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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

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Ser agonistas de la historia

21 lunes Oct 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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"Sansón derrumbando las columnas", escultura de Einat Tzilker, en Ashdod, Israel.

«Sansón derrumbando las columnas», escultura de Einat Tzilker, en Ashdod, Israel.

Que la Historia sea el conocimiento del pasado o que se asemeje a una representación de lo que el mismo historiador investiga; que la Historia sea una decisión ineluctable de Dios, un quehacer del hombre o el resultado de la lucha de clases; que la Historia tenga una linealidad y un fin precisos o que esté hecha de intervalos dispares en el espacio… en fin, cualquiera sea la definición o el propósito que retomemos, siempre llegaremos a un punto: la Historia es la conciencia que el hombre ha hecho del tiempo, de su temporalidad.

Y si vamos más lejos descubriremos que el tiempo, que la noción o la idea que se tenga de él, es una categoría cultural, una construcción de la inteligencia. Tiempo e Historia son creaciones del hombre y, como tales, no pueden seguir siendo entendidas como venidas de fuera ni como meras palabras de algún diccionario cósmico. Tiempo e Historia indican una toma de posición, una manera de enfrentar la tradición (entendida como la comprensión crítica del pasado), y una forma de enfrentar nuestra libertad (entendida como la comprensión crítica de nuestras acciones). La Historia, así vista, no es algo que ha pasado, no es algo que a otros les sucede, sino, por el contrario, es ese sucederme, eso que me ha hecho ser y eso que me potencia en cuanto ser libre.

Desde luego, ser protagonistas de la Historia, agonistas –sería mejor decir– no es nada fácil en esta sociedad nuestra donde la masificación, la crisis continuada, la inminencia de la tierra baldía… disponen el escenario para el escepticismo o la violencia sectaria. Atrevernos a ser agonistas –en cuanto padecedores y actores– de la Historia es, sin lugar a dudas, arrojar por la borda las utopías esperanzadoras que, casi siempre, han terminado por instaurar el totalitarismo y, también, es renunciar a ciertas tranquilidades pretéritas, a ciertos paraísos de antaño. Ser agonistas de la Historia es aceptar la dolorosa evidencia de nuestras responsabilidades. La Historia no puede seguir siendo nuestra excusa, porque si bien es cierto que el ser de la Historia es un hecho dado –nacemos inmersos en el tiempo–, no podemos desconocer que el sentido de la Historia es un hecho por hacer. En otras palabras, si por un lado nacemos anclados a una tradición, por otro, podemos sopesar, elegir o disponer de la misma.

Situarnos como agonistas de la Historia es comprender, esencialmente, dos cosas. Una, que no todo tiempo pasado fue mejor; también hemos huido del Paraíso. Otra, que el futuro no es algo que nos viene dado desde un más allá, un tú extraño (el porvenir), sino, contrariamente, que es algo que nos impulsa, nos motiva desde un yo y un aquí (el parair). Situarnos quiere decir, entonces, aceptar esta cuota de presente y, lo que es más importante, es poder arriesgar toda nuestra vida en cada instante. Situarnos es vivir nuestro tiempo como si fuera cada día el primero y el último.

La continua idealización del pasado y del futuro ha traído consecuencias bien particulares para nuestro continente latinoamericano. De una parte un fatalismo, una pasividad que, a manera de excusa, busca en un Dios, en la Naturaleza o el Destino, la causa de todos los males, de todos los acontecimientos deplorables. Un fatalismo que nos convierte en meros observadores de la injusticia o el hambre, del dolor ajeno o la miseria colectiva. Eso en cuanto hace referencia a la idealización del pasado, pero, además, la idealización del futuro nos ha colocado en la zona vaporosa del subdesarrollo. Al poner nuestros ojos en una idea de progreso, al soñar idílicamente con grandes modelos tecnológicos, nos hemos colocado en la vergonzosa postura del analfabeto desnudo o del balbuciente aprendiz de un idioma extranjero. Al tacharnos nosotros mismos de “atrasados”, de “inmaduros”, no hemos hecho otra cosa que imposibilitarnos un futuro.

Fatalismo y Subdesarrollo son formas de negarnos tanto nuestra tradición como nuestra libertad. No aceptamos lo propio por considerarlo de “inferior calidad”, como tampoco inventamos nada nuevo, porque damos por sentado que, en otro lugar, ya ha sido elaborado. Ni preservamos con dignidad un pasado, ni nos atrevemos a construir un futuro. Fatalismo y Subdesarrollo son, por lo mismo, consecuencias de nuestra incapacidad por asumir una Historia y un tiempo propios, un presente.

