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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Cartas

Carta a un educador interesado en la lectura crítica

06 sábado Abr 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas, LECTURA, OFICIO DOCENTE

≈ 9 comentarios

Ilustración de Aristides Hernández Guerrero (Ares).

Estimado colega,

Además de reiterarte mi saludo fraterno y mis buenos deseos para que todo vaya muy bien en tu cotidiano oficio de enseñar, quiero apoyarme en este medio de comunicación para responderte algunas inquietudes que me hiciste vía chat en los pasados días. Mi objetivo, entonces, en los párrafos que siguen es ofrecerte algunos consejos sobre hacer lectura crítica en el aula; recomendaciones que, por supuesto, sabrás adecuar, ajustar o dosificar según el contexto y las particularidades de tus estudiantes.

Empezaré por recordarte dos cosas que sirven de trasfondo a mis sugerencias. La primera de ellas es que la lectura crítica hace parte de las concreciones del llamado pensamiento crítico, asunto que deberíamos tomarnos más en serio en las aulas de todos los grados escolares y todos los niveles educativos. Me refiero a un tipo de pensamiento que nos habilita para comparar y contrastar información, clarificar y resolver problemas, examinar argumentos e interpretar textos. El otro asunto es que la lectura crítica se inscribe dentro de las posturas filosóficas conocidas como “escuelas de la sospecha”; es decir, de un modo de leer en el que los mensajes o las explicaciones del mundo o de la vida, no son asumidos pasivamente, sino que se los somete a análisis y deliberación, a un agudo y atento escrutinio que conduce a ver sus fisuras o contradicciones, a rastrear su origen y sus contextos, y a tomar una postura frente a lo leído.

Dicho esto, puedo ahora sí, avanzar en mis recomendaciones. Comenzaré, entonces, invitándote a que, cuando pongas una lectura a tus estudiantes no te conformes con escribirle encima de la primera página una referencia bibliográfica. Si tu intención es formar a los estudiantes en lectura crítica no puedes “dejar fotocopias huérfanas” o enviar un PDF que no incluyan la portada (con sus solapas), la página legal y la tabla de contenido. Todo esto es clave para que lector novato empiece a ver la relación entre la parte y el todo de un texto, asunto sobre el que volveré más adelante. Pero no solamente se trata de agregar estas otras hojas, sino de enseñar a leer en el aula las tablas de contenido (esa carta de navegación textual), invitando a los estudiantes a inferir cuál puede la temática del libro, cuál el vínculo entre la lectura en cuestión y los otros textos que la acompañan. De igual modo, las solapas ofrecen información relevante sobre el autor y sobre el mismo libro.

Antes de seguir, ya te habrás dado cuenta de que la lectura crítica supone una adecuación de los materiales que entregamos a los estudiantes. Hay que editarlos para que cumplan una intencionalidad formativa, sabiendo seleccionar la mejor edición (o traducción), escaneándolos si fuera necesario y haciendo visibles los aspectos que están en los créditos o página legal.

Una segunda estrategia, que seguramente empleas, es la de formular o entregar un listado de preguntas orientadoras que le sirvan a los estudiantes de pistas para la lectura del texto. Dichas preguntas no operan como un dispositivo de evaluación, sino más bien como indicios claves para adentrarse en el documento mirando, por ejemplo, relaciones no evidentes, datos reveladores, recurrencias que permitan evidenciar una postura ideológica, términos medulares de un planteamiento. El listado de preguntas son un abrebocas a lo que luego podrá desarrollarse en clase, una manera de enriquecer la discusión grupal o un bagaje de referentes importantes para los estudiantes que dará mayor sentido a la exposición del maestro.

Otro recurso clave es invitar a los estudiantes a que se familiaricen con el autor y, muy especialmente, con el contexto en que se escribió o publicó el documento. Se puede sugerir buscar entrevistas, escritas o en video, encontrar testimonios de colegas o estudiosos del personaje en cuestión.  Profundizar en el autor ayuda a descubrir si hay intencionalidades implícitas en la obra que nos ocupa, respuestas estéticas a motivaciones personales, vínculos con incidentes críticos de origen biográfico. De igual modo, es importante analizar comparativamente el telón histórico de fondo del texto en cuestión tanto a nivel nacional e internacional, detectando movimientos sociales relevantes, hitos culturales significativos o eventos políticos de gran repercusión. Tales actividades son importantes porque al hacer lectura crítica es fundamental poner el texto a dialogar con el contexto.

Aunque podría comentarte otras estrategias me quiero centrar ahora en el trabajo de aula. Lo ideal es que todos los estudiantes tengan a la mano el documento, ojalá impreso, y cuenten con útiles como marcadores de diferente color, notas adhesivas y hojas para escribir. Lo primero es hacer una mirada de ave para descubrir las marcas relevantes en el texto: ¿tiene subtítulos?, ¿hay notas a pie de página?, ¿aporta alguna bibliografía? Vale la pena en este momento recomendarles que hagan una tabla de contenido del texto o que detallen y saquen aparte su macroestructura. Te comento esto porque un error muy común de los lectores noveles es lanzarse como topos a devorar los párrafos, pero sin apreciar el conjunto. En algunas ocasiones, los textos tienen una introducción que sirve de orientación al lector o presentan un resumen al final en el que resaltan sus aspectos esenciales. Como ya podrás haberte dado cuenta, la lectura crítica es una actividad atenta sobre el intratexto, sobre las relaciones entre sus partes y el conjunto. Y también sobre los intertextos que le sirven de referencia o fundamento.

Enseguida, es muy útil –para facilitar la labor de análisis y discusión posterior sobre el texto– indicarles a los estudiantes la importancia de numerar los párrafos e invitarlos a utilizar las técnicas del subrayado de ideas fuerza, de redactar glosas al margen, de elaborar resúmenes al final de los capítulos o de diseñar mapas de ideas. Si no hacemos tales actividades y los ejercitamos en estos recursos para discriminar la información, no podrán percatarse de los detalles que están sugeridos o permanecen implícitos; tampoco detectarán las recurrencias o la línea argumental de un planteamiento y mucho menos advertirán el entramado de los significados o los intersticios que hay en cualquier tipo de mensaje. Salta a la vista, estimado colega, que la lectura crítica es una labor de identificación y sospecha sobre los enunciados, de profundización y relectura del contenido, de fijarse en lo dicho, pero también en lo tácito en cada apartado, de enfocarse en determinados términos y descubrir sus redes semánticas.

