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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Archivos de autor: Fernando Vásquez

El espejo de los animales

13 lunes Feb 2023

Posted by Fernando Vásquez in Fábulas

≈ 8 comentarios

Ilustración de Aad Goudappel.

Las angustias del gordo Ananías

Ananías era un hipopótamo muy gordo. Cuando ya casi no podía caminar y tenía frecuentes dificultades respiratorias, decidió buscar un remedio para su obesa condición.

—Camine usted todas las mañanas —le recomendó una estilizada jirafa—. Pero, no olvide una cosa, es todos los días.

El hipopótamo intentó hacer esas caminatas dos veces la primera semana, pero después apenas las hacía el domingo. Terminó por abandonarlas, arguyendo que de pronto ese esfuerzo le hacía mal para su corazón.

—No coma nada en las noches —le sugirió un guepardo al que le compartió su caso. Y luego el moteado felino agregó: —hágalo, por lo menos durante tres meses seguidos.

Ananías mantuvo y cumplió ese propósito algunos días, porque cuando sentía ganas de comer, olvidaba la recomendación y se hartaba de tubérculos a las ocho o diez de la noche.

—Tome agua de manera constante —le sugirió una rana de largas patas. Eso sí —le advirtió— de manera regular y continua.

Al hipopótamo le resultó fácil atender esta recomendación, por estar el remedio muy a la mano. Sin embargo, ya al tercer día le pareció muy insípida y empezó a tomar agua de panela, aguamiel y aguas azucaradas.

Todos esos consejos fueron inútiles. Su panza no se reducía. Entonces recurrió a una grulla, muy afamada en la región, a quien le contó todo lo que había hecho. Ella estuvo atenta, mirándolo con unos ojos que parecían atravesarle el cuero. Su dictamen tomó por sorpresa al hipopótamo.

—Mi estimado Ananías, a usted lo que le falta es ejercitar la fuerza de voluntad.

Apenas abandonó el verde consultorio de la grulla, Ananías anduvo indagando en la selva un gimnasio en donde pudiera desarrollar ese tipo de músculos que no sabía bien en qué parte del cuerpo los tenía. Aún sigue buscando ese gimnasio.

Ilustración de Beto Zoellner.

Las hienas y los monos aulladores

Si hubo en la selva animales más felices con las redes sociales, fueron las hienas. Se ajustaban muy bien a su temperamento agresivo y solapado. Cada hiena enviaba mensajes malolientes a sus colegas y éstas, a su vez, replicaban el mensaje agregando un comentario venenoso o incendiario. “Que el león quería perpetuarse en el poder”, decían; “que los ñus, todas las noches, le robaban en secreto pasto a las cebras”, repetían sin cesar. Y esos rumores se propagaban en las redes sociales de la llanura como el viento.

Unos monos aulladores, hábiles en expandir noticias de actualidad de árbol en árbol, les preguntaron a las hienas qué beneficio obtenían al actuar de esa manera. La más joven de las hienas, con risa burlona, les contestó:

—Si logramos despertar el odio y la venganza, si propagamos la ira y la pelea, mayor será nuestra comida.

Los monos aulladores les replicaron que tal estrategia no parecía ser muy eficaz en el tiempo:

—De aquí a que haya una víctima, se pueden morir de hambre.

Las hienas, al unísono, soltaron la carcajada.

—Comida es lo que nos sobra… El odio es contagioso, la envidia crea enemigos, el resentimiento es vengativo… De rencorosos muertos está llena la sabana.

Los monos subieron presto a las ramas más altas de los árboles y empezaron a aullar de manera estridente. Más tarde en sus redes sociales divulgaron la noticia de que la fuerza de los gorilas no era natural, sino producto del consumo de esteroides, y que los mandriles tenían el rabo pelado por su vida licenciosa.

Las homófonas y los parónimos en tono narrativo

05 domingo Feb 2023

Posted by Fernando Vásquez in APRENDER A ESCRIBIR, Del diario

≈ 6 comentarios

Etiquetas

Ejercicios narrativos, Gramática creativa, Palabras homófonas y parónimas

Por lo general, los maestros y maestras de español, cuando quieren enseñar las homófonas y los parónimos (aquellas palabras que tienen idéntico sonido, pero distinto significado; o esos términos que, sin tener el mismo sonido, suelen confundirse por ser muy semejantes) lo que utilizan es un listado con las voces respectivas. Pero, sigo creyendo que hay maneras más creativas e interesantes para este fin. Una de esas estrategias es usar la narrativa para que los estudiantes infieran y comprendan las diferencias entre estas palabras aparentemente similares en su pronunciación o en su forma.

