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Fernando Vásquez Rodríguez

~ Escribir y pensar

Fernando Vásquez Rodríguez

Publicaciones de la categoría: Fábulas

Desideria, la fanática de la moda

06 sábado Ene 2024

Posted by Fernando Vásquez Rodríguez in Fábulas

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Ilustración de Chris Ayers.

Desideria, muy aficionada a la moda, buscó en internet el último diseño de caparazón. Encontró uno de nácar que le pareció mucho mejor que el material que la naturaleza le había provisto. Averiguó dónde lo podía adquirir y, con rapidez, salió al centro comercial más cercano.

De vuelta a casa, con gran dificultad logró deshacerse de su antigua protección y poco a poco atornilló el nuevo caparazón, brillante y muy llamativo. La tortuga estuvo vanidosa de su adquisición, hasta que vio en la televisión el anuncio de una caparazón de aluminio que “era a prueba de todo”. Lo que inició con alegría se convirtió en decepción. Desideria advirtió que su coraza ya no respondía a sus expectativas. ¡Tenía que adquirir como fuera esa nueva prótesis de maravillosa defensa! Buscó en su mesa de noche la tarjeta de crédito y fue presurosa a donde vendían aquella maravilla.

Cuando retornó y desempacó su compra, se quedó deslumbrada por el resplandor del artefacto. Luego empezó a quitarse la antigua caparazón, no sin alguna molestia. Los tornillos ya estaban corroídos por el agua; pero, poco a poco, logró cambiar su indumentaria por este otro ropaje más esplendoroso. Esto sí era lo último y, a medida que desfilaba ante un largo espejo, Desideria notó que por fin había encontrado lo que en verdad necesitaba. Pero esa certeza le duró poco: una amiga muy viajada le dijo que lo que estaba en furor en los países orientales era el titanio, que sólo los más ricos y la realeza, según contaban, podían usarlo. La tortuga se sintió desanimada. En su corazón albergó el sueño de viajar a esos territorios y adquirir, si era posible, una de esas caparazones para personas poderosas o con mucho dinero. A eso se dedicó muchos años de su vida. Ahorró con ese propósito y, al final, hizo un préstamo diferido a muchos años.

Recién llegó al Japón, en búsqueda del caparazón de titanio, varios comerciantes le dijeron que debía esperar unos meses hasta que saliera al mercado la última versión. La tortuga esperó ese tiempo. Al fin pudo ver lo que hasta ese momento era un sueño de su imaginación. ¡Ahí estaba, relumbrante, el caparazón! Volvió a pagar con su tarjeta de crédito y regresó con su preciado tesoro en las bodegas del avión. Ya en su casa empezó a desempacar con entusiasmo y ansiedad aquella compra venida de tan lejos. Quitados todos los plásticos quedó al descubierto esa plateada figura. ¡Era perfecta! A pesar de seguir las instrucciones para ponérsela, el peso de la coraza no le permitió acomodarla a su cuerpo. Muy cansada del viaje, dejó esa tarea para el otro día. Pero, por más que luchaba para meterse dentro de aquel vestido, no logró que le quedara ajustado a su cuerpo. Se valió de las manos de una amiga para ese fin, pero fue inútil. Buscó a expertos que le ayudaran a ponerse esa prenda, pero con resultados semejantes: algo no engarzaba, una pieza no encontraba su pareja, o lo que parecía ya quedar justo, pasados unos segundos se convertía en una incomodidad intolerable. 

Dicen que en ese rito Desideria empleó los últimos cincuenta años, de los cien que vivió.

Elecciones en la selva

17 lunes Jul 2023

Posted by Fernando Vásquez in Fábulas

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Ilustración de Aaron Blaise.

Fue a finales de mayo cuando se realizaron las elecciones en la selva. Tal y como en períodos anteriores, las campañas y los rumores impregnaban el ambiente.

—Lo más seguro es que repita el león —decía una jirafa, con gesto de resignación.

—Y con toda esa intimidación que ha venido haciendo durante estos días, es lo más probable —le respondía un ñu, mirando a todos los lados con desconfianza.

