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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Examen a la lectura comprensiva

24 lunes Feb 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos, LECTURA

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Pawel Kucsynski

Ilustración de Pawel Kucsynski.

Variadas son las preocupaciones –cuando no las angustias– de los directivos y docentes al notar que los estudiantes de sus instituciones obtienen bajos resultados en las pruebas nacionales o no avanzan en la lectura comprensiva. Este problema se hace mayor al observar una merma en las prácticas de lectura de las nuevas generaciones, al igual que una falta de estrategias didácticas más enfocadas en este aspecto por parte de los educadores. Con este escenario de fondo deseo ubicar las siguientes reflexiones.

Lo básico es entender una cosa: la lectura comprensiva supone la previa enseñanza y desarrollo de habilidades de pensamiento como la relación, la inferencia, el análisis o la comparación. Digo esto porque los docentes descuidan estas operaciones de la mente, confiados en que de manera natural o espontánea crezcan en los alumnos. Sin embargo, si no se enseñan con intencionalidad y bastante constancia tendremos gran dificultad para obtener resultados favorables.

En esta perspectiva, el uso de los cuadros comparativos, el empleo de mapas de ideas, el ejercicio en la formulación de hipótesis, la insistencia en los procesos de clasificación, al igual que el frecuente ejercicio de la deducción y la inducción, se convierten en el caldo de cultivo necesario para que sea factible una lectura comprensiva. Por eso, la mejora de esta habilidad cognitiva no es una responsabilidad única del área de español, sino un compromiso intencionado de todos los docentes de todas las disciplinas.

Dicho esto, me gustaría señalar algunos asuntos sobre la comprensión que a veces olvidamos los dedicados al oficio de enseñar:

Uno: la comprensión es un modo de leer que demanda un esfuerzo mayor que la decodificación. No es una actividad que se dé sin el empeño y la participación activa del lector. Quien lee comprensivamente un texto necesita tener a la mano útiles de trabajo diferentes a los ojos. La lectura comprensiva exige que la práctica del subrayado y la glosa se hagan cotidianas, y que el uso de colores, fichas o esquemas sean habituales por parte de los estudiantes.

Dos: la comprensión implica acciones permanentes de relación y comparación, de contrastar inferencias, de entender el texto como un tejido en el que conviven los intertextos y los contextos. Quien lee comprensivamente vincula, hace conjeturas, tiende lazos de significado entre palabras distantes, entrevé filiaciones con otros textos o con otros órdenes de realidad.

Tres: la comprensión necesita de la explicación para tener alguna validez, para tener un soporte que le de consistencia y hondura. Y la explicación proviene de un conocimiento a fondo de los elementos constitutivos de un texto; supone una relectura atenta y un dominio de las particularidades semánticas que, a simple vista, parecen innecesarias. La explicación es reconocimiento de las partes de un texto y de su estructura; es decir, es el soporte para cualquier comprensión posible.

Cuatro: la comprensión tiene niveles o permite un avance en estratos o grados de profundidad. Por eso, cuanto más apropiado se tenga un texto y se vaya cualificando con la práctica, mayor será el avance en la comprensión. La comprensión nunca es definitiva, porque lo que se busca es alcanzar lecturas más consistentes, más abarcadoras, más llenas de sentido. Entre más traseguemos un texto, cuanto más estemos familiarizados con él, en la medida en que lo conozcamos en su variedad de significados, mayor será el grado de lectura comprensiva, más rico el resultado y los análisis obtenidos.

Cinco: la comprensión se enriquece con el diálogo entre lectores, con la discusión y el debate sobre un texto determinado. De allí que sea tan importante en la planeación de la clase, disponer tiempos y espacios para que haya la circulación de las distintas comprensiones, para que cada estudiante escuche otras aproximaciones a un texto, otras vías de acceso, otras interpretaciones sacadas de una misma partitura. Gracias a la tertulia, al conversatorio, al diálogo sobre una lectura, es que la comprensión gana en profundidad, muestra su importancia para un aprendizaje significativo.

Seis: la comprensión varía según el tipo de texto que tengamos como objetivo. Las estrategias y los modos de acceder a un texto informativo, a uno argumentativo o a uno narrativo, no son idénticas. Cada tipología textual pide una comprensión particular. Así que, saber identificar el tipo de texto que tenemos entre las manos es un aspecto crucial para saber utilizar los medios adecuados y, a la vez, prever los resultados posibles. Una buena parte de los fracasos en la lectura comprensiva se debe a que los estudiantes no diferencian el texto de estudio y, por lo mismo, usan recursos inapropiados.

Dicho lo anterior, considero oportuno ofrecer enseguida unas orientaciones didácticas a los docentes o unas pistas de ayuda para los estudiantes sobre la lectura comprensiva. Advierto que estas pistas tienen un mayor desarrollo en varias entradas de este blog o en algunos de mis libros, especialmente en La enseña literaria, La palabra inesperada, Vivir de poesía, Educar con maestría, El quehacer docente y Vías y sentidos de la lectura.

Primero: Una lectura comprensiva demanda poner en relación, más de una vez, la parte con el todo. Reconocer la macroestructura de un texto es tan importante como identificar sus elementos constitutivos. Quien así lee, puede reconocer el bosque y, a la vez, cada árbol. Un lector comprensivo teje relaciones entre lo macro y lo micro, entre las grandes unidades y las pequeñas líneas; entre las capítulos mayores y los párrafos. Ejercitar a los estudiantes en hallar vínculos o interrelacionar capas de significado, usando acetatos o papel calcante, ayuda a que la comprensión de un texto se vaya ampliando, multiplicándose, ganando en complejidad.