El relato que sigue es un ejemplo de cómo conjugar la fuerza interpelativa de la ficción con la prescriptiva de la gramática. El relato puede usarse de dos maneras: como ejemplo ilustrativo y didáctico de este tipo de palabras, y como un incentivo para que los estudiantes construyan otros de manera semejante.

«Mi esposa y mi suegra», ilustración de William Ely Hill.

Abigail y Josué, un amor homoparonímico

Abigail ansiaba abrazar a Josué. Su amor la abrasaba hasta la obsesión.

—Dios mío, haz que venga a mi alcoba —suplicaba a gritos la enamorada.

Pero Josué, que era un as de la seducción, prefería escaparse de ella por semanas.

Abigail insistía más de cien veces en sus llamadas. Ella sentía que su sien derecha iba a reventar.

—Estoy en la cima de mi amor —volvía decir para sí Abigail—, yo siento que esta pasión proviene de una sima profunda, de un magma incandescente.

Como no le dio resultado tal recurso, recordó el ejemplo de la fiel Penélope y empezó por las noches a coser un tejido interminable. Y tanto se entregó a esta labor que dejó de cocer sus alimentos.

Cuando ya había perdido toda esperanza, un día apareció Josué. Su presencia la dejó extática. Y así, quieta, estática, en el umbral de la puerta le expresó este reproche:

—He estado grave, enferma del alma. Y no veo que tu mente grabe lo que te digo.         

Josué se mantuvo en silencio.

—Si me has visto con un rebozo es para evitar que veas mis labios, porque mi amor ya rebosa la copa.

Josué se dedicó a escuchar el balido de las ovejas lejanas.

—Mi amor por ti será válido en cualquier tiempo.

Josué se detuvo a observar el menudo vello de los brazos de la mujer. Ella volvió a atacarle:

—No hay nada bello para ti en este amor, nada…

—Vaya, vaya… —respondió Josué como para salir de aquella cárcel de palabras.

La mujer sintió ira. Vio tras la valla de su jardín las flores secas e interpretó eso como un mal presagio.

—No cabe duda de mi amor, pero yo misma cavé mi infortunio.

—Mi amor me ha cegado —continúo Abigail— y tus continuos desaires han segado mi ilusión.

A Josué le parecieron hermosas aquellas palabras.

—Por lo que veo para ti ya no soy más que un desecho afectivo —dijo sollozando Abigail.

—Yo nada he deshecho, nada —replicó Josué a manera de disculpa.

—Este amor, como dice en el Cantar de los Cantares, quedará grabado en mi pecho, a pesar de los muchos gravámenes que he tenido que pagar por tu displicencia. Yo he arrostrado esos desaires sin decir nada, a pesar de las muchas ocasiones en la que has arrastrado mi alma sin ninguna compasión.

Abigail continuó. Estaba embelesada.

—Cada ausencia tuya machucaba mi corazón, y tus continuos desaires machacaban mis esperanzas. La hacían trizas. Yo estaba, como una mártir, en oblación permanente. Y por más que ansiaba una llamada o una carta tuya, esas pequeñas abluciones refrescantes jamás llegaron. Qué oquedad padecía y qué hosquedad la tuya, cuánto perjuicio me hiciste, quizá por tus prejuicios o tus aprensiones. Josué, prescríbeme la medicina para olvidarte o proscríbeme al lugar más remoto donde están los condenados del olvido. Provéeme alguna medicina si ya puedes prever nuestro desenlace. Perdóname por recavar en este sentimiento, pero no me cansaré de decírtelo hasta recabar mi propósito. Sé que mis palabras sonarán poco salubres en este momento, pero prefiero eso, a seguir manteniendo esa sensación salobre en mi boca. No pretendo con esto que te digo trastrocar lo que eres, ni menos pedirte trastocar la manera como vives. Perdóname, otra vez. Si puedes absolver mis faltas, me sentiré agradecida; de lo contrario tendré que, como una sedienta esponja, absorber mi propia amargura.

Josué pensó que ese largo discurso de Abigail era una perfecta invectiva, como las de Demóstenes, y que se requería bastante inventiva para decirla de manera improvisada.