—Pero otros dicen que hay un hipopótamo con muy buenas posibilidades —prosiguió la jirafa, poniendo en su voz un tono de quien maneja una secreta información.

—Eso sería lo mejor —replicó el ñu—. Yo y muchos en la selva estamos cansados de este gobierno indolente que además de aprovecharse de nuestra carne, nos agobia con impuestos excesivos.

La contienda en esta ocasión tenía una variedad de candidatos. Por supuesto estaba el león que se vanagloriaba de los logros de su reciente mandato, aunque parecían más fruto de su locuacidad que de realidades concretas. Otro de los contrincantes era un hipopótamo que había logrado recoger el inconformismo de una buena parte de los habitantes de pantanos, ríos y parajes inhóspitos. También estaba un búho que se preciaba de su talante tranquilo y de una sabiduría reconocida aún por sus contrincantes. A último momento apareció una cigüeña que decía ser la abanderada de todas las hembras de la selva.

Como era de esperarse, los diferentes candidatos planearon sus campañas con un eslogan que pretendía convertirse en su bandera. El león, por ejemplo, asumió el lema de “mejor malo conocido que bueno por conocer”; el hipopótamo fue más innovador, pues su consigna la cifró en estas palabras: “ya no más montañas, es tiempo del pantano”. El búho, sesudo como era, prefirió hacer pasacalles y volantes con esta frase: “abra el ojo hoy y verá en la oscuridad mañana”. Y la cigüeña, prefirió publicitar su candidatura en estos términos: “todo al natural, nada de maquinarias”.

Cada animal hizo su campaña como mejor le pareció, usando perifoneos y volantes. Los buitres que hacían las veces de informadores o periodistas de alto vuelo eran los encargados de multiplicar las últimas noticias de los candidatos. Y se volvió costumbre emplear a lagartos que hacían encuestas para saber la intención de voto de los habitantes de la selva. Los primeros resultados mostraban que el león no estaba entre los preferidos, que el hipopótamo despuntaba en el primer lugar, que el búho ocupaba un raquítico tercer puesto y que la cigüeña apenas alcanzaba un tres por ciento de favorabilidad. Esos lugares se mantuvieron casi hasta la última semana de las elecciones, cuando apareció sorpresivamente un avestruz, hecho que los buitres resoplaron día y noche hasta el cansancio:  lo llamaron el fenómeno político del momento y su consigna sorprendió a la mayoría: “conmigo será todo a las carreras”.

Se supo, por el correo no oficial de los cuervos, que había compra de votos, que las alianzas entre partidarios cambiaban según el orden en las encuestas, que se utilizaban mentiras a granel para desprestigiar a uno u otro candidato y que el león, actual rey de la selva, se había aliado con una manada de hienas intimidantes para crear la zozobra y multiplicar el rumor de que sin su garra dura todo sería un caos en la selva.

—Dicen que el hipopótamo, si llega a ganar, va a volver todo un lodazal —le confesaba una cebra en secreto a un nervioso antílope.

—Yo supe que el león dejó de comer carne en público, con el fin de convencer a todos los herbívoros indecisos —interrumpía un búfalo con ironía.

­—El búho es un sabio en lo que propone, pero esta selva necesita es un guerrero de cuero duro como el hipopótamo —comentó un rinoceronte viejo.

—Como van las cosas, lo más seguro es que la cigüeña al final se una al avestruz —dijo un suricato— Eso es un pacto volando.

En todo caso, el día de las elecciones –organizadas por los orangutanes y celosamente custodiadas por los lobos y chacales– un buen número de habitantes de la selva asistieron a los lugares de votación. En praderas, sabanas, pantanos, bosques, ríos, en todos los sitios posibles los animales cumplieron la cita de ir a depositar una papeleta con el candidato de su preferencia. Y si bien no fue masiva la votación, sí fue más nutrida que en ocasiones anteriores. Hacia el final de la tarde, con los últimos resplandores de sol, todos estaban atentos a los resultados. Los buitres estuvieron merodeando los puestos de votación para dar la primicia, pero el orangután esperó a tener el mayor número de mesas encuestadas antes de ofrecer alguna información.

