuales sólo tienen acceso los dueños del drama”, el círculo profético se cierra sobre la humanidad de Santiago Nasar que, al decir del autor, “murió sin entender su muerte”.

LAS TRES CARNICERÍAS

Santiago Nasar le había dicho a Victoria Guzmán, cuando ella arrancó de cuajo las entrañas de un conejo: “No seas bárbara, imagínate que fuera un ser humano”, esa frase no logró ser interpretada a tiempo por la cocinera. Ella no era adivina; por tanto, las entrañas de los animales no le reportaban ninguna significación. Desde este episodio, los intestinos juegan un papel fundamental dentro del desarrollo de la “Crónica”. Las tripas aparecen como una facultad negada, como una forma adivinatoria prohibida.

Pedro y Pablo Vicario son carniceros, y aunque ningún carnicero “cuando sacrifica una res se atreve a mirarle los ojos”, ellos sí pudieron contemplar el sacrificio de Santiago Nasar y ver cómo salían los verduzcos intestinos. Más adelante, cuando el padre Amador hace la autopsia, que es la segunda muerte de Santiago, nuevamente el símbolo visceral abarca todo el espacio narrativo. La descripción de la autopsia es idéntica a la del asesinato, pero en lugar de ser los cuchillos que entran, son los hierros de artesano los que van abriendo el cuerdo de Santiago. Por cada puñalada, una incisión; por cada incisión, una herida.

La causa de la muerte de Santiago Nasar según el informe del cura–médico se debió a “una hemorragia masiva ocasionada por cualquiera de las siete heridas mayores”; pero esto que podría cerrar la etapa del descuartizamiento, no basta. El párroco que “había arrancado de cuajo las vísceras destazadas”, sin saber qué hacer con ellas, “las tiró en el balde de la basura”. Indudablemente, la frase de Santiago Nasar dirigida a la madre de Divina Flor, fue una sorprendente “revelación”.

Gabriel García Márquez no abandona este simbolismo en ningún instante, y ya al final de la obra lo torna paradojal: el horror de Santiago Nasar por las tripas tiradas a los perros se convierte en veneración íntima; pues él, aún herido de muerte, “tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que quedó en las vísceras colgantes”. Quizá esta forma de aceptar su destino, no fue otra cosa que una gran metáfora de su “resurrección”.

LA “DESCRESTADA” DEL OBISPO

El gusto del obispo por consumir únicamente las crestas de los gallos y botar el resto de los cuerpos, es un símbolo de la gran “descrestada” al pueblo, que tanto se entusiasmó con su venida, pero que tuvo que contentarse con una sarta de bendiciones hechas de memoria. Este acontecimiento condiciona la novela. El obispo es esa “ave de mal agüero” que llena de soledad y desconcierto cada una de las vidas de los habitantes de este pueblo ribereño. Y Santiago Nasar no podía ser la excepción.

Plácida Linero no se equivocó. El obispo no se bajó del buque, “echó una bendición de compromiso y se fue por donde vino”. El odio del obispo se tradujo en el chorro de vapor a presión que dejó ensopados a los que estaban más cerca de la orilla. El autor de Cien años de soledad vuelve a mezclar lo real y lo fantástico en esta “ilusión fugaz”. Lo trascendental no es que el obispo hubiera hecho caso a la multitud y se detuviera para hacer el protocolo de rigor, sino que, muy por el contrario, lo esencial de esta visita del obispo reside en el hecho mismo de venir. Él es la anunciación de la tragedia y, en esa medida, los gallos que cantaban en los huacales, la banda de músicos, el pito de dragón del buque, no son sino manifestaciones de su llegada, otras formas de estrella de Belén. Y es Margot precisamente quien nos habla de ese gozo fallido: “estaba haciendo un tiempo de Navidad”.