Desde luego, la lectura crítica cobra más resonancia cuando llega el momento de la discusión en la clase. Terminada la actividad de trabajo sobre el análisis pormenorizado del texto, teniendo a la mano las notas y las diversas marcas hechas sobre él, con esas herramientas a la mano, se puede iniciar la conversación o el debate. Aquí es prioritario que el profesor diseñe un guion para dicha actividad. La misma discusión en clase debe ser un ejemplo didáctico de cómo hacer lectura crítica. Por tal motivo, el educador tendrá que haber preparado también su lectura, llevarla al aula, compartirla a la par que va abriendo los turnos para la conversación. Seguramente el poseerá una mejor información sobre el autor y el contexto del documento, podrá compartir presentaciones que haya preparado sobre este punto y leerá lo que haya escrito como derivación de su lectura. Te subrayo esto último: la lectura crítica supone que el maestro muestre las evidencias de su encuentro con el texto; no basta con que haga comentarios generales o dirija una actividad de participación grupal. Una clase centrada en lectura crítica no puede improvisarse como tampoco reducirse a preguntas del tipo: “¿qué fue lo que más les gustó del texto?”. El uso de preguntas estratégicas, el resaltado de ciertas ideas textuales, el ejercicio continuado de inferencias, todo ello contribuye a crear un clima idóneo para la lectura crítica. Por lo mismo, el guion que orientará el debate grupal deberá al menos tener estos cinco momentos: el autor, el contexto, el intratexto, los intertextos y la conclusión crítica.

Terminada la sesión de clase, ya sea como producto evaluativo o resultado final de la lectura crítica de un texto, se podrá solicitar a los estudiantes que realicen un trabajo escrito. Sugiero, en particular, pedir miniensayos porque esta tipología textual es idónea para fomentar el juicio personal a partir de una tesis soportada con argumentos. Las características del miniensayo obligan a que el aprendiz “ordene la cabeza”, asuma una postura frente a lo leído y tenga que volver a revisar el documento con un interés puntual. No sobra decirte que la lectura crítica se cimienta y rinde sus mejores frutos a partir de la relectura. O también cabe solicitar una reseña o un comentario, siempre y cuando cumplan dos condiciones: analizar pormenorizadamente el texto y presentar una valoración crítica. En todo caso, la idea de estas tareas es recomponer de manera comprensiva lo que se analizado parte a parte. La lectura crítica se hace más contundente cuando, de manera cohesionada y coherente, se muestran por escrito las razones que permiten tomar una postura para interpretar con suficiencia las entretelas o niveles de significado de un mensaje.

Sé que varias cosas que te he mencionado antes merecen una mayor explicación, pero si deseas profundizar en ellas puedes ampliarlas en mi libro Vías y sentidos de la lectura, que te invito a explorar. En esta obra hallarás reflexiones y ejemplos que he validado con mis estudiantes a la par que bibliografía que te será de utilidad. De igual modo, vale la pena consultar el texto de Daniel Cassany, Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea, en el que desarrolla y muestra ejercicios de lectura crítica, enmarcados en su triple propuesta: leer las líneas, leer entre líneas, leer detrás de las líneas. Te recomiendo especialmente mirar el apartado, “Leer la ideología”, en el que enumera 22 técnicas para fomentar la comprensión crítica de un texto agrupadas en tres aspectos: el mundo del autor, el análisis del género discursivo y el análisis de las posibles interpretaciones del texto. Y si quieres conocer un puñado de experiencias concretas para el aula te recomiendo el libro La lectura crítica. Propuestas para el aula derivadas de investigación educativa, publicado por la Universidad De la Salle, cuyos autores son estudiantes de la maestría en Docencia y las editoras las tutoras Ruth Milena Páez y Gloria Marlén Rondón. En esta obra se muestran ejemplos de lectura crítica de artículos de opinión, del anuncio publicitario, de la ciudad, de la novela urbana o de páginas de internet, entre otros. El libro ofrece ideas relevantes para la formación de lectores críticos.

No quisiera terminar esta misiva sin subrayar dos intencionalidades que están en la base de la lectura crítica. La primera es de orden académico o asociada al desarrollo cognitivo de los estudiantes: se trata de ayudarles a tomar distancia comprensiva de los mensajes que reciben, de que no consuman la información circulante sin procesarla, de que sospechen y pongan el filtro de la duda sobre las “verdades” generalizadas; de que sepan que detrás de los discursos hay intereses, artificios de manipulación, agendas de poder para hacerlos creíbles. La segunda intencionalidad tiene un acento ético: y es la de valernos de la lectura crítica para formar el carácter de las nuevas generaciones con el propósito de que sean capaces de disentir, de asumir una voz personal no plegada a la “tendencia” de la mayoría, que tengan el valor moral para reprobar en los medios masivos dónde la información se disfraza de opinión tendenciosa, develar en los discursos una flagrante mentira o reconocer en los runrunes de la opinión pública su soterrada intención de arrastrarnos al fanatismo y la intolerancia.

Confío en que esta carta te anime a incorporar la lectura crítica en tu quehacer docente, independientemente del área en que te desempeñes. O al menos que mis consejos enriquezcan lo que has venido haciendo. Estoy convencido de que, frente al mundo globalizado y veloz en el que estamos, plagado de falsas noticias y zarandeado por el manejo emocional de las redes sociales, los educadores debemos responder enseñando a los estudiantes los recursos y la suspicacia de la lectura crítica.

Las cartas: otro tipo de diálogo

06 lunes Mar 2023

Posted by Fernando Vásquez in Cartas

≈ 6 comentarios

Ilustración de Christian Schloe.

Las cartas fueron y son otra manera de hablar. Otro tipo de diálogo. Una carta es un intento de presencialidad, un apetito de mano, un anhelo de ser o conquistar un abrazo… desde la lejanía del papel.

Desde luego, una carta también es un acto de confidencia. Otra forma de desnudez. En una carta uno coloca lo “más suyo”, lo “más propio” y esto con el fin de que el destinatario sepa que lo que tiene entre las manos no es una hoja, sino un rostro; no la inmovilidad de la letra, sino el gesto sanguíneo de una vida. Uno cuenta cosas muy suyas en las cartas. De ahí por qué se insista tanto en la inviolabilidad de la correspondencia; no por el mensaje en sí de las cartas, sino por el tono, por el tinte personal que se le imprime a este tipo de escritura. Uno es uno en sus cartas.

