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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Comentarios

Vejez con hojas verdes, según Antonio Machado

18 domingo Ago 2024

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"A un olmo seco", Antonio Machado, Comentarios de poemas, Lectura de poemas

He escrito varias entradas en este blog sobre la fuerza que tienen ciertos poemas –desde su primera lectura– para conmovernos o interpelar nuestra conciencia. En muchas ocasiones es porque nos revelan algo esencial de lo que somos y, en otras, porque nos entrevén situaciones futuras por las que transitarán nuestros pasos. Retomemos, entonces, uno de esos poemas y descubramos por qué llega tan hondo a nuestra alma. Se trata de “A un olmo seco”, contenido en su libro Campos de Castilla.

La primera estrofa nos sitúa, de una vez, en el motivo lírico del poema. Antonio Machado describe bien la vejez de un árbol, su deterioro: además de vetusto, está partido por un rayo y, en su centro, se nota completamente podrido. Sin embargo, de tal tronco viejo brotan “algunas hojas verdes”. Ese contraste entre la evidencia de la ancianidad y el sutil reverdecimiento es el que el poeta va a exponer a lo largo del texto.

Las estrofas que siguen le van a servir a Machado para detallar más aquel olmo viejo. Nos dice que es centenario y que está arriba de una colina, bañada por río Duero ­–el que fluye “por hoces y barrancas”, el que lleva hacia el mar a la melancólica Castilla­–; describe su corteza blanquecina “manchada” por el “musgo amarillento”, como si fuera un tipo de óxido corrosivo; y para terminar ese retrato de menoscabo, afirma que su tronco se nota “carcomido” y lleno de polvo. El resultado de esa condición centenaria lleva al poeta a decir que este árbol no será “como los álamos cantores que guardan el camino y la ribera”; que en sus ramas no se posarán los “pardos ruiseñores”. Es un árbol viejo y solitario, un árbol habitado únicamente por ejércitos de hormigas y por “arañas”. El olmo está podrido por dentro, el olmo está seco y quebrado en sus entrañas, el olmo está condenado a un marchitado silencio.

Pero a pesar de todo ello, de los rasgos de envejecimiento que preludian el hacha del leñador o que los carpinteros hagan de él “melena de campana, lanza de carro o yugo de carreta”, el poeta quiere detenerse en ese pequeño destello de la “rama reverdecida”. Sabe que por su condición decrépita y añosa lo más seguro es que algún “torbellino” lo descuaje o que termine ardiendo en “alguna mísera caseta”. No obstante, al apreciar esa mínima rama verde que sobresale de la figura gris, Machado exclama o exhorta al tiempo, para que le sea posible contemplar “otro milagro de la primavera”. Anhela ver cómo la vida renace de sus propios añicos. El poeta reconoce que el olmo está envejeciendo –quizá como él–, pero mantiene la esperanza de vivir otros años, de mantenerse en pie, de poder levantar su corazón “hacia la luz y hacia la vida”.

Los últimos versos de la quinta estrofa nos vuelven al inicio del poema. Lo que Antonio Machado quiere guardar en su memoria, la anotación que desea escribir en su cartera, es esa “gracia de la rama verdecida” en aquel tronco seco, destruido y cubierto de polvo. Este contraste entre lo más deslustrado y corroído con algo brillante y lleno de frescura es el detalle que al poeta le parece memorable y que le sirve de reflexión para su existencia. En medio de la vejez es posible que nazcan retoños de nueva vida; el sumo ocaso puede albergar brotes de primavera. Desde luego, se trata de una esperanza o, si somos más trascendentales, de un “milagro”. El poeta sabe, como lo escribiera Jorge Manrique, que “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir”; pero antes de que eso suceda, antes de que el peso de los años nos descuaje y lleve nuestros huesos hacia ese otro océano, es saludable para el espíritu mantener la espera en que alguna dimensión de nuestro  ser puede reverdecer, o convencernos de que nuestro corazón tiene la potencia para seguir refloreciendo.