El primer comunicado fue toda una sorpresa. El candidato con más votación había sido el hipopótamo. Y, lo que resultaba aún más inesperado, le seguía en votación el avestruz. El león apenas logró un tercer lugar, el búho el cuarto puesto. La cigüeña, tal como se esperaba, abandonó la contienda en los últimos días, sumándose al avestruz. La tendencia se mantuvo en los dos comunicados siguientes. Los buitres anunciaron a todos los vientos el nuevo rey de la selva: el hipopótamo. Como era de esperarse el león no aceptó los resultados, el avestruz dijo que pediría un nuevo conteo y el búho prefirió no dar declaraciones, escondiéndose en medio del bosque. Pero, a pesar de los enfados y las desilusiones, lo cierto fue que el hipopótamo se posesionó un mes después de aquellas elecciones.

—Lo que somos nosotros—dijeron unos flamencos— migraremos a otras tierras. Esto se va volver invivible.

—Lo más seguro es que empezará por ensuciar todos los muebles del palacio real —refunfuñaban unas panteras de ojos amenazantes.

—Más sucios no podrán estar de como dejó el león todas las alfombras —terciaban los defensores del hipopótamo.

—A ver si puede cumplir lo que prometió —afirmaba un jabalí enfurecido—. Todos los que llegan al poder terminan olvidando lo que ofrecían durante su campaña.

—Esperemos a ver con que sale, démosle un tiempo —comentaron conciliadores un grupo de elefantes.

Después de ocupar el trono, de ponerle un poco más de agua al dormitorio real, el primer anuncio del hipopótamo dejó perplejos a seguidores y enemigos: El ministro de defensa era una paloma.

—En mi gobierno tendremos que cambiar de perspectiva para resolver nuestros problemas —dijo el hipopótamo con una serenidad que parecía emular a sus parientes las ballenas.

Buena parte de los detractores expresaron su desacuerdo con tal nombramiento. Algunos más se rieron de tal iniciativa.

—Lo que falta es que nombre de ministro de energía al perezoso —comentó irónica la grulla excandidata desde su nido.

—¿Y quién será la ministra de economía? ¿Alguna musaraña? —murmuraba un tigre excandidato con cierta mordacidad en sus palabras.  

Pero detrás de aquellos comentarios negativos, otro grupo mayoritario de habitantes de la selva entrevieron que el nombramiento de la paloma era una invitación a solucionar los conflictos de los animales en la selva de otra manera, y no por la fuerza, como antes venía haciéndose.

Justo a la semana siguiente, con el mismo tono pausado que ya empezaba a volverse familiar entre los animales de la selva, el hipopótamo declaró que su ministro de justicia sería el ornitorrinco.

—Porque en mi mandato, buscaremos que la justicia sea para todos, y eso demanda una múltiple sensibilidad para resolver las inequidades —dijo el hipopótamo con una serenidad que exacerbaba los ánimos de los monos aulladores.  

Más de un mes duró el hipopótamo anunciando las diferentes personalidades de su gabinete y a más de uno le seguían sorprendiendo ciertas nominaciones. Sin embargo, lo que sí generó un descontento mayúsculo en los felinos y en otros animales no habituados a ambientes húmedos fue una medida que, según el mandatario, obedecía a una convicción ecológica:

—Como lo más importante en mi gobierno consistirá en preservar la vida de todos los habitantes de la selva, por tal motivo, desde mañana mismo le he pedido a mis hermanos de manada, “La hinchazón” que abran muchos surcos en el gran río para que aneguemos toda la sabana.

Después levantó su grueso cuello y con un ronco bufido dijo:

—¡No más cuatrienio de sequía!

Y si bien hubo protestas y declaraciones en contra de esa política considerada absurda por los opositores, a pesar de los buitres que chillaron día y noche por los altoparlantes tachando de loco al hipopótamo, lo cierto fue que a los pocos meses de promulgar esa medida en la selva se empezó a considerar vital y de avanzada aprender a ser y comportarse como anfibios.

Un poco de la misma medicina

20 lunes Mar 2023

Posted by Fernando Vásquez in Fábulas

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Ilustración de Ricardo Martínez.

