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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Crónicas

Caminando con Alfredo Molano

19 martes Nov 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Crónicas, Ensayos, INVESTIGACIÓN

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Alfredo Molano

Alfredo Molano Bravo: «Escuchar es una manera olvidada de mirar».

He estado leyendo con asiduidad durante estos días a Alfredo Molano Bravo[1]. Es el mejor homenaje que se le puede hacer a este sociólogo, escritor, e insigne lector crítico de nuestro país, fallecido el 31 de octubre de este año. A la par que he degustado sus crónicas, sus relatos de viajes a la Colombia profunda, he ido entresacando la manera particular de elaborar sus relatos o, si se prefiere, su método para abordar la realidad social o hacer investigación.  

Lo primero que hay que destacar, y en eso el mismo Molano insistió en varios de sus artículos o en entrevistas, es el valor de la historia oral para recoger información más viva, más genuina de las personas. Precisamente, en un texto titulado “Reflexiones sobre historia oral”[2] el sociólogo hablaba del aspecto emocional que provoca una conversación, del tono exquisito que atraviesa la oralidad y de cómo se pierde al tratar de trasvasarlo en los formatos “acartonados y secos” validados por la academia. Y que toda su propuesta de dar a conocer lo que vio y conversó con colonos, desplazados, campesinos, mineros, desterrados, guerrilleros, paramilitares, cultivadores de coca, militares, a lo largo de caminos y ríos, de montañas y llanuras, toda esa oralidad terminó concretándose en relatos que buscaban recuperar el “tono” del diálogo. Afirmaba Molano: “la gente habla lindo, solo que uno no está acostumbrada a oírla porque uno habla un lenguaje similar. Las modalidades de expresión del lenguaje campesino, incluidos arcaísmos, son bellísimos, la forma en la que encadenan las ideas, la forma en cómo hacen los párrafos, la puntuación, se convierte en una fuente literaria”[3]. De allí que en sus crónicas abunden los giros coloquiales, los apodos, las reiteraciones emocionadas, los símiles anclados en el contexto, es decir, el habla cotidiana y circulante.

Por lo demás, en ese mismo artículo el sociólogo bogotano señalaba que su mayor alegría, provenía cuando los mismos informantes leían aquellos textos y lograban reconocerse. “Después de recoger la información, después de elaborar las historias, uno lleva el texto a las comunidades y ellas se sorprenden inmediatamente de mirarse ahí, en ese espejo”. Y agregaba: “Creo que las historias de vida o las historias locales son un espejo en donde las comunidades se miran”. Es decir, los relatos elaborados por el investigador, para cumplir su función social, debían volver a las personas que sirvieron de base; en ese objetivo de posibilitar una “conciencia sobre sí” residía “el resultado final más importante de las historias orales”.

Desde luego, valorar las historias de vida es de igual modo ofrecer relevancia a la escucha, al oír con atención a los informantes. Molano consideraba que “el camino para comprender no era estudiar a la gente, sino escucharla”[4]. Ese escuchar, que parece fácil en un comienzo, resulta una de las cosas más difíciles de lograr debido a “el que trata de escribir no oye porque está aturdido de juicios y prejuicios, que son justamente la materia que debe ser borrada para llegar al hueso”[5]. En varias oportunidades el sociólogo reiteró esa dificultad del investigador social: “Escuchar a otra persona es una disciplina difícil en la medida en que uno no está escuchando sino que está objetando lo que la otra persona dice. En una historia con la gente, en una entrevista, es necesario abrirse realmente sin consideraciones, sin consideraciones sobre uno, abrirse a lo que la otra persona está diciendo sin objetarla, aceptar sin prejuicios, sin críticas, sin distancias lo que la otra persona va diciendo y ése es un ejercicio difícil, porque nosotros queremos poner sobre lo que oímos, lo que decimos y eso implica sacrificios, implica también formación, capacitación y ejercitación en ese arte de escuchar”[6]. La escucha atenta, empática, es una de las claves del trabajo de Alfredo Molano. Si se oye al otro con “solidaridad humana”, si se mira a los informantes en “igualdad de planos”, seguramente será más fácil liberarse de “prejuicios y sanciones condenatorias o alabanzas rendidas”[7].

