Carta a un educador interesado en la lectura crítica

Ilustración de Aristides Hernández Guerrero (Ares).

Estimado colega,

Además de reiterarte mi saludo fraterno y mis buenos deseos para que todo vaya muy bien en tu cotidiano oficio de enseñar, quiero apoyarme en este medio de comunicación para responderte algunas inquietudes que me hiciste vía chat en los pasados días. Mi objetivo, entonces, en los párrafos que siguen es ofrecerte algunos consejos sobre hacer lectura crítica en el aula; recomendaciones que, por supuesto, sabrás adecuar, ajustar o dosificar según el contexto y las particularidades de tus estudiantes.

Empezaré por recordarte dos cosas que sirven de trasfondo a mis sugerencias. La primera de ellas es que la lectura crítica hace parte de las concreciones del llamado pensamiento crítico, asunto que deberíamos tomarnos más en serio en las aulas de todos los grados escolares y todos los niveles educativos. Me refiero a un tipo de pensamiento que nos habilita para comparar y contrastar información, clarificar y resolver problemas, examinar argumentos e interpretar textos. El otro asunto es que la lectura crítica se inscribe dentro de las posturas filosóficas conocidas como “escuelas de la sospecha”; es decir, de un modo de leer en el que los mensajes o las explicaciones del mundo o de la vida, no son asumidos pasivamente, sino que se los somete a análisis y deliberación, a un agudo y atento escrutinio que conduce a ver sus fisuras o contradicciones, a rastrear su origen y sus contextos, y a tomar una postura frente a lo leído.

Dicho esto, puedo ahora sí, avanzar en mis recomendaciones. Comenzaré, entonces, invitándote a que, cuando pongas una lectura a tus estudiantes no te conformes con escribirle encima de la primera página una referencia bibliográfica. Si tu intención es formar a los estudiantes en lectura crítica no puedes “dejar fotocopias huérfanas” o enviar un PDF que no incluyan la portada (con sus solapas), la página legal y la tabla de contenido. Todo esto es clave para que lector novato empiece a ver la relación entre la parte y el todo de un texto, asunto sobre el que volveré más adelante. Pero no solamente se trata de agregar estas otras hojas, sino de enseñar a leer en el aula las tablas de contenido (esa carta de navegación textual), invitando a los estudiantes a inferir cuál puede la temática del libro, cuál el vínculo entre la lectura en cuestión y los otros textos que la acompañan. De igual modo, las solapas ofrecen información relevante sobre el autor y sobre el mismo libro.

Antes de seguir, ya te habrás dado cuenta de que la lectura crítica supone una adecuación de los materiales que entregamos a los estudiantes. Hay que editarlos para que cumplan una intencionalidad formativa, sabiendo seleccionar la mejor edición (o traducción), escaneándolos si fuera necesario y haciendo visibles los aspectos que están en los créditos o página legal.

Una segunda estrategia, que seguramente empleas, es la de formular o entregar un listado de preguntas orientadoras que le sirvan a los estudiantes de pistas para la lectura del texto. Dichas preguntas no operan como un dispositivo de evaluación, sino más bien como indicios claves para adentrarse en el documento mirando, por ejemplo, relaciones no evidentes, datos reveladores, recurrencias que permitan evidenciar una postura ideológica, términos medulares de un planteamiento. El listado de preguntas son un abrebocas a lo que luego podrá desarrollarse en clase, una manera de enriquecer la discusión grupal o un bagaje de referentes importantes para los estudiantes que dará mayor sentido a la exposición del maestro.

Otro recurso clave es invitar a los estudiantes a que se familiaricen con el autor y, muy especialmente, con el contexto en que se escribió o publicó el documento. Se puede sugerir buscar entrevistas, escritas o en video, encontrar testimonios de colegas o estudiosos del personaje en cuestión.  Profundizar en el autor ayuda a descubrir si hay intencionalidades implícitas en la obra que nos ocupa, respuestas estéticas a motivaciones personales, vínculos con incidentes críticos de origen biográfico. De igual modo, es importante analizar comparativamente el telón histórico de fondo del texto en cuestión tanto a nivel nacional e internacional, detectando movimientos sociales relevantes, hitos culturales significativos o eventos políticos de gran repercusión. Tales actividades son importantes porque al hacer lectura crítica es fundamental poner el texto a dialogar con el contexto.

Aunque podría comentarte otras estrategias me quiero centrar ahora en el trabajo de aula. Lo ideal es que todos los estudiantes tengan a la mano el documento, ojalá impreso, y cuenten con útiles como marcadores de diferente color, notas adhesivas y hojas para escribir. Lo primero es hacer una mirada de ave para descubrir las marcas relevantes en el texto: ¿tiene subtítulos?, ¿hay notas a pie de página?, ¿aporta alguna bibliografía? Vale la pena en este momento recomendarles que hagan una tabla de contenido del texto o que detallen y saquen aparte su macroestructura. Te comento esto porque un error muy común de los lectores noveles es lanzarse como topos a devorar los párrafos, pero sin apreciar el conjunto. En algunas ocasiones, los textos tienen una introducción que sirve de orientación al lector o presentan un resumen al final en el que resaltan sus aspectos esenciales. Como ya podrás haberte dado cuenta, la lectura crítica es una actividad atenta sobre el intratexto, sobre las relaciones entre sus partes y el conjunto. Y también sobre los intertextos que le sirven de referencia o fundamento.

Enseguida, es muy útil –para facilitar la labor de análisis y discusión posterior sobre el texto– indicarles a los estudiantes la importancia de numerar los párrafos e invitarlos a utilizar las técnicas del subrayado de ideas fuerza, de redactar glosas al margen, de elaborar resúmenes al final de los capítulos o de diseñar mapas de ideas. Si no hacemos tales actividades y los ejercitamos en estos recursos para discriminar la información, no podrán percatarse de los detalles que están sugeridos o permanecen implícitos; tampoco detectarán las recurrencias o la línea argumental de un planteamiento y mucho menos advertirán el entramado de los significados o los intersticios que hay en cualquier tipo de mensaje. Salta a la vista, estimado colega, que la lectura crítica es una labor de identificación y sospecha sobre los enunciados, de profundización y relectura del contenido, de fijarse en lo dicho, pero también en lo tácito en cada apartado, de enfocarse en determinados términos y descubrir sus redes semánticas.

