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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: fernandovasquezrodriguez

Del ensayo, su historia y sus características

14 jueves Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Conferencias, LECTURA

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A propósito del Curso “Modos de leer” organizado por Santillana quisiera compartir esta charla sobre el ensayo, ofrecida en la ciudad de Cali. Las ideas aquí expuestas pueden servir de referencia didáctica a los educadores cuando aborden esta modalidad de texto argumentativo, y también utilizarse como guía por aquellos estudiantes que enfrenten la tarea de elaborar un ensayo. Valga la ocasión para resaltar el ímpetu de los maestros y maestras asistentes a estos cursos y su inquebrantable voluntad por seguir aprendiendo con el fin de cualificar su práctica docente.

Nivelatorio: un tiempo para mantenerse en equilibrio

10 domingo Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos, OFICIO DOCENTE

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Primera cohorte, II ciclo, 2013. Maestría en Docencia, Bogotá

Primera cohorte, II ciclo, 2013. Maestría en Docencia, Bogotá.

Hemos terminado nuestro nivelatorio. Un espacio de acompañamiento que, desde la entrevista, fue un compromiso adquirido por cada uno de ustedes. Hemos trasegado un semestre en esto de cualificar ciertas habilidades de estudio, apropiar algunas estrategias de lectura y escritura, familiarizarnos con autores clave para el desarrollo del pensamiento contemporáneo y, especialmente, el propiciar una actitud de calidad y alto compromiso académico como corresponde a ser estudiantes de posgrado.

De igual modo, este nivelatorio les ha servido a ustedes para empezar a mantener una relación cercana con la escritura, con sus propios pensamientos, además de favorecer la continua reflexión sobre los diversos aprendizajes que van constituyendo su vida y su ser de maestros.

A todos los que cumplieron este compromiso, felicitaciones. A los que a pesar de la lluvia y el frío estuvieron puntualmente en esta cita de los viernes, felicitaciones. A los que, a pesar del cansancio y la avalancha de trabajo, lograron cumplir con las pequeñas tareas propuestas, felicitaciones… A los que mantuvieron en alto el entusiasmo y vivo el espíritu de la curiosidad, felicitaciones.

No sé si lo saben, pero el término nivelatorio, se deriva, por supuesto de nivel. Y a ese instrumento, los antiguos romanos lo llamaban libella, que era el diminutivo de libra, la balanza. Y por eso también nos ha quedado en nuestro haber lingüístico, el término libélula, para denominar a esa “balancita” que logra mantenerse en equilibrio en el aire… Porque un nivelatorio tiene mucho que ver con ponerse en la balanza, con sopesar qué tanto de nuestro deseo inicial al comenzar el posgrado corresponde con la realidad del día a día, de la exigencia, de las lecturas y los diversos trabajos. Nivelarse no es acomodarse, sino más bien aquilatar nuestro deseo con la realidad de volver a ser estudiantes. Pero, además, el nivelatorio subraya la capacidad, el tesón o la voluntad para mantenerse, para no dejarse caer ante el primer viento adverso o las primeras dificultades del camino; así, como las libélulas, que aunque frágiles son capaces de alinear sus sueños con las corrientes desfavorables.

Y como una manera de celebrar este “rito de paso”, bien vale la pena simbolizar el cumplimiento de su compromiso con un certificado que semejante a la ceremonia de grado, quiere ser un “avance”  del diploma que recibirán al final de su maestría. Este diploma quiere ser un talismán de muchas cosas: de lo que era incertidumbre ayer y hoy parece una certeza; de algún miedo vencido; de un reencuentro con la dignidad de nuestra profesión docente; de la persistencia que sigue moviendo montañas. Aspiro a que este certificado lo guarden en algún sitio especial; y cuando sientan que flaquean sus fuerzas, cuando las cosas no salgan como ustedes pensaban, o cuando estén tentados a claudicar o buscar la salida más fácil, vuelvan a mirarlo y renueven lo que este papel simboliza.

Una vez más, mi voz y la de sus docentes se suman para decirles: felicitaciones futuros magísteres.

Reencuentro con la lectura y la escritura

05 martes Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, LECTURA

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Con Daniel Cassany y Giovanni Parodi en Envigado (Antioquia)

Con Daniel Cassany y Giovanni Parodi en Envigado (Antioquia)

Motivado por el “Encuentro con las letras”, un evento organizado conjuntamente por la Red de lenguaje de Antioquia y la Universidad de Antioquia, he vuelto a pensar en los procesos de lectura y escritura. Además de los conferencistas internacionales escuché experiencias provenientes de diversos municipios en las que la lectura y la escritura eran el objetivo principal de un proyecto o una innovación pedagógica.