Segundo: Una lectura comprensiva se mueve en la dinámica de la conjetura, de la inferencia permanente. Cada idea, cada verso, cada frase está sometida a la validación de la siguiente línea, del siguiente enunciado. A la par que suponemos o conjeturamos algo sobre lo que vamos leyendo, tenemos que cotejar esas intuiciones, esos primeros significados, con aquellos nuevos que brotan de la siguiente unidad de lectura (la lexía, diría Roland Barthes). La comprensión se hila, se teje, se va engarzando, imbricando como las partes de una tela. Y si bien tenemos significados diversos al enfrentar determinada sección de un texto, esas primeras aproximaciones tienen que ser contrastadas con las subsiguientes, y éstas con las demás que constituyen el texto completo. La lectura comprensiva avanza y retrocede, moviliza la imaginación en sus probabalidades, pero, también, la validación permanente.

Tercero: La lectura comprensiva presupone una reserva semántica tanto o más amplia cuanto sea la complejidad del texto. Contar o desarrollar en los lectores un mundo amplio de palabras y de significados es fundamental no solo para precisar bien los mensajes subyacentes, sino para avizorar posibles vías de interpretación. Comprender un texto es entrar en los juegos del lenguaje, en las diversas acepciones de un término y su utilización específica en la organización de un ensayo, un poema o un artículo periodístico. Si la reserva semántica de quien lee es muy limitada o demasiado restringida, será difícil que se alcancen niveles de comprensión relevantes. No obstante, comprender un texto no es hacer un inventario de palabras desconocidas, sino otra cosa: adentrarse en los matices, en las filiaciones, en las potencialidades de las palabras. Advirtamos que las palabras en un texto están en situación; no operan como entes autónomos o independientes. Más bien  son como piezas de ajedrez que, dependiendo de la intención del autor o de la estrategia de composición textual, así será su función, su rendimiento, su eficacia comunicativa.

Cuarto: La lectura comprensiva requiere, para obtener logros destacados, la ejercitación, la práctica continua. No puede esperarse que seamos afinados lectores comprensivos si ese no es nuestro hábito, si determinado tipo de texto no es el que frecuentamos. Más bien cabría decir lo contrario: en la medida en que hagamos cotidiana la lectura de una tipología textual, en que vayamos una y otra vez a sus planos de significado, con más rapidez y calidad irán dándose en nosotros las condiciones para comprender los textos y habrá una habilidad para entender su forma de estructurarse y producir significación. Enfrentarse de forma recurrente a esta práctica lectora, crear condiciones para que eso acaezca en el aula, idear tareas bien pensadas que refuercen este modo de leer, seguramente producirán mejores lectores comprensivos.

Quinto: Una lectura comprensiva demanda ampliar el mundo simbólico del lector, su capital cultural. A veces se piensa que la comprensión de un texto puede reducirse a un estudio formal de sus partes; pero lo cierto es que si el lector no posee un capital cultural, una constelación de símbolos para entrever alusiones o poner en relación un texto con otros contextos, su tarea adolecerá de exploración de sentidos  y de una mínima intertextualidad; será una simple constatación de su literalidad. Conocer o saber de arte, de historia, de antropología, de literatura, es indispensable si queremos darle vuelo a aquello que leemos. Quien se considera un lector comprensivo es porque puede poner en diálogo lo que lee con las voces implícitas de la tradición y con todas las potencialidades de lo imaginario.

Sexto: La lectura comprensiva es el resultado del análisis, de la rumia, de la meditación atenta.  Es común creer que de un solo golpe de vista o con una somera lectura se alcanza la lectura comprensiva. Que es un resultado inmediato o que se puede aplicar un comodín dilucidador para cualquier texto. Lo que poco se insiste es que si no hay el tiempo necesario para cavilar, para examinar con cuidado los planteamientos en un texto, para ponderar las razones expuestas o para razonar con suspicacia los sentidos indirectos de un mensaje, los resultados estarán muy alejados de una genuina lectura comprensiva. En este aspecto, los cursos de lectura rápida o las prácticas de lectura en el entrenamiento de habilidades oculares, riñen con el estudio lento y bien masticado de la lectura comprensiva.  

Sentarse a conversar

20 lunes Ene 2020

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Dialogando

Hablar con otros, reunirnos para tal fin, es una de las actividades más valiosas para reforzar los vínculos sociales. Mediante ese rito se afirma la amistad, se afianzan los lazos del afecto y se comparten las vicisitudes de la existencia. Conversamos para enterarnos de lo que acaece más allá de nuestras fronteras, para conocer las interpretaciones que otras personas tienen de los acontecimientos más actuales, para adentrarnos en las particularidades de la historia de nuestros semejantes. El diálogo fue y sigue siendo el medio como los seres humanos se consolidan como pareja, como familia, como comunidad.

Por supuesto, dialogar presupone una valoración significativa de la persona con quien deseamos encontrarnos. De por sí, la conversación le otorga o le devuelve a nuestro interlocutor una importancia que lo hace digno de interés. Por eso sacamos tiempo para estar con él o con ella, para disponer nuestra atención y nuestro gusto, para dejar que el ovillo de la comunicación se desenrede poco a poco. Y si bien tenemos una necesidad de expresarnos, de confesar una pena o compartir una alegría, lo que hace más valiosa la conversación es que alguien esté dispuesto a escucharnos. Sin la escucha empática la conversación pierde su médula, su esencia. Tal vez ahí esté la clave de la secundaria importancia que tiene la conversación en nuestros días: nadie quiere en verdad escuchar a los demás.