Pero si el obispo no hubiera anunciado su visita, Santiago Nasar no habría vestido el pontifical y tampoco habría salido por la puerta principal. Sin embargo, a Santiago “los fastos de la iglesia le causaban una fascinación irresistible”, no pudo detener la curiosidad por el espectáculo, que fue más fuerte que el sueño. Le bastó una hora para reponerse de la parranda de la noche anterior. Santiago Nasar sabía que todo ritual “es como el cine”.

El obispo es la piedra de toque. Tan sólo fue necesario su aliento para que Santiago Nasar se encontrara de una vez por todas con su propio destino.

LA CASA DE LA FELICIDAD

La casa de la felicidad “estaba en una colina barrida por los vientos, y desde la terraza se veía el paraíso sin límite de las ciénagas cubiertas de anémonas moradas”; allí, el viudo de Siux había sido dichoso con su Yolanda. Este es el edén de la novela.

Bayardo San Román compra la quinta del viudo de Siux de la misma manera como adquirió todos los puestos de la rifa de la ortofónica. El reto de la adquisición consistía en ser la casa más bella de todas las del lugar, y Bayardo San Román era antes que nada un triunfador; por algo “andaba de pueblo en pueblo buscando una mujer con quien casarse”.

La casa quinta era un lugar limpio. En ella sólo había habido felicidad por más de 30 años. Cada uno de los muebles, que luego del incidente fueron desapareciendo paulatinamente, representaban para el viudo Siux una parte de dicha compartida con su esposa. El coronel Lázaro Aponte en una de sus sesiones de espiritismo logró comprobar que Yolanda de Siux “estaba recuperando para su casa de la muerte los cachivaches de la felicidad”. Bayardo San Román compra la casa precisamente por eso, porque deseaba la felicidad.

Sólo a través de la casa de los Siux Bayardo San Román consigue la cualidad de “víctima”. Cualidad que le permitiría ser considerado como “un pobre hombre”, llorado por las plañideras de sus hermanas como en un antiguo cortejo romano y, finalmente, amado por la misma mujer a quien rechazó.

Después del suceso de la entrega “el pobre Bayardo” entra en un estado de intoxicación etílica mayúscula. Abandona el pueblo “dejando un rastro de tierra desde la cornisa del precipicio hasta la plataforma del buque”. Desde este instante, la casa de los Siux empieza a desmoronarse. La felicidad se rompe. El encanto representado en la quinta se derrumba. Hasta el mismo alcalde percibe que “todas las cosas parecían debajo del agua”. Por eso, muchos años después, cuando Ángela Vicario “nació de nuevo” y la locura por Bayardo San Román se tradujo en las 20.000 cartas vírgenes, el lugar de la felicidad es otro. Junto a la sal del Caribe, en medio de la máquina de bordar, la mujer del “secreto que nunca se había de aclarar” esperó al hombre que años atrás la despreció.

Disuelto el paraíso edénico, Ángela Vicario se sintió “dueña por primera vez de su destino”; descubrió que “el odio y el amor son pasiones recíprocas” y recordó la frase de Purísima del Carmen, aquella de que “también el amor se aprende”. La quinta de los Siux ya no representa nada, ahora “ella era dueña de su albedrío” y “volvió a ser virgen sólo para Bayardo San Román y no reconoció otra autoridad que la suya ni más servidumbre que la de su obsesión”. Ángela Vicario ya no necesitaba de “la maletita de mano” para engañar al esposo.

LA SANGRE MULTIFORME

Las amigas coberteras de Ángela Vicario cuando supieron que ella no era virgen, optaron por decirle que los hombres “lo único que creen es lo que ven en la sábana”; y lo que verdaderamente contaba era enseñar al otro día “la sábana de hilo con la mancha del honor”. Hasta lograron darle algunos consejos para evitar que el hombre se diera cuenta de su perdida virginidad. Este requisito de la sangre es otro de los grandes simbolismos en Crónica de una muerte anunciada.