—Yo he tenido la mejor actitud —dijo Josué, suavemente.

Abigail, más serena, le contestó con un tono de dolorosa aceptación:

—A lo mejor… pero tal vez no tengas la aptitud de amar abandonándote.

—Entonces, déjame abjurar del modo como te he amado…

—Ya quisiera yo hacer eso posible —respondió Abigail—, pero no soy una maga que pueda adjurar tus sentimientos.

Hubo un largo silencio. Las miradas dejaron de encontrarse. Josué se levantó del sillón y salió de la habitación, alejándose poco a poco. Al pasar por el jardín percibió el espirar dulce de las rosas, mientras que, adentro de la casa, Abigail sentía que su corazón había expirado.

Las guacharacas incendiarias

30 lunes Ene 2023

Posted by Fernando Vásquez in Fábulas

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El odio entre los animales de la sabana iba en aumento. Ya no era solo por la comida, sino manifestado en agresiones verbales que se multiplicaban cada día.

—Estamos hartos de que los elefantes vengan a ensuciar nuestras charcas —arengaba un hipopótamo a sus compañeros de manada.

—Debería ser un delito el que los hipopótamos infecten nuestra agua con sus excrementos —murmuraban los elefantes.

Las guacharacas, apenas escuchaban tales afirmaciones, se apresuraban a divulgarlas con estridente voz.

—Tenemos la exclusiva —chachalaqueaban—: Los elefantes andan en negociaciones con los cocodrilos para acabar con los hipopótamos.

—Y una fuente muy importante nos ha contado que los hipopótamos se han vuelto traficantes de marfil.

Con sus bufandas de color rojo encendido y sus medias rosadas, las guacharacas iban de árbol en árbol amplificando y repitiendo toda la mañana esta noticia. Al otro día, aunque los actores eran distintos, ellas se mantenían en su letanía alarmista:

—Hay un choque de trenes entre carnívoros y carroñeros —exclamaban con su chillona voz.

Con el pasar del tiempo los animales empezaron a creer y repetir que toda la sabana estaba polarizada y que, de seguir así, una guerra era inminente.

El león se enteró de este rumor y, muy rápidamente, conformó una comisión de alto vuelo para indagar la causa de este mal ambiente. El águila, la cigüeña y un flamenco integraban el grupo. Después de una semana presentaron al león sus hallazgos:

—Eso se debe a la sequía, que exacerba los ánimos —dijo el águila, después de otear todo el territorio.

—La causa de este malestar es la sobrepoblación —explicó la cigüeña—. La sabana no aguanta un animal más, y por ese apretujamiento hay tantos conflictos.

—Para mí el motivo está en las migraciones —y lo sé por experiencia propia, afirmó el flamenco—. Los inmigrantes causan muchos problemas.

El león oyó con atención a todos los miembros de la comisión. Les agradeció y se encerró a meditar en su despacho.

De regreso a su guarida le comentó a su esposa lo sucedido. Ella lo escuchó mientras atendía a tres de sus cachorros. Una vez que el león terminó de hablar y, como si fuera algo obvio para ella, le comentó:

—No creo que sea por ninguna de esas razones.

El león la miró intrigado.

—Eso se debe a la bulla que hacen las guacharacas.

—¿Esas pajarracas estridentes?

—Sí. Ellas son las que torean el avispero. Repiten y repiten cualquier pequeño incidente de dos animales hasta volverlo un problema de todos. Cogen una chispita y la vuelven un incendio

—¿Y por qué dices esas cosas?

— Las cazadoras sabemos cómo alcanzar nuestras víctimas.

Al león no le pareció desacertado el comentario de su mujer. Habló de otros asuntos cotidianos y dejó que sus hijos jugaran unos largos minutos con su melena.

Al otro día, a primera hora, el león convocó a las guacharacas a su palacio. Cuando llegaron exhibiendo sus medias rosadas y sus bufandas de color rojo encendido, les expuso los pormenores del ambiente conflictivo que se vivía en la sabana y que las invitaba a contribuir a mejorar la situación.

—Nos sorprende que nos diga esas cosas —replicó altanera una de las guacharacas.

El león, mirando de reojo las flacas patas de las aves con esas vistosas medias rosadas, siguió hablándoles:

—No podemos permitir que se pierda la concordia y la paz en la sabana.