Una relectura completa del texto, escrito en Soria en 1912, nos permite subrayar la importancia de confiar en que vengan las “lluvias de abril y el sol de mayo” antes que caigamos para siempre, antes que seamos cenizas al borde del camino, antes que nos diluyamos en el vasto infinito. Esa reiteración en el “antes que” no es solamente una súplica, sino una arraigada confianza de los caminantes poetas como Antonio Machado.  El autor sevillano, curtido en “meditaciones rurales”, nos enseña con este simbolismo del olmo seco que así estemos viejos y con la carcoma corroyéndonos las entrañas, “el corazón sigue latiendo… y que no todo se lo ha tragado la tierra”

La relevancia de la literatura, según el Papa Francisco

11 domingo Ago 2024

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Comentario de textos, Fe y cultura, Lectura de encíclicas, Literatura y formación, Poesía y teología

T.S. Eliot: “La crisis religiosa moderna es una crisis de incapacidad emotiva”.
Karl Rahner: “Las palabras del poeta llaman lo innominado, se alargan a lo inasible”.

El pasado 17 de julio el Papa Francisco promulgó su más reciente encíclica: “El papel de la literatura en la formación”. Por tocar temas de especial interés no sólo para los noveles religiosos, sino para todos aquellos actores dedicados al trabajo educativo, considero relevante dedicar unas páginas a analizar con algún detalle este documento. Desde luego, mis comentarios son también una pre-texto para invitar a leer la carta apostólica en su totalidad.

La encíclica tiene 12 páginas de extensión, 44 parágrafos y 32 referencias. Después de unos párrafos iniciales, se subdivide en las siguientes partes: a) Fe y cultura, b) Jamás un Cristo sin carne, c) Un gran bien, d) Escuchar la voz de alguien, e) Una forma de ejercicio del discernimiento, f) Atención y digestión, g) Ver a través de los ojos de los demás y h) El poder espiritual de la literatura. Al igual que en otras cartas el estilo de Francisco es claro, cercano, rico en ejemplos y por momentos de tono confesional. Dicho estos aspectos generales, avanzaré en el texto haciendo mis comentarios según el orden de las ocho partes mencionadas.

El punto de partida de Francisco acota y amplía el objetivo de su carta: aunque pensó en un inicio que sus destinatarios iban a ser solamente los sacerdotes en formación, después decidió que su propósito cobijaba a todos los “agentes de pastoral” y, en últimas a “cualquier cristiano”. Su meta, entonces, es más amplia porque lo que desea es reflexionar sobre “la importancia que tiene la lectura de novelas y poemas en el camino de la maduración personal”. Esta premisa es de vital importancia para todo lo que viene después: primero, porque pone a las obras literarias y a los poemas en una dimensión de lo que podríamos llamar “textos relevantes” en la formación religiosa y, segundo, porque subraya la necesidad de que todas las personas contemos con obras literarias o textos poéticos que contribuyan a nuestra “maduración personal”.

Al adentrarse en su disertación, el Papa dice que antes de la llegada omnipresente de las redes sociales y de los teléfonos móviles, “la lectura era una experiencia frecuente” y que, según nos lo va mostrar, no ha pasado de moda. Porque “encontrar un buen libro” puede llegar a ser un “oasis que nos aleje de otras actividades que no nos hacen bien” o una ayuda “para ir sobrellevando la tormenta, hasta que consigamos tener un poco más de serenidad”. Francisco afirma que la lectura permite “abrir nuevos espacios que evitan que nos encerremos en esas anómalas ideas obsesivas que nos acechan irremediablemente”. El Papa subraya de manera positiva el acto de leer y se aparta, en gran medida, de la “obsesión por las pantallas”. Es urgente en cualquier proceso formativo estimular la “lectura serena y libre”, el diálogo sobre esos libros leídos (nuevos o viejos) que “tanto nos siguen contando. De allí su reclamo a la poca trascendencia que se le otorga a la literatura en el actual magisterio ordenado. No puede seguírsela entendiendo como “forma de entretenimiento” o una “expresión poco relevante”. Lo que concluye de este descuido vale la pena destacarlo: “es el origen de una forma de grave empobrecimiento intelectual y espiritual de los futuros sacerdotes, que se ven así privados de tener un acceso privilegiado al corazón de la cultura humana y más concretamente al corazón del ser humano”.

Es ese, entonces, el objetivo de su carta: “proponer un cambio radical acerca de la atención que debe darse a la literatura en el contexto de la formación de los candidatos al sacerdocio”, porque a través de las obras literarias podremos “entrar en relación con nuestra existencia concreta, con nuestras tensiones esenciales, con nuestros deseos y significados”. Es muy contundente su observación: “la literatura tiene que ver con lo que cada uno de nosotros busca en la vida”. Por eso es tan importante que cada quien vaya encontrando “aquellos libros que digan algo a su propia vida y se conviertan en verdaderos compañeros de viaje” o, si se quiere ser más precisos, que halle esas novelas y poemas que “necesita en cada momento de su vida”.