Hay un acto de hondo descubrimiento al momento de leer las cartas, y también cuando se las escribe. Doble develación: de una parte, para el que lanza la señal; de otra, para el que la interpreta. Es como un juego o intercambio de símbolos, un canje de señales que alberga otra posibilidad: la de volver a atrás para repetir el diálogo. Al releer una carta reiniciamos algo ya perdido. Es una especie de renacimiento de la comunicación.

Además, las cartas representan un momento de meditación. No escribe uno cualquier cosa, sino algo específico que quiere dar a conocer. Eso y nada más. A diferencia de la charla espontánea, inmediata, oral, las cartas manejan un tono meditado, pensado, de reflexión. Es que las cartas brotan en soledad, salen de una concentración de la interioridad. Son como un flujo a tanta agua represada, son como un canal a tanto fuego subterráneo. La soledad es buena porque nos ayuda a reconocernos —ese fue uno de los consejos supremos de Rainer María Rilke a los jóvenes poetas—; la soledad resulta provechosa porque nos confronta, porque nos hace reflexionar o, sencillamente, porque nos avienta a la contundente realidad de nuestras carencias.

Los que escribían y escriben cartas se esperanzan en que al leer esas letras los destinatarios logren despertar las voces de su memoria y acepten el trueque que demanda una pronta contestación.

A Jorge

Jorge, amigo.

He sabido de tu enfermedad. Lo supe por Álvaro. Me lo dijo con lentitud, con un tono de fraterna preocupación; lo escuché angustiado. Siempre hay incertidumbre cuando se pronuncia el nombre de la enfermedad. Acordamos ir a visitarte. Y nos despedimos con la certeza de estar contigo la próxima semana. Para estar juntos como en los viejos tiempos compartiendo anécdotas y proyectos. No será en los mismos lugares. No en la casa del barrio Estrada, ni en el patio del colegio Carrasquilla, ni en departamento del Bosque Popular. Será otro sitio el que ahora nos reunirá: una clínica. Sin embargo, amigo, ahí estaremos contigo. Quizá no sepamos cómo hablarte, quizá no podamos pronunciar la palabra justa y esperanzadora, pero, eso es seguro, nuestra presencia dirá sin ninguna duda lo mucho que te seguimos apreciando. No será suficiente el tintineo del dolor para opacar nuestro cariño. Nuestros manos y brazos, aunque silenciosos, sonarán más alto desde nuestro silencio.

Y si bien la soledad, la soledad producida por la enfermedad, nos enfrenta a sentimiento de orfandad, estas palabras pretenden hacerte compañía.

Te lo repito: estamos contigo.

Mi querida Alejandra

No. Nuestro amor no debería morir.

Nada deberíamos olvidar: ni el primer encuentro justo en aquella cafetería, al lado del colegio donde estudiabas, ni el primer beso, ni el primer miedo a que mis manos descubrieran tu ingenuidad, ni el vestido negro que elegiste para regalarme tu desnudez total. No deberíamos olvidar tales cosas.

Pero el amor se esfuerza para dejarnos, por entregarnos su herencia de recuerdo, de olvido, de desmemoria. Existe un verso de Luis Cernuda que ha estado acompañándome estos días: “No es el amor quien muere, somos nosotros mismos”. Sí. Es nuestra amargura, nuestro resentimiento, lo que va minando en nosotros esa fuerza del amor. El amor se nos muere, se aleja de nosotros porque ya no tenemos los suficientes anhelos o el suficiente vigor como para sujetarlo a una promesa o a una palabra de eternidad. El amor se no va, se nos aleja, porque somos demasiados torpes para conservar y proteger su radiante luz. A lo mejor dejamos de creer en él y su fanfarria de maravillas y sueños perfectos. O lo convertimos en una especie de fantasma que, en las noches, toma la forma de angustiosas pesadillas.

Tal vez dejamos de creer en imposibles y por eso lo culpamos a él de nuestras flaquezas, nuestros descuidos o nuestros errores. Pero, muy seguramente, si el amor nos abandona, se irá a otros brazos y a otras personas que lo acojan con alegría y se esfuercen para recibirlo con el cuerpo y con el alma.

Alejandra, creo que aún podemos continuar hospedando al amor que hemos mantenido viviendo largo tiempo entre nosotros. Seamos generosos y no permitamos que esa criatura se fugue de nuestros corazones…

A Lina María

Recordada Lina,

Estoy acá, en restaurante familiar, esperando el almuerzo. Acabo de dar dos clases, una sobre las escuelas de la lingüística y otra sobre la lectura simbólica de la novela. Y, en ambas, ha estado presente tú y tu querida Guatemala. He hablado con mis alumnos de tu tierra, de sus gentes, de su religión. Confusión o refundición de tiempos, así he llamado a tu Guatemala.

También he hablado de ti, sin mencionarte.

No sé, aún no me repongo del impacto. Guatemala: colonial, antigua, antiquísima, moderna a empellones, conservadora, oscura, fría, pobre y rica al mismo tiempo. Guatemala: la de las limonadas, la del pollo campero y la de la cerveza gallo. La del cabro y la del venado. Guatemala: los chapines, los volcanes, las lagunas. Guatemala y sus nombres: Chichicastenango, Atitlán, la Tikal conocida tan solo en una mirada de museo. Guatemala: el territorio del tiempo, de los tiempos.

Anoche estuve oyendo la música que me regalaste. La marimba. Triste, viento, viento ululante como el del sur de mi Colombia. Yo sé que un poeta como Aurelio Arturo se habría sentido a plenitud en Guatemala. Y también el gran Arguedas, el José María Arguedas del Perú. La música de marimba los hermana, porque aun cuando quiere ser alegre, guarda en el fondo un tono de dolor. Tu música dice de alguna manera el cristo doloroso. ¡Qué tremendismo en aquellos crucificados!, en las imágenes votivas: sangre que convoca a la oración, al rezo, a la procesión. Cómo no volver a sentir el espacio de lo sagrado, en cada ofrenda de los indígenas de Chichicastenango. Cómo no volver a compartir la religiosidad popular en cada altar familiar, en ese olor que impregna todas las iglesias.

Guatemala, ciudad de los olores. Todo huele a antiguo, a cosa guardada. Es el moho propio de todo lo que no se quiere olvidar. Una forma de permanencia.

Como te habrás dado cuenta al leer esta carta, tu recuerdo se ha vuelto tan grande como tu tierra, como la Guatemala de quetzales de un color verde iridiscente.

Carta a un amigo que desea escribir su primer libro

29 domingo Nov 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Cartas

≈ 8 comentarios

Ilustración de Pawel Kuczsynski.