Repensar la Historia. No porque sea un tema interesante, sino porque es un tema necesario. Situarnos es un deber. Como continente, como país, no podemos ignorar esta ola gigantesca de la intimidación, esta continua violencia, esta «guerra civil no declarada» en que vivimos. No podemos hacer caso omiso al reto que nos impone este momento histórico. Ni anarquismos, ni totalitarismos, ni goces sonámbulos, ni terrorismos indiscriminados, pueden sacarnos de este campo de zozobra. Sólo haciendo claridad, sólo teniendo la suficiente vigilia podremos escapar de la incredulidad o de las filosofías del «todo está perdido».

Un doble movimiento puede coadyuvar para que este propósito no sea una bandera de humo: un primer movimiento de rastreo y legitimación de nuestro pasado, y un segundo compás de responsabilidad ante nuestros actos. Porque sin una comprensión crítica del pasado, el juego de posibilidades de nuestra libertad se perdería entre los laberintos de la incertidumbre y porque si no hay límites para nuestras acciones, la barbarie sería el rasero, la única forma de sobrevivir.

Bien vale la pena poner un poco de luz sobre “estas tantas cosas que nos suceden”. Ni la incredulidad, ni el mero asombro son suficientes. La Historia, sea como fuere, nos enfrenta, no obliga. Ignorarla es tanto como negarnos un origen, una sangre; pero, además, es mutilarnos también un espacio para la descendencia, para la nueva vida.

Saber descifrar la armonía del universo

18 viernes Oct 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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En  memoria de Álvaro Mutis

En memoria de Álvaro Mutis

SI OYES CORRER EL AGUA
 Si oyes correr el agua en las acequias,
su manso sueño pasar entre penumbras y musgos,
con el apagado sonido de algo
que tiende a demorarse en la sombra vegetal.
Si tienes suerte y preservas ese instante
con el temblor de los helechos que no cesa,
con el atónito limo que se debate
en el cauce inmutable y siempre en viaje.
Si tienes la paciencia del guijarro,
su voz callada, su gris acento sin aristas,
y aguardas hasta que la luz haga su entrada,
es bueno que sepas que allí van a llamarte
con un nombre nunca antes pronunciado.
Toda la ardua armonía del mundo
es probable que entonces te sea revelada,
pero sólo por esta vez.
¿Sabrás, acaso, descifrarla en el rumor del agua
que se evade sin remedio y para siempre?
Álvaro Mutis

En ocasiones, cuando afinamos nuestros sentidos y tenemos la suficiente paciencia para saber aguardar la revelación de ciertas realidades, al ser humano le está permitido acceder a determinadas consonancias del mundo o de la vida. El colombiano Álvaro Mutis dedica uno de sus poemas, “Si oyes correr el agua”, a explorar en estas revelaciones de la armonía del universo.

El poeta se vale del “correr del agua”, de ese “manso sueño” para invitarnos a afinar los sentidos y ponernos alerta y lograr “descifrar” lo que puede revelársenos sólo una vez. Varias actitudes debemos tener en cuenta: la perseverancia, la paciencia, el saber aguardar y una buena dosis de suerte. Pero, ¿qué es eso que se “evade sin remedio” y que solamente aparece en un instante? Álvaro Mutis nos dice que es la “armonía del mundo”. Quizá se refiera a una presencia o a una esencia de la vida, o a un misterio fundamental de la existencia; en todo caso, esa armonía que “pasa entre penumbras” y que “tiende a demorarse en la sombra vegetal” es de apagados sonidos, de voz callada y de apariciones evasivas.

Lo interesante del poeta es que, para darnos una idea de esa armonía del mundo, se valga de algo sencillo como “el correr del agua en las acequias”. Si hemos tenido el cuidado de observar tal fenómeno, seguramente nos habrá sorprendido, como al escritor, lo traslúcido de su andar, su extático sonido, la tranquilidad que irradia. En esa agua que parece demorarse en cada sombra, que impregna de temblor a los helechos, que se desliza sin desdibujar el limo “atónito”, que parece la misma pero es distinta en cada movimiento, Álvaro Mutis centra o da la clave de la armonía del universo. Cabe pensar, entonces, que lo esencial de la vida transcurre sin que nos demos cuenta; que esos misterios o esos secretos fundamentales están de cara a nuestros ojos pero ni siquiera los percibimos.