Lo primero que pienso –y en eso coincidimos con Daniel Cassany y Giovanni Parodi– es que la lectura no es algo uniforme ni simple. Más bien es una práctica social, situada y que responde a contextos bien particulares. La lectura, de igual forma, presupone ciertos “aprestamientos” sin los cuales es muy difícil llegar a una comprensión de alta calidad o de hondo calado. Puesto de otra forma, la lectura nos exige –a alumnos y maestros– ir más allá de lo dado o lo evidente. Los ojos están ahí para ayudarnos pero también está nuestra memoria y nuestra imaginación. Y dependiendo de la idea o concepción que tengamos de la lectura así serán los ejercicios de aula o las prácticas pedagógicas realizadas por los maestros.

Una segunda cuestión es la de revalorizar el papel de la lectura semiótica.  Pero no como un ejercicio lingüístico sino más bien como una cartilla para leer la cultura, sus manifestaciones y sus productos. Porque no leemos solo textos escritos; porque la lectura (y más en nuestra época) nos exige alfabetizarnos en la lectura de la imagen, del espacio, del cuerpo, de la ciudad. Considero que los elementos de una teoría de los códigos y una teoría de la producción de signos (al decir de Umberto Eco) ayudarían enormemente a las nuevas generaciones para que no fueran consumidores pasivos del entorno o de la sociedad de consumo sino potentes lectores críticos de la misma. Son los lentes de la semiótica los que permitirían auténticos lectores multimodales.

La tercera conclusión de este encuentro me ha llevado a confirmar que las nuevas tecnologías, en cuanto afectan las prácticas de lectura y escritura, no claudican o “sepultan” otras prácticas de lectura más cercanas al libro de papel o la lectura entonada. Se trata mejor de una convivencia. Y al educador le corresponde saber cuándo echar mano de una red social o un blog y cuándo es más afortunado utilizar una exposición con explicaciones en un tablero acrílico o de otro material. No hay un “borrón y cuenta nueva” en esto de las nuevas tecnologías. El llamado de atención es para revisar, sopesar y aquilatar lo que circula en la web. Necesitamos ayudarles a nuestros estudiantes a diferenciar lo valioso de otra información basura que circula por internet a manos llenas.

Que la lectura es un proceso, es innegable. Que podemos “desarrollar” nuestras competencias lectoras, también lo es. A la escuela le corresponde lograr que nuestros alumnos pasen de lecturas fáciles e inmediatistas a lecturas más complejas y más ricas. Dicha tarea no se logrará en un solo curso y tampoco dependerá de la buena disposición de un maestro. Se necesita una voluntad institucional, una política en la que entren todos los miembros de la comunidad educativa para que la lectura halle un terreno propicio y logre crecer, fortificarse, ganar calidad y consistencia. Sabemos que la lectura no puede ser la tarea únicamente del área de español o de lenguaje. En este propósito deben converger los profesores de sociales, de biología y de matemáticas. Cada profesor de estas asignaturas tiene la responsabilidad de entender que el acceso a los contenidos disciplinares presupone unas estrategias de lectura. Por olvidarse este punto es que no comprendemos bien el fracaso escolar o el desinterés hacia determinadas asignaturas. Eso lo han mostrado varias investigaciones: a veces no es que el estudiante no entienda, por ejemplo, matemáticas; sino que el profesor desconoce la mejor manera de leer un problema o hacer legible el lenguaje con el cual se construye una ecuación.

Eso en cuanto a la lectura. El otro gran tema fue el de la escritura. Aquí también he ratificado y perfilado algunas conclusiones. Una de las primeras es que sigue siendo importante para los maestros (a pesar de los discursos posmodernos) entender y apropiar bien qué son las tipologías textuales, cuáles sus lógicas de composición y cuáles sus técnicas más apropiadas. No podemos suponer que el escribir es algo genérico o de uso indiferenciado. Cada tecnología textual exige unos formatos, unos protocolos y prefigura un tipo de lector; cada género textual, además, nos obliga a adaptar un tipo de lenguaje y a desarrollar operaciones mentales específicas. Argumentar, informar, explica, exponer…, presuponen operaciones cognitivas diferentes. Si se olvida esto último perderemos de vista que se escribe para destinatarios reales con efectos y resultados comprometedores o de alta implicación personal y colectiva.