Un grupo de animales, molestos por el uso frecuente que los hombres hacían de sus características, estaban esperando a que el rey de la selva los atendiera.

—Como si uno no tuviera sentimientos y llorara de verdad —bramaba un cocodrilo.

—O yo estuviera negado a tener mis salidas inteligentes —rebuznó un burro.

—Y qué tal la ofensa a mi estilo de vida, siempre mostrándome como una perezosa adormecida —gañó una foca.

Justo cuando hablaba la foca, el león entró al recinto.

—¿Y a qué debe el placer de vuestra visita?

Los animales se miraron entre sí. El elefante barritó fuerte para decir que los hombres estaban usando sus nombres para desprestigiarlos o denigrar de sus cualidades.

—¡Qué tal lo mío! —explicó, moviendo las orejas para enfriar su ira: llamar elefante blanco a alguno de sus proyectos fallidos u obras dejadas a medias.

—Ni qué decir de mi caso: los padres me denigran con sus hijos —gruñó el cerdo—, al ponerme de ejemplo de los malos modales en la mesa.  

El león detuvo por un momento otras intervenciones y, como si este hecho no le fuera desconocido, comentó:

—Así son los humanos: nos achacan defectos o vicios que ellos tienen, para evitarse reconocerlos en sí mismos o en sus semejantes.

La concurrencia estuvo totalmente de acuerdo. Sin embargo, le siguieron insistiendo al león para buscar una solución a este abuso de los hombres.

—A mí me usan para disculparse de sus pecados —dijo un chivo.

—Y a nosotras nos ponen como referente de sus comportamientos licenciosos —cacarearon unas gallinas.

Después de un buen tiempo de oír a los animales, el león volvió a tomar la palabra:

—Considero que por lo que he escuchado y otros casos que he sabido, ya es justo que empecemos a darles a los hombres un poco de su misma medicina.

El grupo de animales enfocaba la atención en el melenudo rey.

—Que volvamos habitual en nuestras conversaciones aludir a sus particularidades negativas cuando veamos un comportamiento similar entre nosotros.

Aunque la audiencia no entendía bien la propuesta del monarca, la mayoría asentía de manera constante.

—Por ejemplo —dijo el león— que cuando veamos a algún colega persiguiendo a otro para matarlo, por una ofensa, digamos: vengativo como los seres humanos; o cuando determinado animal acapare más alimento del que necesita para vivir, los señalemos diciéndole: ambicioso como un ser humano; o si alguno de nosotros miente deliberadamente o calumnia a otro de su especie, lo califiquemos con la frase: igualito a los seres humanos.

Los asistentes aplaudieron la iniciativa y comenzaron a retirarse del salón real de audiencias.

Desde entonces, cuando se castiga con un garrote a un caballo, se amarra con cadenas al cuello a un chimpancé o se patea de manera inmisericorde a un perro… la mirada de esos animales nos dice en silencio que eso es “típico de los seres humanos”.

Nicanor, el búho amante de los libros

26 domingo Feb 2023

Posted by Fernando Vásquez in Fábulas

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—Casi que ni duerme —comentó una marmota, aún con ojos soñolientos.

—De día o de noche es lo mismo —agregó una comadreja, moviendo de lado a lado su cabeza—. Cuando estoy en mis rondas nocturnas lo veo despierto, pegado a sus libros.

—Eso es como un vicio —terció un conejo, levantando nervioso sus orejas.

Los tres contertulios miraban hacia arriba de un pino. Un búho, leyendo, ni se percataba del diálogo que acaecía abajo del árbol de frondosas ramas.

—A mí me produce es curiosidad —dijo una ardilla de larga y esponjada cola. Después de dar una vuelta rápida al tronco del pino, miró de frente a los otros animales, compartiéndoles una propuesta:

—Deberíamos hablar con él, a ver qué nos dice de ese estar todos los días entre libros.

La marmota, el conejo, la comadreja y otros curiosos que estaban cerca estuvieron de acuerdo con la iniciativa de la ardilla.

—Suba usted e invítelo a conversar con nosotros unos minutos sobre este asunto —exclamó el conejo.