Habría que recordar, como un hecho histórico, la relevancia de la conversación en pasados siglos. Piénsese no más, en los salones literarios, en la abundancia de los cafés, en las tertulias o en las veladas familiares. Y si se asistía a esos lugares era porque se tenía la necesidad y la convicción de que la experiencia propia o ajena necesitaba aprenderse y refrendarse; que si bien existían fuentes escritas o conocimientos disciplinares, hacía falta el filtro de la oralidad para convertirlos  en asimilable sabiduría. Era hablando con los demás como la vida reclamaba para la existencia individual una anécdota, un apunte digno de recordación, una peripecia llena de ejemplaridad. En aquellos salones o en esos sitios en los que el café o un buen vino sazonaban la palabra, los contertulios leían, debatían, festejaban, hacían actos públicos de contrición o dejaban fluir el aforismo crítico o la sátira picante. Era una práctica gobernada no por una agenda preestablecida, sino acomodada al ritmo propio de la duración; es decir, a un tiempo interior elástico y proclive a disfrutar los placeres de la ocasión.

Desde luego, si había esos sitios de encuentro para conversar, si asistir al ágora privada era un programa estimulante, se necesitaba a la par desarrollar el habla, fortalecer el pensamiento argumentado, darle a la locuacidad y el buen uso del lenguaje una trascendencia tanto académica como social. Hablar bien, saber elegir las palabras adecuadas, tener una amplia y variada reserva lexical, eran condiciones básicas para ser un excelente contertulio. Por eso la prensa de esos años tenía articulistas y editorialistas que con sus escritos constituían tácitamente una escuela del buen conversar. De igual modo, los centros educativos propiciaban, como uno de sus objetivos fundamentales, el que sus estudiantes tuvieran una expresión oral fluida y coherente; se retomaban lecciones de la retórica clásica y se aprendían modelos de las figuras literarias para darle color y fuerza a la expresión. Todo esto convergía en un gusto por reunirse con el familiar, el vecino o el colega a intercambiar ideas, discutir pareceres y enriquecer experiencias.

Contrario a esas épocas, nuestro exceso de individualismo, nuestro ideal adolescente de la “burbuja” existencial, el desprecio por lo público, todo ello ha hecho que sea el encierro, el espejismo solipsista, la egolatría fanática, los que han convertido la práctica de la conversación en un evento esporádico o poco llamativo. Hay demasiada agresión en el ambiente, demasiada desconfianza con el vecino, demasiada soberbia proveniente de los guetos ideológicos, como para tomarse un tiempo, largo y lento, a sentarse a escuchar la confesión del extraño, del forastero, de esos otros que tienen opiniones diferentes a la nuestra. Y como estamos llenos de ruido, como pasamos todo el tiempo conectados a algún dispositivo tecnológico, tampoco sabemos cómo escuchar, padecemos de una sordera para saber descifrar, en el escueto relato de una persona, los clamores de ayuda de otra vida. De allí la poca importancia que tiene para estas nuevas generaciones conservar el tejido social o sean apáticos para contribuir en la rehechura de los vínculos de toda índole. Se nos está olvidando sentarnos a conversar; por eso abunda la ofensa grosera, la calumnia insidiosa, el odio que busca acabar con la vida de nuestros conciudadanos. Porque hemos ido olvidando la plural riqueza del diálogo nos hemos ido acostumbrando al monólogo asesino de las armas.

Puede creerse que chatear o intercambiar mensajes por whatsapp sea un substituto de la conversación cara a cara; pero no considero que sea así. El diálogo genuino presupone cierto contacto, una atención permanente a los gestos y los sobreentendidos, a las pausas intencionadas, a los intersticios que la conversación va dejando en la medida en que avanza y, sin los cuales, resultaría imposible intercambiar opiniones con sentido. Eso de una parte. Además, el diálogo obliga a una compenetración con el interlocutor que nos invita a dejar de lado artefactos distractores u otro tipo de actividad. Si uno se sienta a conversar es porque estima que ese hecho es el fin mismo de encontrarse; no es un pretexto mientras se hace otra cosa o un modo de entretenimiento marginal. De allí que el diálogo en directo, el que posee ese calor de las relaciones interpersonales vivas y cambiantes por el fragor de los afectos, nos invite a escuchar a otro ser con total interés, a sabiendas de que lo dicho no podrá ser repetido o asimilado de igual manera en el futuro. La conversación reclama para sí el sello del acontecimiento; en consecuencia, no podemos perdernos ningún detalle de dicho evento, ni pasar inadvertidos los gestos y las palabras de la persona que está al lado o al frente nuestro. Dialogar es, en últimas, una práctica de dignificación del interlocutor, del ser humano con el que compartimos nuestra mesa.

Resulta prioritario, en este mundo de la rapidez mecánica y el egoísmo individualista, dedicar horas y espacios a esta práctica de la conversación. Pero no me refiero a almuerzos de trabajo o a mesas de negocios, sino a recuperar el sentido del diálogo fraterno, de la conversación con que se acendraba la crianza, se ahondaba comprensiblemente en los laberintos del corazón, y se establecían puentes para que los saberes de la tradición dejaran en los espíritus jóvenes improntas de valores civiles o virtudes morales. Si conversáramos más, entenderíamos que los mayores problemas de nuestra existencia, si se comparten en la mesa familiar, en un bar o en una cafetería, resultan más llevaderos; que las desavenencias o los conflictos tienen vías solución cuando se tiene la voluntad de solucionarnos; y que la sabiduría de vivir no es otra cosa que el recuento de muchas conversaciones guardadas en nuestra memoria.

La escucha y el liderazgo

27 miércoles Nov 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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Ares

Ilustración de Arístides Esteban Hernández, «Ares».