Pero vayamos al método empleado por este sociólogo colombiano. Si uno mira la tabla de contenido de la mayoría de sus libros, por lo general hechos con la colaboración de otros investigadores, nota que los apartados son nombres o apodos de personas: “Ángela”, “Osiris”, “Chispas, el cabo”, “Mauricio”, “La Gata”, “El Chimbilá”, Nasianceno Parra”, “El arriero”, “Pelusa”, “El muñeco”, “Adelfa”, “Gesualdo de Maturín”, “Demetrio”, “La Doña”… Cada uno de estos testimonios son condensaciones o relatos-tipo de varias historias de vida que, como él mismo lo explicaba, compartían experiencias de vida semejantes: “todo personaje es fragmentario y por lo tanto de alguna manera complementario de otro que ha vivido experiencias históricas similares”[8]. En consecuencia, el trabajo de escritura de Molano es esencialmente una labor de “ensamblaje” de esas diferentes voces a partir de un testimonio que tenga la suficiente fuerza narrativa como para convocar historias análogas. El sociólogo ha explicado el paso a paso de su manera de escribir esas crónicas: “leer, leer mucho, empaparme desordenadamente de los testimonios; seleccionar personas que como las cebollas, tuvieran muchas capas y como la nuez, escondieran la semilla; entrevistas con cuerpo que permitieran enlazar otras historias y, sobre todo, personajes que sirvieran para contarlas. Era como vestir un cuerpo desnudo o ponerle carne, piel, ojos a un esqueleto. Su trayectoria no era modificada, era textual, digamos, y a través de su propio relato agregábamos –yo y él– fragmentos de otras historias como si nos las hubieran contado”[9]. Así que, por ejemplo, en el testimonio de Sofía Espinosa[10] se conjuga no sólo la vivencia de una mujer que vivió en carne propia los bombardeos de El Pato, sino de todos aquellos que han estado en la mitad de una guerra, de los campesinos que por causa de diferentes violencias han tenido que soportar la humillación, el desarraigo y el asesinato de sus seres queridos.

Claro está que este oficio de ensamblar diversos testimonios tenía para Molano un papel político o ético fundamental: se trataba de editar aquellas voces que han sido “distorsionadas, falsificadas o ignoradas” bien por la arrogancia de los poderosos o por los gobernantes insensibles a las demandas de los más humildes, para que hicieran parte de la sociedad colombiana, para que entraran a participar de una agenda gubernamental o por lo menos de una mirada solidaria e incluyente. A la par que las crónicas dejaban oír a esos otros seres de frontera, también Molano buscaba que los pudiéramos ver. Este sociólogo, discípulo de Estanislao Zuleta, creía que dichos coterráneos “no podían seguir viviendo en la zozobra, en la parálisis, en la oscuridad del miedo”, y que “la historia de la gente anónima es tan vigorosa, tan tractiva como la historia de los héroes”[11].

De otra parte, en varios de los libros de Alfredo Molano se incluyen mapas que sirven de escenografía a las voces. Más que un decorado, ayudan a dar una idea del territorio habitado. De igual modo, se incluyen fotografías[12] que son otros indicios de lo que se quiere traer a la memoria. Gracias a esas imágenes el lector puede darse una idea de lo que es un sitio como “Pïñalito” o conocer el rostro del “Mico” Fernández[13]. Las crónicas, por lo mismo, “articulan entrevistas, historias de vida, fragmentos de conversaciones”, fotografías y mapas de la región objeto de interés. Y como el sociólogo buscaba en el estilo de los relatos conservar el tono de la oralidad, en varios de los libros se incorpora un glosario de localismos, para entender que cuando el informante habla de “mariscar” se refiere a cazar, que las “voladoras” son las lanchas rápidas y que la “macoca” es una escopeta de fabricación artesanal. Hay una intención en el estilo de las crónicas de Alfredo Molano por conservar el ritmo y la cadencia oral de los campesinos; se nota en la forma de puntuar y en ese gusto por incorporar las “metáforas crudas” que dan agilidad al relato, y lo tiñen de colorido y viveza. Por eso las crónicas no son en realidad textos yuxtapuestos, sino una forma de contar en la que se “busca los adentros de las gentes en sus afueras, en sus padecimientos, su valor, sus ilusiones”[14]; son una “recreación literaria dentro de una tonalidad percibida”.