Desde luego, la lectura crítica cobra más resonancia cuando llega el momento de la discusión en la clase. Terminada la actividad de trabajo sobre el análisis pormenorizado del texto, teniendo a la mano las notas y las diversas marcas hechas sobre él, con esas herramientas a la mano, se puede iniciar la conversación o el debate. Aquí es prioritario que el profesor diseñe un guion para dicha actividad. La misma discusión en clase debe ser un ejemplo didáctico de cómo hacer lectura crítica. Por tal motivo, el educador tendrá que haber preparado también su lectura, llevarla al aula, compartirla a la par que va abriendo los turnos para la conversación. Seguramente el poseerá una mejor información sobre el autor y el contexto del documento, podrá compartir presentaciones que haya preparado sobre este punto y leerá lo que haya escrito como derivación de su lectura. Te subrayo esto último: la lectura crítica supone que el maestro muestre las evidencias de su encuentro con el texto; no basta con que haga comentarios generales o dirija una actividad de participación grupal. Una clase centrada en lectura crítica no puede improvisarse como tampoco reducirse a preguntas del tipo: “¿qué fue lo que más les gustó del texto?”. El uso de preguntas estratégicas, el resaltado de ciertas ideas textuales, el ejercicio continuado de inferencias, todo ello contribuye a crear un clima idóneo para la lectura crítica. Por lo mismo, el guion que orientará el debate grupal deberá al menos tener estos cinco momentos: el autor, el contexto, el intratexto, los intertextos y la conclusión crítica.

Terminada la sesión de clase, ya sea como producto evaluativo o resultado final de la lectura crítica de un texto, se podrá solicitar a los estudiantes que realicen un trabajo escrito. Sugiero, en particular, pedir miniensayos porque esta tipología textual es idónea para fomentar el juicio personal a partir de una tesis soportada con argumentos. Las características del miniensayo obligan a que el aprendiz “ordene la cabeza”, asuma una postura frente a lo leído y tenga que volver a revisar el documento con un interés puntual. No sobra decirte que la lectura crítica se cimienta y rinde sus mejores frutos a partir de la relectura. O también cabe solicitar una reseña o un comentario, siempre y cuando cumplan dos condiciones: analizar pormenorizadamente el texto y presentar una valoración crítica. En todo caso, la idea de estas tareas es recomponer de manera comprensiva lo que se analizado parte a parte. La lectura crítica se hace más contundente cuando, de manera cohesionada y coherente, se muestran por escrito las razones que permiten tomar una postura para interpretar con suficiencia las entretelas o niveles de significado de un mensaje.

Sé que varias cosas que te he mencionado antes merecen una mayor explicación, pero si deseas profundizar en ellas puedes ampliarlas en mi libro Vías y sentidos de la lectura, que te invito a explorar. En esta obra hallarás reflexiones y ejemplos que he validado con mis estudiantes a la par que bibliografía que te será de utilidad. De igual modo, vale la pena consultar el texto de Daniel Cassany, Tras las líneas. Sobre la lectura contemporánea, en el que desarrolla y muestra ejercicios de lectura crítica, enmarcados en su triple propuesta: leer las líneas, leer entre líneas, leer detrás de las líneas. Te recomiendo especialmente mirar el apartado, “Leer la ideología”, en el que enumera 22 técnicas para fomentar la comprensión crítica de un texto agrupadas en tres aspectos: el mundo del autor, el análisis del género discursivo y el análisis de las posibles interpretaciones del texto. Y si quieres conocer un puñado de experiencias concretas para el aula te recomiendo el libro La lectura crítica. Propuestas para el aula derivadas de investigación educativa, publicado por la Universidad De la Salle, cuyos autores son estudiantes de la maestría en Docencia y las editoras las tutoras Ruth Milena Páez y Gloria Marlén Rondón. En esta obra se muestran ejemplos de lectura crítica de artículos de opinión, del anuncio publicitario, de la ciudad, de la novela urbana o de páginas de internet, entre otros. El libro ofrece ideas relevantes para la formación de lectores críticos.

No quisiera terminar esta misiva sin subrayar dos intencionalidades que están en la base de la lectura crítica. La primera es de orden académico o asociada al desarrollo cognitivo de los estudiantes: se trata de ayudarles a tomar distancia comprensiva de los mensajes que reciben, de que no consuman la información circulante sin procesarla, de que sospechen y pongan el filtro de la duda sobre las “verdades” generalizadas; de que sepan que detrás de los discursos hay intereses, artificios de manipulación, agendas de poder para hacerlos creíbles. La segunda intencionalidad tiene un acento ético: y es la de valernos de la lectura crítica para formar el carácter de las nuevas generaciones con el propósito de que sean capaces de disentir, de asumir una voz personal no plegada a la “tendencia” de la mayoría, que tengan el valor moral para reprobar en los medios masivos dónde la información se disfraza de opinión tendenciosa, develar en los discursos una flagrante mentira o reconocer en los runrunes de la opinión pública su soterrada intención de arrastrarnos al fanatismo y la intolerancia.

Confío en que esta carta te anime a incorporar la lectura crítica en tu quehacer docente, independientemente del área en que te desempeñes. O al menos que mis consejos enriquezcan lo que has venido haciendo. Estoy convencido de que, frente al mundo globalizado y veloz en el que estamos, plagado de falsas noticias y zarandeado por el manejo emocional de las redes sociales, los educadores debemos responder enseñando a los estudiantes los recursos y la suspicacia de la lectura crítica.

Entrevista a La Escritura

«La carta de Katie» del pintor inglés Haynes King.

La escritura, quien prefiere la soledad y el aislamiento, y que muy contadas veces le gusta dar entrevistas, aceptó este diálogo, pero con la condición de que le enviara previamente el cuestionario. Aunque prefería una conversación en directo, repleta del calor y la vivacidad, decidí enviarle el listado de preguntas confiado en que al contestarlas se animara a hablar después cara a cara. Pasados unos días recibí en un sobre manila las respuestas pasadas a máquina, escritas en un papel crema poco común. Noté que varias líneas habían sido corregidas a mano, con una tinta sepia. Transcribo toda la entrevista por la riqueza de aspectos que comenta y por ser el testimonio de alguien dedicada largo tiempo a este oficio.

Para comenzar, ¿cómo entiende o qué es para usted la escritura?

Esta es una pregunta que ameritaría muchas páginas para responderla en profundidad. Sin embargo, para no parecer que eludo dar una respuesta, diría que la escritura es una de las grandes invenciones de la humanidad, un modo de comunicación lo suficientemente abstracto como para trascender el tiempo y el espacio. La escritura es también, al decir de Walter Ong, una tecnología de la mente, y por eso requiere aprendizajes específicos y un adiestramiento que puede llevar muchos años. Pero, además, la escritura es un recurso poderoso para ayudar a nuestra frágil memoria, una modalidad de registrar lo acaecido y de romperle el espinazo al olvido, a la desmemoria. O para decirlo, en términos más filosóficos, la escritura es una invención del hombre para trascender la finitud, para sortear la inevitable muerte.

