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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Ensayos

Hay un cuerpo virtual inexplorado

05 viernes Ago 2016

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Ensayos

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El cuerpo vuelto arte

Empecemos con una afirmación de base: es en nuestro cuerpo donde radican nuestros mayores miedos. Es a partir de esa estructura de músculos, huesos y nervios en donde podemos hallar alguna explicación a nuestras timideces, a nuestro rubor, a nuestra vergüenza. Porque el cuerpo es algo que no podemos ocultar del todo, porque nos “condena” o nos pone en evidencia. Tal vez sea por eso que al colocarnos delante de un público, de un “otro”, lo sintamos casi siempre como una forma de desnudez, como una “exposición” de nuestros más ocultos temores.

Ya hemos hallado una segunda idea fuerza: hablar delante de un público es tanto como exponerse (he ahí el sentido profundo de hacer una exposición). Cuando nos situamos delante de una persona o un grupo lo que hacemos realmente es una exposición; actuamos. Somos actores. Y si, como lo hemos visto y dicho en otros textos, para lograr comunicar un mensaje con eficacia tenemos que saber usar nuestra voz, saber entonar, conocer el abanico de posibilidades de nuestra palabra oral, ahora tenemos que incorporar toda la riqueza de nuestra corporeidad.

 Piénsese un poco en el abanico o la gama de elementos con los cuales cuenta nuestro cuerpo: están nuestras manos, nuestros ojos y nuestra mirada, nuestra postura, nuestro desplazamiento… Qué diversa y compleja comunicación establecemos sólo con algunos gestos; qué amplia y poderosa interacción proponemos con cierta manera de sentarnos o cierta forma de caminar. Hay toda una larga y amplia zona de estudio en eso que podemos llamar “comportamiento no verbal”. Disciplinas como la kinésica o la proxémica han indagado en la red de significaciones del cuerpo cuando se pone en escena.

Y en ese colocarse delante de otros, inerme y solitario, en esa puesta en escena de nuestro cuerpo, es donde ciertas estrategias y técnicas de comunicación pueden servirnos de ayuda. Claro, no son recetas ni normas absolutas, son más bien pistas o indicios para tener una mayor eficacia en la interacción personal o de grupo.

Comencemos por nuestras manos. El otro rostro. Con ellas o por ellas podemos hacer una variedad de cosas: a) ejemplificar, b) subrayar, resaltar, provocar un énfasis, c) darle ritmo a nuestra palabra, acompañar corporalmente nuestra entonación –así como los directores de orquesta–, d) crear suspenso… Gracias a las manos logramos reforzar lo que decimos y, a la vez, producir cierta escenografía a nuestra palabra. Y si he escrito que las manos son otro rostro es porque con ellas podemos establecer un campo de lenguaje análogo al de nuestra gestualidad.

Ni qué decir de la mirada. Primero que todo, es una potente herramienta de control, de evaluación. Con la mirada podemos “domeñar” o “mantener las riendas” de un público; con la mirada sabemos del impacto que producen nuestras palabras en los interlocutores. De otro lado, la mirada nos permite establecer un contacto inmediato. La mirada es puente, es una mediación (y depende como la utilicemos, bien sea de manera cálida o distante, así su rendimiento en una conversación o en una charla ante un grupo). Una tercera función de la mirada es la de contagiar un estado de ánimo, una emoción, un apasionamiento. Al ser los ojos un espejo de nuestra interioridad, la mirada se convierte en el reflejo de nuestros sentimientos. En el conmover, o seducir, en esa tarea del saber apasionar, la mirada cumple un papel estratégico por no decir fundamental… Luego, entonces, hay que aprender a usar la mirada, no lanzarla escurridizamente al techo o ponerla en un sitio sin sentido; no hay que eludir al otro, sino que, por el contrario, hay que mirarlo de frente, mirarlo de acuerdo a nuestra intención, a nuestro propósito comunicativo. No olvidemos que es en la mirada, tanto del actor como del público, en ese juego de fuerzas, donde se debate la calidad o la flaqueza de nuestra “obra” o exposición comunicativa.