Sirva, entonces, esta lectura y relectura de Aguas arriba, de Rebusque mayor, de Desterrados, de Ahí les dejo esos fierros, de Del Otro lado, de Trochas y fusiles, de Espaldas mojadas…, como un homenaje a uno de los sociólogos más agudos de nuestro país, a un ser humano solidario con los campesinos y desplazados, a un intelectual comprometido socialmente y a un escritor que convirtió el reclamo de justicia de “personas anónimas y corrientes” en un motivo para elaborar sus crónicas.

Notas y referencias

[1] Durante más de quince días he disfrutado libros como Desterrados, Random House, Bogotá, 2019; Rebusque Mayor, Random House, Bogotá, 2017; Ahí les dejo esos fierros, Random House, Bogotá. 2018; Aguas arriba. #Entre la coca y el oro, Random House, Bogotá, 2017; Trochas y fusiles, Random House, Bogotá, 2017; Los años del tropel, Random House, Bogotá, 2017; Del otro lado, Aguilar, Bogotá, 2011; Espaldas mojadas. Historias de maquinas, coyotes y adunas, El Áncora-Panamericana, Bogotá, 2005; Del LLano llano, Random House, Bogotá, 2016; Asi mismo. Relatos, Los cuatro elementos, Bogotá, 1993.

[2] Publicado en la Gaceta de Colcultura, N° 7, 1990.

[3] Entrevista con Valeria Fuenmayor en El Heraldo, 11 de mayo de 2017.

[4] En “Desde el exilio” del libro Desterrados, Random House, Bogotá, 2019, p. 14.

[5] Palabras de Alfredo Molano al recibir el premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, Vida y obra, en 2016.

[6] De “Mi historia de vida con las historias de vida” en el libro Los usos de la historia de vida en Ciencias sociales I, Lucero Zamudio, Thierry Lulle y Pilar Vargas (coordinadores), Anthropos, Madrid, 1998, pp. 105-106.

[7] Léase “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, en Revista Anthropos, N° 230, 2011, Barcelona, pp. 101-106.

[8] En “la gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob.cit., p. 104.

[9] Puede ampliarse esta técnica en “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob. cit. pp. 104-106.

[10] “El Testimonio de Sofía Espinosa”, Cinep, Bogotá, 1980, pp. 7-35. Publicado después con el título de “Los bombardeos de El Pato” en Los años del Tropel, Random House, Bogotá, 2017, pp. 246-281.

[11] De “Mi historia de vida con las historia de vida”, ob. cit. p. 109.

[12] En el libro Del otro lado se incluye un mapa de la frontera Colombia-Ecuador, en Trochas y fusiles hay varios más del recorrido de las columnas guerrilleras, de regiones de influencia, de desplazamientos de los grupos insurgentes. En Espaldas mojadas, se muestra el mapa de la frontera entre México y Estados Unidos, y en Yo le digo una de las cosas…, que es un libro en el que se recogen testimonios de la Reserva de la Macarena, se incluyen cartografías que cumplen la función de ser estudios histórico descriptivos.

[13] Consúltese “La colonización: voces y caminos” en Yo le digo una de las cosas…La colonización de la Reserva de la Macarena, Corporación Araracuara, Fondo FEN, Editorial Folio, Bogotá, s.f.

[14] Del discurso de Alfredo Molano al recibir el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.

El cronista y el etnógrafo

04 domingo Feb 2018

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Crónicas, Ensayos, INVESTIGACIÓN

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Caricatura de Waldo Arturo Matus

Un maestro de la crónica: Carlos Monsiváis. Caricatura de Waldo Arturo Matus.

Bien miradas las cosas, mucho de lo que hace un cronista –hablo del consagrado a este oficio– se asemeja al trabajo propio de los etnógrafos. Veamos algunas de esas zonas de confluencia y saquemos algunas consecuencias para los procesos investigativos.