La sangre que no se pudo exhibir se transforma en venganza, en sed de sangre. Pedro y Pablo Vicario reciben este “horrible compromiso” como “cagada de pájaros” y deben llevarlo a cabo porque, al menos desde la visión de Prudencia Cotes, se “trababa de cumplir como hombres”. Esta dependencia de honores se fundamenta en la sangre. Esa misma sangre que en forma de “témpanos, junto al lodazal del contenido gástrico y materias fecales sirvió de cuna a la medalla de oro que Santiago Nasar se había tragado a la edad de cuatro años”.

La sangre se convierte luego en olor. Una esencia imborrable. Pablo Vicario, cuando le asestó la cuchillada en el lomo a Santiago, vio cómo su camisa se empapaba de ese líquido “que olía como él”. Es el mismo olor que percibió María Alejandrina Cervantes cuando, queriendo hacer el amor con el autor, se detuvo porque también Gabriel García Márquez olía a Santiago Nasar. Es la misma fragancia que persiguió a los hermanos Vicario hasta el calabozo; ese aroma que Pedro Vicario, aun restregándose con jabón y estropajo, no podía quitarse.

El juez instructor escribe con la tinta roja del boticario, otra metamorfosis de la sangre. La vida de Santiago Nasar se extiende hasta los folios del sumario, en forma de notas marginales: “dadme un prejuicio y moveré el mundo”, o en dibujos de corazones atravesados por una flecha. Esta tinta sangre, como rechazando la injusticia cometida, se trastrueca en “distracciones líricas, contrarias al rigor del oficio”.

La sangre derramada por Santiago Nasar es el símbolo más perfecto del sacrificio. El refrán de los árabes: “La sangre ha corrido, el peligro ha pasado”, expresa análogamente la idea central de la novela.

LA “ALTANERÍA” DE LAS FLORES

La frase inicial de Gil Vicente: “La caza de amor es de altanería”, no es gratuita. Uno imagina el raudo vuelo del halcón que, luego de clavar sus afiladas garras en la presa, la devora con su cortante pico; hasta puede pensarse que esa manera de cazar, tan típica de la época feudal, no se diferencia en nada a la llevada a cabo por Pedro y Pablo Vicario, quienes clavaron sus garras en la piel de Santiago Nasar “que era tan delicada que no soportaba el ruido del almidón”.

Pero los hermanos Vicario son únicamente los instrumentos de la fatalidad, ellos son los intermediarios del destino, las Parcas que ejecutan las órdenes de Moros. Los verdaderos culpables nacieron en un jardín. Santiago Nasar lo presentía: “el olor de flores encerradas tiene relación directa con la muerte”. Fueron otras personas las que adiestraron a los “halcones Vicario”, fueron otros seres los que quitaron las caperuzas a estas aves de presa.

Aunque Santiago Nasar “no quería flores en su entierro”, hubo varias de ellas en su vida: Divina Flor, Flora Miguel, y otros personajes que enloquecieron o no soportaron la conmoción, como fue el caso de Hortensia Baute y Rogelio de la Flor. Este marco floral debían conocerlo cabalmente los hermanos Vicario que, para no desentonar con el ambiente narrativo, habían puesto a sus cerdos nombres de flores.

Las flores mataron a Santiago Nasar. Ángela Vicario, la otra flor que mimetiza su nombre porque en la realidad fue aborrecida, es quien dicta la decisión irrevocable: “buscó en las tinieblas, lo encontró a primera vista entre los tantos nombres confundibles de este mundo y del otro, y lo dejó clavado en la pared con su dardo certero, como una mariposa sin albedrío cuya sentencia estaba escrita desde siempre”. 

Los lugares de la clase

02 viernes May 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Pintura del canadiense Rob Gonsalves.

Pintura del canadiense Rob Gonsalves.