Estimado amigo,

Me comentaste en nuestra pasada conversación telefónica que deseabas, ahora sí, convertir en realidad el proyecto de escribir tu primer libro. Celebro esa intención y, para organizar mejor lo que te comenté oralmente, voy a valerme de esta carta por ser un género íntimo y muy cercano al diálogo de viva voz.

Una de las cosas que te comentaba, y seguramente lo has vivido en carne propia, es que lanzarse a escribir un libro no es algo que se logre en un impulso, sino más bien es una labor artesanal en la que se va avanzando párrafo a párrafo, página por página, a lo largo de un tiempo considerable. Muchos de los sueños editoriales de los maestros o profesionales de diferente disciplina terminan en fracasos porque se idealiza la tarea de escribir o se espera que, de un momento a otro, aparezca la chispa de la inspiración y eso les permita redactar en pocos días el mayor número de páginas de un libro. Pero, mi estimado amigo, eso no es así. Por el contrario, tienes que comprender que escribir es una labor artesanal en la que se va lentamente puliendo las frases, reorganizando las ideas, seleccionando las palabras, tachando y enmendando lo que redactamos. Sin paciencia y sin disciplina es muy difícil alcanzar la meta de escribir un libro.

Por eso te recomiendo, y espero no haber sido demasiado insistente, abrir un campo en tu agenda o disponer un tiempo para dedicarte a este proyecto. Te sugiero por lo menos dos horas, dos veces a la semana, en las que puedas dedicarte a este propósito. Has de cuenta que tienes una clase o que, en tu cronograma, en esos días y horas debes atender un compromiso muy importante. Si no logras apartar y respetar tales minutos para tu proyecto de escritura, pasarán los años y nunca lograrás convertir en un producto tus más preciados sueños intelectuales. A mí me da resultado hacerlo por las mañanas, además de dedicar la tarde del último día de la semana. Tú podrás organizarte de otra manera, dependiendo de tus compromisos laborales o de tu ritmo vital. Sea como fuere, cumplir esas horas destinadas para tal fin, preservarlas a toda costa en tu cronograma habitual, es como tener un terreno fértil sobre el cual empiezas a cultivar tu primera obra escrita.

Con esa agenda que hace las veces de guardián de tu propósito, empiezas en firme a adelantar tu proyecto. Por lo general, hay dos vías que terminan hacia el final pareciéndose. La primera, es recopilar lo que ya hayas producido durante un tiempo considerable. Mira en tu computador o en tu escritorio de trabajo los textos escritos que has venido produciendo a lo largo de tantos años; no te preocupes en este momento por la calidad o extensión de los mismos. La idea es poner en un solo lugar lo que está desperdigado o refundido entre los cientos de documentos que guardas en tu ordenador o aquellos otros papeles engavetados en algún archivador personal. Esto te podrá llevar varias sesiones de trabajo. No te preocupes; así no lo creas estás en el camino indicado de realizar tu obra. Esa recopilación te ayudará a tener una visión de conjunto y a descubrir qué tan abundante o reducida ha sido tu producción intelectual. Si es copiosa, lo que sigue es tratar de ordenarla por tópicos o por temas y ya con esa agrupación iniciar una lectura atenta de los documentos para ver si los textos aguantan el juicio crítico de los años, si continúan manteniendo alguna calidad o si pueden resultar interesantes para un lector. Recuerda que, en esta etapa, no se trata de ponerte a corregir o complementar minuciosamente cada escrito que encuentres; si así lo haces, terminarás preso de uno de ellos y, perderás la visión de conjunto. El objetivo es más de revisión global, de apreciar la valía de aquellas producciones hechas con anterioridad.

Terminada esa etapa de compilación, selección y agrupación, entras en un segundo momento del proceso: el de corregir lo ya escrito. A veces necesitarás incluir en uno de aquellos textos un párrafo, en otras ocasiones aclarar una idea, incluir una bibliografía o poner un subtítulo para mejorar la comprensión de lo expuesto. Eso depende de las particularidades de cada escrito. En todo caso, no olvides mi recomendación: no te vayas a perder en dichos productos al querer decir todo lo que sabes hoy sobre algo que escribiste en tiempos pretéritos. Para eso tendrás adelante otro momento. Lo que debes tener en mente es que la corrección de tus textos te llevará a descubrir la necesidad de escribir unos nuevos para enriquecer la obra, para completar un vacío dentro del conjunto o para actualizarla, a partir de lo que has cosechado a lo largo de tu experiencia. Son esos nuevos textos a los que debes dedicarte con profundidad en los días o meses siguientes, como si fueran productos para una obra inédita.

La otra vía nace, precisamente, de evidenciar que tienes muy pocos textos escritos en tu haber o que, por la novedad de tu proyecto de libro, hasta ahora van a empezar a redactarse. En este caso, te aconsejo ir tomando notas de lo que lees o piensas, tener a la mano un diario en el que vayas consignando lo que se te va ocurriendo y procurar cada día elaborar así sea un párrafo sobre el proyecto en curso. Te repito que la escritura requiere un ejercicio continuo de nuestra mente y una lenta apropiación de las técnicas que le sirven de fundamento. Así que, si logras incorporar ese hábito, si tu cuerpo no es tu mayor impedimento, irás ganando en el dominio de la palabra escrita. Ponte como meta redactar una página, por lo menos cada semana, sin importar que siga la continuidad lógica de un artículo o un ensayo; revisa lo que escribes el día de hoy en la jornada siguiente y corrígelo con esmero; vuélvete diestro en el dominio de un párrafo, antes de aventurarte a textos de mayor extensión. Documéntate, ve haciendo tus fichas de lectura, transcribe párrafos que te resulten significativos, analiza cómo otros construyen sus escritos. No te enfrasques todavía en las minucias de la corrección idiomática o en esperar el dominio de la puntuación o los vericuetos de la gramática. Lo que cuenta es producir, escribir constantemente, para darte confianza y comprobar cada día que el proyecto de libro avanza. Procura, si eres docente, poner por escrito algo de lo que vas a hablar en tus clases o realiza una síntesis de lo explicado; o si eres un profesional de otras disciplinas, acostúmbrate a redactar los pequeños textos de tus presentaciones con la calidad de un párrafo bien elaborado. En muchos casos, esos textos sirven de motivo para amplificarlos, desarrollarlos más extensamente o son la base para la construcción de artículos de mayor densidad. Te insisto: escribir tu primer libro será más el resultado de pequeñas y constantes acciones de redacción que la intervención de la genialidad o la inspiración de una musa extraordinaria.