Lo primero, y quizá lo fundamental, es que cronista y etnógrafo realizan un proceso investigativo que combina la labor documental con el trabajo de campo. No es cuestión de transcribir alguna entrevista suelta o un fugaz contacto con algún personaje. Por el contrario, es un ejercicio de inmersión, de convivencia, de trato frecuente con el objeto de nuestro interés. De allí que se necesiten esos dos momentos: una labor de archivo, de hemeroteca, de lectura de declaraciones o libros, de rastreo iconográfico o de audio. Tal equipaje previo es como la reserva para ir luego al campo, al encuentro con los informantes para entrevistarlos en su contexto. Si no hay una juiciosa y abundante tarea documental pocos serán los dividendos al estar “cara a cara” con nuestra persona seleccionada.

Y, en ese mismo sentido, tanto el cronista como el etnógrafo realizan un tipo especial de indagatoria con el informante principal: la llamada entrevista en profundidad. Es decir, necesita varias sesiones de diálogo con el entrevistado para ir ahondando en su personalidad, en su actuar, en su forma de ser y comportarse. Estas sesiones de entrevista están, por lo general, espaciadas en el tiempo y pueden hacerse en diferentes escenarios en los cuales se desempeña el entrevistado. Sobra decir que realizar este tipo de entrevista demanda una escucha atenta, un trabajo de sigilo y unas habilidades interpersonales para crear confianza en el otro. En suma, la entrevista en profundidad no es la realización de un cuestionario frío ni casual.

Es oportuno precisar aquí la importancia de la grabadora y la libreta de notas. La primera, por supuesto, para no dejar perder el contenido y los matices de la voz del entrevistado, y la segunda para anotar el poder silencioso del gesto, los énfasis trasladados a los ademanes, las vinculaciones del habla con los objetos, la indumentaria o para consignar determinadas afirmaciones que sirven como bisagras de interés para continuar el diálogo. Gracias a la grabadora nos ocupamos de mantener un diálogo genuino y no andar como escolares copiando un dictado; y gracias a la libreta de notas atrapamos indicios del personaje, “detalles del natural” que pueden ser de utilidad al momento de redactar el texto final.

Un segundo punto de confluencia es el relacionado con el valor de los detalles tanto para el cronista como para el etnógrafo. Precisamente, el historiador Carlo Ginzburg llamó la atención sobre la importancia de los detalles en una investigación y recalcó el proceso mental de la abducción para formar hipótesis con informaciones mínimas. Más aún, puso en alto relieve los detalles secundarios o marginales. Son estos nimios asuntos los que anuncian o prefiguran un campo de actuación o descifran toda una vida. El cronista y el etnógrafo, entonces, son sabuesos de los detalles, de indicios, de pistas. En este sentido, aunque son cualificados profesionales de la escucha, mantienen en su espíritu una reserva de sospecha para no creer todo lo que las personas dicen. Por eso, cotejan, entrevistan a distintos implicados, triangulan la información recogida, ponen en tensión posiciones opuestas. En todo caso, el cronista y el etnógrafo saben que la percepción de la realidad depende mucho de las emociones y los intereses de la gente. Y al igual que los detectives o los médicos saben que cualquier indicio puede llevarlos a descubrir el mayor enigma o resolver el más intrincado problema.

Un tercer asunto que vincula a cronistas y etnógrafos es el respeto a las voces de los informantes. No se trata de convertir unos testimonios en un pretexto para decir cualquier cosa o en tratar de embellecerlos porque molestan o poco gustan. Por eso es que abundan los entrecomillados en las crónicas y en los informes del etnógrafo. La fidelidad a las voces de los entrevistados, posee por lo demás otra virtud: la de dotar al producto final de verosimilitud. El cronista y el etnógrafo necesitan o tienen la obligación con el lector de hacer creíble lo que cuentan o dicen los informantes. Más que la interpretación de un hecho o la impresión de determinada persona, lo que buscan es mostrarnos sin intermediarios o falsificaciones el retrato humano o el cuadro de un acontecimiento. La credibilidad o validez de lo que muestren dependerá, en gran medida, del cuidado y fidelidad a las voces de los informantes.

