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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Cartas

Carta de la madre ausente

13 martes Mar 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas

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Encuentro Remedios Varo

«Encuentro» de Remedios Varo.

Hola, hija mía,

Te extrañará recibir esta carta. Pero no he podido descansar en paz, sabiendo que tu corazón se quedó con aquellas palabras en las que no te perdonaba tu joven embarazo. Lo sé, porque aquí donde habito, en este purgatorio, parte de mi tormento es soñar los sueños que tú sueñas. Te he visto, especialmente en estos meses, buscarme entre esas imágenes fulgurantes que hacen parte del mundo donde resido. Sé también que tus lágrimas forman parte de esa herencia de sufrimiento que te dejé, pero he de confesarte que la sal de tu llanto me quema los pies. Eso es un asunto inexplicable, pero en varias ocasiones he sentido resecas la planta de esas extremidades que, bien lo sabes, cuidaba con sumo esmero. Te pido, te suplico, que no llores. Tu sufrimiento en este espacio se transforma en un fuego invisible, en una centella que abrasa mi piel.

Pero, no es por eso que me he animado a escribirte esta carta. Tú conoces que yo no era muy buena para escribir. Prefería siempre hablar. Esa era la forma como me protegía, la válvula de escape para no romperme por dentro, el recurso para conservar intacto algún pedazo de mi corazón. Así que nunca tuve necesidad de escribir para nada y para nadie. Además, la sangre caliente que corría por mis venas me llevaba de manera veloz a hilar términos, a engarzar palabras que, al unirse, adquirían la dureza o la ponzoña para ocasionar daño o, por lo menos, defenderme de las desgracias que me sitiaban a diario. Eso no tengo que explicártelo, porque mi vida no fue fácil y no tuve la fortuna de sentirme plenamente amada. Sea como fuere, me he sentido en deuda contigo, y he decidido escribirte estas palabras. Son una manera de resarcir el dolor que pudieron ocasionar aquellas otras, las que escuchaste muchas veces de mí, cuando vivíamos allá, en esa casa de un largo zaguán.

Empezaré por pedirte perdón. Sé que esperabas una mayor comprensión de mi parte a tus errores de madre adolescente; sé que a escondidas reclamabas un gesto o un abrazo de solidaridad ante tus fallas juveniles. Perdóname por no poderte ofrecer esa pócima de cariño. Tal vez no sabía cómo hacerlo o creí, con torpeza, que era una manera de prevenirte para futuras acciones semejantes. Reconozco, desde la claridad que ofrece toda retrospectiva, que me faltó valor para abrazarte más, para escucharte, para juntar nuestras almas en un abrazo silencioso. Pero, las dos sabemos que el miedo ha estado atenazándonos la garganta y el abrazo. En todo caso, considero que esta misiva puede ayudarme a decirte que a pesar de mi lejanía o mi dureza verbal, lo cierto es que por dentro mi corazón anhelaba estrecharte para decirte que no estabas sola, que contabas con mi cariño maternal, que aún en ese dramático problema había una esperanza al final del camino. Me faltó valentía para ofrecerte el amor que tanto esperabas. Por eso, te pido que me perdones. Borra de tu mente lo que te dije. Déjame resarcir mediante estos signos muertos las ofensas que te lancé cuando estaba viva. Concédeme entrar a tu alma para sanar esas heridas; deja que mis cuidados de madre, que poco ofrecí cuando estaba contigo, en este tiempo sean mi ocupación predilecta. Sí, hija, perdóname. Permíteme acariciarte el cabello, pasar mis manos invisibles por tu frente y así disipar las culpas y las tristezas que siguen oscureciendo tus pensamientos.

También deseo que entiendas que no vale la pena seguir cargando con esos recuerdos tristes. Has de saber que en este territorio, como bien lo han entrevisto los poetas, son únicamente los recuerdos felices los que nos permiten ver un poco de luz del ansiado paraíso; los otros recuerdos, nos halan hacia abajo, hacia las sombras más negras; nos lastran el espíritu. Por eso es mejor que te deshagas de esas afrentas o esa maldición que alguna vez lancé a tu cara. Ayúdame con recuerdos alegres, amorosos; concédeme la dicha de que tu mente tenga una imagen agradable y placentera de mí. No sabes cuánto alivio produciría ese acto. Te sugiero que busques una fotografía mía en la que esté sonriendo o que transpire felicidad; elige una foto de las que más te gusten y mándala ampliar. Ponla, te lo solicito, en un lugar visible donde vives y deja que ella haga lo que no pude hacer yo cuando vivía. He aprendido en esta tierra medianera que los muertos hablamos mejor a través de las imágenes. Entonces, cuando me mires, cuando veas esa foto, sabrás que te estoy acompañando, que no hay quejas ni reclamos, que sólo está mi mirada comprensiva y el gesto rotundo de mi amor por ti. Anhelo llegar a tener ese lugar privilegiado en tu cuarto y en tu corazón.