La ardilla tomó la recomendación como un mandato y en poco tiempo estuvo cerca al búho.

—¿Muy ocupado?

El búho levantó sus grandes ojos, dejó a un lado el libro que estaba leyendo y miró a esa vecina ocasional que lo interpelaba.

—Un poquito…

La ardilla se acercó más al búho. Enseguida, poniendo el tono de voz de una súplica, le dijo:

—Yo y otros animales que podrá ver allá abajo, estamos muy intrigados por lo que hace, y queremos que nos cuente en detalle por qué anda concentrado todo el tiempo entre esos libros.

El búho miró hacia la raíz del árbol y descubrió muchos ojos observándolo.

—¿Intrigados por mis libros? —repuso extrañado.

—Sí —replicó veloz la ardilla—. Pero más aún por qué necesita de ellos o qué le hace estar día y noche de cabeza en esos volúmenes.

—Ah, ¿el  por qué me gusta leer? —preguntó entusiasmado el búho.

—Sí, sí —saltó animada la ardilla—. Y queremos, si no es mucha molestia, invitarlo a que nos cuente sobre tal ocupación.

El búho puso un gesto pensativo, volvió a mirar abajo la concurrencia que se veía más nutrida por nuevos curiosos y, para no ser descortés con ellos y con la ardilla, desplegó las alas a la par que le respondía a su interlocutora:

—Vamos, pues, querida vecina… Vayamos a hablar de esta grata ocupación que, según he notado, cada día escasea más en estos bosques.

La ardilla de unos pocos saltos llegó a donde estaban reunidos la marmota, el conejo y la comadreja, quienes ya parecían refundirse entre el corrillo de animales. El búho se situó en un pequeño arbusto, justo al lado del portentoso pino.

—Bueno aquí está, nuestro amigo el búho —se lanzó a presentarlo la ardilla—. Él ha venido hoy a contarnos por qué se la pasa metido entre los libros noche y día.

Todas las miradas se posaron en el ave de grandes ojos.

—¿Y como qué quieren saber? —atinó a decir el búho para iniciar la conversación.

Después de un corto silencio, el conejo se lanzó a hacer una pregunta:

—¿Qué lo motiva a leer tanto?

—Una curiosidad que, poco a poco, se fue convirtiendo  en un placer.

—¿Y no se cansa de leer?

Al búho le pareció extraña la nueva pregunta.

—El cuerpo se acostumbra a lo que la mente desea…

—Pero hay cosas que uno desea, y sin embargo lo cansan —lo interrumpió el conejo—.  Yo no podría comer solo zanahorias todos los días.

—En cada libro encuentro alimentos diferentes y una misma página puede tener distintos sabores.

El grupo miró con más detalle la cara del que hablaba. Les pareció que los ojos amarillos del búho, con sus orejas y su pico formaban un triángulo misterioso.

—¿Y cómo hace para que no le coja el sueño mientras lee? —preguntó adormilada la marmota.

— Si uno tiene interés por algo las horas de sol le resultan pocas —respondió el búho

La marmota insistió:

—¿Y si el interés le dura a uno poquito?

—Entonces no era un genuino interés…

Los animales se miraron entre sí. En sus mentes indagaban si tenían o no un “genuino interés” por algo… La pausa fue rota por la voz estridente de una musaraña:

— Eso depende de la constitución de cada uno… yo no puedo quedarme quieta mucho tiempo.

El búho se detuvo en la larga nariz de su interlocutora y en cómo se desplazaba a toda prisa entre el corrillo de animales.

— El cuerpo está quieto mientras leo, pero es la mente la que se mueve a velocidades insospechadas.

— A mí me entraría la desesperación. Yo soy un ser de pura acción —exclamó un lince, erizando los penachos de sus orejas.

La mirada penetrante del búho se desplazaba según las opiniones de la concurrencia. 

— ¿Y qué saca usted de esos libros? —exclamó un armadillo.

— Tantas cosas que no me alcanzaría este y otros días para contárselas…

—Pero, al menos compártanos algunas, si no es mucho pedir —dijo la ardilla.