Todo lo anterior no es sino la fase preparatoria de la crónica o el informe del etnógrafo. Ahora viene la segunda etapa en la que una y otro necesitan poner lo visto y escuchado en un texto llamativo, sugerente, amigable para el lector. Ese segundo momento es el de la reconstrucción narrativa. En un lado quedan los hechos y, ahora, –mediante la filigrana de la escritura– se convierten en acontecimientos. El cronista y el etnógrafo saben que en este instante se juegan los días o los meses de investigación previa. De lo que se trata en esta etapa es de organizar o de articular todos esos elementos encontrados mediante la mirada perspicaz, la escucha empática, la documentación exhaustiva. A veces resulta afortunado hilvanar la información manteniendo un hilo temporal, o puede resultar útil usar subtítulos como si fueran escenas de una película. La idea de montaje –tan definitiva en el cine– le viene bien a cronistas y etnógrafos. Uno y otro, en la sala de edición o en el cuarto de redacción, se dedican a armar el rompecabezas, a darle una unidad a lo que durante la investigación fueran momentos fragmentados o discontinuos. Esta labor de “ensamblaje” combina elementos propios de la narración (el suspenso, la tensión, el cambio de perspectiva), con otros tiempos para la descripción y el acopio de testimonios. Por lo demás, demanda un tacto especial para elegir lo vital de la información y sopesar el peso real del material recolectado. Y ni qué decir de la preocupación por la elección de las palabras adecuadas, la puntuación precisa y el aplomo para poner los adjetivos. Dicha preocupación al redactar es lo que provoca la emoción en los lectores, el vínculo secreto que da las crónicas o los informes de los etnógrafos su carácter altamente comunicativo.

Como se ha podido apreciar, el cronista y el etnógrafo se emparentan en el enfoque de investigación, en la referencia a un método y en buena parte del uso de instrumentos específicos. Ambos se nutren poderosamente de la observación, del uso de entrevistas y del trabajo de campo. Los dos aspiran a desentrañar lo que a primera vista parece insustancial o poco llamativo, con el fin de hacernos más sensibles a la compleja condición humana. Cronista y etnógrafo, además, mantienen un lazo de sangre con la narrativa. Los productos terminados que ofrecen –las crónicas o informes– son una reconstrucción intencionada en la que es fundamental tocar la zona emocional del lector, provocar o mantener viva su sensibilidad. Quizá por eso tanto los cronistas más consagrados como los etnógrafos de largo aliento continúan nutriéndose de la tradición de la literatura. Ella sigue siendo, su fuente de inspiración y también su punto de llegada.

Volver a Granada (I)

20 jueves Oct 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Crónicas

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granada-antigua-de-alfred-guesdon

«Granada antigua» de Alfred Guesdon.

I

El viaje empieza primero en la imaginación. Antes de llegar al destino que nos hemos propuesto ya nuestra imaginación ha desocupado el equipaje y ha dado sus primeros pasos por el ansiado lugar. Esa ha sido mi situación esta vez. Ya desde hace tres meses mi mente está residiendo en Granada, en las calles irregulares, en los pequeños callejones empedrados, en la exquisitez de las frituras de “Los diamantes”, en la sublime arquitectura de La Alhambra.

Y el día en que compré los pasajes, mi espíritu ya estaba degustando del rodaballo en “El Cunini”  y mi cuerpo sentía los olores de las especias en la Plaza de la Romanilla.  El espíritu del viajero llega primero que los pies. La voz y la cara de los amigos, los nombres de ciertos lugares, las anécdotas vividas con anterioridad, se despiertan antes de que nuestros ojos lleguen a tocarles sus puertas. Por lo menos siete horas de anticipación le lleva la imaginación al cuerpo del viajero. Siete horas, porque voy de viaje hacia Granada.

II

Los preparativos de las maletas anuncian que la rutina empieza a fracturarse. Las maletas salen de sus bolsas protectoras, las prendas de vestir poco usadas se desperezan de su sueño de armario. Los preparativos se multiplican. Hacer las maletas es prever. Y dependiendo de los días de estancia, mayores serán los asuntos por anticipar o la cantidad de ropa en la maleta. Resulta interesante ver cómo una cotidianidad debe caber en una pequeña caja con rodachines que no debe pesar más de 23 kilos. La hechura del equipaje es el pedazo de rutina que podemos portar hacia lo desconocido. Las camisas, los pantalones, las medias que hagan juego, la ropa interior… Y entre más años vividos, además de la indumentaria, los zapatos amansados, también hay que llevar los medicamentos, que van adhiriéndose a la piel como si fueran un hongo en forma de pastillas.