No quisiera terminar esta carta sin contarte otro secreto de mi alma. Siempre te admiré. No te lo dije nunca. Eso también lastima mi conciencia. Pero me sentía, en secreto, orgullosa de tu lucha, de tu tenacidad en medio del abandono, de tus pocas fuerzas en medio de la tormenta. Y admiré tu terquedad, tu voluntariosa manera de enfrentar la adversidad con tan pocos recursos. Todos sabíamos que tú eras la mejor guerrera de la familia y por eso la vida o las circunstancias te ponían las pruebas más duras. Lamento no habértelo dicho, pero esa valentía ponía a prueba mi carácter. Te cuento esto ahora porque sin esa tenacidad, sin ese empeño que ya traías desde pequeña, sé que no lograré una paz en mi conciencia. Ayúdame, hija mía. Socórreme para salir de este purgatorio; préstame tus manos para descorrer la ventana del pasado y gozar de la luz que se esconde allá arriba. Haz que tu perdón sea la salida a esta repetida letanía de arrepentimientos y confesiones acalladas. Sálvame, mi niña, te lo ruego, concédeme mirar la sonrisa festiva de tu rostro. En tu felicidad está el secreto de mi propia salvación.

Te beso desde mi cercana lejanía…

 

Carta a quien vuelve a estudiar

08 miércoles Feb 2017

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Cartas

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ilustracion-de-bendik-kaltenborn

Ilustración de Bendik Kaltenborn.

Estimado (a) neoestudiante,

Comparto la alegría que, seguramente, estás sintiendo en estos días. Es grato volver a experimentar la ansiedad de empezar un proyecto académico o un programa anhelado por largo tiempo. Tal inquietud, en la que confluyen sueños y expectativas, temores y esperanzas, es una sensación profunda y memorable. Aprovecho esta ocasión para contarte algunos asuntos que he venido reflexionando al respecto. Lo hago como una celebración a tu iniciado viaje y como un testimonio de alguien que, como yo, ama profundamente estudiar.

Iniciaré confesándote una cosa: el estudio tiene el poder de renovarnos. Algunos llaman a eso, actualización, pero me gusta más entenderlo como un cambio de piel o cierta renovación de nuestra mente y nuestro espíritu. Al estudiar de nuevo, al ponernos otra vez en actitud de alumnos, recuperamos el asombro y la maravilla del conocimiento. Cuando volvemos a las aulas renace en nosotros la curiosidad del niño. En este sentido, si uno estudia de manera permanente, aleja un poco la vejez y mantiene, por decirlo así, siempre joven el pensamiento.

También debo decirte que al renovar los votos por el estudio, cambia la cotidianidad y, con ella, nuestras rutinas. Si en verdad somos estudiantes auténticos, cambiarán de igual modo nuestros hábitos. Al retornar a clases, al asumir otra vez las tareas y los trabajos propios del mundo escolar, necesitaremos modificar nuestros horarios y tendremos que privilegiar horas de la agenda cotidiana. Quizá debamos dormir menos, optimizar el tiempo y priorizar eventos y circunstancias. Pero tal hecho no debe apesadumbrarnos, si en realidad la llama del estudio irradia fuerza y energía a todos los rincones de nuestro ser.

Te expreso, de una vez, que cuando hay deseo y ganas por el estudio, desaparece la idea del sacrificio. Cuando es el placer el que timonea nuestras aspiraciones no hay que andar pregonando las renuncias obligadas o las fatigas del trabajo excesivo. Así entendidas las cosas, será el goce y la alegría, el esfuerzo entusiasta, el que tutele los trasnochos, las jornadas de lectura o las no menos retadoras tareas de escribir. Pero si es genuino tu amor, tu empeño y tu gusto por estudiar, dichas cosas serán parte de la riqueza de la aventura, se convertirán en ganancias y no en cargas o detestables compromisos.

Debes saber que el estudiar con fundamento trae consigo la persistencia. No vayas a abandonar tu anhelo por el primer escollo que encuentres. Tampoco dejes que una mala calificación o las correcciones continuas a un proyecto mermen tu motivación o tu interés. Sólo con el tesón y la convicción de lo que sueñas lograrás descubrir la almendra del estudio y hacer brotar la miel contenida en su interior. La dedicación al estudio, la constancia entusiasta, te hará comprender que no todo se logra de inmediato y que, muchas veces, vamos aprendiendo más de lo que sospechamos. Ten confianza en tu perseverancia; esa parece ser la clave para alcanzar las más altas metas.