Tal vez se deba a que nuestras premuras cotidianas o las demandas sociales que hemos aceptado como si fueran necesidades prioritarias nos han enceguecido. O de pronto nos hace falta una escuela del silencio semejante a la de los guijarros que soportan el pasar del agua calladamente. Es posible que nuestro espíritu esté tan lleno de impaciencia, tan ahíto de buscar novedades, que ya no sepamos aguardar el aparecer de la luz. También puede ser a causa de nuestro afán desmedido por atesorar mercancías y bienes materiales como nos hemos vuelto incapaces para la contemplación sin utilidad económica, o nos tornamos disonantes para la sorpresa frente a las concordancias sencillas de la vida.

Sin embargo, si en verdad nos disponemos y perseveramos en este abrirnos para deletrear “el rumor del agua”, muy seguramente descubriremos que el mundo puede hablarnos, que el mutismo de la naturaleza –para continuar con el ejemplo del poeta– es sólo aparente. Que la luz puede llamarnos con un nombre distinto al que responde nuestro rostro. Salta a la vista que si bien necesitamos en un primer momento un estado activo frente al universo, después es importante dejarnos habitar por sus sutiles emanaciones o sus rumorosas y fugaces presencias. Puede que tal estado se parezca mucho al alcanzado por ciertos místicos o sea otra manera de recuperar un equilibrio con la naturaleza de la que formamos parte. Un estado de euritmia existencial.

Desde luego, el poeta deja un margen a la suerte. Parece como si no a todos los seres humanos les fuera fácil ponerse a tono con “la armonía del mundo”. Podemos entender que esa suerte o esa probabilidad dependen de determinados rasgos de nuestra persona, pero también de la confluencia de ciertas condiciones exteriores para que emerja ese llamado. No es sólo voluntad sino también disposición para lo gratuito. Lo que no tiene duda es que esas revelaciones de las esencias del mundo o de la vida se dan en instantes precisos. Lo propio de su existencia es su desaparecer. Por eso, la pregunta final del poeta; por eso, el reto de estar dispuestos para escuchar o entrar en contacto con “lo que se evade sin remedio y para siempre”. Los pacientes afortunados que tal llamado recibieron bien pueden darse el privilegio de haber descubierto cómo armoniza su individualidad pasajera con la música del cosmos infinito.

 (De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012).

Cuidar la palabra

13 domingo Oct 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Christoph Niemann

Ilustración de Christoph Niemann

No abras los labios si no estás seguro
de que lo que vas a decir
es más hermoso que el silencio. 
Proverbio árabe

Lo más difícil, cuando hablamos, es saber si nuestras palabras son oportunas o atinadas. Si lo que decimos es acorde al momento justo o, por el contrario, si nuestras locuciones son promulgadas demasiado pronto o demasiado tarde. Del mismo modo, es difícil saber si las palabras que elegimos son las indicadas, si son adecuadas para el tipo de persona y de situación, o si se adaptan bien al estado de ánimo de quien las recibe o las escucha. Aún más, nos es difícil saber qué tanto hay qué decir o cuándo es mejor callarse. Por tales razones, debemos ser muy cuidadosos con las palabras que salen de nuestros labios.

La palabra tiene en sí misma una doble fuerza: de un lado sirve para vivificar, para reanimar, para dar la vida; de otra parte, puede ser usada para denigrar, para ofender, para otorgar la muerte. Por momentos tiene el suficiente poder como para darle alas al esclavo y, en otros casos, ella misma asume la forma de grilletes y cadenas. Tan útil puede ser, como pletórica de inutilidad. Al poseer ese doble alcance, el uso de la palabra nos pone siempre en la zona de la indecisión o de la duda. Vacilamos en decirla u ofrecerla porque sabemos, precisamente, de su veneno o de su ambrosía.

Vistas así las cosas, tenemos que reflexionar muy seriamente sobre cómo o de qué manera somos usuarios de nuestra palabra. Revisar, por ejemplo, los modos en que la ponemos en acto; la manera como la usamos; el género de lenguaje por el que optamos; la elección del vocabulario que empleamos. Revisar, si se quiere, la intención que hay de fondo o el interés que subyace a nuestro decir. Tenemos que habituarnos a sopesar nuestras palabras porque muchos de los que las escuchan pueden salir seriamente lesionados, lastimados en su amor propio o en su dignidad. Debemos estar atentos, siempre, del impacto que producen nuestras expresiones y ser lo suficientemente sutiles como para entrever cuándo debemos hacer una corrección u ofrecer las excusas correspondientes por algo que no supimos decir bien o dijimos de mala manera. Es clave mantener esa vigilancia sobre nuestra palabra porque buena parte de nuestras relaciones interpersonales dependen de ella, de su calidez, de su precisión, de su oportunidad. Y lo que parece más definitivo, gran parte de nuestros problemas –tanto personales como de comunidad– nacen o se agravan porque no tenemos control o medida sobre lo que expresamos o somos demasiado irresponsables con los juicios o comentarios que hacemos sobre los demás.