Uno de los errores más comunes de los líderes es su terquedad o su torpeza para no escuchar a aquellos que sirven o dirigen. Esa incapacidad para oír los convierte en figuras impopulares o, en otras ocasiones, es la causa de la pérdida de confianza de un grupo o una comunidad en particular. Y aunque parece fácil escuchar a otros, el asunto se complica cuando se ostenta un cargo de gobierno, un puesto en la alta dirección o una curul de gran impacto social.  

Los líderes no escuchan a sus dirigidos porque creen equivocadamente que al hacerlo pierden poder o muestran signos de debilidad. Así que prefieren un tipo de liderazgo autoritario o repleto de aduanas burocráticas que refuercen el aura del cargo o el puesto de mando. En otras ocasiones, se piensa que escuchar es inútil porque se puede traicionar a un partido, un programa o un plan de gobierno. Se recurre, en consecuencia, a un tipo de dirección auspiciada por áulicos que secundan la sordera del dirigente. Sea como fuere, los líderes que así proceden van quedándose más solos, sin respaldo de las mayorías y, lo más grave, presos de un monólogo a la defensiva.

Buena parte de este modo de actuar tiene mucho que ver con el tipo de asesores o consejeros que tiene el líder. A veces son tan inmaduros políticamente o tan imprudentes en la toma de decisiones que lo único que hacen es alejar cada vez más al gobernante de sus gobernados. Esa camarilla –a veces afiliados a una ideología o unos intereses económicos– contribuye a que la escucha sea menor, se tergiverse o se contamine de animadversión u odio. En consecuencia, el líder resulta sitiado y enmudecido por aquellos que presuntamente lo secundan o defienden. En el fondo, los asesores y “amigos” de quien así lidera, en lugar de ayudarlo a lograr un mejor clima de gobierno o de dirección, van tornándolo más débil y menos posibilitado para llevar a cabo su labor.

Es común también encontrar líderes que se animan a oír pero temen ser evaluados o sometidos a examen por lo que han hecho o dejado de hacer. Terminan, entonces, convirtiendo los espacios de escucha en escenografías demagógicas o en una pantomima del diálogo genuino. Usan tal escucha para justificarse, acusar, culpar o para volver al interlocutor en un oponente a las políticas, al sistema, a la institución, al orden establecido. Los dirigentes que son incapaces para dejarse habitar por la voz de los gobernados, por la sugerencia de un grupo inconforme, terminan multiplicando su impopularidad, azuzando las diferencias o aumentando el caudal del mal ambiente para su gestión o justificando la oposición más generalizada a cualquiera de sus iniciativas.

Tal vez otra razón del bajo nivel de escucha de los líderes tenga que ver con una forma de gobernar o ejercer el poder en la que ha predominado la locuacidad, el ejercicio hábil de la palabra, el imperio de la retórica del verbo movilizador de pasiones. La oralidad ha sido el medio y el modo de mantenerse en el solio de los dirigentes. Pero muy poco o casi nada se ha gestado una dirigencia desde el trabajo paciente de escuchar, de guardar el suficiente silencio para comprender bien el mensaje de los demás. Tal ausencia está ligada, además, con el tiempo lento que trae consigo la escucha, con la paciencia suficiente para aquilatar una crítica, desligándola de la persona que la dice, y con una capacidad de juicio cimentada en la consulta, la pregunta precisa y la deliberación desapasionada. A lo mejor por las secuelas de un liderazgo carismático o todopoderoso se sigue creyendo que hablar está por encima de oír, que defenderse es superior a admitir y que la fuerza compensa la falta de atención. 

Ahora bien, si los líderes escucharan más, si descubrieran en ese acto de verdadera inclusión una de las claves de la legitimidad de cualquier tipo de poder, muy seguramente tendrían más apoyo, más aliados, y un reconocimiento de su autoridad. La escucha activa, la escucha anclada en valorar la palabra del otro, favorece la participación, la responsabilidad compartida, el trabajo en equipo. La escucha empática es solidaria, crea vínculos, favorece la sintonía con las necesidades ajenas y hace que un puesto directivo o un cargo de alta responsabilidad administrativa sea menos un trono para la vanagloria o el lucro personal, y más un espacio para impulsar y gestionar el bien común. En la escucha está el soporte de la autoridad y en ella, de igual modo, está uno de los pilares de la democracia. Gracias a la escucha es posible convivir a pesar de las diferencias, y mediante la escucha se propicia el respeto y la dignidad de las personas.

Si en tiempos pasados se elogiaba a los líderes autosuficientes y omnímodos, si en ellos se concentraban todas las respuestas o soluciones, hoy parece que se requiere otro tipo de dirigentes: personas que presten oídos o tomen en consideración a sus colegas o conciudadanos, que acudan a tiempo para atender los gritos de auxilio de sectores inadvertidos, que empleen su poder –de amplio o reducido impacto– en crear condiciones de vida o de trabajo más favorables para la mayoría de sus dirigidos. Líderes sensibles a los contextos, dispuestos a “parar la oreja” a las demandas de los contradictores y cuidadosos de no caer en la desatención de la mayoría, que es el pecado capital de cualquier dirigente. Líderes, en suma, que ordenen menos y escuchen más, y que tengan la suficiente sabiduría para convertir los espacios de poder en genuinas prácticas de deliberación y consenso sobre las mejores decisiones para el beneficio común.

Caminando con Alfredo Molano

19 martes Nov 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Crónicas, Ensayos, INVESTIGACIÓN

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Alfredo Molano

Alfredo Molano Bravo: «Escuchar es una manera olvidada de mirar».

He estado leyendo con asiduidad durante estos días a Alfredo Molano Bravo[1]. Es el mejor homenaje que se le puede hacer a este sociólogo, escritor, e insigne lector crítico de nuestro país, fallecido el 31 de octubre de este año. A la par que he degustado sus crónicas, sus relatos de viajes a la Colombia profunda, he ido entresacando la manera particular de elaborar sus relatos o, si se prefiere, su método para abordar la realidad social o hacer investigación.  