—Eso es lo que hacemos todos los días —repuso una guacharaca que cargaba una cartera muy costosa.

—Las invito a calmar los ánimos. Ya es suficiente con la sequía que nos agobia —terminó diciéndoles el león.

Apenas abandonaron el palacio, las guacharacas volaron hasta el primer árbol que encontraron. Estaban muy molestas, ofendidas desde la cabeza hasta la cola.

—¡El alto gobierno quiere amordazar la libertad de expresión…!

Y en ese chachalaqueo estuvieron todo el resto de la mañana, prosiguieron en la tarde y siguieron hasta el inicio de la noche.

Ese mismo día, cuando el león regresó a su guarida y la leona le comentó del rumor que ahora estaban diciendo a los cuatro vientos las guacharacas, le hizo a su mujer una sesuda confesión:

—Tal vez el problema no sea únicamente por las guacharacas, sino por los animales crédulos y lenguaraces de la sabana.

Hizo una pausa y terminó su reflexión:

—Si cada animal creyera la mitad de lo que le comentan y callara la mitad de lo que le dicen, sería más fácil convivir en paz.

La leona miró a su marido de reojo y le pareció que los años lo iban volviendo más sabio. Se rescostó a su lado, en silencio, para observar el rojo atardecer en la sabana.

Fábulas para reflexionar

22 domingo Ene 2023

Posted by Fernando Vásquez in Fábulas

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El pavo real y el búho

Uno de los primeros en adquirir celular fue el pavo real. El mismo día que lo consiguió no paraba de tomarse selfies a cada minuto. Se fotografiaba al lado de las gallinas más cenicientas, otras con la finca del dueño al fondo y, en la mayoría, exhibía su colorida y enorme cola en diversos ángulos.

Durante varias semanas el pavo real estuvo presumiendo de su nuevo juguete. Varios patos y gallinetas halagaron el dichoso celular y unas cotorras envidiaron la suerte de tener a la mano esa maravilla tecnológica.

El único que no se inmutaba era el búho. Trepado en una rama de pino observaba con sus grandes ojos lo que ocurría a su alrededor. Al pavo real le pareció curioso tal comportamiento y se acercó al árbol mostrando el aparato reluciente.

—¿Y a usted no le interesa mucho tomarse fotos?

—No —repuso el búho de manera despreocupada.

—¿Por asuntos de belleza? —preguntó con ironía el pavo real.

—No. Por prevención y pudor…

El pavo real no entendió muy bien la respuesta y prefirió seguir fotografiándose esta vez en compañía de unos cerdos al lado de la porqueriza.

El búho continuó contemplando la escena. Se acomodó mejor en la rama del árbol mientras decía para sí: “Lástima que esos aparatos no saquen fotos de lo que la gente tiene adentro de su cabeza”.

El arma más letal

Varios animales se juntaron de manera espontánea para conversar sobre la mejor estrategia de cacería.

—La mejor arma para matar —dijo el león— son unos colmillos largos y cortantes.

—No —replicó el tigre—, no hay como unas garras bien afiladas.

Las hienas permanecían a unos pasos y en silencio, observando atentamente aquella conversación.

—Yo pienso que el veneno es lo más efectivo —argumentó una cobra, alzando amenazante su cabeza.

—¿Y dónde me dejan la eficacia de la velocidad? —interpeló al grupo un atlético guepardo.

Las hienas se sonreían, como si conocieran algo secreto para la concurrencia. Entonces el rey de la selva se digirió a ellas, increpándolas de manera desafiante:

—Y ustedes, señoras, ¿qué piensan al respecto?

Una de las hienas se acercó al grupo y, con un tono de voz que parecía un gruñido musitado, les hizo la siguiente confesión:

—Nada hay más cortante, más rápido y más venenoso que la baba pudridora de la mentira y la murmuración.

Los animales miraron a las hienas con cierto asombro y, poco a poco, fueron disolviendo la reunión.

Ilustración de Pawel Kucynski

Los buitres, las palomas y la paz

Las palomas insistían en que la paz era fundamental para lograr vivir mejor en toda la comarca.

—Así cada quien está tranquilo y podemos todos ser felices.

Los buitres escuchaban los argumentos de las palomas. El rey gallinazo, a sabiendas del riesgo de esa propuesta para su bienestar, replicó:

—Esos son ideales muy loables…

Las palomas sintieron los ojos amarillos de los buitres sobre sus espaldas.