¿Cuál es la relación de la escritura con el desarrollo del pensamiento?

Gracias a la escritura la mente puede reconocerse o volver sobre sí para descubrir su modo de proceder. La escritura afianzó y desarrolló nuestra capacidad para el análisis. Cuando escribimos tenemos la posibilidad de “percibir” el discurrir de nuestras ideas, sus aciertos o falencias, su consistencia o sus flagrantes contradicciones. El hábito de escribir contribuye a hacer más lógicos nuestros razonamientos, más precisa nuestra capacidad de argumentar, más ordenado el palpitar emocional de nuestras opiniones. La escritura es un yunque mediante el cual el pensamiento se caldea, halla su temple y afina sus potencialidades abstractas, metódicas, críticas y creativas.

¿El escritor nace, se hace?

Puede que una persona tenga cierta disposición o un abanico de aptitudes para la invención o la facilidad expresiva, pero si no aprende la técnica de escribir será muy difícil que adquiera algún dominio. Esa técnica comprende muchas cosas, desde aspectos gramaticales hasta otros más complejos, aquellos relacionados con la organización de las ideas, la cohesión entre las mismas y la composición de un texto. Por eso quienes asocian escribir con redactar, desconocen o dejan de lado otros asuntos igualmente importantes: la producción de las ideas, la corrección y la prefiguración de un lector. En realidad, la escritura comprende tres grandes fases o momentos: la preescritura, que corresponde a la generación y organización de las ideas; la redacción, que cobija el dominio de las palabras y su sintaxis; y la posescritura, más centrada en la corrección y el ajuste con un tipo de público. Tal vez por habernos enfocado demasiado en la redacción hemos reducido la escritura al seguimiento de reglas o a no cometer errores gramaticales; pero no es así. Como bien se sabe hoy, muchas de las fallas en la escritura están asociadas a la falta de planeación, a la carencia de rumia en las ideas y a una flojera para enmendar y mejorar lo que a todas luces no es sino un primer borrador. Así que deberíamos, para recoger un consejo de los escritores expertos, dedicar más tiempo a pensar en lo que vamos a decir, antes de ponernos a redactar lo primero que se nos ocurra.

¿Para escribir se necesita inspiración?

Si por inspiración entendemos tener la mano preparada para escribir, diría que sí; pero, si, por el contrario, asociamos la inspiración con alguna fuerza divina que ilumina o dicta lo que vamos a pergeñar en una página, le contestaría que no. La escritura es una labor artesanal, un oficio del cuerpo y de la mente; entonces, de nada sirve esperar la ayuda de fuerzas extraordinarias cuando no tenemos un trato frecuente con estos veintisiete signos y su combinatoria. Por supuesto que hay momentos en que, cuando uno está conectado con la escritura, vienen imágenes, recuerdos, asociaciones diversas, que entran súbitamente al proceso de escribir y de las cuales no podemos decir con certeza su procedencia. Aunque no creo que puedan asociarse con una Musa, en el sentido tradicional del término. La mayoría de las veces lo que llamamos inspiración no es sino el cúmulo de experiencias potenciadas por la fuerza de la imaginación que forman un caldo de cultivo en nuestra memoria y es la base del proceso creativo de escribir.

¿Cuáles son las mayores dificultades al momento de escribir?

Las dificultades son diversas y dependen de la personalidad del escritor. De igual modo, esos escollos cambian o surgen otros en la medida en que llevamos más tiempo escribiendo. Una de las dificultades, es la falta de hábito de escribir; de disciplinar el cuerpo para que afronte el reto de la página en blanco, de dedicar largas horas a tratar de redactar un buen párrafo o de emplear una cantidad de tiempo corrigiendo unas cuantas páginas. Otro impedimento son las mismas palabras. La falta de una riqueza verbal, el limitado vocabulario o el descuido por la variedad de acepciones de un término, frustran nuestro deseo de darle un buen vestido léxico a una idea o una historia. Cabría mencionar una dificultad más: me refiero a la de no tener mucho que decir o contar, a un pobre caudal experiencial realmente significativo o, dicho de otra forma, a una limitada capacidad para idear mundos posibles con palabras, a una constreñida facultad imaginativa.

Y si hay un goce al escribir, ¿podría describírnoslo?

Por extraño que parezca, a pesar del reto intelectual y psicológico que significa escribir, provoca también un goce especial. De una parte, porque, seguramente, es la concreción de una pasión personal o la realización de una vocación íntima alimentada por lecturas y admiración de autores considerados maestros de la escritura.  Y está de igual modo, el goce que produce crear, de construir algo nuevo con la guía de nuestra mente y el poder mediador de las palabras. Esta tarea de ser artífices es muy reconfortante para el espíritu pues, de alguna manera, permite sentir la alegría de legar algo a los demás, de extender nuestras ideas a otras personas, de otras latitudes y en diferente tiempo.

¿Por qué es tan importante escribir algunas líneas todos los días? ¿Cuál es el valor de adquirir ese hábito?

El hábito de escribir es importante para aprender y dominar las técnicas del oficio, para mantener en tensión el desarrollo de una idea, para establecer una familiaridad con la materia prima del escritor. El hábito supone la fuerza de voluntad para sentarse a escribir durante algunas horas, sin divagaciones o dispersos atendiendo otros asuntos. No hay que olvidar que se escribe con el cuerpo y, en esa medida, necesita ejercitárselo para adquirir fuerza y resistencia al momento de escribir. Desde luego, el hábito mismo, cuando ya ha sido adquirido, genera otra cosa: se convierte en una necesidad, en un reclamo de nuestro ser para que se lo alimente con algunas líneas cada día.

¿Qué sucede cuando hay bloqueos al escribir, así se cuente con el hábito?