—Que no se le vaya a olvidar el fybogel— me dijo mi madre, mientras prestaba guardia a la salida de mi alcoba.

Porque esa es otra característica especial de hacer un equipaje: el que los familiares o los seres más queridos participan también de ese acontecimiento. Y aunque viajen uno o dos de la familia, lo cierto es que la gran tribu, el grupo ampliado de tu sangre o tus amigos más cercanos, hacen las veces de cómplices de tal hecho.

—Y no olvide llevar algo caluroso, por si está haciendo mucho frío por allá.

Empacar las maletas es un signo de que el viaje es inminente. Yo he hecho muchas maletas en mi vida, pero este viaje tiene un incentivo mayor: volver a mirar los palacios de la Alhambra, observar de nuevo cómo el estuco y la maestría de los mocárabes construyen en su perfección geométrica una aproximación al infinito.

III

Viajar  es, de igual modo, una oportunidad para permitirse un gusto adicional en las prendas de vestir. Aunque la ocasión no lo demande, la dinámica del viajar hace que uno sienta la necesidad de adquirir un accesorio, una camisa, un pantalón. Es como si el viajar nos obligara a renovarnos, a cambiar nuestro overol o nuestra ropa de trabajo. El afuera, lo distinto o lo lejano generan una fuerza de renovación, de cambio.

—Esos zapatos te quedan muy bien con el pantalón beige.

Eso me dijo mi mujer cuando me sorprendió con ese regalo, una semana antes de nuestro viaje.

—Y deben ser suavecitos porque es harto lo que vamos a caminar.

También a ella, a escondidas, le compré un bolso de mano. Apenas lo vio, de manera espontánea me expresó con alegría:

—Ay, y me sale con mi blusa nueva y mis tenis morados.

IV

Los recuerdos que tengo de Granada son maravillosos. Me gustan las angostas y caprichosas calles del Albaicín, los techos altos, el río Darro, el barroco de las iglesias, las ruinas de los baños termales, las avenidas que de pronto desembocan en un monumento. Ahí está, por ejemplo, el monumento de la Reina Isabel. Y ahí está Colón con el mapa, señalando el mar océano. Los recuerdos se confunden con los proyectos. Porque esa es otra magia de los viajes. Nacen encuentros, aparecen otras personas, emergen escenarios y complicidades inesperadas. El que viaja conoce gente y esa gente trae consigo otras formas de pensar, de actuar, de soñar. Granada tiene esa fascinación: está siempre abierta, dispuesta, con un sol de brazos fraternos y una locuacidad estruendosa que se siente en cualquier bar de tapas. Y Granada, por supuesto, la que empezó llamándose Elvira está resguardada o protegida por la alcazaba de la Alhambra. Cipreses y cipreses hacen las veces de soldados, y los jardines y las flores y el tiempo se detienen. Como Lorca el poeta granadino quiso detener el tiempo en la muerte de su amigo Ignacio Sánchez Mejías, aquella tarde en que las cinco eran toda la eternidad:

¡Eran las cinco en todos los relojes!

¡Eran las cinco en sombra de la tarde!

V

Menos mal ya no se necesitan todos esos papeles y requisitos en la embajada de España. Quizá hay menos sospecha sobre lo que somos los sudamericanos o, de pronto, el mundo globalizado ha vuelto intrascendente la visa y las credenciales. Pero aun así, hay que certificar dónde se va uno a hospedar y si tiene, como en mi caso, una carta de invitación.

—¿En qué hotel, me dijo?

Después de que los sellos dicen que sí puedo salir de mi país, viene la inspección. Todo viaje obliga a pasar por unos rayos X. El viajero es un enfermo sin saberlo y debe ser sometido a cámaras y verificaciones, a chequeos permanentes.

—¿De quién es esta maleta?