El búho gitó su cabeza 250 grados hasta abarcar con la mirada a todo el grupo de escuchas.

—He sabido cuáles son nuestros más remotos orígenes, la existencia de numerosos animales que habitan en distantes tierras y las historias increíbles de otros seres que sólo crecen en nuestra fantasía… Y lo más importante —afirmó el búho, haciendo una pausa— los libros me han servido para ayudar a conocerme.

El grupo de animales se mostró asombrado por la última parte de la respuesta.

—Yo no necesito leer libros para saber quién soy —afirmó enfática una cacatúa—. Esta cresta, por ejemplo, ya es mi rasgo distintivo.

—Uno es más que pico y plumas —replicó el búho, en un tono tranquilo. Después de una pausa, agregó:

—Los libros son como espejos para mirar adentro de nosotros.

La concurrencia quería profundizar más en lo dicho por el búho:

—¿Hay muchos animales diferentes a nosotros? —increpó la comadreja, imaginando nuevas presas para su voraz apetito.

—Miles, infinidades… tantos como las hojas de estos árboles que nos rodean en este momento.

—¿Cómo conozco esos seres que habitan en nuestra fantasía? —preguntó la marmota.

—Leyendo las historias inventadas por los viajeros de lo maravilloso.

—¿Y de dónde procedemos nosotros? —preguntó intrigado un zorro.

El búho se detuvo en contestar. Recordó el libro que estaba leyendo y prefirió dar una respuesta corta.

—Venimos de las estrellas…

La ardilla notó que el diálogo se alargaba y, a pesar de la buena disposición del búho, consideró oportuno ir cerrando la conversación.

— Para no abusar de nuestro invitado, qué tal si le hacemos una última pregunta. ¿Quién se anima?

—¿Y qué le pasa a uno si no lee? —gruñó fuerte una jabalí.

El búho intuyó que la pregunta llevaba adentro una trampa. El sabía que la mayoría de la audiencia no leía y mucho menos el jabalí, que prefería dormitar entre los baños de barro.

—No le pasa nada… tan solo se priva de conversar con los que le precedieron.

—Ah, bueno —contestó indiferente el jabalí —. Me gusta vivir en el presente. Las personas que creemos en la experiencia no necesitamos del embeleco de los libros.

—La vida no se agota en la sobrevivencia —repuso sereno el búho—. Mis libros me han servido para no repetir las experiencias erradas de los demás.

La ardillla levantó sus brazos en señal de que la conversación llegaba a su fin. Agradeció al búho su presencia y subió presurosa hasta donde seguramente volaría el búho en unos instantes. Apenas el ave llegó, le reiteró su deferencia:

—Qué grato ha sido escucharlo —le dijo—. No sabía que dentro de esos volúmenes hubiera tantos conocimientos y tantas enseñanzas escondidas.

El búho miró a la ardilla con fraternal calidez.

—Son amigos que hablan en silencio. Mis maestros y mis guías cotidianos.

—¿Y uno puede adentrarse en ese mundo a cualquier edad?

—Desde luego. Los libros siempre mantienen sus ventanas abiertas.

La ardilla se acercó al búho con timidez. Alargó uno de sus pequeños brazos para hacerle una íntima solicitud:

—¿Podría prestarme uno, al menos? Uno que usted considere el más apto para alguien como yo, que hasta ahora empieza a adentrarse en ese mundo silencioso.

La cara del búho se iluminó.  

—¡Por supuesto que sí!

Después dio unos pequeños pasos en la rama, revisó en su biblioteca y extrajo un viejo ejemplar de pastas amarillentas. Se lo entregó a la ardilla, a la par que le  hacía una advertencia cariñosa:

—Este libro me lo regaló mi padre y es para mí como un tesoro. Ojalá saque el mismo provecho que yo he obtenido durante todos estos años. ¡Cuídemelo!

La ardilla tomó el gastado libro, le reiteró las gracias al búho y de varios saltos llegó hasta su refugio, unas ramas arriba del mismo árbol. Entró a su madriguera, hizo un lugar entre las bellotas y se dispuso a leer. Al abrir el libro, en la primera página, vio una dedicatoria que la conmovió: “Para mi querido Nicanor, este compendio de sabiduría que recibí de mi padre Salomón y que espero le sirva de guía y consejo cuando yo ya no esté a su lado”.