Los bloqueos del escritor pueden originarse por varios motivos. La mayoría de las veces es porque la creación necesita tiempo para hibernar o sedimentarse. Esos períodos son como la maduración que requieren ciertos licores para lograr su mejor fermentación o su destilado ideal. En este sentido, este tipo de bloqueos se solucionan dejando que la idea pase por sus diferentes estadios de conformación. A veces los bloqueos nacen del cansancio o de la insistencia tozuda en un planteamiento; en este caso, lo aconsejable es cambiar de actividad o salir a caminar para airear la mente y tomar distancia de lo que estamos escribiendo. Puede ser que los bloqueos provengan de la tipología textual en la que estamos trabajando, que no nos sea tan familiar o necesitemos conocer más elementos de sus particularidades para dominarla. Y hay también otros bloqueos que corresponden a la zona sentimental o afectiva del escritor, a los problemas por los que esté pasando, a los incidentes críticos que afectan su producción escrita. Estos últimos bloqueos son tan largos como inciertos porque impactan la estabilidad psicológica y anímica de quien escribe.

¿La escuela sí enseña a escribir?

Sí, en la medida en que familiariza a los estudiantes con algunos aspectos de la redacción. Desde luego, unas instituciones educativas logran mejores resultados que otras. Pero, si entendemos la escritura como la confluencia de los tres momentos que he mencionado antes, diría que la escuela está en deuda. Faltan didácticas específicas para las diversas tipologías textuales: que los maestros enseñen a escribir textos expositivos-informativos, narrativos o argumentativos; que dejen el generalismo instruccional y se centren en la enseñanza de tipos particulares de texto: un ensayo, un informe, una reseña, un cuento, un comentario, un poema, un artículo, una crónica… para mencionar algunos ejemplos. Y esto supone adentrarse en las minucias de poder diferenciar y entender los fines, los medios y la estructura de cada uno de estas manifestaciones de la escritura. Habría que agregar que la escuela necesita profundizar más en las lógicas de la composición escrita y para ello no son suficientes las reglas de herencia gramatical, sino que habría que incorporar los testimonios de escritores dedicados al oficio, a artistas o autores expertos en esto de crear mundos con lenguaje escrito. Aquí los aportes de la literatura resultan fundamentales para una didáctica de la escritura. Y no digo para formar escritores de ficción, sino para aprender de los grandes escritores cómo construyen, como corrigen, como usan las palabras, qué dudas se plantean, qué consejos dan a los noveles escritores; en fin, son ellos otras fuentes importantísimas en esto de aprender a escribir.

¿Qué pueden aportarnos para la enseñanza de la escritura lo que opinan los escritores consagrados al oficio?

Necesitaría un largo espacio para compartirle la cantidad de consejos de los escritores consagrados al oficio que podrían usarse en la enseñanza de la escritura. Sin embargo, voy a referirme a tres de ellos. El primero, y del cual hablan con insistencia los escritores, es el de la corrección. Ya se trate de novelistas, ensayistas, poetas o cuentistas, todos mencionan este punto como algo esencial en el logro de un texto de calidad. Corregir a mano, corregir con diferentes colores, corregir en las márgenes, corregir algo anterior mientras se trabaja en otra cosa; Octavio Paz, Julio Cortázar, Mempo Giardinelli, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Jorge Luis Borges, Augusto Monterroso, Marguerite Yourcenar, Gabriel García Márquez, para sólo mencionar algunos nombres, declaran la importancia de la corrección y la tarea valiosa de revisar con ojo crítico el texto que estamos escribiendo. Este punto me parece clave para aplicarlo al aula: más que “entregas finales” sin tachaduras o correcciones, los maestros debemos esforzarnos en enseñar durante el proceso de escribir el valor de la corrección, es decir, darle relevancia a la etapa de la posescritura. Un segundo consejo es el de someter lo que escribimos a un tamizaje o destilación permanente; los escritores hablan de versiones. Edward Albee, José Donoso, Raymond Chandler, Carlos Fuentes, Susan Sontag, son ejemplos de este otro recurso de los consagrados al oficio de escribir. La idea es entender que el primer texto que redactamos necesita pasar por diversas cribas si pretende alcanzar precisión semántica, una estructura coherente y un buen tono comunicativo. Me parece que también esta estrategia podría trasladarse al campo educativo; el uso de portafolios, en los que se lleva un registro y una reflexión de los diferentes borradores que se van produciendo, es un recurso ideal para este fin. Agregaría una enseñanza más de los que han dedicado su vida a escribir. Me refiero a la lectura constante de obra de autores clásicos o de aquellos que han logrado un dominio en determinado género literario o tipología textual; se trata de “leerlos con lápiz y papel” para ver cómo construyen y elaboran sus obras, de leerlos con cuidado para aprender sus formas de composición, sus técnicas de zurcido de la prosa o su manera de resolver un problema narrativo. Roberto Bolaño, Truman Capote, Sergio Pitol, Juan Rulfo, George Steiner, Ricardo Piglia, Alejo Carpentier, sirven de ilustración de este consejo cuando se está escribiendo. La lectura atenta de estas obras hace las veces de modelaje, de contagio positivo, de ritmo de fondo o paisaje semántico para la propia producción. Salta a la vista que el recurso de leer, antes o durante el proceso de escribir, podría llevarse al aula; pero, en este caso, se requiere el buen tino del maestro para saber elegir qué obras o autores son los apropiados o de qué manera el plan lector de una institución contribuye de manera intencionada a enriquecer ese capital escritural.

¿Escribir es pasar el habla a unas grafías, es una traducción del lenguaje oral?

Son procesos diferentes, tanto en su origen como en su configuración. La oralidad se aprende con la crianza y la socialización; la escritura presupone un aprendizaje que demanda esfuerzo, dominio de técnicas y la incorporación de un saber que no es natural o espontáneo. La oralidad se apoya en el gesto y la entonación; la escritura no posee esas ayudas. Tal vez por eso, uno de los errores más comunes de quien empieza a escribir es suponer que basta escribir como habla; pero las redundancias, la falta de subordinación entres las ideas, la confusión en los planteamientos, todo ello muestra que, para escribir, la oralidad necesita pasarse por unos cedazos, por una destilación que vuelve lo concreto abstracto y lo acumulativo en subordinado.

 ¿Hay fuentes especializadas para aprender a escribir?