Te invito, además, a proveerte de unos buenos útiles para el viaje que comienzas. Los útiles son de enorme ayuda para obtener buenos resultados y multiplicar el aprendizaje. No dudes, entonces, en destinar unos pesos para adquirir libros y materiales de diversa índole. Considéralo otra inversión, una oportunidad para renovar el mobiliario de tu mente. Debo decirte aquí, en confianza, que a veces prestamos poca importancia a esto de abastecernos de buenos útiles y nos contentamos con la mera asistencia a clase, cuando no con adquirir de afán fotocopias desarticuladas y anónimas.

Recuperar el espacio y el tiempo para el estudio es también la oportunidad para conocer a otras personas, interactuar con ellas, entrar en diálogo con formas de pensar diferentes a la nuestra. Las actividades en equipo amplían nuestra mirada y airean las visiones cerradas del trabajo individual. Al lado de un café, caminando por los pasillos o compartiendo un salón, aparecerán otros amigos, se renovará nuestra lista de conocidos y, muy seguramente, tendremos la posibilidad de movilizar nuestras relaciones públicas. Cuando volvemos a estudiar recuperamos las habilidades interpersonales y revaloramos los vínculos sociales.

Hay otro asunto que merece unas líneas adicionales. Se trata de la búsqueda de la excelencia. No lograrás grandes cosas en el estudio si apenas cumples con lo necesario o con los requisitos mínimos exigidos por un docente o una institución educativa. Quisiera recomendarte, en lo posible, ir siempre más allá de lo esperado. Unos minutos adicionales cada día para atender una tarea, unas hojas demás leídas al cierre cada jornada, una consulta complementaria hecha los fines de semana, todo eso es lo que contribuye a pasar de lo regular a lo sobresaliente. Estoy convencido de que la calidad superior en algo, especialmente en el estudio, es el resultado de luchar contra el conformismo de lo apenas suficiente y los raseros apáticos de la mediocridad.

No quisiera terminar esta misiva, sin compartirte algo sobre los temores que produce el enfrentarse otra vez a lo desconocido. Eso es normal, y más si hace mucho tiempo se ha dejado de estudiar. Puede que también los muchos años nos hagan sentir atemorizados o proclives al fracaso. Lo mejor, en estas situaciones, es darle un valor positivo al error y disfrutar lúdicamente las deficiencias, los equívocos o falencias que nos acompañarán en los nuevos aprendizajes. No es aconsejable predisponernos para lo nuevo usando el fatalismo y la baja autoconfianza. Resulta más adecuado multiplicar la fe en nosotros mismos y buscar, si es necesario, aliados o colegas que nos ayuden a no perder el entusiasmo y las ganas por culminar lo que empezamos con alegría y fervorosa pasión.

Sirva, entonces, esta carta para decirte que cuentas con mi brazo para servir de apoyo cuando lo necesites. Te deseo buena suerte. Que los dioses te acompañen, y que los vientos sean propicios en tu nuevo viaje.

Cordialmente,

Carta a un colega ensayista

09 domingo Nov 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in APRENDER A ESCRIBIR, Cartas

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Ilustración de Hugh Kretschmer.

Ilustración de Hugh Kretschmer.

Estimado amigo,

Seguramente, después de nuestra charla de hoy estarás pensando que el escrito que me habías enviado hace unos días está muy distante de ser un genuino ensayo. Sin embargo, y para que no te desanimes, me he propuesto escribirte estas líneas con el fin de recordarte algunos asuntos que te dije y, al mismo tiempo, compartirte otros consejos que son la cosecha de muchos años dedicados a este género de escritura.

Para empezar, te comentaba que tu escrito adolecía de una estructura. El ensayo, según sabes, es una escritura de las ideas y, si no hay un andamiaje que las soporte, lo más seguro es que se desordenen, desdibujen o anden a tientas por los diversos párrafos. Lo mejor, entonces, es pensar largo rato en la estructura de tu ensayo. Esa estructura se evidencia en el esbozo, que viene siendo como una previa tabla de contenido, una ruta de viaje o la carta de navegación de tu senda ensayística. El esbozo orienta el sinuoso y heterogéneo discurrir de las ideas. El esbozo es un mástil al cual el ensayista debe amarrarse como Odiseo, para no sucumbir a cuantas ocurrencias le canten por doquier.