La pregunta ya trae consigo un veredicto: algo no ha salido bien.  La radiografía mostró que uno lleva un aerosol o un perfume que supera los 100 miligramos permitidos. Hay un límite, una medida que no puede rebasarse. El viajero sufre esa ley a cada momento: en la emigración, en el avión, en los hoteles, en sus bolsillos. El que viaja está regido por las aduanas y los puestos de control. Y los sellos en el pasaporte  son el testimonio de ese encierro momentáneo, de esa mínima prisión por las que ha pasado.

Pero para ir hacia lo maravilloso bien vale la pena aceptar esta prisión de las fronteras:

—¿Cuál es el motivo de su viaje?

—Turismo.

—¿Y cuánto tiempo piensa estar en España?

—Una semana.

VI

Todo viajero necesita de un medio de transporte. Como voy para Granada estoy en un avión. Es un Boeing 787, con espacio para 250 pasajeros. Tres líneas de puestos se despliegan a lo largo de sus 50 metros. Varias azafatas ayudan y asisten a los pasajeros. Estoy en la silla 16. En los pies tengo una almohada de bebé y una cobija térmica vino tinto. Es un lugar cómodo. Por momentos hay una ligera turbulencia. A las cinco de la tarde empezó a servirse la cena. Mi organismo no distingue bien si son unas “onces” u otro desayuno. Porque esa es otra cosa que el viajar trae consigo: descompone el estómago, provoca cambios en nuestro sistema digestivo. Por supuesto, no son comidas opíparas las que se sirven en estos vuelos. Parecen más bien alimentos para un juego de muñecas. Las opciones tampoco son demasiadas.

—¿Pollo con arroz o carne con puré de papa?

Las aeromozas visten con pantalón rojo y una blusa chaleco azul con dos rayas rojas resguardando una cremallera. Una pañoleta multicolor hace juego con los zapatos azules.

Terminada la cena hay que esperar largo tiempo para que recojan la bandejita con los cubierticos y las sobritas de comida.

Es un avión poderoso. Lo siente uno en la tranquila velocidad de crucero. A 11877 metros y 907 kilómetros por hora, va en línea recta. Atrás va quedando Venezuela y la isla de Saint John, la más pequeña de las islas vírgenes. El mar del Atlántico se abre a las alas de este pájaro blanco con cola roja. Una ave diseñada de manera tan perfecta que logra aislar a los 250 pasajeros de los 54 grados fahrenheit bajo cero que hay en el exterior.

VII

El que viaja, sobre todo si el destino es muy lejano, necesita entretenerse. Noto que muy pocos leen; tres o cuatro pasajeros he podido constatar. Los demás miran delante de las pequeñas pantallas la programación dispuesta para entretenerlos. “Menú principal adultos” o menú principal niños”. Dos menús gobiernan al viajero: el del estómago y el de su esparcimiento. La mayoría ven en esa pequeña televisión o tratan de conciliar el sueño. Extraña sensación: son las seis de la tarde y la gente le hace creer al organismo que ya son la once de la noche. El cuerpo acepta esa orden pero no entiende esos nuevos horarios. Es probable que la oscuridad en el exterior ayude a que el organismo ceda a sus hábitos y decida conciliar el sueño.

También están los que se entretienen mirando su computador. Pero son las películas las que más cautivan la atención de los pasajeros.

Yo me entretengo en escribir. Escribir y observar, esa es mi entretención.

Imagino ahora cómo se entretenían los viajeros en barco cuando pasaban tres o cuatro meses en altamar. A lo mejor la piratería fue una forma de pasar el tiempo: o los motines a bordo eran otra manera de salvarse un poco del aburrimiento. Aunque pensándolo mejor, es posible entretenerse de otra manera: ingiriendo licor. Si mal no recuerdo, el ron fue en su momento tan importante como la pólvora.

Miro la ruta del vuelo arriba de la pequeña pantalla y veo que faltan todavía seis horas para llegar a mi primera escala. “Bienvenido. Relájate y disfruta del mejor entretenimiento”.

VIII

El que viaja necesita tener dinero tanto para empezar la aventura como para permanecer en su destino. ¿Cuánto vale el hotel?, ¿cuánto la comida?, ¿cuánto el taxi desde el aeropuerto?, son preguntas que agobian al viajero. Y si la moneda está bastante devaluada, como la nuestra, allí donde quiero ir el cambio no resulta tan favorable. Por tal razón, hay que racionalizar los gastos y medirse en los antojos.