Por supuesto que sí. Pero debo advertir que esas obras no son respuestas estandarizadas o ayudas infalibles; más bien son pistas, recursos, material de apoyo, caja de herramientas útiles según se tenga una u otra necesidad mientras se está escribiendo. Piénsese no más en los Diccionarios de dudas o incorrecciones del idioma que contribuyen a evitar algunos vicios del lenguaje, a lograr un adecuado uso y manejo del idioma. O, tómese el caso de los Diccionarios razonados de sinónimos y antónimos que ayudan a tener variedad léxica y precisión semántica; o en los Diccionarios de ideas afines o ideológicos que son esenciales en la etapa de la preescritura, para tener una mirada global del campo semántico de un término, o que resultan fundamentales cuando nos falta el vocablo exacto para determinado asunto en el que estamos trabajando. Pero, además, están los textos de autores reconocidos en el oficio de escribir que ofrecen libros testimoniales en los que aconsejan cómo realizar o llevar a cabo determinado tipo de texto. Baste mencionar Consejos a un joven novelista de Mario Vargas Llosa, Apostillas a El nombre de la rosa de Umberto Eco, El viaje del escritor de Christopher Vogler, u obras con una decidida intención didáctica como La cocina de la escritura de Daniel Cassany, Cómo se escribe de María Teresa Serafini o El arte de reescribir de Silvia Adela Kohan. Hay un buen repertorio de este tipo de obras y sirven, sin lugar a dudas, como orientación o abanico de posibilidades al escritor en ciernes o aún para quienes ya llevan bastantes años en el oficio.

 ¿Cuál es la relación de la escritura con los géneros y las tipologías textuales?

La escritura se hace visible en formatos, en géneros, en tipologías textuales que tienen una historia particular y unas características propias. Si bien usamos el verbo escribir de manera general, lo cierto es que al momento de redactar tenemos que elegir una de esas concreciones: o es un cuento, un ensayo, un poema, una reseña o una novela. Y si bien hay mezclas y combinatorias entre ellas, el aprendizaje de la escritura radica en poder distinguir unas de otras y saber atender las particularidades o las exigencias de esas formas que han ido evolucionando y enriqueciéndose con el aporte de diferentes escritores. Los géneros literarios o los géneros discursivos, las tipologías textuales, esas formas en las que se expresa la escritura han tenido teorizadores y maneras de enseñarse, tal como sucedió con la Poética de Aristóteles. Durante mucho tiempo la escuela privilegió las denominadas Preceptivas literarias en las que, además de entender el proceso de composición de la escritura, apoyado en modelos clásicos, se aprendían las características de esas tipologías y se motivaba a producir textos análogos. Hoy contamos con una amplia bibliografía sobre tipologías específicas, en las que se presenta una detallada manera de confeccionarlas.

¿Existen tipologías textuales que van a desaparecer como la epopeya, la carta, el soliloquio?

Creo que no. Lo que pasa es que ya no se usan mayoritariamente, pero conservan todo su potencial expresivo y comunicativo. Buena parte de la ciencia ficción contemporánea vuelve a retomar los elementos básicos de la epopeya, así como se usa el formato de la carta para establecer una relación más íntima con un posible lector; pienso en las Cartas a un joven poeta de Rainer María Rilke o Cartas a quien pretende enseñar de Paulo Freire. Creo que el soliloquio, tan usado en las obras dramáticas pasadas o en textos filosóficos como los escritos por Agustín, sigue conservando todo su vigor en los flujos de conciencia de la novela moderna o en algunas técnicas de terapia narrativa. Tal vez la creatividad de un escritor radique, precisamente, en renovar o innovar esas tipologías del pasado, explotar su potencialidad, traerlas al hoy con el lenguaje y los problemas de este tiempo. Baste mencionar lo que hizo Augusto Monterroso con la fábula o Elías Canetti con la descripción de los defectos morales de las personas, que antes se denominaban caracteres o retratos psicológicos.

¿Piensa que la escritura pasará a un segundo plano con la inteligencia artificial?

Para aquellos que desean encontrar respuestas rápidas a la redacción de formatos de textos altamente estandarizados, seguramente la inteligencia artificial ofrecerá soluciones para el campo administrativo o burocrático. Si se quiere evitar el esfuerzo de crear mundos posibles con palabras que sean innovadores e imaginativos, entonces resultarán útiles estos recursos tecnológicos de la virtualidad. Pero para otras personas que desean explorar imaginativamente en un tema o una historia, jugar con el lenguaje, imponerle su marca personal a un producto de escritura, no les parecerá la inteligencia artificial el camino más apropiado o la solución más idónea. Una cosa es obtener en segundos un texto derivado de la combinación de lo ya establecido y, otra, bien retadora, enfrentarse a la página en blanco, asumir el aprendizaje de un oficio a partir de alternativas y errores, y obtener el placer de recrear de manera inédita un mundo personal, unas experiencias singulares, el testimonio particular e irrepetible de conocer y sentir la vida.

Después de tantos años consagrada a este oficio, ¿qué puede decirnos de dicha experiencia?

La cantidad de años dedicados a esta pasión, porque lo que hago está vinculado con las fuerzas esenciales de mi ser, me ha producido una felicidad especial, una satisfacción interior que dota de sentido mi existencia. Y cuando estoy a solas tratando de cultivar con palabras el terreno de la página en blanco me siento satisfecha conmigo misma, percibo que los astros me son favorables y hasta los problemas cotidianos pierden su intensidad. Mi labor me ayuda a entender mejor la condición humana y creo, al menos por lo que comentan mis lectores, que mis líneas han servido de apoyo o referencia para otras personas.

Una pregunta final, ¿qué aconsejaría a alguien que desee seguir su ejemplo?

Aunque cada persona halla y construye su propio camino, me atrevo a dar algunos consejos a quien pretenda dedicarse a escribir: que independientemente de la calidad de sus escritos se mantenga auténtico en lo que desee expresar, que no falsifique sus propósitos por obtener el favor de las celebridades o las figuras del momento; que explore en la tradición de los grandes maestros de la escritura con devoción y alma de aprendiz, leyéndolos con la intención de emularlos y superarlos; que no tema darle rienda suelta a su imaginación, pero que no confunda esos impulsos expresivos con lo mejor que puede producir; que, con la paciencia de un artesano, vaya construyendo poco a poco su obra, sin preocuparse demasiado por el éxito comercial o las tendencias caprichosas de la moda; y que, si esa actividad de escribir le produce un goce íntimo, si se convierte en una necesidad cotidiana semejante a los llamados de una vocación, pues, entonces, que no dude en entregarse con fervor y tenacidad a tal oficio.

Los desvelos de Saúl

Ilustración de Akira Kusaka.