—Más que loables, necesarios. Miren la cantidad de ciervos muertos aquí y allá en los últimos meses.

El gallinazo alargó el cuello, batió las alas y respondió no sin dejar de mirar a las palomas.

—Por lo que sé, y comprobé con mis certero olfato, eso fue a causa de una peste.

—Nosotras sabemos que no fue por eso —replicó la paloma mirando a lado y lado.

Los buitres callaron. Después se alejaron de las palomas y empezaron a correr para levantar el vuelo.

Mientras ascendían, buscando la mejor corriente de aire, hablaban de que tales propuestas eran las que estaban acabando con sus hermanos.

—Las palomas no entienden que sin la guerra estaríamos acabados.

Y el calvo rey gallinazo graznó con tono sentencioso:

—De carroña vivimos y por la carroña mantenemos nuestro trabajo.

 

Nuevos relatos cortos (3)

17 martes Ene 2023

Posted by Fernando Vásquez in Cuentos

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Ilustración de Craig Frazier.

Heráclito y el río

Heráclito, desnudo, se bañaba en un río. Entre cantos y letanías para sus dioses protectores, jugaba con el agua corrientosa que acariciaba sus piernas. Se sentía a gusto entre aquel húmedo elemento.

El agua que rozaba su cuerpo continuaba su recorrido hasta perderse de vista. Descendía por montañas, se descolgaba por entre rocas y se alargaba serpenteando en las llanuras. El sol, mientras tanto, calentaba las aguas de aquel río siguiendo su curso. El agua del río sufría entonces un cambio imperceptible; se iba evaporando hasta condensarse en nubes, para luego caer de nuevo en forma de lluvia.

Heráclito, friccionando su espalda con una esponja, recibió nuevamente la caricia del agua, esta vez en forma de lluvia leve y continua. Reflexivamente dijo para sí:

—Estaba equivocado: me he bañado dos veces en el mismo río.

Idit

Mi marido empezó a correr como loco. Vociferaba, maldecía, miraba a todos lados, alertándonos del peligro inminente:

—Es el fuego divino, el fuego que arrasará a este pueblo pecador.

Yo no entendía bien lo que pasaba, pero supuse que era algo grave lo que se avecinaba porque el calor me sofocaba y el humo parecía asfixiarme.

—Cojan lo más necesario y no miren hacia atrás —gritó.

—Corran lo más que puedan —dijo con voz angustiosa.

Yo quería sacar mis perfumes, mis vestidos predilectos, el collar de nácar que él me había regalado cuando nos casamos, y por eso me demoré más que los otros miembros de la familia. A empellones metí lo que pude en un saco y en medio del gentío empecé a correr hacia donde parecía que estaba el camino de la salvación.

De pronto, me pareció escuchar detrás de mí la voz de mi esposo:

—No quedará piedra sobre piedra…

Pero cuando giré la cabeza para comprobar si era en realidad mi esposo el que hablaba, sentí que el cuello no me obedecía y un sabor de arena se confundía con mi espesa saliva. De pronto mis ojos comenzaron a ponerse pesados y mi respiración se hizo imposible.

Con mi último acto de lucidez recordé mi nombre: Idit, esposa de Lot. 

El desvelo

Por las noches la desvelaba el recuerdo de él. Durante largas horas se reacomodaba por todos los lugares de su lecho, sin conciliar el sueño. Así transcurría la mayor parte de sus días. Era una enfermedad que se apoderaba de su cuerpo, haciéndolo incapaz de aceptar el descanso. La culpa la tenía él: por ser tan etéreo, tan fugaz. Pero la mayor parte de la culpa —volvía y reflexionaba— era de ella, por aceptar en su vida ese amor vaporoso.

Desesperada, decidió comentarle a su intermitente amor aquella penosa situación. Él la escuchó extasiado, como si saboreara cada parte de la anécdota, cada largo suspiro, cada exclamación de agotamiento. Parecía no importarle, pero le agradaba profundamente saberlo. Las lágrimas asomaron discretamente a los ojos de ella. Él no les prestó mayor importancia a esas lágrimas y continuó escudriñando los pormenores de aquella historia de insomnio.