En el apartado de “Fe y cultura”, el Papa hace eco del Concilio Vaticano II al afirmar que la literatura “presenta claramente las miserias y las alegrías de los hombres, sus necesidades y sus capacidades”. En consecuencia, se si quiere tener un diálogo genuino con otras culturas o con otras personas es indispensable conocer obras literarias en las puedan captarse las “miserias y las alegrías de los hombres”. Si, en verdad, nos interesa “penetrar el corazón de las culturas” no podemos desechar esas palabras con que hombres y mujeres expresaron “el drama de su propio vivir”. Porque las novelas y los poemas son eso: “plasmación y revelación de sus más bellas hazañas y los ideales más bellos, así como también de sus actos más violentos, sus miedos y sus pasiones más profundas”. Y Francisco agrega algo más: la literatura puede ayudar a la Iglesia a no caer en el solipsismo ensordecedor y el fundamentalismo que “consiste en creer que sólo una específica gramática histórico-cultural tiene la capacidad de expresar toda la riqueza y profundidad del Evangelio”. Es a través del contacto con diferentes estilos literarios como se logrará profundizar en “la polifonía de la Revelación”. Dicho de otra manera: la literatura evita que se empobrezcan las estructuras mentales y ayuda a que los evangelizadores, como lo fue San pablo, “entren en un diálogo fecundo con la cultura de su tiempo” y a que, como señala en el siguiente apartado, no se pierda la “carne” de Jesucristo, una carne del mismo material con que se elabora la literatura: “carne hecha de pasiones, emociones, sentimientos”.

En el tercer gran apartado, subtitulado “Un gran bien”, Francisco sostiene que el “hábito de la lectura”, además de fortalecer el vocabulario y desarrollar diversos aspectos de la inteligencia y las capacidades de las personas, las prepara para “comprender y afrontar las diferentes situaciones que pueden presentarse en la vida”. Además de servirnos de ejemplo, nos lega una sabiduría que podemos asimilar y luego podremos legar a nuestros descendientes. Más adelante, en los parágrafos 20 a 22, el Papa toma ejemplos de autores literarios para subrayar que la literatura nos educa en la acción de “escuchar la voz de alguien”, en ser interpelados por nuestros semejantes. Por eso también la literatura nos hace “sensibles al misterio de los otros”, asunto tan necesario hoy cuando vivimos de una “incapacidad emotiva” generalizada. La literatura, en últimas, está disponible para “enriquecer nuestra sensibilidad”.

El siguiente apartado de la encíclica, “Una forma del discernimiento”, se enfoca en la ganancia que tendrían los sacerdotes si adquieran el hábito de leer poesía de manera frecuente. Francisco retoma la idea de Karl Rahner que emparenta al sacerdote con el poeta: tanto uno como otro buscan con sus palabras abrirnos “a lo innominado”, a lo infinito, a lo inasible. Este tipo de palabras, en consecuencia, hace que los futuros sacerdotes se vean obligados a ejercitar el discernimiento para “afinar las capacidades sapienciales de escrutinio interior y exterior”. El ejercicio de lectura literaria se asemeja, afirma Francisco, a un discernimiento mediante el cual el lector “está implicado en primera persona como sujeto de lectura y, al mismo tiempo, como objeto de lo que lee”. Al leer participamos y nos identificamos con un cúmulo de experiencias, leemos y “somos leídos”; en suma: estamos totalmente involucrados.

En los siguientes cuatro párrafos, agrupados bajo el subtítulo de “Atención y digestión”, el Papa usa varias analogías para comprender el sentido de la literatura. Escribe que ella se parece a un laboratorio fotográfico en el que “es posible elaborar las imágenes de la vida”; añade que la literatura es importante porque permite “desarrollar las imágenes de la vida para preguntarnos por su significado”. Leer literatura contribuye a mantenernos alertas para “contrarrestar la acelerada simplificación de la vida”. Compara la literatura con un gimnasio en el que “se entrena la mirada para buscar y explorar la verdad de las personas y de las situaciones como misterio”. Finaliza el apartado asociando el rol de la literatura con el acto fisiológico de la digestión mediante el cual es posible “digerir y asimilar” nuestra presencia en el mundo; rumiar “lo que va más allá” de la superficie de las experiencias humanas.