Te exponía también que la estructura prefigura el número aproximado de párrafos y las posibles ideas fuerza que van a desarrollarse. Este consejo es tanto más definitivo cuanto novato sea el escritor de ensayos. Con la experiencia, te lo aseguro, se adquiere el hábito de rumiar largo tiempo lo que se desea escribir o se va interiorizando el tener la estructura previa del ensayo.

Valga el momento de decirte, y esto lo observé en tu escrito, que tienes demasiadas ideas sueltas. Tal vez se deba –creo yo– a que confías demasiado en el repentismo de lo que te va saliendo o en un cierto conexionismo de primer orden. Me refiero a tomar como motivo de escritura la última palabra y no la tesis o el argumento sobre el que estás trabajando. Eso, por lo demás, es muy común en escritores que piensan que escribir es transcribir la oralidad, cuando precisamente es todo lo contrario. Muchas de las virtudes de la oralidad se convierten en vicios cuando se trasladan así no más a la escritura. Ten presente que –sólo por recordarte un aspecto– la oralidad es acumulativa en tanto que la escritura es subordinada; tal característica demanda por lo mismo, jerarquizar las ideas, darles un rango. Tómate unos minutos y revisa el texto que amablemente me compartiste y te darás cuenta de esto que te digo. Seguramente encontrarás muchas ideas que si bien son interesantes, no responden o no están imantadas por aquello mismo que anunciaste en el subtítulo o en la primera línea de un párrafo. Te insisto en que revises tu escrito desde esta perspectiva. La ganancia será abundante, te lo aseguro.

Otro asunto del que conversamos fue el de distinguir entre enunciar las ideas y argumentarlas. Allí entreveo un punto esencial de la escritura ensayística. De lo que se trata, precisamente, es de argumentar las ideas, de exigirle a nuestro pensamiento que sea capaz de hallar razones para avalar o darle consistencia a lo que decimos. Y como tú mismo comentabas, esto es algo que poco se enseña en los espacios educativos, aún en los de más alto nivel. Ese ha sido, un tópico del que me he ocupado en los últimos años. He descubierto, por ejemplo, el valor de aprender a hacer distinciones, disociaciones o traslaciones con las ideas. He visto que si no se cuenta con unas herramientas de pensamiento, las ideas quedan como mariposas pinchadas en una lámina pero sin lograr que verdaderamente persuadan o convenzan al lector. Recuerdo ahora, la poderosa estrategia del filósofo Paul Ricoeur para hacer disociaciones. Él, así lo investigué, primero partía de nociones cardinales, luego hacía distinciones de sentido (o variaciones), enseguida ubicaba las relaciones (el lugar de las correspondencias), para luego incluir las disociaciones (que eran como una bisagra entre las distinciones y las relaciones), y de ahí en adelante construía una nueva noción o lanzaba una definición inédita. Por eso en un texto publicado hace ya varios años decía que el método de Ricoeur era en verdad una especie de arquitectura mental. Pero lo importante de lo que te venía diciendo es la necesidad de conocer y practicar las habilidades de pensamiento como la analogía, el contraste, la definición, la comparación, la deducción o la inferencia. Los buenos ensayistas son hábiles para hacer suposiciones, formular hipótesis, poner ejemplos, hacer distinciones. Y si no se ejercitan las operaciones de pensamiento de las que te he venido hablando, lo más seguro es que las ideas queden apenas enunciadas o desprovistas de desarrollo argumental.

Ahora puedo ir a otra de tus mayores debilidades: la de no tener una tesis. Quiero recordarte que la tesis es el hilo conductor del ensayo. La tesis es la esencia de la estructura o, si prefieres entenderlo de otra manera, la estructura gira o se articula desde la tesis. Hemos hablado varias veces sobre este asunto, pero en aras de lo que te vengo diciendo, ten presente que la tesis es la manera como tú apropias un tema o un asunto; la tesis es lo que tú te atreves a poner en alto para los lectores. Es tu bandera. Lo que sigue después, se desprende de dicha tesis. Todos los argumentos deben obedecer a esta afirmación que el ensayista, por lo general, coloca en el primer párrafo. En consecuencia, cada idea, cada ejemplo, cada ocurrencia, tiene que someterse a la tesis que decidiste lanzar a la palestra. Bien vale la pena, por lo mismo, espulgar o cernir lo que escribiste a la luz de este consejo. Si las ideas que te encuentres –por fascinantes que sean– no apuntan a esa diana, lo mejor es eliminarlas o darles un tratamiento diferente para que entren en esa vía. Y para serte sincero, hay que hacerlo sin contemplaciones o complacencias; so pena de sacrificar la unidad argumentativa de tu ensayo.