En sus desvelos Saúl buscaba las confidentes formas de la luna. Esperaba que todos se acostaran, y fingía que también se iba a dormir, pero, después de calcular que la abuela Hermelinda, Sagrario, la tía Purificación, y Beatriz y Ulises ya estaban profundos en su sueño, el salía del cuarto y se sentaba en una banqueta que tenía en un rincón, destinada especialmente para este fin. Era satisfactorio mirar la luna, verla aparecer y desaparecer por algunos oscuros nubarrones, sentirla lejos, aunque, al menos para él, muy cercana. Saúl se abandonaba a sus pensamientos o le comunicaba a esa pálida criatura de la noche su pesadumbre. Porque él mismo, aunque quisiera otra cosa, no podía evitar una tristeza que lo acompañaba desde siempre; desde cuando era un niño de cuna y no paraba de llorar. Sólo la voz y las manos de Eufrosina, su madre, le calmaban un poco esa sensación de abandono, de saberse infinitamente desamparado.  Por eso, cuando ella huyó de Capira, y lo dejó a la intemperie de Ulises, cuando ya no tuvo la fortuna de sus manos protectoras, ese mal, ese dolor tan hondo como inexplicable, se le aposentó adentro del alma. Y tal vez por esa razón, la gente en la vereda decía que él tenía una mirada como triste. O quizá ese era el motivo por el cual se le dificultaba lanzar libremente carcajadas, distinto a su tía Helena, que reía a todo gusto cuando venía a visitarlos para las fiestas navideñas. Y cada vez que su padre lo molía a palos, cada vez que por cualquier travesura Ulises se ensañaba en su espalda o en sus nalgas o en sus piernas, si bien él deseaba gritar, lo cierto era que no le salían ni siquiera unos lamentos. Cuánto quiso Saúl tener el coraje o la desfachatez de los marranos cuando al sentir que les hundían el cuchillo en el corazón prorrumpían en chillidos a todo pulmón. Tal vez él era como los chivos, porque en una ocasión que Ismael Ayala, el de Lomalarga, vino a matar uno que habían comprado en Santa Rosa, pudo apreciar que el animal apuñalado no emitió ningún sonido; colgado de las patas se mantuvo en silencio, abriendo sus grandes ojos, con un asombro cercano a la desolación.

A veces encendía un cigarrillo y, en otras ocasiones, se tomaba uno que otro trago de chirrinche, el aguardiente rastrojero que vendía la señora Josefina, arriba, coronando una de las montañas de Capira. Saúl escondía esa botella de tapetusa en el zarzo del cuarto donde dormía, debajo de unas enjalmas viejas y unos costales pergamineros. La luna parecía escucharle sus dolores, o como decía su tía Maruja, sus “dolamas”; por ejemplo, su amargura por no haber recibido de su padre una muestra de cariño en tanto años al lado suyo; esa dureza de Ulises, esos silencios que cortaban como las peinillas “Corneta tres canales” que él afilaba todas las mañanas en una piedra ubicada al lado de la alberca; ese mostrarse siempre bravo y distante, le provocaba una mezcla entre rabia y amargura… ¿Qué culpa tenía él de que Eufrosina lo hubiera obligado a casarse en San Juan?, ¿qué culpa de que por más que ella trató de entenderlo cuando llegó a Capira, lo que recibió fue maltratos y unas golpizas por esa humillación de tener que juntarse a la fuerza? Esos recuerdos eran penas que se intensificaban con los tragos de aguardiente y lo hacían desvariar. Por momentos veía a la luna más grande de lo que en realidad era, y en otras ocasiones, se tiraba en el andén de la casa, al lado de los perros, a recibir la luz directamente, para ver si así, “alunado”, se le pasaban todos sus pesares. Una noche, cuando Ulises salió a orinar, lo descubrió tirado en esa posición.

—Vergajo, ¿qué está haciendo? —le gritó—, iluminándolo con la linterna.

—Nada, papá, —fue la respuesta de Saúl—, incorporándose con rapidez.

—Váyase a dormir —lo increpó de nuevo su padre.

—Ya voy —respondió Saúl—. cubriendo la botella de chirrinche con su cuerpo.

Al ver a su padre en calzoncillos y camisilla, le pareció menos corpulento o menos amenazante que las veces en que con ramas de totumo lo agarraba a golpes. Observó que Ulises volvía a entrar a la casa. Recogió la banqueta y entró a su alcoba. Prendió una pequeña esperma, la puso debajo de la cama para que el resplandor no fuera tan notorio y se echó en la cama a tomarse otro trago. Como ya no tenía la luna de compañía, su corazón empezó a envenenarse con preguntas e imaginaciones. ¿Por qué Ulises se desquitaba con los animales, con los machos, con los perros, con las gallinas, con los marranos?, ¿por qué, y de eso hacía como dos semanas, le había propinado patadas y palos a Mariposo cuando al darle un bocado, el perro lo había mordido levemente con sus dientes? ¿O por qué, la vez que el macho rucio le volteó un bulto de piña, cuando lo estaba cargando, lo agarró a fuete con el chirrión, hasta que las ancas del animalito echaban sangre? El cuarto le pareció muy pequeño para todos esos malos recuerdos. Y otra vez sintió el ahogo, las ganas de salir huyendo, la falta de aire y una desesperanza que le corría por todo el cuerpo. Se tomó otro trago y vio en la pared las sombras tenues e intermitentes de la luz de la esperma que empezaba a agotarse. Se concentró en aquel titilar incierto, divagante; esa luz luchaba por no dejarse acabar, a veces se alargaba y en otros segundos se achicaba hasta un mínimo destello. La luz de ese mecho estaba en agonía, una agonía similar a la que él sentía en su pecho. Miró hacia el cielo raso de la alcoba, vio entre brumas las vigas y adivinó que al oscurecerse entrarían revoloteando los chimbilás. La luz de la esperma dejó de titilar. Los ojos de Saúl permanecieron abiertos largo rato, tratando de adivinar el sitio en el cielo por donde estaría pasando la luna en ese momento. Imaginó que los beneficiados por su luz eran ahora los Guzmanes, los Ayala, los Romero, todos esos habitantes de La Laguna que, a diferencia de él, dormían plácidamente. ¿Por qué lo odiaba tanto su padre?, ¿por qué su madre lo había dejado tirado a esa suerte de ser un arrimado en su propia familia?

(Capítulo de mi novela inédita Saúl Cadena).

El comentario: una escritura para analizar un texto y valorarlo

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Ilustración de Jonathan Wolstenholme.

“En la opinión no hay propiamente un saber, ni tampoco una ignorancia, sino un modo particular de aserción. Esta aserción está tanto más cercana al saber cuanto más probables son las razones en las cuales se apoya”. 
José Ferrater Mora

 

El comentario es un tipo de texto que hace parte de los géneros de opinión; es decir, textos que tienen como propósito ofrecer un parecer, una conjetura o un juicio sobre determinado tema, problema, hecho o asunto.