La penúltima parte de la carta pastoral, subtitulada “Ver a través de los ojos de los demás”, habla de lo que sucede a la persona cuando lee un texto literario. Francisco afirma que al leer literatura se activa el poder de la imaginación, nos volvemos “más sensibles frente a las experiencias de los demás” y “ampliamos la perspectiva que expande nuestra humanidad”. El Papa señala que la literatura “educa nuestra mirada hacia la lentitud de la comprensión”, nos evita caer en las simplificaciones y en la “reducción del misterio del mundo y el ser humano a una antinómica polaridad de verdadero/falso o justo/injusto”. Al leer las obras literarias “descubrimos que lo que sentimos no es sólo nuestro”, que somos seres empáticos y con posibilidad de comprensión. Para quien lee literatura “nada de lo que sea humano le será indiferente”.

El Papa Francisco concluye su carta pastoral haciendo una síntesis de lo expuesto. El subtítulo declara bien lo medular de su mensaje: “El poder espiritual de la literatura”. Si ha insistido en que la formación del futuro pastor contemple la inclusión asidua de literatura y poesía es porque confía en que estas obras ofrecerán un “pluralismo de los lenguajes humanos”, le darán mayor extensión a su sensibilidad y prepararán una “apertura espiritual para escuchar la Voz a través de tantas voces”. La literatura es un buen antídoto contra “los lenguajes autorreferenciales falsamente autosuficientes”; con la literatura la palabra recupera su movimiento, su viveza interpelativa. Si el futuro sacerdote se nutre de literatura, de poesía, recuperará el don de “poner nombre a los seres y a las cosas”. Francisco cierra su encíclica mostrando la afinidad entre el sacerdote y el poeta, entre aquellos que tienen la función sacramental de la palabra divina y aquellos otros que escuchan y dan formas nuevas a la palabra humana.

Mirada en su conjunto la Carta del Pontífice deja entrever la necesidad de que en todos los espacios y niveles de formación –no solo religiosos o teológicos– se entienda mejor el sentido de leer obras literarias y el papel vertebral de la poesía en una educación de la sensibilidad y el cultivo de la interioridad. La literatura no puede considerarse como una simple “ilustración académica” o un gusto novelero y caprichoso, sino que es un “bien cultural” muy importante en la formación de todas las personas porque les posibilita reconocerse en las variadas y diversas experiencias humanas y, de esta manera, disponer su corazón hacia la solidaridad y la compasión. La literatura nos ayuda, como pensaba Jean Cocteau, a “salir de nosotros mismos”. Si comprendemos el sedimento de aprendizajes vitales que comportan las obras literarias o la lectura asidua de poemas, si las dimensionamos como semillas de fraternidad humana para abonar la mente y el espíritu de los estudiantes, seguramente volveremos a colocar dichas expresiones del lenguaje en el sitial que merecen dentro de nuestros centros educativos.

La certeza nostálgica del amor verdadero, según Yeats

24 lunes Jun 2024

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Comentario de poemas, William Butler Yeats

Ciertos poemas nos cautivan desde la primera vez que los leemos. A veces porque hallamos en ellos, de manera concentrada y con estilo sutil, una clave para entender determinado matiz de la existencia y, en otras ocasiones, porque señalan con aguda reflexión situaciones futuras a las que, de alguna forma, estaremos abocados. Este tipo de poemas cobran más sentido a medida que pasan los años o se hacen más “legibles” cuando se los mira con el lente sereno de la sabiduría de vivir. Uno de esos poemas es “Cuando estés vieja” del irlandés William Butler Yeats. Miremos en detalle el texto.

La primera estrofa parte de un hecho que es, al mismo tiempo, un anuncio premonitorio: la llegada de la vejez. Pero la mujer a la que alude el poema está en actitud “somnolienta”, al lado del fuego, y tiene en sus manos un libro. Es una persona en estado de lentitud, de “mirada suave” y que, sin afanes, va leyendo. Desde ese gesto cansino “y sin prisa” la vieja recupera sus vivencias de otros días; evoca y sueña, a la vez.