Lo primero que hay que destacar, y en eso el mismo Molano insistió en varios de sus artículos o en entrevistas, es el valor de la historia oral para recoger información más viva, más genuina de las personas. Precisamente, en un texto titulado “Reflexiones sobre historia oral”[2] el sociólogo hablaba del aspecto emocional que provoca una conversación, del tono exquisito que atraviesa la oralidad y de cómo se pierde al tratar de trasvasarlo en los formatos “acartonados y secos” validados por la academia. Y que toda su propuesta de dar a conocer lo que vio y conversó con colonos, desplazados, campesinos, mineros, desterrados, guerrilleros, paramilitares, cultivadores de coca, militares, a lo largo de caminos y ríos, de montañas y llanuras, toda esa oralidad terminó concretándose en relatos que buscaban recuperar el “tono” del diálogo. Afirmaba Molano: “la gente habla lindo, solo que uno no está acostumbrada a oírla porque uno habla un lenguaje similar. Las modalidades de expresión del lenguaje campesino, incluidos arcaísmos, son bellísimos, la forma en la que encadenan las ideas, la forma en cómo hacen los párrafos, la puntuación, se convierte en una fuente literaria”[3]. De allí que en sus crónicas abunden los giros coloquiales, los apodos, las reiteraciones emocionadas, los símiles anclados en el contexto, es decir, el habla cotidiana y circulante.

Por lo demás, en ese mismo artículo el sociólogo bogotano señalaba que su mayor alegría, provenía cuando los mismos informantes leían aquellos textos y lograban reconocerse. “Después de recoger la información, después de elaborar las historias, uno lleva el texto a las comunidades y ellas se sorprenden inmediatamente de mirarse ahí, en ese espejo”. Y agregaba: “Creo que las historias de vida o las historias locales son un espejo en donde las comunidades se miran”. Es decir, los relatos elaborados por el investigador, para cumplir su función social, debían volver a las personas que sirvieron de base; en ese objetivo de posibilitar una “conciencia sobre sí” residía “el resultado final más importante de las historias orales”.

Desde luego, valorar las historias de vida es de igual modo ofrecer relevancia a la escucha, al oír con atención a los informantes. Molano consideraba que “el camino para comprender no era estudiar a la gente, sino escucharla”[4]. Ese escuchar, que parece fácil en un comienzo, resulta una de las cosas más difíciles de lograr debido a “el que trata de escribir no oye porque está aturdido de juicios y prejuicios, que son justamente la materia que debe ser borrada para llegar al hueso”[5]. En varias oportunidades el sociólogo reiteró esa dificultad del investigador social: “Escuchar a otra persona es una disciplina difícil en la medida en que uno no está escuchando sino que está objetando lo que la otra persona dice. En una historia con la gente, en una entrevista, es necesario abrirse realmente sin consideraciones, sin consideraciones sobre uno, abrirse a lo que la otra persona está diciendo sin objetarla, aceptar sin prejuicios, sin críticas, sin distancias lo que la otra persona va diciendo y ése es un ejercicio difícil, porque nosotros queremos poner sobre lo que oímos, lo que decimos y eso implica sacrificios, implica también formación, capacitación y ejercitación en ese arte de escuchar”[6]. La escucha atenta, empática, es una de las claves del trabajo de Alfredo Molano. Si se oye al otro con “solidaridad humana”, si se mira a los informantes en “igualdad de planos”, seguramente será más fácil liberarse de “prejuicios y sanciones condenatorias o alabanzas rendidas”[7].

Pero vayamos al método empleado por este sociólogo colombiano. Si uno mira la tabla de contenido de la mayoría de sus libros, por lo general hechos con la colaboración de otros investigadores, nota que los apartados son nombres o apodos de personas: “Ángela”, “Osiris”, “Chispas, el cabo”, “Mauricio”, “La Gata”, “El Chimbilá”, Nasianceno Parra”, “El arriero”, “Pelusa”, “El muñeco”, “Adelfa”, “Gesualdo de Maturín”, “Demetrio”, “La Doña”… Cada uno de estos testimonios son condensaciones o relatos-tipo de varias historias de vida que, como él mismo lo explicaba, compartían experiencias de vida semejantes: “todo personaje es fragmentario y por lo tanto de alguna manera complementario de otro que ha vivido experiencias históricas similares”[8]. En consecuencia, el trabajo de escritura de Molano es esencialmente una labor de “ensamblaje” de esas diferentes voces a partir de un testimonio que tenga la suficiente fuerza narrativa como para convocar historias análogas. El sociólogo ha explicado el paso a paso de su manera de escribir esas crónicas: “leer, leer mucho, empaparme desordenadamente de los testimonios; seleccionar personas que como las cebollas, tuvieran muchas capas y como la nuez, escondieran la semilla; entrevistas con cuerpo que permitieran enlazar otras historias y, sobre todo, personajes que sirvieran para contarlas. Era como vestir un cuerpo desnudo o ponerle carne, piel, ojos a un esqueleto. Su trayectoria no era modificada, era textual, digamos, y a través de su propio relato agregábamos –yo y él– fragmentos de otras historias como si nos las hubieran contado”[9]. Así que, por ejemplo, en el testimonio de Sofía Espinosa[10] se conjuga no sólo la vivencia de una mujer que vivió en carne propia los bombardeos de El Pato, sino de todos aquellos que han estado en la mitad de una guerra, de los campesinos que por causa de diferentes violencias han tenido que soportar la humillación, el desarraigo y el asesinato de sus seres queridos.