Cuánto influye nuestra postura. Cuánta diferencia hay entre decir un mensaje sentados o de pie. Cuánto perdemos o ganamos en la comunicación al conocer las ventajas y las desventajas de una u otra postura. Algunas de ellas son más cerradas, menos aptas para la interacción; otras son altamente eficaces en esto de “romper el hielo” o “meterse en la intimidad de otros”. Sucede muchas veces que, por usar indebidamente cierta postura, nos leen como soberbios cuando no como incompetentes. La postura es el eje o el dinamo de nuestra actuación; en ella reposa el resto del engranaje comunicativo. La postura es el espacio de la danza, incorporado al trabajo del expositor.

Resaltemos aquí, de una vez, a propósito de la postura, la importancia del desplazamiento de nuestro cuerpo durante una charla o conferencia. Y al decir desplazamiento, hablo de líneas de fuerza. Porque hablar delante de otros, de alguna manera, es marcar un territorio (un territorio en un espacio que apropiamos como nuestro, una “zona habitada”, una especie de fortaleza). Agreguemos que esas líneas de fuerza las dan preferiblemente las diagonales; digamos también que dependiendo del espacio, así tenemos que hallar o “marcar” dichas líneas de fuerza. Tal recomendación es significativa porque en las líneas de fuerza están implícitas también las líneas de atención. En consecuencia, no delimitar un territorio es tanto como emitir desde un no escenario, desde una escena fantasmal.

Basten, por ahora, estas pistas estratégicas para mejorar o darle mayor relevancia a nuestra interacción corporal. Sólo quisiera añadir que si no hacemos en primer lugar un reconocimiento de nuestros miedos y nuestros complejos, de nuestras culpas o nuestras fobias, muy difícilmente podremos establecer una comunicación corporal potente y llena de dinamismo. Antes de cualquier cosa, tenemos que enfrentarnos a nuestro cuerpo, aceptarlo como un don, quererlo y disfrutarlo en cada edad y momento, conocer sus posibilidades y limitaciones… Este cuerpo, no siempre forjado en la libertad y la inocencia, este cuerpo tan lleno de marcas que oscilan entre el castigo y el hedonismo consumista, este cuerpo que es una obra de ingeniería admirable, merece cotidianamente toda nuestra atención y cuidado, todo un proyecto de reconocimiento permanente.

No lo olvidemos: es por el cuerpo y gracias a él como nos sabemos seres en el mundo; y sólo apropiándonos de nuestra corporeidad, sólo así, podremos ponerla en relación, convertirla en un lugar estratégico para la persuasión, la interacción eficaz, o la comunicación más plena. Al ser dueños de nuestro cuerpo, como escribe Octavio paz, nacemos para otra “patria de sangre”; aprendemos otro himno, izamos otra bandera.

(De mi libro Rostros y máscaras de la comunicación, Kimpres, Bogotá, 2005, pp. 183-186).

 

La flexibilidad de la ternura

16 sábado Jul 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Gracia de Sandra Bierman

«Gracia» de Sandra Bierman.

En el Tesoro de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias define o asocia la ternura con un cartílago, «que ni es carne ni es hueso». En esa calidad o consistencia flexible, elástica casi, me parece importante concebir la ternura.

Tal característica de plasticidad es lo que le otorga a la ternura su enorme riqueza espiritual, afectiva y, por supuesto, comunicacional. Debido a esa ductilidad, a ese cimbreante ser de la ternura, es como alcanzamos cierto nivel de tolerancia, cierto talante de oscilación, cierta capacidad para el claroscuro. Gracias a la ternura aprendemos a ser menos rígidos, a ser menos «indeformables».

Sí, la ternura pone en entredicho la dureza del guerrero, la rocosa y encallecida lógica de la guerra. La ternura es como un diluyente, como un agua capaz de humedecer el desierto solitario de los espíritus belicosos. Por eso, los poetas, antiguos escribanos y defensores de la ternura, siempre han querido «traicionar al acerado ejército de los hombres» para «recuperar el peso y la rotundidad», «la blandura húmeda del mundo».