Precisamente porque necesitamos cuidar la palabra es fundamental enriquecer nuestro capital lingüístico. Ampliarlo, hacerlo más variado y menos sesgado a sólo un tipo de lenguaje. Superar lo meramente denotativo. Contar con un abanico de formas y recursos que nos permitan, en cierta situación, poder echar mano de una u otra palabra y, así, llegar más fácilmente al amigo, al compañero de trabajo, al ser que amamos. Tenemos que aprender a convivir con nuestras palabras; a conocer su origen y su campo de acción; a mirar en detalle sus filiaciones y sus relaciones; a visitar con asiduidad ese “viejo lomo de buey” que es el diccionario. Es que, pensándolo bien, somos lo que son nuestras palabras. Nuestro lenguaje dice nuestros límites y, en esa medida, dependemos de su resplandor o su mutismo. Quien amplía sus palabras hace crecer también su mundo; quien explora en la plural y diversa naturaleza del lenguaje puede ser un mejor guardián de sus palabras.

Pero hay momentos en que la manera óptima de hablar consiste en cerrar los labios para que suene la imperceptible pero contundente voz del silencio. Cuando se es cuidadoso con las palabras se aprende también que el saber callar hace parte del mundo del lenguaje. El silencio pone a gravitar el envés o la sombra de las palabras. El silencio le da como fondo a la palabra; le otorga densidad, peso. Luego no se trata de callarse por callarse, sino de entender que a veces lo que tenemos que decir es de menor valía que eso otro que promulga el silencio con sus labios de viento. O descubrir que lo que tenemos que decir es tan valioso, particularmente cuando lo que nos mueve o nos conmueve rebasa lo razonable, que no puede expresarse sino llevando nuestras palabras hasta ese abismo del silencio. Por defecto o por exceso de nuestra palabra contamos con esa callada presencia.

(De mi libro Custodiar la vida. Reflexiones sobre el cuidado de la cotidianidad, Kimpres, Bogotá, 2009, pp. 45-48).

La didáctica al primer plano

07 lunes Oct 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Ilustración de Christoph Niemann

Ilustración de Christoph Niemann

Buena parte del trabajo de nuestros maestros está marcado por el activismo. Las premuras del día a día, la rutina del dictar clase, la falta de una genuina interacción con pares académicos, etc., van minando la capacidad reflexiva del docente. Le van mermando esa actitud de distanciamiento frente a su propia práctica hasta el punto de hacerle perder de vista la intencionalidad formativa, el valor de su tarea frente al desarrollo humano y, especialmente, las competencias propias de su oficio de maestro.

Tal falta de reflexión sobre su hacer es el que ha llevado al educador a considerar las Didácticas como objetos instrumentales o como técnicas de poco alcance. Pero no es así. La puesta en escena de lo educativo, la práctica misma del enseñar, comporta un saber hacer específico que no sólo vincula al docente como tal sino al campo de conocimientos que él imparte. Por lo mismo, las didácticas necesitan aprenderse, perfeccionarse, ajustarse a nuestro tiempo, enriquecerse a partir de las experiencias de otros… Y ese saber hacer, todavía tan apegado a la oralidad del maestro, merece ser reconstruido. Necesita convertirse en escritura. Entre otras cosas, porque allí hay un elemento clave en la consolidación de la profesión docente.

La didáctica, en cuanto saber hacer, nos invita a enfrentarnos con dos tipos de tareas. De un lado a delinear maneras de enseñar particulares para las distintas ciencias o disciplinas; recordemos, de una vez, que las áreas no son únicamente un depósito de contenidos. Entonces, tenemos que desarrollar modos didácticos lo suficientemente vigorosos como para deslindar unas áreas de otras, y para diferenciar o poder distinguir la enseñanza propia de un ciclo de esa otra que se hace en un grado diferente. La segunda tarea es la que tiene que ver con perfilar un estilo docente, unos rasgos que permitan vislumbrar un tipo de escuela, en el sentido más original del término; digamos para no ir más lejos, que la calidad de la enseñanza de alguna asignatura no puede depender del capricho del educador, o del grupo que le correspondió al estudiante. Toda institución educativa debe ser responsable de la manera como enseñan sus maestros. Y este aspecto debería estar explícito en los Proyectos educativos institucionales.