Te doy una  ayuda adicional. Cuando avances en la escritura de tu ensayo, revisa siempre si el nuevo párrafo o la nueva idea giran en dirección de ese sol llamado tesis. Es más, las otras voces de que eches mano, las citas o argumentos de autoridad, deben atenerse al mismo principio de atracción. Por más que se trate de autores importantes, si no aceptan el yugo de tu tesis, deben salir de tu ensayo, o tolerar un parafraseo que les dé carta de ciudadanía en tu escrito. Ten presente esto: la tesis en un ensayo ejerce un poder autoritario.

Pero prosigamos con otro punto endeble que observé en tu escrito; uno, que es de fácil solución. A veces el novel ensayista desea abordar temas con un arsenal argumentativo demasiado escaso o su información es muy limitada. El resultado, por ende, es el de la generalidad o la palabrería ampulosa. Pienso que hay temas que nos obligan a investigar, a buscar otros pensadores a partir de los cuales sea posible derivar nuestros propios pensamientos. No solo para conseguir citas de autoridad, sino como provocadores o incitadores de nuestras ideas. La lectura de bibliografía seleccionada es otra de las habilidades de un buen ensayista. El manejo de fuentes pertinentes y adecuadas hace que nuestro escrito tenga un basamento vigoroso. No sobra reiterarte que hay temas de temas. No es lo mismo elaborar un ensayo sobre la amistad que otro sobre la ciudadanía; no se tienen las mismas capacidades para argumentar con solidez la tesis de que los valores son acuerdos sociales para resguardar la tradición, de otra en la que se afirme que la juventud es una etapa maravillosa de la vida.

Por eso te recomiendo, cuando te lances a escribir un ensayo, medir tus fuerzas argumentativas. Si ves que te faltan energías, lo correcto es ponerte a investigar. El talento de un ensayista se puede apreciar en lo pertinente de la bibliografía que anexa en su ensayo o en el tipo de citas que emplea a lo largo de su escrito. No lo olvides: hay temáticas que nos desbordan y otras para las cuales necesitamos más que la lectura de una reseña o revisar de afán el capítulo de un libro.

Me he extendido un tanto en esta carta, pero no quiero concluirla sin insistirte en dos cosas más. La primera es la importancia de los conectores lógicos. Esas palabras son claves para que las partes de tu escrito no queden deshilvanadas o desarticuladas. En mi libro Pregúntele al ensayista, he mostrado que los conectores son garantía para la cohesión y la coherencia. Así que, no puedes dejar de lado estas bisagras lingüísticas. Lo mejor es que sea el tipo de argumento empleado el que te lleve a elegir el tipo de conector. Si lo que estás presentando es una deducción, pues deberías utilizar conectores en esta perspectiva. Revisa de igual manera, los conectores de inicio de párrafo. Para ello, fíjate en el esbozo del que te hablé al comienzo de esta misiva. Los conectores que el ensayista usa al comenzar cada párrafo son los que van amarrando la estructura del ensayo. Por lo demás, trata de variarlos y busca que aporten significativamente al desarrollo de tu escrito.

La segunda cuestión es una fraterna recomendación sobre el título y los subtítulos que empleaste en tu escrito. Creo que el título guarda una directa relación con la tesis del ensayo. El título, de otra parte, es un gancho para el lector; una forma de atraparlo o seducirlo. Por eso no es bueno usar títulos demasiado generales o títulos engañosos: me refiero a esos títulos que prometen algo que no se cumple al leer el ensayo. Y si dada la extensión o la estructura prevista, necesitas de subtítulos, debes tener presente que no pueden estar desconectados del título principal. No vayas a caer en el error de hacer pequeños ensayos disonantes  con el ensayo general. Si usas esa estrategia de cajas chinas, ten en mente que cada parte armonice con el conjunto. Fíjate un tanto en la jerarquía de las tablas de contenido de algunos textos, y de cómo cada subparte enriquece el nivel superior. Sea como fuere, si no dedicas unos minutos a reflexionar sobre los títulos y los subtítulos, muy seguramente serán piezas discordantes o que no encajan en el conjunto de tu ensayo.

Si me has seguido de cerca, quizá te habrás dado cuenta de que la escritura de ensayos requiere una continua revisión. Hay que avanzar y volver atrás frecuentemente. Hilar ideas, tejerlas, no es cuestión de sumarlas sino de ir viendo, poco a poco, la manera como van conformando una figura o se mezclan los colores para pintar una tesis. Dicho ejercicio de avance y retroceso, de escribir y reescribir, es lo que está en el origen del ensayo. Sopesar, medir, aquilatar, poner en la balanza, tal es la suerte de este tipo de escritura. El ensayo, querido amigo, nos obliga a tener ojo de joyero para diferenciar la genuina piedra preciosa de la pedrería de fantasía.