No sobra recordarte el aprovisionarte de algunos útiles de escritura que, como irás descubriendo, son de gran ayuda para resolver las dudas o los escollos de la redacción que encontrarás a tu paso. Los diccionarios de uso de la lengua, los de ideas afines, los razonados de sinónimos y contrarios, para mencionar algunos, te ayudarán a ir ampliando tu competencia lexical, serán tutores para escribir mejor y contribuirán a que halles las palabras precisas para expresar tus pensamientos. Ten esas fuentes a la mano, frecuéntalas, revísalas constantemente. Provéete también de una buena reserva de conectores lógicos, esas partículas o bisagras lingüísticas que ayudan a la cohesión y la coherencia entre las ideas; eso te ayudará –como escribí en uno de mis libros– a que tus textos fluyan con facilidad, a que las causas encajen con los efectos y a que las diversas partes de tus escritos se articulen de manera variada y armoniosa. Una cosa más: acostúmbrate a tachar, a corregir cuanto te sea posible cada cosa que escribas; no te aferres soberbiamente a lo que primero que se te venga a la cabeza, ni pienses que el primer borrador ya tiene la forma de un texto publicable. Y si no eres todavía un buen escritor, conviértete ahora en un exigente lector de aquello que produces.

Hay más cosas que deseo compartirte, pero creo que con estas recomendaciones sacadas de mi propia experiencia es suficiente. Lo que deseaba era celebrar tu decisión de empezar a escribir ese libro del que me has hablado en diversos momentos de nuestra larga amistad. Sabes que cuentas con alguien que estará dispuesto a colaborarte en tal propósito. Porque ese es otro punto que mereces tenerlo en cuenta: siempre es aconsejable hallar un conocido, un colega, que lea con sinceridad lo que escribas; esa persona seguramente te ayudará a que tus escritos se comuniquen con más claridad, te servirá de referente para saber el alcance de tus ideas y será un primer público de tus producciones escritas. En este punto, confío en que me consideres digno de leer tus primeros textos.

Un abrazo cordial.

Carta a un futuro lector de poesía

16 domingo Ago 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas, LECTURA

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Etiquetas

Alimentar el espíritu, Antologías de poesía, Leer poesía

André Letria

Ilustración de André Letria.

Estimado amigo,

El hecho de que me hayas compartido tu inquietud de empezar a leer poesía o, como afirmaste, de “aprender a degustar los versos”, ya es un buen indicio de un espíritu sensible a este tipo de escritos. Si la inquietud y la curiosidad se suman a una porosa sensibilidad, lo que deseo comentarte a continuación ya tiene una buena tierra para tus deseos. Y, si como he comprobado, disfrutas de la música, del cine, además de preocuparte por la fragilidad de tus semejantes, te será más fácil y placentero entrar en los rítmicos y concentrados ambientes de la poesía.

Antes de cualquier cosa, déjame decirte que la poesía hay que empezar a degustarla con lentitud. No es un alimento para “atragantarse” o comer a toda prisa. Esto exige un tipo especial de disposición o, si lo prefieres, un estado del espíritu para dejarse “habitar” por un verso, unos términos precisos, una metáfora. Más que leer de afán, la poesía pide a sus lectores la rumia, la relectura, el ir encontrando la melodía oculta tras cada línea de palabras. Es posible que muchos poemas no te digan nada en un inicio o que parezcan demasiado herméticos al entendimiento, pero si vuelves una y otra vez a ellos, si afinas tu escucha interior, seguramente descubrirás el mensaje entreverado entre el bosque de imágenes.

Pero, ¿por dónde comenzar?, te estarás preguntando. Sé que hay muchas vías para llegar a la poesía. A veces es un regalo casual o el encuentro de un libro de versos en una librería que, por simple curiosidad, abriste al azar un poema y hubo como una revelación en aquella corta composición. O puede suceder que alguien habla de un poeta que le fascina, de una obra que admira, y tú, entusiasmado por esos comentarios, buscas el libro para comprobar tal exaltación, aunque al tenerlo entre tus manos descubras que no producen en ti ni las emociones ni el fervor del que hablaba tu amigo. Hasta es posible, aunque eso no es lo común, que en tu mente hayan quedado recuerdos de tus estudios escolares de literatura y quieras seguir indagando en otras obras poéticas de un autor que aprendiste de memoria… Pero, si nada de esto tienes a tu favor, yo te recomiendo adquirir o empezar a leer antologías de poesía. Estos libros recogen un buen número de poetas y una muestra representativa de sus obras. Es como tener en una sola mesa diversidad de platos de diferentes latitudes, con múltiples sazones y variados sabores. Allí podrás catar, degustar, provocarte y decidir después, si lo prefieres, alimentarte leyendo un particular libro de poemas de un poeta. Las antologías son como una galería en la que apreciamos estilos, tendencias, motivos recurrentes, formas y tonalidades reunidas en un solo lugar, y al que podemos acceder con solo abrir una de sus páginas.

Aunque hay preferencias también en esto de las antologías te voy a mencionar algunas de las que, para mi gusto, son un buen principio para adentrarse en la lectura de poesía. La primera es la Antología de la poesía moderna en lengua española, “Laurel”, de editorial Séneca, que luego en su segunda edición fue editada por Trillas, de México. El prólogo de la primera edicición lo hizo el poeta Xavier Villaurrutia y el epílogo de la segunda, Octavio Paz. De esta antología destaco el excelente ojo selectivo de los compiladores y unas notas en las que podrás hallar los títulos de obras de poesía de los autores recopilados que te permitirán profundizar en los poetas de tu mayor interés. La segunda antología, que visito con devoción, es la de José Olivio Jiménez: Antología de la poesía hispanoamericana contemporánea 1914-1970. El compilador y prologuista hace un perfil de cada poeta seleccionado que resulta de gran ayuda para los neófitos en este campo de la lírica. Un tercer libro, si es que deseas enterarte y ponerte en contacto con los grandes poetas universales es la antología de Francisco Rico titulada Mil años de poesía europea de editorial Crítica. Además de presentar datos claves de cada uno de los autores, la antología abarca desde El romancero castellano, pasando por figuras como Dante, Góngora, Milton, Hölderlin, Byron, Keats, Baudelaire, Cavafis, Rilke, Pessoa,  hasta poetisas contemporáneas como Wyslawa Zymborska; contiene variedad de nacioanalidades y, hacia el final, incluye un índice de procedencias de los textos que te será de gran ayuda por si quieres adentrarte en alguno de esos maestros del verso. Me gustaría recomendarte, de igual modo, la Antología de poesía en lengua española (1950-2000), titulada Las ínsulas extrañas, cuyos compiladores son cuatro grandes poetas: Eduardo Milán, Andrés Sánchez Robayna, José Ángel Valente y Blanca Varela. La obra muestra un rigor y mantiene un criterio que avalo y me parece fundamental en obras de este tipo; es decir, en “escoger siempre poemas unitarios” y no fragmentos. Finalmente, y para no hacer demasiado extensa esta misiva, me gustaría sugerirte un libro más. Se trata de la Antología de la poesía colombiana, seleccionada por Rogelio Echavarría y publicada por el Ministerio de Cultura y el Áncora editores. El viaje que propone este volumen te llevará desde los poetas y poemas más conocidos en la lírica colombiana hasta otros autores nacionales del siglo XX.