La clase es un lugar físico, no siempre cómodo y confortable, pero en lo posible limpio y adecuado a las necesidades educativas de reunirse para compartir saberes y experiencias. En este primer sentido, la clase se emparenta con el escenario de un teatro o la sala de cine. Advirtamos que, en cuanto espacio preparado para una función específica, la clase demanda ciertos comportamientos y normatividades: no cualquiera puede entrar a ella y, dentro de ella, hay que atender a determinadas prácticas que pueden convertirse en genuinos rituales.

Pero la clase es también un “no lugar” en donde confluyen expectativas no cumplidas, deseos subterráneos, conflictos de una determinada edad, angustias y esperanzas de aquellos que se consideran estudiantes. Este otro sentido de la clase, tan cercano a lo que algunos estudiosos han llamado el currículo oculto, también habita o gravita en el lugar físico. La clase, desde esta mirada, puede ser sentida como “pesada”, aburrida”, “innecesaria”, “cansona” al sopesarla o aquilatarla con ese otro fluir de los jóvenes en el que parece más necesaria la aventura, el estar en movimiento o el experimentar la vida que comienza. Esta fractura es inevitable. Entre otras cosas porque el estar en clase riñe muchas veces con una verdadera vocación o porque en la edad de las diásporas no siempre es fácil aceptar el sedentarismo.

Por supuesto, existen docentes capaces de involucrar o percatarse de ese no ambiente en su salón de clase. Maestros con apropiadas estrategias didácticas para volver  interesante o al menos entretenido ese espacio físico de las cuatro paredes. Educadores que no dejan por fuera las angustias, los sueños, los conflictos, las frustraciones, los miedos de sus estudiantes. A veces logran cabalmente su cometido y, otras, los no lugares de los estudiantes se quedan como sombras o brumas informes afuera de la clase. No siempre es fácil que confluyan; no siempre es conveniente; no siempre puede saberse con certeza que hemos logrado apropiarlas o delinear su figura.

Si tenemos en mente a Roland Barthes, cuando hablaba del seminario, lo más interesante de la clase, es el “ir a ella”. En esa acción de camino, de tránsito, puede entreverse un escenario esencialmente educativo o formativo. Decimos, en esa misma perspectiva, que vamos al cine o vamos de paseo. Ese ir subraya una intención, una voluntad y un propósito. Quizá nuestros estudiantes no han acabado de entender las implicaciones de tal encaminarse, o de pronto nos ha faltado tacto a las instituciones educativas para enseñarles lo esencial de tal acción. A lo mejor hemos dejado el ir a clase como ocupar un sitio en un lugar físico, dejando de lado “los no lugares” que también acompañan a nuestros estudiantes.

Es posible también que los docentes hayamos banalizado este acto y nos quedamos con la mera cáscara de la asistencia de nuestros estudiantes. Especialmente cuando las resonancias de lo virtual parecen desdibujar los espacios físicos. Sin embargo, así sea en la fría mole de un edificio o en el confortable espacio de nuestro cuarto, el ir a clase demanda entrar en una zona o una dimensión diferente a las cotidianas. Implica disponerse o adentrarse en el espacio del aprendizaje. O, si se prefiere, conlleva a que nuestros estudiantes reconozcan y asuman las particularidades del territorio educativo. Una tierra que sigue siendo, a pesar del tiempo, zona sagrada.

Argumentar con analogías

28 lunes Abr 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Alessandro Gottardo.

Ilustración de Alessandro Gottardo.

Además de los argumentos de autoridad, en un ensayo se puede echar mano de las analogías para respaldar o reforzar una tesis. Partiendo de esta forma de pensamiento relacional lograremos que la tesis gane en profundidad o, por lo menos, logre desarrollarse frente a los ojos del lector.

Sabemos que la manera como la analogía logra tal efecto es presentando una similitud entre la tesis y otra realidad que, por ser más conocida, irradia con mayor convencimiento o con más evidencia lo que el ensayista desea presentar. Gracias a esta segunda relación (que los retóricos llaman diana o foro) se logra transferir elementos claves de la argumentación a la tesis (la base o fuente). Desde luego, para que la comparación sea consistente o tenga fuerza argumentativa debe atender al mayor número de características posibles. No es un mero símil sino un razonamiento que saca provecho de las propiedades compartidas por los dos sistemas comparados.