Desde luego, como escribe H. Kunz, «la ternura es a la vez un impulso, un sentimiento y una actitud». Un impulso hacia lo digno de consideración, hacia lo «indefenso»; un impulso más erótico que tanático. Un sentimiento en la medida en que es un terreno medianero entre lo sensible y lo inteligible; un sentimiento porque es un aprendizaje, una conquista de la cultura sobre la especie. Y una actitud, porque tiene que ver con lo volitivo; con el deseo, con un querer ser tierno.

No es el momento para rastrear cuándo ese impulso fue conciencia, cuándo ese sentimiento fue posible y cuándo esa actitud se hizo hábito. Señalemos tan sólo que es, a partir de la historia de la vida privada, de la historia del cuerpo humano; a partir de la microhistoria y la micropsicología, como seguramente encontraremos las raíces y el desarrollo de eso que llamamos «la ternura».

Ternura y preservación se juntan. Ternura y participación se necesitan. «Donde tú eres tierno, dices plural», escribió Roland Barthes. La ternura nos pone en relación, en comunicación y nos invita a salir de nuestro egoísmo. Quizá por la ternura es que perdonamos; y por la ternura somos fraternos; y por la ternura convivimos en sociedad. Nadie que se llama tierno puede desconocer la dimensión de la otredad; la zona del prójimo. Allí, en donde uno se pone o se siente tierno, claudican el poder, la arrogancia, los honores, el miedo, el saber autoritario. Lo tierno es, por excelencia, democrático.

Proponerse, por lo mismo, reivindicar la ternura es, sobre todo, colocar el énfasis en tres grandes instancias del hombre: el cuerpo, la sensibilidad y la imaginación. La ternura nos hace más táctiles, más sentimentales, más lúdicos; en síntesis,  más niños. Ya lo decía Milan Kundera: «la ternura es el miedo que nos inspira la edad adulta (…) Es un intento de crear un ámbito artificial en el que pueda tener validez el compromiso de comportarnos con nuestro prójimo como si fuera un niño». Reivindicar la ternura es una utopía necesaria, entre otras cosas, para lograr que lo íntimo halle su justo lugar en esa esfera de lo público. La ternura es un intento para que las «pequeñas cosas» signifiquen tanto como los «grandes acontecimientos».

Ni qué decir de la importancia de la ternura para la vida cotidiana. No como una falsa, dulce o graciosa forma de ser, sino todo lo contrario. Como una capacidad para romper los «cascos», las «mallas» y poder colocarse, inerme, frente a los demás; una forma de ser en donde cuente más la necesidad que la suficiencia, más la entrega que la desconfianza. Recordemos que una persona tierna es alguien «entregada». Y entregarse significó primero «reintegrar»: volver a tener cuerpo, volver a formar parte de la comunidad.

(De mi libro Ser viento y no veleta. Pistas de sabiduría cotidiana, Kimpres, Bogotá, 2010, pp. 71-73).

La sombra de William Holman Hunt

02 sábado Jul 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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La Sombra de la Muerte, William Holman Hunt (1827-1910)

«La sombra de la muerte» de William Holman Hunt.

Determinados cuadros nos gustan o nos interpelan por la composición, el colorido o la temática. Están de igual modo, aquellas obras que la crítica de arte ha ido convirtiendo en referentes obligados de un autor, un estilo o una época específica. Y hay también cuadros que nos seducen por la manera como el pintor plasmó en ellos una convicción religiosa. Me refiero al lienzo “La sombra de la muerte” de William Holman Hunt.

El cuadro está centrado en la figura de Jesús, el Jesús histórico. Recrea la imagen de un hombre, hijo de un carpintero, quien después de hacer su faena diaria toma un tiempo para hacer la oración vespertina. Tiene los brazos en alto, en la actitud de orar de los orientales, y realiza este gesto en su entorno habitual, en medio de los útiles del carpintero. Hasta aquí no hay nada extraordinario. Quizá la minuciosidad con la que Hunt pinta los objetos y el ambiente; de pronto, el esmero con que el artista inglés detalla las prendas de vestir y cada uno de los elementos del taller. Sin embargo, lo que llama la atención es la sombra que proyecta este cuerpo de torso desnudo sobre la pared del cuarto. Observamos cómo la penumbra de los brazos en alto del carpintero parece adherida a una tabla en la que están organizadas las herramientas de su oficio. La sorpresa que produce esta sombra es semejante a la de la mujer del cuadro que, de espaldas al espectador, se admira de aquel hecho fortuito.