En el mundo periodístico se emparenta con otras tipologías textuales como el editorial, la reseña crítica, el artículo, la columna. En estos textos se expresan impresiones personales, se “emiten juicios de valor” y se busca persuadir a otros del punto de vista que se defiende sobre algo o sobre alguien[1].

El comentario, con fines académicos, se entiende como una tipología textual que tiene como objetivo primordial analizar un texto (un evento, una obra, una situación, un discurso) para comprenderlo y valorarlo. Además de expresar un punto de vista personal sobre un texto, un asunto o un problema, el comentario busca que el estudiante pueda explicar con alguna extensión las razones o motivos de su postura.

En este sentido, redactar un comentario supone aprender un método de lectura de textos que, a su vez, conduce a una manera de escribir sobre ellos. Este método es esencialmente analítico: mira las partes en relación con el conjunto, descompone y recompone el texto con el fin de entender su significado.

Entre los métodos de lectura con mayor tradición académica está el denominado “Comentario de textos literarios”.  Esta modalidad de comentario tiene una buena tradición en su enseñanza. Desde las propuestas de la exégesis bíblica, pasando por los estudios estilísticos o de orientación hermenéutica, hasta los modelos textolingüísticos o semióticos[2]. Tal variedad de enfoques y propuestas ha permitido precisar y distinguir las fases o momentos de un método para el análisis.

Esas fases podemos evidenciarlas, por ejemplo, en las propuestas de Lázaro Carreter y Correa Calderón, quienes ya desde la década del 70, propusieron seguir un método en cinco momentos complementarios: a) La lectura atenta del texto, b) La localización del mismo, c) La determinación del tema, d) La determinación de la estructura, e) El análisis de la forma partiendo del tema y f) La conclusión[3]. La apuesta de los dos autores se basa en el convencimiento de que explicar un texto no es parafrasearlo ni un alarde de erudición, sino “dar cuenta, a la vez, de lo que un autor dice y de cómo lo dice”, y para ello es esencial tener un método que de manera “clara y ordenada establezca las relaciones entre el fondo y la forma de una obra”[4].

Este método fue y sigue siendo un punto de referencia para los posteriores desarrollos. Tal es el caso de Belén Díez Pacheco y Juan Cruz Martínez quienes agregaron otros componentes de corte estructuralista a las fases delineadas por Carreter y Correa. El resultado fue el siguiente: a) Lectura detenida y atenta del texto, b) La localización, c) El plano del contenido (que incluía el argumento, la concreción del tema principal, la concreción de los subtemas y la estructura interna del texto), d) El plano de la forma (en relación con la estructura externa, el análisis formal de los niveles fónico, semántico, morfológico y sintáctico), e) La relación contextual y  f) La conclusión y la opinión crítica[5]. Otro ejemplo, que enriqueció la propuesta inicial de Carreter es la de José María Díez Borque. Este filólogo incluyó aspectos de la estilística, la retórica y la teoría literaria y propuso un método de cinco etapas: a) La etapa externa (centrada en la aplicación de conocimientos previos como la situación del texto y el género literario, b) La etapa de análisis del contenido (en la que se abordan asuntos como el autor del texto, el argumento, la estructura del contenido, el tema), c) La etapa del análisis de la forma (derivado en los planos fónico, morfosintáctico y semántico), d) El texto en cuanto comunicación literaria y e) La conclusión y la crítica personal[6].

Como podrá colegirse de lo expuesto, esta rica tradición en el comentario de textos ha permitido a los educadores adecuar o graduar la enseñanza del método según el nivel de los estudiantes, enfocarlo de acuerdo al tipo de asignatura, las capacidades de aprendizaje esperadas, y ajustarlo con el proyecto formativo en oralidad, lectura y escritura de determinada institución educativa.

De otra parte, el comentario como práctica escolar de escritura, no se ha centrado únicamente en el análisis y crítica de los textos literarios escritos, sino que ha servido a otras áreas diferentes de la lengua castellana como la filosofía, las ciencias sociales o a distintas expresiones artísticas[7].

Dicho lo anterior, y pensando en la producción escrita de este tipo de textos, podemos enumerar ahora cinco pistas que son, al mismo tiempo, el perfil de un método: la primera pista para redactar un comentario de un texto escrito, base de todo lo demás, es la lectura atenta del mismo; esto supone releerlo, apostillarlo, subrayarlo. En suma, leer con atención y tomar notas. Otra pista es la organización de la lectura en dos momentos diferentes, pero complementarios: el análisis de la estructura del texto (su organización macro, sus partes, su disposición textual) y el análisis del contenido del texto (asunto, tema, ideas recurrentes). La tercera pista para redactar un comentario apunta a seleccionar el tema o subtema sobre el cual va a centrarse el texto producido; por lo general, el comentario se enfoca en algo en particular. Una pista más, de gran importancia en la redacción del comentario, es la valoración crítica que hace el estudiante de la totalidad del texto; esto supone “arriesgar” o proponer un juicio razonado. La quinta pista tiene ver con la presentación del comentario escrito. Al inicio es recomendable señalar algunas referencias bibliográficas del texto: título, autor, editorial, año, fecha; además, hay que indicar la tipología textual en la que está escrito, especificar si se trata de un capítulo de un texto o del fragmento de una obra, al igual que incluir unos elementos esenciales del contexto que le sirven de referencia espacio- temporal.

El objetivo principal de las anteriores reflexiones y recomendaciones sobre la escritura de comentarios es lograr que el estudiante pase del impresionismo inmediato de las percepciones a una razonada forma de entender los mensajes. Se trata de producir un desplazamiento en su manera de pensar que lo lleve a superar el rol de lector superficial para convertirse en alguien que puede dar explicaciones de lo leído y presentar su punto de vista.

BIBLIOGRAFÍA ADICIONAL

Taller de textos. Leer, escribir y comentar en el aula, Daniel Cassany, Paidós, Barcelona, 2006.

Auxiliar para el comentario de textos literarios, Delmiro Antas, Octaedro, Madrid, 2006.

Comentario de textos de filosofía, François Guéry, Didier Deleule y Pierre Osmo, Cátedra, Madrid, 1993.

La escritura en la enseñanza secundaria. Los procesos del pensar y del escribir, Lennart Björk y Ingegerd Blomstrand, Graó, Barcelona, 2006.

[1] Puede ampliarse este aspecto en el libro Saber escribir del Instituto Cervantes, coordinado por Jesús Sánchez Lobato, Aguilar, Colombia, 2007. Especialmente el capítulo XIV: “La redacción de textos de opinión”.