Desde luego, todas mis anteriores observaciones han tenido como norte el ayudarte a mejorar tu escrito. No vayas a cometer el error común de los aprendices de escritura y es el de abandonar lo que hiciste o desecharlo sin antes haberte dado la posibilidad de mejorarlo. Reconozco que hay ideas interesantes en lo que me compartiste, sé que tienes un tono muy cercano al ritmo ensayístico, y he visto cómo te has esforzado en dialogar con otros autores; sin embargo, debes volver sobre tu texto, para continuar puliéndolo o librándolo de adherencias innecesarias. Tal vez el alcanzar un buen ensayo sea la combinación de la confianza en nuestra propia voz y la sospecha permanente sobre lo mismo que decimos.

Con mi aprecio,

Fernando 

Carta a los padres de familia

15 viernes Ago 2014

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cartas

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Ilustración de Quino.

Ilustración de Quino.

Apreciados padres,

Me valgo de esta forma de comunicación porque no ha sido posible reunirme con ustedes personalmente. Sé que a las reuniones de entrega de boletines siempre falta alguno, cuando no los dos. Entonces, y debido a la importancia de su apoyo para esta misión de formar a sus hijos, he acudido a este medio de escritura usado en pasadas épocas con el mismo fervor de los correos electrónicos en la actualidad.

Lo primero es contarles que, hagan lo que hagan, ustedes siempre serán referentes de comportamiento y de actitudes para sus hijos. Por acción o por omisión sus hijos los mirarán para saber cómo comportarse y, por imitación, irán asimilando ciertas actitudes o determinadas conductas. Insisto en que tal referencialidad podrá darse de manera consciente o inconsciente. Y así sea planeada o no siempre estará al frente de sus hijos como si fuera un conjunto de señales para orientar sus vidas.

Otro asunto que deseaba mencionarles es lo fundamental de su labor en lo concerniente a forjar hábitos. Quizás esa ha sido una de las funciones esenciales de la crianza; y debido a la urgencia de las necesidades económicas de hoy se ha ido dejando a la buena de Dios o a las no siempre afortunadas manos de la sociedad de consumo o los medios masivos de información. Les comentaba, y perdonen mi insistencia, que a ustedes les corresponde preparar el terreno de los hábitos para que sea fértil y podamos más tarde los maestros labrar ese terreno con alguna fortuna. Hay tantos hábitos en los que ustedes deberían insistir: los de alimentación y vestido, los de trato y convivencia, los de aseo y ahorro, o esos otros tan necesarios del leer y el estudiar, del aprender a saludar y dar las gracias. Los hábitos son una segunda piel que ustedes deben tejer cada día con su ejemplo y dedicación. Recuerden que los hábitos incorporados son una herencia para toda la vida.

En este mismo sentido, deseo reiterarles la fundamental tarea de acuñar en sus hijos valores y virtudes. Y digo acuñar para subrayar esa especie de impronta en el carácter que tiene una persona cuando ha contado en su crianza con un repertorio de valores, tales como el respeto, la honestidad, la responsabilidad o la solidaridad. Ustedes saben, estimados padres, que los valores actúan como brújulas morales en el futuro actuar de sus hijos; a ellos acudirán cuando se sientan perdidos en una situación existencial o servirán de guías para el convivir y relacionarse con sus semejantes. Esos valores hacen las veces de tutores o mentores cuando ustedes no estén presentes o cuando ya no los acompañen en sus vidas. Y si además, ustedes han tenido la precaución de favorecer determinadas virtudes, entonces a sus hijos les será más fácil conquistar sus metas porque tendrán en sí la disciplina o la constancia, y conseguirán relacionarse mejor con sus semejantes porque sabrán ser menos ostentosos, más prudentes y dignos de confianza. Nada de eso sobra en la crianza de los hijos  ni es un asunto secundario.