Sirva de ejemplo lo que sigue. Si mi tesis es: la tarea del maestro consiste básicamente en eliminar en su alumno información superflua e innecesaria, podríamos recurrir a la analogía del escultor. Sabemos que el escultor, especialmente el de la madera, lo que hace es quitar el excedente, desbastar lo que sobra o no deja ver limpia la figura tallada. Dicho esto, podríamos construir así el argumento por analogía: Esa tarea del maestro es semejante a la del escultor; él también debe eliminar lo innecesario, lo que sobra. Cada golpe de formón o cada muesca de la gubia lo que hace es liberar a la figura de un lastre que no la deja mostrarse en plenitud, la libera de sus nudos irregulares. Bien podríamos seguir desarrollando en paralelo la analogía: el maestro desbasta las opiniones equívocas, los comportamientos inadecuados; el maestro usa también herramientas pero, al igual que el escultor, necesita buen pulso para no ir a fracturar o mutilar la figura que le interesa; el maestro al emplear ciertos útiles debe tener cuidado para no rayar o perforar demasiado la materia que le sirve de base. La labor del maestro y del escultor son oficios del tacto… Y entre más conozcamos o nos adentremos en la talla de madera, en la medida en que ampliemos el campo semántico de esta artesanía, más fácil será establecer las correspondencias con la tesis establecida.

Como puede verse en el caso anterior, la analogía saca provecho de esa realidad de la artesanía (más conocida, más general) para emparentarla con la tesis de la tarea formativa del maestro. Esas similitudes harán que el objetivo argumental del ensayista cuente con un terreno abonado para desarrollar su propuesta. El últimas, lo que el ensayista hace es transferir cualidades de la segunda relación (la diana o el foro) a la primera (la base o fuente). Con ello sustenta o argumenta su tesis. Es decir, valiéndose de la labor de desbaste del tallador de madera se logra apuntalar lo relacionado con eliminar la información superflua del estudiante.

Sobra aclarar que las características de esa segunda relación tienen que ser las más relevantes, las más apropiadas para la lógica argumentativa del ensayista. Recuérdese que la analogía, para ser fieles a la idea de Quintiliano, “es un razonamiento en que lo desconocido se deduce de lo conocido”. Mal haría el escritor en traer a colación sutilezas o minucias poco sabidas o demasiado abstractas. Su manera de proceder es totalmente opuesta: es desde lo familiar como convence o persuade al lector de su tesis. Digamos que es el peso de lo evidente de la segunda relación la que termina aclarando la fuente o tesis de su ensayo. Por eso es esencial saber elegir bien la diana de la cual va a hacerse el traspaso o trasbordo de dichas cualidades.

Un segundo ejemplo podrá servirnos de refuerzo y concreción a lo aquí señalado. Pongamos en la mesa esta segunda tesis: La escritura de un ensayo es una tarea en la que poco a poco se doblega el tema para alcanzar una tesis. La similitud de esta brega con la escritura podríamos analogarla con la lidia, con la tauromaquia. Con esto en mente, entonces, esbocemos el argumento: Así como en una lidia todo gira alrededor del toro, en un ensayo todo debe girar alrededor de la tesis. La tesis es la fiesta del ensayo. Si no hay toro no hay lidia, dicen los sabidos en tauromaquia; sin tesis no hay ensayo, decimos los que andamos en la brega del ensayo. O si deseamos ahondar un poco más en el asunto: No hay que dejar que el tema se nos “raje” desde el inicio, que no se nos vaya a las tablas o a los “chiqueros”. Hay que lograr que el tema no tenga “querencias” muy marcadas por las tablas, que podamos abrirlo hacia el centro de la plaza… Los términos puestos entre comillas son característicos de la segunda relación (la diana) y los que nos interesa relacionar con nuestra tesis. Esta analogía, en consecuencia, emparenta el escribir con el torear; ve en el toro el tema que a punta de muleta el ensayista debe convertir en tesis; y asimila los párrafos con los diferentes pases de la lidia. Ese lenguaje de la corrida de toros al transferirlo a la escritura ensayística constituye el quid de la argumentación.