Lo indicado, entonces, es elegir una de esas antologías, tenerla a la mano y comenzar el ritual que llamo “alimentar el espíritu”. Se trata de sacar un tiempo en tu jornada cotidiana para leer uno de esos poemas, saborearlo con atención y, en lo posible, guardar en la memoria uno o dos versos. Te confieso que llevo muchos años con esta dieta nocturna de poesía y he descubierto que no sólo he nutrido mi alma con exquisitos manjares de cincelada poesía, sino que he notado cómo ese pan de palabras me ha posibilitado educar mi sensibilidad, aguzar mi mirada sobre mi mismo y los demás, volver más dúctil mi mente para establecer relaciones y flexibilizar las aristas de mi temperamento. Desde luego, no es que ese ritual muestre en pocas noches tales beneficios; más bien se trata de ir creando un espacio en tu interioridad para dejar que la poesía repose su vuelo de ave sutil; de que dispongas el corazón –si te resulta más cercana la expresión– para comprender los mensajes de este modo de conocimiento que no prefiere los largos tratados o las argumentaciones interminables, sino más bien la síntesis expresiva, lo alusivo, el reverberar de la connotación y una complicidad hecha de confesiones y testimonios a sotto voce. Todo ello te irá acostumbrando a un modo de comunicación en el que cuenta la música de las palabras, el ritmo entre ellas, a la par que una cuidadosa y tallada organización de las palabras. Si esto haces, te aseguro que con el tiempo irás encontrando un sentido a los poemas que antes te parecía extraño o inasible. De alguna manera, acercarse a la poesía se parece mucho a los escarceos y adivinaciones, a las preguntas ansiosas y los misteriosos silencios que padecemos cuando estamos comenzando una atracción amorosa.

Seguramente,  el ritual de “alimentar el espíritu” con poesía te irá llevando a conocer un poeta que te guste, que haga sintonía con tu espíritu. Cuando ya tengas identificado tal autor, lo que sigue es buscar uno de sus libros y, como supones, mirarlo, releerlo, apreciar sus recurrencias, su modo de concebir un mundo o sus aproximaciones a las múltiples manifestaciones de la condición humana. Y si las antologías te dieron la posibilidad de tener una mirada en extenso de la poesía, ahora, al entrar de lleno en un libro de un poeta específico, lo que obtendrás será profundidad. Podrás, por decirlo así, convivir con ese autor, conocer a fondo las coordenadas de su visión de las personas, la sociedad o el universo. Hasta llegarás a descifrar su tono de enunciación lírica y las marcas que lo diferencian de sus colegas de oficio; tendrás las claves de sus obsesiones, sus búsquedas, sus cuestionamientos o sus propuestas. Es posible que terminado uno de los libros de ese poeta, te resulte tan fascinante que desees adquirir otra de sus obras y proseguir en esa aventura de desciframiento y hondura en sus textos. De igual modo es posible que al comenzar esta pesquisa, leído el libro seleccionado, concluyas que no te produce el mismo efecto o que sientas que no hay unos lazos de filiación con el poemario elegido. No tienes que preocuparte por eso. Lo aconsejable es quedarte con los poemas que más te “llegaron al alma” o esos otros que “conmovieron tu inteligencia”. Los libros de poesía no son un recetario infalible o un menú en el que deben gustarnos todos los platos. Es más: a veces cuando después de un tiempo vuelvas a leerlos, descubrirás poemas que antes te parecían insustanciales y ahora, cobran un interés inusitado. Esto sucede porque la materia prima de la poesía es el hombre mismo, sus angustias, sus esperanzas, sus lamentos y sus júbilos; y por estar hecha de esa sustancia, por tener esa pátina de historia humana, cuando leemos esos poemarios, vamos subrayando los versos que, según nuestra edad, de acuerdo a las experiencias acumuladas, nos parecen tan cerca como para conmovernos hasta la exaltación o nos resultan tan lejanos que ni siquiera nuestros ojos llegan hasta el final de esos textos.

No sobra decirte que cada poema te planteará una estrategia de lectura diferente. Hay poetas que preferirán los versos rimados y otros que manteniendo una música interna usarán el verso libre. Algunos autores acudirán a las formas clásicas, como el soneto, y otros más, crearán su propia manera de decirse o experimentarán en el espacio mismo de la página. Varios de ellos pedirán de ti una inspiración larga y continua para entonar sus versos y, otros, serán tan breves que exigirán de ti una respiración rápida y ligera. Encontrarás poetas cuyos versos se ofrecerán tan claros que te asombrarás de su limpidez o su resplandor, pero de igual modo te hallarás con poemas herméticos, con un simbolismo que pedirá mucho a tu imaginación y te invitarán a husmear en las correspondencias de ese extenso tapiz de la cultura. Habrá poetas que llevarán hasta la cima más gloriosa un tema, una situación, un sentimiento, como también te encontrarás a otros rapsodas que explorarán en distintos tópicos o irán circundando territorios disímiles de la existencia. Es probable que te encuentres con hacedores de versos en los que el humor o la ironía sean su medio de interpelarte como lector, y otros que utilizando un tono profético en sus versos te desacomodarán de tus creencias más aferradas. Tal es la variedad y tal la riqueza de la poesía, como múltiples y plurales son los senderos del arte y, en particular, de la literatura. 