Claro está que este oficio de ensamblar diversos testimonios tenía para Molano un papel político o ético fundamental: se trataba de editar aquellas voces que han sido “distorsionadas, falsificadas o ignoradas” bien por la arrogancia de los poderosos o por los gobernantes insensibles a las demandas de los más humildes, para que hicieran parte de la sociedad colombiana, para que entraran a participar de una agenda gubernamental o por lo menos de una mirada solidaria e incluyente. A la par que las crónicas dejaban oír a esos otros seres de frontera, también Molano buscaba que los pudiéramos ver. Este sociólogo, discípulo de Estanislao Zuleta, creía que dichos coterráneos “no podían seguir viviendo en la zozobra, en la parálisis, en la oscuridad del miedo”, y que “la historia de la gente anónima es tan vigorosa, tan tractiva como la historia de los héroes”[11].

De otra parte, en varios de los libros de Alfredo Molano se incluyen mapas que sirven de escenografía a las voces. Más que un decorado, ayudan a dar una idea del territorio habitado. De igual modo, se incluyen fotografías[12] que son otros indicios de lo que se quiere traer a la memoria. Gracias a esas imágenes el lector puede darse una idea de lo que es un sitio como “Pïñalito” o conocer el rostro del “Mico” Fernández[13]. Las crónicas, por lo mismo, “articulan entrevistas, historias de vida, fragmentos de conversaciones”, fotografías y mapas de la región objeto de interés. Y como el sociólogo buscaba en el estilo de los relatos conservar el tono de la oralidad, en varios de los libros se incorpora un glosario de localismos, para entender que cuando el informante habla de “mariscar” se refiere a cazar, que las “voladoras” son las lanchas rápidas y que la “macoca” es una escopeta de fabricación artesanal. Hay una intención en el estilo de las crónicas de Alfredo Molano por conservar el ritmo y la cadencia oral de los campesinos; se nota en la forma de puntuar y en ese gusto por incorporar las “metáforas crudas” que dan agilidad al relato, y lo tiñen de colorido y viveza. Por eso las crónicas no son en realidad textos yuxtapuestos, sino una forma de contar en la que se “busca los adentros de las gentes en sus afueras, en sus padecimientos, su valor, sus ilusiones”[14]; son una “recreación literaria dentro de una tonalidad percibida”.

Sirva, entonces, esta lectura y relectura de Aguas arriba, de Rebusque mayor, de Desterrados, de Ahí les dejo esos fierros, de Del Otro lado, de Trochas y fusiles, de Espaldas mojadas…, como un homenaje a uno de los sociólogos más agudos de nuestro país, a un ser humano solidario con los campesinos y desplazados, a un intelectual comprometido socialmente y a un escritor que convirtió el reclamo de justicia de “personas anónimas y corrientes” en un motivo para elaborar sus crónicas.

Notas y referencias

[1] Durante más de quince días he disfrutado libros como Desterrados, Random House, Bogotá, 2019; Rebusque Mayor, Random House, Bogotá, 2017; Ahí les dejo esos fierros, Random House, Bogotá. 2018; Aguas arriba. #Entre la coca y el oro, Random House, Bogotá, 2017; Trochas y fusiles, Random House, Bogotá, 2017; Los años del tropel, Random House, Bogotá, 2017; Del otro lado, Aguilar, Bogotá, 2011; Espaldas mojadas. Historias de maquinas, coyotes y adunas, El Áncora-Panamericana, Bogotá, 2005; Del LLano llano, Random House, Bogotá, 2016; Asi mismo. Relatos, Los cuatro elementos, Bogotá, 1993.

[2] Publicado en la Gaceta de Colcultura, N° 7, 1990.

[3] Entrevista con Valeria Fuenmayor en El Heraldo, 11 de mayo de 2017.

[4] En “Desde el exilio” del libro Desterrados, Random House, Bogotá, 2019, p. 14.

[5] Palabras de Alfredo Molano al recibir el premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, Vida y obra, en 2016.

[6] De “Mi historia de vida con las historias de vida” en el libro Los usos de la historia de vida en Ciencias sociales I, Lucero Zamudio, Thierry Lulle y Pilar Vargas (coordinadores), Anthropos, Madrid, 1998, pp. 105-106.

[7] Léase “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, en Revista Anthropos, N° 230, 2011, Barcelona, pp. 101-106.

[8] En “la gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob.cit., p. 104.

[9] Puede ampliarse esta técnica en “La gente no habla en conceptos, a menos que quiera esconderse”, ob. cit. pp. 104-106.

[10] “El Testimonio de Sofía Espinosa”, Cinep, Bogotá, 1980, pp. 7-35. Publicado después con el título de “Los bombardeos de El Pato” en Los años del Tropel, Random House, Bogotá, 2017, pp. 246-281.

[11] De “Mi historia de vida con las historia de vida”, ob. cit. p. 109.

[12] En el libro Del otro lado se incluye un mapa de la frontera Colombia-Ecuador, en Trochas y fusiles hay varios más del recorrido de las columnas guerrilleras, de regiones de influencia, de desplazamientos de los grupos insurgentes. En Espaldas mojadas, se muestra el mapa de la frontera entre México y Estados Unidos, y en Yo le digo una de las cosas…, que es un libro en el que se recogen testimonios de la Reserva de la Macarena, se incluyen cartografías que cumplen la función de ser estudios histórico descriptivos.

[13] Consúltese “La colonización: voces y caminos” en Yo le digo una de las cosas…La colonización de la Reserva de la Macarena, Corporación Araracuara, Fondo FEN, Editorial Folio, Bogotá, s.f.

[14] Del discurso de Alfredo Molano al recibir el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar.