La ardilla sintió tristeza por no haber tenido un padre así, se consoló pensando en que al menos contaba ahora con su amigo el búho, y se adentró en las páginas del libro. Las letras que descubría al leer se asemejaban a un reguero de apetitosas semillas.

El espejo de los animales

13 lunes Feb 2023

Posted by Fernando Vásquez in Fábulas

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Ilustración de Aad Goudappel.

Las angustias del gordo Ananías

Ananías era un hipopótamo muy gordo. Cuando ya casi no podía caminar y tenía frecuentes dificultades respiratorias, decidió buscar un remedio para su obesa condición.

—Camine usted todas las mañanas —le recomendó una estilizada jirafa—. Pero, no olvide una cosa, es todos los días.

El hipopótamo intentó hacer esas caminatas dos veces la primera semana, pero después apenas las hacía el domingo. Terminó por abandonarlas, arguyendo que de pronto ese esfuerzo le hacía mal para su corazón.

—No coma nada en las noches —le sugirió un guepardo al que le compartió su caso. Y luego el moteado felino agregó: —hágalo, por lo menos durante tres meses seguidos.

Ananías mantuvo y cumplió ese propósito algunos días, porque cuando sentía ganas de comer, olvidaba la recomendación y se hartaba de tubérculos a las ocho o diez de la noche.

—Tome agua de manera constante —le sugirió una rana de largas patas. Eso sí —le advirtió— de manera regular y continua.

Al hipopótamo le resultó fácil atender esta recomendación, por estar el remedio muy a la mano. Sin embargo, ya al tercer día le pareció muy insípida y empezó a tomar agua de panela, aguamiel y aguas azucaradas.

Todos esos consejos fueron inútiles. Su panza no se reducía. Entonces recurrió a una grulla, muy afamada en la región, a quien le contó todo lo que había hecho. Ella estuvo atenta, mirándolo con unos ojos que parecían atravesarle el cuero. Su dictamen tomó por sorpresa al hipopótamo.

—Mi estimado Ananías, a usted lo que le falta es ejercitar la fuerza de voluntad.

Apenas abandonó el verde consultorio de la grulla, Ananías anduvo indagando en la selva un gimnasio en donde pudiera desarrollar ese tipo de músculos que no sabía bien en qué parte del cuerpo los tenía. Aún sigue buscando ese gimnasio.

Ilustración de Beto Zoellner.

Las hienas y los monos aulladores

Si hubo en la selva animales más felices con las redes sociales, fueron las hienas. Se ajustaban muy bien a su temperamento agresivo y solapado. Cada hiena enviaba mensajes malolientes a sus colegas y éstas, a su vez, replicaban el mensaje agregando un comentario venenoso o incendiario. “Que el león quería perpetuarse en el poder”, decían; “que los ñus, todas las noches, le robaban en secreto pasto a las cebras”, repetían sin cesar. Y esos rumores se propagaban en las redes sociales de la llanura como el viento.

Unos monos aulladores, hábiles en expandir noticias de actualidad de árbol en árbol, les preguntaron a las hienas qué beneficio obtenían al actuar de esa manera. La más joven de las hienas, con risa burlona, les contestó:

—Si logramos despertar el odio y la venganza, si propagamos la ira y la pelea, mayor será nuestra comida.

Los monos aulladores les replicaron que tal estrategia no parecía ser muy eficaz en el tiempo:

—De aquí a que haya una víctima, se pueden morir de hambre.

Las hienas, al unísono, soltaron la carcajada.

—Comida es lo que nos sobra… El odio es contagioso, la envidia crea enemigos, el resentimiento es vengativo… De rencorosos muertos está llena la sabana.

Los monos subieron presto a las ramas más altas de los árboles y empezaron a aullar de manera estridente. Más tarde en sus redes sociales divulgaron la noticia de que la fuerza de los gorilas no era natural, sino producto del consumo de esteroides, y que los mandriles tenían el rabo pelado por su vida licenciosa.

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