[2] Existe una buena bibliografía al respecto en la que no solo se abordan elementos conceptuales, sino que se muestran diferentes aplicaciones. Baste, por ahora, señalar la siguiente: Antología y comentario de textos de Lacau-Rosetti, Kapelusz, Buenos Aires, 1962; Semántica y pragmática del texto común, Producción y comentario de textos de Rafael Núñez y Enrique del Teso, Cátedra, Madrid, 1996. También hay guías muy completas para realizar comentarios de expresiones artísticas o géneros literarios específicos: Cómo se comenta una obra de teatro de José-Luis García Barrientos, Paso de Gato, México, 2012 o Cómo se comenta un poema de Ángel Luján Atienza, Síntesis, Madrid, 2000.

[3] Cómo se comenta un texto literario, Fernando Lázaro Carreter y Evaristo Correa Calderón, Cátedra, Madrid, 1982.

[4] Op., cit., pág. 20-21.

[5] Metodología para el comentario de textos literarios y no literarios, Belén Díez Pacheco y Juan Cruz Martínez, Alba, Madrid, 1987.

[6] Comentario de textos literarios. Teoría y práctica, José María Díez Borque, Playor, Madrid, 2001.

[7] Sirvan de ilustración las aplicaciones a la filosofía o el cine. Del primer caso, es destacable el libro de Cristóbal Aguilar Jiménez y Vicente Vilana Taix, Teoría y práctica del comentario de texto filosófico, Síntesis, Madrid, 1966. Del segundo, y no me canso de recomendarlo, es la obra Cómo se comenta un texto fílmico de Ramón Carmona, Cátedra, Madrid, 1991.

Práctica docente con investigación

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"El arte de la pintura

«El arte de la pintura» de Johannes Vermeer.

La transformación de la práctica docente, para que sea permanente, requiere estar vinculada a la investigación. Un maestro que se llame “vigente” es porque no ha dejado de indagar sobre las dificultades y los logros en lo que hace. Considero que muchos educadores ocupados más en los pormenores de la docencia descuidan o se desentienden de la investigación. O si por momentos les inquieta no tienen la suficiente persistencia para continuarla o llevarla hasta una sistematización digna de publicarse.

Desde mi propia experiencia, y viendo cómo proceden otros maestros investigadores, he descubierto cuatro estrategias para mantener viva la indagación en nuestro quehacer cotidiano. Lo primero que hay que hacer en hallar un nicho-problema que realmente nos interese o nos preocupe esencialmente. No hablo del área en que trabajamos o del campo disciplinar del que somos titulados. Me refiero a algo específico, a una temática que logre atraer buena parte de nuestros intereses intelectuales y emocionales. Cuando uno encuentra ese nicho, ya tiene ganada una vía hacia la investigación. Ya podemos decir que estamos en una línea, en un foco o un problema que merece escudriñarse. Ubicada esa diana o ese objetivo de interés empezaremos a recopilar bibliografía y cibergrafía relacionada con tal aspecto. Nuevas carpetas se abrirán en nuestro computador, nuevas obras empezarán a pedir espacio en nuestra biblioteca, nuevos grupos de colegas, nuevas revistas especializadas harán parte de nuestro discurso cotidiano. Definir ese nicho-problema nos permite profundizar más que extendernos, conocer más en propiedad que opinar sobre generalidades de segunda mano. Esa es la primera estrategia.

La segunda, es comenzar a vincular las tareas o actividades que pongamos a los estudiantes con ese nicho-problema. A veces de manera explícita; otras, de forma indirecta. Lo importante acá es que convirtamos el tiempo de corrección y supervisión de las tareas en un insumo para nuestras preguntas o nuestras inquietudes investigativas. Esas lecturas y evaluaciones no solo servirán de retroalimentación para el que aprende sino de insumo para recoger información, para constatar una hipótesis, para consolidar los primeros hallazgos. Sobra decir que no es fácil hacer esto, pero si uno se organiza y gasta un buen tiempo en la planeación o en la programación de cada curso o de cada asignatura, si piensa con cuidado los trabajos que va a poner a sus alumnos, muy seguramente descubrirá que esas acciones hacen parte del mismo proyecto de investigación en el que se está o se viene trabajando.

Una tercera estrategia tiene que ver con guardar algunas evidencias de eso mismo que solicitamos. Muchas veces nuestra labor diaria queda huérfana de evidencias. Una foto, el escaneo a un documento, el registro de una producción o grabar una pequeña entrevista a los directos involucrados, todas esas cosas las dejamos pasar o no tenemos la costumbre de hacerlas parte de nuestra profesión de maestros. Si nos habituamos a seleccionar y guardar tales registros, pronto nos daremos cuenta de que esos materiales son el insumo fundamental para empezar una etapa de reflexión y análisis sobre la propia práctica. Aquí deberemos aprender también a manejar archivos y a convertir a nuestros estudiantes en espontáneos asistentes de investigación. Lo digo, porque los apuntes de clase, si de entrada nos preocupa algo en especial, podrán ser luego motivo de autoexamen o reconocimiento de lo que hacemos.

La cuarta estrategia, y esa ha sido la clave de mi propia producción investigativa, es producir pequeños textos derivados de tales pesquisas. No hablo de extensos informes de investigación, ni de proyectos con toda la formalización canónica. Me refiero a una o dos páginas que son como apuntes o síntesis de lo que vamos descubriendo, o la ampliación de una pregunta, o la descripción de una situación recurrente, o el esbozo de un plan de contingencia a un problema que hemos detectado. Mejor dicho: se trata de vincular el escribir con lo que hacemos cotidianamente. Podemos llegar a sorprendernos cuando, después de varios meses, notemos que esos apuntes, que esas hojas sueltas, van consolidando una cartografía de nuestros intereses, un mapa –así incipiente– de nuestras preocupaciones y nuestras inquietudes sobre la profesión docente. Eso es, precisamente, lo que hacía el psicólogo ruso Lev Vygotski, que convertía su aula en constante laboratorio, y lo que realizaba Paulo Freire, que volvía cada actividad de su vida, como profesor o consultor, en un motivo para producir un artículo, escribir una carta o diseñar una propuesta. 

Las cuatro estrategias anteriores rubrican mi tesis de que los educadores necesitamos hacer de la investigación una parte constitutiva de nuestra actividad docente. No como algo secundario o eventual, sino como una pesquisa regular que nos permita comprender nuestros aciertos o desaciertos en el aula y el modo de seguir cualificando lo que hacemos. Pero, además, como un medio de aportar por escrito, desde nuestro quehacer situado, nuevas experiencias reflexionadas sobre la práctica pedagógica.