Aunque me extienda un poco más deseo comentarles que ustedes son cuidadores de los vínculos sociales o de las relaciones interpersonales de sus hijos. Tengan presente que de la inexperiencia y la ingenuidad se aprovechan los timadores y comerciantes del vicio. Las malas costumbres o las vías torcidas abundan por doquier. Por lo mismo, es su deber –con tacto y perspicacia– saber quiénes son los amigos y conocidos de sus hijos, y cuál es el núcleo de amistades por ellos frecuentado. Y no me refiero a una fiscalización excluyente de sus relaciones, sino a un vigilante conocimiento de tales vínculos. Mucho más hoy, cuando los medios virtuales han creado la posibilidad de mantener abiertas las puertas de nuestras casas. Sigue siendo importante insistirles a los hijos que inviten a su casa a esos primeros amigos o convidar a reuniones en las que ustedes puedan apreciar de primera mano aquel grupo de colegio que su hijo o su hija frecuentan tantas horas. Cuidar, en consecuencia, es concebir el espacio de la familia como un escenario de la prevención, del anticiparse a las elecciones equivocadas o a aquellas decisiones que por la inexperiencia pueden arruinar el futuro de una persona.

Considero también que este celo por lo que hacen y por quienes comparten la cotidianidad de sus hijos puede ser un buen motivo para desarrollar en ellos el discernimiento y el buen juicio. Hablar con sus hijos de lo que piensan o de por qué actúan como actúan es otra tarea de primer orden en esto de ser padres. Tengan presente que ustedes animan o no el aprender a reflexionar sobre las experiencias que cada día les acaecen a sus hijos; dediquen un tiempo para escucharlos, para ponerles situaciones reales o hipotéticas que les permitan, poco a poco, descubrir los alcances o las repercusiones de un modo u otro de actuar. Dialogar, por lo mismo, es un taller irreemplazable para alcanzar la madurez en la toma de decisiones y un crisol para aprender a usar la libertad.

Una cosa más me atrevo a recomendarles. La de no perder su lugar de apoyo en el crecimiento de sus hijos. Estar ahí para dar un consejo oportuno; estar ahí para servir de consuelo; estar ahí para dar ánimo o servir de abrazo de apoyo ante la dificultad, es esencial en las peripecias del viaje existencial de las nuevas generaciones. Sucede que hoy, por múltiples razones, casi no se está en el hogar o de poco tiempo se dispone para escuchar atentamente los problemas acuciantes de los hijos. Sin embargo, y eso seguramente ustedes ya solo saben, el consejo o el apoyo moral de un papá o una mamá son cosas que no tienen ningún precio o que nada los puede reemplazar. Tengan en su mente la parábola del hijo pródigo y permítanse estar presentes cuando uno de sus hijos retorne al hogar agobiado por el fracaso, los errores, o con los sentimientos hechos trizas. Abran los brazos y estén dispuestos a comprender y perdonar.

Ya para concluir esta misiva, me gustaría decirles que el fin último de su labor como padres, el objetivo capital de la crianza es llegar a convertir su forma de estar en el mundo y enfrentar la vida en un emblema para sus hijos. Ellos necesitan ver en ustedes el testimonio de que vivir vale la pena y de que, a pesar de los obstáculos o las decepciones, la vida sigue teniendo sentido, que es un don maravilloso al cual hay que sacarle todo el provecho y toda su riqueza. Ustedes, apreciados padres, deben dejarles esa herencia; la forma como vivan su existencia tiene que ser un símbolo o una enseña imperecedera en el tiempo. Tengan presente esto: es en la lejanía cuando mejor se aprecia la escultura tallada año a año con sus manos.

Con todo mi aprecio,

Fernando

Carta a mi profesor de primaria

12 martes Feb 2013

Posted by fernandovasquezrodriguez in Cartas, OFICIO DOCENTE

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Libreta primaria cuarto

Apreciado maestro,

Aunque quizá no recuerde mi rostro, seguramente sí se acordará de Vásquez, su alumno de 4 y 5 de primaria, en el Colegio San Gregorio Magno. Yo era, según usted, el mejor dibujante del curso, y el que, para una semana cultural del colegio, dibujó y presentó una exposición sobre los volcanes más importantes del mundo. Tal vez eso le ayude a recordar mi rostro. Mas no es por eso que le escribo esta carta, sino por otra razón.

Pero antes de hablarle de eso, le cuento que después de dejar la institución donde nos conocimos, terminé mi bachillerato en el colegio Carrasquilla. Al año siguiente me presenté a la Universidad Nacional a estudiar diseño gráfico; pero allí me entusiasmé con la política y decidí entrar a estudiar derecho en el Externado de Colombia. Varios años estuve en aquel claustro hasta que la literatura me hizo renunciar a tal carrera. Busqué entonces las aulas de la Javeriana y allí hice también un posgrado en educación. En esa universidad empecé mi labor como docente en la Facultad de Comunicación Social. Como puede ver, ha sido variada mi búsqueda profesional y sinuoso el trasegar por las academias universitarias. Actualmente dirijo un posgrado en educación, asesoro instituciones educativas y me he convertido en un capacitador en temas como la comunicación empresarial y en campos relacionados con la formación de maestros.