Eso es, precisamente, lo que nos expresa Yeats en la segunda estrofa del poema. La mujer recuerda a todos sus “amantes” que le prodigaron “momentos de dicha” y que amaron su belleza “con amor falso o verdadero”. Tales reflexiones sólo aparecen cuando puede mirar hacia atrás con tranquilidad y sin estar asediada por el arrebato de las pasiones. La mujer repasa sus días como si fueran las hojas de un libro, hace un balance y se detiene en un hombre que, además de contemplar su belleza, supo “amar en ella su alma peregrina y las tristezas de su rostro voluble”. Ese hombre, porque parece que es único: “amó los dolores de su rostro cambiante” o, “amó las aflicciones de su cambiante cara”. Ese alguien logró amar lo mudable, lo que en ella era peregrino o iba de tránsito; lo que no era solo exaltación de la alegría, sino también cambio y sufrimiento. La rememoración de la anciana, con relación a sus amantes, la lleva a distinguir entre aquellos que se extasiaron con su belleza exterior y otro que se detuvo a escudriñar dentro de ella. Quizá allí esté la clave de lo que diferencia a los amores falsos de los amores verdaderos.

Terminado ese momento de evocación, la anciana se refugia en el calor de los leños y descubre, no sin cierta tristeza, que el Amor –ahora escrito con mayúsculas– ya no está con ella, que “huyó sobre las montañas”, que “escondió su rostro entre una multitud de estrellas”. Y si bien alcanzamos a sentir un tono melancólico por las experiencias amorosas del ayer, lo que me parece loable es que esta anciana logró conocer y tener vivo dentro de su pecho aquel astro fulgurante. Ella fue amada, así ahora no lo sea. Lo que amortigua la ausencia del amor en su vejez es que, en otro tiempo, experimentó el saberse amada y de modo especial por una persona que entrevió las vicisitudes de su alma. No llega al final de sus días sin la evidencia de ese Amor que por momentos lo tuvo radiante entre sus manos.

Este poema me sigue cautivando, a la par que me ofrece pistas de comprensión sobre los afectos pasados por el tamiz del tiempo. Sabemos que nuestra existencia es pasajera, y entendemos que en ese periplo hallaremos personas que nos amen. Pero únicamente al llegar a viejos sabremos cuáles de esos amores fueron falsos o sinceros, cuáles se quedaron en el borde de lo que somos y cuáles penetraron hasta la médula de nuestro ser. Eso de una parte. El otro asunto es de mayor trascendencia: el Amor se nos da como un regalo, es algo que se aposenta por un tiempo en nuestra alma y luego vuelve a su patria estelar. También él es peregrino. Por momentos nos incendia y nos nutre a incendios abrasadores; en otros, es silencio o sequía extrema. Desde la atalaya de la vejez se puede apreciar mejor el itinerario de esa estela de alboradas y de ocasos.

Cabe agregar algo más: el conjunto del poema es una especie de dedicatoria para alguien que, seguramente, fue el motivo de ese amor genuino y “sincero” al que se alude en la tercera línea de la segunda estrofa.  Aquel hombre, que bien puede ser el mismo poeta, tiene la esperanza de que sea la vejez de esa mujer la que le revele, a la manera de un testamento, la persona que amó su peregrina alma. Y aún más: el libro que Yeats confía que ella tenga en sus arrugadas manos sea el mismo que incluya los versos que le ha escrito. Así descubrirá –al igual que nosotros– que, si bien padece la ausencia de amor en el presente, le queda la certeza nostálgica de ese amor verdadero que tuvo en el pasado.

Hallazgos en la Feria del libro

05 domingo May 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Comentarios, LECTURA, Libros

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Comentario de libros, Libros ilustrados, Libros-álbum, Recomendaciones de libros

De mi pasada visita a la Feria del libro de Bogotá (del 17 de abril al 2 de mayo), durante varios días y en pausadas caminatas, encontré algunos textos que me gustaría compartir y comentar con las personas lectoras de este blog. Empezaré por el libro álbum que es uno de mis campos de interés y por considerarlo un “artefacto cultural” que ya no tiene como único público a los niños y niñas, sino que involucra a todo tipo de lectores, enfocándose creativamente a reflexionar u ofrecer alternativas sobre variedad de temáticas.

Ojalá pudiera decirte

El primer libro álbum es Ojalá pudiera decirte (Tramuntana, Girona, 2023), con textos del profesor francés Jean-François Sénéchal e ilustraciones de la japonesa Chiaki Okada. El eje de la obra es la pérdida de un ser querido (la abuela) y el modo de presentar el asunto es a través de una carta. El contrapunteo entre el texto y la imagen permiten vivir o revivir los acontecimientos, los lugares, los eventos compartidos con alguien que “se ha ido”. La carta empieza recordando los últimos días con aquella persona especial, cuando ya estaba en su cama “tan cansada y tan ausente”; luego se extasía, evocando los momentos mágicos, extraordinarios, inolvidables con aquella cómplice de aventuras; y avanza hasta la noticia de la muerte de la abuela. El libro álbum nos muestra que esas pérdidas llegan de pronto, son como la herida que produce “el rayo al caer sobre el gran roble” pero, con el pasar de los días, ese dolor “se va curando”; porque a pesar de que la destinataria no pueda leer la carta, siempre podemos mantenerla en el recuerdo y decirle que la seguimos queriendo.