Ahora bien, cuando empieces a leer un poema en concreto te recomiendo seguir esta vía: lees un verso, lo relees, sigues con el siguiente, lo vuelves a leer, sumas el primero y el segundo, y luego continúas con el tercero, repitiendo este avanzar y retroceder por los diferentes apartados del poema. Terminada la última línea, llevas tu mirada hasta la primera y repasas con tus ojos todo el texto. Te preguntarás por qué recomiendo esta manera de lectura; la razón es sencilla: el poema exige de nosotros la conciencia de su estructura, su ritmo y la concatenación entre sus versos. Si no logramos establecer su continuidad nos quedaremos con muñones de palabras o con ciertas imágenes desagregadas del conjunto. O lo que resulta más grave, podemos tergiversar lo que en su esencia es el eje comunicativo del poema. Si no estamos atentos, y más tratándose de la poesía, perderemos la esencia de su concentrado perfume, la contundencia de su cauce expresivo. La reiteración de sus partes, la lectura en voz alta, la búsqueda del tono adecuado para hacerlo resonar en nuestros entendimiento, son los mejores medios para disfrutarla cabalmente. No sobra repetírtelo: la lectura de poesía es una práctica de la lentitud, del disfrute sosegado, de la dilación que permite aflorar la contemplación y el ensimismamiento, del goce que no espera concluir cuanto antes el poema, sino regodearse con la formas sintéticas de las ideas y el encuentro inesparado de las palabras.

Unas reflexiones finales, querido amigo. La lectura de poesía es un modo de cuidarnos, de cultivar el espíritu o de establecer momentos para el diálogo personal. Es una especie de oración laical, de meditación sobre nuestra condición humana, que fue durante siglos un arte valioso y profusamente encendido en las nuevas generaciones por la escuela. En nuestros tiempos, en los que la lógica de la prisa y el afán desmedido por la posesión de cosas nos han ido alejando de la conversación con nosotros mismos, en la que parece banal el cultivo de nuestra interioridad, se ha ido perdiendo o refundiendo este contacto con la poesía. Tú me has escuchado confesarte que hasta la misma escuela ha claudicado en este empeño de convertir a la poesía en una aliada para la formación de las nuevas generaciones en la sensibilidad y el conocimiento de las emociones. Por eso mismo, al escuchar tu interés por adentrarte en la poesía, me he llenado de alegría. Tal vez ese júbilo haya sido el detonante de esta carta, porque sé que al ponerte en contacto con la poesía,  entrarás a una hermandad que aboga por conservar intacto el asombro de los niños, por mantener en alto la magia de las palabras y por enaltecer las secretas relaciones entre la música y el silencio.

Así que, mientras sirvo una copa de vino –porque este licor vino tinto y el canto de la poesía hacen un maridaje perfecto– para celebrar tu ingreso a la fraternidad de amantes de la poesía, te auguro el mejor de los viajes por esta forma literaria en la que se conjugan en contados versos las palabras pulidas, la emoción recordada  y la levedad del pensamiento. ¡Salud!

Carta a un nuevo directivo

27 domingo May 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas

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carátula

Ilustración de Julio Carrión Cueva, «Karry».

Sirvan estas letras para saludarte y celebrar tu nuevo nombramiento. De seguro, el puesto que ahora ocupas, es el resultado o la consecuencia de tu tenacidad, tu talento o el conjunto de variadas habilidades profesionales. Esto ya es de por sí motivo de elogio y admiración.

No obstante, me he atrevido a enviarte esta misiva por la responsabilidad que entraña tu nuevo puesto de mando. Y lo digo, por el número de personas que ahora dependen de tus decisiones. Cada cosa que hagas o que digas tendrá un efecto mayor a las hechas y dichas anteriormente. Así que, amparado en nuestra amistad, he sentido la confianza suficiente para compartirte algunas sugerencias y dejar a tu buen criterio la puesta en práctica de varios consejos.

Lo primero, y este es un asunto que ha sido profusamente recalcado por estudiosos de la política, es que las personas cambian cuando tienen poder en sus manos. Unos, mudan su carácter y su comportamiento; pareciera que desdibujaran su ser para adquirir otra figura, otra forma de comportarse. También hay otros que al tener poder, se vuelven indolentes, arbitrarios, cabalmente insensibles. Es como si ese atributo o ese cargo les hicieran olvidar su esencia, su frágil condición humana, sus aspiraciones y limitaciones. En consecuencia, se tornan inflexibles, autoritarios, implacables en sus dictámenes o en el trato con las personas. Por eso, mi primera advertencia, es que no dejes que ese puesto pervierta lo que eres, que no caigas en la tentación de sentirte tan superior que olvides tu propia condición. Lo mejor, entonces, es entender que ese poder es pasajero, circunstancial, y que tarde que temprano volverás a tu condición esencial, con los tuyos, a seguir el curso normal de tu existencia. Toma ese poder no como un enaltecimiento o cambio de personalidad, sino como otra tarea de las muchas que has tenido a lo largo de tu vida.

Hablando del poder, seguramente ya habrás notado que cuando se tiene algún cargo de mando, aparecen los intrigantes, los chismosos aduladores. Recuerda que esos áulicos que tanto te exaltan y lanzan vítores por ti, son los mismos que luego hablarán mal de tu gestión o propagarán un rumor venenoso. Evita a estos personajes; esos zalameros son mala influencia y crean una energía negativa para tu gestión. Y si algún chisme traen, si una información ponzoñosa sobre alguien te llevan, escúchala con una oreja, pero si tomas una decisión hazlo con la otra. No te confíes. Esos individuos algo ocultan, algo traman. Te recomiendo no promover el rumor; trata de no entrar en esa lógica de las habladurías y el chismorreo que terminan por afectar el clima laboral y la confianza entre un grupo de personas. Otra cosa, no hables mal de las personas que diriges, ni de tus antecesores en el cargo. No trates de enaltecer tu labor embarrando la memoria de los ausentes. Deja que sean tus acciones las que muestren dónde hubo una carencia en el pasado, dónde un desacierto, dónde una falta significativa. No sobra repetírtelo, cuida tus palabras, ellas son el termómetro de tu mismo prestigio.

Conociéndote, sé que ya estarás pensando hacer muchos cambios en tu lugar de trabajo. Eso está bien. Una innovación, si obedece a un análisis sesudo del contexto, seguramente rendirá buenos dividendos. Pero no te apresures a modificar todo, ni desorganices la empresa o institución por el mero capricho de parecer novedoso. Observa primero a aquellos que diriges o gobiernas. Busca aliados entre ese grupo. Escucha a la gente, con mucha atención. Reconoce lo que se ha hecho y retoma varias de las iniciativas que ya llevan un recorrido y merecen continuarse. No perturbes todas las aguas; no rompas lo que funciona bien ni cambies todo el cuadro directivo de tu unidad o espacio de trabajo. Ten presente que los cambios necesitan tiempo para la adaptación de la gente y el concurso de un grupo de aliados que puedan impulsar con ahínco lo que es apenas una iniciativa tuya. Lo olvidaba: comunica esos cambios en todos los niveles y a todas las personas; no te calles. Especialmente si lo que tienes en mente implica modificaciones estructurales o toca la médula de la organización. No estigmatices a aquellos que no comparten tu sueño o a esos otros que no lo entienden: Explica. Es bueno alimentar el diálogo, el debate de ideas. No temas a los que se oponen a tus proyectos; óyelos, a lo mejor te dan pistas para corregir esa utopía que tienes entre manos; de pronto en sus opiniones está la respuesta a ciertos interrogantes que te quitan el sueño. No permitas que tu gestión se convierta en una logia de simpatizantes serviles y sin criterio. Eso, que parece un logro en el corto tiempo, es la ruina de los equipos a largo plazo. Asesórate con frecuencia; acoge diversos puntos de vista.