La sombra, lo sabemos por Jung, tiene una relación profunda en nuestro psiquismo con lo aplazado, con aquello que forma parte esencial de nosotros y, sin embargo, no asumimos y, por alguna razón, hemos postergado o eludido de manera inconsciente. Esta carga simbólica de la sombra se hace más fuerte en la pintura porque ella hace las veces de premonición, de vaticinio sobre la vida de Jesús. Hunt aúna tres tiempos en este cuadro: el pasado de las profecías, el presente de un momento cotidiano de plegaria y el futuro de la pasión de Cristo. De allí proviene la sorpresa y esa es quizá la causa de la fascinación de esta obra.

Es claro que este efecto no es posible sin la perfección buscada por Hunt y “La hermandad” de los prerrafaelistas. El ideario de estos pintores ingleses se puede evidenciar en los colores puros empleados, en el tratamiento concienzudo de los detalles y en un esfuerzo por evitar el claroscuro. Fue ese afán de percibir la realidad sin cortapisas lo que llevó a Hunt a viajar y vivir en Jerusalén y entrevistar a viejos carpinteros de Belén para tener datos de primera mano sobre las herramientas tradicionales y sobre el ambiente con los cuales lograra dotar su lienzo de un realismo capaz de suscribir las ideas de John Ruskin: “captar las cosas es aprender a experimentarlas directamente”. Pero no fue solo eso. También cuenta la carga simbólica y alegórica con que Hunt llenó de indicios su obra: el arco de una de las ventanas hace las veces de aureola sobre la cabeza de Jesús; están al fondo del cuarto las cañas que podrían prefigurar el cetro usado como vejamen; sobre una repisa hay dos granadas, símbolo de la pasión, y está la cinta de color escarlata que preludia la corona de espinas. Estudiosos como George Landow ha inferido que la mujer de espaldas es María, la madre de Jesús, y que la revelación de esa sombra es como una segunda “anunciación” sobre el destino de su hijo. Todas estas alusiones y el trabajo del artista sobre la luz coadyuvan para crear una escena realista y hondamente simbólica. 

Según William Gaunt, en su libro El sueño prerrafaelista, “el espíritu pío de los nazarenos alemanes se reveló de manera exaltada en Hunt”; lo que anhelaba este pintor era “ser fiel tanto a la religión como a la naturaleza”. Se trataba de una fe profunda, de un misticismo, del cual dan cuenta otras de sus obras, como “La luz del mundo” y “El chivo expiatorio”. Aunque es en “La sombra de la muerte” donde Hunt mejor expresa su convicción de que al pintar cumplía con “un deber religioso”. No obstante, más allá de estos asuntos personales, lo que sigue interpelándonos hoy de esta pintura ―al menos para mí― es el poder revelador de la sombra, el papel insinuante de ese símbolo sobre la vida o el destino de un hombre. Es posible que, como en este cuadro de William Holman Hunt, muchas de nuestras actuaciones diarias proyecten una penumbra sobre nuestro futuro, invisible para nosotros, pero sorprendente y legible para los demás.

Coleccionista de gallos

23 jueves Jun 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Ilustración de Alex Solis

Ilustración de Alex Solis.

Desde ya hace varios años colecciono gallos. Figuras artesanales o de diverso material como el vidrio, la madera, la piedra, el cobre, la cerámica, la plata u otro metal. Aunque ya me considero un coleccionista, lo cierto es que no supe bien cuándo empezó esa predilección por dichos objetos. Lo cierto es que, poco a poco, ha ido creciendo “la gallera” y, el grupo familiar o los amigos ―bien sea para mi cumpleaños o para las fiestas navideñas― tratan de sorprenderme regalándome una de esas estatuillas.