El señor Nadie

Un segundo libro álbum es El señor Nadie de Joanna Concejo (Diego Pun ediciones, Santa Cruz de Tenerife, 2023). Esta obra presenta a un señor anónimo, común y corriente, que vive solo y a quien ningun vecino le presta interés. Este señor a quienes los niños “le tenían miedo y lo encontraban feo y viejo” se dedica en el día a mirar por la ventana, leer el periódico, hacer su colada, lavar los platos y regar una planta. Este señor se llama Nadie. Sin embargo, el señor que aparentemente no hacía nada, cuando “el vecindario empezaba a dormirse, entonces encendía la luz de la cocina y se ponía a trabajar”. ¿Y en qué consistía su oficio?: fabricaba estrellas, “estrellas verdaderas”. Las hacía por encargo y la Noche era su mayor cliente. Al otro día las enviaba por correo y volvía a su rutina gris, invisible. Pero, aunque todo parecía ser lo mismo, “nada era igual que antes”. Este libro álbum muestra, de manera alegórica, cómo personas anónimas o poco reconocidas, realizan en sus escondidos cuartos tareas de gran trascendencia, aunque inadvertidas para los demás. Los Nadies pasan indiferentes ante la mirada rutinaria de la gente, pero su labor silenciosa contribuye a apreciar y reelaborar la riqueza de la vida. Los Nadies parecen ser personas menores en los barrios “donde normalmente el cielo es de color cemento”; sin embargo, esos seres son los que conocen la receta para “reponer las estrellas que ya no brillan muy bien”.

El manual de dibujo definitivo

Otro de mis hallazgos, que se acerca más a un libro ilustrado, es El manual de dibujo definitivo del granollerense Enric Lax (Ekaré, Barcelona, 2023). La obra toma como pretexto dibujar animales y cosas, pero la manera de resolver tales asuntos resulta no solo divertida, sino que en cada caso ofrece soluciones ingeniosas o abiertamente lúdicas. Sirva de ejemplo el paso a paso para dibujar un elefante:

Lo interesante del libro es que convierte la tarea de dibujar en algo sencillo o en una labor en la que se cambia el esperado dominio de una técnica sofisticada por el recurso espontáneo de la creatividad. En muchas ocasiones el punto inicial de una nueva figura corresponde al logro final de un dibujo anterior, bien sea quitándole elementos o reajustando los existentes. En otras ocasiones, basta cambiar de posición algo ya realizado, darle un giro, para descubrir sus nuevas potencialidades gráficas. Hacia el final de la obra se muestran diversas alternativas fallidas sobre el dibujo de una gorra, pero que, en lugar de ser desechadas o menospreciadas como errores, sirven de antídoto a la frustración porque, “dibujar es como ir en bicicleta, silbar o hacer una tortilla… ¡Nunca sale a la primera!”. He aquí otra de las lecciones de este imaginativo manual:

Lo que nos hace humanos

Para cerrar quiero destacar un libro ilustrado del lingüista brasileño Victor D.O. Santos, enriquecido por las imágenes de la italiana Anna Forlati: Lo que nos hace humanos (La maleta ediciones- UNESCO, Asturias, 2023). Se trata de una obra en la que, a manera de enigma progresivo, se va indagando en algo que “ha existido desde hace mucho tiempo”, que “está en todas partes”, que “puede ser suave como un gatito o implacable como el invierno en Alaska” y que “puede conectarnos con el pasado, al presente y el futuro”. Ese invento, “que nos hace humanos” es el lenguaje. La obra advierte que tal invento puede desaparecer y con él toda una cultura y, por ello, debemos documentar cada idioma existente a través de la escritura, que “es una de las mejores maneras de preservar su pasado y garantizar su futuro”. Un libro ilustrado que se inscribe muy bien en uno de los objetivos de la UNESCO del valor de los idiomas y, en especial, en su proclama del Decenio internacional de las lenguas indígenas (2022-2032).