Durante toda esa travesía no he dejado de enseñar, y es por ello, precisamente, que he sentido la necesidad de escribirle esta carta. Es que no sé cómo acabar de agradecerle su pasión por enseñar, su dedicación a este oficio. Lo recuerdo de pie, frente a nosotros, hablándonos de temas que aún hoy me resultan interesantes. Tengo en mi memoria su puntualidad, la organización de las actividades, su manera particularísima de calificar y revisar los cuadernos −¿se acuerda que usted usaba una estilográfica de tinta verde? – y ese trato cordial con nosotros que nos hacía sentir importantes para su clase.

Yo creo que me convertí en maestro por su ejemplo. Usted sembró en mí la importancia de esta profesión. Lo recuerdo impecablemente vestido, con una gabardina beige, esperándonos a la entrada del salón con un gesto de acogida y una invitación a entrar cuanto antes al salón del curso. Todas sus clases me gustaban, su forma de propiciar en el aula la discusión, sus regaños cuando alguno de nosotros se burlaba de un compañero por una intervención desafortunada o cuando nos sorprendía en juegos violentos. Tengo en mi memoria aquellas palabras de que «los puños eran las muecas del que no ha aprendido a hablar», o su consejo que también le escuché a mi padre de que «lo cortés no quita lo valiente».

De igual forma rememoro la manera como usted explicaba. Yo creo que nadie se quedaba sin entender. Sarmiento, Ayala, Mejía, Baena…, todos salíamos de sus clases convencidos de lo que habíamos escuchado. Además, hacerle sus tareas era algo apasionante. Tal vez sea porque a mí me ha gustado desde pequeñito el estudio. Sin embargo, cada tarea que hacía para usted era una forma de sentirme digno de sus comentarios, de esas pequeñas anotaciones que usted colocaba debajo de la calificación. No sé si usted lo supo, pero entre nosotros nos mostrábamos esas anotaciones, y cada uno se sentía orgulloso de tener en su cuaderno más de uno de esos elogios. Otra cosa que me gustaba mucho, era la última parte de sus clases en las cuales usted pedía sintetizar lo visto o lo que usted llamaba “el momento de la recapitulación”. Esos diez minutos me encantaban y ponían al salón en un frenesí de manos levantadas que rara vez he vuelto a ver.

De otra parte, y eso se lo agradezco de verdad, me entusiasmaba cuando usted me ponía a exponer frente al grupo porque, según me decía, “yo tenía talento para eso”. Me acuerdo, entre otras, de la exposición que hice sobre el ciclo del agua y otra sobre los dioses de la mitología griega. Usted se quedaba de pie, recostado en una de las paredes laterales del salón, mirándome fraternalmente y cuidando que los demás compañeros –especialmente Tibocha– se mantuvieran atentos. Después, como si yo fuera uno de sus colegas, retomaba palabras mías en su exposición. Yo me sentía muy orgulloso. Y aunque eso no tuviera ninguna nota, para mí era suficiente estar al lado suyo sintiéndome un pequeño profesor.

Es una lástima que la vida no nos haya permitido reencontrarnos. Creo que tendríamos muchas cosas sobre qué conversar. Según supe, usted dejó el colegio y se fue a vivir a Neiva. Al menos eso fue lo que me contó Murillo, un compañero con el que  coincidencialmente nos encontramos en la pasada Feria del Libro de Bogotá. Él también se acordaba de usted, y de su gabardina color beige. En todo caso, así no nos veamos de nuevo, quiero comunicarle con esta carta todo lo que poco a poco he ido descubriendo que le debo. Su herencia de docente es para mí un legado invaluable.

Y sabe qué, maestro, lo más importante es que usted me mostró, con su alegría, con su pasión por enseñar, que a pesar de los escasos salarios, de las condiciones adversas, esto de educar era  un oficio gratificante. Que bien vale la pena asumir esta labor de tallar espíritus, formar personas y contagiar a otros el deseo de aprender y conocer. Usted es un vivo testimonio de la dignidad de esta profesión. Por sus consejos, por su cordialidad, por los retos que me propuso, por el libro que me regaló al final del año, ese libro de tapa dura de El Quijote de la mancha, por todas esas cosas y otras que seguramente siguen creciendo en mí y que más tarde descubriré, quiero decirle muchísimas gracias.

Espero que cada clase que imparta o cada acción de mi trabajo como docente no sean menores al ejemplo que recibí de usted durante esos dos años de primaria.

Con mi aprecio y admiración,

Fernando

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