He indagado el porqué de esta predilección. Una primera causa, quizá la más íntima, es que esté relacionada con el hecho de haber nacido en el campo. Tengo vivo el recuerdo del canto nocturno de los gallos, su cacareo claro y repetido, a la manera de un relevo de sonidos, propagado a lo largo de las casas ubicadas en la vereda de “La Laguna” o de “Capira”. Ese recuerdo es una imagen fundacional. Y pienso, por eso mismo, que terminó filtrándose en mi poesía, en los primeros versos contenidos en mi libro inédito Homo erectus. Era inevitable. Esa voz, escuchada siempre a la madrugada, me permitía adivinar que el sol ya despuntaba por las montañas de “Lomalarga” y saber que, aunque todavía era de noche, seguramente mi madre ya estaría encendiendo el fogón y mi padre daba inicio a las tareas campesinas. Tal vez no fuera siempre así, pero el canto de los gallos está vinculado con esa escena de mi niñez, con esa marca autobiográfica.

Quizá por esa razón, no me fue difícil comprender después uno de los simbolismos más socorridos del gallo: la de servir de mediador entre dos realidades. Un símbolo puente. El gallo anuncia el nacimiento de otro estadio, de una condición diferente a la que se está. Por eso, fue un símbolo de Cristo, y, por eso también, ha sido visto como un emblema de la resurrección o del triunfo de la luz sobre la noche. Después supe y averigüé que el gallo era de buen augurio para las parturientas, que servía de emblema a los predicadores y profetas, que se usaba como veleta en los tejados para invocar su protección y vigilancia y que era uno de los atributos de Hermes, el dios mensajero y patrono de los comerciantes. Con el paso del tiempo, me di cuenta de la riqueza simbólica de esta ave y de cómo ha impregnado a muchas culturas. Pero volvamos a mi colección de gallos. A este gusto por atesorar dichos objetos particulares.

Cuando miro mi “gallera” lo primero que evidencio es la heterogeneidad de formas y colores en esas figuras. Pienso, en consecuencia, que el mayor gusto del coleccionista consiste en atesorar la diversidad, en apreciar y tener las distintas manifestaciones de determinado objeto. Son los matices mediante los cuales artesanos y artistas esculpen, pintan, tallan o colorean una obra ―confiriéndole en cada caso una particularidad―, los que, precisamente, dan sentido al motivo esencial del coleccionista: tener una gama de variaciones sobre un mismo asunto, disfrutar de esa diversidad plasmada en formas, estilos, decoraciones, diseños, al igual que de su distinta procedencia o su época de elaboración. Si hay algo que busca el coleccionista es acumular diversidad, y su mayor triunfo consiste en adquirir o recibir un objeto diferente, “raro”, una “pieza-trofeo” de esas que hablara Walter Benjamin en el testimonio sobre la adquisición de su biblioteca.

De allí que la decepción del coleccionista se dé cuando recibe un objeto repetido. Lo que espera siempre es adquirir o conseguir una versión, una propuesta diferente de aquello que colecciona. Tal condición pone en aprietos a familiares y amigos del coleccionista porque a medida que aumenta la colección será más difícil saber si el presente comprado en un almacén lejano es uno de los objetos duplicados del coleccionista. Y allí está también el esfuerzo de la búsqueda del viajero. Si desea sorprender al familiar o al amigo habrá que caminar muchas calles, mirar en varios anticuarios, explorar en tiendas secretas, preguntar y preguntar a desconocidos, hasta hallar una pieza singular, así sea elaborada con los más humildes materiales pero llena de originalidad y dotada de esa identidad de las obras únicas. Esa aura, seguramente, será el mayor tesoro valorado por el coleccionista.