En todo caso, cuando se usa la analogía como medio de argumentación en un ensayo debemos procurar ampliar o enriquecer el sistema de semejanzas seleccionado. No es suficiente con mencionar una afinidad o un parecido. Recuérdese que la analogía es uno de los recursos fecundos de la invención y, como tal, nos obliga a explorar prolongadamente en las relaciones o las correspondencias entre realidades heterogéneas.

 Referencias básicas

Chaïm Perelman y Lucie Olbrechts-Tyteca, Tratado de la argumentación, Gredos, Madrid, 1989.

Chaïm Perelman, El imperio retórico, Norma, Bogotá, 1997.

Luis Vega y Reñón y Paula Olmos Gómez (editores), Compendio de lógica, argumentación y retórica, Trotta, Madrid, 2011.

La analogía

25 viernes Abr 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos

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Ilustración de Redmer Hoekstra.

Ilustración de Redmer Hoekstra.

Empecemos diciendo que la analogía, siendo fieles a su origen, es una forma de pensamiento que busca recoger una “semejanza entre cosas distintas”. Es un pensamiento que busca recolectar, reunir en lo aparentemente extraño, algún rasgo de familiaridad. La analogía es una función del pensamiento relacional, una capacidad de nuestra imaginación para establecer puentes, juntar diferencias, establecer correspondencias entre cosas, situaciones o hechos aparentemente diferentes, lejanos o desiguales.

Recoger lo semejante. Aproximarse, atreverse a formular maridajes, paralelos, equivalencias, correlaciones. La analogía anda en pos de lo parecido, de lo afín; de los secretos lazos de hermandad entre los seres o las cosas. La analogía es un recurso de la imaginación para tejer o imbricar el universo que, de otra manera, se le presentaría al hombre como un infinito repertorio de fragmentos disímiles.

La analogía es un recurso de nuestra inteligencia para ir más allá de lo inmediato. Con la analogía vencemos nuestra inmediatez, nos saltamos los dispositivos de lo obvio, lo concreto, lo directo, lo contiguo. La analogía nos permite salir de nuestras limitaciones, de esa condición finita y constreñida para sondear en lo distante, en lo retirado. Cuando establecemos analogías nos colocamos de una vez en lo ultramontano, lo ultramarino, lo transalpino, lo hiperbóreo, lo inaccesible. Nos convertimos en buscadores de antípodas.

La analogía, escribió Octavio Paz, “es la operación por medio de la que, gracias al juego de las semejanzas, aceptamos las diferencias”. Y continúa diciéndonos que “precisamente porque eso no es aquello, es posible tender un puente entre esto y aquello”. No es que el pensamiento analógico desconozca el papel de las diferencias; al contrario, es porque cree en esas diferencias que logra ver sus semejanzas. La analogía sabe que el ser se dice de muchas maneras, y que eso que llamamos identidad tiene más de un rostro, más de un avatar. Las diferencias entrevistas por el pensamiento analógico son punto de partida, pero no punto de llegada. La analogía tiene a la diferencia como catapulta, como arco para lanzarse en pos de “lo otro”. Y en lo otro está el prójimo, lo trascendente, lo axiológico, lo estético. La analogía, y otra vez cito a Octavio Paz, “es el recurso de la poesía para enfrentarse a la alteridad”.