Sé un facilitador, un punto de apoyo, una mano que impulsa o colabora para que todos los miembros de tu área pongan sus proyectos en primera línea. Presta tu inteligencia y el lugar estratégico donde llegaste para que los que están bajo tu mando, crezcan, se potencien o saquen a la luz lo que es semilla u obra apenas esbozada. No creas que lo único significativo y valioso son tus proyectos o tu ruta de acción. También cuentan los de aquellos que ahora están bajo tu tutela. Contigo no empieza el mundo; ni a partir de ti se construye lo valioso. Hay personas que ya llevan un recorrido, hay iniciativas de hondo calado que te preceden, y lo mejor es mantenerlas o potenciarlas aún más para que lleguen a cimas inusitadas. Párate, como decía el gran inventor Thomas Alva Edison, sobre los hombros de gigantes para que tu sueño llegue más alto. Si lo consideras conveniente, cede la prioridad de tu sueño a esas otras personas; después ya verás cómo ellas mismas serán el soporte para tus ideales. No tengas ningún temor en reconocer a los que te superan en algo o tienen talentos que tú no posees. Por el contrario, aprende de ellos. No te muestres avaro ni prepotente; y, por favor, no invisibilices a aquellos hombres y mujeres que parecen hacerte sombra. Ya habrá tiempo y ocasiones propicias para que muestres tu luz. Lucha por despojar de ti la envidia, la antipatía infundada y los celos profesionales. A veces olvidamos que el prestigio o el renombre de un colega no es producto del azar sino es el resultado de muchos años de dedicación y empeño en un propósito.

Disculpa si te digo otra cosa que considero vital para tu labor directiva. Es recomendable hacer un esfuerzo sobre el conocimiento y dominio de tu carácter A mí me ha ayudado bastante el discernimiento, como lo entienden los jesuitas, el autoexamen o el cuidado de sí, al decir de los filósofos. Conocerse, inspeccionar la forma de proceder de la propia conciencia, es primordial cuando uno tiene bajo sus hombros la orientación de otras personas. ¿Cómo manejas tus emociones, tus pasiones o tus sentimientos?, ¿qué tan aquilatado y maduro está tu espíritu para ser juez o consejero de otras conciencias? Te comento esto porque he visto cómo ciertos directivos terminan desvirtuando sus proyectos al ser aguijoneados por la ira, el resentimiento, el odio o el orgullo más obcecado. Y del mismo modo me he percatado cómo otros jefes o líderes terminan amilanados o en minusvalía de mando porque su atuoestima es endeble, o son muy afectables por la maledicencia o el vituperio infundado. Todas esas cosas no son de segundo orden. Si no se tiene un ajuste de cuentas con la propia personalidad, si escasea la autocrítica y la formación moral, actuarás de manera impulsiva, atropellada y sin medida. En últimas, te faltará la prudencia, el tacto y la paciencia, hijas de la sabiduría, que no son lo mismo que poseer demasiados conocimientos.

Un asunto que amerita un desarrollo más largo es el de cómo vas a conquistar la autoridad. Por ahora te digo que el simple poder derivado de tu cargo no es suficiente. La autoridad proviene de quienes diriges o lideras. Es como el reconocimiento que ellos hacen de tu forma de mandar, de relacionarte, de apoyarlos. Crece en la medida en que tu ejemplo los contagia, en la manera como los dignificas y en la confianza que generes; depende de tu discreción, de la ayuda oportuna que ofrezcas y de la lealtad a cada miembro del equipo. Esa autoridad se va ganando poco a poco con el testimonio de los dirigidos por ti; es una especie de validación en positivo de todas tus acciones. Y si logras esa autoridad, lo más seguro es que tendrás el respeto, cierta obediencia y una colaboración a muchas de tus decisiones.

Otra cosa más deseo compartirte. Una en especial, sobre la que tardarás en hallar el justo medio: la de estar en la mitad de dos demandas: la de tus jefes y la de tus dirigidos. Si te pliegas demasiado a un lado, parecerás un servil mandadero de tus superiores; si sólo satisfaces a tu grupo de influencia, parecerás ineficaz para la institución o la empresa a la que sirves. Te recomiendo acudir a tu buen criterio para reconocer cuándo las demandas de uno y otro lado son las adecuadas o las más convenientes. Si te han elegido como directivo es porque puedes tomar algunas decisiones y hacerte responsable de ellas; así que no subvalores tu cargo, ni conviertas tu gestión en un simple espacio para acatar órdenes. Ese nuevo rango te da el salvoconducto para proponer, ofrecer otros modos de hacer las cosas, deliberar sobre el modo de aplicar determinados lineamientos institucionales o argumentar sobre decisiones de las altas directivas que resultan nocivas para la misma organización. No confundas lealtad con servilismo. Si tienes conocimientos, habilidades o competencias hazlas valer al momento de aplicar normas o procedimientos. Pero otro tanto deberás hacer con el equipo bajo tu cuidado. Será necesaria una fluida comunicación para explicarle razonadamente lo que no es viable, mostrarle las bondades de un nuevo procedimiento, hallar alternativas colegiadas sobre un ajuste en las políticas o las estrategias administrativas. Ni a todo podrás decir que sí, como tampoco renunciar a defender como propias iniciativas de tus dirigidos. En eso consiste también el alcance y responsabilidad de tu cargo.

Deseo cerrar esta carta reiterándote mi fraternal ayuda. Tengo confianza en que pondrás lo mejor de tu inteligencia y tu sensibilidad para hacer de este nuevo nombramiento un espacio de crecimiento personal para ti y los que vas a liderar. Te auguro resultados óptimos en tu gestión, y que tus valores y virtudes sean el viento favorable que oriente el sentido de tus proyectos. Buen viaje, estimado amigo.

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