Por lo demás, el coleccionista guarda con los objetos el sentimiento o la microhistoria de su procedencia. A través de ellos, mediante una emanación mnemotécnica, logra evocar las situaciones o a las personas relacionadas con esas figuras. Al tomar los objetos se genera una especie de sortilegio mágico, así como en el cuento de Aladino y la lámpara maravillosa, y podemos ver un rostro, una época, una fecha determinada. Sirvan estos ejemplos: en el primer estante de “la gallera” (una vitrina de cuatro niveles) escojo al azar y constato que hay un gallo en cristal macizo que mi entrañable Penélope me trajo de México; otro más que compré en Chile, cuando venía de mi primer viaje a Buenos Aires; hay uno, en plata, que me obsequió Sor Sofía Cisne cuando estuve con Luis Eduardo Castaño ayudando a construir proyectos educativos en El Salvador y Guatemala. Está otro que me regaló mi madre, hecho con plumas naturales, y que más tarde Hernando Rodríguez, un carpintero amigo, le hizo un hermoso pedestal en cedro. También hay uno, con colorido expresionista, elaborado por Hernando Zambrano, uno de los reconocidos talladores de madera de Pasto. Y la lista puede seguir. Basta abrir la vitrina y en cada escaparate, a partir de los gallos allí organizados, emergen la fraternidad, el amor, el agradecimiento o el relato de una búsqueda o un viaje hecho en el pasado. Esos objetos son, por decirlo así, otra autobiografía, un testimonio macizo de mis vínculos personales o un registro de  mi caminar por tierras extrañas.

No pertenezco a los coleccionistas maniáticos analizados por Jean Baudrillard. Colecciono estas figuras más por una estética personal que por un deseo de ostentación o prueba de riqueza. A veces lo que me seduce es el acabado de uno de esos objetos; en otras ocasiones, es el material que ha servido de base lo que me impacta y me lleva a adquirirlo. Pesa mucho en mi valoración el diseño, la pericia del artesano, la sutileza de un detalle, la creatividad del artista para impregnarle a una madera, un metal o una piedra, cierto toque especial que, al igual que Pigmalión, las dota de una vida, las transforma de cosas banales en obras llenas de significado. Eso es lo que me anima y me conmueve. Y, por supuesto ―ya lo decía antes―, cuando estos objetos han sido un obsequio, se tornan valiosos por las personas que me los han regalado. A través de ellos, mediante una metonimia maravillosa, las cosas hacen las veces de las personas. Hablan por ellas. Dicen en su lenguaje mudo que mi ser ha sido importante para alguien, que a pesar de la distancia o el tiempo, algunas de mis acciones logran el agradecimiento perenne en la mente de determinadas personas. Cada uno de esos gallos cumple la función de heraldo del afecto. Cantan, así sólo sea audible en los rincones de mi corazón, la certeza de la amistad, del amor, de la complicidad o los sueños compartidos.

Al considerarme un coleccionista aficionado sé que nunca terminaré mi tarea. “La gallera” sigue abierta como mi propia vida. No es mi sueño acaparar todos los objetos o piezas existentes. Sé que, además, sería imposible. Me conformo con esta alectrofilia íntima, de pronto compartida con los más cercanos. Es probable que haya en esta pasión una resonancia de la entretención lúdica de mis primeros años por atesorar las piedras más redondas que encontraba en caminos y quebradas, o que sea la persistencia inconsciente de mi espíritu por mantener vigente y soleada la tierra feliz de mi infancia. 

Los súbitos recuerdos

16 jueves Jun 2016

Posted by fernandovasquezrodriguez in Ensayos

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Allá, con mi viejo, camino hacia Capira

Allá, con «mi viejo», camino hacia Capira.

Hay ocasiones en que cobran mayor intensidad los recuerdos. Se vienen con toda su fanfarria y desplazan la atención y las ocupaciones del presente. Tal irrupción puede ser ocasionada por una charla ocasional, la escena de una película, la casual escucha de una canción o el encuentro inesperado con un objeto casero. Es como si los recuerdos tuvieran un campo de irradiación que, al ser tocados por un hecho insignificante, emitieran un sonido audible solo por nuestra memoria. Porque esa es otra particularidad de esta intrusión del pasado: únicamente tiene significado para una conciencia particular. Los recuerdos se muestran silentes para los demás, pero bulliciosos y con rostro propio para una persona específica.