La utilidad del razonamiento analógico es, como pensaba Quintiliano, posibilitar el descubrimiento de lo desconocido a partir de lo conocido. Otro tanto decía San Isidoro de Sevilla: la eficacia de la analogía consiste en “comparar lo dudoso con algo semejante que no ofrece duda, y clarificar cosas que ofrecen dudas mediante otras totalmente seguras”. La analogía es una forma de investigar, una manera de proveerse de hipótesis, una estrategia para ampliar el radio de acción de nuestros sentidos o nuestras ideas. El pensamiento analógico nos permite predecir, hacer inferencias vigorosas a partir de pequeños indicios. La analogía, teniendo como base la experiencia que tenemos como ya conocida, logra jalonarnos hasta otras zonas inéditas de desarrollo. Quien conoce analógicamente puede convertirse en proyecto, en pregunta. En síntesis, la analogía es un método de descubrimiento.

Para ilustrar lo que hasta aquí he venido diciendo, voy a proponerle al lector una travesía analógica. Para tal fin echaré mano de la poesía y de las metáforas que, al decir de Perelman, no son más que analogías condensadas.

Quien haya leído o tenga en su memoria algunas de las “Coplas por la muerte de su padre” de Jorge Manrique, recordará esos versos que dicen:

 “Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir…”

 

La analogía salta a la vista. La vida como un río; el mar como la muerte. Pero al establecer esta relación, al ver la vida como un río, inmediatamente nuestro entendimiento tiende otros puentes. La vida como algo que tiene un inicio, un recorrido y un final. Y el mar como punto definitivo, como escenario donde confluyen muchas aguas. La vida como tránsito, como peregrinaje. Precisamente, más adelante, Jorge Manrique ya no asocia la vida con un río sino con un camino:

«Partimos cuando nacemos
andamos mientras vivimos
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que cuando morimos
descansamos”.

 

La analogía ahora nos lleva a otro lugar. Vivir es tanto como caminar. Empezar a vivir es iniciar el camino; morir, descansar de haber caminado. La muerte, entonces, no es algo indeseable sino todo lo contrario, lo deseado. La analogía nos lleva a entender el morir como una posada, como una hostería donde podemos calmar el cansancio después de muchas jornadas, de ires y venires. La vida se nos torna un errante movimiento y la muerte un descanso necesario

Pienso ahora en Salvatore Quasimodo. Tengo frescos aquellos otros versos en mi memoria:

 “Cada uno está solo sobre el corazón de la tierra,
traspasado por un rayo de sol:
y enseguida atardece”.

 

La analogía emparenta la vida del hombre con la luz, con un rayo de luz. Y la muerte: algo así como si al ser humano, súbitamente, le apagaran la linterna. La vida y la luz. El hombre y las etapas de luz del día. Amanecer, cenit, ocaso. Despuntar del sol, estrella en plenitud, ocultamiento del astro…

Analogías sobre la vida: Algunos han semejado la vida con un vino precioso o con un juego de dados, y otros con una cuesta empinada de una montaña cimera. Bernard Shaw analogaba la vida con una antorcha; San Juan Crisóstomo y Quevedo con una representación teatral. Eduardo Marquina escribió que “Los años de nuestra vida son las páginas de un libro que nos da en blanco el Señor y nosotros escribimos”. Y Shakespeare dijo que “La vida no es más que una sombra que cruza; un pobre comediante que se pavonea y revuelve durante su hora en la escena del mundo, y que pasa luego al olvido; es un cuento referido por un idiota con gran ruido y pasión y que no significa nada”.

Valgan otras analogías: “la vida es como un relato: no importa su longitud, sino su valor”; “la vida es como un teatro: se entra, se mira y se sale”… La vida es “como un campo de carreras donde debe volver uno sobre sus pasos cuando ha llegado a su extremo”. Analogías: “La vida humana es como un fuego, que no se conserva más que con la condición de propagarse”; “la vida es un estrecho valle en medio de dos eternidades”. “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción, y el mayor bien es pequeño, que toda la vida es sueño, y los sueños sueños son…”

 (De mi libro Oficio de maestro, Javegraf, Bogotá, pp. 197-199).

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