El comentario: una escritura para analizar un texto y valorarlo

15 viernes Mar 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Comentarios, Ensayos

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Comentario de textos, Escribir comentarios, Género de opinión

Ilustración de Jonathan Wolstenholme.

“En la opinión no hay propiamente un saber, ni tampoco una ignorancia, sino un modo particular de aserción. Esta aserción está tanto más cercana al saber cuanto más probables son las razones en las cuales se apoya”. 
José Ferrater Mora

 

El comentario es un tipo de texto que hace parte de los géneros de opinión; es decir, textos que tienen como propósito ofrecer un parecer, una conjetura o un juicio sobre determinado tema, problema, hecho o asunto.

En el mundo periodístico se emparenta con otras tipologías textuales como el editorial, la reseña crítica, el artículo, la columna. En estos textos se expresan impresiones personales, se “emiten juicios de valor” y se busca persuadir a otros del punto de vista que se defiende sobre algo o sobre alguien[1].

El comentario, con fines académicos, se entiende como una tipología textual que tiene como objetivo primordial analizar un texto (un evento, una obra, una situación, un discurso) para comprenderlo y valorarlo. Además de expresar un punto de vista personal sobre un texto, un asunto o un problema, el comentario busca que el estudiante pueda explicar con alguna extensión las razones o motivos de su postura.

En este sentido, redactar un comentario supone aprender un método de lectura de textos que, a su vez, conduce a una manera de escribir sobre ellos. Este método es esencialmente analítico: mira las partes en relación con el conjunto, descompone y recompone el texto con el fin de entender su significado.

Entre los métodos de lectura con mayor tradición académica está el denominado “Comentario de textos literarios”.  Esta modalidad de comentario tiene una buena tradición en su enseñanza. Desde las propuestas de la exégesis bíblica, pasando por los estudios estilísticos o de orientación hermenéutica, hasta los modelos textolingüísticos o semióticos[2]. Tal variedad de enfoques y propuestas ha permitido precisar y distinguir las fases o momentos de un método para el análisis.

Esas fases podemos evidenciarlas, por ejemplo, en las propuestas de Lázaro Carreter y Correa Calderón, quienes ya desde la década del 70, propusieron seguir un método en cinco momentos complementarios: a) La lectura atenta del texto, b) La localización del mismo, c) La determinación del tema, d) La determinación de la estructura, e) El análisis de la forma partiendo del tema y f) La conclusión[3]. La apuesta de los dos autores se basa en el convencimiento de que explicar un texto no es parafrasearlo ni un alarde de erudición, sino “dar cuenta, a la vez, de lo que un autor dice y de cómo lo dice”, y para ello es esencial tener un método que de manera “clara y ordenada establezca las relaciones entre el fondo y la forma de una obra”[4].

Este método fue y sigue siendo un punto de referencia para los posteriores desarrollos. Tal es el caso de Belén Díez Pacheco y Juan Cruz Martínez quienes agregaron otros componentes de corte estructuralista a las fases delineadas por Carreter y Correa. El resultado fue el siguiente: a) Lectura detenida y atenta del texto, b) La localización, c) El plano del contenido (que incluía el argumento, la concreción del tema principal, la concreción de los subtemas y la estructura interna del texto), d) El plano de la forma (en relación con la estructura externa, el análisis formal de los niveles fónico, semántico, morfológico y sintáctico), e) La relación contextual y  f) La conclusión y la opinión crítica[5]. Otro ejemplo, que enriqueció la propuesta inicial de Carreter es la de José María Díez Borque. Este filólogo incluyó aspectos de la estilística, la retórica y la teoría literaria y propuso un método de cinco etapas: a) La etapa externa (centrada en la aplicación de conocimientos previos como la situación del texto y el género literario, b) La etapa de análisis del contenido (en la que se abordan asuntos como el autor del texto, el argumento, la estructura del contenido, el tema), c) La etapa del análisis de la forma (derivado en los planos fónico, morfosintáctico y semántico), d) El texto en cuanto comunicación literaria y e) La conclusión y la crítica personal[6].

Como podrá colegirse de lo expuesto, esta rica tradición en el comentario de textos ha permitido a los educadores adecuar o graduar la enseñanza del método según el nivel de los estudiantes, enfocarlo de acuerdo al tipo de asignatura, las capacidades de aprendizaje esperadas, y ajustarlo con el proyecto formativo en oralidad, lectura y escritura de determinada institución educativa.