Otro punto en el cual hay que seguir trabajando es el de insistir en los procesos metacognitivos que participan o  inciden en el escribir. Pienso que este es un elemento fundamental para diferenciar a los escritores expertos de los novatos. Dicho de otra manera: los escritores expertos son los que ya tienen incorporados procesos metacognitivos como el planear, corregir, el tener en mente un propósito del tipo de texto… Los novatos escritores, por el contrario, son los que confían en que de un momento a otro y por arte del azar o la fortuna logren escribir un buen texto o alcancen resultados magníficos. Es urgente entender y profundizar en esto de la metacognición porque allí está el eje de “aprender a aprender” y su ausencia explica el hecho de que “lo visto” en un determinado curso o ciclo educativo parece ya olvidado o desconocido en un grado siguiente. Los procesos metacognitivos asociados a la escritura son los que en verdad dan perdurabilidad a lo aprendido y forjan escritores autónomos.

Por supuesto, el tema de la evaluación continúa siendo un asunto de vital relevancia para la enseñanza de la escritura. El uso de retículas o rúbricas es prioritario si queremos que nuestros estudiantes conozcan con anterioridad los criterios con los cuales van a ser evaluados y lo que los maestros consideran debe ser aprendido. A veces, por el afán de que nuestros alumnos escriban, confiamos demasiado en los sobreentendidos y los supuestos o valoramos con observaciones indiscriminadas los productos de los estudiantes. Al determinar esas rúbricas lo que hacemos es hacer explícitos los hitos o el mapa de aprendizaje que motiva la enseñanza. Pero no sólo eso. Al fijar estos criterios y socializarlos con los alumnos lo que se hace también es “abrir la caja negra” del ser y hacer de la escritura: qué elementos conforman un texto narrativo, cuáles argumentos deben tenerse presente cuando se escribe un texto argumentativo, cómo influyen los diversos conectores lógicos o marcadores textuales en la cohesión y la coherencia de un texto, cuál es la estructura de un texto informativo… Las rúbricas ponen en alto relieve o hacen manifiesto aquello que parece ser un arte de “iluminados” o “inspirados”. Lo oculto o misterioso del escribir se devela   para entender esta actividad superior del pensamiento como una labor artesanal en la que es fundamental el paso por los borradores y la revisión, el tener planes de composición y prefigurar la audiencia a la que deseamos comunicarnos.

Finalmente, un asunto al cual habría que dedicarle mayor interés es el conocer cómo escriben los escritores expertos, cuál es –por decirlo así– la didáctica implícita de los consagrados al oficio de escribir. Por mi propia experiencia investigativa, recogida en el libro Escritores en su tinta, sé que allí hay un arsenal de técnicas, consejos, trucos, modos y estrategias que bien pueden servirle a los docentes al momento de enseñar a escribir. No sólo los gramáticos y lingüistas poseen un saber sobre este asunto. Los propios escritores han contado en entrevistas o textos autobiográficos el proceso mediante el cual aprendieron este oficio y llaman la atención sobre las dificultades que entraña tal opción. Aquí es esencial profundizar en los aportes de la retórica clásica, en los procesos de composición y en las minucias de las technés o las artes. Valgan como ejemplos, los diversos modos de corrección empleados por los escritores de oficio o las diversas maneras de ir redactando o las variadas técnicas para romper el miedo o el hechizo de enfrentarse a la hoja en blanco. Deberíamos familiarizarnos más con esta otra bibliografía que brota especialmente del testimonio directo de artesanos de la escritura, que de especulaciones abstractas sobre el oficio de escribir.

Por supuesto, cabría mencionar otras conclusiones o cosecha de este “Encuentro con las letras”. En todo caso, lo valioso de este evento fue congregar a un grupo considerable de maestros y maestras para reflexionar sobre la lectura y la escritura, sobre sus didácticas, con el fin de discutir teorías, autores, estrategias, experiencias y, lo más importante, dar luces e incentivos para renovar las prácticas de enseñanza en estos dos campos. Sobra decir que la otra ganancia fue el hecho mismo de encontrarse con colegas de oficio para refrendar este propósito de considerar a la lectura y la escritura como mediaciones fundamentales para desarrollar el pensamiento y favorecer el acceso y la producción de conocimiento.