Por todo lo dicho, es urgente reflexionar sobre el cómo estamos haciendo educación. Desde la manera como planeamos una asignatura hasta el tipo de evaluación que realizamos; cómo manejamos la proxémica y la kinésica en el aula; cómo vinculamos las ayudas en cuanto mediaciones para el aprendizaje; cómo usamos nuestra palabra y qué herramientas de argumentación consideramos válidas… Esta preocupación por la didáctica se presenta hoy jalonada además por la urgencia de desarrollar competencias en nuestros estudiantes, por darle sentido formativo a nuestro trabajo de aula, por otorgarle a nuestras acciones cotidianas un faro de intencionalidad que nos permita salir de la improvisación y el espontaneismo docente.

Lector apasionado

04 viernes Oct 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, LECTURA

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Ilustración de la norteamericana Jessie Willcox Smith

Ilustración de la norteamericana Jessie Willcox Smith

La lectura es una de las formas de alcanzar la libertad. Es tanto como aprender a volverse incorpóreo, liviano, volátil. Leer es aprender a conocer la geografía de lo ilimitado, de ese vasto paisaje donde todo puede germinar, donde nada tiene cortapisas ni frenos para desarrollarse como posibilidad. La lectura nos nutre con un alimento especial, un vigoroso pan que nos da ánimos para ir en pos de lo inédito, de lo nuevo o lo inexplorado. Quien se nutre de lectura tiene una fortaleza interior para ir más allá de lo inmediato, de lo apenas justo y necesario para estar tranquilo. Porque cuando se ha crecido alimentado de ese seno lector, se tiene menos miedo en el corazón, más capacidad de riesgo en el espíritu. Y ninguna  tierra, entonces, se nos antoja propicia, y ninguna cosa nos parece suficiente. Porque hay como una intranquilidad esencial, una desazón general, un deseo de salir, de caminar, de permanecer en una diáspora continua. Porque leer es una de las manifestaciones de la inquietud; porque leer y estarse quieto son antónimos; porque la lectura nos lanza, nos saca, nos avienta al vértigo infinito de los cielos, al insondable mar de lo desconocido.

Es que leer es otra manera de sortear el olvido, otra forma de conjurar la condición esencial o la materia de que estamos hechos. Quien lee trasciende la finitud que le es propia; va más allá de su destino o su condición temporal para abrazar las voces de lo intemporal o de aquello que, en cuanto trascendente, compete a lo estrictamente humano. Porque cuando leemos nos hacemos hermanos de toda la especie; la lectura nos provee de una filiación en donde no importa la raza, ni el lugar, la lengua o la distinción de clases. La lectura nos permite retrotraer el tiempo, jugar con él, ser dueños de ese gigante padre que, según los designios de los dioses, busca devorarnos.

Pero la lectura, además, es como una gran caja de maquillaje, un artilugio para asumir muchos rostros, para transmutarnos o transformarnos a nuestro antojo, para adquirir el don divino de la metamorfosis. Quien lee alcanza el mimetismo perfecto, se confunde o se refunde, tiene más de una identidad; es polifacético, polifónico, plural. La lectura nos permite convertir el yo en un nosotros; nos torna hábiles para convivir con toda esa legión de personajes que habitan en nosotros mismos, con toda esa suerte de actores que viven bajo el mismo teatro de un nombre, un lugar y una fecha de nacimiento. Quien lee se multiplica, cambia, se renueva. Porque toda lectura es una forma de resurrección. Y en esta abundancia, en esta profusión de rostros, hay tal riqueza que, por eso mismo, la lectura es el recurso más genuino del pobre, del débil, del necesitado, para suplir o remediar esa zona de carencia, ese desnivel que a bien tuvo la naturaleza o la fortuna otorgar como una condición hereditaria. Quien lee restituye el principio de igualdad entre los hombres.

Y ni qué decir del goce inherente a la lectura. El goce de leer, esa otra manifestación de la felicidad. Porque leer es una forma de gozar, un placer de los sentidos y de la imaginación; un invento, un gusto, un deleite tan cercano a la dicha perfecta; un acto de voluptuosidad, una alegría, un éxtasis. Porque saber leer es aprender a estar fuera de sí; porque leer es tanto como saborear una golosina hecha para nuestros más secretos apetitos. Y quien lee busca la felicidad, y la felicidad es el mandato supremo, la tarea mayor que los seres humanos venimos a cumplir en este mundo.

(De mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, pp. 291-292).

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