A veces, lo que viene como una oleada es la presencia de un ser querido fallecido ya hace varios años. Su voz o sus gestos reaparecen diáfanos, vívidos en nuestra mente; recuperan, por decirlo así, una fuerza escénica que pone nuestros sentidos alertas y hace que los sentimientos ocupen la totalidad de nuestra atención. En esos instantes o durante ese tiempo recuperamos del ser perdido su esencia vital. Reaparece su presencia en una etapa o en una situación específica de nuestra vida. Puede ser en la infancia o durante nuestra juventud. Quizá en un período de la edad adulta. Sea como fuere, lo que el recuerdo nos devuelve es una fotografía instantánea de un vínculo, de un lazo afectivo que se mantiene intacto a pesar de los años o sobrenadando los mares del olvido.

Pero lo más interesante de esas apariciones es que despuntan en nosotros una carga emocional que bien puede llenarnos de regocijo o ponernos nostálgicos. Nos regalan la alegría de recuperar por unos minutos la persona fallecida y, a la vez, nos reiteran la evidencia de su pérdida. Tal ambigüedad es la que genera en nuestro espíritu esa doble sensación de festejo y tristeza, de cercanía y lejanía, de reencuentro y despedida. En todo caso, esos recuerdos nos tornan frágiles. Abren de nuevo álbumes que parecían olvidados y hacen audibles voces enmudecidas por el martilleo incesante de la vida cotidiana.

Es tal la fuerza de esas inesperadas remembranzas que logran sacarnos de sí; provocan una especie de dimensión extraña en la que, como si fuéramos pasajeros estelares, viajamos a épocas pretéritas. Son una cabal ensoñación, con todo lo que ella tiene de carga emocional y despliegue de la imaginación. Al acceder a esos recuerdos experimentamos una genuina vivencia. Somos transportados y transformados por esa fuerza rememorativa, así sea durante unos minutos. Sin embargo, el impacto es tan fuerte que todo nuestro psiquismo queda conmovido, al igual que las réplicas de un terremoto de gran magnitud.

Claro está que esas súbitas apariciones no pueden ser provocadas a voluntad ni emergen en todo momento. Hay un cierto capricho en la forma de manifestarse. Son determinados hechos, específicas actitudes, singulares comportamientos. Dichos recuerdos operan de manera diferenciada, quizá en la misma proporción de la impronta dejada por esos seres amados en nuestra existencia. Puede tratarse, entonces, de una particular manera de relacionarnos con un padre, o el modo singular de enfrentar la vida de nuestra progenitora o las originales manifestaciones de cariño prodigadas por una pareja o el saludo inconfundible de algún hijo. Son esas cosas y no otras las que de pronto retornan a nuestra memoria.

Es probable que la creencia en las almas o en las ánimas esté asociada a este inesperado modo de surgir del recuerdo. Nace de mantener vivos en nuestra memoria aquellos seres que han formado parte esencial de lo que somos. Es una especie de tributo de la especie a sus antepasados. Y tal como hay una memoria genética contenida en nuestros cromosomas, de igual modo el recuerdo cumple ese papel de ligar nuestro presente con el remoto ayer. Sin embargo, y aquí está lo interesante, esa memoria es selectiva. Solo van guardándose aquellas marcas fundacionales que nos constituyen, esas huellas esenciales de nuestra identidad. Y son esas improntas las que conservan intacto su verdor, su frescura rememorativa. Esos recuerdos terminan impregnando nuestra piel y nuestra mente como cicatrices que nos acompañarán hasta el final de nuestra vida. Lo demás, se irá perdiendo poco a poco o diluyéndose con el pasar de los días.

Tal vez por eso son tan preciados estos momentos en que despuntan aquellos recuerdos. Porque nos confirman que esas personas siguen vigentes y rotundas en nosotros, porque muestran su jovial contextura a pesar del tiempo transcurrido, porque continúan renovando lo fundamental de un vínculo filial o amoroso. Lo imprevisto de esas evocaciones nos certifica la valía del legado recibido y, al mismo tiempo, muestra el temple de nuestro corazón para salvaguardar dicha herencia.

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