Cinco inquietudes sobre el diario de campo

12 martes Nov 2019

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in APRENDER A ESCRIBIR, Ensayos, INVESTIGACIÓN

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Registro diario de campo

El diario de campo es un instrumento privilegiado de la investigación etnográfica. Participa tanto de la tipología de los textos expresivos como de la propia de los textos descriptivos. En este sentido, es un útil de registro y, al mismo tiempo, un lugar para la reflexión y la narración.

Ya he hablado en otro lugar ampliamente de los orígenes y el contexto de esta herramienta de investigación[1]. En esta oportunidad, por lo mismo, voy a centrarme en resolver algunas inquietudes fundamentales cuando se opta o se necesita trabajar este tipo de recurso.

¿Cuándo es pertinente usar el diario de campo?

Es aconsejable usar el diario de campo en investigaciones de corte etnográfico que tengan como objetivo identificar y describir determinado hecho o situación. Acá vale decir que el diario de campo es, en sí mismo, parte de la investigación y no un producto tangencial o meramente anecdótico. Digo esto porque en muchas investigaciones que usan este tipo de recurso al final lo dejan para los anexos o como un álbum de anécdotas.

Puesto de otra manera: el diario de campo, lo que allí se consigna, es una concreción de otra habilidad investigativa, la observación. Y para ello, es indispensable tener unas habilidades en la escritura descriptiva[2]. Por eso afirmo que no es algo secundario sino un aspecto vertebral de la misma pesquisa. Allí, en las descripciones densas, en la consignación de los detalles, está no sólo la importancia del diario de campo sino la evidencia de haber estado en contacto con una persona, un hecho, una comunidad, un ambiente determinado.

Sobra decir, y este es un aspecto que diferencia al diario de campo de los cuadernos viajeros o las libretas de notas, que los registros deben atender a un criterio. Es sabido que no podemos describirlo todo. Necesitamos determinar con anterioridad un foco, un campo de observación. Los registros del diario de campo están focalizados. Y por presentarse así, por guardar una relación con los objetivos del proyecto, es que son necesarias las fotografías, los documentos, los diagramas. El diario de campo recorta, delimita, obtura un zoom sobre determinada realidad. De allí que sean tan importantes unas convenciones que ayuden a discriminar la diversidad de lo observado. Y entre mejor tenga afinados esos códigos el investigador más fácil le resultará después el análisis de la información recogida en dicho instrumento.

¿Por qué es importante trabajar el diario de campo en dos páginas?

La recomendación de llevar el diario en dos páginas (una para el registro y otra para la reflexión) es sustancial, si en verdad hacemos etnografía. No sobra recordar que en este tipo de investigación, los resultados van emergiendo poco a poco; se van construyendo a medida que avanza la pesquisa. Y cuenta por supuesto lo observado, pero de igual modo lo que el mismo investigador siente, cree y piensa. Tal diversidad de asuntos merece distinguirse al momento de llevar el diario de campo. Lo mejor, entonces, es dedicar una página exclusivamente para el registro y usar otra hoja para las reflexiones o comentarios provenientes de tales descripciones.

En ese juego de registro y reflexión el diario de campo se convierte en un artefacto de laboratorio, en una mesa de trabajo para el investigador etnográfico[3]. Sigo creyendo que las reflexiones son el contrapunto a lo visto y consignado, son la manera como el investigador entra a formar parte de determinado proyecto, son la toma de distancia y la sospecha sobre su misma tarea investigativa[4]. Las reflexiones iluminan la parte del registro y sirven de nueva ruta o de reorientación para el mismo proyecto.

Estas reflexiones, si se las toma con cuidado, van perfilando elementos valiosos para la interpretación y constituyen embrionariamente una forma de triangular la información recolectada.

¿Qué se hace luego con la información consignada en el diario de campo?

Con la información registrada se procede, al igual que con otros instrumentos de recolección de datos, al análisis de la información. La parte descriptiva –transcrita en un texto– permite el análisis de contenido, y las gráficas o esquemas pueden analizarse icónica o semióticamente. Salta a la vista que el análisis de la información de un diario de campo es múltiple: contamos con textos, fotos, documentos, gráficas… y cada uno de estos aspectos demanda un tipo especial de análisis. Es un error frecuente sólo concentrarse en la descripción escrita y dejar de lado la riqueza fotográfica u otras evidencias recolectadas. Esos otros materiales no son decoración u ornamento para el diario de campo.

Las reflexiones, de igual modo, pueden ser objeto de análisis. O para decirlo con propiedad, de un estudio de los motivos (recordemos que los motivos son los temas recurrentes) presentes a lo largo de las páginas del diario de campo. Esas ocurrencias transversales, aquellas insistencias o señalamientos del investigador, merecen tenerse en cuenta al momento del análisis de la información y, fundamentalmente, a la hora de interpretar los datos.

Me parece que el aporte de la estilística es un buen método cuando necesitemos elaborar el análisis de las páginas dedicadas a las reflexiones del investigador. Apenas como una rápida información, es oportuno decir que la estilística es una variedad del análisis de contenido en la que la recurrencia de ciertos términos permite reorganizar redes de sentido y darle comprensión a textos poéticos, narrativos o autobiográficos[5].

¿Qué es lo más difícil de llevar un diario de campo?

Una de las mayores dificultades, al momento de hacer los registros, es la de confundir lo descriptivo con lo enjuiciador. Y aunque sabemos que el ojo del observador está preñado de preconceptos, el esfuerzo del investigador es el de pintar lo que ve, sin colorearlo de adjetivos elogiosos o epítetos descalificadores. El afinamiento de la observación, el desarrollo de la perspicacia y el domino de un lenguaje específico son condiciones indispensables para saber describir. Otro problema es el de alejarse del criterio orientador y empezar a divagar o a mezclar diferentes aspectos. El criterio debe estar en directa relación con los objetivos del proyecto de investigación y servir de brújula al recolectar la información. Tener un criterio orientador evita la generalización, previene de omitir cosas dadas por sobreentendidas y le otorga pertinencia a la información recolectada.