Pasado aquel encuentro vino la noche y, con ella, el desvelo. El cuarto de la mujer se convirtió en una celda. Esperaba otra vez el tormento nocturno. Pero, esa noche, pudo conciliar el sueño. Durmió plácidamente hasta altas horas de la mañana, sin aquel temor que la había acompañado.

Quiso comentarle al hombre fugaz el maravilloso suceso, pero prefirió callar. Comprendió que la felicidad de él consistía en saberse verdugo permanente de su vigilia nocturna. Y supo también que no podía amarlo como antes, porque sus desvelos ya no eran de él, sino del sueño. Y eso, a pesar suyo, le producía una infinita tristeza.

Amargura caudalosa

No soportaba verlo llorar. Ahí, de pie, tratando de mantener el equilibrio, como un niño de 70 años, apenas aguantando el dolor, ayudándose con la morfina de una pastilla cada cuatro horas, el viejo le hablaba a su hijo:

—Es que no aguanto el dolor en toda esta pierna.

El hombre menor, de unos 44 años, le servía de lazarillo a su padre. Vertió agua de una jarra en un vaso y se lo pasó al padre para que la mano raquítica ingiriera el medicamento.

—Anoche, como no veo bien —dijo el viejo—, pensé que el vaso estaba bocabajo, y no; se me regó toda el agua.

El hijo levantó la mirada hasta encontrarse con el cuerpo apaleado de su padre. Lo vio más flaco, más enjuto. Hasta pensó que era un poco más pequeño.

—¿Otro poquito?

—No, mijo.

El viejo estaba agotado. Desde hacía un mes había empeorado. El cáncer iba a toda prisa, corriendo, saltando de hueso en hueso, de la espalda a la pierna, del tobillo al antebrazo. Ya nada podía hacerse para controlar su alocado juego de golosa mortal; y el viejo cada día iba perdiendo movilidad, lozanía, brillo en sus ojos. Ya no salía al frente de su casa a comprar el periódico; ya no podía ir a cobrar su pensión; ya no caminaba por el primer piso.

—Vamos a tener que hacer como un mesón, acá arriba, para colocar los platos.

El viejo soñaba el espacio para un mueble entre el televisor y la puerta de su dormitorio.

—Ya no puedo bajar las escaleras.

—Más bien compremos una mesita, de esas altas —dijo el hijo.

—Sí, yo las conozco.

El viejo dejó el vaso sobre la mesa del televisor y salió hacia el cuarto de baño. Iba como renqueando, como si fuera una presa herida por el tiempo. El hijo se quedó contemplando el diseño del futuro mueble; luego salió de la habitación y se encaminó a buscar su comida.

Bajó por la misma escalera que su padre había escalado tantos años, recorrió el mismo piso de madera por donde el viejo había caminado y se ubicó en el comedor circular cerca al puesto en el que su padre acostumbraba sentarse.

Miró a su alrededor y vio sobre uno de los asientos dos cojines de goma que, como si fueran salvavidas, servían de soporte para que la cadera del viejo no tocara la madera. Alzó la mirada y no pudo evitar pensar en aquellos últimos días. Recordó a su padre tendido en la cama, echado, acompañado por el transistor y la voz de Américo Rivera leyendo las noticias del mediodía. Lo vio con un pañal, como un ridículo bebé triste y tambaleante. Lo vio también intentando levantarse de la cama y necesitando de una mano que pudiera impulsarle la cabeza, así como a los niños. Lo vio igualmente vomitando, regurgitando el poco alimento que ya su organismo se negaba a recibir.

Lo vio con la barba crecida y con unas ojeras tan extrañas, como si ya el viejo estuviera aprendiendo a mirar desde otro mundo.

El hijo se tomó sorbo a sorbo la crema de tomate y mordisqueo una arepa. Su mente no estaba en el plato ni en la comida.

—¿Quiere algo más? —le preguntó la madre, acercándose despacio hasta la mesa.

—No, así está bien.

Ese día había llovido con tenacidad, con la fuerza de las lluvias de abril. El hijo acompañó a la madre a lavar los platos; la mujer complementó su labor con palabras cotidianas, con anécdotas de la enfermedad del viejo.

—Ha vomitado mucho esta tarde. Ya el cuerpo no le acepta nada.

Después el hijo y la madre subieron de nuevo a la habitación del enfermo. Lo hicieron en silencio, para evitar que se desbordara la caudalosa amargura de sus corazones.

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