Negarnos a cambiar esperanzas por dinero

03 domingo Nov 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Decir que no
Mario Benedetti
 
Ya lo sabemos
es difícil
decir que no
decir no quiero
 
ver que el dinero forma un cerco
alrededor de tu esperanza
sentir que otros
los peores
entran a saco por tu sueño
 
ya lo sabemos
es difícil
decir que no
decir no quiero
 
no obstante
cómo desalienta
verte bajar de tu esperanza
saberte lejos de ti mismo
 
oírte
primero despacito
decir que sí
decir sí quiero
comunicarlo luego al mundo
con un orgullo enajenado
 
y ver que un día
pobre diablo
ya para siempre pordiosero
poquito a poco
abres la mano
 
y nunca más
puedes
                cerrarla.

Sabemos que es difícil, especialmente en nuestra época, negarnos a los encantos del dinero fácil o a la tentación de aumentar nuestras arcas a como dé lugar, no importa el precio que sea. De esa dificultad y del riesgo de claudicar con nuestros principios o nuestras esperanzas, nos habla el uruguayo Mario Benedetti en su poema “Decir que no”.

No es fácil mantener a raya los malintencionados oportunistas que desean fracturar una vida honesta o torcer una férrea convicción, o echar por la borda la trayectoria limpia de una profesión. Y no lo es porque el vecino o el colega nos hablan de lo fácil y cómodo que resulta aceptar un soborno, hacer una trampa o pasar por alto –como si no nos diéramos cuenta– lo que sabemos es un capital corrupto o una acción a todas luces reprochable.

Tampoco resulta fácil mantenerse fiel a unos valores cuando vemos cómo nuestras esperanzas se hacen trizas porque, precisamente, faltan algunos pesos para alcanzar nuestros mayores sueños o cuando –los peores– se los ve disfrutando con orgullo sus mal habidas metas. Y menos resulta fácil conservar intacta nuestra línea de conducta si a nuestro alrededor la impunidad es cómplice de aquellos mismos que la burlan o hacen la farsa de “entrar a saco”, de “encarcelarse”, con toda suerte de privilegios.

Por todo eso, nos dice el poeta, no es fácil rechazar el dinero de endemoniadas tentaciones. Pero lo que resulta más triste, más degradante, es cuando alguien que ha puesto en alto la bandera de la honestidad, de no feriar su conciencia, empieza a decir que sí en cosas baladíes o de poca monta. Cuando sus sueños más queridos se dejan de lado únicamente por conseguir una mejor posición social o conseguir ciertos bienes materiales. El poeta afirma que, en esos casos, no sólo hemos perdido el norte de nuestras esperanzas, sino que ya estamos lejos de nosotros mismos. Que no hay retorno, así asumamos la postura del “orgulloso enajenado” que se justifica ante el mundo alegando ser presa de un engaño o una ligereza fácilmente reparable.

Lo que Mario Benedetti nos advierte es el costo de abrir la mano de a poquitos; porque así podemos convertirnos en pobres diablos, en avaros pordioseros de fortuna: siempre queriendo más, siempre viendo insuficiente el nivel de nuestros caudales. Y como consecuencia, los sueños, los ideales, se irán sepultando u olvidando; todo por lo que nos empecinamos alguna vez, los grandes ideales de nuestra vida, pasarán a un segundo plano. Ese es el riesgo de abrir la mano a la ciega opulencia, el costo de dejarnos deslumbrar por el brillo insaciable de la riqueza, las consecuencias de  decir que sí, despacito.

Se requiere de mucha fortaleza de voluntad, de cierta dosis de valor y de hacer caso omiso a los espejismos de nuestra sociedad consumista y novelera, para aprender a decir que no. También de una sabiduría cotidiana para saber distinguir lo necesario de lo suntuario y de no echarnos encima necesidades realmente innecesarias, o de llevar una existencia muy por encima de nuestros ingresos. Pero especialmente, ese aprender a decir no, tiene mucho que ver con la educación de nuestro carácter, con la entereza y el cuidado de nuestro espíritu, para mantenernos alerta y no ser pusilánimes al momento de frenar, apartar o dejar en claro la misión que nos alienta o sirve de derrotero a nuestra existencia.