Una tercera complicación es contentarse con muy pocas descripciones o suponer que un acontecimiento, para poner un caso, tiene sólo un ángulo posible. Para el etnógrafo los hechos, los acontecimientos o las personas son multifacéticos, cambiantes, situados y afectados por el tiempo. No sobra advertir que son necesarios una cantidad considerable de registros para sitiar o desentrañar una realidad y, dependiendo del objetivo propuesto, habrá que dedicar semanas, meses o años.

La cuarta dificultad, muy común en los novatos investigadores, es no hacer los registros “en caliente”; es decir, consignarlos mucho tiempo después de las sesiones de observación. Porque si ya han pasado semanas o meses, lo más seguro es que el investigador pierda el matiz, la particularidad, el modo específico de hablar o la emoción de determinado momento. En eso, precisamente, este instrumento participa de la dinámica del diario, y retoma con fuerza el aporte del sujeto a los procesos investigativos.

De igual modo, el poco o incipiente dominio de habilidades de diseño es una dificultad al elaborar este útil de investigación. El diario de campo es un artefacto visual. Algo tiene de parecido con el portafolio o las bitácoras de los arquitectos. Importan los elementos de forma, textura, color; son significativos la variedad y la distribución de los elementos en una página; contribuyen de manera definitiva el plano elegido o el ángulo de una fotografía… Y como la mayoría de los investigadores poco conocimiento tienen de alfabetidad visual, lo más seguro es que los diarios de campo sean monótonos o poco trabajados en una dimensión estética[6].

¿Qué papel cumple el tutor cuando se utiliza un diario de campo?

Es importante recordar que en la investigación etnográfica tanto los investigadores como el tutor del proyecto necesitan interactuar permanentemente. No se trata de un trabajo en el que se da una guía al inicio del semestre y, luego, se espera recibir al final un informe terminado. El diálogo, las observaciones frecuentes, el ir y volver al escenario de investigación, constituyen el camino obligado de este tipo de pesquisa.

En consecuencia, en la hoja de reflexiones del diario de campo merece consignarse lo esencial de las reuniones del grupo de investigación (inquietudes, logros, asuntos generadores de discusión, lecturas compartidas, reporte de visitas) y, desde luego, lo medular de las asesorías con el tutor. No pueden perderse o  ignorarse las debilidades señaladas, los datos emergentes, las nuevas preguntas, los acuerdos establecidos, los compromisos derivados de los diferentes encuentros con el tutor. Todas estas cosas se las puede identificar por estar escritas en otro tipo de tinta o de papel, o rotulándolas con el nombre de “voz del tutor”.

Otra forma de participación del tutor es la de, una vez se piden y se recogen los diarios de campo, hacer una lectura crítica de los mismos. Usando hojas autoadhesivas u otro tipo de marcación el tutor irá haciendo sus anotaciones como si fueran apostillas o glosas a los registros y a las reflexiones consignadas. En este caso, el tutor se convierte en un coinvestigador que complementa, matiza, sugiere o plantea interrogantes. Es frecuente que en esas fichas se señalen hallazgos inadvertidos o se establezca un vínculo con cierta fuente teórica. Y más tarde, al devolver los diarios, los investigadores tendrán la oportunidad de leer esas apostillas que, además de ser un reconocimiento a la tarea hecha, sirven de nuevas pistas para el proyecto en curso.

Detengámonos aquí y dejemos en salmuera otros interrogantes. Pongamos punto final a estos párrafos recalcando una cosa: el diario de campo es un artefacto para poner en tensión lo observado con el observador, la descripción con la reflexión, la voz de otros con la propia voz. Un instrumento valioso para registrar información pero de igual modo un útil potente para producir conocimiento. 

Notas y referencias

[1] Consúltese el ensayo “In situ y a posteriori. Consideraciones sobre el diario de campo”, en mi libro El quehacer docente, Unisalle, Bogotá, 2013, pp. 147-166.

[2] Si se quiere profundizar en este punto léanse el texto: “Describir: dibujar con palabras”, en mi libro La enseña literaria. Crítica y didáctica de la literatura, Kimpres, Bogotá, 2008, pp. 151-162. De igual forma, pueden consultarse en este blog las entradas “Describir un objeto”, “Objetos del ambiente escolar” y los aforismos titulados precisamente “Del describir (I)” y “Del describir II”.

[3] Así lo entienden también los investigadores españoles Honorio Velasco y Ángel Díaz de Rada en su libro La lógica de la investigación etnográfica. Un modelo de trabajo para etnógrafos de la escuela, Trotta, Madrid, 1997.

[4] Y por eso en la parte de las reflexiones se consignan también las dudas del investigador, sus angustias, sus emociones durante el proceso investigativo. El diario de campo, en consecuencia, permite evidenciar la sinuosa relación entre un sujeto y un objeto; entre el investigador y la realidad investigada.

[5] Una referencia obligada cuando se desea hacer este tipo de análisis es la obra de José Luis Marín, Crítica estilística, Gredos, Madrid, 1973.

[6] El término alfabetidad visual ha sido empleado, entre otros, por Donis A. Dondis, en su libro La sintaxis de la imagen, Gustavo Gili, Barcelona, 1984. Algunos de estos elementos los he expuesto en mis artículos “Hacer visual lo visible” y “Alfabetizarnos en la lectura de la imagen”, contenidos en el libro Rostros y máscaras de la comunicación, Kimpres, Bogotá, 2005, pp. 47-52 y 69-76.

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