—¿A cómo está el euro hoy?

—Tres mil cien —contestó el hombre—. Luego, sin que yo dijera nada, agregó:

—¿Cuántos necesita?

—500 contesté.

El hombre que tenía una montura de lentes muy gruesas, hizo sus cuentas en una sumadora de las antiguas, y me entregó por debajo de la ventanilla de vidrio un pequeño papel. Dos salarios mínimos se necesitan para adquirir esos 500 euros.

El viajero hace cábalas, cábalas de cuánto necesita para sobrevivir según el tiempo de su estadía y, si es un viajero curtido, tendrá que prever otro dinero para imprevistos. Aunque nunca el dinero que se lleve parece suficiente, hoy las tarjetas de crédito han creado esa falsa idea de que todo está a la mano, de que los sueños pueden alcanzarse con solo pasar una tarjeta de plástico. Salta a la vista otro corolario: el que viaja se endeuda. Quizá saber viajar es saber endeudarse. En todo caso, nuestros ahorros bajarán su nivel.

—Bueno, para algo trabaja uno todos los días —dijo mi mujer.

—Para darse estos pequeños gustos —volvió a repetir—, restando de sus cuentas, registradas en una pequeña libreta, los miles de pesos requeridos para comprar los pocos euros.

IX

Cuentan que Agustín Lara no conoció a Granada pero le cantó como si la hubiera visto; y que León de Greiff hizo el mejor poema sobre el mar, a pesar de no haber estado cerca a sus olas… Es apenas obvio. La imaginación entrevé, avizora, adivina. “Granada, tierra soñada por mí, mi cantar se vuelve gitano cuando es para ti. Mi cantar hecho de fantasía…” Tal vez Lara, sin saberlo, había visto cómo en las cuevas del Sacromonte se refugiaban los gitanos. A lo mejor, el olor de la granada provoca en el corazón de los poetas una serie de evocaciones inesperadas: “La más bella, la escogida, de los árabes querida, de lo árabes llorada…” “En tu seno ya me tienes con un deseo insaciable de que alimenten mis ojos tus muchas curiosidades…” Quizá los poetas han visto, sin verlo, el sol granadino, el mismo que hacía ver bermejas la blanca alcazaba de la Alhambra. Es probable que los hacedores de versos, los de paso leve y mirada perspicaz, hayan descubierto en los cipreses erectos hacia el cielo, una guardia imperial para los inmensos jardines y el agua infinita proveniente de la Sierra Nevada. Puede ser que los cantores, los trovadores anónimos, hayan conocido, sin saberlo, los versos que más tarde otro granadino inmenso, hizo estallar en una noche estrellada: “Tu elegía, Granada, la dicen las estrellas que horadan desde el cielo tu negro corazón. La dice el horizonte perdido de tu vega, la repite solemne la yedra que se entrega a la muda caricia del viejo torreón…”

X

Son las once de la noche en mi reloj. Siete horas y 55 minutos llevamos de recorrido. El avión vuela a 913 kilómetros por hora, estamos a 12.192 metros del mar y hay una temperatura de  menos 58 grados fahrenheit. Acaban de servir el desayuno. Un desayuno anticipado.

—¿Huevos o cereal?

La pequeña pantalla me anuncia unos nombres: Lisboa, La Coruña, Tánger, Casablanca… Este último nombre toca la piel de mi otra pasión, el cine. Humphrey Bogarth y ese diálogo maravilloso con Ingrid Bergman:

—¿Nuestro amor no importa?

—Siempre nos quedará Paris. No lo teníamos, lo habíamos perdido hasta que viniste a Casablanca, pero lo recuperamos anoche…

La pantalla señala también que hemos recorrido 7156 kilómetros. Ha habido una ligera turbulencia continua. Las sobras del desayuno esperan a que un alma caritativa las levante. Una pequeña barra de cereal de quinua y banano deja ver una herida a lo largo de su envoltura.

Otros nombres asoman en la pequeña pantalla: Oporto, Coimbra, Marrakeck, Gibraltar y, por fin, el punto verde de nuestra meta preliminar toma nombre: Madrid.

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