Volvamos al inicio para recalcar que no podemos “bajarnos de nuestras esperanzas” porque no contemos con los recursos económicos suficientes; que no vale la pena entregarle nuestra alma al diablo por unos pesos; que, a pesar de las necesidades o las limitaciones cotidianas, bien vale la pena sentirnos adalides de nuestros sueños o de una utopía aparentemente inútil. Lo fundamental es no mentirnos, no falsificarnos, no convertirnos en unos desconocidos de nosotros mismos. Puede que esa no sea una fortuna de grandes capitales, pero sí una tranquilidad interior de invaluables beneficios.

(De mi libro Vivir de poesía. Poemas para iluminar nuestra existencia, Kimpres, Bogotá, 2012, pp. 215-219)

Autoentrevista sobre «El quehacer docente»

25 viernes Oct 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Libros, OFICIO DOCENTE

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P: Para empezar, ¿de dónde nació El quehacer docente?

R: Surgió al igual que han nacido otros libros míos semejantes: de las propias necesidades de enseñar, del trabajo en el aula, del afán por ayudarles a mis estudiantes, de la reflexión sobre la propia práctica, de investigaciones cotidianas…

P: ¿Y si uno hace todo eso, es fácil llegar a publicar un libro como el suyo?

R: Lo fácil es tener una experiencia que sirva de motivo para los textos, lo difícil es tener el hábito y la persistencia para escribirlos.

P: ¿Y usted es disciplinado?

R: Sí, tengo la disciplina de escribir todos los días, en las mañanas, por lo menos tres o cuatro horas.

P: ¿Todos los días?, ¿Aún los festivos?

R: Todos los días. Ya es un hábito que se confunde con una pasión. Porque si no hay pasión al escribir todo queda en tareas o compromisos laborales. La pasión le quita a la disciplina su máscara de obligación asfixiante.

P: ¿Qué manía tiene al escribir?

R: Como todos los que tratamos de aprender a escribir, cargo conmigo una libreta de notas. Hago apuntes del natural, como los pintores, o esbozos de una idea, un cuento, una situación, un evento. Me considero un etnógrafo o un explorador de lo cotidiano.

P: Noto que buena parte de los textos de El quehacer docente están escritos a la manera de ensayos, ¿por qué?

R: El ensayo, como lo decía el maestro Alfonso reyes, es un centauro de los géneros y eso le da una flexibilidad especial, única. Es útil para hacer crítica, para analizar un problema o para, y eso sí que es importante, presentar una tesis personal, para hacer pública nuestra propia voz.

P: ¿Aunque noto que intercala otros géneros de escritura?

R: Sí, es algo que me ha interesado en éste y otros libros anteriores. El explorar en diversas mediaciones escriturales para interpelar a diversas audiencias: el contrapunto, el diálogo de herencia platónica, la crónica, el comentario, el guión, la carta, el aforismo…

P: ¿Hay algún texto de este libro por el cual sienta más afecto?

R: El mayor afecto siempre es por el texto que se está escribiendo en el momento. Pero en este libro voy a publicar un método personal de hacer análisis de contenido, un método que entre otras cosas ya lo han validado los estudiantes de la maestría en Docencia y otros estudiantes de posgrado.

P: ¿Por qué la imagen de la portada?

R: La idea que le confié al ojo creativo de Paola Rivera, la diseñadora de nuestra Universidad, fue la del espiral, de la evolución, un símbolo de la formación incesante, de lo que empieza como una pequeñez pero que tiene la posibilidad de expandirse hasta lo ilimitado… Porque en eso consiste el quehacer docente: en crear condiciones para que otro ser se desarrolle, para que ensanche o despliegue sus posibilidades y talentos…

P: ¿Tiene algún nuevo proyecto de escritura?

R: Desde luego que sí. Ya está en proceso de diseño un nuevo libro sobre el ser de la poesía y las particularidades del texto poético, se llama La palabra inesperada….

P: ¿Le gusta mucho la poesía?

R: Si uno quiere darle plasticidad a sus ideas lo mejor es frecuentar la palabra relacional de la poesía. El lenguaje poético hace que los conceptos se tornen plásticos y más plurales para el lector.

P: Y para terminar, ¿a quién está dedicado este libro?

R: Lo he dedicado a mis colegas de la Maestría en Docencia con quienes he compartido y discutido muchas de las ideas contenidas en la obra, y a mis alumnos, que son el motivo y el objetivo final de esta publicación. Mis estudiantes que constituyen la otra opción vital, el otro motivo por el que considero tiene sentido mi existencia.

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