De otra parte, el comentario como práctica escolar de escritura, no se ha centrado únicamente en el análisis y crítica de los textos literarios escritos, sino que ha servido a otras áreas diferentes de la lengua castellana como la filosofía, las ciencias sociales o a distintas expresiones artísticas[7].

Dicho lo anterior, y pensando en la producción escrita de este tipo de textos, podemos enumerar ahora cinco pistas que son, al mismo tiempo, el perfil de un método: la primera pista para redactar un comentario de un texto escrito, base de todo lo demás, es la lectura atenta del mismo; esto supone releerlo, apostillarlo, subrayarlo. En suma, leer con atención y tomar notas. Otra pista es la organización de la lectura en dos momentos diferentes, pero complementarios: el análisis de la estructura del texto (su organización macro, sus partes, su disposición textual) y el análisis del contenido del texto (asunto, tema, ideas recurrentes). La tercera pista para redactar un comentario apunta a seleccionar el tema o subtema sobre el cual va a centrarse el texto producido; por lo general, el comentario se enfoca en algo en particular. Una pista más, de gran importancia en la redacción del comentario, es la valoración crítica que hace el estudiante de la totalidad del texto; esto supone “arriesgar” o proponer un juicio razonado. La quinta pista tiene ver con la presentación del comentario escrito. Al inicio es recomendable señalar algunas referencias bibliográficas del texto: título, autor, editorial, año, fecha; además, hay que indicar la tipología textual en la que está escrito, especificar si se trata de un capítulo de un texto o del fragmento de una obra, al igual que incluir unos elementos esenciales del contexto que le sirven de referencia espacio- temporal.

El objetivo principal de las anteriores reflexiones y recomendaciones sobre la escritura de comentarios es lograr que el estudiante pase del impresionismo inmediato de las percepciones a una razonada forma de entender los mensajes. Se trata de producir un desplazamiento en su manera de pensar que lo lleve a superar el rol de lector superficial para convertirse en alguien que puede dar explicaciones de lo leído y presentar su punto de vista.

BIBLIOGRAFÍA ADICIONAL

Taller de textos. Leer, escribir y comentar en el aula, Daniel Cassany, Paidós, Barcelona, 2006.

Auxiliar para el comentario de textos literarios, Delmiro Antas, Octaedro, Madrid, 2006.

Comentario de textos de filosofía, François Guéry, Didier Deleule y Pierre Osmo, Cátedra, Madrid, 1993.

La escritura en la enseñanza secundaria. Los procesos del pensar y del escribir, Lennart Björk y Ingegerd Blomstrand, Graó, Barcelona, 2006.

[1] Puede ampliarse este aspecto en el libro Saber escribir del Instituto Cervantes, coordinado por Jesús Sánchez Lobato, Aguilar, Colombia, 2007. Especialmente el capítulo XIV: “La redacción de textos de opinión”.

[2] Existe una buena bibliografía al respecto en la que no solo se abordan elementos conceptuales, sino que se muestran diferentes aplicaciones. Baste, por ahora, señalar la siguiente: Antología y comentario de textos de Lacau-Rosetti, Kapelusz, Buenos Aires, 1962; Semántica y pragmática del texto común, Producción y comentario de textos de Rafael Núñez y Enrique del Teso, Cátedra, Madrid, 1996. También hay guías muy completas para realizar comentarios de expresiones artísticas o géneros literarios específicos: Cómo se comenta una obra de teatro de José-Luis García Barrientos, Paso de Gato, México, 2012 o Cómo se comenta un poema de Ángel Luján Atienza, Síntesis, Madrid, 2000.

[3] Cómo se comenta un texto literario, Fernando Lázaro Carreter y Evaristo Correa Calderón, Cátedra, Madrid, 1982.

[4] Op., cit., pág. 20-21.

[5] Metodología para el comentario de textos literarios y no literarios, Belén Díez Pacheco y Juan Cruz Martínez, Alba, Madrid, 1987.

[6] Comentario de textos literarios. Teoría y práctica, José María Díez Borque, Playor, Madrid, 2001.

[7] Sirvan de ilustración las aplicaciones a la filosofía o el cine. Del primer caso, es destacable el libro de Cristóbal Aguilar Jiménez y Vicente Vilana Taix, Teoría y práctica del comentario de texto filosófico, Síntesis, Madrid, 1966. Del segundo, y no me canso de recomendarlo, es la obra Cómo se comenta un texto fílmico de Ramón Carmona, Cátedra, Madrid, 1991.

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